En voz baja

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No hay condición semejante a la de los amantes entre las sábanas. No me refiero al “vertiginoso acto del coito” en el que, en palabras de Borges, “todos los hombres son el mismo hombre”, tan misterioso, tan trivial, ni a la post coitum tristitia tras ese breve estremecimiento que tanto apreciamos (qué extraña delicadeza la del termino coloquial “correrse”) y en cuya naturaleza afín a la ola y al relámpago está el mismo origen de todos nosotros, nuestro big bang. No, hoy quiero recordar precisamente lo que ocurre cuando la fiesta ha terminado, algo que es específicamente humano.

Muchas horas de nuestra vida han transcurrido en esa tierra de nadie, pequeña embarcación a salvo del tiempo y sus terrores. Horas de deliciosa pereza y abandono, depuesta toda distancia en esa desnudez que somos. Los rostros desprenden una hermosura desusada, nada esperamos ya, nada pedimos que no sea ese instante suspendido.

Hay una recuperada franqueza en los gestos del cuerpo. Acostarte con alguien amplia desde luego el umbral de lo convencionalmente aceptable entre dos personas. Se habla sin prisa, se hace reír, a veces se traen provisiones, una figura desnuda y aterida salta con gracia de regreso a la cama tras una excursión al baño. Se besa distraídamente un hombro o se apoya la cabeza sobre el pecho o el vientre. Los dedos rozan la curva de una cadera o un tobillo, sentimos el pulso tibio de la sangre del otro bajo la palma de nuestra mano que se demora mientras escuchamos algún recuerdo infantil. La voz adquiere una delicadeza, una cualidad de ronroneo. Cuántos secretos contados, cuántas obscenas, encantadoras ternuras, cuántas promesas que no cumplimos. Fuera, tan lejos, los sonidos de la calle, el chirriar de tendederos, lavadoras y televisiones, balonazos en una pared, la lluvia golpeando en el alfeizar, ajenos a nosotros mientras la luz del día traza su curso en el techo y las paredes.

Y es incluso tan bello ese momento un poco triste del volver a vestirse para ingresar de nuevo en los exigentes mecanismos del tiempo.

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Es lo que hay

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Uno a veces piensa que no tiene nada interesante que contar. Algunos escritores tuvieron infancias legendarias en países lejanos, creciendo entre el sonido de diferentes lenguas, arenas blancas y pájaros extravagantes sobre el ramaje oscuro. Otros trabajaron en embajadas, hospitales o comisarías o fueron testigos privilegiados de grandes acontecimientos. Yo no he vivido los horrores ni las grandes exaltaciones de la guerra, no conozco de primera mano los lugares donde crece el poder, ni los hábitos privados de las élites, no me he codeado con las grandes mentes del siglo. En su momento viví algo despegado de los rituales de diversión o compromiso que crean la ilusión de formar parte de una generación, nunca me he sentido vinculado a nada. No soy un viajero infatigable, no he leído ni mucho menos todos los libros, mis lagunas son abrumadoras. Demonios, ni siquiera fui precozmente iniciado en el amor por una prima tenista durante un plácido verano en la Costa Brava.

El éxito me ha ignorado tenazmente y me he cerciorado de que así sea regresando por un impulso inexplicable a una modesta bohemia sin hijos en una ciudad de provincias a la que sé que nunca perteneceré del todo. Narcisista y enmadrado, demasiado pendiente de mí mismo, jamás me he volcado en causa alguna. He llevado la vida de un pequeño burgués desordenado e indolente, cuyo fuerte no han sido ni el coraje ni la perseverancia ni la sobriedad. Un no escritor que se arrepiente tardíamente y mantiene a duras penas una producción raquítica que conoce usted, queridísimo lector, y cuatro gatos. ¿A dónde voy yo con eso?

Para no profesar de nuevo el silencio necesito agarrarme ingenuamente a unas pocas certezas, incluso si se trata de falsas certezas. Quiero creer que tú y yo somos muy parecidos, que por muy únicos que nos pensemos nuestros deseos, nuestras mezquindades y nuestros fracasos, nuestras glorias privadas y nuestros estrepitosos ridículos son de algún modo compartibles. Quiero creer que por estrafalario, parcial y hasta fallido que sea mi punto de vista, puede arrojar cierta luz sobre la experiencia de lo humano.

Creer en definitiva que hay perplejidades, melancolías y asombros que pueden rescatarse del olvido, que no hay nada que no pueda ser expresado y que es digna ocupación afinar constantemente tus recursos para conseguirlo. Porque cada imagen afortunada, cada combinación de palabras que resuena en la experiencia común de los lectores es un triunfo del sentido contra el caos y la muerte.

