Una modesta proposición (otra)

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Un político es alguien que ha aprovechado una oportunidad, le ha salido bien y un día descubre que tiene centenares de miles de incondicionales. No likes en las redes sociales, eso es demasiado inmaterial. Hablo de incondicionales, de sentir físicamente tu liderazgo. Para eso se organizan los mítines, no para ganar votos. Toda esa liturgia del siglo pasado es un dispositivo para que el político se recargue mediante un baño de carisma y sudor. Lo necesita. No se hace para enfervorizar a los asistentes, se hace para enfervorizarle a él. Se hace por su bien. Se alimentan de eso, vampiros de nuestros entusiasmos.

Tienen tablas, ellos y ellas han pasado años como las estrellas de rock, fogueándose en pequeños formatos. Han perfeccionado sus recursos en pueblos perdidos y sedes provinciales, hasta que llega el momento en que atestan pabellones y es cosa de ver cómo ante un micro se llenan de vida y de jactancia y sobreactúan. Son muy buenos en eso y cualquier cosa que dicen, lo que sea, la primera barbaridad que se le pasa por la cabeza a ellos o al flipado que les escribe los discursos, obtiene una respuesta rugiente, unánime, un entusiasmo palpable. Un clamor, en sentido literal. Antes y después se hartan de estrechar manos, los abrazan y son besados por abuelas simpatiquísimas. Se crecen, ¿no se van a crecer?

A esa gente peculiar encomendamos en tiempos nada fáciles la protección de nuestros derechos y el gobierno de nuestros asuntos y nuestros hábitos. No podemos cambiar nuestra naturaleza, pero acaso podamos moderar la suya. Votemos a los nuestros, sí, pero no los aplaudamos tanto. Abuelas, no los beséis. Niños, sed ariscos y mordedles. Hacedlo por nuestro bien.

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Onomástica

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Dentro de nuestra madre aún no tenemos nombre. Al nacer nos ponen uno. Parece que los delfines también se nombran entre ellos.

Nadie escoge el suyo. La serie de sonidos articulados por la que seremos conocidos durante toda nuestra vida es elegida de manera azarosa. En un pasado se atendía al santoral o a complejos compromisos familiares, a veces era un delicado homenaje a algún nudo del árbol genealógico. Poner a tu hija el nombre de tu abuela era como darle un like. En este siglo la decisión ha pasado a depender de gustos personales y también de modas, lo que no evita a muchos niños padecer nombres no menos gravosos que los Onofres o Potencianas de antaño.

Desde pequeños nos identificamos con esas sílabas que afianzan la ilusión del yo, hasta el punto de que olvidar el propio nombre es señal de una catástrofe irreversible. Nos complace que alguien recuerde cómo nos llamamos años después de un encuentro fugaz, hay quienes han hecho de esa habilidad una poderosa herramienta de arribista. Del condottiero Muzio Attendolo Sforza se decía que recordaba al cabo de años a cada uno de sus hombres y la soldada y los caballos que habían tenido.

Olvidamos hechos, olvidamos nombres. El del adulto que nos rescató de las olas y nos devolvió a la orilla, el del desconocido que nos socorrió en una vomitona adolescente, el de una mujer que estuvo en nuestros brazos en una habitación de hotel. Pasan a un reino indiferenciado de sombras. Tengo la teoría de que hay una secreta correspondencia entre cada déjà vu que experimentamos y el momento en que alguien ha olvidado el nuestro.

Los espías, los fugitivos y algunas estrellas del espectáculo poseen dos nombres, el verdadero y un segundo nombre público que llevan como una máscara. Solo muy pocos o incluso nadie ―qué extraña soledad― tienen el derecho de llamarles por su nombre oculto, aquel que escucharon de labios de su madre en las noches de fiebre.

Nuestro nombre ocupará formularios, declaraciones de bienes, contratos, cartas, sentencias, perfiles de las redes sociales. Acompañado de dos fechas sucintas quedará fijado en una lápida. Por ello los códigos civiles prescriben un mínimo decoro en su elección. Para escapar de esa formalidad los retorcemos con efectos expresivos, los cargamos de afectos mediante diminutivos o hipocorísticos.

