Sobre el hablar con las manos

La función de las manos es modificar el mundo. Asombroso logro de la ingeniería evolutiva, nos han permitido intervenir en lo que nos es dado con consecuencias no inferiores a las del pensamiento lógico o el lenguaje. Dije alguna vez por aquí que la mano es el órgano que hace, que da el salto de lo posible a lo real.

Combinación asombrosa de delicadeza, elegancia y precisión, de las manos brota la música, las manos crearon imágenes que duplican y amplían lo existente, fijaron las antiguas palabras y las duras leyes en soportes perdurables. La mano acaricia el cuerpo amado, bendice, delata, dispara, procura el humilde goce de la paja, consuelo de los solitarios, la mano certifica la fiebre del enfermo o te da una hostia que te vuelve del revés; las manos del ciego leen el mundo, el niño antes de ser capaz de hablar señala con ellas aquello que reclama su atención. ¿Cómo extrañarse de la imposición de manos en actos de taumaturgia, de que el mismo Dios cree el universo con la extensión de sus dedos?

Hace poco, en una sobremesa, entré en uno de esos momentos de melancólico repliegue en que las conversaciones cruzadas se transforman en ruido de fondo. Reparé en dos amigas hablando en una esquina; no me llegaban sus palabras, pero sí podía ver sus manos. Se movían sin cesar, añadiendo énfasis, ampliando el significado de una manera rica, compleja, muy bella. Ninguno de esos gestos era consciente. Imitados desde la infancia o puro instinto, quizás rasgos heredados. Cuánta delicadeza en esos movimientos ondulantes, uno podría pasarse el día mirando cómo mueven las manos nuestros semejantes, pero ya no reparamos en esas cosas.

Los viejos maestros de antaño sí que fueron conscientes de ello. Las manos de santos y de reyes, de guerreros, marinos, cambistas y mercaderes, dialogan entre sí en las paredes de los museos, una música de manos, un tejido incesante de ademanes y refinamiento, que nos habla desde los siglos. A veces, cuando leo esos autosatisfechos catálogos de exposiciones en los que con una pedantería infinita se nos convence de todas las intenciones implícitas en las “propuestas” ―yo no quiero propuestas, ¡yo quiero afirmaciones!― con las que tal o cual artista gesticula para exhibir su ego de trilero, me sale un pequeño energúmeno que le grita: sé humilde, majadero, pinta manos, pinta manos como un descosido. Haz tu labor, descúbrete ante lo humano, atrapa el sentido.

Cof, cof…

El hombre es un animal que se resfría. Incapaz de vivir en la desnudez, una rafaguilla ruin de aire es capaz de abrir una brecha en su sistema inmunitario y desarbolar su compostura durante varios días o, a las malas, hasta hacerle entregar la cuchara. Antes la gente se moría de esas cosas, de ahí ese obsesivo, emocionante “no vayas a coger frío” que madres y amantes recomendaban a los objetos de su devoción.

Pequeño ensayo general de la agonía, el catarro es una abrasivo coñazo con tintes tragicómicos. Nos falta el aire, dejamos de oler las cosas y la cara se nos descompone entre lagrimeos, secreciones y estornudos espasmódicos. Es imposible ser sublime en ese trance, todo hombre resfriado deviene pequeño burgués y vulnerable, un marido cornudo de vieja comedia. Sin embargo, cómo nos gusta el resfriado de la mujer amada, esa tierna rojez en las ventanillas de la nariz, esa voz lacrimosa, exhausta y esos pañuelitos con sus fluidos corporales, una tibia gomosidad de su cuerpo, ¡qué guapas se vuelven!

Al rebato del primer moco, mujeres y cuñados inclinados a la égloga nos recomiendan todo tipo de remedios naturales. Miel, limón, tisanas, ponches, vahos de eucalipto, propóleo… soft power que se propone a nuestro escepticismo, que solo cree en las glorias heteropatriarcales de la farmacopea moderna, sus agresivos antihistamínicos, sus vigorosos bactericidas, la codeína y sus beatitudes. Blitzkrieg contra el mal.

