Arcadia

Etiquetas

,

Mis padres no eran creyentes. O al menos no lo fueron hasta el final de su vida cuando, próximo el gran escándalo de la extinción y ya sin dos arrogantes jóvenes en casa para juzgarlos y ridiculizarlos, se soltaron el pelo. Supongo que nos matricularon en un colegio de curas por adoptar las costumbres de aquella clase media a la que tanto les costó llegar. Así mi hermano y yo pasamos años en una escuela regida por una comuna de hombres solteros que llevaban una vida frugal y de escasa privacidad en la planta de arriba, la misteriosa planta de arriba a la que los alumnos no tenían acceso. Si uno lo piensa, es algo francamente muy poco burgués.

El padre A. era tartamudo, su reino era el ala de los más pequeños, también separada de nosotros. Unas grandes gafas de pasta negra le hacían parecerse al Capitán Tan, un personaje de la televisión tardofranquista. Lo veíamos al otro lado de la verja con su rebeca gris y un silbato en la boca, bregando con un bullicio de criaturas atolondradas, chillando en torno a él como una bandada de golondrinas en crack. Nuestro inmediato pasado.

El poco sutil pero muy descriptivo mote de “el tartajas” hizo fortuna y fue transmitido de curso en curso. El padre A. se quedó con él para toda la vida. Durante un año nos dio clases de religión, acaso por ser una asignatura que se despachaba con llamativa desgana y sin demasiada exigencia. Carente de esa ironía de los curas más estudiados, no parecía consumido por arrepentimientos o desesperaciones. Un alma de dios de un pueblo del norte de España, que quizás tuvo que elegir entre el tractor y el seminario. Lo sentíamos un poco como uno de los nuestros. Su idea del orden era dar unos reglazos de órdago en la palma de la mano. Imagino que él no conoció otra pedagogía y a nosotros nos parecía algo inevitable, que formaba sin gran escándalo parte de su naturaleza, como los arañazos del gato.

Solo recuerdo que fue por la mañana. Mentiría si dijera que la lluvia caía sobre los patios vacíos o que por las ventanas entraban los sonidos y las seducciones de la primavera. Nos hablaba de la vida en el jardín del Edén antes de la caída. Un compañero le preguntó por Adán y Eva: ¿de verdad vivían desnudos? Estallaron las risitas. Para los niños de un tiempo previo a Star Wars y a Berlusconi la desnudez de la pareja mítica estaba saturada de los primeros presentimientos del sexo.

Para nuestra sorpresa entró al trapo y declaró -tartamudeaba un poco, pero es que siempre lo hacía- que entonces eramos inocentes y por tanto vivíamos desnudos sin maldad alguna. Pero añadió algo, algo que estoy convencido que improvisó en un arrebato de elocuencia que jamás le habíamos escuchado. Nos hablaba de un orden fraternal que fue y que volvería a ser, un estado en que hombres y animales vivirían juntos sin temor, en una alianza perdurable.

Nunca había fantaseado con aquella posibilidad, que me deslumbró como había deslumbrado al buen padre A. Ahora sé que él lo creía sinceramente. Lo contó con la suficiente pasión para que no lo haya olvidado. Años después entendería que estaba recreando una de las profecías del libro de Isaías:

«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco».

La enésima revisitación del mito de la Edad de Oro, el sueño de volver a la infancia del mundo, libres de la desgarradura del tiempo, en un azar sin necesidad, juego y luz, abolido el mal y el dolor.

A veces me he acordado de su candor. ¿Se agarraría a ese sueño en los momentos de flaqueza? ¿Lo guardaría aún en su corazón, todo aridez tras una vida hecha de monotonía, calabacín hervido, tabaco negro, pequeñas intrigas y negación de sí? Pobre tartajas, viejo ya, paseando a la caída de la tarde por los pasillos vacantes cubiertos con azulejos de un celeste desvaído, soñándose a sí mismo desnudo en los campos del señor, dando de comer al leopardo, saludando al águila, nadando con los delfines. Contando el tiempo que le falta.

