Ovación y réquiem

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Los barrios pintorescos ―y yo vivo en uno que lo es en el mayor grado― atraen a todo tipo de personajes excéntricos. Yo defiendo, en parte por provocar, en parte por convicción, lo que el adolescente desdeña como personas grises, por las que siento una gran simpatía. Del probo funcionario a aquel que llega deslomado a su casa, ve la tele y a dormir; gente que atraviesa indemne los riesgos iniciáticos de la juventud y luego dedica su vida a negociar con el principio de placer, sacar adelante una familia y cumplir lo mejor que puede con lo que la comunidad les exige. Celebran bodas, bautizos y comuniones, visitan a los enfermos y acuden a los funerales, aceptan de buen grado, sin fanatismo y sin desdén, los rituales y convenciones de su cultura. En los mejores casos, suelen ser personalidades complejas, admirables, con sus pasiones secretas, sus íntimas extravagancias y sus peculiares humores. Hay en ellos tesoros de ternura e ironía de los que no hacen alarde y que no pretenden transformar en fama y dinero. La gente que se mueve en los márgenes, convencida de su carácter único, autoproclamados artistas, okupas y quinquis, suelen ser salvo honrosas excepciones unos vivales previsibles, gente obtusa, trivial y coñazo. Las condiciones extremas de supervivencia envilecen. Nada hay más carente de interés que el canallita. Y hablo con un riguroso conocimiento de causa, fruto del trabajo de campo.

Los anodinos barrios burgueses, los feos barrios obreros planificados se me aparecen así como los últimos reductos de la razón y el pensamiento ilustrado. Mi barrio, poético laberinto de calles blancas, como una ciudad medieval derrotada por la primavera, abundante en jardines interiores y altos cipreses, no solo soporta la invasión del turista sino que ha visto cómo se ha abatido sobre él la internacional magufa. Los veo caminar con sus bicicletas y sus rastas, sus perretes, sus ropas holgadas y sus hábitos de vegetarianismo e infusión, de flamenquito y palo de lluvia, sus rostros entre El Greco y Zurbarán, su parla alelada de almas de cántaro. Yo los miro de soslayo, con un ruin malhumor de Mr. Scrooge.

Hace unas semanas, que hacía bueno, en un patio cerca de mi casa se impartía al aire libre algún taller que combinaba neciamente lo actoral y lo bioenergético. Durante horas, a partir de las cinco de la tarde, los alumnos proyectaban su voz desde el diafragma, haciendo brotar de sus entrañas un bordoneo grave y tibetano, capaz de abrir chacras, despertar kundalinis y desatar fantasías de exterminio en un maniático señor de mediana edad como el que os escribe estas líneas. Finalmente, porque hasta Franco se murió en la cama, el taller terminó y hubo una especie de ceremonia de despedida que pude escuchar mientras tendía mi colada al sol, arrebatado proustianamente por el olorcillo a jabón de Marsella. Parece que la profesora iba pasando lista y cada participante recibía un cálido y entusiasta aplauso de sus compañeros. Y he aquí que yo, pobre pecador, con unos calzoncillos en la mano y una pinza de madera en la otra, sentí una tristeza inmensa al oír sus risas y su vitalidad capaz de saltar como un ladrón por encima del muro que confina mi patio, entre el verde de las hojas y ese incomparable azul Quattrocento que se gasta el cielo en abril.

Eran felices, eran absurda, conmovedoramente felices esos hijos de puta, porque para ellos ese taller irrisorio era importante, porque pensaban todavía que su vida estaría llena de aventura y descubrimiento, porque sus cuerpos jóvenes podían ser deseados y no había nada que no pudieran hacer con ellos y sentí pena de mí mismo, que también acudí a cursos y talleres inútiles convencido de que me desvelarían los secretos de mi oficio y me abrirían un camino breve y fácil a la gloria, de mí, que en tantas cosas me equivoqué, que gasté dinero público en cortometrajes de mierda, que tanto tardé en aprenderlo todo, que tanto esperaba de la vida y resulta que cuando me quise dar cuenta ya pasó y, sí, allí estaba con unos calzoncillos y una pinza de la ropa en las manos, ya digo, con mi cuerpo falstaffiano que he maltratado hasta lo indecible, habiendo fracasado durante años en cuanto emprendí por más que algo parecido a un modesto éxito pueda llegarme ahora que ya todo me da igual, envidiando su ingenuidad, deseando ser atolondrado, bienaventurado y ligeramente imbécil, como ellos. Al diablo con todo cuanto haya podido aprender, al diablo con la destreza en mi oficio. Yo no quiero sabiduría, no quiero recuerdos, no quiero un pasado, quiero retozar como un animal, ciego hasta las trancas, dichoso y aturdido, con una de esas chicas todavía llenas de luz cuyas ideas detesto y a quien Dios bendiga.

Y tras ese momento de melodrama interior, seguí tendiendo mi ropa y pensando que mira qué bien, ya tenía algo para escribir en el blog. Qué caramba.