Cuando te presentan a alguien no sólo estas oyendo el nombre de esa persona, sino el de todos los que se llamaron igual: el de aquel niño que te caía muy mal en el colegio, el de un profesor cruel o un señor con los pelos de un blanco verdoso que era un pelma, el de aquellos que nos engañaron. Sus malas obras contaminan de impureza la neutralidad del nombre, lo degradan. Tenemos una responsabilidad con aquellos que se llaman como nosotros.

Qué raro y precario suena nuestro nombre en nuestra voz. Por el contrario, qué milagro escucharlo, luminoso, redimido, en la voz de alguien a quien amamos.

La inconcebible divinidad, el irresponsable, neurótico demiurgo que se oculta celosamente tras las vastas turbulencias del universo, se sabe los nombres de todos nosotros, también el nombre secreto por el que nos conocen perros y pájaros. Tiene que cargar con eso. Cuando los olvida, dejamos de existir.

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Los desterrados hijos de Eva

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«You got to tell me brave captain,
Why are the wicked so strong». TOM WAITS. “Mr.Siegal”

Podría parecer que un ateísmo de facto es la condición mental de buena parte de Occidente. Sin embargo, a poco que se medite, vemos cómo el lugar de la religión ha sido ocupado por ideologías de fuerte carga mesiánica, sacrificial, apocalíptica. No resulta difícil identificar esos nuevos cultos, que sus seguidores más acérrimos suscriben con un fervor indistinguible de la vieja fe.

Visiones del mundo totalizadoras, omnicomprensivas, cada una de ellas es un sistema articulado de hechos irrefutables, medias verdades y exageraciones gesticulantes, que aspira a una explicación integral de las incertidumbres del presente y los procesos históricos.

De irrenunciable carácter agónico, su mitología es la de una lucha continua contra un statu quo inicuo o aterrador. Es necesario amplificar la conciencia de un sufrimiento intolerable para justificar una urgente movilización. Toda idea de gradualidad, de procesos de mejora a lo largo del tiempo, es vista con desconfianza. Como en los mitos fundacionales, se anhela la derrota del mal en un único gesto que prenderá en las multitudes, como un incendio de justicia. Un despertar de las conciencias, un nuevo amanecer, son algunas de las metáforas de la epifanía revolucionaria. Se detesta lo posible, se exige la utopía, la venida del Reino. Imagine all the people.

El adepto se entrega al entusiasmo del activista, que colma de sentido la grisura y banalidad de nuestras vidas. De ahí la apelación constante al rito de la comunión colectiva. Llenar la calle de multitudes enfervorizadas no es solo una demostración de fuerza, es puro eros, un éxtasis de proporciones masivas, concentración de energías fabulosas. Se corean ideas fuerza, se siente la unión contra el enemigo, se canta, el corazón estalla de amor. También de odio. Los media publican a gran tamaño fotos de jóvenes, bellos jóvenes viviendo esa embriaguez. Los jóvenes. La humanidad ha asesinado a sus jóvenes durante toda la historia, mandándolos a empapar con su sangre los campos de batalla.

Se buscan símbolos que aglutinen la emoción. Tienen sus santos. Y sus mártires. Los seguidores deben observar una agotadora preceptiva que regula maneras, costumbres, dietas. Se es especialmente meticuloso respecto al uso del lenguaje. Cada una de estas cosmovisiones crea a su alrededor una neolengua, hecha de conceptos que una vez nombrados devienen irrefutables. Cualquiera que haya debatido con un exaltado, sabe hasta qué punto el lenguaje, lejos de ser una herramienta de indagación, de cuestionamiento, se transforma en un mantra. Un escudo y un arma.

Porque sabemos que una causa deviene credo cuando no admite el menor cuestionamiento de un discurso sin fisuras. Todo disidente pasa a ser un enemigo al que se le atribuye ignorancia y complacencia con el sufrimiento. Alguien que alberga las peores intenciones y al que podemos encasillar en ideologías inhumanas. Ante él solo cabe la vergüenza o el furor. Pero es el tibio el peor de todos. El tibio es un mal bicho, un cínico, un sombrío aguafiestas, un traidor que se ha pasado al lado oscuro.

Se me suele argumentar que se trata de quejas puramente estéticas, sutilezas hamletianas de conformista que impiden la pujanza de corrientes que nos redimirán, que hay que mancharse las manos, que no todo el mundo es capaz de un sólido juicio crítico y que es lícito engañarlos un poco, asustarlos, hablarles como a niños si con ello conseguimos mover sus conciencias. No es una cuestión que se pueda despachar con facilidad y no sé cómo responder a ella.

