Hombres en pijama

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El hospital, como la cárcel o el cuartel, instaura una cruda intimidad entre desconocidos. Te abren una vía en las venas y te hacen entrega de un pijama. A partir de ese rito ya han tomado posesión de ti, ya estás dentro. Durante días compartes el tiempo suspendido, rígidamente pautado de la experiencia clínica. Vas a ser un habitante más del palacio del dolor y la piedad, ese laberinto gobernado por el conocimiento y la muerte. Aislado del discurrir de las cosas allá fuera, apenas ves a través de las ventanas de tu habitación otra cosa que las variaciones de la luz sobre patios angostos o fachadas de una inhumanidad monumental, egipciaca, sujeto a las pequeñas rutinas de cada día, la toma de temperatura y la presión arterial, la medicación, la llegada de bandejas con una comida ajena a toda idea del placer, la visita del médico, el cambio de las sábanas del lecho. Todos volvemos a la indefensión y la dependencia de la infancia, moviéndonos a pequeños pasitos, atendidos y cuidados por manos de mujer. A veces tienes que llevar un camisón con el que enseñas el culo.

La planta de cardiología es un lugar serio. Todos allí, afectados en el centro de su mismo ser, han recibido un recordatorio de su mortalidad. Los más jóvenes pasean por los pasillos, pálidos y con un aire de estupor, preguntándose por qué a ellos, por qué tan pronto. Hombres machacados por vidas de trabajo y renuncia o por los excesos de la crápula ―el vecino de cama que cuenta chistes y que sale a la entrada a fumarse un cigarrillo exhibiendo desafiante la sutura en el esternón que delata que le han abierto brutalmente el pecho, como en un sacrificio azteca― dejan pasar las horas vacías entre la ironía, el miedo o el embrutecimiento. Tienen todo el tiempo del mundo para pensar, para recordar y para arrepentirse. Hablan de cosas sencillas, las ciudades donde han vivido, las queridas costumbres del pasado, la sazón de las frutas, el precio de las habas. Algunos veteranos, módicos Virgilios, te informan del funcionamiento de ese orden al que ahora perteneces, de las peculiaridades y manías de médicos y enfermeros.

Uno comparte sus ronquidos nocturnos en noches inacabables, el sudor de las sábanas, el anhelo de escapar, ve sus botellas de orina en el baño y sus pies hinchados. A veces vuelves de una prueba y encuentras una cama vacía, imagen esperanzadora o funesta según el caso. Quise bromear con una enfermera que me llevaba a rayos X, preguntándole por las leyendas urbanas en torno a esos pasillos vacíos y silenciosos en la hora del sueño, me comentó sin énfasis ―están hechas a todo― que por esos mismos corredores igual que me empujaba a mí empujaba camillas con muertos.

Salimos del hospital, pero el recuerdo de sus insomnios yodados, del burbujeo de las máscaras de oxígeno está para siempre con nosotros, como una cicatriz o un remordimiento que ya no nos abandona. Qué grata esa agitación de autobuses y pájaros en las plazas públicas, el mundo que ha seguido su curso mientras no estabas. Uno de mis compañeros de habitación, con una infatigable sucesión de infartos a sus espaldas, no hacía más que fantasear con lo primero que haría al recibir el alta. Su sueño era atizarse un plato de migas con sardinas. Uno entiende la imponente seriedad de ese anhelo y yo, que ni siquiera sé cómo se llama, le deseo que se haya dado ese gustazo bajo el sol de Mayo y con una copa de vino. La vida es eso y poco más.

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María Safronova

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Cómo conocí a vuestra madre

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Uno de los más dolorosos aprendizajes de la edad adulta es la constatación de nuestra contingencia. Nos aferramos de un modo conmovedor a esa agregación de tejidos y fluidos, a la fantástica cadena de reacciones químicas que nos regala la ilusión de un efímero, discontinuo yo que lo es todo para nosotros, pero al que ignoran el mar, los astros y los pájaros. El mundo no nos necesita, no hay por qué tomárselo a la tremenda dicen los más sabios y qué poco nos consuela.

