Ande yo caliente, y ríase la gente

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La experiencia de las estaciones va más allá de la aprehensión intelectual, es un conocimiento del cuerpo. La sustancia cambiante, el carácter cíclico de lo real quedan fijados en nuestra psique muy tempranamente y de un modo indeleble. El invierno es particularmente desusado ya que se opone a los instintos de la cría del humano, animalillo de exteriores. Unas manos tiernas cubren al niño de capas de ropa, aparecen nuevos hábitos: el roce sofocante de la lana, la noche temprana, las comidas sólidas, humeantes, un soplo diáfano y helado en las mejillas que es casi un dolor, el aliento visible en el aire, el peso de las mantas, el olor antiguo de las chimeneas que siempre es una promesa de felicidad, los dedos ateridos, el milagro silencioso de la nieve, la magia inagotable de los fuegos encendidos.

Poetas, músicos y pintores se han ocupado del invierno, de sus aspectos anecdóticos, de sus misterios tremendos. Los artistas virtuosos trabajan las gradaciones del blanco y la desnudez del árbol, la ventana encendida en la oscuridad donde la piedad de otros hombres salvará la vida del viajero perdido; los músicos evocan la euforia del patinador y la cólera de la ventisca; los poetas lo saben emblema de la vejez y el acabamiento.

Los pájaros huyen a fabulosos países lejanos y cálidos, los días se hacen más cortos, los animales hibernan, la vida se reduce al mínimo. El enigma admirable de la encarnación de un dios en un niño se celebra justo en el momento en que la muerte se enseñorea de campos y bosques.

Una amiga virtual me comentaba ayer que los prestigios del invierno son un mito de los prósperos países del Norte y no le falta parte de razón. Para los desdichados, para los que carecen de un techo sobre sus cabezas, el invierno siempre ha sido el tiempo penitencial del miedo, el hambre y el sabañón, la estación en que la escarcha devasta las magras cosechas, el cuerpo se consume y los hijos mueren. En el cielo de los pobres siempre es verano, el verano es público y común. Para los afortunados, el invierno significa los placeres de la seguridad, del hogar, de lo privado. No te lanzas a grandes empresas en invierno, el invierno es conservador. Los campesinos prósperos, reducidas provisionalmente sus labores, disfrutaban de sus despensas llenas, de la matanza del cerdo y los leños crepitantes. Los caballeros se encerraban en el castillo y se dedicaban a la bebida, a soportar las intrigas domésticas y a escuchar las hazañas de sus antepasados, suspirando por la llegada de la primavera y el nuevo inicio de sus pillajes.

He amado los inviernos. Siempre me gustó aquel pasaje en que De Quincey evoca las dulzuras del opio en las largas noches del tiempo inclemente, rodeado de sus libros, haciendo uso de un buen té y una botellita de láudano siempre a mano, al abrigo de la chimenea mientras el clima ejercía su tiranía tras las cortinas. En estos días de reclusión he tenido la oportunidad de experimentar muchas veladas así, diría incluso que he llegado a saciarme. Mi entusiasmo invernal se ha limitado, el cuerpo ya no responde y el frío te hace sentir miserable. La soledad ya no me es tan grata, la compañía de los muertos no me resulta suficiente. Desengañado como nunca de los hombres, necesito de su presencia. Bach puede confortar tu corazón, pero no puede calentar tu lecho. Hay un temor de que el invierno no sea un paréntesis en la plenitud de la vida sino una estación final.

Der Abschied el último movimiento de Das Lied von der Erde, de Gustav Mahler, termina con uno de esos momentos de una belleza que justifica nuestro paso por el planeta. La contralto, ingrávida, canta:

Die liebe Erde allüberall
Blüht auf im Lenz und grünt aufs neu!
Allüberall und ewig blauen licht die Fernen!
Ewig… ewig..

¡La amada tierra florece en primavera,
por todas partes de nuevo reverdece!
¡Por todas partes y eternamente, resplandece de azul el horizonte!
Eternamente… eternamente…

Hay quienes en las grandes profundidades blancas de Brueghel o de Goya ven el rostro de la muerte. Uno, que a estas alturas es capaz de aceptar la dignidad del engaño, prefiere, con Mahler, mantener la insensata esperanza de los grandes deshielos, del cielo niño de la primavera ―camino de regreso de las golondrinas―, del retorno de cuanto perdimos y nos será devuelto. Ewig, ewig…

Gregory Credwson

Tenet. Una esfinge sin secreto.

