Blue Sunday

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Según uno de los mitos fundacionales ya declinantes de la psique occidental una divinidad crea el mundo en seis días y al séptimo descansa, puede que complacido ante pájaros, estrellas, olas y naranjas o en un estado de arrepentimiento, de quieta desesperación ante la magnitud del error.

En el año 321, el emperador Constantino promulga un decreto mediante el que el domingo queda obligatoriamente consagrado al reposo civil y desde entonces los humanos, a semejanza de los dioses, interrumpimos cada siete días la serie de nuestros trabajos.

Día del Señor, día del Sol. Si antes, vestidos de domingo, atestábamos los templos, hoy unos dedican la mañana a reponerse de los libertinajes de la noche anterior y otros se entregan a enérgicas proezas físicas, a módicos éxtasis filarmónicos o a fatigar las silenciosas salas de los museos. Tal es la variedad de nuestras costumbres. Sí que se mantiene el hábito de dirigirse a las afueras de las ciudades con las crías y consentirse pequeñas francachelas con los amigos, intentando recuperar parte de nuestra antigua alianza con los misterios de la naturaleza. La infancia está hecha de domingos donde aprendimos la naturaleza insidiosa de la melancolía. Mientras los adultos olvidaban la dura disciplina del mundo en el torpor del alcohol, el humor o la maledicencia, los niños corríamos libres por un mundo recién creado para nosotros, entre un azul que no hemos vuelto a encontrar y los olores salvajes de la tierra. Pero incluso el tiempo de la niñez, que tiene las dimensiones de la eternidad, llegaba a su fin y con la caída de la tarde volvíamos a casa, todavía en el recuerdo las aventuras y descubrimientos del día. Allí nos esperaba el baño y otras suavidades del hogar, pero también los preparativos para el lunes, la certeza de que tras el sueño los mecanismos del tiempo se pondrían de nuevo en marcha. No conozco afecto más compartido que esa tristeza dominical, tan similar a la post coitum tristitia que, con los años, va contaminando del sentimiento de lo irreversible incluso los mismos placeres del día.

Y uno no puede evitar pensar en el último acto de nuestra vida como un domingo definitivo, suma y cifra de todos los demás. Habríamos de celebrarlo como corresponde, con buen ánimo, sin que la evidencia de la próxima caída del telón arruine nuestra alegría soberana. En la leal compañía de nuestros recuerdos, apurando hasta el final las dulzuras de la luz, olvidando cuidados triviales y achaques en un festín de amigos, riendo y jugando, como hacen los niños.

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Edward Hopper. “Early Sunday Morning” (1930)

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I read the news today, oh boy

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Se llama Enma y tiene dos años. Ayer se perdió en el monte y fue encontrada dormida, abrazada a su perro, un podenco joven.

Hemos pasado los días entre llamas, mentiras y presagios funestos. Grandes violencias en rincones del mundo donde el sufrimiento ejerce su señorío. Y de repente uno se encuentra con una noticia como esta, una noticia de una modestia luminosa. Como en una antigua fábula, una niña perdida ha sido encontrada.

Ha ocurrido cerca de un pequeño pueblo de Ávila. Gil-García, apenas cuarenta y un habitantes. Pudo haber ocurrido en los tiempos en que se construyó la iglesia románica que todavía se tiene en pie. Como entonces, los hombres han entrado al bosque en cuadrillas para encontrarla, porque los niños están indefensos y deben vivir. El bosque no es buen sitio para ellos, es el lugar de la libertad y el peligro, de las alimañas, el frío y el mal encuentro. Y es de noche. Emma, que apenas ha empezado a poner nombre a las cosas, camina cuatro kilómetros acompañada por su perro hasta que la vence el sueño y debajo de una zarza se aovilla junto a él. Mi amigo Arturo Cid me cuenta que ese darnos calor formaba parte del pacto perdurable que nuestros antepasados establecieron con los perros. Sus ladridos atrajeron a uno de los grupos que batían el monte. Emma devoró las barritas de regaliz que le ofrecieron y todo acabó y bien está. El mundo será algo mejor con el peso tan ligero de Enma saltando en los charcos.

Perdida y encontrada. Enma escuchará muchas veces esa historia mientras ve envejecer al buen perro que le salvó la vida. Ella misma se la contará a amantes y a hijos. Acabará creando sus propios recuerdos sobre esas siete horas legendarias, cruciales. Vivirá siempre con esa gratitud o ese peso.

