Contra Perpiñá

Etiquetas

,

Con trece años el niño Salvador Perpiñá quedó clasificado en el tercer puesto provincial del concurso de redacción que patrocinaba Coca-Cola. La organización lo recompensó con una comida ruin (todavía conserva restos estropajosos de aquel filete entre los dientes) y una cámara de fotos de ínfima calidad, además de un dinerillo con el que se compró el “White Album” de los Beatles, que le hizo muy feliz. A partir de ahí todo ha sido caída.

Porque en el caso de que aún no se hayan dado cuenta yo se lo voy a decir: Perpiña es una estafa. Artística y moral.

Perpiñá escribe bonito, es un hecho, pero eso no es algo necesariamente bueno. Fiado a su facilidad, ha desarrollado una especie de automatismo que no le falla. Perpiñá tiene truco. ¿No es triste que alguien sin apenas obra ya se imite a sí mismo?

Abusa, contumaz, del adverbio, cree deslumbrar con adjetivos. Una lectura atenta revela un empleo reiterado de ciertas palabras; las usó alguna vez, le gustaron y confía en la capacidad de olvido del lector. Ni siquiera es original, a poco que se rasque se le ven los modelos. Un poco de la distancia olímpica de Ernst Jünger, el gusto por la enumeración de Saint-John Perse, la sintaxis afrancesada de Cioran y la sospecha de que todavía no ha conseguido desprenderse de una juvenil influencia de Borges. Siempre procede igual: un arranque vago, cauteloso, un repaso a todos los ángulos del tema elegido para al final despeñarse en una efusión hiperbólica destinada a desatar, al precio que sea, las emociones del lector. Hay quien tiene un estilo, Perpiñá tiene tics.

Resulta desalentador recorrer el escuálido catálogo de sus obsesiones. Echa de menos su infancia, con la que construye una leyenda fraudulenta; sublima la vulgaridad y el aburrimiento de aquellos días derramando sobre ellos las bendiciones narcóticas de la nostalgia. Se aferra al pasado. No tiene el valor de abrazar la desesperación, la pura negatividad, y así prorrumpe en enfáticas declaraciones de fe en la vida y en los hombres que no se cree ni él y que no desentonarían en un libro de autoayuda.

Ha llegado tarde a todo, ha ido aplazando las grandes decisiones, no ha tenido hijos a los que abrazar, no ha madurado. Perpiñá tiene miedo a morirse y miedo a la infinitud, anhela la novedad y como pequeño burgués siente la inefable poesía de lo que nunca cambia. Nos miente con sus entusiasmos, nos cansa con sus rendiciones.

Inmune al pudor y a la lógica, bienquedas equidistante hasta la vergüenza ajena, ni siquiera tiene el coraje de declararse reaccionario. A veces tiene un ataque de furor y dice lo que piensa, pero se arrepiente y teme el severo ceño fruncido de los demás, pues necesita la aprobación ajena. Piensa que aún es de izquierdas porque defiende la libertad de costumbres -mera autoindulgencia de un hombre sin voluntad, de débil fibra moral- y profesa una inconcreta fe socialdemócrata, pero le tranquiliza que todo siga igual.

Ya no nos engaña, Perpiñá, con su mercancía averiada y la purpurina de su prosa. Puede que lo haya conseguido durante algunos años en las páginas de un blog irrelevante, pero pronto empezará a cansar a los pocos lectores que aún consumen sus camelos. ¿Hasta cuándo seguiremos tolerando su exhibicionismo sentimental, su pereza, su inmensa vanidad?

Nosotros ya le hemos avisado, haga ahora lo que tenga que hacer.

tomataso2 (3)

Anuncios

Metafísica del camino

Etiquetas

, ,

El juego de la oca refleja los lances y peligros que acechan al viajero o al peregrino. Puentes, posadas, pozos y laberintos donde podía ocurrir el mal encuentro y la desgracia. La muerte acecha en una de las últimas casillas, el antiguo pasatiempo nos muestra la vida como itinerario.

Desde que el adolescente Jean Jacques Rousseau recorriera a pie los campos de Europa, la idea del sendero como imagen de la existencia atraviesa todo el Romanticismo. La respiración de los tiempos lentos de Schubert es la de alguien que anda. Hasta Stendhal, enemigo de las efusiones románticas, define la novela como un espejo a lo largo del camino.

Socorrida imagen del destino, los finales de las películas de Chaplin y las fotos de los manuales de religión postconciliares nos mostraban la imagen ambulante de alguien enfrentado a las sorpresas e incertidumbres del porvenir.