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Once de septiembre

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No ya la historia, el mismo presente no anda escaso de matanzas y espantos, pero los atentados del 11 de septiembre del año 2001 tuvieron una potencia simbólica aterradora. Cuando Karlheinz Stockhausen, el músico iconoclasta, dijo que constituían la más grande obra de arte jamás llevada a cabo todo el mundo se le echó encima. Pero tenía razón. La caligrafía de ese horror, hipertecnificado y bíblico, la manera en que fue concebido y ejecutado, la imagen de las dos colosales torres desplomándose, su prolijo barroquismo tan alejado de la monstruosa simplicidad industrial del hongo nuclear. Una forma nueva del mal había hablado con claridad y abría las puertas de una nueva época.

Mi recuerdo de aquel día de fuego y acero es, sin embargo, luminoso. Yo entonces vivía en un pueblo de Málaga. No era una casa especialmente bonita pero había un huerto con naranjas y limones luneros y allí fui muy feliz. Los hechos me sorprendieron en Madrid, a donde viajaba con frecuencia por aquel entonces para trabajar en una serie trivial. La noche anterior, en la habitación del hotel, tuve un absurdo ataque de hipocondría del que ella, al otro lado del teléfono, me sacó diciendo las palabras que eran precisas. Al día siguiente, terminada la última reunión antes de mi regreso, me dirigía en taxi a comer a casa de un amigo. Recibí una llamada de mi madre, estaba tan asustada que no se podía explicar bien. Yo pensaba que una pequeña avioneta se había estrellado contra el edificio, no entendía el terror en su voz y casi me lo tomé a broma. La radio del taxi empezó a arrojar más datos y solo entonces vislumbré la magnitud de los hechos. Todos recordamos como la catástrofe se retransmitió en directo sin que nadie supiera qué estaba pasando. Todos asistimos con una sensación alucinatoria al desplome de la primera torre, el desplome de la segunda, que ocurría ante nuestros ojos con la plácida exaltación de las pesadillas. Mi temor en aquel momento era que esa noche cancelaran todos los vuelos, tener que quedarme en Madrid en una noche llena de malos presagios.

Pude tomar finalmente mi avión. Había una atmósfera especial a bordo, donde durante una hora estaríamos privados de noticias, sobrevolando a oscuras un mundo que podría haber cambiado para siempre cuando aterrizáramos, que de hecho estaba ya cambiando. Todo el pasaje guardaba silencio, entregado a sus pensamientos y a sus temores, pensando seguramente en los viajeros que horas antes fueron instrumentos de un horror inimaginable y entonces sin rostro. Recuerdo cómo en un instante sentí que no importaba lo que pudiera ocurrir, porque había un lugar al final de aquel viaje, una casa no especialmente bonita, pero en la que había naranjas y limones y ella me esperaba, una ventana encendida que bastaba para iluminar el cielo helado sin luna que nos rodeaba a miles de metros de altura. Me sentí a salvo y en paz, nunca me pareció la noche más amable.

Han pasado quince años de aquello, todo ha cambiado. No me siento en paz ni a salvo, no sé si soy mejor que aquel que era, pero hoy puedo recordar con gratitud la extraña, íntima felicidad de aquellas horas.

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Formas de una pesadilla

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¿Os habéis fijado en cómo suelen echar los camareros a los borrachos de los bares? Los agarran por detrás del cuello de la camisa y de la cintura del pantalón y los empujan a toda velocidad hacia la puerta. Desestabilizado, incapaz de responder, como un gato al que agarras del pescuezo, el desdichado bracea en el aire para no perder el equilibrio, hasta que aterriza trastabillando en la calle. Es una estrepitosa, garrafal muestra de que se está tocando fondo. Alguien al que tal cosa le ocurre debería reconsiderar seriamente lo que está haciendo con su vida, regresar en el acto a casa y convertirse a una fe cualquiera o al menos entregarse desaforadamente a una causa. No hará tal cosa, el expulsado intentará regresar al local una y otra vez hasta que le caerá una hostia y acabará bajo el cielo inclemente, con las narices sangrando, la camisa rota y la certeza de grandes jaquecas y remordimientos al día siguiente. ¿Qué le mueve entonces a intentar una entrada de nuevo? Más fuerte que el orgullo y el deliri­o de la sed, el miedo a quedarse fuera, temblando en las calles vacantes, donde en cualquier momento -ay de él-  puede sorprenderle el amanecer.

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Siete años tardó Beethoven en cumplir con el encargo de una nueva sinfonía hecho por la Philharmonic Society of London. Tras no pocas dudas recuperó la vieja idea de poner música al poema “An die Freude”, que Schiller escribiera en 1785, y en un gesto insensato –que ahora nos parece hasta inevitable- decide coronar su novena sinfonía con un último movimiento coral, responsable de la fama universal de la obra[1].