Edward_Hicks_-_Peaceable_Kingdom

Edward Hicks (1780-1849). “The Peaceable Kingdom”

El fresquete

Etiquetas

,

No deja de resultar curioso que la charla informal sobre el tiempo sea algo abiertamente ridiculizado, el no va más del convencionalismo. Ritual inane, propio del filisteo, el burgués o el cuñado, que son los diferentes nombres con los que a lo largo de la historia el eterno adolescente zahiere a su semejante: el ciudadano medio, al que reprocha sus renuncias, su gusto escasamente articulado y no saber lo que le conviene.

Hablar de escalafones y pequeñas intrigas, eso sí es entregarse a insignificancias, no ocurre así en la charla sobre el tiempo, de una hondura nada desdeñable. Lingua franca de la sociabilidad, se hablaba del tiempo a la sombra de los zigurats y en las lonjas de Núremberg, se habla del tiempo en el Vaticano, en Miami y en Puebla de Don Fadrique. A mujeres y hombres, al colérico y al manso, a los codiciosos y a los inocentes, a todos nos llueve encima o nos sofoca el sol, la primavera nos seduce con fantasías de novedad o temblamos ante el rayo y el viento que se lleva nuestro tejado. Por eso se habla con desconocidos de fenómenos que escapan a nuestro control, indiferentes ante nuestros deseos y de los que depende el buen fin de cosechas, batallas, fastos y navegaciones.

Este año el verano llegó antes de tiempo y con violencia de spaghetti western, haciendo del mundo un lugar hostil, un enemigo. Caminábamos por las calles aturdidos como turistas nórdicos, en un sordo torpor veteado de aprensiones de apocalipsis. Algunas personas buenas colocaban cacharros para que bebieran los pájaros. Y he aquí que sin esperarlo las temperaturas bajaron por unos días y nos vino el regalo del vientecillo, una brisa frecuente y fresca. En esos días otra cosa no fue más comentada ni agradecida y pasadas las semanas aún se recordará aquella alegría

Producto de complejos procesos de mecánica de fluidos, viene del interior del mar o de las cumbres, lo conocen los que tienen que madrugar y los viejos lo esperan a la caída de la tarde. Imprevisto a veces en mitad de la noche, atraviesa bosques, jardines y huertas recién regadas y entra por nuestra ventana abierta -los visillos se mueven-  como una módica gracia que nada cuesta y se nos da. Entornamos los ojos, sonreímos ante el vientecillo bueno, caricia sin bulto, el que te alborotaba el pelo a ti y a tus amigos en aquella cubierta cruzando el estrecho o en otros veranos despertaba los olores del campo que cruzabas en moto o el que te acompañaba, volviendo a casa de amanecida, tras la primera noche que pasaste con alguien que te encantaba.

Y es así, no falla, es darte el fresco en la cara y lo que fue bueno asiste y todo merece la pena y todo está bien.917ccf52089066cd0c66ecfc74b0ccde--sandro-venus

¡Escándalo!

Etiquetas

, ,

«Aunque tenía ya varias décadas de existencia en Roma, fue en el año 186 a.C. cuando los cónsules Espurio Postumio y Quinto Marcio descubrieron que se celebraban en la ciudad bacanales o «Misterios orgiásticos» nocturnos. Su reacción fue fulminante, y tiene para nosotros el interés de contener los parámetros que acompañan a una declaración de plaga moral. Por su magnitud, tanto como por sus específicas circunstancias — acusaciones estereotipadas, sin garantías de procedimiento, completamente inusuales en el trámite jurídico romano- esta iniciativa constituye el principal precedente de las persecuciones religiosas que se harán crónicas en el Bajo Imperio, y de todos los procesos ulteriores por hechicería». Así nos explica Antonio Escohotado en su “Historia de las Drogas” la aparición del ceñudo senadoconsulto De Bacchanalibus, mediante el que la República pretendía atajar con medidas de extrema dureza los excesos en los cultos báquicos.

