Elogio del zapato

No soy una persona ordenada, así que cuando despierto cada mañana mi primer contacto con la realidad es la visión de uno de mis gatos observándome con compostura egipciaca desde la puerta y, no muy lejos, un par de zapatos en un rincón.

La imagen de unos zapatos abandonados en el suelo emana cierto misterio. Inmóviles, privados de su poder ambulante, parecen dormidos. Sin mí parecen inútiles, precarios, ligeramente irrisorios, como su mismo nombre. Tienen algo de amigo fiel y de recordatorio de mi mortalidad y está bien que sean la primera imagen del día.

El pie descalzo del hombre civilizado ya no resiste el frío y la aspereza del suelo. Los artesanos que los hacían aparecen en cuentos y leyendas, a veces el humilde fruto de sus manos está dotado de poderes mágicos. Quizás los niños intuyen ese poder cuando, no sin crueldad, pisotean los zapatos nuevos de sus compañeros. Los pobres y los santos caminan descalzos.

El zapato participa de la simetría de todo cuanto existe, un zapato sin su pareja correspondiente es un fracaso y un escándalo. El robusto zapato de quienes trabajan con sus brazos, las botas del soldado, la señal de distinción del dandy que se ocupa de que resplandezcan como si fueran nuevos, todos llevan kilómetros e historias adheridos a sus suelas. Nos sirven durante años, soportan nuestro peso, nos llevan a la cita amorosa o a la francachela o se pierden como nosotros en las ciudades desconocidas. Durante la pandemia se depositaban a la entrada de la casa, impuros, contaminados de vida, de realidad, suplantados por las pantuflas, sus acomodaticias hermanas que no han visto mundo, emblema de la privacidad y el confort burgués, de las que los poetas hacen mofa y befa.

Qué conmovedora la pequeñez del zapato del niño, que aún no sabe atarse los cordones y el adulto debe inclinarse para hacerlo, como un tributo a la fragilidad de lo recién creado. El niño, que ignora que algún día ese mismo agacharse será una pequeña, jadeante humillación.

La íntima, silenciosa belleza de los objetos que nos acompañan. Ese aura.

Rene Magritte. Le Modèle Rouge

Magma

Según la venerable distinción kantiana, un volcán en erupción sería un ejemplo de lo sublime. Sobre lo sublime solo pueden decirse unas pocas, balbuceantes trivialidades. Lo terrible agota el poder de las palabras, borra la misma posibilidad del lenguaje.

A los niños les encantan los volcanes, porque el hombre puede llegar a amar aquello que le aterra. Una cumbre que echa humo, la roca transformada en un fluido incandescente, la evidencia atronadora de un poder desmesurado dormido bajo nuestros pies. Yo no me cansaba de mirar las imágenes de aquellas presencias reales del infierno: densas columnas de humo que evocaban la explosión nuclear, regueros al rojo vivo descendiendo por las laderas, como una montaña que sangra, cráteres burbujeantes alrededor de los cuales los vulcanólogos, envueltos en monos plateados, saltaban mitológicamente entre las fumarolas… aprendía los nombres siniestros del estrago y sus liturgias (Krakatoa, Monte Peleé, piroclastos), me compadecía de los cuerpos vaciados de Pompeya, tan similares a los dibujos que marcan la posición del cadáver en el lugar del crimen, letras de un alfabeto del espanto.

Junto con el rayo, el viento o la ola, los volcanes fueron las primeras manifestaciones de lo numinoso. Las divinidades plutónicas fueron forjadoras del metal. Más allá de la metáfora del fuego, hay ahí una intuición poderosa, en que las fuerzas de la aniquilación y de la creación aparecen unidas en una misma imagen. El volcán de Cumbre Vieja ha acabado con hogares, huertos e iglesias, pero una nueva tierra se está formando sobre el mar. Nada se crea, nada cambia sin violencias.

Las imágenes de la erupción nos fascinan porque nos devuelven a la turbulenta juventud del mundo, nos sugieren que somos un fragmento solar aún sin enfriar, que la creación no ha terminado y nos recuerdan todo aquello que no podemos dominar. El magma se utiliza a veces como metáfora del poder oculto de lo inconsciente.

La erupción de un volcán es el escándalo, lo anómalo por excelencia. Su ciega, indiferente brutalidad nos empequeñece. Como el cáncer, como las grandes epidemias, nos habla de la naturaleza esencialmente despiadada de lo real, caos impersonal en el que somos solo un frágil, afortunado (o trágico, va en escuelas y en días) accidente, un órgano mediante el que el mundo se contempla, se conoce y se ama sí mismo y que puede ser borrado con un solo gesto.