Uno le encontraba su encanto a aquellos quebrantos de la salud, proclives a la introspección, escuchar violas de gamba y leer relatos de fantástico victoriano, pero ahora los resfriados del boomer postpandemia vienen cargados de siniestras resonancias. El humorístico estornudo es sustituido por la tos abrupta. Largos, asmáticos, durísimos, áridos imperios de fiebre y esputos, nos hacen sentir indefensos, miserables, proyectos de difunto. Nos hacen también recordar a nuestros ancianos padres, expectorantes y en batín. Nosotros, que éramos inmortales. Uno, envuelto en una mantita, cof, cof, mohíno y garrapiñado, mira con ojos de perro añorante el solecillo bueno tras la ventana, el amable sol de las delicias y las ebriedades de antaño, que nos pide volver y nos espera y nos promete un inconcreto, modestísimo milagro. Cualquiera, el que sea. Tampoco nos vamos a poner estupendos.

Auge y decadencia de la sonrisa

La mayoría de los seres humanos sonríen enseñando los dientes, cosa que también hacen los chacales antes de lanzarse sobre ti y despedazarte. Carezco de esa habilidad específica, para mí tan inalcanzable como la de mover las orejas. Mi sonrisa es una sonrisa neutra y desdentada. Años de conciencia de mi limitación me han hecho forzar un poco los músculos faciales y aparecer en las fotos con una apariencia de sonrisa que, en los mejores momentos, parece hasta jovial. Solo yo sé que es un fraude.

Hasta mediados del siglo pasado, los poderosos del mundo jamás sonreían. En aquellas imágenes que legaban a la posteridad aparecían con rostros severos, senatoriales, en el mejor de los casos una ligera curva en los labios expresaba determinación o la placidez de una vida cumplida. Hoy, los amos del universo sonríen desaforados, no hay cartel, organigrama o dossier donde no aparezcan exhibiendo la piñata a todo lo que da de sí. Tiene su sentido, claro, la melancolía está reñida con la rentabilidad, aunque me gustaría conocer sus insomnios y sus desfallecimientos en la soledad de sus despachos, nidos de águila que dominan las ciudades. Hubo un tiempo en que me ofendían esas sonrisas, éxtasis del lucro, sonrisas incapaces de iluminar unos rostros hechos de ambición y rapacidad. Me daban ganas de gritarles, ¿por qué sonríes?, ¡la vida es trágica!, ¡todo lo perderemos, mamarracho! Todavía no entendía lo que significaban: no estás invitado a la fiesta.

Curiosamente, por el mismo tiempo se produce una inversión de atributos. Si la juventud dorada había sido la propietaria legítima de cierta despreocupada alegría, estrellas de la música y modelos, los objetos públicos de deseo, comienzan a exhibir un aire hosco y taciturno, una mueca de insatisfacción, desprecio y angst adolescente. Se despierta el eros y se escenifica el rechazo. La ausencia de sonrisa significa exactamente lo mismo: no estás invitado a la fiesta.

Y sin embargo cómo me gusta esa sonrisa en que los ojos muestran algo de tristeza ―la misma con la que miro cada mañana ante el espejo a alguien que conozco demasiado bien―, cómo recuerdo la sonrisa con la que me miraron las mujeres que he amado cuando ellas me amaban, cómo me conmovió la sonrisa de una joven desconocida que hablaba tras los cristales de un bar con sus amigas el pasado día de Reyes y es bueno que ella esté en el mundo. También sonrío al imaginar tu sonrisa, querido lector, cuando leas estas desordenadas, triviales reflexiones de un hombre cansado en un domingo de invierno.