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Soy de esos espectadores que no necesitan enterarse del “significado” de una película. Me gustan los enigmas, aunque no sin condiciones. El enunciado de un enigma debe ser simple y bello. El problema de Tenet no es la paradoja temporal en la que se basa, algo relativamente simple de entender, sino su farragosa exposición. Por poner un ejemplo, 2001 es un enigma, pero Tenet es un galimatías. Como ya le ocurrió en Inception, Christopher Nolan crea un mundo con unas leyes tan complicadas que tiene que adjuntar al mamotreto unas agotadoras instrucciones de uso y, sin embargo, jamás se habrá visto una película con unos diálogos tan explicativos y que expliquen tan poco. Mezclar las películas de James Bond, los asombros de la mecánica cuántica, el melodrama de madre no hay más que una y su poquito de Borges, haciendo uso de personajes apenas esbozados y bañado todo en una sensibilidad nerd de gorra con visera, documental de viajes y una poética de Silicon Valley, sin que falten Grandes Frases Enfáticas, requiere un pulso firme para no estrellarse con todo el equipo. Reconozcamos que Nolan tiene ese pulso, porque la película, adecuadamente aparatosa, se deja ver aunque todo ocurra ante nuestros ojos de manera arbitraria, sin que llegado cierto punto nos molestemos siquiera en entender ni cómo ni por qué, entre el estupor y la risa floja. Me temo que resultar ininteligible o no someterse con humildad a la verosimilitud (que es el juramento hipocrático del guionista) no es una apuesta de estilo, es una limitación.

Solo añadir que cada vez me cansa más el culto obsesivo a la eficiencia en el audiovisual americano de las últimas décadas. Del mismo modo que en la antigüedad el arte hacía suyos los valores aristocráticos y ensalzaba lo heroico, en este siglo el geek triunfante exalta una asertiva, grosera, insoportablemente locuaz profesionalidad. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.

Géminis

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Me has mandado una vieja fotografía, hermano. Una fotografía que no recordaba. Allí estamos los dos, en un pasado ya tan lejano que espanta, dos niños con la cabeza gorda, dos micos vestidos igual, asomados a la luz de un mundo recién creado. Ante nosotros una caída de seis pisos desde la que tantas veces nos lanzamos a volar en nuestros sueños. Frente al balcón se está construyendo un edificio. Hay unas macetas que mamá cuidó, que nos parecían estar ahí desde siempre y nunca ―como nuestros padres, como todas las cosas― dejarían de estar. Qué fue de aquellas macetas que florecían sin poder evitarlo cada primavera. La foto seguramente la haría papá e imagino su sencilla alegría ante aquella doble pequeñez que era una consecuencia de él. Jamás sabremos si la foto surgió de un modo espontáneo o nos hizo posar, si intuyó hasta qué punto aquella imagen estaba cargada de significado.

¿Te acuerdas de aquel tiempo? Alberto y Salva, Salva y Alberto, nuestros nombres siempre sonaban unidos, no podía concebirse que fuera pronunciados por separado. Éramos mellizos, parecidos pero no iguales. Uno era rubillo y otro moreno, uno más vivo y el otro más tímido, ahora yo exhibo una figura orsonwellesiana y tú gastas un tipín, tú tienes una familia y dos hijos espléndidos y yo vivo en el melancólico abandono del soltero, que quizás imaginas atractivo porque todos fantaseamos con lo que no tenemos.

Pero entonces éramos dos formas diferenciadas de lo mismo, ¡un fenómeno de la naturaleza! Nuestros padres, mucho más jóvenes que nosotros ahora, probablemente más ingenuos, vivieron una guerra en su infancia y tras muchos intentos fallidos nos tuvieron a los dos y se holgaban de vernos crecer tan iguales, tan distintos, con ese algo vagamente humorístico que tiene la repetición. Hay un enigma en la la idea de ser hermanos, algo sagrado multiplicado en nuestro caso porque vinimos al mundo a la vez, una mañana ardiente de agosto. Todos los padres cuentan a sus hijos los apuros y pormenores del día en que nacieron. Sus plegarias fueron atendidas, sí, pero criarnos a dos no tuvo que ser fácil. Con qué dulzura nos hablaban de la crónica falta de sueño que nuestro doble insomnio les causaba.

Existe una grabación de nosotros en una bobina magnetofónica, un poco tontos y folloneros, como todos los niños. Aún la conservo, pero ya no hay magnetófonos de bobina abierta. Probablemente no volveré a oírnos. Jamás nos aburrimos. Compañeros constantes, aliados sin jerarquía. Descubríamos el mundo a la vez, las magias del cielo estrellado, la amistad del mar y del perro, los ritos de la religión y la existencia del ángel, la picadura de la avispa y el sabor amargo de las medicinas, la exploración de los bosques y las aventuras nocturnas en la habitación de soñar que compartíamos, presidida por una anunciación del Trecento. Nos bañaban juntos, cuidábamos el uno del otro, nuestros cuerpecillos encajaban dormidos en la parte trasera de un Renault 8 que atravesó España tantas veces. Juntos tripulábamos submarinos y nos perdíamos en la superficie lunar, saltábamos de una cubierta de barco a otra, moríamos y resucitábamos en batallas de mentira. Si no había juguetes peleábamos como hacen las bestezuelas. Teníamos nuestros secretos, nuestras bromas y palabras privadas que hemos olvidado.