Sé que existen el mal y el peligro, sé que hay justos entre nosotros, sé que somos un animal sentimental y codicioso, que no hay infamia de la que no seamos capaces. Sé que los crueles se suelen salir con la suya, sé que eso desata la rabia y que nuestro futuro depende del manejo de esa rabia. Donde crece el abuso proliferan los mercaderes del miedo y la ira, que señalan, acusan y fruncen el ceño desde sus estrados. No transijamos con la injusticia, pero no nos dejemos seducir por ellos. No creamos en promesas. Aprendamos la decepción, sobrepongámonos a ella. No nos rindamos nunca.

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Andrei Rublev (Andrei Tarkovsky, 1966)

 

Mitología y alabanza de los tendederos

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Casi no hay pequeña actividad de nuestras horas que no esté contaminada de íntimas grandezas. En algún momento, probablemente bajo los rigores de una glaciación, los hombres dimos en cubrir nuestra desnudez de bestia desamparada, desnudez que pasó de condición a anomalía. El mito registra ese momento sustancial («fueron abiertos los ojos de ambos y conocieron que estaban desnudos y cosieron hojas de higuera y se hicieron delantales») en que el cuerpo despojado pasa a ser emblema del deseo y de lo impropio.

El hombre es el animal que se viste y que lava sus ropas. El acto de lavar fue metáfora del perdón de los pecados y, durante siglos, oficio destinado a las mujeres. Considerarlo labor menor y subalterna es una curiosa forma de ceguera. En las riberas la corriente de las aguas se llevaba río abajo el polvo y los fluidos que impregnaban las toallas que envolvieron niños, las sábanas donde dormían los amantes y los vestidos de las muchachas. Expuestas allí a violencias, asaltos y secuestros, llevaban a sus crías, que quedarían para siempre marcadas por el recuerdo de un mundo primero de canciones, risas, viejas historias, intimidades y chismorreos, palabras tiernas o mordaces, olores fragantes, gateando entre la luz de la ropa limpia puesta a secar sobre los juncos. Los lavaderos de las ciudades conservaron esa atmósfera mitológica. Una vez leí que a los aún no nacidos y a los bebés les complace sobremanera el bordoneo repetitivo de la lavadora. Una adecuada justicia poética.

En los barrios populares se exhibe sin pudor, palpitante, viva, la ropa tendida al sol, cataclismo ensimismado que en su lejana, irascible soledad ignora tan humilde función. La ropa pequeña de los niños, la camisa limpia de las camareras, el calzoncillo del albañil, calcetines y pijamas desteñidos, las tripas de la vida. Alguna vez escribí que cada línea de ropa tendida es una historia. ¿Dónde tienden la ropa los poderosos?

Ahora vivo solo y de mi tendedero está ausente la alegre ligereza de la ropa de una mujer, pero me sigue complaciendo el acto monótono de tender la colada. Es mi comunión diaria, una de mis formas de acuerdo con el mundo. Impregnadas de un olor artificial que evoca los antiguos jabones, mis prendas, trozos de tela teñida que me contienen, fijadas con pinzas a un cable tenso y que el viento menea suavemente como hojas de un árbol, las mangas colgando rendidas, resumen sucinto de mi existencia, anticipos de mi imagen deambulando por calles, despachos y tabernas. Imagino qué hermoso sería verlas una mañana echando a volar. No concibo un paraíso de las almas sin vastas columnas de ropa tendidas entre las nubes.

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El marco incomparable

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Casi todas las ciudades conservan restos de su pasado. Sus habitantes los consideran algo especialmente valioso y digno de ser preservado, salvo durante las revoluciones y las grandes crisis de furia. La autoridad erige patíbulos y monumentos, pues tales son sus prerrogativas. Lugares donde el poder se administra, arcos que conmemoran la sangre joven derramada, templos y palacios, torres y paramentos. Tiranos y arquitectos los concibieron, generaciones de hombres se rompieron las espaldas entre poleas y andamios para elevar sus muros hasta las nubes. Vigías de la ciudad y vastos organismos de los que emanaba un aire de fuerza y permanencia. Las casas donde los hombres comunes engendran, comen y duermen son efímeras, pero en los grandes edificios (hoy meras cristalizaciones resplandecientes del dinero) había por el contrario una voluntad de inmortalidad.

