Porque es de noche

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La noche era el dominio del miedo. Tras la caída del sol llegaban las tinieblas y la fría luz lunar y el mundo se volvía un lugar misterioso, indescifrable. Ni siquiera en el espacio familiar entre las paredes de tu casa estabas a salvo. Te mandaban a la cama, la última lámpara se apagaba y te quedabas solo, temiendo la vigilia y temiendo caer dormido.

Porque esa oscuridad en calma, donde toda actividad cesaba, era el umbral del sueño, un territorio inexplorado donde a cada paso podía acechar un horror indecible, donde hasta los rostros y los lugares queridos podían experimentar inaceptables, amenazadoras mutaciones.

No querías descender al siniestro reino de lo inseguro y lo inesperado, pero el insomnio no era mejor. Las sombras y el silencio te sumían en un estado alucinatorio, la ropa sobre una silla se transformaba en una silenciosa presencia humana, los ojos de la virgen en el cuadro se movían en la oscuridad, los sonidos de la noche (contracciones y asentamientos del edificio, la risa ahogada del noctámbulo, la vida cruel y nerviosa de los insectos, el susurro tras los muros) adquirían una cualidad siniestra.

Y todo ello en una soledad radical, porque tus padres, aquellos que pueden protegerte de los peligros y del mal, duermen ahora, perdidos ellos mismos, navegando ese mar de sombras al que temes regresar. Librado a tus pobres recursos, escuchando tu aliento breve de niño, los golpes de tu pequeño corazón, solo las sábanas te protegen de los horrores que corren libremente por todas las habitaciones de la casa y que pueden aparecer en cualquier momento desde el pasillo. Cierras los ojos con todas tus fuerzas y sientes un aliento frío en la cara, convencido de que algo malvado y ciego, algo que mejor no ver nunca, se está inclinando sobre ti.

Horas después la luz se filtra por la ventana, se oyen los pasos de tu madre en la cocina, las puertas de las alacenas y luego la lenta expansión de un olor a café que instaura de nuevo el orden en un mundo recién creado cada mañana.

Ellos ya no están, hace mucho tiempo que uno se enfrenta solo a las emboscadas de una realidad que sigue siendo indescifrable. Nuestras creencias, nuestros proyectos, el personaje que nos hemos construido, el orden de nuestras vidas, todo cuanto hemos erigido para sentirnos seguros no es menos precario que aquella sábana bajo la que ocultabas el pie desnudo. Hay algo oscuro en nosotros al acecho, habitamos un torbellino caótico de fuerzas incontrolables, todo lo que creemos estable puede volar por los aires a cada instante. Yo todavía abro los ojos y me asombro al ver la primera luz del día, siento que todo ha sido creado de nuevo y ante el olor del café, el mismo de entonces, me invade una gratitud que es un principio de oración.

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Louis Janmot (1814 – 1892) «Poème de l’âme (8) : Cauchemar»

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Camera Obscura

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Todos nuestros recuerdos, que trazan el dibujo inabarcable de un paso a través del tiempo. Caras que uno amó, domicilios que ya no existen, las voces de los muertos, la memoria de cosas que nunca ocurrieron, la ilimitadas avenidas del sueño, lo que hicimos y aún nos avergüenza, las ofensas, lo que nos da miedo y aquello que nos hirió, los sótanos donde se agolpan los secretos más íntimos, futuros que no llegarán, incumplimientos, batallas, tormentas y libros, pinturas, chistes, música y galaxias, fuegos encendidos, una camisa blanca tendida en el patio interior de una sala de espera, una araña que apareció tras una maceta en tu niñez, el contenido de un cajón, el frío, el olor de las naranjas. Mueren tantas cosas con cada hombre.

Una eternidad acontece, escondida en una pequeña cavidad de hueso, donde jamás entra la luz y ya ni siquiera el ojo inquisitivo del viejo dios y su contabilidad de agravios. Un órgano húmedo, esponjoso, que recuerda a la nuez, sustancia gris y blanca, cadena fabulosa de sinapsis mediante las que el universo se conoce a sí mismo y se multiplica en millones de multiversos fugaces, perecederos y tan frágiles que un pequeño coagulo puede acabar con ellos.

Todas y cada una de esas emanaciones del mundo intentan vencer su angustiosa insularidad, se comunican entre ellas mediante el sonido de la voz, el gesto, los relatos y la escritura, la ley y la costumbre. Un teclado y una pantalla nos permiten conectar en red nuestras funciones cognitivas, pero nos complace por encima de todo el contacto puro de nuestras terminaciones nerviosas a través de la piel desnuda, la revelación del encuentro sexual, ese simple milagro, goce compartido con otro que es otro y es como tú. El beso es la constatación de un anhelo y un fracaso, el descabellado intento de borrar una frontera.