Y aquello ya no fue. Crecimos, conocimos por separado las glorias parciales, las amarguras y decepciones de la condición humana. Los labios de las mujeres que nos amaron pronunciaron nuestro nombre solo, ya no adherido al del otro. Ahora somos dos señores ligeramente excéntricos, huérfanos de padre y madre. Las hemos tenido de todos los colores porque tampoco es fácil aguantarnos. Uno de los dos se irá antes, y qué solo se quedará el otro, qué roto, qué inútil.

Al principio hablé de un pasado lejano y sin embargo siento que, al contrario, estamos más cerca de aquellos días que nunca. Aquellos días cuyo misterio me alimenta y me estremece y que quiero conservar en mi corazón, hermano, no olvidar lo que fuimos, lo que somos, lo que ni el tiempo, ni la aspereza de la vida nos pueden ya quitar.

¡Epa!

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Entre los hallazgos más felices del habla popular española se encuentra ese desplazamiento de sentido mediante el que el trozo de pan ácimo utilizado en los grandes misterios eucarísticos acaba nombrando el batacazo, la costalada, ese momento primordial del humor. No es algo del todo arbitrario.

Hostia y risa. Causa y efecto que algunos verán como algo bárbaro, señal de un alma tosca e insensible a la desgracia ajena. Me permito dudarlo. No importa la sofisticación de tu mente, no importa si te divierte el último monologuista de la costa Este o lo tuyo es la risa tetánica de Houellebecq, no podrás resistirte al resbalón, a la caída aparatosa del congénere. Alma de la pantomima, apocalipsis irrisorio que desbarata en el acto nuestro orgullo bípedo; ha hecho reír a niños y ancianos, caldeos y macedonios, al tuareg y al lapón, al monje y al samurai, a Montaigne y a Beethoven, a Darwin y a Wittgenstein (bueno, a Wittgenstein quizás no), a Stalin y a Landelino Lavilla.

No hablo, claro está, de la hostia cruenta, hablo de la hostia espiritualizada del cartoon y las películas silentes, llenas de caídas por la escalera y traidoras pieles de plátano, de las grandes caídas de culo del payaso. Hostias de inmortales, hostias felices que no matan ni quiebran el hueso. Los niños, que solo responden a lo trascendente, las ven y es que no pueden dominarse; incluso en el trance trágico del patatús, cuando una señora cae desmadejada y se le ven las bragas, ay, qué risa.

Sacramento de la existencia, hostia santa. Dios se encarna en el hombre, el hombre se da unas hostias de órdago. Todas las formas de vida entran en el ser y encuentran resistencia, porque todo se nos opone y el cuerpo falla, los objetos son impenetrables y la gravedad (¡qué nombre excelente!) nos impide la alegría del vuelo y nos hace cautivos melancólicos del suelo y su dureza. A veces vencemos una resistencia y vienen la plenitud y la euforia. La derrota, más común, es por el contrario el principio de toda tristeza. La hostia simboliza todo eso, la hostia te muestra, pedagógica, que el mundo no está a nuestro favor; resulta así un inquietante recordatorio del modo en que acabará con nosotros, porque la banca siempre gana. Fijaos en la expresión del niño que pasa de la alegría del juego al morrazo. Antes de romper a llorar hay unos segundos de estupor, que son un «¿por qué?» y luego un «esto no puede ser» y por eso, finalmente, el llanto: porque no se lo esperaba, porque ya no tiene remedio, porque no se puede desandar el tiempo y la hostia ya no se la quita nadie, porque sabe que ha fallado y necesita consuelo. Y así toda la vida.

La hostia tiene un valor igualador, edificante. Se hostia el rey y se hostia el papa, el policía y el gran follador, qué risa en especial la hostia del pedante. Hasta el gato, dotado de superpoderes y de una suprema elegancia se estampa a veces contra el cristal o cae desmañado cuando intentaba saltar de uno a otro muro y entonces disimula, gatuno y digno, porque no quiere que nos riamos de él. ¡Con qué eficacia liquida para siempre la soberbia! Porque, amigos, el recuerdo de una hostia de las buenas es imperecedero y acompaña para siempre al hostiado y a los allí presentes, que seguirán hablando de ella años después. Políticos y divos la temen, una buena hostia bajando las escaleras del avión ―la mueca de alarma, el manoteo inútil― puede hacerte perder unas elecciones… la hostia proclama «recuerda que eres mortal» y el testigo del jalmazo se inclina sobre un nene que ya empieza a temblar de risa a su lado y le dice «mira hijo, torres más altas han caído».