En mis primeros recuerdos, imprecisos, suntuosos, mi hermano y yo caminamos cogidos de la mano de mi madre por los senderos de la vega de Granada. Para unos niños tan pequeños aquel era un vasto y misterioso mundo de surcos y acequias, que olía a estiércol, a nueces y a fruta caída entre las hojas fermentadas. Aromas resinosos y mugidos de vacas en los establos, todo sumergido en la luz dorada de la tarde. A veces el espanto de una carroña de perro en la cuneta. Para los tres era el camino del Eco: en algún punto que solo mi madre conocía gritábamos y disfrutábamos del asombro sencillo de que el viento nos devolviera la voz. Ella era joven entonces, qué alegría la suya en aquella íntima soledad no compartida con nadie, por los caminos de una tierra tan distinta a la suya, con aquellos hijos venidos cuando ya parecía imposible. Nuestra niñez ignoraba qué había más allá, todo era entonces ilimitado. Ya lo sabemos demasiado bien. El paso del tiempo -que arruinaría la razón de mi madre- operó el desencantamiento de aquel territorio mítico, abundante ahora en rotondas, marisquerías y burdeles. Los caminos han sido despojados de su enigma y el mismo futuro de su novedad y su extensión. La tiranía sin esperanza de lo acostumbrado.

¿Dónde iban los viejos caminos de la niñez a los que a veces regresamos en sueños? Y que no podamos volver a recorrerlos, que no nos conduzcan a un lugar humilde, secreto y santo; aliados del sol y los pájaros, entre norias y moreras, muros de piedra y líquenes, en compañía de aquellos a los que quisimos, en una mañana que no conocería final.

bttramp13

El dulce amor de las muchachas

Etiquetas

, ,

Hay personas cuyos años de adolescencia serían los mejores de su vida, su momento de gloria. Todo lo que vino después, caída y pérdida. Pero en general la adolescencia es una época dantesca donde nos hacen mucho daño y nosotros mismos hacemos daño a quienes nos quieren, con una sorda, inconsciente ferocidad. También la época de los grandes, inolvidables ridículos que te hacen un carácter. Hoy me apetece contar un episodio vergonzoso de aquel tiempo. ¿Por qué no?, al fin y al cabo ya nos vamos conociendo.

Durante la Transición, en los tiempos previos a la popularización del video doméstico, determinados cines ofrecían las llamadas películas “S”, etiqueta que abarcaba desde flagrante softcore hasta películas con más o menos pretensiones, desde Tinto Brass hasta Nagisa Oshima o Alain Robbe-Grillet, daba igual. El culo, la teta, eran el elemento unificador. Bien, yo tenía dieciséis años, era de una ingenuidad conmovedora y tenía una ridícula idea prerrafaelita del amor, moldeada por sensibleras baladas de rock progresivo escuchadas con auriculares. Era una tarde vasta y desapacible de sábado, de calles vacías y nubes bajoneras; una tarde donde la alegría parecía haber abdicado y yo estaba solo en casa y no tenía planes, compadeciéndome por no tener ni novia ni planes. Harto de escuchar por enésima vez “Thick as a Brick”, las paredes se me caían encima. Eché un vistazo a la cartelera y mis ojos se posaron en un sugestivo “película clasificada S” bajo un título: “Blue Movie”. Yo podría ser un ingenuo, pero también era un enteradillo y en alguna parte había leído que una película de Andy Warhol del mismo nombre incluía escenas de sexo explícito. Caramba, tenía dieciséis años y me pareció un buen plan. Triste, sí, pero gratificante. ¡Y con coartada cultural!

Me arreglé y eché a andar hasta el cine en cuestión. Procuré llegar tarde para ahorrarme la sordidez de una espera compartida en el hall. Eché un vistazo al cartel, disimulando porque temía que alguien pudiera reconocerme. En efecto, se llamaba “Blue Movie”, pero no la había dirigido Andy Warhol sino un tal Alberto Cavallone. Jamás olvidaré ese nombre. No ardiera. Dudé un instante, pero yo había atravesado media ciudad caminando bajo la lluvia para ver mujeres desnudas y me daba igual si me las ofrecía Andy Warhol o -casi mejor, si a eso vamos- un desvergonzado hedonista italiano.

