Vita Nuova

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Hoy cumplo una cantidad indecente de años. Ya no hay excusas ante la gravedad de la situación. Ya está bien de simplemente dejarse vivir, voy a cambiar y a hacer de cada instante de mi vida una experiencia única, enriquecedora en lo personal y de alto valor pedagógico para mis contemporáneos. He de llegar a conocerme a mí mismo, descubrir y aislar mis vicios de carácter, profundizar en ellos, dilatarlos hasta dimensiones jamás soñadas. Quiero que mi nombre acabe siendo recordado con una mezcla de incomodidad y hastío.

Tengo que odiar más. El odio merecido no me es suficiente. Odiaré de forma aleatoria, desinteresada. Cada mes elegiré a una sola entre las personas que conozco por riguroso sorteo y dedicaré las semanas siguientes a envidiar cuanto posee, a deplorar sus hábitos y peculiaridades, a hablar mal de ella a sus espaldas. Nada me detendrá, utilizaré la calumnia y, si son autónomos, la delación fiscal.

Tiraré piedras a las palomas, difamaré a los hippies, arrojaré petardos en los velatorios, haré muecas espantosas a los bebés que vea por la calle para hacerlos llorar. Si ya tienen más de seis años les robaré sus caramelos o les ofreceré tabaco. Aprenderé a tocar un instrumento, cualquiera me vale con tal de que sea estridente y molesto. La gaita y el acordeón me seducen con el encanto de lo pintoresco. Me echaré a reír yo solo en los transportes públicos, creando una densa inquietud a mi alrededor. Me acercaré a las mesas de las terrazas donde se divierte la juventud dorada y hablando en voz baja -que tengan que inclinarse para entenderme- les recordaré que su futuro será una cadena de desengaños y que todos hemos de morir. Luego me alejaré dando unos graciosos saltitos.

Me esforzaré más que nunca y trabajaré mucho. Tras despojarme de todo rastro de personalidad en mi escritura seguiré todas las tendencias del momento. Abusaré del lugar común y, a ser posible, plagiaré con desparpajo. Ganaré mucho dinero que gastaré en largos viajes por el mundo, donde solo visitaré polígonos industriales. Allí me haré selfies mal encuadrados que colgaré en las redes sociales junto con citas falsas de poetas.

Fumo poco, tengo que fumar mucho más. Eliminaré de mi dieta todo alimento natural y me nutriré tan solo de productos procesados muy baratos y cantidades absurdas de churros. Aprenderé a combinarlos de manera que me sienten como un tiro y la melancolía y el mal humor del dispépsico se vuelvan en mí una segunda naturaleza.

Buscaré el trato de artistas sin talento, exhortándolos a abandonar su embrutecedora plaza en la administración y dedicarse a perseguir sus sueños. Alcanzaré un dominio virtuoso en el manejo del matamoscas. Quiero que ese insecto pacífico y coñazo sepa lo que es el miedo.

Otrosí, me haré coser un traje de fallera con el que acudiré en cada convocatoria a mi colegio electoral. Allí, mostrando modestia y recato pero sin olvidarme de guiñar un ojo al guardia jurado más desabrido que vea, depositaré papeletas de partidos de extrema derecha decoradas con dibujos obscenos a bolígrafo.

Elegiré una iglesia con un párroco ya entrado en años. Acudiré todos los días a confesarme, siempre a la misma hora, empapado en alguna fragancia varonil y pasada de moda. Combinaré en mi confesión obsesivos escrúpulos teológicos con pecados inventados, ora insignificantes, ora tremendos, usando en todo momento un lenguaje inclusivo para desconcertar y hacerle odiar al pobre cura el momento en que abrazó los hábitos

Difundiré noticias falsas en las redes sociales, daré consejos no solicitados. Escribiré horrendos estados machistas, reaccionarios, insolidarios, hasta que todos mis contactos me bloqueen, asqueados. Cuando queden apenas diez amigos, sabré que estos o bien me quieren mucho o bien son unos fascistas irrecuperables. A los que me quieran los trataré mal y los insultaré hasta minar su paciencia. A los fascistas propiamente dichos les enviaré por privado videos de Spanish Revolution. Expulsado definitivamente de Facebook, podré por fin dedicar todo mi tiempo al silencioso ejercicio del mal.