Veintidos años después, Bakunin y Richard Wagner entablan amistad en Dresde, donde la participación activa de Wagner en la revolución de Mayo de 1849 pondría punto final a su ventajosa posición de Kapellmeister en la corte, lanzándole de nuevo a una vida de dandy viajero y sablista, en fuga permanente de sus acreedores. El padre del anarquismo asistió a uno de los ensayos de dicha sinfonía que el hipster Wagner dirigía y cuentan que exclamó entusiasmado: “Todo, todo se hundirá, nada más subsistirá; tampoco la música ni las demás artes… Sólo esto no se hundirá jamás y subsistirá eternamente”. La desalmada, aterradora frivolidad de los visionarios.

Desde entonces su condición de misa laica se ha hipertrofiado hasta lo indecible. Símbolo de fraternidad y de una cierta idea humanista de occidente, incluso ha sido elegida como himno oficial de la Unión Europea, irremediablemente trivializada. Por eso llama la atención encontrar en ella unos versos de extraña dureza.

Quien logró el golpe de suerte de ser el amigo de un amigo. Quien ha conquistado una noble mujer, ¡que una su júbilo al nuestro!

¡Sí!, que venga aquel que en la Tierra pueda llamar suya siquiera un alma. Y quien no pueda hacerlo, aléjese llorando de esta hermandad.

Hay una crueldad del todo innecesaria, que me trae a la mente unas desconcertantes palabras de Cristo, de cierto sabor gnóstico: “Porque a todo el que tiene, más se le dará, y tendrá en abundancia; pero al que no tiene, aun lo que tiene se le quitará” (Mateo 25:29), Un decreto de expulsión en la gran celebración de la felicidad humana. El éxtasis dionisiaco no tiene lugar sin damnificados.

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En los sueños nos quedamos súbitamente solos o se nos cierran las puertas del lugar donde todos han encontrado refugio. Al final de “Centauros del Desierto”, cuando todo retorna al mismo principio y el orden queda restaurado, Ethan Edwards será excluido. Estoicamente se lleva una mano al brazo y se da media vuelta antes de que la puerta se cierre, condenado a vagar para siempre en una tierra baldía. El Pedro Picapiedra de nuestra niñez cumplía una y otra vez un extraño destino. Expulsado de su propia casa,  aporreaba la puerta, gritando aterrorizado el nombre de su mujer, implorando que no le dejaran solo en la calle, porque es de noche. En “2001:Una Odisea del Espacio”, Dave Bowman, en las vastas desolaciones más allá del cinturón de asteroides, suplica a un ordenador enloquecido que le franquee el paso al precario amparo de la nave Discovery, solo como jamás personaje alguno real o de ficción lo haya estado. Un infortunado campesino en “Ante la Ley”, de Frank Kafka, muere en el umbral mientras el centinela le dice al oído con voz atronadora: “Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para ti. Ahora voy a cerrarla”. En los viejos relatos de horror los fantasmas golpean las ventanas, abren las puertas, intentan desesperadamente entrar, regresar al lugar de su pasada alegría o desdicha.

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Alguna vez nosotros seremos también expulsados de las grandes fiestas del sol y los sarmientos, quedarán fuera de nuestro alcance las últimas cerezas del verano, la alegría temblorosa de los perros, la mirada del rostro amado en la oscuridad,  las canciones sentimentales y el olor del galán de noche, los fuegos y las borracheras, los pies descalzos de las mujeres, el vértigo de la velocidad, el calor del lecho, las aventuras del sueño, las dulces imposturas del recuerdo.

“De acuerdo, pero bajo protesta”, decía impávido Jöns, el leal escudero de Antonius Block, cuando llega su hora en “El Séptimo Sello”.

[1] Glenn Gould, gran provocador, gustaba de desconcertar a algún entrevistador sosteniendo que el Op.126 (las breves y por lo demás fascinantes Bagatelas) era muy superior al Op.125 (la Novena Sinfonía).

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Un impostor

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La prensa –es su condición- abunda en hechos atroces. A veces la concentración de espanto es tal que pueden pasar desapercibidos tremendos, valiosísimos dramas en sordina.

En este caso la noticia se limitaba a informar acerca de la denuncia contra un poeta de provincias, ganador de varios premios literarios, que se habría entregado al plagio durante años, utilizando liberalmente versos robados de aquí y de allá. Parece que le han pillado y se le va a caer el pelo. Nada conozco del hombre, de su vida o de su obra. Podría ser inocente, igual es de los que plantan cara, igual todo es un episodio de una guerra ruin entre camarillas poéticas. Pero imaginemos por un instante que los hechos son tal y como se nos han relatado.

Tenemos un premiado poeta local, que ha alcanzado una modesta forma de gloria. Alguien que se desenvuelve como pez en el agua en el circuito de presentaciones de libros y recitales poéticos. Viaja con cierta frecuencia, manteniendo el contacto con autores de otras ciudades, en esa conmovedora, ecuménica amistad de resistentes que los poetas practican. Apoya causas con su firma y el don de sus palabras.