¡Cuánto azar en nuestra entrada en el ser! Las parejas recuerdan conmovidas y cuentan a sus hijos el instante en el que se conocieron, ese lance que cambió su destino. Del albur de ese encuentro depende la creación de un nuevo texto genético que nos determinará mucho más de lo que nos gustaría admitir. Un texto y una genealogía, porque cada genoma es también un relato. Cada uno de los amantes aportará una historia familiar. Incurables vicios de carácter, enfermedades hereditarias, la locura, el don de la belleza o del ingenio pueden reaparecer muchos años después en algún descendiente. La novela del XIX gira fascinada en torno a esa idea. Luego, en el laboratorio de almas que es la familia, en esa radical intimidad de años compartidos entre cuatro paredes, los humanos aprenderán la mezquindad, el gusto por la música o el amor por las plantas, la frialdad y la envidia, la virtud y el coraje, la melancolía, la mansedumbre, la generosidad, la humanísima honradez, las bendiciones del humor y la dulzura. El resto depende de nosotros.

Dentro de un par de días me dormirán y el estado (no hay como la cirugía para sentirse socialdemócrata) correrá con los inmensos gastos necesarios para que un equipo de desconocidos ponga lo mejor, espero, de su inmensa competencia a la hora de trastear en el interior de un señor con barba, intentando reparar un regalo de sus antepasados. No es de extrañar que me pregunte si no seré otra cosa que una variación más sobre una serie de temas previos. Una variación que se sabe contingente, sí, pero que en este mes de Mayo cuando hace la calor, cuando canta la calandria y responde el ruiseñor, cuando los enamorados van a servir al amor, como todos los Mayos que en el mundo han sido, os asegura que persevera, impertinente, en su voluntad de que nos veamos por aquí la semana que viene. Sea.

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    Émile Friant. Le printemps, (1888)

 

Vae victis

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Registraba Cioran con su habitual perspicacia cómo le sorprendió un comentario de una señora de apariencia corriente en el museo del Prado, «con Felipe II empieza nuestra decadencia», revelador de hasta qué punto un sentimiento de caída, de acabamiento, es moneda común entre nosotros. Igual que en tantas otras cosas se equivoca Santiago Abascal al sostener, perentorio, que «España unida nunca ha sido vencida». Una parte de mi infancia coincidió con el final del régimen franquista. Un libro titulado Lecturas Históricas pretendía exaltar las gestas nacionales, pero hasta un niño podía darse cuenta de que la historia de España era a partir de cierta época una sucesión de derrotas, un aprendizaje de la decepción. Todo lo tuvimos y todo lo perdimos. Lo hacíamos con dignidad y con frases de mucho lucimiento, pero lo cierto es que nos dieron hasta en el cielo de la boca. Esto hace de nosotros un país ligeramente disfuncional, pero sin duda interesante. «No hay segundos actos en las vidas americanas», decía Scott Fitzgerald. Nosotros, por el contrario, somos el país de las segundas oportunidades. Ni siquiera tenemos una palabra equivalente a ese ominoso loser y tuvimos que utilizar el feo calco de perdedor. Y yo lo celebro.  La naturaleza ―medida de toda moral para el rousseauniano sentimental― no es amable con los que pierden, esa piedad forma parte de las conquistas de lo humano.

Viene esto al caso de una imagen tremenda que nos brindó ayer la noche electoral. Tras un resultado calamitoso, los seguidores del Partido Popular no acudieron a arropar al líder en desgracia. Donde hace unos pocos años se agitaba un campo de banderas eufóricas, solo teníamos el aburrimiento dominical y nocturno de una calle cualquiera de Madrid. Unas escuetas instalaciones previstas para el caso de una celebración que no tuvo lugar subrayaban la melancolía de la escena. Así ocurren las cosas. Me sorprendió sentir cierta tristeza, como la sentí hace años tras un batacazo espectacular de IU. ¿Por qué habría de compadecerme de un político mediocre y con aspecto de vivales, aprendiz almidonado de halcón, de alguien que se ha ganado a pulso la derrota escorando temerariamente su partido hacia la derecha dura? Quizá porque sé lo que se siente, casi todos lo sabemos. Vivir te hace experto en rendiciones. Desde el sabor acre del polvo y la sangre en los labios del niño hasta la zozobra de los grandes fracasos del amor, los sueños de fortuna frustrados, el dolor insoportable de las pérdidas. Esa dimensión de incumplimiento en nuestras vidas nos iguala a todos.

Quienes tuvieron poder y lo perdieron hablan de un brusco vacío que crece a su alrededor. Privados de la noche a la mañana de la capacidad de dispensar favores, todo un ecosistema de lealtades y afectos se viene abajo. «This is the way the world ends. Not with a bang but with a whimper». Los teléfonos dejan de sonar.