Los niños los visitan desde pequeños y así un conjunto de cantos y argamasa queda investido del aire sagrado de los primeros recuerdos. La piedra de sus fachadas, dorada bajo la luz naranja del alumbrado público, formará parte del paisaje de nuestros sueños toda una vida. Los mercaderes del patriotismo conocen la fuerza movilizadora de las viejas ruinas.

En mi caso el marco incomparable que me tocó en suerte goza de cierta fama. Su nombre, Alhambra, cargado de insinuaciones de exotismo y lujo oriental, no era infrecuente en hoteles y clubs nocturnos de otros países en los años de entreguerras.

De pequeño, en las primeras visitas, la Alhambra era fiestas de la luz y del espacio al comienzo del día, era tiempo suspendido en atrios, columnas y galerías por donde volaban los pájaros, era huertos fragantes, estanques y la frescura del agua corriendo entre las flores. Una imagen justa del paraíso. Un orden sin simetría. Aquel carácter orgánico, acumulativo, imprevisible, la hacia adecuada al gusto del niño.

La Alhambra encarna varias paradojas. La primera de las cuales es el choque entre su radical otredad y su aire familiar. Cumbre refinadísima del arte de una cultura diferente, fortaleza y palacio del placer, fragmento de oriente, con sus insinuaciones de hedonismo y languideces, incrustado en una ciudad cristiana, árida y ferozmente conservadora. Una leyenda de intoxicante romanticismo, patrimonio de una burguesía prosaica y desprovista de entusiasmo. Un excelente resumen de las contradicciones de la ciudad. Recordatorio constante de un pasado esplendoroso y por tanto de un fracaso, nos hemos criado con la conciencia de una caída. Todo monumento, despojado del poder que en él residía es un cadáver, un decorado, y sin embargo aún puede irradiar.

Durante una época pensé que viviría y moriría en otra parte. Pero regresé. Y allí estaba de nuevo, el animal totémico de mi ciudad, encaramada sobre una colina, entre el dragón y el velero. Ahora vivo aún más cerca de ella que nunca. Prácticamente no pasa un día sin que la vea en el escandaloso esplendor de su vista frontal o a la vuelta de una esquina, asomada, tutelar, al fondo de una calle. Algunos afortunados la saludan cada mañana cuando despiertan, desde amplios balcones o a través de pequeños ventanucos. El tamaño de la vista no disminuye su poder.

Todo lo pensaba ayer en casa de una amiga, que también ha decidido abandonar su vida en una gran ciudad e instalarse bajo la advocación de esas piedras. Bebíamos vino, la tarde caía con las ventanas abiertas, por donde entraba el sonido de la lluvia y el frescor que exhalaban los jardines cercanos. Ante nosotros, lavada y borrosa, estaba ella, esperando la caída de la noche y la secreta comunicación entre sus salas y las estrellas. Siempre la misma, siempre otra. Entendí que nos sobrevivirá a ambos y hallé en esa idea un cierto consuelo.

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Loa y pervivencia del churro

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Ya me habréis leído por aquí cómo siempre erramos en nuestra percepción del futuro. El churro era un residuo indigesto de la España profunda, como los tricornios, las bandurrias, el rostro del cejijunto y las monjitas, algo que la Unión Europea, la socialdemocracia y la expansión del universo digital borrarían del mapa. La obstinada, imprevista permanencia de la pequeña churrería en un mundo dominado por las franquicias debería alegrarnos.

El gusto por el churro se adquiere en la infancia. Como una impronta. Es, pues, un gusto conservador y sentimental. Churro del obrero y de las clases medias, churro de la juventud voraz y del anciano, churro transversal, civil. En las mañanas de los días de fiesta se forman colas en las churrerías. Padres, amantes, niños a los que mandan a comprar churros (la compra de churros es acaso el primer voto de confianza del adulto hacia la autonomía del niño). Casi nadie lleva ya la prensa bajo el brazo, que era un socorrido rasgo costumbrista, pero la clientela está ahí. Una serie de ciudadanos que un domingo cualquiera han sentido el capricho ligeramente pecaminoso de entregarse al churro. «Me comía yo ahora unos churros» dice la mujer amada aún medio dormida, con una sonrisa. Y ahí que va el tío.