Poder y ficción

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Soy una persona de clase media con una experiencia limitada del mundo y sin embargo tengo el atrevimiento de dedicarme a escribir. En literatura eso no tiene por qué suponer un problema ya que el escritor puede ―y debe― encontrar oro en los márgenes estrechos de lo habitual. Cosa diferente es el trabajo del guionista, donde con frecuencia debes sumergirte en mundos muy diferentes a aquellos que conoces de primera mano. El otro día me sentía incómodo al escribir una secuencia que tenía que ver con el mundo de los grandes negocios, esa dimensión paralela que transcurre en lugares refrigerados, enmoquetados y secretos y donde se decide sobre nuestras vidas entre ácaros y flujos de dinero. Los flujos de dinero son no menos importantes que la circulación de las ideas, échenle un vistazo al activismo desaforado de la publicidad actual y entenderán lo que digo. Como tantas otras veces, me enfrentaba a la representación convincente de un medio que desconozco por completo, labor para la que solo dispongo de una serie de imágenes tópicas del cine y los anuncios o, por inducción, el recuerdo de la actitud desenvuelta y descreída de los pocos abogados de éxito que uno ha conocido.

Siempre me ha dado que pensar la torpeza con la que el audiovisual español ―no se me ofendan, hay excepciones― suele retratar el poder, sea económico o político. En los productos de la industria americana, de The West Wing a Margin Call esos ámbitos se muestran de un modo convincente. No digo veraz, porque carezco del criterio para comprobarlo; lo importante no es que realmente sean así, es que uno crea que pueden ser así. Como imagino que sus guionistas no serán todos alumnos de Yale, se impone buscar otra explicación que vaya más allá del peso de lo vivido.

Dos explicaciones surgen a bote pronto. La primera es puro materialismo marxista. El escritor de ficción americano cobra más y se puede permitir más tiempo para documentarse, sus departamentos de arte disponen de un mayor presupuesto para que el lujo y el tronío luzcan en pantalla. La segunda sería que el sustrato cultural sobre el que crecen los guionistas anglosajones (incluso aquellos cuya dieta no va más allá de Star Wars o Marvel) está basado, aun lejanamente, en Shakespeare y el Antiguo Testamento, donde el poder (y la gloria) encontraron una voz elocuente. Pero creo que hay algo más sobre lo que ya habré escrito por aquí. Existe la convicción de que un sobrio realismo sería el género por excelencia de una España poco amiga de la fantasía. Yo niego la mayor. Pueblo de moralistas como somos, la objetividad, ese espejo ante el camino del que hablaba Stendhal, nos resulta ajena y hasta sospechosa. Cuando narramos, juzgamos. Por eso nuestros ricos y poderosos de la ficción ―y esto va dirigido también a los actores― no se parecen a lo que los ricos y poderosos realmente son, sino a la imagen distorsionada y moralizante que tenemos de ellos. ¿Para qué investigar sobre sus costumbres, para qué intentar meterte en su mente si YA sabes que son unos hijos de puta? No son personajes, son emblemas, seres de maldad bidimensional que podamos oponer a la virtud republicana de nuestros héroes en las parábolas, género de predicadores, que tanto nos gustan.

En estos tiempos de revival guerracivilista, de polarización y simplificación extremas, uno no puede dejar de pensar melancólicamente que la superación del conmigo o contra mí ―esa dialéctica amigo/enemigo, esa ética de patio de colegio―, que emprenderla a martillazos con los putos espejos deformantes del callejón del Gato, no solo haría del nuestro un país más habitable, sino que nos traería mejor literatura y elevaría considerablemente el nivel de nuestra ficción. Si no podemos evitar una guerra civil, que al menos nuestras series molen.

Il divo. Paolo Sorrentino (2008)

Una voz

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Aunque algunos se comportan como si todavía no hubiera terminado, lo cierto es que la guerra civil española llegó a su fin el 1 de abril de 1939. Con motivo del reciente aniversario me topé con un audio que recogía el parte final, leído por el actor Fernando Fernández de Córdoba. En 37 segundos una voz con un timbre estudiadamente heroico ―cierta cualidad metálica de tenor era considerada en aquellos años el colmo de la virilidad y desde joven y con dos copas imito ese timbre con soltura, para solaz y entretenimiento de amigos― hace caer el telón sobre un drama de años. Al escucharla detecto nuevos matices: arrogancia, un principio de afonía y de cazalla, chulería bronca y cuartelera, muy adecuados para todo aquello a lo que aquel fin daba un comienzo. Si para media España esas palabras suponían la llegada de una paz largamente deseada, para otra mitad no fueron sino los acordes iniciales de una serie ininterrumpida de desgracias y terrores, ya que el general Franco fue ajeno a la virtud cristiana de la piedad. No hubo clemencia con los vencidos. Ese mensaje, que abre un paréntesis anómalo en nuestra historia, está así cargado de resonancias siniestras.

Fernando Fernández de Córdoba, que apellido de anarquista no tenía, la verdad, fue un militar por tradición familiar que descubrió de joven las seducciones del teatro y cuya doble condición castrense y farandulera facilitó su elección para leer en la recién fundada Radio Nacional de España los partes de guerra, entre ellos el que famosamente terminaba con ella, rechazando la idea inicial de que la atiplada voz del Caudillo se encargara de hacerlo. Es chocante que un militar vocacional decidiera en un momento de su vida encarnar otros personajes. El joven sargento conoció el placer del desdoblamiento y sin duda soñó con una fama que le llegaría de una manera muy diferente a la que imaginaba. A pesar de que el sonido institucional de su voz fue conocido en todos los hogares de España ―o quizás precisamente por eso― su carrera no llegó a despegar. Su rostro algo genérico de galán senior puede rastrearse en una serie de papeles sin brillo, pero no gozó de un reconocimiento masivo. En los años sesenta, tras su retirada profesional, ocupó algunos puestos relacionados con la docencia y que intuimos una recompensa por los servicios prestados; entre otros la dirección de la Real Escuela de Arte Dramático. Los métodos y las enseñanzas de este Lee Strasberg de derechas me inspiran cierta curiosidad y algo me dice que aquellos jóvenes actores a los que dio clases igual no fueron muy naturales, pero seguro que vocalizaban como dios.