Esos son mis sueños. Dame, Señor, en este día de mi cumpleaños la fuerza y el coraje para ser digno de ellos.

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No te alejes mucho de la orilla

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La vida, el salto infrecuente de lo inerte a lo animado, dio comienzo en el mar. Los viejos mitos recogieron esa idea con asombrosa intuición. Afrodita nace de las mismas olas donde los violentos héroes homéricos se lavaban el sudor y la sangre tras sus pillajes nocturnos; Anacreonte, en un luminoso fragmento rescatado de los naufragios del tiempo, se zambulle en las aguas desde una blanca roca, borracho de amor.

Con la desaparición del mundo pagano la playa se transforma en el lugar del espanto. Frontera última que se abre a un reino vasto de galernas, en cuyas profundidades conviven los monstruos y los huesos innumerables de los ahogados. «Full fathom five thy father lies/Of his bones are coral made/ Those are pearls that were his eyes». Muerte y miasmas. Es por ellas por donde entraba el enemigo y sus devastaciones, también las enfermedades que diezmaban continentes.

El siglo XIX y sus entusiasmos higienistas redescubren la playa como lugar saludable, también como el lugar del placer. El siglo XX la encumbra definitivamente como decorado del ocio vacacional. Lartigue, Picasso y los Beach Boys construyen una leyenda bronceada de ligereza, juventud y pura alegría que acabará degradada en anuncios de refrescos, diseños de pinball o las candorosas canciones del verano.

Los niños aman el mar. La cadencia de las olas, ese sobrio prodigio que nunca se ha detenido, es el rumor de los más antiguos recuerdos, también más adelante de los misterios del deseo. Forma de sociabilidad adulta, seguimos hallando placer en esa frescura que nos acoge, pudiendo matarnos, en la sensación de ingravidez y riesgo, inmersos en algo, como el tiempo, mucho más grande que nosotros. Desnudez y juego, libre de las ataduras y servidumbres de los días. Vemos envejecer nuestros cuerpos y los de los amigos, pero sigue estando la risa y la emoción primera.

Escribo esto en penumbra con las cortinas echadas, mis gatos abdicando provisionalmente de su dignidad principesca, desparramados por los rincones en sombra en busca de algún alivio mientras fuera un sol de catástrofe ajusticia las horas. Hay días malos, días en que a uno le cuesta mirar hacia atrás con orgullo o hacia delante con esperanza, en esos días uno convoca aquellas imágenes, muy imprecisas, muy simples, pero que aún asisten como la posibilidad de una alegría que nada nos puede arrebatar. Hemos conocido aquella luz, aquella espuma, aquel abandono, jugando bajo la inmensa bondad azul del mundo.

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Tham Luang

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Los niños encerrados en la cueva de Tailandia han visto finalmente la luz del día. Los hombres, capaces de perseguir y aniquilar con saña a sus hermanos, también pueden desplegar una voluntad temeraria, insensata, para rescatar a unos niños, pueden arriesgar y perder su vida por salvar la de desconocidos. Ceñudos moralistas están difundiendo un mezquino tweet en que se nos reprocha -pobres incautos que aún no hemos despertado– que nos consintamos esa elemental emoción mientras nos resulta indiferente la muerte en las aguas del Mediterráneo de otros niños que huyen de la guerra y la miseria. Son los mismos que nos afeaban nuestra compasión por los muertos en los atentados de Barcelona, Niza o París. ¿Es que unas vidas valen más que las otras?, claman severos.

No es que estos virtuosos ciudadanos tengan una capacidad para la empatía ilimitada. No iría tan lejos como para sostener que en el fondo les importan un bledo ambas tragedias, pero sí que utilizan esos cadáveres -como utilizan incendios, catástrofes, asesinatos, violaciones o suicidios- como armas arrojadizas para proyectar su descontento, su disgusto o su rabia contra el gobierno de turno, el imperio, Occidente o el sistema. La pesadilla tailandesa forzosamente les tiene que resultar incómoda, es fruto de una combinación de azar, fenómenos naturales e irresponsabilidad, ¡no se puede culpar a los sospechosos habituales! Yo no veo ahí virtud, veo odio, esa suciedad.