Bajo los escombros humeantes de las coladas yacen para siempre sepultados ajuares y fotografías, instrumentos de música y «papeles que fueron vidas», naipes, camas y bicicletas, cuchillos, libros y muñecas. Un mundo silencioso y áspero, sin pájaros, sin niños, sin la risa de las mujeres, sin los sonidos de los trabajos del hombre, sin recuerdos, sin esperanzas y sin pecados. Esperando un nuevo comienzo.

Dune

Siempre me gustó el “Dune” de David Lynch a pesar de. Nunca pude con el pastiche épico-cósmico de Frank Herbert, que mezcla psicodelia y mesianismo criptofascista con retazos de esa mezcla inequívocamente californiana del zen y el manual de autoayuda. La meritoria creación de una mitología sincrética abarrotada de topónimos y sobrenombres ampulosos (Bene Gesserit, Kwisatz Haderach, Gom Jabbar) me resulta puro kitsch ―no puedo evitar imaginarme al bueno de Herbert sentado en pantalones cortos junto a su máquina de escribir― que me aparta de la emoción de lo humano. Sin embargo, me atraía la estética decimonónica de aquella space opera, la perversidad mórbida que aportó Lynch y la poética de la Especia y el príncipe destronado, abandonado en el desierto.

Denis Villenueve, como en su secuela de “Blade Runner”, se embarca en hacer la versión de un film de culto ―aunque fallido en el caso de Lynch― de notable personalidad. Podemos decir que sale airoso. Ninguna de las dos versiones empequeñece a la otra. El “Dune” del director canadiense es una obra mayor de la ciencia ficción siempre y cuando la aceptes en sus propios términos. Quiero decir que si no soportas “Dune”, abstente. No te hará cambiar de idea.

El film de Villeneuve es de una belleza abrumadora y combina con elegancia un fluir contemplativo y referencias visuales que van de Robert Wilson a Caspar Friedrich o Piero della Francesca. En ese sentido es decididamente inolvidable. Villeneuve siempre ha destacado más por la creación de atmósferas que por el nervio narrativo y aquí se nota, con un prólogo acaso demasiado extenso que no acierta, pese a que lo intenta, a acercarnos a unos personajes más emblemas que individuos. No se escapa tampoco de uno de los problemas de la versión de Lynch: la confusión y el cansancio que provoca la sobreabundancia de referencias a casa reinantes y lugares imaginarios. Villeneuve y su guionista, probablemente presionados por productores temerosos de que el público se pierda, se ven obligados a introducir un exceso de diálogos inútilmente explicativos. Acaso la historia de “Dune”sea más simple de lo que parece y si prescindiéramos de toda esa chatarra verbal la historia podría volar más alto, pero me temo que la base de admiradores de la novela quiere precisamente eso. Hay también una empalagosa reiteración de sueños premonitorios, para que luzca la exótica belleza de Zendaya, joven estrella emergente que no jugará un papel más sustancial hasta la segunda entrega. Añado que detesto cordialmente la música de Hans Zimmer. La tamborrada étnica y los melismas arabizantes sonaban novedosos cuando Peter Gabriel los usó en la banda sonora de “The last temptation of Christ”, hace casi treinta y cinco años. Hoy resultan un cliché irritante que banaliza la intensidad de los clímax y degrada la grandeza y el misterio a estética publicitaria.

A pesar de sus servidumbres al gusto hegemónico, este Dune logra mantener personalidad y capacidad de asombro, que no es poco. Sobre esas servidumbres y sobre la ética de “Dune” como síntoma de del zeitgeist habría mucho que hablar, pero eso excede sin duda mis posibilidades y vuestra paciencia.

La decadencia del sueño

Escribí sobre ella en estas páginas pero nunca lo leyó, ni siquiera sabría que este blog existe. A principios de septiembre me dijeron que había muerto.

Hace unos diez años la visitaba una vez a la semana. La terapia, como anacrónica junguiana confesa que era, consistía en interpretar mis sueños. No es que creyera en las posibilidades terapéuticas de aquellas sesiones, pero me encantaba llevar un registro de mis sueños y contarlos cada siete días. Es algo que no sueles hacer por no dar la lata. Salvo que seas un fundador de religiones, Goethe o un genocida, tus sueños no interesan a nadie. Yo era un melancólico cuarentañero de clase media, pero pagaba, lo que me daba derecho a abrir las puertas de mi inconsciente. Me caía muy bien, era ya mayor cuando la conocí, tenía como una jovial extravagancia de personaje de Dickens, un pasado de gauche divine de vuelta de todo que derivó en un excéntrico conservadurismo que me divertía. Me escuchaba y me dio algún buen consejo. Reía mucho a pesar de serios problemas óseos que hubieran quebrantado el humor de muchos.