Alejado del mando, donde no le hubiera temblado la mano a la hora de practicar políticas que hundirían vidas ―y qué política no supone damnificados― Pablo Casado se iría anoche a dormir con una desazón en el estómago. Instantes antes de reclinar su cabeza ya desengominada, con el código civil dentro, sobre el pecho confortador de su esposa, se miraría al espejo del baño, se encontraría disminuido, vagamente ridículo. La fría burla de lo irreversible.

Mientras, alguien fue el último en irse y apagó las luces en Génova 13. En el silencio enmoquetado ya empezaba a crecer un rumor futuro de puñales desenvainados.

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Una fotografía

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No conocía esta foto de Elliott Erwitt, uno de esos fotógrafos menos interesados por los aspectos formales de su arte (con excepciones como su monumental Brighton Beach, 1956) que por captar la singularidad del instante o, diría un detractor, lo pintoresco.

“Spain, Valencia, 1952”. Resulta difícil no quedar atrapado por el encanto de esta escena. Una pareja baila absorta en el interior de una cocina en una mañana soleada. La luz de lo que creemos eterno es siempre la buena luz de las primeras horas del día. Las alpargatas y la ropa de trabajo nos predisponen a favor de ambos, nos hacen pensar que trabajan con sus manos y que sus cuerpos aún jóvenes conocen los grandes cansancios del obrero. Nos choca imaginar ese desenfado en la que imaginamos casta y sobria España de los 50, hasta que nos enteramos de que en realidad se trata del fotógrafo Robert Frank y su esposa Mary. No debería afectarnos, a veces, solo a veces, la escueta verdad no es tan importante como lo que la imagen nos dice.

¿Y qué nos dice? La fotografía nos habla de la posibilidad de la alegría. Incluso en un mundo árido ―y la sociedad española del momento, hecha de escasez y decencia obligatoria lo era― los seres humanos podemos construir islas de libertad fuera de la tiranía de las costumbres. En el espacio de lo privado una pareja escucha alguna canción en la radio ―no se ha hablado lo suficiente sobre las relaciones entre la idea de la felicidad y la música popular― y espontáneamente se entrega al baile.

Existe un eros conyugal a menudo desdeñado por el eterno adolescente. Vivir juntos, repetir lo que hicieron nuestros padres, casi como jugando a ser adultos. Se habita un espacio acotado, un reino de privacidad que embellecemos con nuestros medios modestos, algo que es nuestro, de los dos, cada rincón saturado de ternuras y dulces obscenidades. Contaba Frederic Raphael, el guionista de Eyes Wide Shut, que a Stanley Kubrick le fascinaba la figura de una mujer desnuda que abre de noche un frigorífico. Con los años se pierde la voluntad de una nueva convivencia, nos volvemos demasiado egoístas, demasiado maniáticos. Peores.

Nos asombra ver en las biografías de la primera mitad del siglo pasado cómo las parejas se casaban muy jóvenes y muy deprisa. El matrimonio era la vía menos conflictiva para acceder al sexo. Ajenos a los largos noviazgos y vacilaciones de una sociedad que vive el amor con una prudente cautela de consumidor, el contrato matrimonial coincidía con los primeros meses de entusiasmo venéreo, antes de que el hábito, la crianza de los hijos o el conocimiento del fondo intratable de cada cual empezaran a erosionar las delicias del himeneo.

Bailando en la cocina, el corazón de la casa, el lugar donde se enciende el fuego, donde se opera la alquimia de los alimentos y se almacenan cazos y sartenes, cucharones y vasos, los humildes objetos que nos acompañan y nos sirven en el breve espacio de nuestras vidas. Y allí están Robert y Mary, suspendidos en el tiempo, mientras en la radio suena la melodía que elige nuestro deseo, sintiendo el aliento tibio del otro en la mejilla. Moviéndose al unísono, resonando en el pecho el corazón ajeno, formando una fabulosa figura mitológica, dual, lo más parecido a aquella fusión de los cuerpos que anhelaba un desesperado Lucrecio en aquel dramático, clarividente pasaje del “De rerum natura”. Una mano toma la delicada cintura de una muchacha y la mano de ella se deja caer con cierto desmayo sobre el cuello de él. Mirad esa mano, decidme si hay algo más hermoso en el mundo.