El viejo puritanismo adopta formas insospechadas. En la España del 2017 le ha tocado esta semana a los Sanfermines ser el centro de una de esas enérgicas ofensivas que forman parte del metabolismo de las redes. Tras la infame violación colectiva del año pasado, muchos medios pugnan por ofrecer la imagen más dantesca posible del festejo y parece como si el progresista sin fisuras tuviera la obligación de rechazar energicamente unas celebraciones bárbaras y anacrónicas, que nada pintan en pleno siglo XXI. Olvidan que es precisamente esa naturaleza caótica y elemental lo que las hace irresistibles y demuestran no entender en absoluto, como no lo entendió el legislador romano, el componente dionisiaco de nuestra naturaleza. Otra cosa, por supuesto, es que incluso en ese estado de excepción que toda fiesta pública supone, siga vigente eso que llamamos civilización y la ley persiga cuanto atente contra la dignidad humana.

Veo en los muros el enlace a un artículo del portal “Kaos en la Red” con el titular “Sanfermines: Fiesta de Vergüenza Nacional”, que incluye párrafos de furor decimonónico y sacristanesco como este: «Revolvamos entre sí todos esos ingredientes repugnantes durante siete días y el resultado en España no se llamará vergüenza y delito sino Fiesta declarada de Interés Turístico Internacional, vendiéndose al mundo como orgullo, tradición y señas de identidad, lo que da una idea de la catadura del vendedor. Si ya producía arcadas que fuesen legales, verlos elevados a la categoría de intocables es ser testigos de a qué límite puede llegar bajeza humana». Pienso melancólicamente que la izquierda no era esto. O no debiera serlo.

Br7ThudCUAEQx6Y.jpg large

Un desbordamiento

Etiquetas

, ,

Sucedió que una amiga mía, que vive en un pueblo de las afueras, volvía a casa finalizada la jornada y de buen humor, circunstancia esta que conviene subrayar. Pasó al lado de una iglesia donde un cartel anunciaba el concierto de un “coro danés de voces blancas”. Tengo que decir que mi amiga es músico y que en Huétor Vega, aun siendo un pueblo encantador, la presencia de un coro danés de voces blancas es algo bastante excepcional. Así que mi amiga se adentra sin pensarlo en la penumbra del templo. Hay en las iglesias de los pueblos una especie de acogedora, limpia, humanísima sencillez. La de Huétor, una muestra de arquitectura mudéjar del siglo XVI, no es ajena a ese encanto. No había mucho público y en medio de ese silencio resonante de bancos de madera y toses sofocadas hizo finalmente su aparición el coro: un grupo de muchachas unánimemente rubias -el rumor ligero de sus pies sobre el suelo de piedra- que vestían de negro con una estola roja sobre los hombros. Empezaron a cantar.

Lentamente, aquellas voces con algo todavía infantil, voces sin historia y sin remordimientos, desplegaron ante los oídos de mi amiga una bóveda de una belleza transparente, como si el tiempo suspendiera su disciplina, como una luz que era un acuerdo con una existencia repentinamente investida de sentido. Habréis alguna vez oído hablar del síndrome de Stendhal. En determinado sujetos expuestos a una experiencia estética muy intensa se produce una reacción en forma de vértigo, confusión, temblor y palpitaciones. En el caso de mi amiga la respuesta consistió en un llanto difícil de dominar.

Aun en semejante estado de disociación, no podía dejar de darse cuenta de que sus lágrimas empezaban a llamar la atención de parte del público y, especialmente, reparó en que las encantadoras muchachas del coro, tan rubias, tan blancas, tan boreales, la miraban apenadas, conmovidas por la aflicción que desgarraba a aquella desconocida. Percibió entonces, de manera casi física, que cantaban para ella, para sacarla de su espantosa crisis de mujer anónima, que a su manera danesa le decían: ¡estamos contigo!, «you’re not alone, gimme your hands!».

Un estremecimiento de gratitud, de amor oceánico comenzó a arrancar hipidos de su cuerpo. Hubiera querido decirles que no había de qué preocuparse, que era feliz como un pajarico, pero a esas alturas ya todo el recinto estaba pendiente de sus sollozos convulsos.