Creí detectar en la mirada de la mujer que me vendió la entrada algo entre el desprecio y la piedad. Entré en la sala a oscuras. La película era corta y para completar el programa proyectaban un documental de interés antropológico sobre la matanza del cerdo. Las imágenes no ahorraban truculencia alguna y me revolvieron el estómago, pero aguanté. Al final llegó el ansiado momento y me acomodé con un suspiro. Los primeros minutos ya me pusieron sobre aviso. Una lúgubre música atonal de órgano, como un coral siniestro de Bach, anunciaba que lo que iba a ver no sería liviano. No recuerdo apenas el argumento. Un joven de pocas palabras, con estética de miembro pijo de las Brigate Rosse, seducía a chicas en galerías de arte y las llevaba a una casa en mitad de un bosque, donde se entregaba en un sótano a absurdas practicas BDSM con pretensiones de performance. Y venga coche bosque arriba y coche bosque abajo y venga órgano. Nada más. Tinieblas, maldad y aburrimiento. Maldecía ya al buen dios cuando ocurrió algo insólito. La imagen se detuvo y quedó congelada. El efecto era desagradable, como si uno se hubiera salido del fluir del tiempo. En el silencio sobrevenido sentía mi pulso acelerado. El centro de la pantalla empezó a deformarse, lisérgico. Luego se trasformó en una burbujeante ameba luminosa que devoraba todo a su alrededor. El fotograma se estaba quemando. Y entonces las luces de la sala se encendieron de golpe. Como comadrejas deslumbradas por los faros de un coche, encogidos en nuestros asientos con aprensiones de redada, cuatro almas perdidas: un chaval de dieciséis años y tres pervertidos, fumadores de negro con el cabello grasiento. No queríamos mirarnos bajo aquella luz cruda, no queríamos reconocer nuestra común miseria que nos había llevado aquel sábado de otoño a malgastar unas monedas y dos horas de nuestra vida en la basura perpetrada por un individuo con el ridículo nombre de Alberto Cavallone. Finalmente volvió una oscuridad que acogimos con alivio y la película prosiguió. Cinco minutos después el ragazzo jugaba a asfixiar a la ragazza con una bolsa de plástico transparente. Diez minutos más tarde hizo su aparición la coprofagia. Me levanté y abandoné la sala despavorido.

La noche había caído, ya no llovía. No me podía quitar de la cabeza la melodía averiada del órgano, que era un asco y un remordimiento, ni el miedo de haber contraído en aquella sala alguna infección del alma que me alejaba sin remedio de la bonachona coreografía de semáforos y autobuses públicos, del módico éxtasis de las parejas maduras merendando en las cafeterías, de los grupos de muchachas que a esa hora navegaban por las aceras, riendo y fumando, oliendo a lluvia y a lavanda. Sentía que algo dentro de mí se deformaba y se expandía y burbujeaba como el celuloide derretido de un fotograma para siempre detenido, porque era sábado y yo quería amor y se me daba una escena ruin de tragicomedia.

taxi driver

Mi vida con 2001

Etiquetas

, ,

 “2001: A Space Odissey” nos cumple cincuenta años. Son muchos, los mismos que me separaban del “Nosferatu” de Murnau cuando se apagaron las luces de la sala y oí por primera vez la fanfarria de “Also sprach Zarathustra”. Da un poco de vértigo pensarlo.

Es una película que me ha acompañado toda una vida, hemos cambiado juntos.

Mi padre, que la admiraba, nos arrastró a toda la familia a un reestreno. Recuerdo la sensación de prodigio de aquella noche inaugural. Lo digo sin jactancia, no era tan raro, los niños de aquel entonces estábamos familiarizados con la lentitud a través de una televisión de ritmos letárgicos, capaz de programar “El Séptimo Sello” de Bergman un Viernes Santo en prime time. En los tiempos previos a “Star Wars” la película de Kubrick tenía algo de atracción de barraca de feria. Desplegaba desafiante, minuciosa, su poderío técnico y con precisión documental nos ofrecía lo nunca visto, nos sumergía en la vivencia real de lo extraplanetario. No entendí el final, por supuesto, pero no me importaba; el segmento psicodélico era una delicia de ver y evocaba momentos vividos en sueños y, respecto al monolito, un niño educado en un colegio de curas pensaba con naturalidad que se trataba de dios.