Nos divierte la hostia ajena porque revela nuestra esencial naturaleza de proyectos de un fracaso. ¡Y claro que somos un fracaso!, ¡un fracaso estrepitoso!, se nos han dado los gozos de la vista y el amor, las olas, el milagro frecuente y humilde del pájaro, los churros, Bach y la cara de Jane Birkin y todo se nos arrebatará porque al final nos morimos, nos morimos todos y mucho más pronto de lo que nos gustaría. Es esa conciencia de nuestra común imperfección la que resuena tras la risa, y por eso ahora veo a ese señor que menuda hostia que se ha dado en la esquina de Correos y esa risa que me entra es una forma de amor, es un querer abrazarlo mientras intenta levantarse todavía aturdido y reconocerlo mi semejante, mi hermano. También un «no yo, no todavía» y un rebelarse contra lo inevitable, un desafío, un decirle a Dios: «cuando te vea te voy a dar dos hostias bien dadas por habernos hecho esto».

La culpa y sus prestigios

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La Ilustración supone el guillotinazo de salida de la idea de Progreso, del simultáneo proceso de demolición del Antiguo Régimen y el viejo Dios. Siempre me ha extrañado que esta última tarea no se efectuara con una desesperada melancolía, ya que certifica nuestra segura aniquilación. Al contrario, el desmantelamiento de nuestra más antigua ficción se lleva a cabo con un extraño júbilo, con la contagiosa alegría de una liberación. Al acabar con la Gran Figura Paterna creíamos, exaltados, acabar igualmente con la culpa, ese molesto bichito que devora parasitariamente nuestra mente y lastra la fuerza creadora de nuestros instintos.

La culpa tiene una pésima reputación. Residuo de la infancia de la especie, debilidad de mal gusto, enfermedad indecorosa del alma que nos empuja a la neurosis y da el salto al mundo físico en forma de patologías digestivas, dermatitis y cáncer. Un horror. Los psicólogos diseñan terapias y administran fármacos para aliviarnos de su peso.

Dos siglos y dos guerras mundiales después, alcanzamos a finales de los años sesenta una nueva inocencia. El hombre no tiene ya nada de lo que avergonzarse, dueño absoluto de sus actos. Su deseo es su única ley, nada de cuanto imagine o sueñe es impuro, no hay condena porque no hay pecado. Los placeres de la carne son conocimiento, la embriaguez aventura. No habrá ya nada suficientemente sagrado para ser protegido del poder disolvente de la risa. En los ochenta se amplía la amnistía con el concepto de los guilty pleasures, ya puedes confesar que te gusta la música de consumo o las comedias sentimentales; demonios, hasta forrarse deja de estar mal visto, el codicioso deviene emprendedor, alguien que persigue sus sueños a base de intuición pura, disciplina y resolución.

Y sin embargo… treinta años después esa culpa contra la que tanto combatimos vuelve por sus fueros, desbordando sus límites iniciales, hipertrofiada de un modo grotesco, en lo que a algunos antipáticos sospechosos se nos antoja un delirio colectivo.

La culpa es ahora retrospectiva e ilimitada. La práctica del online shaming permite que un chiste o un comentario hecho hace años pueda acarrear consecuencias catastróficas a la velocidad de la ira ―las almas bellas gustan de denominar “consecuencias” a las prácticas represivas de la “cultura de la cancelación”―. Personas emocionalmente frágiles e inestables, incapaces de aceptar una opinión que contradiga su visión del mundo, exigen y arbitran un virulento mecanismo de venganzas y derogaciones. Una neolengua de eufemismos se expande, caduca y renueva sin cesar. No herir, no ofender se torna idea fija, todo es renombrado en la creencia de que modificar el lenguaje modifica el mundo y ¡ay de quien ose volver a las antiguas, crueles, inmundas palabras! Estrellas del espectáculo, deportistas y políticos se entregan a aparatosas exhibiciones de arrepentimiento público porque en su juventud dijeron algo indebido o tuvieron lo que, con suprema gazmoñería, se llama «una conducta inapropiada».