Por un momento pudo parecer que la absurda situación se resolvería cuando, a modo de intermedio, un pianista se dispuso a interpretar arreglos de cantos populares. Mi amiga conocía al pianista, sabía que no era un virtuoso y podía ver que el teclado eléctrico del que se disponía no auguraba una experiencia estética de primer orden. Quizás podría así cortarse ese flujo embarazoso de lágrimas y mocos, de manera que bajó la guardia. El hombre, que tenía ya sus años, coloca sus manos sobre el teclado y empiezan a sonar reconocibles, inevitables, fatales, los primeros acordes de “El noi de la mare”.

«Què li darem en el Noi de la Mare?
Què li darem que li sàpiga bo?
Panses i figues i nous i olives,
panses i figues i mel i mató».

¿Os he contado que mi amiga es catalana? Esa y no otra era la canción que desde su más tierna infancia le cantaba su madre para inducirla al sueño. Y entonces se le vinieron encima todas las noches lunares de la primerísima niñez y la luz encendida de la mesita de noche y la suavidad de aquel pijama con la cara de Bambi y aquel sentimiento inefable de estar a cubierto, arropada por las mantas y por aquella voz que alejaba todo temor y que le hacía sentir que el mundo era bueno y seguro y amable.

A estas alturas a mi amiga ya le daba todo igual y, sin freno alguno, lloraba a lágrima viva. La compasión del público empezó a transformarse en una cierta incomodidad, ¡algunos niños la miraban impresionados! El mismo pianista dirigió unas palabras al público, explicando que las canciones populares apelan a emociones muy arraigadas en el inconsciente y pueden tener un efecto catártico sobre personas deprimidas. En ese momento sintió todos los ojos presentes clavados en su nuca y empezó a pensar en cómo huir de allí, cómo levantarse y salir de la iglesia secándose las lágrimas con la mayor dignidad posible dadas las circunstancias, mientras el pianista lo daba todo atacando “El paño moruno”; no fuera a ser que se presentara un médico compasivo y, mientras la sujetaban firmemente de los brazos, le inyectara en vena una dosis masiva de alprazolam.

(Le he robado esta historia a Isabel Maynes, tal y como la contó el día de su cumpleaños, con los inevitables añadidos de mi cosecha. Espero haberle hecho justicia.)

William_Holman_Hunt_-_May_Morning_on_Magdalen_Tower

Extraños

Etiquetas

La ciudad multiplica el acaso de los encuentros. En la vida del campesino medieval el contacto con personas de las que se ignoraba el nombre era excepcional e iba generalmente asociado a malos lances: hombres de armas al servicio de levas y recaudaciones, bandidos en los caminos, desalmados y violadores, el viajero funesto que traía la enfermedad. A veces el cómico y el buhonero, los desarraigados por excelencia.

En el discurso del moralista reaparece periódicamente la ciudad como encarnación del mal. Lugar del dinero y del trato frecuente con desconocidos, le asquea sobre todo esa febril pululación de hormiguero e ignora las fuentes de abundancia en lo casual y lo aleatorio. La nostalgia de la aldea es el primer síntoma de la mentalidad reaccionaria. Ninguno de nosotros está libre de incurrir en esas inútiles melancolías.

Da vértigo pensar en los cientos de personas con las que establecemos lazos fugaces para no volverlas a ver. Taxistas, mendigos, funcionarios, camareros y policías; en mercados, hospitales, puertos, estaciones, edificios donde se administra el poder y abiertos espacios públicos. Cruces a veces con algo de excepcional y memorable que, transformados en relato, salpicarán durante años nuestra conversación para deleite o desesperación de los amigos.

Ernst Jünger hablaba del sentimiento de privilegio de aquellos amantes cuyo primer conocimiento fue azaroso, una primera audacia fuera de las redes de lo familiar, de los trabajos y los hábitos, como si algún destino operara. Esas parejas recuerdan siempre aquel albur fundacional y se lo cuentan a sus hijos. Es la mística de aquel “Strangers in the night” que popularizó Frank Sinatra.