Años después, como adolescente particularmente ingenuo al que “Star Wars” le había parecido excitante pero pueril, volví a encontrarme con ella en la pantalla catedralicia de un cine ya desaparecido. Aquello fue una epifanía en toda regla, mi caída del caballo. Antes juzgaba las películas por sus historias, simplemente me emocionaban o me aburrían. Descubrí entonces la capacidad pregnante de las imágenes, descubrí de lo que era capaz el cine. No volví a ver películas de la misma manera, 2001 me hizo, estéticamente, un hombre. También experimenté lo numinoso con una evidencia abrumadora, hasta el punto de que fue ella y no el escepticismo la que me hizo abandonar la religión heredada. Lo que me ofrecía el cristianismo era demasiado poco comparado con aquel desbordamiento del misterio envuelto en las notas de Ligeti. A la salida, los amigos a los que mi hermano y yo habíamos arrastrado (siguiendo sin ser conscientes la tradición familiar) nos querían matar, pero a la vuelta a casa los dos no paramos de hablar entre el entusiasmo y la turbación. Habíamos entendido.

En los tiempos previos al auge de los videoclubs perseguí esa película-enigma con denuedo allá donde me la podía encontrar, desde salas del extrarradio hasta una fantasmal sesión de super-8 en un local de la CNT, donde un trosko cinéfilo salido de un cuadro de Ribera, antes de pasar el platillo para que sufragáramos a escote el alquiler, hizo una lectura anarquista según la cual el film nos hablaba del fin de un orden y el nacimiento de un hombre nuevo. Mi adoración se hizo extensiva a todo cuanto había hecho Kubrick, necesitaba admirarlo y si alguna de sus obras no me entusiasmaba la veía una y otra vez con la esperanza de que llegara el éxtasis. Pasé por supuesto por la novela de Arthur C. Clarke, que me dio una explicación racional despojando al film de su sugestión esotérica. En mi entusiasmo misionero maltraté con ella a amigos y novias, que se aburrieron mortalmente y a los que, avergonzado, pido ahora perdón.

Pero incluso los más grandes fervores se consumen. “2001” había sido mi religión y un buen día, en una revisión en video, ciego de porros, se me desplomó. Por pura saturación la odié, me pareció pretenciosa e ingenua, puro kitsch, una mala misa, como decía Rodin del Parsifal wagneriano.

El proceso de desencantamiento había culminado y no he vuelto a verla entera, la caída fue muy dura y me falta valor. El mismo Kubrick con el tiempo perdió sus atributos semidivinos y se fue transformando en un director que no siempre fue tan genial como yo pensaba, aunque quizás más interesante de lo que suponía. Desde entonces me he asomado a ella fragmentariamente, la he deconstruido, he apreciado otras películas encriptadas en su interior. Hay un goce frívolo en verla como una pieza de época, con ese encanto retro de las azafatas de la lanzadera espacial y los rituales de sociabilidad en la estación orbital, pueden rastrearse ecos de Lovecraft en los sucesos del el cráter Clavius y últimamente tiendo a valorar por encima de todo el sofisticado thriller claustrofóbico del segmento central, donde una ordenador enloquece y es desconectado por un hombre que se introduce en sus entrañas, en una roja penumbra ingrávida, geométrica, solo como nadie jamás lo ha estado.

No ha sido sino hasta hace muy poco que descubrí que, a pesar de haber matado al padre, la película -y esa es la grandeza de los clásicos- forma ya, inevitablemente, parte de lo que soy. Los vacíos corredores de la nave Discovery están entre mis recuerdos como si yo mismo los hubiera recorrido respirando asmáticamente. Y de nuevo ha vuelto su metafísica, aunque de un modo muy diferente al que cabría esperar. Ahora, en las malas noches, pienso si acaso el verdadero protagonista de la película no será en realidad el desventurado Frank Poole al que ningún monolito redentor hará renacer, su cadáver intacto recorriendo por los siglos de los siglos el helado vacío interestelar, para siempre perdido en la inimaginable inmensidad, todo olvido y desamparo, su cuerpo como un muñeco desvencijado, girando lentamente sobre su eje con los ojos muy abiertos, en un vasto silencio en el que estrellas y galaxias nacen y estallan, donde el mismo tiempo morirá. Así nosotros.

2001-a-space-odyssey-screenshot-1920x1080-14

Mofa y befa

Etiquetas

,

Siempre podemos encontrar una excusa para justificar cualquier mala acción que hayamos cometido. La elasticidad del juicio moral sobre nosotros mismos es una de las condiciones necesarias de supervivencia. Al contrario, no es infrecuente que el recuerdo de un acto ridículo nos haga arder las mejillas aun pasados los años. La vergüenza vence al tiempo.

Los héroes homéricos, el patriciado romano, los samuráis, desconocían la culpa; el remordimiento, ese refinamiento paulino, les resultaba por completo ajeno, pero la conciencia de un comportamiento vergonzoso podía empujarlos al suicidio.