Hay una foto tomada poco después del feliz encuentro. Los miembros de la cuadrilla sonríen junto a los padres y a la niña recobrada, a los que se les ha borrado digitalmente la cara. A ellos no. Los miro y me imagino cómo han debido sentirse de vuelta a casa. Mañana, la maldad y la desgracia seguirán estando ahí, nada va a cambiar, pero esa noche una niña está a salvo y para todos ellos, los ojos muy abiertos en la cama, será una noche hospitalaria, amable más que la alborada. Como si el mundo, de nuevo, comenzara.

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Arthur Hughes – “The Lost Child”

Breve vituperio de los sentimientos

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El manejo desatado de la exageración o, directamente, de la mentira; el odio y la mala baba que se respiran por las redes estos días sugieren inquietantemente una atmósfera prebélica. Hay en el aire algo ya irrespirable, varios grados más allá de ese blanco y negro habitual y, encima, segregado por personas formadas y leídas, a las que se les debería suponer un uso más o menos racional de sus facultades mentales.

A día de hoy la situación es crítica y de una complejidad desalentadora. Se ha llegado demasiado lejos (no es el momento de señalar responsabilidades) y cualquier decisión que se tome supondrá injusticia y consecuencias imprevistas a largo plazo. Baste decir que no puede dialogarse con aquellos que han dejado bien claro que no están en absoluto interesados en dialogar, que no puede dejarse sin amparo a aquellos que no participan en el delirio colectivo y que, paradójicamente, no puede utilizarse la fuerza contra millones de personas fascinadas por una ideología esencialmente inmoral, tan tóxica como atractiva, que embellece sus vidas con el brillo legendario, auroral, de aquello que comienza, que les hace sentir protagonistas de la historia. El kitsch de la Gran Marcha del que sagazmente habló Kundera.

Es tanto el daño hecho que nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a aquellos justos que argumentan sin alzar la voz o los que templan ánimos mediante la ironía elegante. Veo por aquí a mucho Marat de sofá y tablet lanzando soflamas y utilizando retóricas de amenaza (desde el “¡muera el rey!” hasta “¡los tanques, los tanques!”). Siempre me pareció desacertado el discurso de Chaplin en “The Great Dictator” : «We think too much and feel too little». En política la explosión sentimental preludia el derramamiento de la sangre. La sangre, a diferencia de las ficciones colectivas, es real, concreta, irremediable.

Vamos a calmarnos todos un poco.

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Juan Genovés. “Brecha” (2012)

Mudanzas

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Por mis pecados me habré mudado unas doce veces a lo largo de la vida. Experiencia siempre agotadora, pero que nos enseña mucho acerca de la transitoriedad de las cosas.

Mudanza es una bella, antigua palabra que evoca por igual el cambio y la inconstancia. Uno recuerda aquellas primeras mudanzas, cuando apenas se posee nada. Sufridos amigos que echan una mano, cuerpos aún jóvenes capaces de subir bultos pesadísimos por las escaleras angostas de pisos baratos y cañas en los bares del nuevo barrio -un mundo por descubrir- para celebrarlo. Pasan los años y, cada cual según su inclinación, acumulamos objetos. Algunos, que no hemos sabido desprendernos de lo accesorio, arrastramos con nosotros, como un remordimiento o un viejo cansancio, cantidades imprudentes de libros, discos y enseres. Recurrimos entonces a los servicios de profesionales, gente de gran dureza, con ese vigor de los héroes tunantes de las mitologías. Ante la energía y el robusto humor que despliegan uno se siente como un cervatillo cojo y medicado con diazepam.

Al principio de la cuenta atrás se compra cinta de embalar y vamos llenando cajas metódicamente, rotuladas y clasificadas con precisión. Un inventario de uno mismo, un intento vano de imponer una razón en lo que es de suyo indómito. No importa que con los años vayas adquiriendo cierta destreza, finalmente el tiempo apremia y acabas volcando a lo loco el contenido entero de cajones que ya de por sí eran basureros del azar, multiplicando culpablemente el desorden en el mundo, antes del momento en que la cuadrilla entra en tu casa y te los arranca literalmente de las manos. Nunca terminas del todo, acabas dejando siempre un rastro inútil de chatarra y papeles, restos muertos de nuestro paso por el tiempo. Luego esa zozobra de ver tus muebles desplegados en la acera, tu propia vida abierta en canal, expuesta a la luz pública, profanada.