Hablo del churro de mi tierra, no ese lacito afrancesado y pretencioso o esa oquedad estriada y fría, de una tristeza oficinesca, que consumen en las cafeterías de Madrid. El churrero meridional, a la luz de un tubo fluorescente, dibuja en una tina de aceite hirviendo una espiral ―la forma de los ciclones, las conchas y las galaxias― que una vez dorada rescata con la ayuda de dos diestras varillas para depositarla humeante y, como quien dice, recién parida sobre un papel basto donde la quebranta a tijeretazos. Te entregan un paquete áspero que llevas entre las manos con manchas delatoras de grasa. Su calorcillo es agradable en invierno y te entran ganas de silbar.

Suena un timbre y alguien se presenta con churros, se pone la mesa, los durmientes saltan de sus camas, surge una sencilla jovialidad. Cuando comes churros con alguien se caen las máscaras.

En los diccionarios lo definen graciosamente como fruta de sartén. Sacramento dominical, el agua y los trigales, olivos, girasoles y bombonas de butano lo hacen posible. Sus oficiantes suelen ser parejas, un hombre y una mujer que duermen juntos y comparten las sofocantes temperaturas y una angostura de sala de máquinas, las salpicaduras y el sacarse del pelo los olores de la fritanga. Uno ha conocido a veteranos del gremio y a jóvenes casados ataviados con mandiles blancos, que empiezan en un oficio no menos singular que dedicarse al circo. En el caso especial del churrero feriante, sus destinos están vinculados. Y permanecen y sobrevivirán al circo y a las salas de cine, sin interés como franquiciados, moviéndose en los intersticios, anacrónicos y libres.

Comamos churros de vez en cuando, aunque nos sienten como un tiro. Contra la uniformidad del mundo levantemos un muro de triglicéridos y dispepsia, porque cuando te das al churro no solo estás salvando al niño que hay en ti, estás salvando a los bondadosos churreros, a los que Borges no incluyó en su poema Los Justos porque era un poquito snob.

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Francesc CatalàRoca

El fantasma de los cumpleaños pasados

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Ya habré hablado en otra ocasión sobre la celebración de los cumpleaños. La idea de lo cíclico nos complace, llega esa fecha señalada en que fuimos arrojados al mundo y se reincide de nuevo porque alguna vez en la niñez fue el día más maravilloso de nuestra vida. Seguimos esperando la imposible repetición de aquella jornada que aún resplandece en el recuerdo y acaso nunca existió. Y así uno acaba divirtiéndose por encima de sus posibilidades, hasta la extenuación.

Al día siguiente, después de dormir como un oso polar tras devorar a un explorador y erudito victoriano, uno se despierta y entra en ese primer día del resto de su vida y lo hace arrastrándose. Jornada perdida, desarbolada. La luz calcina el aire tras las ventanas y con un cansancio infinito se empieza a recoger los restos de la fiesta del día anterior: vasos a medio vaciar, ceniceros llenos de colillas y rodajas de limón, restos de comida picoteada por los pájaros, imágenes de un pequeño reino devastado. La actividad impide entregarse a la reflexión, aplaza el problema hasta que al caer la noche llega el inevitable momento en que uno se enfrenta a una fría angustia tendido en el sofá como un fumador de opio, maldiciendo a Heidegger mientras tus gatos hacen tirillas el tapizado.

El tiempo y el espanto de la finitud, los viejos invitados, toman cuerpo, asiste lo ya vivido, incluso aquello de lo que nos arrepentimos, se experimenta el cansancio de uno mismo, del personaje que nos hemos hecho, sale de su escondite ese fondo oscuro de todos nosotros: vicios de carácter heredados, las cicatrices de lo que nos hirió en la infancia o la juventud, sombras que mantenemos a raya con la risa, la costumbre y el deber.  Todo se materializa ante tus ojos como una agregación de polvo, borra y derrota. El monstruo resultante va a caminar a tu lado por unos días.

(El entorno no ayuda. Las calles despojadas bajo un sol severo, los negocios y bares conocidos cerrados, la suspensión momentánea de la trama cotidiana de afectos. En las cabeceras de los periódicos un sentimiento de catástrofe: amenazas de recesión desde Alemania, incendios de proporciones bíblicas, el buen pueblo de los gorriones diezmado, una epidemia que destruye los naranjos, desdichados que huyen por miles de una patria sin futuro… un mundo áspero, violento, indiferente, como siempre ha sido, la idea de que la educación y el progreso supondrán el triunfo de una extrema virtud ciudadana no se sostiene).