Lo llegué a conocer o al menos eso creo. Se trata de recuerdos imprecisos, pues todos los recuerdos de la infancia son reelaboraciones donde lo fantaseado y lo apócrifo conviven con pequeños rastros de lo que acaso ocurrió. Fue cierto que aquel verano lo pasé en Ribadesella, el pueblo de mi madre. Fue cierto que las noticias las copaba el escándalo Watergate, que aprendí a utilizar lombrices vivas como cebo de pesca, que vi mi primera película violenta en un pequeño cine y que era de Sergio Leone y que mi padre me consideró lo suficientemente adulto como para que supiera que el anciano tembloroso que abría los telediarios se había hartado de firmar sentencias de muerte. Del resto no estoy tan seguro. Era una tarde de lluvia y bajaba las escaleras de madera desgastada de la casa de un pariente. En la oscuridad de un portal que olía a humedad marina y a carbón nos cruzamos con un pulcro anciano que venía de la calle con gabardina y que nos saludó con una digna cortesía antigua. Mis padres me dijeron que aquel hombre atildado era el que había leído aquello de «cautivo y desarmado el Ejército Rojo…».  Eso es todo, no sé si ese encuentro en el portal es una licencia de mi imaginación, ni siquiera si mis padres fantaseaban también y el Fernández de Córdoba real jamás veraneó en aquella villa de mi infancia. Lo que me interesa es que aquel actor mediocre que fue un símbolo odiado, que fue la Historia que te pasa por encima, también fue un viejo afable del que quizás algún nieto recuerde el tacto de su mano y una fragancia anticuada, una letra relamida en un puñado de cartas. Muy pronto su nombre no dirá nada sino a unos pocos especialistas. Me hubiera gustado saber si durante la guerra se comportó como un hombre justo y no incurrió en vileza porque me siguen conmoviendo los rasgos de decencia individual en las grandes matanzas. Solo puedo imaginar que, como todos, vivió, se equivocó, se enamoró, hizo el mal sin saberlo y el bien sin buscarlo, conoció la felicidad y la alegría de la amistad, también el sabor sucio de la humillación y la decadencia de su cuerpo y ―mientras yo siga vivo, que tampoco van a ser tantos años― aún seguirá subiendo esas escaleras con algo de lluvia sobre sus hombros, agarrándose al pasamanos, ligeramente encorvado, desde la oscuridad del portal hasta una claridad que inunda los pisos superiores.

Formas del bostezo

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El hombre es un ser que bosteza. El bostezo, que compartimos con otros vertebrados y cuya función fisiológica dista de estar clara, contagioso residuo evolutivo, recordatorio de nuestra condición animal. Su duración y esa creciente intensidad que se resuelve en laxitud lo emparentan con el orgasmo.

Las princesas de los cuentos bostezan delicadamente en esas mañanas esplendidas de la leyenda, contempladas por pájaros, ciervos y ardillas a los pies de la cama. Uno recuerda cuánto ha amado a sus novias bostezando al empezar el día, un bostezo luminoso que las inauguraba. Otros bostezan a la puesta del sol, cuando llegan a un lecho que se han ganado con su sudor y sus huesos molidos. Y mientras fuera se desatan los terrores de la noche, se sumergen en las perplejidades del sueño, agotados tras haber modificado el mundo con sus manos o ampliado los dominios del espíritu. El bostezo de los justos.

Y está el bostezo puramente negativo del aburrimiento, el bostezo de las malas películas y las novelas flojas, de esa sinfonía de Bruckner que nunca se acaba, tu bostezo, lector, al leerme; la barricada de bostezos con los que la humanidad se defiende a diario de los enemigos de la alegría, de las palabras innecesarias del político y el pedante, del bobo solemne y el coñazo imperdonable, de todo aquello que nos quita las ganas de vivir. Siempre me ha impresionado la foto de la carpeta interior de aquel Sticky Fingers de los Stones que abría la década de los 70. En ella, ligeramente separado del resto de la banda, Mick Jagger, las manos en los bolsillos de su chaqueta, bosteza ostentoso, desafiante. ¡Qué carga de provocación! A su lado otra imagen icónica del momento, el joven que arroja un adoquín o un cóctel molotov, se nos antoja la de un dócil servidor de las ideologías. El poder siempre ha aprovechado los excedentes de energía de la juventud, su deseo de romper con las tutelas de la infancia y derribar la figura del padre, para regar con su sangre los campos de batalla del mundo. El Street fighting man que ellos cantaron en otro disco, no deja de ser un soldado, que es una variación letal de la figura del esclavo. El bostezo, como otras funciones del cuerpo, es una bestial e inconveniente falta de respeto, nada más corrosivo contra toda solemnidad; por eso te enseñan a llevarte la mano a la boca y disimularlo. El niñato de la foto―no el Mick Jagger real, ese aburrido petulante― no se oculta, te bosteza en toda la cara, bosteza porque tiene resaca, porque ha pasado la noche follando, porque no le interesas, porque no cree en nada, porque me aburre usted, señora, bosteza con una insolencia que aniquila leyes y principios. El bostezo de Sticky Fingers certifica el fin de un milenio y sus certezas.