En el nuevo domicilio hay que recomponer las piezas, adaptar lo que uno era a otros espacios, imaginando posibles futuros entre otras paredes durante semanas con algo de naufragio. Hay un nuevo decorado por construir, mientras se intenta rescatar lo imprescindible de entre las torres de paquetes donde se vive una vida ascética, limitada, esencial.

Casas donde hemos vivido. A veces vuelves a pasar por esa calle y levantas la vista y ves las ventanas encendidas, donde otros como tú viven vidas que podrían haber sido la tuya.

Y está ese momento emocionante en el que damos un último repaso a la casa vacía antes de entregar las llaves. Despojadas de lo que les dio sentido, ligeramente insignificantes, se suceden las habitaciones donde vivimos. Las recorremos sabiendo que jamás volveremos y que cuanto ocurrió en cada una de ellas no se repetirá. Quieres pensar que entre el polvo que bulle suspendido en la luz, como un acorde transparente incapaz de apagarse, permanecerá algo de la alegría que allí te fue dada.

 

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Cristobal Toral. “La mudanza” (2000)

Unidad del Sueño

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En un extremo del hospital, en unos pasillos vacíos ya a una hora de la noche en la que nada rompe el silencio -la clase de laberinto donde se materializan los aparecidos de las leyendas urbanas- abre sus puertas la Unidad del Sueño.

Vestida con una uniforme blanco y un nombre floral, una enfermera nos recibe con un largo discurso informativo, minucioso, sonriente. Lo borda, a uno le entra una confianza ciega en esta capitana rubia, menuda, de nuestra aventura nocturna. La seguimos. A cada uno de nosotros se le asigna un pequeño cubículo crudamente iluminado por fluorescentes. Una cama, una percha, una silla y una ventana que va a dar a un patio ciego. Un no lugar. Hay una cámara mirándonos desde una esquina. Allí nos vestimos con el pijama carcelario de los hospitales y aguardamos que llegue nuestro turno. No se oye nada y el tiempo se dilata, los pensamientos empiezan a deshilacharse y la realidad es sustituida por un tedio denso, impersonal. El infierno no debe ser un lugar muy diferente.

Cuando llega nuestro turno, la enfermera entra y comienza a cubrir nuestro cuerpo con cables, micrófonos y sensores. Unas últimas recomendaciones en voz baja antes de apagar la luz, susurrar un buenas noches y cerrar la puerta. A partir de ese momento y hasta que salga el sol no volveremos a verla y estaremos solos, a merced de nuestros sueños.

A oscuras quedamos, oyendo únicamente las sacudidas del aire acondicionado. La cámara recuerda que en algún lugar  -la cara iluminada por la luz de los monitores-  ella está pendiente de nosotros, de nuestras pulsaciones, del ritmo de nuestro aliento y la absurda agitación de nuestros movimientos de durmiente, como sólo nos han visto nuestros padres y nuestros amantes. Es un curioso trabajo. En el silencio subacuático de esa zona del hospital, cientos de caras con los ojos cerrados desfilando a lo largo de los meses en el baño espectral de los infrarrojos, un escenario de almas perdidas.  Justos y malvados, gordos y desmedrados, mundanos, violentos, distraídos, humoristas, mentirosos, quien cree con fuerza en algo, los que se visten maravillosamente, los que han hecho sacrificios heroicos, personas muy ordenadas, quien baila muy bien, atolondrados, mentirosos, señores de ideas conservadoras, melancólicos… todos iguales ahora, inocentes, vulnerables. Entre las formas inmemoriales de la abominación está matar al que duerme.

A la mañana siguiente ella, los ojos apagados, nos despierta y nos desconecta cuando el hospital se pone en marcha. Todo es distinto ahora, el misterio se disipa y la realidad irrumpe con la antipatía del diagnóstico. La conversación adopta un aire neutro, funcionarial. Nos despedimos apresuradamente de nuestros compañeros de noche, como si hubiéramos hecho algo ligeramente vergonzoso, deseosos de encontrarnos con la luz del día y la locura mañanera de los pájaros.