Dejé de verla. A veces me acordaba de ella, tenía un sueño y pensaba: «este sueño le encantaría a Carmen». Como tantas otras cosas, aplacé una posible visita que ya nunca tendrá lugar.

¿Para quién sueño ahora? El descrédito del psicoanálisis es notable, la representación de los sueños en cine o literatura resulta sospechosa, un enfático tic de principiante. La pintura surrealista que tanto nos gustaba de adolescentes es solo una pintoresca nota a pie de página del siglo XX, que da muy bien en portadas de ensayos. El sueño ha pasado de ser fuente de sentido, clave de nuestra identidad secreta a actividad neurológica marginal, caos metabólico, el humo de la quema de residuos psíquicos durante el descanso nocturno. Pura filfa.

Nuestra existencia es precaria. Como el mar, como el sol y las estrellas desapareceremos, pero la materia de los sueños es aún más lábil. Cuando la palme, alguien se encontrará los heterogéneos objetos que se amontonan en mis cajones, la huella de mi cuerpo en la cama deshecha, algún fragmento de escritura autógrafa, mi voz en un mensaje, fotografías, algunos pelos en el lavabo. Durante unos años más, alguien recordará algún momento de humor o ternura pasado en mi compañía o que le debía veinte euros. Pero mis sueños, esos desconcertantes caminos que he recorrido durante la tercera parte de mi vida, se irán conmigo. Nada quedará, no dejarán huella alguna, como un crimen perfecto.

No me jodas que te has muerto, Carmen. Irónicamente, desde que lo supe he tenido sueños enormemente nítidos y significativos. Me hubiera gustado subir hasta aquel sexto piso y contártelos, decirte que he vuelto a escribir, que a veces regresa una pena negra que me asusta, que anteayer –y no fue un sueño― vi suspendida en el cielo, entre el sol y el mar, muy cerca de mí, un águila y que tú lo hubieras entendido. No descarto que alguna vez me encuentre contigo en sueños y ya verás que risa.

Max Ernst. “Une semaine de bonté” (1934)

Ferias

Me gustan las ferias de los pueblos. Últimos vestigios de un mundo más inocente en que la feria era el cielo de los pobres. La noche es el momento del simulacro y las luces de colores ofrecían un módico remedo de los esplendores del paraíso. Nada que ver con la mecánica planificada, eficiente, de los parques de atracciones. En los descampados y en fechas señaladas, santificadas en lejanías medievales, una casta especial de nómadas erigía arquitecturas tan efímeras como la floración de las plantas. Ciudades transitorias hechas de bombillas y vulgaridad, abundantes en baratijas, velocidad y vértigo, risas y gritos, competiciones de fuerza y destreza, laberintos de espejos, la delicadeza azucarada de las nubes de algodón, globos de helio, megafonía y fritanga.

Los niños paseaban de asombro en asombro y las parejas de novios, en el límite de la vida adulta, recuperaban por un instante esa gratitud que aún no ve la tristeza y la melancolía tras el brillo de las fachadas.

Es fácil engañar al niño. El mundo aparece ante él en todo su esplendor y novedad, un mundo de pura embriaguez y descubrimiento, donde todo es posible, entre la seducción y el miedo. A los niños les contamos historias donde los malos nunca ganan, donde los animales nos hablan y donde el poder de la magia trasciende nuestra miseria terrenal, donde la palabra “para siempre” es una promesa y no una condena. Y es bueno que así sea antes de que hagan su trabajo la costumbre, la conciencia del fracaso, el conocimiento de la maldad de los otros y de la propia vileza y debilidad.

Recuerdo la primera vez que el amanecer me sorprendió en una feria. Tras una noche de francachela la luz empezó a filtrarse entre las cañas del techo de la caseta. Las luces se apagaron y la música cesó. Todo había terminado y nos echaron a la calle. Recuerdo filas de rezagados deambulando por la fealdad de las avenidas vacantes que, sin la retórica de los vatios, se revelaban en toda su deleznable fealdad. Nos movíamos como un ejército derrotado de fantasmas borrachos, mientras el viento levantaba torbellinos de polvo, como si estuviera a punto de arrancar del suelo aquellas estructuras calamitosas.

Hay ahí una escisión. Uno puede situarse del lado de esa realidad descolorida, implacable. Uno puede apostar por la verdad del engaño y el simulacro. Yo he elegido y, mientras se acerca el momento de cerrar, antes de que nos echen a la calle, con la obstinación del borracho, sigo intentando tender guirnaldas de luces que unan los puntos inconexos de mi vida, trampantojos de sentido, imitaciones baratas del viejo encantamiento, para defenderme de la luz despiadada que nos muestra en nuestra indefensa desnudez, antes de ser arrastrados por los torbellinos de polvo.