Hemos bostezado mucho en este año, sin poder salir de un apocalipsis que empezó como tragedia y ha derivado en un costumbrismo tedioso y sin esperanzas. Qué mala sensación de final, qué pocas ganas, qué lata todo. En las tardes de desventura me entretengo con teologías de la aniquilación, a la violenta exuberancia de un big bang opongo la pura pasividad del horizonte de sucesos que todo lo engulle. El mundo arrancó con una violenta expansión cargada de futuro y acabará en un silencioso bostezo final.

Y mientras escribo estas lúgubres divagaciones, mi gato se despereza a mi lado, arquea el lomo y estira las patas, bosteza para salirse del tiempo, se lame aristocráticamente las pelotas y tras decirme algo que nunca acabo de entender se dirige resuelto al patio donde el sol empieza a manchar las hojas. ¿A qué?, a olfatear el aire, a sentir el fresco de la mañana en sus bigotes y corretear tras algún pájaro. A lo que verdaderamente importa.

¿Qué hacer?

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Había pensado seriamente en abandonar este blog y, para poner punto final a mis cavilaciones, decidí acceder a un universo paralelo y visitar a la única persona cuyo consejo podría serme de utilidad: el Perpiñá que hubiera querido llegar a ser.

El Perpiñá que hubiera querido llegar a ser era un hombre encantador ―como no podía ser menos tratándose de mí― aunque no carente de arrogancia, cosa disculpable en alguien que había cumplido sus sueños de juventud. Vivía en una casa que en líneas generales me resultó familiar, ya que buena parte de sus muebles, objetos, recuerdos y libros eran los míos, aunque percibí la intromisión de algo civilizado, agradabilísimo, que entendí como la influencia de su esposa, que me presentó y que se parecía mucho al tipo de mujer que siempre me ha gustado.

―Mira, Verónica, este señor soy yo si hubiera sido un vago.

―Ay, qué cosa más simpática de hombre.

Y se retiró a otra habitación a practicar al piano piezas de Couperin.

En un arranque de sinceridad le conté mis escrúpulos, que eran de orden estético, pero también moral. Sentía que ya le había pillado el truco al formato, detectaba ciertos automatismos, cierta maniera. Fatalmente me repetía. Me veía recurrir una y otra vez ―mendigo de la eternidad, toxicómano de la infancia― a los mismos motivos, a las mismas imágenes. Sentía que me quedaba sin temas. Ya me resultaba demasiado cómodo, dedicaba unas horas a escribir una entrada, la colgaba y acto seguido la gratificación inmediata de la aprobación en las redes. Como una paloma de Skinner accionando con el pico una palanquita, me había vuelto un farsante que desplegaba los recursos que sabía que funcionaban para desatar la emoción y el halago. Tocaba cambiar de voz, pasar a los grandes formatos, sustituir la satisfacción a corto plazo por la exigente labor subterránea de lo extenso, iniciar un aprendizaje de los tiempos muertos, una modulación de los entusiasmos, una economía del éxtasis.

El Perpiñá que yo hubiera querido ser empezó mirándome con curiosidad y acabó escuchándome con impaciencia. Cuando terminé, con la sensación de haber como siempre revelado demasiado de mí mismo, se puso a hablarme de sus novelas, esas novelas que yo no había escrito, una de las cuales ―me informó con orgullo― fue incluida en el año 2005 por Babelia entre lo mejor del año. Algunas de ellas tenían títulos inaceptables como Lejanía del nadador o Légamo. ¡Qué decepción! Como no se privó de leerme algunos fragmentos, encontré su prosa pulcra pero sin mordiente y sus ideas mansas, siempre adecuadas, convenientes, lo que atribuí a la frecuentación del ambiente literario, a esa servidumbre cortesana de tener que leer las obras de tus colegas. Me di cuenta de que me trataba con condescendencia:

―No te preocupes si te repites. La gente tiene muy mala memoria. Una hora después de leer tu entrada la habrán olvidado. Es un puto blog, dios santo, no escribes para la posteridad, la posteridad ya no existe. Échale cara, hay que tener el valor de la propia mediocridad.

Seguramente creía que no me daba cuenta, pero estaba claro que si me animaba a malgastar mi tiempo y a arruinar mi estilo en un blog era porque ni siquiera en un universo paralelo quería competidores. ¿Hace falta que lo diga?, empezó a caerme mal. Me repugnaron sus hábitos de orden y esa voluntad que le hacía escribir día a día laboriosas ficciones, me fastidiaba que estuviera más delgado que yo y que tuviera una mujer adorable. Su dedicación obsesiva a su tarea le vedaba la dispersión, su conocimiento era especializado. Toda esa montaña de datos y fruslerías que el diletante ha acumulado durante décadas de procrastinación le eran ajenas, lo que lo hacía ligeramente aburrido. El pañuelo de seda que llevaba al cuello me pareció en especial una refutación de toda su obra. Cuando al acompañarme a la puerta me preguntó si necesitaba dinero me permití una pequeña mezquindad:

― No, gracias, soy guionista. Seguramente gano más pasta que tú.