Y está bien convivir con esa sombra, la acabas contemplando con una especie de serenidad, entre la impotencia y un coraje nuevo. Aún no es el momento. Not dark yet, decía aquella bella canción de Dylan. No tener miedo, no engañarse sobre nada, ni siquiera sobre uno mismo, hacer lo que se pueda lo mejor que se pueda, no ceder en esto, no caer en la mezquindad o el resentimiento, pecado de viejos, no ser un coñazo, dios, no ser un coñazo, no hacer este mundo más feo, cumplir lo prometido, profesar por cada instante un amor insensato de poeta taoísta. Exigirse mucho, dar mucho. Arder, de algún modo.

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Jeff Wall

Porque es de noche

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La noche era el dominio del miedo. Tras la caída del sol llegaban las tinieblas y la fría luz lunar y el mundo se volvía un lugar misterioso, indescifrable. Ni siquiera en el espacio familiar entre las paredes de tu casa estabas a salvo. Te mandaban a la cama, la última lámpara se apagaba y te quedabas solo, temiendo la vigilia y temiendo caer dormido.

Porque esa oscuridad en calma, donde toda actividad cesaba, era el umbral del sueño, un territorio inexplorado donde a cada paso podía acechar un horror indecible, donde hasta los rostros y los lugares queridos podían experimentar inaceptables, amenazadoras mutaciones.

No querías descender al siniestro reino de lo inseguro y lo inesperado, pero el insomnio no era mejor. Las sombras y el silencio te sumían en un estado alucinatorio, la ropa sobre una silla se transformaba en una silenciosa presencia humana, los ojos de la virgen en el cuadro se movían en la oscuridad, los sonidos de la noche (contracciones y asentamientos del edificio, la risa ahogada del noctámbulo, la vida cruel y nerviosa de los insectos, el susurro tras los muros) adquirían una cualidad siniestra.

Y todo ello en una soledad radical, porque tus padres, aquellos que pueden protegerte de los peligros y del mal, duermen ahora, perdidos ellos mismos, navegando ese mar de sombras al que temes regresar. Librado a tus pobres recursos, escuchando tu aliento breve de niño, los golpes de tu pequeño corazón, solo las sábanas te protegen de los horrores que corren libremente por todas las habitaciones de la casa y que pueden aparecer en cualquier momento desde el pasillo. Cierras los ojos con todas tus fuerzas y sientes un aliento frío en la cara, convencido de que algo malvado y ciego, algo que mejor no ver nunca, se está inclinando sobre ti.

Horas después la luz se filtra por la ventana, se oyen los pasos de tu madre en la cocina, las puertas de las alacenas y luego la lenta expansión de un olor a café que instaura de nuevo el orden en un mundo recién creado cada mañana.

Ellos ya no están, hace mucho tiempo que uno se enfrenta solo a las emboscadas de una realidad que sigue siendo indescifrable. Nuestras creencias, nuestros proyectos, el personaje que nos hemos construido, el orden de nuestras vidas, todo cuanto hemos erigido para sentirnos seguros no es menos precario que aquella sábana bajo la que ocultabas el pie desnudo. Hay algo oscuro en nosotros al acecho, habitamos un torbellino caótico de fuerzas incontrolables, todo lo que creemos estable puede volar por los aires a cada instante. Yo todavía abro los ojos y me asombro al ver la primera luz del día, siento que todo ha sido creado de nuevo y ante el olor del café, el mismo de entonces, me invade una gratitud que es un principio de oración.

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Louis Janmot (1814 – 1892) «Poème de l’âme (8) : Cauchemar»

Camera Obscura

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Todos nuestros recuerdos, que trazan el dibujo inabarcable de un paso a través del tiempo. Caras que uno amó, domicilios que ya no existen, las voces de los muertos, la memoria de cosas que nunca ocurrieron, la ilimitadas avenidas del sueño, lo que hicimos y aún nos avergüenza, las ofensas, lo que nos da miedo y aquello que nos hirió, los sótanos donde se agolpan los secretos más íntimos, futuros que no llegarán, incumplimientos, batallas, tormentas y libros, pinturas, chistes, música y galaxias, fuegos encendidos, una camisa blanca tendida en el patio interior de una sala de espera, una araña que apareció tras una maceta en tu niñez, el contenido de un cajón, el frío, el olor de las naranjas. Mueren tantas cosas con cada hombre.