«Pregúntate quién está programando tus emociones», sostiene el tweet, como si desde un despacho alguien hubiera dado órdenes a todos los medios para magnificar ese caso y así olvidar los otros. Hay quien ve al ser humano como una material fácilmente manipulable. Suelen pensar que cambios en el lenguaje pueden modificar las conciencias (cuando el proceso es exactamente el inverso). Creyentes en la viabilidad de vastos proyectos de ingeniería social, no es de extrañar su convicción de que nuestros sentimientos son planificados.

Cómo hablarles de que si la historia de los niños perdidos en la cueva ha capturado la imaginación de millones de personas es por su inmensa potencia simbólica. Como en los más arcaicos mitos alguien ha sido arrastrado al inframundo, al reino de los muertos, al lugar sin luz del que nunca se regresa. Un héroe resuelto desciende hasta allí y, desafiando la ley implacable del mundo, devuelve al desventurado al sol y a las estrellas tras pasar grandes peligros por una vía áspera y estrecha como el canal del parto. Me temo -y con cuánto dolor digo esto- que una parte importante de la izquierda hace gala de un desconocimiento abrumador de nuestra naturaleza.

No es fácil defender la alegría. El tiempo nos deshace, los sueños no se cumplen, la ignorancia y la crueldad estarán siempre con nosotros, pero hoy esos padres podrán abrazar a sus hijos y nosotros, como en las viejas historias, celebraremos que por un instante el mal haya sido vencido y el daño reparado, sentiremos que algo de ese milagro también nos toca, que al igual que a esos niños se nos ha regalado el privilegio de vivir de nuevo. Ya están salvados, ahora duermen tranquilos. Ojalá agradezcan con sus actos futuros tanta generosidad, ojalá sus días sean dignos de esa inmensa gracia de lo humano, derramada a manos llenas sobre sus pequeñas cabezas.

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Elogio y extravagancia del gotelé

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En el mismo nombre con que se le conoce resuenan los ecos de un tiempo enternecedor y algo ridículo, en que en el imaginario de las clases medias resplandecían los prestigios de Francia. No es que leyeran a Roland Barthes o apreciaran la virtud civil republicana, no, me refiero a una candorosa, conmovedora devoción popular, en que francés era epíteto de perfume, en que las cafeterías de provincias donde iban a merendar las señoras se llamaban Flamboyant o Versalles, se decía “muy parisién” y ambigú, donde la lengua de Racine, de Baudelaire, el idiolecto de Foucault era idioma de camareros finos, cortesanas, pasteleros, sastres y bon vivants, de galanes nerviosos y engominados, la voz de un lugar vagamente legendario y algo cursi donde el español sensual imaginaba que se follaba a lo grande, con un qué se yo inefable, poco serio, que repugnaba a sensibilidades más castellanas. ¡Gredos!, clamaba Unamuno en su exilio de París.

Pasó aquella hegemonía, como pasó el gotelé, caído en el desuso, por completo desacreditado. Mis primeros recuerdos están dominados por los papeles pintados, pero para mí la Transición es el gotelé. Mis años de formación, mi adolescencia, han estado presididos por esa técnica de interiorismo.

He observado mucho el gotelé. Durante años una pared despejada junto a mi cama ofrecía a mi vista una extensión suficiente. Lo he mirado en momentos de indolencia, en momentos de enfermedad, en momentos de embriaguez. He llorado ante el gotelé los grandes desgarros del amor. Lo he estudiado hasta el aturdimiento en los tedios de las salas de espera. Sé de lo que estoy hablando.

El gotelé es una sutilísima action painting generada por medios mecánicos de una neutralidad absoluta, es puro azar cristalizado en delicadas graduaciones de relieve. Nunca te encontrarás dos veces el mismo gotelé. Su textura evoca las imágenes del microscopio electrónico, mundos de infravida coaugulada. Algún desgraciado podría en su delirio percibirlo como un texto cargado de angustia, que nunca podrá descifrar.