Al despedirnos me dio un abrazo y el único consejo que mereció la pena.

― ¿Quieres que parezca que todo ha cambiado?, pon otra foto en el blog.

Y salí a la calle sintiéndome liberado de un peso, intentando asimilar lo que había hablado con ese fatuo. Mire hacia atrás por última vez. Tras la ventana, Verónica había apartado la cortina y me miraba partir. Al verse sorprendida la dejó caer y se apresuró a desaparecer en el interior, con su piano, su Couperin y su maridito.

Me alejé pensando en qué nueva imagen podría utilizar en la página, según su consejo, mientras caminaba por una avenida fabulosa. ¿Cómo os podría describir el paisaje que se extendía ante mí? Una perspectiva monumental, donde esa luz fuera del tiempo que baña los universos paralelos lo hacía todo reconocible y familiar, pero saturado de sentido. A un lado una severa arquitectura, como un decorado donde habría vivido muchas otras vidas en un pasado que había olvidado pero que ahora se desperezaba entre los sonidos de la ciudad y las palabras de sus habitantes; al otro lado se extiende el mar como una promesa siempre renovada de cambio y aventura. Calma y entusiasmo. Un mundo donde la felicidad no excluye el misterio, donde nada se pierde y todo puede ocurrir de nuevo y donde sería hermoso vivir.

Y aquí estamos, de vuelta a casa.

Ande yo caliente, y ríase la gente

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La experiencia de las estaciones va más allá de la aprehensión intelectual, es un conocimiento del cuerpo. La sustancia cambiante, el carácter cíclico de lo real quedan fijados en nuestra psique muy tempranamente y de un modo indeleble. El invierno es particularmente desusado ya que se opone a los instintos de la cría del humano, animalillo de exteriores. Unas manos tiernas cubren al niño de capas de ropa, aparecen nuevos hábitos: el roce sofocante de la lana, la noche temprana, las comidas sólidas, humeantes, un soplo diáfano y helado en las mejillas que es casi un dolor, el aliento visible en el aire, el peso de las mantas, el olor antiguo de las chimeneas que siempre es una promesa de felicidad, los dedos ateridos, el milagro silencioso de la nieve, la magia inagotable de los fuegos encendidos.

Poetas, músicos y pintores se han ocupado del invierno, de sus aspectos anecdóticos, de sus misterios tremendos. Los artistas virtuosos trabajan las gradaciones del blanco y la desnudez del árbol, la ventana encendida en la oscuridad donde la piedad de otros hombres salvará la vida del viajero perdido; los músicos evocan la euforia del patinador y la cólera de la ventisca; los poetas lo saben emblema de la vejez y el acabamiento.

Los pájaros huyen a fabulosos países lejanos y cálidos, los días se hacen más cortos, los animales hibernan, la vida se reduce al mínimo. El enigma admirable de la encarnación de un dios en un niño se celebra justo en el momento en que la muerte se enseñorea de campos y bosques.

Una amiga virtual me comentaba ayer que los prestigios del invierno son un mito de los prósperos países del Norte y no le falta parte de razón. Para los desdichados, para los que carecen de un techo sobre sus cabezas, el invierno siempre ha sido el tiempo penitencial del miedo, el hambre y el sabañón, la estación en que la escarcha devasta las magras cosechas, el cuerpo se consume y los hijos mueren. En el cielo de los pobres siempre es verano, el verano es público y común. Para los afortunados, el invierno significa los placeres de la seguridad, del hogar, de lo privado. No te lanzas a grandes empresas en invierno, el invierno es conservador. Los campesinos prósperos, reducidas provisionalmente sus labores, disfrutaban de sus despensas llenas, de la matanza del cerdo y los leños crepitantes. Los caballeros se encerraban en el castillo y se dedicaban a la bebida, a soportar las intrigas domésticas y a escuchar las hazañas de sus antepasados, suspirando por la llegada de la primavera y el nuevo inicio de sus pillajes.

He amado los inviernos. Siempre me gustó aquel pasaje en que De Quincey evoca las dulzuras del opio en las largas noches del tiempo inclemente, rodeado de sus libros, haciendo uso de un buen té y una botellita de láudano siempre a mano, al abrigo de la chimenea mientras el clima ejercía su tiranía tras las cortinas. En estos días de reclusión he tenido la oportunidad de experimentar muchas veladas así, diría incluso que he llegado a saciarme. Mi entusiasmo invernal se ha limitado, el cuerpo ya no responde y el frío te hace sentir miserable. La soledad ya no me es tan grata, la compañía de los muertos no me resulta suficiente. Desengañado como nunca de los hombres, necesito de su presencia. Bach puede confortar tu corazón, pero no puede calentar tu lecho. Hay un temor de que el invierno no sea un paréntesis en la plenitud de la vida sino una estación final.

Der Abschied el último movimiento de Das Lied von der Erde, de Gustav Mahler, termina con uno de esos momentos de una belleza que justifica nuestro paso por el planeta. La contralto, ingrávida, canta:

Die liebe Erde allüberall
Blüht auf im Lenz und grünt aufs neu!
Allüberall und ewig blauen licht die Fernen!
Ewig… ewig..