2023

El 1984 de Orwell, el 2001 de Kubrick, el 2019 de Blade Runner… hemos pasado tranquilamente por todos los posibles futuros que marcaron nuestros años de formación. Ninguno de ellos se reveló profético, llega el 2023 y siguen existiendo las pipas de girasol, los churros y los trajes de lagarterana, los gitanos con la cabra y los polvorones. En cambio, hemos asistido a la desaparición de los discos, los jeans como prenda adolescente, los juguetes y la prensa y asistiremos al final de las monedas, el rock, el subjuntivo, la lógica racional en el debate público y, eso seguro, de nosotros mismos.

Con todo, el mundo nos empieza a resultar vagamente extraño, como si practicáramos un desapego preventivo al presentir nuestra futura partida. Todavía mantengo una antena conectada a lo presente, por coquetería intelectual, por no parecer prematuramente envejecido, pero vivo en los libros de gente muerta. Amo, me embriago y río en el presente, pero mi corazón vive en los siglos pasados, en su música y en sus obras, en las inagotables huellas del hombre en el mundo.

Hubo un tiempo en que el año nuevo me parecía una extensión ilimitada de posibilidades a la que me lanzaba como el esquiador que en el torneo de los Cuatro Trampolines salta al vacío cada uno de enero. Ahora tiendo a verlo como una niebla en la que uno se adentra con pasos cautelosos, sin saber si al doblar la esquina te espera la caricia o el garrotazo, rotondas de placeres o zanjas de infortunio, si besarás la espalda de una mujer o te partirás los piños resbalando en la acera, esperando un acuerdo cada vez más desigual entre lo familiar y lo novedoso.

Escribo esto en el jardín de la casa de una amiga queridísima, en uno de los lugares más luminosos de España. El mar y sus rumores y un puente colgante al fondo y ante mí una extensión de grama de un verde heráldico, donde corre un perrazo que se parece a Karl Marx, y unos pinos centenarios donde los mirlos se entregan a sus asuntos igual que ayer, igual que siempre. ¿Puede uno ser tan insensato como para esperar algo de este año?, al fin y al cabo el 2022 fue un buen año. Nada podrá devolverme su mes de Octubre, pero tampoco nadie podrá arrebatármelo. Espero seguir haciendo el ridículo, que es mi forma de santidad, espero mejorar en mi oficio y no aburriros jamás, espero reír y beber mucho, no hacerme vil, espero una vida sosegada y fetén.

Ay 2023, no acabas de empezar y ya te amo y te temo como a una vara verde, cabronazo. Me darás revelaciones y me quitarás cosas que amo, me traerás catarros, éxtasis y caries. Dispensador de gloria y asesino de esperanzas, no puedes ser de otra manera porque estás hecho de tiempo y robar está en tu naturaleza. Dios no tiene resacas.

Leonard Freed «New Year’s Eve. Grand Central Station NYC» (1969)

25 de Diciembre

El cristianismo, sagazmente realista pese a la opinión habitual, se articula en torno a un nacimiento y a una muerte. Sin duda que la inmolación de una divinidad no es novedosa ―si a eso vamos, hasta en la injusticia de su condena hay ecos del proceso de Sócrates― pero el cristianismo aporta la idea de una muerte degradante, impensable en una mitología aristocrática y causa de su perduración. El mundo, al fin y al cabo, es de los desdichados y haber detectado la esencial fragilidad de los hombres es el acierto definitivo de lo que podríamos llamar una religión para la intemperie. Sin embargo, en esa idea de un dios que muere por nosotros hay un pasivo-agresivo «me debéis una» que nos disgusta un poco. Por eso el acontecimiento inaugural, la noche de Navidad, resuena con más cordialidad en los corazones humanos.

Otras veces os habré hablado de la Navidad de los pobres, de los abandonados, de los niños. Últimamente tiendo a contemplarla desde un ángulo en que jamás había reparado y es lo que tiene de celebración de lo humano. Un dios descubre los gozos de la carne mortal. Arrancado de los vastos orbes de la pura contemplación, de la transparencia y el número, ingresa en el tiempo. Su mirada de niño descubre la mirada de la madre, el calor bondadoso de los animales, la magia humilde del fuego, la fábula de las estrellas en el cielo. Qué risa de asombro podemos imaginar en ese recién nacido, hasta la mordedura del frío y la aspereza de la tela que lo envuelve son una embriaguez.