Harry Leith-Ross.”The Fair”, (1958)

¡Por mí!

Pocas pinturas tan emocionantes como aquella de Pieter Brueghel el Viejo que vive en el Kunsthistorisches Museum de Viena y en la que una multitud de niños lleva quinientos años jugando por las calles y plazas de un pueblo de leyenda. Emociona porque uno ha jugado a los mismos juegos que esa patulea de mocosos. Ningún profesor nos los enseñó con nostálgica pedantería rousseauniana, como una delicatessen folclórica y vegana. Conocimos sus normas no escritas y sus íntimas crueldades entre iguales, en la secreta hermandad de los niños, a espaldas de los adultos y sus sórdidos, tristes afanes. Hay una delicada cadena hecha de aire y de luz entre nosotros y esos toscos ceporrillos campesinos de Flandes.

Uno de los juegos más inolvidables de la niñez es el escondite, hide and seek, cache-cache, nascondino… Hay en él, como en los viejos cuentos, una poética y un perturbador sustrato mítico. El escondite es un auto sacramental para niños, una performance que habla de la experiencia atávica de un espanto: el temor a ser capturado y devorado que compartimos con la gacela que huye y el pájaro sobre el que se cierne la sombra del halcón. El hombre es un ser que se esconde en las grietas propicias de la tierra, en los troncos de los árboles, en sótanos y arcones, mientras el enemigo incendia y pasa a cuchillo o el padre violento grita y le busca para aplicar su Ley. También nos podemos esconder de nosotros mismos mediante el engaño o el placer, intentando huir del destino y sus acechanzas. Detrás del juego del escondite y su despreocupada ligereza está la idea numinosa de un universo caótico, de una belleza enloquecedora, del que brota sin motivo el ser y que conspira cada instante para procurar nuestra aniquilación.

Nada mejor que jugar de noche, en lugares abandonados o en una casa grande, abundante en escaleras y pasillos, armarios y desvanes. El ritual no es complicado. A uno de los niños le toca cerrar los ojos y colocarse de cara a la pared. Cuenta entonces hasta una cifra convenida o recita rimas pueriles, mientras todos corren a esconderse. El tiempo se suspende y por un momento la muerte está ciega y deja de ejercer su señorío sobre el mundo. Termina la cuenta y el niño se da la vuelta. Llega el momento de la amenaza. También para el que busca. Todo ha cambiado, los amigos han desaparecido, sus corazones latiendo en la oscuridad. Hay un silencio que sobrecoge. Los escondidos contienen la respiración cuando el que los busca pasa cerca “que no me encuentre, que no me encuentre” y, si hay suerte, el peligro pasa de largo y entonces un gesto de arrojo: sales de tu escondite y corres jugándote el alma. Tienes que acogerte a sagrado antes que él, tienes que tocar el muro, pronunciar las palabras mágicas que redimen: “¡por mí!“. Por mí. Ríes feliz, liberado, te has salvado por esta vez, no has caído en sus garras, aún no. La muerte ha pasado de largo. Luego los adultos se retiran y los niños los acompañan a sus hogares, donde caen rendidos y acaso sean perseguidos por figuras demoníacas en las galerías del sueño.

Un buen día, sin saber cómo, dejamos de jugar. Llega una nueva seriedad, llegan el deseo y la angustia. Nadie recuerda cuándo fue la última vez que jugó al escondite. Nadie se da cuenta de que, de una manera especial, nunca ha dejado de hacerlo.

Sobre el rescate de gatos y un señor de Basora

Muchos gatos han ocupado mi regazo a lo largo de la vida. El hecho de que su compañía me complazca tanto no me impide pensar que se trata de un animal de una inteligencia limitadísima. Si da el pego es por esa actitud de desdén y esa aura de misterio de la que sabe rodearse, para delicia de poetas decadentes, abuelas inofensivas y supervillanos de la ficción. A muchas personas el silencio las hace también interesantes.