El ridículo revela explosivamente nuestra inadecuación a las leyes del mundo, grita que no hemos aprendido a vivir. No es de extrañar que con el lenguaje, con lo normativo, el sentido del ridículo haga su aparición como una epifanía que marca el fin de la infancia profunda, del mismo modo que el descubrimiento de la ridiculez en los padres señala el advenimiento de la adolescencia y su melancólica constatación en nuestros ídolos la llegada final a la madurez.

Forma parte de mis primeros recuerdos la devastadora sensación de haber hecho el gilipollas y durante toda una vida no me han faltado ocasiones para incurrir en él. Reverso garrafal del entusiasmo, el amor y la embriaguez han sido sus mejores aliados.

Nadie escapa a sus efectos deletéreos, todo el mundo puede tener un momento de torpeza, sufrir una traición del propio cuerpo. Es universal. En cortes versallescas, salones literarios, pequeñas ciudades de provincias, en aldeas, tribus, cuarteles y tripulaciones, la vergüenza ha consumido reputaciones en el acto, ha sepultado vidas.

No hay perdón para el ridículo, la vergüenza ajena es por completo distinta a la piedad, nos hace daño a nosotros mismos nos señala y eso nos irrita. No se abraza a quien nos la provoca, un denso silencio, como tras un disparo, recibe al ofensor y le conmina a alejarse con el rabo entre las piernas.

Bien lo saben los poderosos. No se superan los efectos disolventes de la risa. El ridículo acabó con la carrera de Ana Botella y de Cristina Cifuentes, la supervivencia de Pedro Jota después de que media España lo viera recibir una lluvia dorada en corpiño evoca a esas criaturas que empiezan a repoblar un atolón del Pacífico tras un ensayo nuclear. Nada hay más destructivo que ser el hazmerreír. Encarcele, deporte, ejecute a cientos de miles, siempre habrá alguien que lo defienda; pero pruebe a que le suenen las tripas ante las cámaras, sólo le esperará el vacío y el olvido.

Los animales no tienen sentido del ridículo y quizás sea este y no el lenguaje lo que nos define como especie. A veces pienso que la Oda a la Alegría de Schiller y Beethoven («Pero quien jamás lo haya conseguido, ¡que se aparte llorando de nuestro grupo!») adolece de cierto elitismo aristocrático, demonios, ¡los nazis o los jerarcas soviéticos no tuvieron ningún problema con ella! Propongo entonces una fraterna, humanísima Oda al Ridículo, donde todos nos veríamos reconocidos en nuestra triste rechifla, esa hilarante hermandad de condenados al fracaso. Fuimos ridículos porque nos entregamos, amamos, bebimos y abrazamos sin miedo la vida. Una melodía desvencijada y grotesca que escucharíamos entre lágrimas y mocos, corriendo hacia la oscuridad con los pantalones caídos.

Jean-Antoine_Watteau_-_Pierrot,_dit_autrefois_Gilles

Jean-Antoine Watteau. “Gilles”

Despertar

Etiquetas

, ,

El sol ahuyenta la oscuridad, se abren los ojos -no hay gesto más simple- y el mundo comienza de nuevo. Para unos un desencanto, para otros un alivio. Se nos ha concedido un día más, no nos hemos topado con la muerte en los angostos recodos del sueño (siempre ha estado ahí, desde las violentas pesadillas de la niñez, agazapada en lo más hondo, donde no osamos aventurarnos).

A veces cuesta ingresar en el tiempo. Aún resuena como un eco el orden inseguro que acabamos de abandonar. Entonces los sonidos familiares de la calle, la respiración de alguien que amamos al lado, los pájaros, de antiguo los pequeños mensajeros del día, la voz de la madre que era la voz cierta de las cosas o una agitación de niños al fondo de la casa o un silencio árido sin alegría al que ya nos hemos acostumbrado. Señales que nos calman, nos dicen: tú, aquí, ahora.

Hay quien despierta de un humor hosco, se abandona el calor del lecho para incorporarse a la exigente disciplina del mundo y sus trabajos. Otros lo hacen con júbilo: los niños el día de su cumpleaños, aquel que se dispone a un viaje de placer, N. cuya risa al abrir los ojos era un espectáculo y un don que me fue dado.

Después del estupor los pequeños rituales: el pie descalzo en las zapatillas, el paso todavía tentativo, el cuerpo y la mente intentando un acuerdo con lo real, la ridícula y solemne meada, recordatorio irreverente de la economía cruel del universo, el grifo que se abre, las abluciones ante el espejo detrás del que nos mira aquel que éramos, aquel en que nos hemos convertido y aquel que seremos, el encuentro con cosas muy sencillas que hemos menester, el olor del café, del pan tostado y las naranjas.