También representación de procesos aleatorios, del caos que da comienzo a todo. Había un momento muy especial si uno se desvelaba de noche. Conforme tus pupilas se dilataban en la semioscuridad, aquellas partículas en suspensión que formaban el gotelé empezaban a temblar, rozadas apenas por una débil claridad lunar.  Recuerdo la inminencia de una agitación, como si la pared fuera a abrirse y uno pudiera entrar. Qué loca idea. Como cantaba Isolda, «perderse, sumergirse, sin conciencia… supremo deleite», fundirse con lentitud en un gotelé centelleante, cegador, donde estarían nuestros padres y nuestros amigos muertos, las palabras pronunciadas, horas y planetas, todo reducido a una vibración inimaginable de jubiloso desorden. Todo de nuevo por comenzar.

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Irina, o la dulzura de las águilas

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En las películas de Disney no había águilas. Las águilas no resultan simpáticas. Símbolo celeste y solar, poderosa y cruel, cae sobre sus presas desde lo alto, como el rayo y las maldiciones. Patriarcal como ella sola, su figura coronaba los estandartes de las legiones romanas y durante siglos ha encarnado en blasones, banderas y etiquetas de bebidas alcohólicas la idea del imperio.

Un grupo de personas en Estonia, de las que nada conozco y que me gusta imaginar como una benévola organización secreta, ha tenido la ocurrencia de colocar una cámara en lo alto de un árbol, junto a un nido de águilas. La cámara emite en streaming las veinticuatro horas del día. Salvo en la breve noche hiperbórea podemos asomarnos a placer a esa inmóvil actividad de un nido, al vasto tiempo de las águilas.

Una amiga y yo seguimos esa misteriosa emisión desde hace un mes. Hemos bautizado al águila como Irina, nombre que nos pareció adecuado para una madre estonia. Irina se pasa todo el día sentada sobre tres huevos. Eso es todo. No es fácil saber qué siente, el águila es de suyo inexpresiva, a su lado nuestros gatos domésticos son como Louis de Funes.

Irina deja pasar las horas. Siempre el mismo paisaje detrás, lentamente construido y modificado por la luz. El rumor del viento entre los pinos, una gran variedad de pájaros escandalosísimos. Estonia, pueden imaginarse. A veces Irina se picotea bajo el ala o da unas cabezadas encantadoras. Otras soporta estoica la lluvia, se le rizan las plumas de la cabeza con el viento o entreabre el pico y saca la lengüecilla en un gesto sobre cuyo significado (¿cansancio?, ¿sed?) no nos hemos puesto de acuerdo. Le hemos cogido cariño. Nos mandamos información, nos contamos sus monerías con una disparatada ternura heráldica. Irina tiene sus días, en ocasiones nos inquietamos por su aire desmejorado.

Si uno tiene suerte puede sorprender el momento en que Irina se harta y empieza a proferir un chillido penetrante. Desde algún inconcreto punto lejano no tarda en aparecer un águila macho. Da un par de vueltas al nido y aterriza. Puede ocurrir que, aunque ya lo tenga al lado, Irina lo siga llamando. O le cuesta parar o le está diciendo algo, no sé. Este señor águila ocupa entonces, ceremonioso, el puesto de Irina, mientras ella se echa un vuelillo. Lo he visto realizar pequeñas labores de bricolage en el nido.

Hace apenas una semana que por fin los huevos se han abierto, con algún retraso el tercero, y todo ha tomado otro cariz. De película de Kiarostami la escena ha virado a un tono de comedia familiar. El marido de Irina aparece con unos salmones tremendos, que Irina va troceando y repartiendo entre los picos ansiosos, en cantidades que obstruirían las arterias de un hombre adulto. Lo siento niños, los pollos (aguilucho es una palabra horrenda, evoca organizaciones infantiles de pedagogía totalitaria) no son veganos y crecen a una velocidad inquietante. Da cierta grima. Eso nos recuerda que pronto la función se acercará a su fin. No sé cómo acaban estas cosas, imagino que sin énfasis. Llegará un momento no planeado, no meditado, que simplemente ocurre. Uno tras otro, en un solo gesto irrevocable, se irán marchado. La cámara seguirá sobre el nido vacío, pero ya no querremos mirar, será un espectáculo insoportable.