Los desconcertantes, torpes, engañosos, sórdidos o radiantes tropiezos en las horas altas de la noche, en los bares donde huimos de la angustia y nos envenenamos cortejando lo imprevisto.

Otros parecen investidos de una condición de epifanía. El anónimo macarra que me ayudó en una vomitona de adolescente, la chica que me impuso con toda convicción las manos en un vagón de metro para aliviar el golpe que me había dado al entrar corriendo, la anciana a punto de llorar de miedo y desamparo a la que tienes que socorrer bajo un sol violento, el amenazador diálogo con un loco en las calles vacías.

Y, por encima de todos, aquellos instantes que justifican nuestra mera existencia como especie, los que no conviene olvidar cuando llega a nuestros oídos el monótono lamento de los difamadores del mundo. El soldado que decide no matar a un enemigo a su merced, quien dice palabras de consuelo al desconocido que muere en sus brazos, la voz de aquel extraño que te salva la vida. El encuentro con los justos.

sunlight-in-a-cafeteria

Cave canem

Etiquetas

,

enluminures2

Desde muy pequeños, desde que el lenguaje nos crece dentro, empezamos a formar categorías, a ordenar lo indiferenciado. Para los niños de mi generación la idea de perro se manifestaba de dos maneras. Estaba el animalillo encantador de los juegos y los dibujos animados, tan parecido a nosotros, afable, fiel, sentimental. Pero también estaba el otro, el animal bronco que corría suelto por las calles, el que no movía el rabo en señal de reconocimiento, el inquietante hijo del lobo y de la lluvia.

¿Cómo podría olvidarlos?, dirigiéndose a sus asuntos por las cuestas sin asfaltar de aquel pueblo, entre el humo santo de las chimeneas, sus ladridos como el trueno al otro lado de cancelas pintadas con minio contra las que estrellaban su corpachón. O encadenados cruelmente a una estaca, entre huesos que amarilleaban, siglos de miedo y vergüenza en los ojos de bestia apaleada. Las partidas de perros que descendían del monte, frutos desmañados de azarosos cruces y acoplamientos insolentes a pleno sol. Los grandes machos renqueantes, asmáticos, con los flancos heridos, la espuma blanca en el belfo. Sus secuaces hirsutos, descarnados, arrastrando a veces mutilaciones –aquel desgraciado con un ojo inútil, cristalizado y amarillento como un ámbar decrépito–, las pobres perras preñadas, con las tetas hinchadas, escarbando en la basura, la legua colgando, la sed incesante. Esa sensación de piedad y terror cuando tenías un mal encuentro con ellos en un cruce y el corazón te brincaba mientras –no moverse, no mirar­– contenías el aliento esperando a que dejaran de gruñir y de prestarte atención.

Una vez vimos a unos cazadores matar a tiros a un braco rabioso. Saltaba ensangrentado en el aire, parecía como si nunca fuera a morir. Durante semanas visitamos el secarral donde lo enterraron, erizado de cardos espinosos, contemplando fascinados el lento avance de la podredumbre. Cosas de críos.

Y ahora, cuando empiezo a percibirme como uno de esos perrazos vulnerados, cuando ya no oigo por la noche aquellos destemplados ladridos elementales, me acuerdo de ellos, de su hambre y su aterido orgullo. Viejos fantoches, expertos en mil derrotas, mis semejantes, mis hermanos. ¿Dónde fueron a parar aquellas manadas famélicas del invierno y las grandes intemperies?, ¿bajo qué luna bondadosa seguirán perseverando en sus libres correrías?

After Hours

Etiquetas

, ,

Mientras todos duermen dentro y el fuego se va apagando en la chimenea es delicioso tomarse una última copa de vino en el porche a oscuras. Las pupilas se dilatan y, bajo una luna casi llena, el insólito paisaje de un valle subtropical se dibuja de nuevo con fantasmales grados de detalle. Si a esas horas una figura se acercara por el camino, cosa que afortunadamente no ocurre, podría verse perfectamente.