Cepillarse los dientes luego, ducharse, echarse desodorante bajo las axilas, vestirse, atarse los cordones de los zapatos, pasarse una vez más el peine ante el espejo. Aceptar que la suma de nuestros días no es ilimitada, intentar amar este fluir desordenado de teléfonos, facturas y decepciones, entusiasmos y achaques, borracheras, risas y cóleras, páginas, maledicencias, canciones, recuerdos falseados y olvidos. Lo que a cada instante recibimos y lo que perdemos. Es lo que hay.6630431148467301563

Septiembre es de derechas

Etiquetas

,

Hace ya unos cuatro años que vivo en una casa con un patio. En mi patio hay un galán de noche de floración tardía que en torno a estas fechas, casi en septiembre, empieza a impregnar el aire de la noche con ese perfume denso, folclórico y un poco cursi, que muchos detestan pero a mí me complace. Tarde, muy tarde, lo sé. Sin embargo esa incompetencia vegetal, criaturica, provoca un efecto paradójico. Como una fraudulenta magdalena de Proust me trae, ya cercano el otoño, los falsos recuerdos de un verano en que debiera haber olido a galán de noche pero no, un verano que no fue. Así en tantas cosas. Últimamente me complazco en evocar, no sin melancolía, posibles vidas que nunca tuve, caminos no seguidos fruto de elecciones diferentes a las que tomé. Junto al nuestro fluyen innumerables otros destinos que podrían haber sido. Los recorro con fruición. Quizás os parezca ocupación vana y hasta extravagante. Esperad a seguir leyendo.

En todo caso es llegar a casa bien entrada la noche, abrir el portón de hierro y me recibe la efusión de sus flores, esa españolada, y me hace sentir bien porque me habla de la inminencia de septiembre y septiembre, como ya me habréis leído en estas páginas, es un mes que me gusta mucho. No me expresaría ahora de un modo tan sentimental como entonces. De septiembre he llegado a apreciar su prosaísmo y su vitalidad. Tras el verano, territorio de lo excepcional, con su suspensión de la realidad, septiembre supone el retorno de lo habitual. Bares, colegios y ferreterías abren de nuevo sus puertas. Esa repetición, esa cadencia articula la vida, me la hace inteligible. Cielos estrellados, amaneceres, bosques y torrentes no son ya para mí lugares de epifanía. El sonido de las persianas del comercio al levantarse, el bordoneo familiar del motor del autobús, el martilleo en el taller del chapista, el tintineo de las tazas en las cafeterías, el grito arcaico del lotero (¡veinte iguales para hoy!), el humor bullicioso de los repartidores de butano, ese folloncillo vivaz de los barrios a primeras horas del día, bajo un sol bostezante, es mi libro de las revelaciones donde, traspasado de eternidad, me sale un beethoveniano “Es muß sein!“, así debe ser, para siempre. A eso hemos llegado, yo, que de niño quería ser astronauta. Qué desastre.

catala

Francesc Català-Roca

Vita Nuova

Etiquetas

,

Hoy cumplo una cantidad indecente de años. Ya no hay excusas ante la gravedad de la situación. Ya está bien de simplemente dejarse vivir, voy a cambiar y a hacer de cada instante de mi vida una experiencia única, enriquecedora en lo personal y de alto valor pedagógico para mis contemporáneos. He de llegar a conocerme a mí mismo, descubrir y aislar mis vicios de carácter, profundizar en ellos, dilatarlos hasta dimensiones jamás soñadas. Quiero que mi nombre acabe siendo recordado con una mezcla de incomodidad y hastío.

Tengo que odiar más. El odio merecido no me es suficiente. Odiaré de forma aleatoria, desinteresada. Cada mes elegiré a una sola entre las personas que conozco por riguroso sorteo y dedicaré las semanas siguientes a envidiar cuanto posee, a deplorar sus hábitos y peculiaridades, a hablar mal de ella a sus espaldas. Nada me detendrá, utilizaré la calumnia y, si son autónomos, la delación fiscal.