Mi gata Lola, alias la enana, criatura adorable y llena de gracia, destaca entre la grey felina por ser particularmente tonta. Es incapaz de aprendizaje alguno y, a diferencia de su hermano Rilke ―il castrato, gatazo flemático de cabeza gorda y temperamento filosófico―, en ella no ha calado la frase de Pascal que tantas veces les he repetido y según la cual la mayoría de sus desgracias le vienen al hombre por no saber estarse tranquilamente sentado y solo en su habitación. Lola, dado que es bobita la pobre, tiende a subirse a sitios de los que luego no sabe bajar. Como cazadora deja bastante que desear, pero llevada por el impulso del momento, la muy botarate se distrae con el vuelo de un mosquito o el paso de un fantasma, corre atolondrada tras él y suele quedar atrapada en lo alto de los tejados o en la copa de los árboles o en el patio del bar de la esquina o esperando la muerte tras la reja de una ventana en la calle, de la que no puede salir. Es su carácter. Lola, por ceporra, por necia, podría haber malgastado sus siete vidas muriendo de hambre, de sed, de frío o de calor, podría haber acabado en manos de una familia que igual hubiera sido más estricta a la hora de cambiarle el arenero, pero que la haría escuchar una música horrenda. Gata con mejor formación musical no la hay. Menos mal que siempre aparece su amo al rescate. La secuencia siempre es la misma: un día desaparece y durante horas no da señales de vida, la llamo poniendo ridículas voces, la soborno con platos de comida y ella permanece en un obstinado silencio. Cuando, tras llenar el barrio de fotocopias con su cara de alelada, acepto que no la volveré a ver, se pronuncia finalmente con esa voz insignificante, esa voz de libélula resfriada que tiene la muy mema y entonces veo aparecer su cabecita tras el alero del tejado y ahí está el tío. Porque Perpiñá ha rescatado a su gata en las más difíciles condiciones. Perpiñá, que ya tiene una edad, se ha jugado el tipo encaramándose a alturas pavorosas a horas extravagantes, a veces en un estado que me llegan a ver las fuerzas del orden y me retiran el carnet de conducir y de paso la custodia de ambos animales. Para los que no conozcáis la psicología de los gatos os diré que, tras maullar obsesivamente durante horas, en cuanto ven las manos salvadoras de su madre humana de puntillas en el último peldaño de una escalera desvencijada y temblona ―aunque yo sea un señor con barba, soy su madre― se retiran unos pasitos, los necesarios para ser inalcanzables, y se te quedan mirando con cara inexpresiva, en un estado de mudez perfecta o lamiéndose los genitales, hasta que uno logra cogerlos enérgicamente del pescuezo y rescatarlos.

Ayer me la volvió a jugar. Tras desaparecer durante una noche, en que tuve pesadillas de feroces choques entre bandas callejeras en las que mi Lola, tan chica, perdía un ojo y se transformaba en la princesa de Éboli de los gatos, me levanté esperando que en las primeras horas del día la vería tan pichi, estirándose con las patas sobre el cristal de la ventana, como en otras ocasiones. Nada de eso. Tras un largo rato la vi caminando neuróticamente sobre un muro donde suele quedarse perdida y donde debió pasar la noche entera, mientras las estrellas giraban sobre ella. Recordé entonces un video en que un bronceado anciano de Basora, con unas barbazas canas, discutía con unos clientes sobre la mejor manera de rescatar a un gatete que no sabía bajar del toldo de su negocio. El hombre decidió sostener en alto una silla para que el animal saltara. Me pareció una adecuada opción y volví a subir a mi vieja escalera ―que me ha mostrado sobradamente su fidelidad y su clemencia― y allí levanté una silla con los brazos, hasta que la señora estimó buena idea subirse. Una vez salvada se comió una lata entera de comida, bebió como un mulo y se consintió una siesta abismal de seis horas, para ignorarme por completo al despertar, mientras yo sentía en el corazón el mismo calorcillo que sin duda experimentó el buen anciano de Basora ―toda mi gratitud para ese varón santo y resuelto―, porque a los hombres nos complace el salvamento de animales y nos conmueven las historias en que los niños perdidos son encontrados, porque sentimos que son inocentes y no pueden valerse y no comprenden la desgracia que se abate sobre ellos. Porque merecen vivir.

Y veo dormir a la majadera de Lola y no me importa su indiferencia porque es perfecta y merece perdurar. La dejo tranquila y, ya a solas, «cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me ha traído» echo de menos que un par de manazas aparecieran para rescatarle a uno de esos tranquilos naufragios, esos estados de tedio y desesperanza en que nos perdemos sin saber cómo salir, por mucho que sepamos demasiado bien cómo llegamos.

Lola, la gata escapista

Tres cuartetos

Cuatro hombres aún jóvenes, vestidos de negro, toman asiento en el patio de un antiguo hospital renacentista en una noche de verano. Los miembros del Jerusalem Quartet llevan veinticinco años tocando juntos. A los profanos nos resulta difícil comprender el grado de íntimo entendimiento, casi telepático, entre ellos. Tras un intercambio de miradas, la música que escribieron hombres muertos hace siglos abre sus alas de nuevo ante nosotros.