La vieja culpa se veía atenuada por el olvido y el perdón, pero no existe el olvido en la sociedad digital y tampoco el perdón, porque la culpa va más allá de nosotros y de nuestra voluntad y se extiende a lo colectivo. El “privilegio”, la nueva versión del pecado original, nos estigmatiza como réprobos por el hecho de pertenecer a mayorías opresoras. Somos responsables de los pecados de nuestros padres y nuestros antepasados, de nosotros solo se espera que guardemos un decoroso silencio avergonzado.

Es difícil combatir semejante estado de opinión, el sentimiento visceral suplanta a la lógica y a la razón y permite a sus entusiastas sostener una cosa y la contraria con envidiable desenvoltura. El corazón manda. A los disconformes, en el mejor de los casos, se nos ridiculizará como entrañables cascarrabias inadaptados en ese nuevo orden que inevitablemente ha de venir o, a las malas, se nos señalará como cerriles enemigos del débil y el desamparado. En ciertos entornos es tan problemático pronunciarse que lo más sensato sería callar y esperar a que escampe, para evitar una suerte de muerte civil. Pero es mucho lo que nos jugamos. Alguna vez hay que plantarse y decir tranquilamente no. No al matonismo intelectual, no al ignorante desconocimiento de la historia y de nuestras debilidades, no a las furiosas exigencias de una perfección monstruosa, no ―y este es el no más difícil― a las lágrimas del victimismo que manipula. Porque solo la circulación abierta de todas las ideas nos ha hecho más libres, porque solo un pensamiento sin ataduras nos hace iguales, porque cada vez que se silencia una opinión somos menos humanos.

¡Y sin moverte de casa!

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Cuando yo estudiaba derecho, un profesor se declaró enamorado intelectualmente de la idea del “silencio administrativo”, concepto de gran enjundia del que emana una suerte de horror metafísico que evoca las ficciones del más famoso de los escritores checos. Hasta ahora la administración brindaba al ciudadano la experiencia más completa de esa mezcla de absurdo, estremecimiento y opresión que impregna la obra de Franz Kafka. El ciudadano se siente enfrentado a una maquinaria impersonal, inasequible a la piedad o a otra lógica que no sea la razón perentoria, inapelable de los plazos; que se expresa en una lengua misteriosa como un oráculo, prolija pero ininteligible (en El Castillo, al otro lado del teléfono, el agrimensor K. siempre oye una voz tan remota que es incapaz de entender lo que le están diciendo). Un poder concebido para ponerte obstáculos o castigarte, al que tus circunstancias le son indiferentes, capaz de hacer pedazos tu vida sin inmutarse, un poder que «no entiende de barcos». Vigilante, anónimo e invisible, carece de rostro y por tanto de responsabilidad. Hasta el más probo ciudadano experimenta un escalofrío de culpa preventiva al recibir un certificado oficial.

Sin darnos cuenta y sin que en lo esencial ―salvo coloridos diseños corporativos y voluntariosos despliegues de propaganda ideológica y moral― la burocracia haya modificado su esencia desde el imperio austrohúngaro, un nuevo competidor ha aparecido en el mercado de lo kafkiano. Me refiero al entorno digital, que reúne las mismas características: hermetismo, anonimato, irresponsabilidad. Las actividades que nos son precisas ―contratos, certificaciones, compras, citas médicas, los flujos de un dinero prácticamente desmaterializado― son reguladas por aplicaciones con un código tan intrincado como arcano, desarrollado y renovado sin descanso por una élite hiperespecializada, generalmente ágrafa, cada vez más ajena a las sutilezas del viejo lenguaje analógico. Un software sofisticado, pero vulnerable. Se trata de sistemas crecientemente complejos y por tanto crecientemente falibles (las bacterias no enferman, los moluscos no tienen depresiones). Los errores de funcionamiento serán cada vez más frecuentes, grandes capas de la población alejadas de las destrezas básicas por edad o por puro cansancio serán empujadas a la impotencia, al berrinche y al ictus. Nadie comparece porque nadie hay al otro lado. Blasfemamos indefensos, mientras un algoritmo nos ofrece soluciones tautológicas en una extraña variedad dialectal de nuestro idioma.

El patriciado encargado de alimentar esta extensión de nuestro sistema nervioso es la minoría más poderosa del planeta. Mientras con una mano destruye millones de tradicionales puestos de trabajo ―ha acabado con la prensa y con el negocio musical y acabará con el pequeño comercio, que ofrecía una ilusión de diversidad a nuestras ciudades― contribuye con fervor al contagio y difusión del credo woke, pues de un credo se trata, esa enfermedad autoinmune de nuestra civilización. Reputaciones y carreras son zarandeadas de la noche a la mañana en las redes sociales, donde la vieja labor del censor es ejercida por un software aún tentativo, que puede decretar tu muerte civil por unos días a través de un algoritmo ajeno a la ironía. Tras haber vivido décadas de entusiasmo ― ¡el futuro ya está aquí!― donde todo era posible y excitante, lo distópico se despereza de un modo muy diferente al que habríamos imaginado: sonriente, filántropo y naive, entre alardes histéricos de bondad y exigencias de pureza.