Dejémoslos ahí, en esa devoción compartida, en el éxtasis común que ya celebró John Donne, con palabras mucho mejores que las mías, en aquellos versos de “The Sun Rising”:

«Ella es todos los reinos y yo, todos los príncipes,
y fuera de nosotros nada existe;
nos imitan los príncipes. Comparado con esto,
todo honor es remedo, toda riqueza, alquimia».

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La tontica

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No sé cómo se llama, soy muy malo recordando los nombres y el color de los ojos, pero vive muy cerca de mí. La primera callejuela a la izquierda. Es una casa muy pequeña, la mínima expresión de una casa. La que hubiera pintado una niña, porque ella es como una niña. En tiempos más feroces y más humanos la hubieran llamado un alma de dios y no esa hipocresía funcionarial y santurrona de persona con capacidades diferentes. Qué desastre, la pobre, qué desastre. El pelo corto y áspero y gris. Es muy canija, tiene la fragilidad de Audrey Hepburn y la fealdad de Gloria Fuertes. Camina a pasitos ligeros pero vacilantes, un poco inclinada hacia delante, como a punto de caerse, los ojos en un asombro permanente. Es difícil adivinar su edad, viste como un hombre, en concreto como un cura obrero y si le das los buenos días se pone contentísima y te responde con una vocecilla gangosa y precaria. A veces la acompaña un perro chico, otras te pide dinero. Las personas como ella son un espectacular anacronismo en la aseada Unión Europea, el equivalente genésico de tirar una cabra por un campanario.

Una madre la parió y veló su sueño nervioso de tontica. No sé si amaría su tierna indefensión o maldeciría a dios por el fruto calamitoso de su vientre, pero esa madre ya no está. Su casa es visitada de vez en cuando, alguien en el mundo se preocupa por ella. Una señora muy arreglada llamó a mi puerta un día y preguntó por una mujer un poco rara que vivía en esa calle. Rara. De niño me daban miedo las cabecitas averiadas, los lunáticos. Apreciar la inocencia es un refinamiento de adulto, de alguien que ya tiene conciencia del mal.

Las ventanas de su casa están veladas por persianas, nunca he podido vislumbrar el interior. No sé si tras la puerta hay dulzura o espanto, una limpia escasez o un sórdido abigarramiento. ¿Qué canciones le gustan?, ¿qué recuerdos tiene?, ¿qué objetos queridos, inútiles, rotos guarda en sus cajones?, ¿qué le dicen los espejos?

A veces la he visto llorar mientras camina y su desconsuelo, escándalo de los escándalos, es algo capaz de encapotar los cielos y romper el corazón.

Ahora, en estos días claros de abril, se deja ver mucho por las calles en torno a Plaza Larga, saludando sonriente a los viandantes y me acuerdo de Falstaff jugando con flores como un niño en su último lecho. Todos, parroquianos, perros, gatos y pájaros sabemos que ella es la oración de la tarde y que mientas siga ahí, en ese incesante pasmo agradecido, todo irá bien.

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Giacomo Balla, “La Pazza”

Virtualidad y virtud

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A diferencia de lo que me ocurre con otros amigos, los que llamamos amigos reales, todos los días os veo por aquí en esta fascinante extensión de nuestro sistema nervioso donde, por así decirlo, nos comunicamos a distancia de cerebro a cerebro sin la mediación del gesto. No negaré todo lo que de malo me han traído las redes sociales: desarrollo indeseable de la vanidad a través de la búsqueda enfermiza del like, ampliación desmedida de los límites de la misantropía y cientos, miles de horas perdidas. ¿Y qué me han dado a cambio? Me han dado a vosotros, que menudos elementos estáis hechos. En realidad no tengo ni idea de quiénes sois, cada uno de vuestro padre y de vuestra madre. De algunos, por no saber, ni siquiera sé qué aspecto tenéis, tal es vuestro secretismo.