En el cuarteto de cuerdas no se puede recurrir a los efectos de color de la orquesta y el pensamiento musical adquiere su máxima desnudez y abstracción. También la máxima capacidad de confidencia, como una arquitectura de la emoción. Mozart, Beethoven y Schubert, el programa podría considerarse una reflexión sobre tradición, autoridad y emulación. Schubert intenta medirse con Beethoven, Beethoven no intenta superar a Mozart ―que aún no era la figura mítica que hoy es para nosotros― pero ambos intentan trascender la figura inmensa de Haydn, el gran maestro y el hombre que dio su forma definitiva al cuarteto. Cada uno a su manera, lleva hasta límites insospechados las posibilidades de un género relativamente nuevo.

Y esa música sigue hablando a nuestro entendimiento y a nuestro corazón. Sigue estando viva. Los músicos hacían surgir borbotones de verdad, bondad y belleza que resonaba en los muros de un viejo edificio que fue albergue de sifilíticos y locos en siglos especialmente feroces. Los capiteles corintios del patio nos dicen que los hombres que lo construyeron a su vez rindieron homenaje a una antigüedad grecolatina que apelaba a sus instintos y a su intelecto. Una antigüedad idealizada, porque el pasado es impuro. Tras cada columna hay una idea del orden, también del Estado y de la violencia. No hay columna que no esté hecha de kitsch y sangre. La más profunda emoción llegó con el adagio del cuarteto “La Muerte y la Doncella”, compuesto por un Schubert que presiente su próxima muerte y una de las cimas del romanticismo alemán. Pero es precisamente ese turbulento pathos el que alimentará las más oscuras pulsiones del siglo XX. Hay una correspondencia entre la belleza y el espanto, entre el mal y una idea de la felicidad posible. Aceptar tal cosa es aceptar nuestra condición humana, es abrazar incondicionalmente nuestra imperfección, es creer en la inocencia de lo real. Vivimos un tiempo extraño en que una minoría de epilépticos morales pretende higienizar las huellas de aquellos que nos precedieron. En nombre del bien y desde una arrogancia infinita, pretenden juzgar y abolir la historia, pretenden dictar qué nos debe hacer reír, qué debemos escribir y cómo debemos hablar. En especial quién debe ser silenciado. No deja de entristecerme como semejante delirio ha logrado seducir a tantos, hasta transformarse en una suerte de pensamiento hegemónico.

Sé que veremos cambios asombrosos en el mundo, sé que quizás muchos de nosotros quedaremos a un lado, incapaces de adaptarnos. Anoche me sentía lejos de esta fiebre de pureza mientras encontraba refugio y consuelo en la voz de un crápula irresponsable, de un enfermo crónico que tras creer en las utopías del siglo se hizo un misántropo y de un desdichado incel destruido por la sífilis. Cuando la nueva religión sea capaz de producir obras que me hablen con una voz semejante, le tendré algún respeto. No creo ya en casi nada, creo que hay ciertas jerarquías estéticas y morales, creo que hay unas pocas cosas que merecen la pena, creo que todo hombre sabe en lo íntimo de su ser lo que está bien y lo que está mal, creo que todos podemos perdernos y por eso solo muy pocos actos no merecen nuestro perdón. Para los que dictan muertes civiles, para los que condenan sin apelación desde un neurótico narcisismo adolescente, para los virtuosos de la queja y la victimización, incapaces de devolver solo una pequeña parte de todo el bien que han recibido, para ellos, aunque acaben haciéndose con el mundo, solo tengo un melancólico desprecio.

Pablo Picasso, 1921, Nous autres musiciens

Vae victis

Nadie se acuerda de los vencidos. Un victoriano conservador y probo padre de familia como Charles Darwin describe una economía cruel del mundo, en la que los más dotados hacen prevalecer su dotación genética y los perdedores en la lucha por sobrevivir son borrados del futuro. Sin embargo, la ciencia descubre también restos humanos con los huesos soldados, lo que implica que alguien se molestó en cuidar y acarrear a un semejante herido, hasta que pudo sanar. Esa piedad, ese hermoso despilfarro de la energía precisa en el corto plazo, esa inversión en el porvenir, marca el inicio de la civilización. La tensión entre ambos impulsos forma parte de las condiciones mismas de existencia de nuestra especie.

Los animales desconocen la idea del tiempo y la idea de la derrota. Persiguen algo y se les escapa, son perseguidos y sucumben. No hay más. Lo que nos hace humanos es la esperanza y, en consecuencia, el fracaso.