¡La amada tierra florece en primavera,
por todas partes de nuevo reverdece!
¡Por todas partes y eternamente, resplandece de azul el horizonte!
Eternamente… eternamente…

Hay quienes en las grandes profundidades blancas de Brueghel o de Goya ven el rostro de la muerte. Uno, que a estas alturas es capaz de aceptar la dignidad del engaño, prefiere, con Mahler, mantener la insensata esperanza de los grandes deshielos, del cielo niño de la primavera ―camino de regreso de las golondrinas―, del retorno de cuanto perdimos y nos será devuelto. Ewig, ewig…

Gregory Credwson

Tenet. Una esfinge sin secreto.

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Soy de esos espectadores que no necesitan enterarse del “significado” de una película. Me gustan los enigmas, aunque no sin condiciones. El enunciado de un enigma debe ser simple y bello. El problema de Tenet no es la paradoja temporal en la que se basa, algo relativamente simple de entender, sino su farragosa exposición. Por poner un ejemplo, 2001 es un enigma, pero Tenet es un galimatías. Como ya le ocurrió en Inception, Christopher Nolan crea un mundo con unas leyes tan complicadas que tiene que adjuntar al mamotreto unas agotadoras instrucciones de uso y, sin embargo, jamás se habrá visto una película con unos diálogos tan explicativos y que expliquen tan poco. Mezclar las películas de James Bond, los asombros de la mecánica cuántica, el melodrama de madre no hay más que una y su poquito de Borges, haciendo uso de personajes apenas esbozados y bañado todo en una sensibilidad nerd de gorra con visera, documental de viajes y una poética de Silicon Valley, sin que falten Grandes Frases Enfáticas, requiere un pulso firme para no estrellarse con todo el equipo. Reconozcamos que Nolan tiene ese pulso, porque la película, adecuadamente aparatosa, se deja ver aunque todo ocurra ante nuestros ojos de manera arbitraria, sin que llegado cierto punto nos molestemos siquiera en entender ni cómo ni por qué, entre el estupor y la risa floja. Me temo que resultar ininteligible o no someterse con humildad a la verosimilitud (que es el juramento hipocrático del guionista) no es una apuesta de estilo, es una limitación.

Solo añadir que cada vez me cansa más el culto obsesivo a la eficiencia en el audiovisual americano de las últimas décadas. Del mismo modo que en la antigüedad el arte hacía suyos los valores aristocráticos y ensalzaba lo heroico, en este siglo el geek triunfante exalta una asertiva, grosera, insoportablemente locuaz profesionalidad. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Géminis

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Me has mandado una vieja fotografía, hermano. Una fotografía que no recordaba. Allí estamos los dos, en un pasado ya tan lejano que espanta, dos niños con la cabeza gorda, dos micos vestidos igual, asomados a la luz de un mundo recién creado. Ante nosotros una caída de seis pisos desde la que tantas veces nos lanzamos a volar en nuestros sueños. Frente al balcón se está construyendo un edificio. Hay unas macetas que mamá cuidó, que nos parecían estar ahí desde siempre y nunca ―como nuestros padres, como todas las cosas― dejarían de estar. Qué fue de aquellas macetas que florecían sin poder evitarlo cada primavera. La foto seguramente la haría papá e imagino su sencilla alegría ante aquella doble pequeñez que era una consecuencia de él. Jamás sabremos si la foto surgió de un modo espontáneo o nos hizo posar, si intuyó hasta qué punto aquella imagen estaba cargada de significado.

¿Te acuerdas de aquel tiempo? Alberto y Salva, Salva y Alberto, nuestros nombres siempre sonaban unidos, no podía concebirse que fuera pronunciados por separado. Éramos mellizos, parecidos pero no iguales. Uno era rubillo y otro moreno, uno más vivo y el otro más tímido, ahora yo exhibo una figura orsonwellesiana y tú gastas un tipín, tú tienes una familia y dos hijos espléndidos y yo vivo en el melancólico abandono del soltero, que quizás imaginas atractivo porque todos fantaseamos con lo que no tenemos.

Pero entonces éramos dos formas diferenciadas de lo mismo, ¡un fenómeno de la naturaleza! Nuestros padres, mucho más jóvenes que nosotros ahora, probablemente más ingenuos, vivieron una guerra en su infancia y tras muchos intentos fallidos nos tuvieron a los dos y se holgaban de vernos crecer tan iguales, tan distintos, con ese algo vagamente humorístico que tiene la repetición. Hay un enigma en la la idea de ser hermanos, algo sagrado multiplicado en nuestro caso porque vinimos al mundo a la vez, una mañana ardiente de agosto. Todos los padres cuentan a sus hijos los apuros y pormenores del día en que nacieron. Sus plegarias fueron atendidas, sí, pero criarnos a dos no tuvo que ser fácil. Con qué dulzura nos hablaban de la crónica falta de sueño que nuestro doble insomnio les causaba.

Existe una grabación de nosotros en una bobina magnetofónica, un poco tontos y folloneros, como todos los niños. Aún la conservo, pero ya no hay magnetófonos de bobina abierta. Probablemente no volveré a oírnos. Jamás nos aburrimos. Compañeros constantes, aliados sin jerarquía. Descubríamos el mundo a la vez, las magias del cielo estrellado, la amistad del mar y del perro, los ritos de la religión y la existencia del ángel, la picadura de la avispa y el sabor amargo de las medicinas, la exploración de los bosques y las aventuras nocturnas en la habitación de soñar que compartíamos, presidida por una anunciación del Trecento. Nos bañaban juntos, cuidábamos el uno del otro, nuestros cuerpecillos encajaban dormidos en la parte trasera de un Renault 8 que atravesó España tantas veces. Juntos tripulábamos submarinos y nos perdíamos en la superficie lunar, saltábamos de una cubierta de barco a otra, moríamos y resucitábamos en batallas de mentira. Si no había juguetes peleábamos como hacen las bestezuelas. Teníamos nuestros secretos, nuestras bromas y palabras privadas que hemos olvidado.