Las cabezas andan algo nubladas por los efectos de un largo día festivo. Se habla en voz baja, en parte por no despertar a los que duermen, en parte porque rodeados de la bulliciosa actividad nocturna de pájaros, ranas y grillos ambos nos sentimos intrusos. También pudiera ser que ante el raro regalo del silencio no sea necesario alzar la voz

El tono susurrado se presta a la confidencia y a cierta seriedad. Hablamos de los tristes mecanismos del fin del amor, de la presencia constante de la muerte, que a partir de cierta edad siempre te acompaña, de los trabajos hechos, de planes y proyectos. Los muy heteropatriarcales ladridos de los perros resuenan por todo el valle y mi amigo me cuenta hechos de una violencia inaudita ocurridos en esa tierra cuando la rebelión de los moriscos. Iglesias en llamas con almas encerradas en su interior, la huida al monte de todo un pueblo, emboscadas con piedras y aceite hirviendo, desbandadas, degüellos y violaciones a campo abierto a cargo de las tropas reales. Los viejos buenos tiempos. Me hace notar que el paraje que nos rodea no debe haber cambiado mucho desde entonces. Cuando me vuelvo a mirarlo, mis ojos afinados por la marihuana encuadran tres montañas, la luna, dos estrellas, un planeta y un algarrobo en una enfática simetría. Todo se vuelve tan heráldico, tan trascendente y tan Kubrick que a uno casi le entra la risa.

Le comento que es muy afortunado de disponer de ese rincón del mundo para esconderse cuando es preciso. Mi amigo asiente, pero añade que para él ese paisaje no deja de estar impregnado de cierta tristeza. Sus primeros recuerdos pertenecen a esa tierra fragante de frutales, los descubrimientos y aventuras de una infancia libre. No hay cerro, me dijo, que no haya coronado, no hay trocha que no haya fatigado, poza en la que no haya flotado en un día de verano. También la iniciación en los misterios de la embriaguez y del amor que instauran la adolescencia. Y todo sigue igual salvo él, salvo nosotros, en ese decorado, encuentro melancólico entre el fin y el principio. Creí percibir como su voz se estremeció ligeramente:

-No se me olvida como olía el pelo de aquellas chicas.

Y nos quedamos un rato más escuchando el insistente escándalo de los grillos, haciendo tiempo.

tumblr_mm8neh7Oip1s2x542o1_500 (2)

Horas pasadas en los cementerios

Etiquetas

, ,

Dominando la ciudad entera, entre olivos que brotan de una tierra densa, rojiza, se levanta el cementerio de mi ciudad, donde se amontonan los huesos de nuestros muertos desde hace doscientos años y en tiempos de guerra se fusila a los vivos en sus tapias.

Es ya un lugar común de esas conversaciones triviales de los velatorios que, a partir de cierta edad, uno empieza a frecuentarlo con demasiada asiduidad. Primero vamos enterrando a nuestros padres -la orfandad es la señal definitiva de la madurez- luego viene el lento goteo de aquellos que nos han acompañado por el camino. Los supervivientes nos vamos encontrando con regularidad en estos instantes ceremoniales, hechos de compasión y temor, testigos del paso del tiempo sobre nuestros cuerpos. Entre las cortesías, los abrazos, los reencuentros y las bromas para distender el ambiente no hay uno solo de nosotros que no piense en ese momento inimaginable de la propia despedida. Dado su emplazamiento los móviles tienen escasa cobertura y, en su búsqueda de una señal, las baterías suelen agotarse con rapidez, extraña metáfora de nuestra fugacidad.