Y yo, hipócrita despavorido al que esa misma tecnología ha salvado la vida, a quien tú, lector, jamás hubieras conocido sin ella; yo, que por pura coquetería nunca quise entregarme a la facilidad senil de la jeremiada, vicio crepuscular de quienes son desalojados del escenario y empujados a la irrelevancia, termino de pulir estas profecías de desarraigado y, antes de volver a mis viejos discos, mis viejas películas, a los libros escritos por los muertos, le doy al enter y lanzo fuera de mí estas palabras que, no menos efímeras que nosotros mismos, serán rápidamente devoradas por las turbulencias digitales. A la espera inquieta del espejismo de vuestra aprobación, el breve estremecimiento de la vanidad, ese placer sucedáneo de las grandes aventuras del cuerpo y el corazón, de las embriagueces que ya no me puedo consentir, de las apasionadas locuras a las que quise consagrar mi vida.

Toque de queda

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La infancia paga su inocencia con sometimiento; la adolescencia, su vitalidad con angustia; la madurez, el conocimiento con decepción. Decepción del mundo, decepción de los hombres y decepción de uno mismo. No es tan terrible, se aprende a manejar el ocasional brote de melancolía, puedes vivir con ello. Sin embargo, hay momentos en la historia, como aquí y ahora, en que lo real no nos concede el alivio de la esperanza. Pensábamos hace unos meses haber recuperado el mundo, la vida que tuvimos y resulta que lo inevitable, lo que no depende de nuestros deseos ni nuestra voluntad, regresa e impone su dominio. Volveremos a los encierros, volveremos a perder las horas de una vida que pudo ser, volveremos a tener miedo a una muerte posible, los otros serán de nuevo una amenaza y las íntimas catástrofes de la ruina volverán a desvelarnos. Los políticos no estarán a la altura y los ciudadanos se entregarán a la furia, al veneno de las ideas simples y a los mercaderes de humo.

Mi amigo Juan Navarro a veces me habla de los tiempos de su juventud. Una larga melena cubría entonces la cabeza afeitada de tribuno romano que siempre le he conocido. Un temperamento explosivo y la lectura de Kerouac le empujaron a enrolarse en un barco pesquero que faenaba en el Gran Sol. Un día llegó su primera tormenta en alta mar. El cielo se ennegreció, alarmante, el viento empezó a soplar. Adicto a las emociones fuertes y harto de porros, se lo estaba pasando en grande con el balanceo del barco hasta que en la mirada de sus compañeros entendió el peligro. Bastó una señal de cabeza para que todos se dedicaran a plegar y amarrar cuanto había sobre cubierta. A continuación solo quedaba cerrar escotillas y refugiarse abajo, sentados en la cocina. Aguantar allí las siguientes horas «en silencio, mirándonos, pasando la botella».

Nos toca aguantar de nuevo, esperar que pase la tormenta y que la desgracia no nos alcance ni roce a quienes queremos. Cada cual tendrá su propia botella, cada cual encontrará dentro de sí aquello que le ayude a aguantar la soledad, el aguijón de la carne, el cielo negro de la tristeza y el desánimo.

Encerrado en la casa, el silencio nocturno pesa ahora de una manera especial. Uno imagina las calles vacías, recuperando sus atributos siniestros, esa sugestión de amenaza a la que no estamos acostumbrados, pero que ha formado parte de sus prestigios desde el principio de los tiempos. Como hace siglos, solo deambularán por ellas los brazos del poder, algún servidor municipal y muy pocos desconocidos. Amantes, desesperados, crápulas y criminales se dirigirán en silencio a sus asuntos bajo un firmamento indiferente. Asuntos que es agradable imaginar en la cama, mientras te dejas arrebatar por el sueño.

No hay mucho más, una desolación sin grandeza, un apocalipsis de clase media, un coñazo triste. Uno no puede decir algo consolador sin resultar trivial. Poco nos queda cierto entre las manos. Solo de una cosa estoy seguro: si alguna vez salimos de esta, no habremos aprendido nada.

Jakub Schikaneder (1855-1924)

Qué bonito es el campo

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El mundo es bello y hostil y terrible. Una convulsa sobreabundancia de vida en expansión que desea perdurar. Los seres vivos se hacen más complejos, aparece el movimiento, se dotan de extremidades y de sentidos fabulosos que los ponen en contacto con la realidad y no para conocerla sino para las dos actividades a que la vida se reduce: perseguir y huir.