De momento permanece ahí, inconsciente de los ojos que la miran. Me pregunto cuántos nos asomamos a diario a su vida, por qué lo hacemos. Sin duda es un hermoso espectáculo, de una sencilla, rocosa pureza, que nos devuelve la transparencia del tiempo. Pero sospecho que hay algo más. Las cosas no son fáciles, el mundo se nos muestra a veces tan complicado y nosotros los humanos tan débiles, tan equivocados, tan ciegos. La contemplación de Irina nos permite por unos instantes experimentar aquello que fue privilegio de los dioses, la intimidad con el águila y el león, condición de un paraíso que queremos creer que alguna vez tuvimos y que algún día recuperaremos.

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Irina, a su bola.

Rogamos apaguen sus receptores

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«HURRY UP PLEASE ITS TIME
HURRY UP PLEASE ITS TIME»
T.S. Eliot

 

Entre mis recuerdos más antiguos se cuentan algunas imágenes fugazmente vistas en una pantalla de televisión en blanco y negro y que me espantaron: una figura vestida de blanco avanzando desde el extremo de un pasillo a oscuras, un hombre joven con las cuencas de los ojos vacías y ensangrentadas, un desventurado corriendo en llamas por una selva del Vietnam. También alguna música siniestra que te afectaba de un modo insoportable. No es de extrañar que en las pesadillas la pantalla de televisión fuera una abertura a través de la que podía brotar un horror indecible.

Cuando yo era pequeño la televisión se interrumpía dos veces al día. Un par de horas por la tarde los días laborables, como una siesta tecnológica, y ya al final de la noche hasta el mediodía del día siguiente. Había algo siniestro en estos últimos instantes de emisión nocturna a los que el aflojamiento de las rutinas en el verano te permitía acceder. Una locutora de continuidad con un rostro anormalmente pálido, ceniciento, confinada en un espacio angosto, antinatural, un no lugar, con un fondo musical de una melancolía inaudita, anunciaba el fin de la programación. La idea de un fin es perturbadora para el niño. Después el himno nacional sobre el rostro carcomido de un anciano cubierto de medallas, con cientos de miles de muertos a sus espaldas, y unas banderas moviéndose con lentitud sobre un cielo sin vida. Y entonces hacía su aparición el ruido blanco. Un enjambre de frecuencias estocástico, indiferenciado, similar a la radiación de fondo de esos inimaginables instantes que siguieron al violento origen del universo y que la incluye. Uno no lo sabía entonces, claro, pero intuía que tras el fin empezaba un caos, una nada.  Se abría el imperio de la noche y sus terrores. Un sonido de celesta desgranaba una escala espaciosa de siete notas aisladas y su inversión. La escala se repetía tres veces y a continuación una voz grave de mujer, distinta a todas, de una frialdad intimidante, inhumana, te conminaba: 

La programación ha terminado, rogamos apaguen sus receptores.

Aquello sonaba a advertencia. Era como si te avisaran de que, caído un velo protector, el espanto de una realidad paralela, algo malvado, enloquecedor, ajeno a todo aquello que te resultaba familiar y seguro, algo carente de lógica o piedad podía aparecer en cualquier momento en la pantalla o entrar en el salón de tu casa. Y corrías a apagar la televisión antes de que fuera demasiado tarde.

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La oreja franquista

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La muy analógica orla universitaria constituye un pintoresco anacronismo en la época de Instagram o Snapchat. Decimonónica y pomposa, abundante en volutas, todo en ella tiene algo de decorado teatral, empezando por las fraudulentas mucetas de atrezo. Hemos visto muchas a lo largo de una vida; desde la nuestra, en la que un desconocido que se nos parece nos mira desde un pasado deprimente, hasta las que adornaban consultas de médicos y abogados.