Recuerdo mi primer entierro, en un pueblo. Una mujer a la que queríamos mucho había perdido a su marido, ausente durante años de emigración. No habría pasado un mes de su regreso cuando se mató cayendo de un andamio junto a otros dos hombres. Una tragedia, decían los adultos. Nunca he olvidado como me aterrorizaron los llantos desgarrados de la viuda, los llantos de un tiempo en que no se sentía el pudor de la propia desgracia. Tampoco olvidé la expresión de desconcierto de su hijo, compañero mío de juegos y correrías, en silencio en una esquina, incapaz de entender por qué había pasado algo así, también asustado, señalado por el infortunio, sin saber cuál debía ser su actitud.

Hay como una melancólica resignación en los entierros de aquellos cuya vida ha sido cumplida, nada que ver con la desolación ante la partida prematura de los que no volverán a estar con nosotros, respirando el aire de esta tierra. No hay sol más radiante ni cielo más azul que el que en primavera baña los cementerios y la floración de los almendros se muestra especialmente cruel. Hemos ido despojándonos de ritos y este de acompañar a los muertos a su última morada es de los pocos que nos quedan. El lugar en que se llora en público, acompañados de nuestros semejantes, hermanados provisionalmente en la conciencia de nuestra fragilidad, pobres, desventurados humanos sedientos de alegría y nacidos para la muerte.

Esta semana asistí a un funeral especialmente doloroso e injusto. A la salida bebimos vino buscando el coraje que nos faltaba y el olvido que necesitábamos, aferrándonos a nuestras pequeñas vidas, quizás insatisfactorias, pero lo único que tenemos. Al llegar a casa escuché un pasaje del “Deutsches Requiem” de Brahms. En el quinto movimiento, “Ihr habt nun Traurigkeit”, se pone música a unas palabras del evangelio de San Juan.

Ahora estáis afligidos;
Pero yo os volveré a ver,
vuestro corazón se regocijará
y nada podrá privaros
de vuestro gozo.

El anhelo imposible de que nada se pierda. Se me objetará que esa esperanza es algo que pertenece a la infancia de nuestra especie, pero cómo me confortó ese músico barbudo y forestal, putero y sentimental.

Me hubiera gustado tener la convicción, la entereza para poder compartir con el amigo doliente el consuelo de esas antiguas palabras, intentar creer por encima de toda lógica, de toda evidencia, que el amor que dimos y recibimos no fue en vano. ¿Qué nos queda entonces? Acaso la gratitud por lo vivido, por tantas y tan buenas cosas como ellos nos regalaron, por la luz de todos esos días. Resistir el asalto de la oscuridad y la tristeza, mantenernos enteros, retener como un sol dentro de nosotros aquello que nada, ni siquiera la muerte, esa vieja perra, puede arrebatarnos.

Planetas

Etiquetas

, ,

En el año 1908, desolado por la relación amorosa de su esposa Mathilde con el pintor Richard Gerstl -la Viena de principios del siglo XX registra una interesante combinación de cuernos y talento- Schönberg compone su Cuarteto nº2, en cuyo cuarto movimiento se prescinde por primera vez de la tonalidad y una voz de soprano canta unos versos de Stefan George: «Ich fühle luft von anderem planeten» (siento el aire de otros planetas), acentuando la sensación de sumergirse en lo desconocido. Esta semana la NASA nos ha sorprendido al anunciar el descubrimiento de al menos siete planetas -tres de ellos susceptibles de albergar vida- orbitando en torno a una enana roja con un nombre, Trappist-1, que evoca por igual severos silencios monásticos, cervezas robustas y una empalagosa, canora familia.

Ante hallazgos así se siente una mezcla de esperanza, melancolía y acaso terror. Sabemos ya que la vida, el azaroso camino por el que la materia se conoce y se celebra a sí misma, es un accidente excepcional. Todo en un cosmos abundante en catástrofes conspira contra ella, precaria, frágil, apenas una mera oscilación de luz entre eones de furia y oscuridad. La mera idea de que el milagro haya podido reproducirse en algún lejano rincón de esa «infinita inmensidad de espacios que ignoro y que me ignoran», ante la que Pascal temblaba, alivia el espanto de sabernos solos en un universo de dimensiones enloquecedoras.