Y aquello ya no fue. Crecimos, conocimos por separado las glorias parciales, las amarguras y decepciones de la condición humana. Los labios de las mujeres que nos amaron pronunciaron nuestro nombre solo, ya no adherido al del otro. Ahora somos dos señores ligeramente excéntricos, huérfanos de padre y madre. Las hemos tenido de todos los colores porque tampoco es fácil aguantarnos. Uno de los dos se irá antes, y qué solo se quedará el otro, qué roto, qué inútil.

Al principio hablé de un pasado lejano y sin embargo siento que, al contrario, estamos más cerca de aquellos días que nunca. Aquellos días cuyo misterio me alimenta y me estremece y que quiero conservar en mi corazón, hermano, no olvidar lo que fuimos, lo que somos, lo que ni el tiempo, ni la aspereza de la vida nos pueden ya quitar.

¡Epa!

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Entre los hallazgos más felices del habla popular española se encuentra ese desplazamiento de sentido mediante el que el trozo de pan ácimo utilizado en los grandes misterios eucarísticos acaba nombrando el batacazo, la costalada, ese momento primordial del humor. No es algo del todo arbitrario.

Hostia y risa. Causa y efecto que algunos verán como algo bárbaro, señal de un alma tosca e insensible a la desgracia ajena. Me permito dudarlo. No importa la sofisticación de tu mente, no importa si te divierte el último monologuista de la costa Este o lo tuyo es la risa tetánica de Houellebecq, no podrás resistirte al resbalón, a la caída aparatosa del congénere. Alma de la pantomima, apocalipsis irrisorio que desbarata en el acto nuestro orgullo bípedo; ha hecho reír a niños y ancianos, caldeos y macedonios, al tuareg y al lapón, al monje y al samurai, a Montaigne y a Beethoven, a Darwin y a Wittgenstein (bueno, a Wittgenstein quizás no), a Stalin y a Landelino Lavilla.

No hablo, claro está, de la hostia cruenta, hablo de la hostia espiritualizada del cartoon y las películas silentes, llenas de caídas por la escalera y traidoras pieles de plátano, de las grandes caídas de culo del payaso. Hostias de inmortales, hostias felices que no matan ni quiebran el hueso. Los niños, que solo responden a lo trascendente, las ven y es que no pueden dominarse; incluso en el trance trágico del patatús, cuando una señora cae desmadejada y se le ven las bragas, ay, qué risa.

Sacramento de la existencia, hostia santa. Dios se encarna en el hombre, el hombre se da unas hostias de órdago. Todas las formas de vida entran en el ser y encuentran resistencia, porque todo se nos opone y el cuerpo falla, los objetos son impenetrables y la gravedad (¡qué nombre excelente!) nos impide la alegría del vuelo y nos hace cautivos melancólicos del suelo y su dureza. A veces vencemos una resistencia y vienen la plenitud y la euforia. La derrota, más común, es por el contrario el principio de toda tristeza. La hostia simboliza todo eso, la hostia te muestra, pedagógica, que el mundo no está a nuestro favor; resulta así un inquietante recordatorio del modo en que acabará con nosotros, porque la banca siempre gana. Fijaos en la expresión del niño que pasa de la alegría del juego al morrazo. Antes de romper a llorar hay unos segundos de estupor, que son un «¿por qué?» y luego un «esto no puede ser» y por eso, finalmente, el llanto: porque no se lo esperaba, porque ya no tiene remedio, porque no se puede desandar el tiempo y la hostia ya no se la quita nadie, porque sabe que ha fallado y necesita consuelo. Y así toda la vida.

La hostia tiene un valor igualador, edificante. Se hostia el rey y se hostia el papa, el policía y el gran follador, qué risa en especial la hostia del pedante. Hasta el gato, dotado de superpoderes y de una suprema elegancia se estampa a veces contra el cristal o cae desmañado cuando intentaba saltar de uno a otro muro y entonces disimula, gatuno y digno, porque no quiere que nos riamos de él. ¡Con qué eficacia liquida para siempre la soberbia! Porque, amigos, el recuerdo de una hostia de las buenas es imperecedero y acompaña para siempre al hostiado y a los allí presentes, que seguirán hablando de ella años después. Políticos y divos la temen, una buena hostia bajando las escaleras del avión ―la mueca de alarma, el manoteo inútil― puede hacerte perder unas elecciones… la hostia proclama «recuerda que eres mortal» y el testigo del jalmazo se inclina sobre un nene que ya empieza a temblar de risa a su lado y le dice «mira hijo, torres más altas han caído».