Siempre me llamó la atención el aspecto que los estudiantes tenían en las antiguas orlas del desarrollismo, costaba imaginar que aquellas caras avejentadas correspondieran a jóvenes de apenas veinte años. Un aire decididamente casto, sénior, patriarcal. Los hombres se parecían invariablemente a Arias Navarro y las mujeres a Paloma Gómez Borrero. En especial siempre me llamaron la atención las orejas, poderosas orejas de soplillo cuya rica irrigación debía refrigerar no poco los duros veranos sin aire acondicionado, orejas hechas para escuchar largos discursos, acaso extendidas desde la infancia por tirones pedagógicos. Se diría que una enérgica batida podría hacer levitar al español medio en momentos de exaltación patriótica. Para mí esas orejas eran el franquismo, ya no hay orejas así.

Personas que no lo vivieron y, lo que es peor, personas que sí lo vivieron insisten en que vivimos en una especie de prolongación de aquel régimen que, como pocos, ha combinado lo malvado y lo ridículo. Y no es que el paisaje presente sea seductor. Existen grandes corrupciones y venalidades, reaparecen las viejas formas del miedo y se extiende la convicción de que conviene castigar muchísimo. Al tradicional halcón conservador, partidario de soluciones viriles y mano dura, le han salido por la izquierda curiosos compañeros de viaje prohibicionistas. Pero yo no veo las orejas.

La comparación del presente con el franquismo no deja de ser una hipérbole superficial y una pataleta, pero hablando en serio ¿podemos estar seguros de que no es posible un retorno del fervor totalitario?

A priori parece que no. Cuando se cae en lamentaciones del tipo ¿en qué mundo vivimos?, ¿cómo estamos educando a nuestros hijos?, evocando tiempos más humanos en los que reinaba la sencillez y la bonhomía, se tiende a olvidar que jóvenes educados en viejos valores, sentimentales, noblotes, idealistas, se evisceraron por millones en los campos de batalla de Europa a lo largo de un siglo espeluznante.

La melancolía de derechas deplora nuestro hedonismo, nuestra incapacidad para el sacrificio. La épica no es ya nuestro género, la música militar ya no nos hace latir el corazón. La melancolía de izquierdas nos escupe a la cara la vieja acusación sesentayochista: la apacible burguesía es aburrida, espiritualmente estéril, entregada a los goces del consumo, ignora la belleza convulsa y el riesgo. No creo que de las sociedades de este milenio pueda surgir nada parecido al fascismo, movimiento de malos estetas insomnes.

¿O quizá sí? Apagado el recuerdo de las feroces dictaduras del siglo pasado, nuevas generaciones han desarrollado una intolerancia patológica a la frustración de tener que vérselas con opiniones discrepantes (ese ridículo, sobreprotector concepto del safety room en los campus americanos). En la cultura popular se emplean tecnologías deslumbrantes y presupuestos fabulosos para narrar con mala caligrafía las hazañas de superhéroes, seres dotados de poderes ilimitados. La misma magia, la suspensión de las leyes de lo real por la fuerza del sentimiento está en el corazón de grandes sagas épicas y éxitos editoriales para niños y adolescentes. Creer que el mero deseo puede modificar inmediatamente la historia forma parte del zeitgeist y eso me inquieta un poco.

Porque los desastres no son inevitables pero a veces son imprevisibles. Pueden ocurrir inesperadas perturbaciones, anomalías, fruto del azar o manifestaciones de procesos que se llevan fraguando durante años sin ser percibidos sino por unos pocos aguafiestas. La civilizadísima Cataluña ha elegido a un residuo inexplicable de lo peor del siglo XIX como presidente. La hipertecnificación va a traer una progresiva depauperación del mercado laboral. Estamos aprendiendo a convivir con crueles estallidos de violencia aleatoria. Inseguridad, volatilidad de lo que creíamos permanente. Miedo, humanísimo miedo. En casos como estos es cuando en la historia se producen reacciones en cadena, búsqueda de refugio en ideologías salvíficas, funestos movimientos de acción y respuesta. Quizás no debamos dar por sentado el triunfo de lo justo y lo razonable.