Hay días que os adoro, hay días que me sacáis de quicio. Me desconciertan vuestras súbitas ternuras, me entusiasman vuestros destellos de genio, me deslumbra vuestra erudición, me divierto con vuestras payasadas, me deprimen vuestras intransigencias, estudio con curiosidad y tristeza el modo en que se desatan grandes broncas y rupturas. ¡Qué arrogantes podéis llegar a ser, qué insoportablemente pesados, qué de trampas para quedar por encima! ¡Qué cosas os creéis!, ¡qué buenas cosas despreciáis! Cómo os plantáis a porta gayola y exhibís sin pudor y sin miedo vuestro corazón sangrante o cómo escurrís el bulto y os escondéis bajo una máscara de tres al cuarto. Sé que algunos de vosotros sois buenos y otros unos hijos de puta, escucho resignado vuestras homilías como el adolescente díscolo que nunca fui y me lo paso en grande con vuestras gamberradas y vuestras deliciosas coqueterías. Algunos vivís en países lejanísimos, otros habitáis la misteriosa intemporalidad de la ciudad de provincias, veo tras las ventanas de vuestros cuartos plazas, montañas y mares, os veo en habitaciones de hotel, bajo soles duros o melena al viento, veo la tapicería de vuestros sofás, los lomos de vuestros libros, los alimentos en vuestra mesa, los ojos de los buenos animales con los que compartís la vida, los pájaros que se posan en los árboles de vuestros jardines, las flores que santifican vuestras guaridas, vuestros dibujos y vuestros poemas, fragmentos de esa infancia que todos fuimos, veo cómo os emborracháis, veo nacer y crecer a vuestros hijos.

Puñeteros, broncos, cascarrabias, deslenguados impenitentes, espíritus libres, virtuosos de la irreverencia, encizañadores, liantes, humanos de toda edad y condición, crápulas y padres amantísimos, provocadores y discretos observadores. Me habéis descubierto canciones y películas y libros, me habéis contado historias memorables, habéis hecho mi mundo un poco menos estrecho, me habéis mostrado que el talento, la belleza y el bien son frecuentes. Qué hostia tenéis a veces.

En ocasiones desaparecéis sin avisar o descubro que uno de vosotros ha muerto, me ha ocurrido también reconocer vuestro tono preciso, vuestro humor personal, en una frase escuchada a desconocidos en los bares. Tan cerca que parecéis estar, tan lejos que os tengo. No os he tocado, no he oído vuestra voz, nos separan kilómetros y vidas, ni siquiera creo que fuera una buena idea llegar a conoceros. Ya es milagroso que podamos fraccionar el tiempo para hacernos todos los días el regalo de estar ahí.

Y creedme si os digo que me dolerá abandonar este mundo porque aun si, con mucha suerte, más allá del muro del tiempo la muerte nos devolviera a un plano inimaginable de existencia, en ese éxtasis de ola incesante que sería la eternidad no podría conectarme cada mañana con un café en la mano y leer vuestras mamarrachadas. Y eso la desmerece mucho. A la eternidad.

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Comunidad de vecinos

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El adolescente suele sentirse único y opone a su recién descubierta individualidad un mundo que considera homogéneo, indiferenciado. Y hostil. De ahí su radical incapacidad para apreciar o siquiera percibir la diversidad de la experiencia y que raras veces se produzca a esa edad algo de un valor artístico perdurable.  Una de esas generalizaciones fáciles inviste de un aire ominoso la imagen de las fachadas en una ciudad dormitorio. Evocan la colmena, el terror del número, de lo despersonalizado.

Pero debemos ir un poco más allá de esa mirada apresurada que solo ve uniformidad donde podemos encontrar fuentes de abundancia, toda la riqueza de nuestra condición y la variedad de nuestros afectos. Cada una de esas ventanas encendidas quizás sea un lugar al que algún hombre cansado sueña regresar tras años de vagar perdido, una mesa con alimentos y el calor de un lecho, muebles, imágenes, objetos triviales y olores que tejen esos recuerdos de la infancia que en la edad adulta serán una patria. Tras esas ventanas hay espejos y ceniceros sucios, seres en ropa interior que fracasan, adolescentes con inconcretos sueños de aventura, grandes insomnes, una muchacha hermosa cuya mera existencia alegra los pensamientos de hombres que ya nada esperan, hay madres duras y padres violentos, enfermos incurables, inimaginables rencores, conmovedoras lealtades, secretos dolorosos guardados en cajones, locas esperanzas, manteles cuyo dibujo no se olvida jamás, lápices sin punta y crucifijos, tesoros de dulzura y amistad. Hay grandeza.

Me crié como casi tantos de vosotros en un bloque de pisos que era como un resumen de la comedia humana. Clases medias y mercaderes, filisteismo e hipocresía, pobres niños repeinados y desvaídos, carne de humillación y que fueron adorados, un señor que tocaba el cello, una alcoholizada propietaria de tierras que se maquillaba como un travelo y deliraba a gritos por las noches, víctima de alucinaciones, familias respetabilísimas de cuyas ventanas en el patio interior escapaban en ocasiones voces de disputa entre los olores de las cocinas y los pentagramas de las ropas tendidas.