Todavía hoy los poetas tienen un aura, una condición vagamente sapiencial, de oráculo. Hasta el menor de ellos ha dado con un verso que le justifica, que puede llegar a ser una epifanía para algún adolescente, revelándole eso que aún no sabe nombrar ni explicar o –para lectores por los que una vida ha pasado- la constatación de una perplejidad o una melancolía.

Nuestro poeta ha conseguido, sí, una voz y un nombre, quién sabe si en los bares no se habrá valido alguna vez de ellos en la búsqueda del amor casual. No juzguemos las pequeñas vanidades, pueden llenar una vida.

De repente el desenmascaramiento y la brusca caída en la insignificancia. No se trata tanto de una reprobación moral como de la evidencia de un ridículo. Sus versos hablarían sobre las claridades solares y la maduración de los frutos, sobre la sangre bajo la piel, las nubes, las olas, el olor caliente de los sembrados, la risa de la carne, las hogueras tristes del deseo, nombrarían lo innombrable, lo que aún no ha podido ocurrir, aquello que falta y no sabemos qué es, rozarían la naturaleza misma del tiempo y del misterio, pero lo habrían hecho con una voz que no le pertenecía. Nada valen y nada queda detrás.

El aviador que ha participado en bombardeos puede agarrarse a la idea de la obediencia debida para no perder la cordura. Él no puede agarrarse a nada, lo hizo por ganar premios y porque se supo sin el talento suficiente. Puede que se engañe pensando que su personal alquimia de versos ajenos era en sí interesante. Cuéntale eso a tus colegas poetas, que se lo pasarán en grande durante años despedazándote a pie de barra. Cuéntale eso a tus hijos cuyos compañeros no habrán perdido semejante oportunidad de humillar a un congénere, calma con palabras su vergüenza, esa fiebre lenta.

Nada volverá a ser igual. Dejarán de llamarlo para lecturas y presentaciones. ¿Qué les dirá a sus amigos, sobre los que ejercía alguna forma de magisterio?, ¿qué les dirá a sus alumnos, sus compañeros de trabajo, a los libreros de las librerías que frecuentaba?, ¿qué sentirá su mujer cuando por las noches la abrace con su cuerpo frío y desacreditado, para siempre desnudo, expuesto, trivial?, ¿con qué palabras podría de nuevo encender su corazón?

Pasará el tiempo y todo se habrá olvidado. Lo imagino en una tarde desapacible, atravesando una plaza pública de su pequeña ciudad, donde el viento menea unos irrisorios arbolillos y la llovizna empieza a empapar sus ropas a la hora en que los escaparates se encienden. Esas viejas, queridas calles donde alguna vez se soñó inmortal. Sobre esas tristezas dominicales de farolas y aceras mojadas tenía algunos versos, ya no recuerda si eran suyos o no. Se detiene un instante, la lluvia fría sobre su frente. No sabe exactamente a dónde quiere ir, un olor a lana mojada sobre los hombros, un sabor indeleble a café con leche en su boca de mentiroso.

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La Reina Mab

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Cada semana repetía el mismo ritual. Pulsaba el portero de un portal común en una barriada residencial de los extrarradios. Subía las seis plantas en un ascensor con un espejo ahumado, en compañía de mi reflejo fantasmal. Llamaba a la puerta y me abría su marido o una chica que atendía la casa. Ya conocía el camino, sorteaba los recovecos de un piso grande, luminoso, ordenadísimo. Muebles, objetos decorativos de diversas partes del mundo, estantes con libros, cuadros de amigos artistas, hablaban quedamente de una burguesía culta, hedonista. Ella me recibía en su dormitorio, sentada en la cama a causa de una lesión de cadera. Un mantón de color rosa sobre los hombros, un pelo crespo, indomable, gafas alarmantemente grandes y una voz de vieja actriz cómica le daban un aire de personaje extravagante de Dickens. O de Disney, iba en días. Yo me sentaba enfrente, en un sillón de orejas con un estampado floral y le contaba mis sueños.

Sé que la interpretación de los sueños es una rama más de la ficción. Definitivamente desacreditada, se la desdeña como una sofisticada versión, fatalmente contaminada de literatura, del examen de las entrañas de animales sacrificados o del vuelo azaroso de los pájaros. ¿Qué buscaba entonces en la consulta de una junguiana confesa? No sabría responder, lo único cierto es que me lo pasaba en grande y que entonces podía permitirme ese libertinaje puramente mental y algo narcisista. Verán, incluso las personas inclinadas al fácil desahogo de nuestras desdichas tenemos nuestros límites. No es una cuestión de pudor, simplemente no puedes estar constantemente dando el coñazo. Sin embargo uno paga al psicoanalista y esa simple transacción significa que te puedes permitir el lujo de contarlo todo. Todo. Y, en este caso, el todo incluía los sueños.