Me considero un experto en derrotas, aunque quizá no menos que tú, lector. Al fin y al cabo siempre hay una dimensión de incumplimiento en el tiempo que nos ha sido concedido. Quisimos ser tantas cosas que nunca fuimos, amamos a tantas personas que no nos amaron ―detrás de cada pareja feliz, hay un cortejo fantasmal de desdicha, el de los rechazados―, creímos tener talentos de los que carecíamos, conocimos con dolor nuestros límites. La juventud, el tiempo de la pura posibilidad, es la edad de los sueños. Poco a poco el principio de realidad nos somete y la madurez trae consigo esa melancólica forma de sabiduría que es la gratitud. Uno se conforma con lo dado, con la mera gracia del ser. Anhelábamos una biografía de aventuras y fortuna y al final, hala, pues ya hemos cenao.

Nietzsche tenía razón. Sí, son los momentos de euforia, cuando una resistencia es vencida, aquellos que reclaman eternidad, pero el cristianismo saca su fuerza moral y su seducción del reconocimiento de que la vida es pérdida, de la conciencia de pertenecer a una hermandad trágica de pringados. El bueno de Rabelais hace decir a un campesino al que encuentra plantando coles en los campos del interior de la boca del gigante Pantagruel: «Ah, señor, no todo el mundo puede permitirse tener los cojones de plomo y no todos podemos ser ricos».

Ayer mismo pensaba en los ministros cesantes, su súbito empequeñecimiento. He imaginado incluso la amargura de la ex vicepresidenta, cuya mezcla de ignorancia y soberbia siempre me ha sacado de mis casillas, despojada de los velos deslumbrantes del poder y reducida ahora a una soledad pequeña, esencial, sin entender qué ha pasado. También, horas más tarde, mientras veía los gestos desaforados de alegría de la selección italiana (la exhibición de lo que Cioran llamaba «el fondo bestial del entusiasmo», es una de las señas de identidad del hipercapitalismo del futuro, aliado de Rousseau), no podía quitarme de la cabeza lo que la cámara omite, el sombrío vestuario de la selección inglesa, la congoja sin consuelo posible de quienes fallaron los penaltis. Son acaso desdichas menores, lo sé. La historia, al fin y al cabo, está llena de derrotados con mucha menos fortuna. Ciudades, pueblos enteros, generaciones han sido arrasadas sin piedad.

A mí me intimida fácilmente el aplomo de los ganadores, los afortunados, los que han conseguido lo que querían. Quizás debería acostumbrarme a mirarles a los ojos y a leer entre líneas lo que ellos probablemente hayan perdido, su Rosebud particular, su miedo. Porque todos, incluso los que todo lo tienen, temen ser arrastrados fuera del círculo de los afortunados, conocer la intemperie, caer en la irrelevancia, la soledad y el olvido. Todos temblamos ante las primeras señales de lo que ya no tiene remedio, los anticipos de la derrota final que a todos nos iguala, porque la banca siempre gana.

Masaccio. “Cacciata dei progenitori dall’Eden

La caída

Recuerdo mi melancólica impresión al ver el programa íntegro con la primera aparición de The Beatles en el Ed Sullivan Show, que supuso su salto de atracción coyuntural a superestrellas planetarias. Compartían el tiempo de emisión con una serie de artistas de variedades, el tipo de entertainers (magos, ventrílocuos, imitadores, malabaristas) que durante décadas entretuvieron a las clases populares en teatros, carpas y cafés, y que serían barridos de la faz de la tierra por lo que anunciaban aquellos cuatro talentosos y jovencísimos chavales con los que compartieron programa. Ninguno de ellos lo sospecharía, como nosotros mismos no somos conscientes cuando aparecen señales de irreversibles cambios del gusto, que nos precipitarán a los márgenes y la irrelevancia.

Cuando escribo estas líneas, la carrera profesional y delictiva de José Luis Rodríguez Moreno ha llegado a su fin, a la vez que su figura bigger than life (en expresiva fórmula del inglés) entra definitivamente en la mitología popular como archivillano digno de Berlanga. Todo en él es carne de leyenda y de hipérbole. Moreno, cuya cara dulzona y relamida, peculiarmente lorquiana, constituye en sí un anacronismo, proviene de ese mundo desaparecido. Hijo y sobrino de ventrílocuos, cómo no imaginar una infancia marcada por la fascinación y el terror ante la presencia siempre siniestra de los muñecos y su doble vida: encerrados sin vida en cajas y sacados de su sueño para hacer de proyecciones del id de quienes los manejan. La perversa relación simbiótica entre ventrílocuo y muñeco (donde resuena la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo) ha sido desde siempre un tropo del terror.