No faltan razones para la melancolía. Otros seres alcanzarán la consciencia de sí. No podemos conjeturar su aspecto, pero sí que excretarán y mentirán, deplorarán la pérdida de un paraíso, pondrán nombre a las cosas, conocerán la angustia de saberse efímeros y la carga de la Historia y sus violencias. Cumplirán su tiempo y como nosotros, Bach, Shakespeare, Pedro Sánchez y Chiquito de la Calzada, desaparecerán sin dejar rastro en ese convulso laberinto de branas y cuerdas al que hemos sido arrojados. Jamás llegaremos a conocerlos.

Tampoco hay que descartar el terror. Quizás Lovecraft tuvo una intuición certera y en esos planetas acecha algo que nada tiene que ver con nuestras pobres categorías sobre el bien y el mal, algo indeciblemente cruel, feroz, inhumano; quizás nos comportamos de manera irresponsable arrojando al espacio señales de nuestra existencia. Puede que hiciéramos mejor procurando que nadie nos encuentre.

Y sin embargo no deja de conmoverme la idea de que este mamífero improbable y desgarbado, que tose y ríe, haya descubierto allá en la constelación de Acuario, a 39 años luz, la posible patria de otras criaturas, hermanados en nuestra radical soledad. Cierto, nunca escucharemos sus voces pero podemos imaginarlos bañados en uno de esos crepusculazos portentosos que Trappist-1, como buena enana roja, garantiza. Y mientras lentamente otras estrellas, otros planetas, van desplegándose sobre el cielo, se harán preguntas, intentarán explicar el mundo, fabularán, soñarán con nosotros.

trappist-1-planets

Ventanas

Etiquetas

, ,

 Me gustan los cuadros con ventanas, siempre acecha en ellos un principio de vértigo, una insinuación de abismo. Trampantojos metafísicos, acotan un espacio ofrecido. Tras ellas arboledas fabulosas, caminos de leyenda, ciudadelas, jinetes, caminantes y salteadores, jardines, patios, bahías, huertos con naranjos, mercados y mástiles, también la presencia abrumadora de cuanto no se nos muestra.

Ellas forman parte de los primerísimos recuerdos, frontera con un mundo que era entonces ilimitado. Las variaciones de la luz al atravesarlas marcaban el paso de las horas y, al abrirse, los sonidos de la calle asaltaban la casa: pájaros, pasos, un instrumento monótono tras un balcón, los violentos estruendos del trabajo, un hombre que silba tonadillas, la voz humana, riendo, gritando, canturreando, cagándose en dios. También la frescura de la lluvia y los olores químicos de los talleres, la tarde y sus melancolías, una radio donde suena la primera canción que te cautivó. Lo otro, lo que está fuera, aquello que durante una vida uno intentará explorar y descifrar.

Una ventana es un paso, el lugar de un intercambio, el gesto de asomarse evoca el instante del nacimiento. En los sueños nos lanzamos al vuelo desde ellas.

El niño pinta las ventanas como los ojos de la casa. Cesura entre lo íntimo y lo público, entre el yo y las seducciones de lo real. Cómo nos choca esa franqueza luterana sin cortinas de las ventanas en el norte de Europa, de qué manera quedamos encantados por esos interiores revelados de forma fugaz. Tras ellas las vidas ajenas adquieren una intensidad teatral y alegórica, como en un vasto retablo, donde las figuras se mueven ajenas al hecho de que alguien las mira, como solo una divinidad nos vería, cada gesto perecedero cargado de sentido. A veces el misterio de una única ventana encendida en la fachada a oscuras. Ahí hay una conciencia despierta.

Me suelo detener ante los cuadros con ventanas, sí, con el deseo insensato, pueril de que tras ellas, en el fondo del cuadro, como en el fondo del sueño, más allá de las grandes destrucciones del tiempo fluya como un río lento algo que hemos olvidado, algo no gastado por el hábito, por las palabras, por el cansancio.

a6c368f7a8867b0338a203cd24f64aa9b2bb09211833787

Carl Ludwig Kaaz (1773-1810) – Vista desde Villa Grassi, cerca de Dresde.