Ella llegará agotada a su casa, cansada por todos nosotros. Cuando otros empiezan su jornada ella se desvestirá y se meterá en la cama. Bajará las persianas. Dormirá sola y nadie la verá dormir salvo, en este momento, tú y yo, lector.

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Tim Eitel

Sobre la celebración de cumpleaños

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Cientos de miles de millones de estrellas giran a velocidades vertiginosas alrededor del núcleo de nuestra galaxia. Entre ellas el sol y el planeta donde hemos venido a aparecer, que orbita en torno a aquel en un coqueto pas de deux sideral, saturado de eros, «l’amor che move il sole e l’altre stelle». Durante el tiempo que nos lleva cumplir una vuelta entera -protegidos de radiaciones letales y la congelación instantánea por una delgada capa de gases- las constelaciones que orientan a los navegantes se desplazan en el cielo nocturno, se suceden los ciclos estacionales y agrícolas, la serie inmemorial de los trabajos del hombre. Era inevitable emplear ese plazo como una división arbitraria, para escandir el tiempo de nuestras vidas.

Los hombres festejan los cumpleaños, se embriagan, se hacen regalos, reparten grandes abrazos, intentan hacerse reír los unos a los otros y fantasean con propósitos de enmienda. No siempre ha sido así, celebraban aquellos que detentaban el poder y la riqueza; el común de los mortales no tenía verdaderamente muchos motivos para hacerlo, si acaso el alivio de la supervivencia. Nosotros, más afortunados, organizamos grandes fiestas, pero cada nuevo aniversario nos hace sentir angustia.

En un mundo en que conociéramos de antemano la fecha de partida los cumpleaños serían meramente negativos. Los niños nacerían con la cifra de todos los años de su vida y los aniversarios serían una cuenta atrás. Entre los compañeros de clase unos tendrían setenta y cuatro años y otros nueve, las desigualdades resultarían insoportables, ¿cómo se vive con eso?, ¿bajo qué principios se construirían sus sociedades y sus sistemas de pensamiento?

También podemos imaginar un mundo en que el tiempo no sea medido, donde piadosamente se nos ahorre conocer el instante de nuestro nacimiento. Quizás la angustia de la edad es de índole estadística, una vida sin segmentar simplemente fluiría sin balizas ni recordatorios, en una duración elástica, un atravesar el tiempo en que tan sólo ocasionales señales de nuestro cuerpo nos recordarían «el único argumento de la obra».

¿Por qué lo seguimos celebrando? Lo hacemos porque de niños era el gran día, día consagrado a ti, rey por unas horas. Día de excepciones, sorpresas e indulgencia. Una fiesta en tu honor culminaba con el ritual escandalosamente pagano de apagar las velas con tu aliento breve de niño. La edad te mejoraba.  Eras un año mayor, más alto, más fuerte, más hábil, procesando cantidades ingentes de información sobre cómo funciona el mundo, ampliando los límites de tu pensamiento, cada vez más capaz de valerte por ti mismo, más cerca de una independencia sin tutelas, ansiando dejar de ser un niño, hacer las cosas chulas que hacen los adultos. No podías sospechar la magnitud de la pérdida.

Ahora the thrill is gone, seguimos aferrándonos a la vieja costumbre, pero no encontramos aquella alegría. Hay otras cosas, sin duda. Nuevas y viejas amistades se mezclan en una trama compleja de lealtades y afectos, no puede negarse una indudable mejora en la calidad de las bebidas y las conversaciones desde aquellas fiestas adolescentes. Durante unas horas el lugar es un bullir travieso de humor, ideas, agitación, seducciones. Es lo de siempre y a la vez es otra cosa. Llegado un punto -como en el último movimiento de la sinfonía de los adioses de Haydn- los invitados abandonan la fiesta en un lento goteo. El espacio se vacía, baja la presión y finalmente quedan unos pocos golfos que se sientan, apurando en sosiego la noche, hablando en voz baja de banalidades o haciendo tremendas confesiones, intentando que no se acabe. Se hace lo que se puede, pero alguien se da cuenta de que está cansado, se levanta y se disculpa, los demás lo siguen. La reunión se disuelve y todos regresan a sus casas. Cierras la puerta diciendo una última gracia, escuchas los susurros en la escalera, el portal que se cierra, alguna risa en la calle hasta que uno queda a solas entre las ruinas de la fiesta, en un silencio como no hay otro igual. Es un buen momento para consentirse unos minutos de introspección. Luego ya, eso va en caracteres, uno decide si recoger esa noche o dejarlo para mañana.