Nos divierte la hostia ajena porque revela nuestra esencial naturaleza de proyectos de un fracaso. ¡Y claro que somos un fracaso!, ¡un fracaso estrepitoso!, se nos han dado los gozos de la vista y el amor, las olas, el milagro frecuente y humilde del pájaro, los churros, Bach y la cara de Jane Birkin y todo se nos arrebatará porque al final nos morimos, nos morimos todos y mucho más pronto de lo que nos gustaría. Es esa conciencia de nuestra común imperfección la que resuena tras la risa, y por eso ahora veo a ese señor que menuda hostia que se ha dado en la esquina de Correos y esa risa que me entra es una forma de amor, es un querer abrazarlo mientras intenta levantarse todavía aturdido y reconocerlo mi semejante, mi hermano. También un «no yo, no todavía» y un rebelarse contra lo inevitable, un desafío, un decirle a Dios: «cuando te vea te voy a dar dos hostias bien dadas por habernos hecho esto».

La culpa y sus prestigios

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La Ilustración supone el guillotinazo de salida de la idea de Progreso, del simultáneo proceso de demolición del Antiguo Régimen y el viejo Dios. Siempre me ha extrañado que esta última tarea no se efectuara con una desesperada melancolía, ya que certifica nuestra segura aniquilación. Al contrario, el desmantelamiento de nuestra más antigua ficción se lleva a cabo con un extraño júbilo, con la contagiosa alegría de una liberación. Al acabar con la Gran Figura Paterna creíamos, exaltados, acabar igualmente con la culpa, ese molesto bichito que devora parasitariamente nuestra mente y lastra la fuerza creadora de nuestros instintos.

La culpa tiene una pésima reputación. Residuo de la infancia de la especie, debilidad de mal gusto, enfermedad indecorosa del alma que nos empuja a la neurosis y da el salto al mundo físico en forma de patologías digestivas, dermatitis y cáncer. Un horror. Los psicólogos diseñan terapias y administran fármacos para aliviarnos de su peso.

Dos siglos y dos guerras mundiales después, alcanzamos a finales de los años sesenta una nueva inocencia. El hombre no tiene ya nada de lo que avergonzarse, dueño absoluto de sus actos. Su deseo es su única ley, nada de cuanto imagine o sueñe es impuro, no hay condena porque no hay pecado. Los placeres de la carne son conocimiento, la embriaguez aventura. No habrá ya nada suficientemente sagrado para ser protegido del poder disolvente de la risa. En los ochenta se amplía la amnistía con el concepto de los guilty pleasures, ya puedes confesar que te gusta la música de consumo o las comedias sentimentales; demonios, hasta forrarse deja de estar mal visto, el codicioso deviene emprendedor, alguien que persigue sus sueños a base de intuición pura, disciplina y resolución.

Y sin embargo… treinta años después esa culpa contra la que tanto combatimos vuelve por sus fueros, desbordando sus límites iniciales, hipertrofiada de un modo grotesco, en lo que a algunos antipáticos sospechosos se nos antoja un delirio colectivo.

La culpa es ahora retrospectiva e ilimitada. La práctica del online shaming permite que un chiste o un comentario hecho hace años pueda acarrear consecuencias catastróficas a la velocidad de la ira ―las almas bellas gustan de denominar “consecuencias” a las prácticas represivas de la “cultura de la cancelación”―. Personas emocionalmente frágiles e inestables, incapaces de aceptar una opinión que contradiga su visión del mundo, exigen y arbitran un virulento mecanismo de venganzas y derogaciones. Una neolengua de eufemismos se expande, caduca y renueva sin cesar. No herir, no ofender se torna idea fija, todo es renombrado en la creencia de que modificar el lenguaje modifica el mundo y ¡ay de quien ose volver a las antiguas, crueles, inmundas palabras! Estrellas del espectáculo, deportistas y políticos se entregan a aparatosas exhibiciones de arrepentimiento público porque en su juventud dijeron algo indebido o tuvieron lo que, con suprema gazmoñería, se llama «una conducta inapropiada».

La vieja culpa se veía atenuada por el olvido y el perdón, pero no existe el olvido en la sociedad digital y tampoco el perdón, porque la culpa va más allá de nosotros y de nuestra voluntad y se extiende a lo colectivo. El “privilegio”, la nueva versión del pecado original, nos estigmatiza como réprobos por el hecho de pertenecer a mayorías opresoras. Somos responsables de los pecados de nuestros padres y nuestros antepasados, de nosotros solo se espera que guardemos un decoroso silencio avergonzado.

Es difícil combatir semejante estado de opinión, el sentimiento visceral suplanta a la lógica y a la razón y permite a sus entusiastas sostener una cosa y la contraria con envidiable desenvoltura. El corazón manda. A los disconformes, en el mejor de los casos, se nos ridiculizará como entrañables cascarrabias inadaptados en ese nuevo orden que inevitablemente ha de venir o, a las malas, se nos señalará como cerriles enemigos del débil y el desamparado. En ciertos entornos es tan problemático pronunciarse que lo más sensato sería callar y esperar a que escampe, para evitar una suerte de muerte civil. Pero es mucho lo que nos jugamos. Alguna vez hay que plantarse y decir tranquilamente no. No al matonismo intelectual, no al ignorante desconocimiento de la historia y de nuestras debilidades, no a las furiosas exigencias de una perfección monstruosa, no ―y este es el no más difícil― a las lágrimas del victimismo que manipula. Porque solo la circulación abierta de todas las ideas nos ha hecho más libres, porque solo un pensamiento sin ataduras nos hace iguales, porque cada vez que se silencia una opinión somos menos humanos.