Con los años descubrirá los vértigos de la incertidumbre, el juego y la danza, el sabor del pan y de las uvas, la fidelidad del perro, el canto y las diferentes palabras que nombran las cosas, la ironía y las alegres obscenidades, la dulzura del sueño tras un día de trabajo. Hacer objetos con sus manos en el taller de su padre, rascarse donde le pica, saciar su sed en las fuentes, sentir la piel del otro. Qué revelación tocar lo que él mismo ha creado, asistir asombrado al paso de las estaciones, la migración de las aves, los cambios en su cuerpo, el aguijón del deseo.

En este día de Navidad imagino un dios que se ha enamorado de su obra, que no ha podido soportar la salida del tiempo y el regreso a su antigua condición. Arquitecto de universos que se bastaba a sí mismo, reniega ahora de su condición. Devorado por la nostalgia, quiere ser efímero y cambiante, incluso si eso supone sufrimiento. Porque debemos estar por encima del dolor y la miseria de nuestra condición, saber que el milagro nos espera a cada instante donde menos se le espera, que el mundo rebosa de abundancia y luz si tenemos los ojos bien abiertos y algo del corazón de aquel rapaz asombrado que fuimos.

Gentile da Fabriano (1370-1427)

Yves Klein, Hafiz y un señor del Bierzo. (Un cuento de Navidad).

El 22 de Diciembre de 1986 un tren atraviesa de noche la distancia entre París y la frontera española. Hace un frío del demonio y un joven Perpiñá viaja en uno de aquellos viejos compartimentos de segunda con un par de desconocidos: un chaval navarro y tenue y un señor del Bierzo que se parece vagamente a Adolf Hitler. El joven Perpiñá regresa a casa por Navidad tras tres meses de estancia en Oxford, que él esperaba parecidos a una novela de Evelyn Waugh y resultaron más próximos a una película de Ken Loach. El joven Perpiñá se siente fracasado porque el viaje ha sido sexualmente estéril y no ha escrito ni una página de la novela que esperaba escribir, pero allí se ha aficionado a John Dowland, la Motown y a Ella Fitzgerald y eso que se lleva. El joven Perpiñá vuelve literalmente sin un duro y se muere de ganas de pisar el umbral de su casa, abrazar a sus padres y amigos, amar de nuevo lo acostumbrado, sentirse querido.

La noche será larga y en un mundo aún analógico habrá que conversar. El lánguido navarro resulta ser un tipo de lo más sofisticado y le enseña una monografía que le habrá costado un pastizal sobre Yves Klein, artista avantgardísimo que Perpiñá conocía por una foto que vio de niño en un libro de arte y que le turbó lo más grande; foto donde dos señoritas desnudas se embadurnaban de pintura mientras un trío de cuerda tocaba sabe dios qué y un público burgués ponía cara de póker. Al afectado navarro le encanta el enfáticamente llamado “azul Klein”, único pigmento del que constaba su obra y que a Perpiñá le recuerda al azulete de toda la vida, aunque se abstiene de decirlo para no quedar como un gañán. Mientras, mira con el rabillo del ojo al silencioso, plácido, relimpio señor del Bierzo, preguntándose qué estará pensando de los dos listillos que tiene enfrente. El delicuescente navarro sigue hablando con una voz muy bien modulada, esta vez sobre Hafiz, poeta báquico, místico y persa, que Perpiñá aún no ha leído pero conoce de oídas, gracias a dios, porque a Perpiñá le preocupa la opinión que el fatuo navarro se forme de él. Pero como a Perpiñá también le importa la opinión del señor del Bierzo, que va muy abrigadito, le saca un poquillo de conversación con que vaya biruji que hacía en París, ya que el tiempo es «lingua franca de la sociabilidad, se hablaba del tiempo a la sombra de los zigurats y en las lonjas de Núremberg, se habla del tiempo en el Vaticano, en Miami y en Puebla de Don Fadrique», como escribió años después un Perpiñá mucho menos joven, pero algo menos imbécil y que sigue sin haber escrito una novela.