Nada en su biografía es fiable, pues Moreno, desaforado mitómano, tras borrar el infamante Rodríguez de sus apellidos, ha sembrado su propia historia de puras invenciones. Uno sospecha una infancia difícil de acosos y desprecios por su notoria diferencia, que él ha sublimado inventando al joven talentosísimo que cantó Rigoletto con 17 años, al neurocirujano que domina once idiomas, pero que decide consagrar su vida a traer un poco de alegría a las familias. Pocos humoristas en general resisten bien el paso del tiempo y sus sketches no resultan demasiado afortunados. Chocarreros y estridentes, humor de pariente pesado con varias copas encima, ni siquiera pueden ser recordados con nostalgia.

Él probablemente se percató de que el arte que le hizo popular tenía los días contados y por eso se pasó a la producción de espectáculos, donde durante los noventa creó un aparente imperio con un revival del género arrevistado. Mientras la España oficial soñaba con la modernidad, Moreno nos devolvía la gracieta vulgar del Teatro Chino de Manolita Chen; mientras los guays fruían con Seinfeld o Friends y saltaban con el Smells like teen spirit, él retomaba con Matrimoniadas el chascarrillo chillao y los chistes de suegras e hizo una fortuna con lo que un psicoanalista definiría como el retorno de una sociedad entera a la fase anal.

Ya por entonces corren rumores sobre su índole caprichosa y tiránica, en contraste con su figura sonriente y jovial. Yo hice un pequeño trabajo para su productora. Para cobrar tuve que presentarme en unas oficinas de aspecto azconiano, faltas de ventanas y abundantes en archivadores Roneo y cartapacios, con la alegría de una comisaría rumana o un consultorio de venéreas. Allí entregué mi facturilla a la hermana del gran jefe, una mujer árida y triste, que desaparecía devorada por un escritorio tan caótico que mi desastrosa mesa de trabajo parece a su lado la de Marie Kondo

Para entonces su figura pública es la de un Citzen Kane de astracanada. Escandalosas fiestas en la piscina de un Xanadú de saldo, relación con un hercúleo ciudadano checo al que impone como actor de nulo talento en sus producciones. Las posibilidades de una relación semejante, que reproduce la relación del ventrílocuo y su muñeco, las secretas vulnerabilidades y humillaciones, sus inimaginables juegos de poder y mutua dependencia, afilan los dientes de cualquier narrador de historias. Cuando fue agredido en su propio domicilio por una banda mafiosa, con una brutalidad feroz, la profesión no se deshizo en fraternidades con él. Imagino que eso le separó aún más del mundo.

Ha caído definitivamente en desgracia. Lo tuvo todo y está arruinado. Tras su detención se ha destapado una colosal cadena de actividades delictivas, abundante en episodios chuscos y picarescos que revelan una inagotable creatividad a la hora de estafar. También la amarga constatación de que semejantes tropelías no las comete alguien solo y que la tupida red de abogados, directores de banco y otros sinvergüenzas en la que se apoyó, la falta general de decencia y dignidad entre quienes permitieron su ascenso y su poder despótico, hablan de la miseria moral de una población empobrecida y asustada, menos libre de lo que nos gusta creer. Si el éxito de Moreno como artista y entertainer nos mostró la desdentada vulgaridad de nuestra sociedad, su mera posibilidad como delincuente nos habla de un fracaso como ciudadanos. Moreno es nuestro espejo oscuro, ética y estéticamente.

Puede que se libre de la cárcel, pero ya no saldrá indemne. Una vez un político en desgracia me hablaba de ese momento en que el teléfono deja de sonar, seguido por aquel en que ya no te lo cogen. Imagino su vida futura en ese sombrío caserón trumpiano, con las piscinas invadidas por hojas y verdín. Definitivamente solo y desprestigiado, arrastrando un cuerpo ya achacoso envuelto en un chándal de tactel. Viviendo en un pasado a medias fabulado a medias real, echando de menos el temor reverencial y los cuerpos que se le sometieron, aquellos grandes placeres; intentado creer que aquella gloria de bingo y lentejuelas fue relevante, que será recordado. Quizás sus vecinos oigan de noche la voz chillona y remota de sus muñecos, porque nos encanta el melodrama y fantasear con que son los únicos que no lo habrán abandonado y que, mientras todos duermen, los sacará de sus cajas para ahuyentar el miedo a la muerte y, donde no puedan ser vistos, decirse con ellos ―Moreno niño, de nuevo― las palabras amargas, sabias, secretas, que nadie escuchará, nadie puede siquiera imaginar.