Así que usemos nuestras pequeñas, delicadas, no franquistas orejas de humanos tardíos, sepamos reconocer el sonido inconfundible de la mentira, la mentira que apela a los sentimientos, a los más bajos y también a los más nobles. No toleremos la injusticia, pero huyamos de la rabia y el rencor, no idealicemos lo fallido ni culpemos al pasado de nuestras aflicciones presentes. No prestemos oídos a las voces farsantes de salvadores del mundo y vendedores de amaneceres, porque ellos nos abrirán la puerta de las pesadillas.

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Cruz de Mayo

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Supe que dejaba de ser joven cuando me desinteresé por completo del Día de la Cruz, jolgorio floral, alcohólico y caballista que cada 3 de mayo tiene lugar en la ciudad donde vivo.

Durante la primera adolescencia era otra cosa. Aquel era un día exaltante, podías volver muy tarde a casa, te iniciabas en las alegrías de la embriaguez (sin sombra de ese sentimiento de congoja de la resaca adulta), te zambullías en la multitud que desbordaba las calles del casco viejo de la ciudad, te perdías y meabas en sus laberintos y acababas con grupos de desconocidos en esa humanísima fraternidad entre extraños que la noche y las catástrofes procuran.

Un Día de la Cruz un grupo de amigos fondeamos en unas viejas, grandes bodegas. Tan viejas eran que un azulejo en la pared recordaba el paso por ellas, de Don Teófilo Gautier, ampuloso y definitivamente simpático yeyé decimonónico. No sé cómo llegamos a eso, pero a grito pelado mis amigos me levantaron en volandas y me pasearon un poco. Si lo recuerdo ahora tras años de olvido es porque sin yo saberlo mis padres, abstemios y educaditos, a los que todo desmelenamiento inspiraba horror, estaban en aquel momento en el local con unos amigos castizos. Reconocieron a su hijo en el chaval muerto de risa que unos gamberros revoleaban sobre sus cabezas, entre el olor a tabaco y a vinazo. A la mañana siguiente no hubo reproches, hubo una insensata felicidad. Deberían haberse entristecido y sin embargo sus ojos brillaban. Les había dado un alegrón.

¿Qué es lo que vieron?, ¿recuperaron un destello de aquel abandono, aquella gracia que tuvieron que perder para sacarnos adelante? O no, quizás me vieron como nunca me habían visto, ajeno a su mirada, librado a mí mismo, alguien que conocían y que era otro. De repente no veían un niño, creían ver un futuro.

Ya no están, frecuentan mis sueños. Tampoco las Bodegas Muñoz, ni un par de amigos que me acompañaban aquella noche. ¿Y yo?, ¿podría decir sin sentimentalismo que tengo algo que ver con ese niñato ebrio y virgen, que ríe e intenta mantener el equilibrio, sostenido por sus camaradas? Cómo te conozco, locuelo, majadero, qué harto estoy de tus dramas. Imagino que te encantará saber que aún bebo con los amigos y que a veces sigo sintiéndome arrastrado y de nuevo me dejo llevar entre el vértigo, la incredulidad, la carcajada.

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Pascua

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A ciertas alturas se puede renunciar sin grandes dramas a casi todo lo que uno consideraba importante. Al éxito, a los queridos vicios, incluso al amor y sus vértigos. No me escandalizo al imaginarme un futuro en el que me importe un bledo escribir. Y hasta leer, añadiría. Sin embargo, creo que jamás me cansaría de escuchar buenas historias que otros me cuenten. Con una razonable capacidad de síntesis, se entiende.

Llegan a nosotros en las barras de los bares, en mesas y camas, en viajes nocturnos, en las calles de ciudades desconocidas, cruzando puentes, en colas de edificios públicos, en bosques y habitaciones de hotel, ante fuegos encendidos o guarecidos de la lluvia bajo un alero. En la voz de desconocidos o de los labios de amigos que no habíamos terminado de conocer bien hasta aquella confidencia. Repetimos aquellas que nos han gustado o que nos han jaleado y vamos añadiendo nuevos detalles a lo largo de los años.