No recuerdo cómo pasamos del biruji a ello, pero el hombre del Bierzo empezó a hablar sobre el amor y nos dijo, con una voz extrañamente inexpresiva, que era convenientísimo antes de escoger esposa, haberla conocido desde que era pequeña, haberla visto crecer, para así hacerse una idea cabal de sus cualidades. Al vaporoso navarro y a mí nos pareció entonces una opinión de enorme rusticidad y seguro que intercambiamos una discreta mirada de estupor e ironía. Pero ahora pienso, qué demonios, Hafiz hubiera hablado así, Dante hubiera hablado así.

¿Por qué me acuerdo del berciano hitleriano?, porque he estado estratosféricamente enamorado y mirar las fotos de la mujer amada en su niñez ―aquella cosita pequeña que tenía que ponerse de puntillas ante el lavabo para cepillarse los dientes, que ya era ella pero que aún no era ella― me hacía sentir una ternura insoportable y solo ahora, en la aflicción, entiendo que quizás tras aquella silvestre barbaridad del viajero, hablaba una dulzura antigua y cereal, más vieja y más perdurable que las ruinas de los desiertos.

Se acerca de nuevo la Navidad, hace frío, las muchachas desnudas de Klein no estarán para muchos trotes, el señor del Bierzo descansará a dos metros bajo tierra, como mis padres, el irisado navarro me juego lo que sea a que comisaría alguna exposición y yo que he incurrido en las hipérboles sentimentales del bueno de Hafiz y que ahora entiendo hasta qué punto su dolor no era retórico, me consiento regresar mentalmente a ese vagón vacío que sigue atravesando de noche, en algún universo paralelo, los paisajes de aquella Francia que solo conocía por las novelas que amaba e imagino, solo por un rato, que me quedo dormido en él, sin que me vea el revisor, arrullado por el traqueteo y los recuerdos de una vida tan distinta a la que entonces esperaba, sabiendo que no tengo ya dónde regresar, preguntándome en qué estación terminará mi viaje.

Un happening de Yves Klein, que ya hay que tener poder de convicción.

Hora de partir

Ya el niño que aún eres ha llorado sus lágrimas de hombre. No cabe entregarse a la desesperación o al abatimiento, hay todavía tanto por hacer. Hay que desmontar el decorado, las altas torres de la hermosa ficción que construisteis, arrancar cada clavo y cada tabla del escenario donde se pronunciaron las palabras más dulces, las tiernas, un poco bobas palabras de los amantes. Que no se pierda una sola de ellas. Honrarlas como se merecen. Guardar cada pieza en cajas y clasificarlas en los vastos almacenes del recuerdo, enrollar las nubes y los cielos pintados, los jardines y las lluvias, apagar las luces, todo lo que nos deslumbró. Despedir a los músicos. Cubrir con una lona descolorida cada instante de felicidad, cada perfume, cada caricia dada. Los besos no, que abandonen el lugar en desbandada, porque es su condición ser libres.

Al final, terminada la tarea, no quedará nada en el lugar inhóspito donde se edificó el sueño, apenas un armazón desvencijado, el bastidor melancólico de todo lo que pudo ser, de todos los días que ya no, nada que haga pensar a un caminante en la alegría que se regalaron dos frágiles seres humanos. Quizás a la caída de la tarde un remolino de viento, como la vibración suspendida en el aire de una campana, como palabras susurradas al oído, un estremecimiento de luz. Todo lo demás lo llevas dentro, toda la felicidad que te fue dada, la risa y la zozobra, la cara que veneraste, la voz, aquella voz, todo aquello que te hizo mejor y debes proteger del olvido. Ser digno de lo que ocurrió. Abrigarte, seguir caminando a través de la tierra baldía, solo de nuevo, calentando tu corazón cansado con toda la gratitud que debes, porque el invierno está cerca.