En ocasiones la muerte ejercía su señorío, una vez ayudé a bajar por las escaleras la camilla de un anciano en las últimas, nunca se me ha borrado el miedo de aquella mirada descarnada. Hablabas con tus vecinos de banalidades en el ascensor y los dejabas en su rellano, abriendo la puerta de su misteriosa vivienda. Cuando de niño entrabas en esos otros hogares experimentabas el inquietante efecto de ver una casa que era como la tuya pero a la vez diferente.

Aunque ahora en mis sueños todo aquello se me aparezca como un laberinto despoblado, lleno de puertas silenciosas y habitaciones a oscuras donde nada queda ya, salvo algo o alguien con quien quizás sea mejor no encontrarse, no quiero perder ese reino, quiero pensar que he vivido detrás de cualquiera de esas ventanas encendidas que ahora veo al entrar en la ciudad y puedo dar testimonio de que existió el lugar benévolo de la infancia y que rugía de puro entusiasmo, bullente de vida entre la música celeste de radios y lavadoras, molinillos de café y el chirrido de los tendederos, en tiernas mañanas de luz y gloria humilde.

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Tic tac

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«Te voy a dar una hostia que se le va a parar el reloj a tu padre».  (Oído en los bares)

En el siglo pasado se observaban costumbres de una gran delicadeza. Una de ellas consistía en, llegada cierta edad, regalar a los niños un reloj. Era un homenaje, un reconocimiento tácito de que abandonábamos la edad pueril. Te regalaban un reloj, ataban el tiempo a tu muñeca.

Te paseabas ufano con tu reloj recién estrenado, esa maquinita que ya mordía tu carne ―en verano su marca sobre el moreno brazo desnudo―, le dabas cuerda adoptando un aire grave porque alimentar el tiempo es un momento solemne. El tiempo, aquella novedad.

Tenías que aprender a descifrar un elegante lenguaje en el baile de las agujas sobre los números de la esfera. Los adultos te preguntaban la hora para que respondieras, feliz de esa destreza adquirida. ¡De cuantas bondades es capaz a cada instante el ser humano! Yo no aprendí bien y daba a esa pregunta respuestas fallidas, inaceptables, hasta que una chica que amamantaba a un bebé a la caída de la tarde me enseñó definitivamente a leer las horas mientras esperaba la llegada de su joven marido, un gallardo albañil que cada día subía en moto la cuesta que conducía a aquella casa, aquel patio con el suelo de cemento y dos de esos árboles escuetos que aparecen en las anunciaciones del Quattrocento. Anita y Antonio, aún recuerdo sus nombres.

Cómo nos seduce el misterio que emana de clepsidras, relojes de arena y relojes solares, pero es la creación en el siglo XV del mecanismo de escape ―lo que oíamos cuando acercábamos el reloj a nuestro oído, el murmullo del tiempo― la que hace posible esa hazaña del intelecto humano que es el reloj mecánico, su belleza hecha de complejidad, fragilidad y precisión, tal y como la recuerdo en las maquinarias abiertas bajo la lámpara del taller de relojero de un primo de mi madre, al pie de la torre de una iglesia que el musgo cubría en una villa del norte cerca de un puerto. Las gaviotas chillaban y él se inclinaba en mangas de camisa sobre su mesa de trabajo, la lupa tubular incrustada en la ceja. Mecanismo que evoca la quimera del movimiento continuo, lo incesante del corazón o el mar, la inmortalidad. No es de extrañar que la metáfora de Dios como relojero del universo haya sido moneda común.

Hace tiempo que no solemos llevar relojes, si acaso acabaremos llevando marcapasos. El tiempo ya nos hizo y terminó, no mejoraremos y ahora trabaja para destruirnos. La insensata premura de su discurrir nos parece intolerable, nos hace presentir nuestra disolución en pequeñas molestias y torpezas, anuncio de futuros dolores y limitaciones. El tiempo ya no es una vasta extensión por explorar, es un bien volátil, escaso.

Para cada uno de nosotros llegará un momento en que se pararán todos los relojes del mundo, detenidas las agujas en la hora inimaginable en que diremos adiós, cumplidas nuestras cuentas con el tiempo.