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Anne-Françoise Couloumy. “Réception” (2010/2011)

Dientes

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«And of Berenice I more seriously believed que touts ses dents etaient des ideés».
E.A.POE

 

Como una representación de los grandes misterios del principio y del fin, el cuerpo de la mayoría de los seres vivos mínimamente evolucionados se construye en torno a un tubo con un orificio de entrada y otro de salida. Siendo uno celebrado por poetas, el otro es confinado a los límites de la medicina y el humor preadulto.

Órgano bestial y sagrado, la boca tiene una curiosa ambivalencia. Terror y belleza. Nos valemos de ella para triturar y devorar otros seres vivos, pero también es el lugar donde ocurre lo que nos hace específicamente humanos. De la boca salen las promesas, las mentiras y las maldiciones, los versos, las historias con la que intentamos entender el mundo, el canto y la risa, el grito, el estornudo, el vómito y el salivazo. También suele ser la vía de entrada de las sustancias que nos embriagan. Nada nos procura mayor alegría que unir nuestra boca con la de aquella persona a la que amamos en un gesto imposible y cuyo carácter esencialmente trágico ya percibió famosamente el melancólico Lucrecio:

«Vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean».

Su entrada está defendida por una doble hilera de piezas de hueso, la única parte del esqueleto que asoma al exterior y cuya exhibición mediante la sonrisa -asombrosa combinación de la carne viva y lo mineral- es desde mediados del siglo pasado de rigor en la representación aceptada del rostro. Actores, modelos, políticos y ejecutivos sonríen desaforados desde las páginas de las revistas y los carteles en muros y marquesinas, decolorándose, deshaciéndose bajo la lluvia.

Los dientes sobreviven siglos más allá de nuestra muerte, pero esa voluntad de permanencia no debe engañarnos, también ellos comparten la fragilidad de nuestra materia mortal. Agresivas reacciones químicas los corroen, no sin dolor, a lo largo de los años. La fresca blancura ordenada de los dientes de la juventud da paso a la catástrofe de la boca del anciano, a la imagen terrible de la bruja desdentada. Su caída era presagio funesto en los sueños de la antigüedad y en los mercados de esclavos se comprobaba y valoraba por encima de todo su buen estado.

Ha venido a formar parte de nuestras costumbres el frotarlos vigorosamente con unos pequeños cepillos dotados de un fino mango. Mediante ellos extendemos hasta las zonas más inaccesibles pastas con flúor de sabores mentolados, apoyados por hilos dentales y colutorios, en un extravagante ritual, parodia laica de la comunión, con el que iniciamos, concluimos y puntuamos nuestra jornada, intentado retrasar esa inevitable ruina. El sabor medicinal, estéril, que queda en nuestra boca nos proporciona una momentánea sensación de pureza, de aplazamiento. Mi gato me suele observar en esos instantes sin entender nada mientras, gigantesco y absurdo ante el espejo, derramo abundante espuma blanca por la boca. Lo cierto es que no se alarma, porque a los gatos les da ya todo igual.

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Arcadia

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Mis padres no eran creyentes. O al menos no lo fueron hasta el final de su vida cuando, próximo el gran escándalo de la extinción y ya sin dos arrogantes jóvenes en casa para juzgarlos y ridiculizarlos, se soltaron el pelo. Supongo que nos matricularon en un colegio de curas por adoptar las costumbres de aquella clase media a la que tanto les costó llegar. Así mi hermano y yo pasamos años en una escuela regida por una comuna de hombres solteros que llevaban una vida frugal y de escasa privacidad en la planta de arriba, la misteriosa planta de arriba a la que los alumnos no tenían acceso. Si uno lo piensa, es algo francamente muy poco burgués.

El padre A. era tartamudo, su reino era el ala de los más pequeños, también separada de nosotros. Unas grandes gafas de pasta negra le hacían parecerse al Capitán Tan, un personaje de la televisión tardofranquista. Lo veíamos al otro lado de la verja con su rebeca gris y un silbato en la boca, bregando con un bullicio de criaturas atolondradas, chillando en torno a él como una bandada de golondrinas en crack. Nuestro inmediato pasado.