Caspar David Friedrich

Un dios

En una playa solitaria en los confines del mundo, semioculta por la arena, hay una estatua quebrada, corroída por el salitre y los excrementos de aves marinas. Es una divinidad sin poderes y sin fieles que le rindan culto. Es la divinidad de las cosas que no pudieron ser, de los proyectos fracasados, de los animales depredados, de los pobres amantes sin esperanza que hicieron el ridículo, de los ahogados en el fondo del mar, de los niños muertos antes de siquiera atisbar las delicias del mundo, de los artistas sin talento, de los que conducen mal, de los muertos de hambre, de la lluvia sobre las cenizas, de aquellos a los que no les fue concedida la sal y el ingenio, de los soldados caídos el último día de guerra, de los perros con tres patas, de los feos, de los hombres y mujeres buenos que no follan y tiemblan en sus camas cuando cae la noche, de una mujer en mi barrio que pasa los días y las noches sentada en un banco, de los cantantes que desafinan, de los reclutas torpes, de las mascotas abandonadas, de los que se marean en los columpios, de Frank Poole, el astronauta de 2001 que por toda la eternidad dará vueltas lentamente en el espacio, de los críos gorditos y mansos, de los gatillazos, de las cartas que no llegan a su destino, de los que despiertan cada mañana en una cárcel por un crimen que no cometieron, de los que pisan una mierda, de los curas sin fe, de los tontos del pueblo, mofa y befa de los niños crueles, de la comic sans, por todos despreciada, de los cornudos, de las ballenas varadas, de los que una mañana perdieron su pelo, de los cuchillos mellados, de los negocios en los que no entra nadie, de las máquinas que ya no funcionan, de las manchas de humedad en las paredes, de la camisa caída del tendedero a un patio inaccesible y que ve pasar los años, del frío que se cuela por las ventanas en la casa de los pobres, de los países que nunca levantaron cabeza, de la cebolla y el ajo, de los que ven sus obras rechazadas, del dolor de los niños, de la cerveza que se queda sin gas, de los que esperan un whatsapp que nunca llega, de los que resbalan en la acera y se dan un batacazo, de los dientes que se caen, de aquellos a los que hemos olvidado, de ti y de mí. En este domingo destemplado rezo una oración secreta ante ella y deposito ante su desmañada figura unas flores mustias, un bolígrafo sin tinta y un pajarillo muerto.

Paul Klee, «El fantasma de un genio»

Un rodaje

Hacía tiempo que no estaba en un rodaje. Desde la infancia y durante buena parte de mi vida quise ser director de cine. No lo conseguí, siendo este uno de mis fracasos más señalados, de esos que forjan un carácter. Lo impidieron mi inmadurez, la falta de esa maniaca capacidad de concentración, ese nivel de exigencia que no se detiene ante nada y que el cargo exige. Con dinero público, que podría haberse destinado a empeños más necesarios, perpetré varios cortos de muy mala calidad que permanecen en un olvido piadoso. Dos de ellos literalmente desaparecidos.

Recuerdo un momento en uno de aquellos rodajes. Sentado en un descanso con un café en la mano, rodeado de trípodes, focos, reflectores, cables y gente preparando el set. Pensé ingenuamente que esta vez era de verdad, que esa tensa, agotadora actividad sería mi vida. No pudo ser.

Y ayer volví a esa atmósfera como visitante, solo que ahora la maquinaria era mayor, una producción sin restricciones de una gran plataforma, de la cual yo era guionista. Sentí cierta nostalgia, pero el distanciamiento me permitió ver las cosas de otra manera. Sentí entonces admiración.