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Rafael Berrio

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«Querido diario: en el día de hoy, san Eulogio, con inmensa pereza, sin esperanza ninguna, inicio el proceso de composición de un futuro nuevo disco, cuya escritura me llevará vete tú a saber cuántos meses de asco y aburrimiento». (RB)

Rafael Berrio acaba de publicar “Niño Futuro” y de nuevo hay que alegrarse y descubrirse. Que Rafael Berrio es un artista soberano es algo que sabe cualquiera que conozca sus discos, pero no es sino al escucharlo en vivo cuando uno descubre la magnitud de su talento.

La vida no siempre es buena y alguien de su estatura no puede permitirse el lujo de girar con un grupo. Así que las dos ocasiones en que he tenido la suerte de verlo ha sido en formatos espartanos, ante audiencias de no más de treinta personas. La primera vez luchó por su repertorio con una guitarra eléctrica sabiamente utilizada, la segunda ―sabe dios por qué azares del viajero― con una pequeña guitarra que le prestaron, un requinto. No dudo de que sería capaz de defenderlo con una zambomba y salir airoso. Con las trazas de un Houellebecq frágil, lennoniano, parapetado tras unas gafas de sol que hablan más de timidez que de desafío y un histrionismo de bajo perfil con pequeñas truculencias como beber vino a morro (tal que el guitarrista de Paganini del que Baudelaire nos habló), empieza el pase y se produce el encantamiento. Y ahí nos tienes a todos en un silencio admirativo, mientras se suceden las canciones que conocíamos en los arreglos entre la chanson y el pop barroco de “1971” y “Diarios” o con la electricidad seca, neta, de “Paradoja”; despojadas ahora de todo, sostenidas en el aire únicamente por un peculiar fraseo y un inusual sentido del matiz, en toda su solidez literaria y su sabiduría compositiva.

«Filosóficamente pensemos en la paradoja de nuestro bello oficio y en lo endemoniadamente difícil y trabajoso que es escribir una mala canción y su correspondencia: la rotunda simplicidad con que se lleva a cabo la canción inmejorable. Seamos estoicos».  (RB)

Rafael Berrio es un intempestivo. No recuerdo quién dijo que todos los grupos de rock que merecen la pena han sido influidos por la Velvet Underground, banda que notoriamente debe haber formado parte de su educación sentimental. Es una excelente credencial, pero son otros muchos sus intereses musicales y eso se nota. Hombre de vastas lecturas, en absoluto concernido por la devoción trivial a la actualidad, su curiosidad pasa de Larra a Horacio, de Schopenhauer a Baroja. Y eso también se nota. ¿Quieren hacerse una idea de a qué demonios se parece Rafael Berrio? Piensen en una imposible síntesis entre la chulería dolorosa de Lou Reed y el pathos estoico de Quevedo.

Ha escrito algunas de las más desarmantes canciones de amor que pueda recordar (“Como iba yo a saber”, “El mundo pende un hilo” o “Tu nombre”), pero sus letras están muy alejadas de la mitología adolescente del rock. Nos hablan de los pequeños objetos que nos sobrevivirán, de «el vino que acostumbramos, la pausa en el suplicio… el vino que invoca la musa y el que trae la mala idea», de lo irreversible, de «que no hay una vida en serio y otra vida de licencia», de la diversidad inmensa de la experiencia ―«todo lo he visto, de todo me acuerdo» ―, nos hablan de la santidad del toxicómano, de la desesperación del tiempo transcurrido, del ennui y sus abismos. Puede ser irónico, con el cinismo de aquel que no conoce ilusión que no haya sido derrotada ― “Y en fin, niño futuro, niño en agraz, usted que lo vea” o “Y reíamos y reíamos, porque la risa se contagia. Pero el truco era un resorte, ahora lo sé y se acabó la magia» ― o ya ferozmente:

«Así pues cállense todos los poetas lelos,
y todos los panegiristas de las pequeñas cosas,
porque esta perra insatisfacción del alma no se aplaca
como ellos pretenden con cuatro bicocas.
Ah… las pequeñas cosas.
Oh… su encanto inefable».

Y, sin embargo, su voz no es ajena a la compasión, la gratitud o la piedad y sus labios se atreven a abrir su última obra con una plegaria.

«El signo variable de las intemperies.
El vagar errante y solitario.
El alma elevada en los alcoholes fuertes.
La fiereza en los ojos deslumbrados.
El pasar con nada, el mendrugo de pan.
La indolencia a orillas del río.
Dadme al clarear lo que es mío:
La hermosa vida que amo».
 