Y así, ante ella, semana a semana, sacaba a la luz los más íntimos repliegues de mi alma vulnerada o –si se prefiere- iba exhibiendo, magnificadas, baratijas de ese inmenso, caótico basurero del inconsciente. En el aire del cuarto se desplegaban los paisajes oníricos que se han ido repitiendo toda una vida y por donde todavía corre y se esconde el niño asombrado y asustado que yo era. La interpretación no se limitaba al sueño concreto, cada uno de ellos era una pieza de un vasto relato, que registraba mis caídas y mis progresos. Una segunda vida paralela que entre ambos había que descifrar.

 -¿Lo ves? Salvador, tienes que matar a tu madre.

-Bueno, tampoco es para ponerse así.

 ¿Había algo verdadero en aquella parranda de imágenes arquetípicas? No me importaba demasiado, me gustaba lo que tenía de juego detectivesco y como tal lo aceptaba. Incapaces de convivir con la falta de sentido unos se entregan al materialismo histórico, otros a los laboriosos textos de Lacan, las teorías de la conspiración, los fervores del animalismo o los esplendores milenarios de las religiones, cada cual según su índole y condición. Al fin y al cabo, ¿es tan importante la verdad? No podía dejar de pensar en las personas que antes y después de mí hacían lo mismo, sentados donde yo estaba. Imaginaba que al finalizar la jornada alguien abriría las ventanas para ventilar de sueños la estancia.

Nos caíamos bien. A pesar de que todo en ella sugería un agitado pasado gauche divine –nada de la experiencia humana la asustaba- había evolucionado hacia una suerte de vehemente conservadurismo que me divertía mucho. De la biblioteca situada al lado de la cama igual podía surgir un tratado de algún psicólogo californiano reivindicando el poder del falo que un ensayo del papa Ratzinger. Una lesión como la suya implica una vida abundante en dolor y todo tipo de incomodidades. Nunca pude detectar en ella rastro alguno de amargura, ni una queja. Reía mucho, creía en lo que hacía y cuanto me dijo fue razonable y me hizo bien.

La sesión terminaba y yo dejaba el dinero en la mesita de noche, lo que fue al principio motivo de muchas bromas. Volvía a atravesar la casa vacía y en silencio y hacía el camino de vuelta dando un largo paseo por una ruta donde abundaban los árboles. Nunca se encarecerá lo suficiente el cultivo de árboles en las ciudades. Tras el desnudamiento tenía el cerebro maravillosamente en blanco, iba pendiente de los cambios de luz, canturreaba.

Ha pasado tiempo. Mi inconsciente ha dejado de parecerme interesante y no creo que tenga un significado discernible. Pero es que tampoco parece que la vida diurna lo tenga. A veces he vuelto a esa zona, siempre de paso hacia otra parte. No hay comercios, no hay bares, no conozco a nadie que viva allí. Nada llama la atención en un espacio urbano entre la placidez y la desolación. Solo yo levanto siempre la mirada hacia esa ventana del piso sexto, esa cámara de los sueños, suspendida en la altura, cuya sola presencia embellece y singulariza el tedio de la calle anónima.

No sé cómo será su vida ahora. Tiendo a pensar que habrá dejado de pasar consulta. Ya habrán cesado para siempre las voces de las almas a las que había que ayudar, la letanía de desgarros y agravios, la eterna queja de los que no pudimos conseguir lo que deseábamos y a veces ni siquiera fuimos capaces de luchar por ello. También el lamento de los que sí lo consiguieron. A veces me acuerdo de ella y de que le prometí un libro. No me atrevo a llamar.

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La caída del salvaje Oeste

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«I wanna live
with a cinnamon girl
I could be happy
the rest of my life
With a cinnamon girl.

A dreamer of pictures
I run in the night
You see us together,
chasing the moonlight,
My cinnamon girl»

 Neil Young

 En el desierto de Tabernas, allá por los sesenta, empezaron a rodarse westerns italianos o españoles de escaso presupuesto, forzosamente revisionistas, destinados a un público popular sin pretensiones. Frente al casto y enjabonado ethos de los clásicos del género aportaron brutalidad, vileza, sudor y mugre e influyeron no poco en la posterior mirada del mismo Hollywood.

Todo aquello pasó. Hubo, sí, un breve epílogo bufo en forma de comedias de mamporros, pero se acabó por dejar de producir allí, coincidiendo con la misma extinción del western como gran género. Los viejos decorados fueron reconvertidos en parques temáticos donde en la actualidad niños criados en otros imaginarios asisten al despliegue de una mitología que no forma parte de sus sueños. Hace un año y por motivos de trabajo estuve visitando esas instalaciones.