El poco sutil pero muy descriptivo mote de “el tartajas” hizo fortuna y fue transmitido de curso en curso. El padre A. se quedó con él para toda la vida. Durante un año nos dio clases de religión, acaso por ser una asignatura que se despachaba con llamativa desgana y sin demasiada exigencia. Carente de esa ironía de los curas más estudiados, no parecía consumido por arrepentimientos o desesperaciones. Un alma de dios de un pueblo del norte de España, que quizás tuvo que elegir entre el tractor y el seminario. Lo sentíamos un poco como uno de los nuestros. Su idea del orden era dar unos reglazos de órdago en la palma de la mano. Imagino que él no conoció otra pedagogía y a nosotros nos parecía algo inevitable, que formaba sin gran escándalo parte de su naturaleza, como los arañazos del gato.

Solo recuerdo que fue por la mañana. Mentiría si dijera que la lluvia caía sobre los patios vacíos o que por las ventanas entraban los sonidos y las seducciones de la primavera. Nos hablaba de la vida en el jardín del Edén antes de la caída. Un compañero le preguntó por Adán y Eva: ¿de verdad vivían desnudos? Estallaron las risitas. Para los niños de un tiempo previo a Star Wars y a Berlusconi la desnudez de la pareja mítica estaba saturada de los primeros presentimientos del sexo.

Para nuestra sorpresa entró al trapo y declaró -tartamudeaba un poco, pero es que siempre lo hacía- que entonces eramos inocentes y por tanto vivíamos desnudos sin maldad alguna. Pero añadió algo, algo que estoy convencido que improvisó en un arrebato de elocuencia que jamás le habíamos escuchado. Nos hablaba de un orden fraternal que fue y que volvería a ser, un estado en que hombres y animales vivirían juntos sin temor, en una alianza perdurable.

Nunca había fantaseado con aquella posibilidad, que me deslumbró como había deslumbrado al buen padre A. Ahora sé que él lo creía sinceramente. Lo contó con la suficiente pasión para que no lo haya olvidado. Años después entendería que estaba recreando una de las profecías del libro de Isaías:

«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco».

La enésima revisitación del mito de la Edad de Oro, el sueño de volver a la infancia del mundo, libres de la desgarradura del tiempo, en un azar sin necesidad, juego y luz, abolido el mal y el dolor.

A veces me he acordado de su candor. ¿Se agarraría a ese sueño en los momentos de flaqueza? ¿Lo guardaría aún en su corazón, todo aridez tras una vida hecha de monotonía, calabacín hervido, tabaco negro, pequeñas intrigas y negación de sí? Pobre tartajas, viejo ya, paseando a la caída de la tarde por los pasillos vacantes cubiertos con azulejos de un celeste desvaído, soñándose a sí mismo desnudo en los campos del señor, dando de comer al leopardo, saludando al águila, nadando con los delfines. Contando el tiempo que le falta.

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Edward Hicks (1780-1849). “The Peaceable Kingdom”

El fresquete

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No deja de resultar curioso que la charla informal sobre el tiempo sea algo abiertamente ridiculizado, el no va más del convencionalismo. Ritual inane, propio del filisteo, el burgués o el cuñado, que son los diferentes nombres con los que a lo largo de la historia el eterno adolescente zahiere a su semejante: el ciudadano medio, al que reprocha sus renuncias, su gusto escasamente articulado y no saber lo que le conviene.

Hablar de escalafones y pequeñas intrigas, eso sí es entregarse a insignificancias, no ocurre así en la charla sobre el tiempo, de una hondura nada desdeñable. Lingua franca de la sociabilidad, se hablaba del tiempo a la sombra de los zigurats y en las lonjas de Núremberg, se habla del tiempo en el Vaticano, en Miami y en Puebla de Don Fadrique. A mujeres y hombres, al colérico y al manso, a los codiciosos y a los inocentes, a todos nos llueve encima o nos sofoca el sol, la primavera nos seduce con fantasías de novedad o temblamos ante el rayo y el viento que se lleva nuestro tejado. Por eso se habla con desconocidos de fenómenos que escapan a nuestro control, indiferentes ante nuestros deseos y de los que depende el buen fin de cosechas, batallas, fastos y navegaciones.