Tiraré piedras a las palomas, difamaré a los hippies, arrojaré petardos en los velatorios, haré muecas espantosas a los bebés que vea por la calle para hacerlos llorar. Si ya tienen más de seis años les robaré sus caramelos o les ofreceré tabaco. Aprenderé a tocar un instrumento, cualquiera me vale con tal de que sea estridente y molesto. La gaita y el acordeón me seducen con el encanto de lo pintoresco. Me echaré a reír yo solo en los transportes públicos, creando una densa inquietud a mi alrededor. Me acercaré a las mesas de las terrazas donde se divierte la juventud dorada y hablando en voz baja -que tengan que inclinarse para entenderme- les recordaré que su futuro será una cadena de desengaños y que todos hemos de morir. Luego me alejaré dando unos graciosos saltitos.

Me esforzaré más que nunca y trabajaré mucho. Tras despojarme de todo rastro de personalidad en mi escritura seguiré todas las tendencias del momento. Abusaré del lugar común y, a ser posible, plagiaré con desparpajo. Ganaré mucho dinero que gastaré en largos viajes por el mundo, donde solo visitaré polígonos industriales. Allí me haré selfies mal encuadrados que colgaré en las redes sociales junto con citas falsas de poetas.

Fumo poco, tengo que fumar mucho más. Eliminaré de mi dieta todo alimento natural y me nutriré tan solo de productos procesados muy baratos y cantidades absurdas de churros. Aprenderé a combinarlos de manera que me sienten como un tiro y la melancolía y el mal humor del dispépsico se vuelvan en mí una segunda naturaleza.

Buscaré el trato de artistas sin talento, exhortándolos a abandonar su embrutecedora plaza en la administración y dedicarse a perseguir sus sueños. Alcanzaré un dominio virtuoso en el manejo del matamoscas. Quiero que ese insecto pacífico y coñazo sepa lo que es el miedo.

Otrosí, me haré coser un traje de fallera con el que acudiré en cada convocatoria a mi colegio electoral. Allí, mostrando modestia y recato pero sin olvidarme de guiñar un ojo al guardia jurado más desabrido que vea, depositaré papeletas de partidos de extrema derecha decoradas con dibujos obscenos a bolígrafo.

Elegiré una iglesia con un párroco ya entrado en años. Acudiré todos los días a confesarme, siempre a la misma hora, empapado en alguna fragancia varonil y pasada de moda. Combinaré en mi confesión obsesivos escrúpulos teológicos con pecados inventados, ora insignificantes, ora tremendos, usando en todo momento un lenguaje inclusivo para desconcertar y hacerle odiar al pobre cura el momento en que abrazó los hábitos

Difundiré noticias falsas en las redes sociales, daré consejos no solicitados. Escribiré horrendos estados machistas, reaccionarios, insolidarios, hasta que todos mis contactos me bloqueen, asqueados. Cuando queden apenas diez amigos, sabré que estos o bien me quieren mucho o bien son unos fascistas irrecuperables. A los que me quieran los trataré mal y los insultaré hasta minar su paciencia. A los fascistas propiamente dichos les enviaré por privado videos de Spanish Revolution. Expulsado definitivamente de Facebook, podré por fin dedicar todo mi tiempo al silencioso ejercicio del mal.

Esos son mis sueños. Dame, Señor, en este día de mi cumpleaños la fuerza y el coraje para ser digno de ellos.

No te alejes mucho de la orilla

Etiquetas

,

La vida, el salto infrecuente de lo inerte a lo animado, dio comienzo en el mar. Los viejos mitos recogieron esa idea con asombrosa intuición. Afrodita nace de las mismas olas donde los violentos héroes homéricos se lavaban el sudor y la sangre tras sus pillajes nocturnos; Anacreonte, en un luminoso fragmento rescatado de los naufragios del tiempo, se zambulle en las aguas desde una blanca roca, borracho de amor.

Con la desaparición del mundo pagano la playa se transforma en el lugar del espanto. Frontera última que se abre a un reino vasto de galernas, en cuyas profundidades conviven los monstruos y los huesos innumerables de los ahogados. «Full fathom five thy father lies/Of his bones are coral made/ Those are pearls that were his eyes». Muerte y miasmas. Es por ellas por donde entraba el enemigo y sus devastaciones, también las enfermedades que diezmaban continentes.

El siglo XIX y sus entusiasmos higienistas redescubren la playa como lugar saludable, también como el lugar del placer. El siglo XX la encumbra definitivamente como decorado del ocio vacacional. Lartigue, Picasso y los Beach Boys construyen una leyenda bronceada de ligereza, juventud y pura alegría que acabará degradada en anuncios de refrescos, diseños de pinball o las candorosas canciones del verano.