No menos de treinta personas ocupaban una calle del centro de Madrid con algo de la agitación colectiva del hormiguero, la precisión de la producción en cadena y la provisionalidad de una tribu nómada. Con un singular buen humor, teniendo en cuenta el madrugón y el frío, desplegaban casi en silencio una actividad incesante, minuciosa, secreta para el profano. La orquestación de una labor complejísima. Los actores, como hierofantes en trance, se desdoblaban en personajes imaginarios viviendo situaciones inventadas, simulacros de existencia. Más concretamente: fragmentos simulados de existencia. Tecnología punta y trucos de saltimbanqui para efectuar una operación mágica, en que se hace emerger de la misma realidad una realidad nueva. Un gnóstico lo hubiera considerado un rito abominable. Contemplaba a la tribu que a tales maniobras se entregaba: todo tipo de edades, de rasgos, de biografías… todos unidos ―supongo― en una misma pasión por esos ejercicios de fingimiento. Como escritor yo habito el reino de la pura especulación, las gentes del cine crean realidad dotada de sentido. Es una alta tarea, pudo haber sido mi familia. Esa mañana de noviembre ―con un frío que pelaba, sin amargura, sin lamentaciones― los quise. No pudo ser.

Esplendor y caída

Era un ramo frondoso, turbulento, abigarrado, como aquellos que con obstinada devoción pintaba Fantin-Latour. Una anomalía dentro de las austeras costumbres de las clases medias en el tiempo de mi niñez. No supe cómo ni por qué habría llegado a mi casa, pero en una semana de convalecencia en la que por fin pasé de la cama al sofá del salón –los pediatras de los años setenta tenía una desmesurada fe en las virtudes del reposo– aquella erupción floral, de un colorido violento, colocada sobre la mesa del salón en un búcaro de un verde tóxico, pasó a ser mi compañera.

Mi madre pensaría que su aspecto y su perfume me alegrarían y no descarto que una secreta sospecha de afinidad (¿acaso no se parecen las flores y los niños?) guio su decisión. Sin embargo, a mí me intimidaba un poco. Había algo prehistórico y excesivo en aquel tumulto carnívoro, aquel estallido de discos solares de aroma narcótico. Pero al menos ya no tenía que guardar cama, no tenía que ir al colegio y me pasaba el día leyendo tebeos, aventuras en el polo norte o en las selvas africanas, viendo una tele en blanco y negro o escuchando una y otra vez los pocos discos que mis padres tenían de un músico sordo y con pelazo llamado Beethoven. También oyendo los diversos sonidos de la actividad de la jornada en la calle y en el patio interior del edificio, la música de las horas.

Pasaron los días y en, paralelo con mi recuperación, empecé a ser testigo privilegiado del marchitamiento de las flores. No podía creer que aquella incandescencia, que aquella gloria pudiera apagarse, pero los pétalos blancos amarilleaban, sus cabezas se doblaban poco a poco, el polen caía sobre el mármol de la mesa, una melancólica, pantanosa sensación de mortalidad impregnaba el aire… Fue un proceso largo, cada día se les cambiaba el agua a las flores, en la esperanza de retrasarlo, pero el avance de aquella decrepitud era imparable y las inmundas veladuras necrosadas daban a la masa de los pétalos un carácter monstruoso. Finalmente, aquella ruina fue retirada y arrojada a la basura, para mi alivio.

La vida íntima de los niños pasa por epifanías y conmociones que incluso sus padres desconocen. De aquellos pocos días, además de un amor incondicional por cierto músico alemán, me queda la certidumbre de que incluso la belleza puede ser excesiva y una aguda conciencia de lo efímero. También una mezcla de atracción y repulsión por lo que decae y se desvanece, un gusto mórbido por lo nocturno y lunar. Cosas que mi buena madre, cuando me traía un zumo y me daba un beso en la frente ni sospechaba. Yo tampoco llegué a conocer nunca sus más íntimos secretos. Una de las esperanzas de aquellos que creen en una vida más allá de la muerte es que todos esos misterios nos serán desvelados. No estoy seguro de que sea una buena idea.

Henri Fantin-Latour