La primera impresión resulta decepcionante. Sucesivos repintados para paliar el abandono acentúan el artificio. Pero, aunque chillón e imperfecto, no deja de ser un espacio simbólico y al rato empieza a hacer su efecto. Uno deambula en un estado de ensoñación –al que la reverberación blanca del sol no es ajena- por La Ciudad Platónica del Oeste, donde cada rincón, cada perspectiva, cada establecimiento están saturados de un catálogo fantasmal de tipos humanos y rituales de violencia. Historias de heroísmo, codicia, orgullos desaforados, conmovedora decencia, caídas, cobardías y redenciones.

Él estaba rodeado de niños que querían ver un caballo de cerca. Mientras acariciaba su montura intentaba despertar el interés de su auditorio. Acababa de participar en uno de esos espectáculos circenses donde cada día se escenifican persecuciones a caballo, duelos, tiroteos, saltos incruentos desde ventanas. Estaba todavía cansado y cubierto de polvo, la melena rizada sobre los hombros de un gabán que caía hasta las espuelas, pañuelo al cuello, sombrero y dos pistolas al cinto. Se sentía cómodo dentro de sus ropas, esa alegría de cuando eres niño y llevas un disfraz chulo, ese goce que tan bien conocen los actores. Se dirigió a nosotros cordial y saludador. No era la untuosa solicitud del pícaro, había en su bonhomía un deje de gratitud tranquila que he visto a veces en hombres que han estado muy perdidos. Al despedirse se ofreció a ayudarnos en lo que hiciera falta. “Yo lo controlo todo aquí”, nos guiñó mientras mostraba su placa de sheriff.

En el porche a la entrada del saloon, unas chicas del pueblo, vestidas de bailarinas, se echaban un cigarrito al sol, comentando los sucesos del pasado fin de semana. En el interior, híbrido entre lugar de perdición y merendero, daba comienzo un pequeño show ante un reducido grupo de chavales. Acompañada por un risueño guitarrista con chaleco y bombín, ella cantaba al banjo viejas canciones del oeste antes de que los especialistas comenzaran a partirse la crisma en una coreográfica pelea de bar. Ataviada con un corpiño y sin que faltara el detalle procaz de un lunar postizo, encarnaba a la mujer pecadora pero con un corazón de oro que en el western tradicional ha de morir para que el protagonista comparta el resto de su vida un lecho sobrio con la maestra del pueblo. La mezcla de una lograda picardía propia del personaje y un inocente encanto dirigido a una audiencia infantil resultaba como mínimo desconcertante. El interés de los niños era moderado, la mayoría esperaba en realidad que llegara el momento de las hostias, los listillos se daban codazos mientras le miraban el escote. Esto lo hacía dos veces al día.

Los volví a ver en el parking, todavía caliente al atardecer. Salían del escenario en el que transcurrían sus días e ingresaban de nuevo en el mundo real, con esa noble, fatigada ligereza de quienes han terminado la jornada. Ella iba cogida de su brazo, el pelo rubio de guiri ahora suelto, menuda pero de huesos fuertes, un vestido estampado con flores flotando sobre sus miembros de un color tostado y unas escuetas sandalias. Una pulsera ceñía uno de sus tobillos.

Él se había despojado de los atributos de su poder, sin el gabán parecía mucho menos corpulento, vulnerable, feliz. Nos despidió de lejos con un gesto. Caminaron contándose algo que los hacía reír hasta una furgoneta con polvo y años encima. En su interior se adivinaba la sillita de un niño. Ella se puso al volante y se lío un cigarro antes de arrancar. Nuestros vehículos salieron juntos de allí. Al rato nuestros caminos se separaron y vi cómo su furgoneta se perdía por la carretera que serpenteaba entre el desierto y un cielo inmenso, desnudo, que pronto se cubriría de estrellas.

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Qué malafollá

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Aviso desde el principio que esta entrada es de un interés puramente local. Aclararé al curioso lector que “malafollá” es la palabra que, aquí en Granada, se utiliza para definir cierta forma de grosería y desabrimiento característica del lugar. Los amantes de las quintaesencias del terruño la consideran algo regocijante, excelente, versión trascendental del wit o del esprit, gracia definitiva del espíritu que ha descendido como un don sobre nuestras frentes meridionales. No hay granadino de pro que no haya incurrido alguna vez en laboriosas, desgastadas, cansadísimas exégesis. Yo mismo no puedo sustraerme a hacerlo aunque, como ya habréis adivinado, no comparto ese entusiasmo generalizado.

No la encuentro divertida, al contrario, me parece una desgracia de la que algún día espero que nos libremos. La arrogante complacencia en un fracaso, una sed de parálisis, un agujero negro que absorbe las energías y los sueños de una sociedad.