Lujo de nuestra música, poeta cabal. Sabedlo, somos contemporáneos de un maestro secreto y su nombre es Rafael Berrio.

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Fotografía: Mario Zamora

 

Mansplaining

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Lo he pensado mucho antes de escribir esto. ¿Merece la pena?, ¿merece la pena exponerme al sarcasmo de trazo grueso, a sobreactuadas explosiones de indignación moral, al bloqueo de personas a las que aprecio, a que me coloquen la letra escarlata de simpatizante de causas horrendas, a una nada improbable excomunión laboral, a esa otra forma sofisticada de sarcasmo consistente en decir que uno mismo también sobreactúa y exagera, que no es para tanto?

Sí es para tanto, estas líneas van en contra de un pensamiento abrumadoramente hegemónico. Uno lleva meses observando con una mezcla de fascinación y angustia cómo el sistema, los políticos, los media, los mercaderes del zeitgeist ―con las debidas excepciones, no voy a negarlo― se suman sin fisuras a una tendencia demandada por su público y pugnan por exhibir sus credenciales de adhesión a un discurso que no tolera disidencia alguna y ha generado sus propios anticuerpos, de manera que el cuestionamiento de cualquiera de sus postulados te sitúa fuera de lo socialmente aceptable y te lanza a los eriales ideológicos donde habita el hirsuto ultraderechista.

Al fin y al cabo a los que coincidan conmigo no les voy a aportar nada que no sea el calorcillo de no sentirse tan solos y no soy tan arrogante como para pensar que pueda hacer cambiar de ideas a nadie, porque las convicciones suelen ser de naturaleza puramente emocional, con frecuencia inasequibles a la lógica y al dato.

Sin embargo, me siento tan ridículo practicando ese «hijo, tú no te signifiques» en pleno año 2019 que, con esa falta de sentido de la oportunidad gracias a la que nunca llegaré a nada, voy a soltarme el pelo. Tampoco es que me considere Galileo, no me malinterpretéis.

He leído atentamente las 30 páginas del Argumentario de la Huelga del 8M del 2019. Ignoro hasta qué punto es el manifiesto oficial de las movilizaciones, pero a algo elaborado por la Comisión 8 de marzo del movimiento feminista de Madrid y publicado en la web de la Federación Estatal de Organizaciones Feministas tengo que suponerle un papel relevante en la articulación de esa jornada.

No voy a argumentar contra cada una de las afirmaciones discutibles que acribillan el texto, independientemente de las verdades que contenga. Vibrante, entusiasta, abundante en mantras y en términos de esa neolengua característica del movimiento (el uso de jergas específicas siempre nos debe poner en guardia, exhala el inequívoco perfume del fanatismo), en sus peores momentos parece un delirio y una parodia en la línea de aquel sketch sobre el Frente Popular de Judea de los Monty Python. Escrito como una inacabable carta a los reyes magos, un catálogo minucioso, indiscriminado y victimista de afrentas, mezcla alegremente churras con merinas y aúna infantilismo y paranoia a partes iguales. A las amigas que se sumarán a la huelga del 8 de Marzo les preguntaría, ¿os sentís representadas por este documento?, ¿os parece que ofrece una interpretación plausible, adulta, de la realidad, un diagnóstico y unas vías razonables de solución a los problemas?, ¿os empodera de verdad?, ¿no os sitúa por el contrario en una eterna, querulante, irresponsable minoría de edad que reclama una solución mágica a las asperezas del oficio de vivir?

Porque el texto no solo adolece de un discurso inconsistente, no es solo cuestionable, irracional y en ocasiones contradictorio. Creo que es fundamentalmente ridículo. Por respeto a las sufragistas, por respeto a Virginia Woolf y a Rosa Parks, por respeto a la más decisiva causa emancipadora del siglo XX y a las que a ella aportaron lo mejor de su pasión y su inteligencia, por respeto a las mujeres que han sido y siguen siendo víctimas de la violencia, la injusticia y el abuso, las feministas no pueden permitir que una minoría febril e hiperactiva tire de la causa, la represente y la malbarate. Otro feminismo es posible. No creo que a estas alturas de la historia se pueda no ser feminista. Pero esto es otra cosa muy distinta y creo que plantarse en contra empieza a ser una exigencia ética e intelectual.

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