Armados de aguijones, venenos, garras y colmillos, se construyen a sí mismos incorporando los restos de otros seres a los que han arrebatado el ser. Las criaturas tienen miedo las unas de las otras. En contra del mito, no hemos sido expulsados de la naturaleza, hemos huido de ella.

Las ciudades surgen como una tentativa de poner fin a ese estado de fuga permanente, un medio de protegernos de una intemperie llena de peligros; serían así fruto del amor, de un ánimo de amparo mutuo. Tras sus murallas nos imponemos leyes para protegernos de nosotros mismos, leyes que por duras que puedan parecer siempre serán más clementes que la dura ley del tiempo. Adornadas con templos e intimidantes monumentos en que el poder se celebra a sí mismo, con avenidas y parques públicos que simbolizan y evocan el reino que abandonamos, dotadas de vastas ingenierías ocultas para la evacuación de nuestras deyecciones, son el lugar de la sociabilidad, del intercambio y del azar, de la novedad y el cambio. Todo es posible en sus calles bendecidas por el anonimato, las riquezas del planeta colman sus puertos, grandes fortunas se ganan y se pierden en los palacios de la riqueza y en la virtualidad del ciberespacio, los placeres se refinan, la lengua se hace infinitamente sutil, las artes y el crimen florecen.

Y sin embargo no nos abandona una permanente nostalgia de nuestra áspera patria primera. María Antonieta jugaba a apacentar rebaños con su corte, las clases medias se dirigen al campo los días de fiesta, llenan los merenderos en los días de sol. Antes, cuando aún era posible escapar, los que rompían con sus ataduras se echaban al monte, se emboscaban.

El bosque, los solitarios caminos del monte, el lugar del mal encuentro, donde las fieras y el rayo pueden aniquilarnos, donde nada comparece en nuestra ayuda, librados a nuestros pobres recursos en el gran silencio de una creación que nos ignora. Allí acudimos buscando la cura de los males del siglo, nos impregnamos de los olores y los sonidos admirables de un mundo sin la huella del hombre, nos anonadamos en el sentido literal de la palabra, conscientes de nuestra insignificancia y nuestra finitud. Bajo el lento paso de las nubes olvidamos lo profano de nuestras vidas y nos sumergimos por un instante en un tiempo divinizado Hay en ese sobrecogimiento una conciencia del poder impersonal de la naturaleza, de su indiferencia respecto a nuestro destino. Vivimos una época en que lo natural aparece como una religión, donde lo humano es visto como una intrusión parasitaria. Los grandes totalitarismos exaltaban la vida primordial al aire libre. Nos conviene entender también el poder de la naturaleza para aniquilarnos. En contra de lo que habitualmente se dice, nada más natural que una pandemia. La naturaleza, con el abandono de un niño que juega, ensaya nuevas posibilidades con nosotros.

William Louis Sonntag (1822-1900), Morning in the Blue Ridge Mountains.

Nadadora

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Mi madre murió ayer, día de Todos los Santos, por tercera vez. La primera vez coincidió con el fin de mi primera juventud. El paso a la madurez fue ese momento en que mamá ―los soldados heridos, las personas en trance de muerte a veces invocan a sus madres con ese tierno apelativo del niño―, quien te hizo a ti de su propia carne, la primera voz que escuchaste, los labios que besaban tu frente en el miedo y en la fiebre, se transforma en una señora con afición a la laca, a los cardados y al tabaco rubio fino, alguien más complicado de lo que imaginabas. Uno empieza entonces a rechazar su retahíla de agravios, su obsesión por borrar el recuerdo de su pasado, sus pequeñas vanidades, su sujeción a las convenciones. Tu madre deja de ser tu madre y pasa a ser un mero significante edípico que los psicoanalistas te instan a matar simbólicamente.

De su segunda muerte se encargó el alzhéimer. Durante años asistimos a la demolición de su mente, al despedazamiento del lenguaje y del sentido. Su memoria, su mismo aspecto se desintegraron. La mujer que quería ser como Deborah Kerr acaba usando pañales y profiriendo sonidos inarticulados.