El hecho de que en ocasiones se practique con ingenio no quita para que se trate de un hábito despreciable, mezcla de soberbia, aridez del alma, ignorancia, mala fe y sentimiento de clase. La malafollá es algo que siempre se ejerce desde el sentido de pertenencia a un grupo. Mediante ella se marcan distancias, se pone en su sitio al recién llegado, se alecciona al extraño en un catecismo de nihilismo tosco. Se trata de matar toda señal de entusiasmo antes de que nazca, se trata de recordar siempre que (en palabras de Lorca, el no malafollá por excelencia y una de sus víctimas más célebres) «la vida no es noble, ni buena, ni sagrada». ¿Dónde vas, imbécil?, ¿de qué te ríes, de qué te alegras?, ese es el bordoneo miserable que resuena siempre detrás, ¡qué bien la conozco desde la infancia!, ronca liturgia de la mediocridad, misa negra de la impotencia.

Vicio de mala gente, incapacidad para la ternura y la alegría compartida, para la generosidad y la caricia, esclerosis del corazón aprendida tras siglos de madres duras y padres distantes y tristes, achaque moral de viejos prematuros que sólo halla consuelo en la derrota colectiva. Desalmado matonismo de clase media, siempre ejercido contra el débil, el tímido, el ingenuo. Nada bueno cabe esperar de quienes humillan y ridiculizan al ingenuo.

Sí, la malafollá, esa sal.

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Francisco de Goya. “Los Chinchillas”

¿Sería demasiado pedir?

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Tras acontecimientos de cierta magnitud (elecciones, grandes atentados, epidemias o catástrofes, el inicio de una guerra) las redes sociales se transforman en una gran plaza pública donde se puede deambular, ocioso, acercándose a los diferentes corros de ciudadanos vehementes, cada uno con su verdad y su necesidad de convencer. Uno escucha, se enfada, se mete donde no le llaman, gesticula, discute tontamente con algún amigo y se queda con una sensación de tiempo perdido y la sospecha de ser más arrogante de lo que le gustaría considerarse.

En los dos últimos días no parece haber aflojado el clima de confrontación. Unos bailan alrededor del cadáver del enemigo y entre otros, al no haberse ajustado la realidad a sus expectativas, cunde una atmósfera entre el desánimo y la rabia. Ha habido una brillantísima operación política sin precedentes, que ha manejado con maestría los recursos de seducción de la publicidad, creando una emoción colectiva en torno al advenimiento cierto de un nuevo e inconcreto ciclo histórico. Tras ella, una onda expansiva de desconsuelo. La emoción colectiva es tan volátil e inestable como los activos financieros que se evaporan en cuestión de minutos en los parqués de las grandes bolsas.

Así las cosas, me atrevería a pedirnos algo a nosotros mismos, con todo el candor que supone semejante pretensión. Se trataría de que la política dejara de ser el eje obsesivo de nuestras vidas. No hago un elogio de la indiferencia, no hablo de volvernos idiotas, que es como los griegos denominaban a aquellos que se desentendían de los asuntos públicos. Sólo postulo una política entendida como compromiso ciudadano, no como una pasión destructiva o una ingeniería del enfrentamiento y la división.

Combatir con vigor las ideas sin odiar al adversario. Nuestras concepciones sobre cómo arreglar los problemas del mundo son sólo una parte de esa enorme complejidad que somos. No debería -al menos en aquellos que no se han dejado arrastrar por el fanatismo- encasillarnos. No nos reduzcamos, no renunciemos a nuestras contradicciones y a nuestras dudas.

Sí, tengo malas noticias, ese despertar de las conciencias tras el que todos abrazaremos unánimes las simples, indiscutibles verdades que nos traerán un reino de justicia, no va a ocurrir nunca. Siempre habrá conciudadanos que no pensarán como nosotros y tendrán una idea diferente acerca de la felicidad común y cómo conseguirla. Eso no los hace necesariamente malvados ni irracionales. Es compatible tener una ideología que no compartimos con ser una persona que merece la pena. Parece mentira tener que recordar esto.

Hay una vieja palabra que define esta actitud y no ignoro que hay algo ambiguo y condescendiente en su misma etimología. Hablo de la tolerancia, que últimamente y con demasiada frecuencia es vista como sospechosa, una señal de tibieza, equidistancia, cobardía burguesa o arribismo, pero que me atrevo a defender como un valor no menos necesario que el compromiso. La tolerancia no es una mera postura cosmética, es un coraje diario, una disciplina del corazón y el intelecto en la que cuesta perseverar. En los lugares y las épocas en que deja de percibirse como virtud civil, la vida se vuelve insoportable, insoportable de verdad.