Viejos chascarrillos familiares, dichos y hechos de parientes excéntricos, vidas descomunales, calamitosas, grandes humoradas en el lecho de muerte, el vodevil amoroso, lances de viajes, escándalos y barbaridades, dulces ocurrencias de los hijos, malos encuentros, memorables chulerías, frases ingeniosísimas, socarronas o estoicas que justifican toda una vida, miedos de la infancia, decepciones, tiernas intimidades, recuerdos de jornadas felices, el placer arcaico de las coincidencias, las luminosas gamberradas de la juventud, actos de dignidad, coraje o compasión en tiempos atroces y que han perdurado

Descacharrantes, conmovedoras o siniestras, dilatan los límites de nuestra pobre experiencia, nos forman. Cierto que hay historias que se repiten de padres a hijos y, como un virus, perpetúan rencores y agravios, pero con cuánta frecuencia ridiculizan a los que tienen poder sobre nuestras vidas o nos hacen reír a costa de nuestras miserias, nos ilustran sobre lo contradictorio de nuestros deseos. También nos hablan de la posibilidad de ser libres y nos revelan que el bien y la belleza son frecuentes.

Estamos hechos de las miles de historias que nos han contado desde que empezamos a habitar el lenguaje. Las compartimos en una vasta cadena de réplicas y mutaciones, una fabulosa, incesante química colectiva que nos hace específicamente humanos.

Hoy es Domingo de Resurrección y se celebra uno de las más locos anhelos de nuestra especie, la posibilidad descabellada de que no todo se pierda, de que aquello que merecía perdurar no desaparezca. Nos contamos historias porque son nuestras modestas armas contra la muerte y el olvido.

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Españaña

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Anoche tuve un sueño distópico. Una España futura, en el año 2040. Mariano Rajoy seguía siendo presidente del gobierno. Su fidelidad al sosegado paseo mañanero en pantaloncillos cortos y la ausencia de vicios conocidos, unidos a considerables avances en manipulación genética conservaron tal cual su muelle cuerpo compostelano. Sin embargo su mente había alcanzado una fase superior de desarrollo. Sus problemas de siempre con la sintaxis y la lógica se agrandaron y sofisticaron. Si por el 2030 hablaba como si leyera párrafos de “Finnegans Wake”, diez años después sus contadas intervenciones públicas consistían en apenas monosílabos, gorjeos de pajarito tembloroso, chasquidos, susurros que evocaban el viento en los pinos y las grandes resacas marinas. La interpretación de sus discursos oráculo era polémica y ocupaba las mejores energías de columnistas y líderes de opinión.

España definitivamente había reconciliado pasado y futuro reduciendo su economía al sector servicios y a la noble actividad pecuaria. La oveja merina pastaba en polígonos industriales abandonados tras las grandes batallas y asedios cuyos nombres los niños aprendían en los colegios. El furor identitario había vuelto a hacer que la Historia resultara animada, interesante, épica como no lo había sido desde la Alta Edad Media. Bandas de asesinos motorizados asaltaban autobuses de viajeros en Despeñaperros. Casa Marcos en Almuradiel la Real, varias veces reconstruida piedra a piedra, seguía abierta y vendiendo cajas de hojaldres de Guarromán, pero los camareros siempre iban armados. Ni que decir tiene que en esa atmósfera de caos y conflicto las relaciones amorosas cobraron una intensidad excepcional. Al escudo nacional se le añadieron las palabras “Carpe Diem”. La poesía amorosa vivía momentos de esplendor.

Vi por televisión una gala de los Goya. Hartos de las constantes críticas, los organizadores optaron por la desmesura y la ceremonia se prolongaba durante días como en los antiguos festivales sagrados. El cine español abrazaba entusiasmado y sin fisuras causas de extrema derecha. Con frecuencia el ministro de Cultura asistente era eviscerado ritualmente entre aplausos y chascarrillos de Joaquín Reyes. Ese año, bajo el lema “No con nuestro dinero”, los actores y técnicos prorrumpieron en emotivos, inacabables discursos en que se instaba a los extranjeros a marcharse de nuestras tierras y se hacía mofa y befa de la pasividad del gobierno.

Carlos Herrera ya había fallecido, pero seguía siendo un locutor estrella. Al parecer su voz era registrada desde más allá del muro del tiempo mediante una extraña tecnología de origen iraní. Costaba reconocerla, sonaba cansada y el efecto, así en líneas generales, me resultó desagradable.

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