Demasiado tarde el coronavirus, ese irrisorio ovillo de ADN fruto de una azarosa mutación en el Celeste Imperio, que tantas cosas ha destruido en nuestras vidas, ha quebrantado su inmensa fortaleza y ha puesto punto final a una agonía impía de años. Por fin María Josefa, mi madre, ha sido liberada de su carga. El alzhéimer es doblemente cruel, no solo acabó con sus recuerdos, también con los míos. Qué esfuerzos tengo que hacer ahora para recordar su humor, las canciones que nos cantaba a mi hermano Alberto y a mí cuando se sentía feliz, su brillo, su alegría y su dulzura. Casi recuerdo más vívidamente lo que de ella no conocí, lo que me llegó de oídas. Cómo durante la guerra, siendo una niña con trenzas iba cada día a llevarle la comida en una canasta a mi abuelo, encarcelado por rojo; cómo los soldados jóvenes la conocían y la saludaban con cariño al dejarla pasar ―mis padres, ambos del bando perdedor, nunca me enseñaron a odiar a los otros, algo que jamás les agradeceré lo suficiente―, cómo los hombres presos le pedían que se fuera cuando devolvían a la celda a un compañero a quien acababan de dar una paliza, porque hay cosas que los niños no deben ver.

Pero de todas esas imágenes me quedo con una. Mi madre nadaba muy bien, se jactaba de ello. En su pueblo de Asturias había dos playas: una extendía su inmensidad en la desembocadura de un río, abundante en arena y suntuosas villas de indianos; la otra, La Atalaya, era su favorita. Pedregosa, bravía, angosta, los grandes peñascos negros, deformados por el oleaje y el viento, fueron testigos de las proezas de su juventud. Yo conocí esa playa, ella me enseñó a caminar por las pozas al bajar la marea, entre fucos, anémonas, erizos y estrellas de mar. Allí se lanzaba años atrás desde una roca y se zambullía en la espuma con sus amigas, cuyos nombres siempre en diminutivo se me antojaban fabulosamente norteños. Y ahí quiero dejarla, quiero que se aleje de los farallones y pueda nadar hacia alta mar, «like the dolphins, like dolphins can swim», dando grandes brazadas, escuchando la despedida de las gaviotas rodeada de azul, bendecida por el sol, descalza, inocente, sin saber nada de su futuro en una ciudad del sur, sin saber nada ni siquiera de este hombre desencantado que alguna vez fue su pequeño y que escribe estas líneas y que, ahora sí, por fin, puede consentirse las lágrimas.

Una hora

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Existe un rechazo, medio anarca medio reaccionario, al cambio de hora invernal. La odiada burocracia europea introduce sus dedos de mercader en la sagrada urdimbre del tiempo, en la cadencia de amaneceres y crepúsculos, en los hábitos del cuerpo y del sueño, que es que no respetan nada, hombre. No quiero ni imaginar los berrinches predigitales que agitarían la mente europea cuando en 1582 la bula papal Inter gravissimas impuso el calendario gregoriano, robándonos en el proceso once días como once soles.

Confieso que todavía siento una alegría pueril cuando cada otoño el reloj se atrasa una hora. A las tres de la madrugada de repente se hacen las dos, hay una magia bondadosa en ello, aunque sepamos que no deja de ser un engaño, como esas mentiras piadosas que fácilmente calman la pena y el miedo de los niños. Días y horas, meses y años, a pesar de su bella correspondencia con los movimientos de los astros, carecen de entidad real, meras balizas con las que intentamos escandir el flujo inevitable del único tiempo real: el hilo indivisible, incesante, que separa nuestra entrada en el mundo del momento de la despedida final.

Solo una hora y uno la celebra con una alegría de tacaño, ¡es tan poco! Pero qué sensación de lujo, de tiempo regalado, de propinilla en la que se nos concede un módico exceso de la sustancia más valiosa, la sustancia de la que estamos hechos. Antaño, el instante me sorprendía aturdido en los bares y ahora me suele pillar sumergido en las aventuras no menos atolondradas del sueño. Y es una pena, porque en una hora se pueden hacer muchas cosas: puedes cortarte el pelo, escribir una columna, como los articulistas de raza, puedes operar una apendicitis, componer una canción, engendrar un hijo, firmar una ejemplarizante cantidad de sentencias de muerte como hacía cierto generalísimo de voz aflautada, cocinar una salsa boloñesa, seducir a una desconocida, derribar un gobierno, arreglar un grifo que gotea, escuchar de pe a pa el Dido y Eneas de Purcell, escribir una denuncia anónima. No menos de una hora empleó la marina real británica para derrocar en 1896 al sultán de Zanzíbar, poco más necesita el veneno de la serpiente para acabar con nosotros, en poco menos todos hemos desencadenado las rupturas más dolorosas. En los momentos de dolor, de celos, de espera, en la dichosa compañía del amante las dimensiones de la hora se expanden más allá de lo imaginable.

En una hora puedes decidir tu fortuna o cometer el acto del que te arrepentirás toda tu vida. Irreversible, única, preciosa. Despilfárrala si quieres, como un pródigo, pero no olvides que nunca te será devuelta.

Horologium mirabile Lundense, reloj astronómico de la catedral de Lund