Los niños aman el mar. La cadencia de las olas, ese sobrio prodigio que nunca se ha detenido, es el rumor de los más antiguos recuerdos, también más adelante de los misterios del deseo. Forma de sociabilidad adulta, seguimos hallando placer en esa frescura que nos acoge, pudiendo matarnos, en la sensación de ingravidez y riesgo, inmersos en algo, como el tiempo, mucho más grande que nosotros. Desnudez y juego, libre de las ataduras y servidumbres de los días. Vemos envejecer nuestros cuerpos y los de los amigos, pero sigue estando la risa y la emoción primera.

Escribo esto en penumbra con las cortinas echadas, mis gatos abdicando provisionalmente de su dignidad principesca, desparramados por los rincones en sombra en busca de algún alivio mientras fuera un sol de catástrofe ajusticia las horas. Hay días malos, días en que a uno le cuesta mirar hacia atrás con orgullo o hacia delante con esperanza, en esos días uno convoca aquellas imágenes, muy imprecisas, muy simples, pero que aún asisten como la posibilidad de una alegría que nada nos puede arrebatar. Hemos conocido aquella luz, aquella espuma, aquel abandono, jugando bajo la inmensa bondad azul del mundo.

194895b2ba6d1c1ba6a48bcef10fc5c4

 

 

 

Tham Luang

Etiquetas

, ,

Los niños encerrados en la cueva de Tailandia han visto finalmente la luz del día. Los hombres, capaces de perseguir y aniquilar con saña a sus hermanos, también pueden desplegar una voluntad temeraria, insensata, para rescatar a unos niños, pueden arriesgar y perder su vida por salvar la de desconocidos. Ceñudos moralistas están difundiendo un mezquino tweet en que se nos reprocha -pobres incautos que aún no hemos despertado– que nos consintamos esa elemental emoción mientras nos resulta indiferente la muerte en las aguas del Mediterráneo de otros niños que huyen de la guerra y la miseria. Son los mismos que nos afeaban nuestra compasión por los muertos en los atentados de Barcelona, Niza o París. ¿Es que unas vidas valen más que las otras?, claman severos.

No es que estos virtuosos ciudadanos tengan una capacidad para la empatía ilimitada. No iría tan lejos como para sostener que en el fondo les importan un bledo ambas tragedias, pero sí que utilizan esos cadáveres -como utilizan incendios, catástrofes, asesinatos, violaciones o suicidios- como armas arrojadizas para proyectar su descontento, su disgusto o su rabia contra el gobierno de turno, el imperio, Occidente o el sistema. La pesadilla tailandesa forzosamente les tiene que resultar incómoda, es fruto de una combinación de azar, fenómenos naturales e irresponsabilidad, ¡no se puede culpar a los sospechosos habituales! Yo no veo ahí virtud, veo odio, esa suciedad.

«Pregúntate quién está programando tus emociones», sostiene el tweet, como si desde un despacho alguien hubiera dado órdenes a todos los medios para magnificar ese caso y así olvidar los otros. Hay quien ve al ser humano como una material fácilmente manipulable. Suelen pensar que cambios en el lenguaje pueden modificar las conciencias (cuando el proceso es exactamente el inverso). Creyentes en la viabilidad de vastos proyectos de ingeniería social, no es de extrañar su convicción de que nuestros sentimientos son planificados.

Cómo hablarles de que si la historia de los niños perdidos en la cueva ha capturado la imaginación de millones de personas es por su inmensa potencia simbólica. Como en los más arcaicos mitos alguien ha sido arrastrado al inframundo, al reino de los muertos, al lugar sin luz del que nunca se regresa. Un héroe resuelto desciende hasta allí y, desafiando la ley implacable del mundo, devuelve al desventurado al sol y a las estrellas tras pasar grandes peligros por una vía áspera y estrecha como el canal del parto. Me temo -y con cuánto dolor digo esto- que una parte importante de la izquierda hace gala de un desconocimiento abrumador de nuestra naturaleza.

No es fácil defender la alegría. El tiempo nos deshace, los sueños no se cumplen, la ignorancia y la crueldad estarán siempre con nosotros, pero hoy esos padres podrán abrazar a sus hijos y nosotros, como en las viejas historias, celebraremos que por un instante el mal haya sido vencido y el daño reparado, sentiremos que algo de ese milagro también nos toca, que al igual que a esos niños se nos ha regalado el privilegio de vivir de nuevo. Ya están salvados, ahora duermen tranquilos. Ojalá agradezcan con sus actos futuros tanta generosidad, ojalá sus días sean dignos de esa inmensa gracia de lo humano, derramada a manos llenas sobre sus pequeñas cabezas.

16b23602a880ad41a9b5b67bf65fe880