Una eternidad acontece, escondida en una pequeña cavidad de hueso, donde jamás entra la luz y ya ni siquiera el ojo inquisitivo del viejo dios y su contabilidad de agravios. Un órgano húmedo, esponjoso, que recuerda a la nuez, sustancia gris y blanca, cadena fabulosa de sinapsis mediante las que el universo se conoce a sí mismo y se multiplica en millones de multiversos fugaces, perecederos y tan frágiles que un pequeño coagulo puede acabar con ellos.

Todas y cada una de esas emanaciones del mundo intentan vencer su angustiosa insularidad, se comunican entre ellas mediante el sonido de la voz, el gesto, los relatos y la escritura, la ley y la costumbre. Un teclado y una pantalla nos permiten conectar en red nuestras funciones cognitivas, pero nos complace por encima de todo el contacto puro de nuestras terminaciones nerviosas a través de la piel desnuda, la revelación del encuentro sexual, ese simple milagro, goce compartido con otro que es otro y es como tú. El beso es la constatación de un anhelo y un fracaso, el descabellado intento de borrar una frontera.

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Meditación sobre una barba abolida

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Las desaforadas barbazas de los próceres decimonónicos empiezan a desaparecer de la circulación como signo de respetabilidad y madurez viril más o menos con la aparición de las vanguardias. El vello facial pasa a ser algo esencialmente no moderno, un residuo godo, bestial, incompatible con los recién descubiertos vértigos de la velocidad, las ondas hertzianas y la muerte en masa. El hombre nuevo es un hombre que vuela y ofrece al mundo un rostro terso, franco. La costumbre de la barba queda como un rasgo de individualistas y excéntricos. Mi abuela decía que no hay que fiarse de los “hombres con barbes”.

Durante mi infancia fui bombardeado por la televisión con imágenes de asertivos rostros masculinos, mentones panorámicos, en el acto de usar robustas maquinas de afeitar o aplicarse con satisfacción lociones mentoladas. Aquel seductor sonido vibrante, el cosquilleo eléctrico sobre tu cara de niño ante luces, espejos y agua. Qué fascinante sacramento de adultos. La barba del jipi o del activista era por entonces objeto de irrisión. El profesor Bacterio es hirsuto y anacrónico. La popularización de las drogas psicodélicas supone la normalización de la barba que, tras un nuevo olvido durante los ochenta ―otra época obsesionada por la modernidad―, se ha vuelto definitivamente transversal. Las barbillas de hípsters, gente del andamio, pedagogos, terroristas, veganos, jugadores de fútbol, camareros y líderes de ultraderecha ofrecen una enorme variedad de arreglos capilares que definen otros tantos tipos humanos.

Siempre quise llevar una. No fui un adolescente velludo y temí por la realización final de mi deseo. Me dibujaba barbas con un lápiz sobre fotos de carnet para conjeturar mi aspecto futuro. Me parecía de un modo deprimente a Richard Chamberlain, que era un actor horrible.

Con el tiempo me gané una barba razonable de adulto. La alternaba con periodos en que volvía a recuperar el interés por mi cara real. Al final terminó incorporada a mí persona, empecé a utilizarla para esconderme, como un maquillaje, una caracterización. A veces la dejé crecer de manera temeraria, me compraba sombreros para componer un personaje de bohemio orondo, un bon vivant leonino con una simpatía un poco extravagante de característico de zarzuela.

Han cambiado algunas cosas en mi vida y para bien. Pensé entonces en afeitarme, quitarme ese liquen encanecido que crece sobre mi carne y me acusa. El proceso llevó su tiempo y todo resultó ridículamente simbólico. Al final desapareció por las cañerías y buscará el mar sin encontrarlo. Mi barba de tantos años.

Es extraño ahora ofrecer tu cara al viento y al sol. Ante el espejo una timidez, una sensación desconcertante de juventud recobrada y falta de personalidad. Un tipo como todos, que aún espera cosas. Un recién nacido que cree que puede ser otro.

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