Eso por lo que nos toca. A nuestros representantes –y si usted está convencido de su mendaz mediocridad, deje de quejarse y dé un paso al frente, implíquese- cabría pedirles que no consideren esta etapa que ahora se abre como el inicio de una nueva campaña de cuatro años. Que por una vez dejen de pensar en sus electores, que se olviden de nosotros y de nuestros caprichosos, histéricos clamores en las redes, pero que por nosotros sean a la vez capaces de sacrificar sus posibilidades de victoria. Que no se instalen en la erosión permanente de los rivales, en su desprestigio, en el bloqueo de cuantas iniciativas pudieran tomar. De eso hemos tenido demasiado hasta ahora y es una de las causas del peligroso desengaño actual ante la democracia representativa. Hay un aquí y ahora, hay muchas medidas que tomar, reformas inaplazables, actos de estricta justicia y no queda otro remedio que hacer concesiones, abandonar el cálculo mezquino de futuros réditos y hacer una política generosa, una política de calidad. El buen arte de la paciencia y de lo posible. Ya sacaremos nosotros nuestras conclusiones.

Brecha

Juan Genovés. “Brecha” (2012)

Exabrupto

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 Si je désire une eau d’Europe, c’est la flache
Noire et froide où vers le crépuscule embaumé
Un enfant accroupi plein de tristesses, lâche
Un bateau frêle comme un papillon de mai.

Arthur Rimbaud. “Le Bateu Ivre”

Siempre es aventurado hacer predicciones históricas y no soy yo, desde luego, una persona preparada para hacerlas. Anoche asistí a un concierto admirable del Cuarteto Casals, en uno de los patios del viejo Hospital Real. Haydn, Mozart, Granados y Ravel en una exhibición sobrecogedora de una determinada idea de Europa. La noticia de la victoria en referéndum de los partidarios del Brexit me ha despertado esta mañana con la tranquila evidencia de los malos sueños. No hace falta ser catastrofista, la realidad es de una gran plasticidad y no siempre los procesos de calentamiento colectivo (y no me cabe la menor duda de que vivimos uno de esos procesos) llevan necesariamente a la liberación de energías caóticas, de ese lado oscuro de la historia cuya desaparición definitiva nunca podemos dar por supuesta.

Se trata, sin más, de una mala noticia. No es una victoria del peculiar pragmatismo británico que mantiene el volante a la derecha o no abraza el sistema métrico decimal, al revés, es una victoria de las pulsiones tribales, una victoria del nacionalismo, esa visión política basada en la existencia de identidades colectivas (concepto inquietante, en sí) y su incompatibilidad, cosa que en nuestra disfuncional España es considerada una actitud sanamente progresista.

La idea de Europa podrá ser puro kitsch y un abuso del cuarto movimiento del opus 135 de Beethoven, podrá haber sido gestionada con mezquindad ante conflictos muy recientes (de la última guerra de los Balcanes al drama de los refugiados), podrá suponer el mantenimiento una costosa, banal e ineficiente estructura burocrática, podrá haber impuesto condiciones económicas de singular dureza contra quienes más indefensos estaban (aunque nadie se acuerda de cómo los fondos europeos regaron nuestro sueño de desarrollo, nuestros logros sociales y nuestros absurdos despilfarros), pero suponía una especie de conjuro contra las fuerzas destructivas que durante siglos nos han sacudido. Europa es una vaca pastando sobre un fondo de hermosas reliquias y un cartero en bicicleta silbando a Schubert, pero también un permanente campo de batalla. Nuestros fértiles campos de labor están abonados desde hace siglos con huesos humanos.

A estas alturas suele aflorar el concepto de la “Europa de los mercaderes” y yo creo que no hay nada malo en los mercaderes siempre y cuando la ley defina con claridad los abusos. La lenta salida de la Edad Media profunda fue fruto tanto de hombres de letras encerrados en monasterios como de personajes que reconstruyeron la civilización y restablecieron las comunicaciones entre los pueblos por afán de lucro. Europa –en su grandeza y en sus grandes derramamientos de sangre- fue también un logro de mercaderes.

Estoy de mal humor y me voy a permitir ser gratuito y hasta injusto, pero no puedo dejar de recordar que durante un buen tiempo algunos indignados despistados colgaban con entusiasmo en las redes sociales intervenciones parlamentarias de un personaje como Nigel Farage, como ejemplo de ese “al pan, pan y al vino, vino” tan del gusto de aquellos convencidos de lo fácil que es solucionar los problemas del mundo. Hasta no hace tanto el partido que será el gran triunfador de las próximas elecciones contemplaba la salida de la zona euro como la solución a nuestra debacle económica. Lo que piensa en el momento presente no parece claro del todo. Uno espera que el principio de realidad se acabe imponiendo.

No siempre que la gente decide subirse a las tablas, en frase de un lírico spot electoral, se produce el advenimiento de un mundo mejor. La emoción y la sonrisa no son una garantía contra el error. En este caso la gente ha hablado y, la verdad, disculpadme, no me entran muchas ganas de sonreír.

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