Este año el verano llegó antes de tiempo y con violencia de spaghetti western, haciendo del mundo un lugar hostil, un enemigo. Caminábamos por las calles aturdidos como turistas nórdicos, en un sordo torpor veteado de aprensiones de apocalipsis. Algunas personas buenas colocaban cacharros para que bebieran los pájaros. Y he aquí que sin esperarlo las temperaturas bajaron por unos días y nos vino el regalo del vientecillo, una brisa frecuente y fresca. En esos días otra cosa no fue más comentada ni agradecida y pasadas las semanas aún se recordará aquella alegría

Producto de complejos procesos de mecánica de fluidos, viene del interior del mar o de las cumbres, lo conocen los que tienen que madrugar y los viejos lo esperan a la caída de la tarde. Imprevisto a veces en mitad de la noche, atraviesa bosques, jardines y huertas recién regadas y entra por nuestra ventana abierta -los visillos se mueven-  como una módica gracia que nada cuesta y se nos da. Entornamos los ojos, sonreímos ante el vientecillo bueno, caricia sin bulto, el que te alborotaba el pelo a ti y a tus amigos en aquella cubierta cruzando el estrecho o en otros veranos despertaba los olores del campo que cruzabas en moto o el que te acompañaba, volviendo a casa de amanecida, tras la primera noche que pasaste con alguien que te encantaba.

Y es así, no falla, es darte el fresco en la cara y lo que fue bueno asiste y todo merece la pena y todo está bien.917ccf52089066cd0c66ecfc74b0ccde--sandro-venus

¡Escándalo!

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«Aunque tenía ya varias décadas de existencia en Roma, fue en el año 186 a.C. cuando los cónsules Espurio Postumio y Quinto Marcio descubrieron que se celebraban en la ciudad bacanales o «Misterios orgiásticos» nocturnos. Su reacción fue fulminante, y tiene para nosotros el interés de contener los parámetros que acompañan a una declaración de plaga moral. Por su magnitud, tanto como por sus específicas circunstancias — acusaciones estereotipadas, sin garantías de procedimiento, completamente inusuales en el trámite jurídico romano- esta iniciativa constituye el principal precedente de las persecuciones religiosas que se harán crónicas en el Bajo Imperio, y de todos los procesos ulteriores por hechicería». Así nos explica Antonio Escohotado en su “Historia de las Drogas” la aparición del ceñudo senadoconsulto De Bacchanalibus, mediante el que la República pretendía atajar con medidas de extrema dureza los excesos en los cultos báquicos.

El viejo puritanismo adopta formas insospechadas. En la España del 2017 le ha tocado esta semana a los Sanfermines ser el centro de una de esas enérgicas ofensivas que forman parte del metabolismo de las redes. Tras la infame violación colectiva del año pasado, muchos medios pugnan por ofrecer la imagen más dantesca posible del festejo y parece como si el progresista sin fisuras tuviera la obligación de rechazar energicamente unas celebraciones bárbaras y anacrónicas, que nada pintan en pleno siglo XXI. Olvidan que es precisamente esa naturaleza caótica y elemental lo que las hace irresistibles y demuestran no entender en absoluto, como no lo entendió el legislador romano, el componente dionisiaco de nuestra naturaleza. Otra cosa, por supuesto, es que incluso en ese estado de excepción que toda fiesta pública supone, siga vigente eso que llamamos civilización y la ley persiga cuanto atente contra la dignidad humana.

Veo en los muros el enlace a un artículo del portal “Kaos en la Red” con el titular “Sanfermines: Fiesta de Vergüenza Nacional”, que incluye párrafos de furor decimonónico y sacristanesco como este: «Revolvamos entre sí todos esos ingredientes repugnantes durante siete días y el resultado en España no se llamará vergüenza y delito sino Fiesta declarada de Interés Turístico Internacional, vendiéndose al mundo como orgullo, tradición y señas de identidad, lo que da una idea de la catadura del vendedor. Si ya producía arcadas que fuesen legales, verlos elevados a la categoría de intocables es ser testigos de a qué límite puede llegar bajeza humana». Pienso melancólicamente que la izquierda no era esto. O no debiera serlo.

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