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Meditación sobre una barba abolida

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Las desaforadas barbazas de los próceres decimonónicos empiezan a desaparecer de la circulación como signo de respetabilidad y madurez viril más o menos con la aparición de las vanguardias. El vello facial pasa a ser algo esencialmente no moderno, un residuo godo, bestial, incompatible con los recién descubiertos vértigos de la velocidad, las ondas hertzianas y la muerte en masa. El hombre nuevo es un hombre que vuela y ofrece al mundo un rostro terso, franco. La costumbre de la barba queda como un rasgo de individualistas y excéntricos. Mi abuela decía que no hay que fiarse de los “hombres con barbes”.

Durante mi infancia fui bombardeado por la televisión con imágenes de asertivos rostros masculinos, mentones panorámicos, en el acto de usar robustas maquinas de afeitar o aplicarse con satisfacción lociones mentoladas. Aquel seductor sonido vibrante, el cosquilleo eléctrico sobre tu cara de niño ante luces, espejos y agua. Qué fascinante sacramento de adultos. La barba del jipi o del activista era por entonces objeto de irrisión. El profesor Bacterio es hirsuto y anacrónico. La popularización de las drogas psicodélicas supone la normalización de la barba que, tras un nuevo olvido durante los ochenta ―otra época obsesionada por la modernidad―, se ha vuelto definitivamente transversal. Las barbillas de hípsters, gente del andamio, pedagogos, terroristas, veganos, jugadores de fútbol, camareros y líderes de ultraderecha ofrecen una enorme variedad de arreglos capilares que definen otros tantos tipos humanos.

Siempre quise llevar una. No fui un adolescente velludo y temí por la realización final de mi deseo. Me dibujaba barbas con un lápiz sobre fotos de carnet para conjeturar mi aspecto futuro. Me parecía de un modo deprimente a Richard Chamberlain, que era un actor horrible.

Con el tiempo me gané una barba razonable de adulto. La alternaba con periodos en que volvía a recuperar el interés por mi cara real. Al final terminó incorporada a mí persona, empecé a utilizarla para esconderme, como un maquillaje, una caracterización. A veces la dejé crecer de manera temeraria, me compraba sombreros para componer un personaje de bohemio orondo, un bon vivant leonino con una simpatía un poco extravagante de característico de zarzuela.

Han cambiado algunas cosas en mi vida y para bien. Pensé entonces en afeitarme, quitarme ese liquen encanecido que crece sobre mi carne y me acusa. El proceso llevó su tiempo y todo resultó ridículamente simbólico. Al final desapareció por las cañerías y buscará el mar sin encontrarlo. Mi barba de tantos años.

Es extraño ahora ofrecer tu cara al viento y al sol. Ante el espejo una timidez, una sensación desconcertante de juventud recobrada y falta de personalidad. Un tipo como todos, que aún espera cosas. Un recién nacido que cree que puede ser otro.

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La calor

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El calor es un desplazamiento de energía, la agitación inimaginable de las partículas que forman lo real, es la seguridad amable del fuego, del lecho y del cuerpo. La calor, palabra medievalizante y sureña, es cosa bien distinta y se reserva para mencionar la violencia del sol de los veranos.

Es la luz cegadora, unánime, que calcina el mundo y que unos ojos de niño ven a través de la rendija de la persiana a la hora de la siesta adulta, es ese clamor de blasfemia, esa inminencia de crimen en un aire que tiembla, que para el corazón de los pájaros al vuelo y hace que reviente la fruta en los árboles, es el canto de la chicharra, la rendición del gato, horas perdidas, sin sombras y sin rumbo.

No deja de ser irónico que las semanas en que se nos libera del yugo de los trabajos, seamos entregados a un planeta inhabitable, una sofocación agresiva que evoca las grandes extinciones.

Devueltos a un estado de animal desamparado, segregamos fluidos y fermentaciones. Los hediondos veranos de la Historia, la estación de los trigos y las epidemias.

Postración y galbana, fatalismo sordo, aplastamiento. El yo se disuelve y la voluntad abdica. Así no puede uno escribir el Tractatus, ni siquiera un código civil, si acaso mensajes de amenaza y denuncias anónimas.

La canícula es el momento en que revela su verdadera naturaleza el coloso termonuclear que lanza aleatoriamente sobre nuestro planeta monstruosas oleadas de radiaciones. Los monoteísmos nacen en tierras con un solarín de espanto.

Tiempo desechable, la vida se reduce al deseo de que las horas pasen y salir a la noche perfumada a hablar de los rigores de la estación con amigos, dar cuenta de bebidas heladas y rastrear ráfagas de frescura en el aire y no hay nada entonces como recibir en la cara, como tantos antes de ti, los ojos cerrados con gratitud de perro humilde, esa invisible clemencia.

Fergus Hall

Luna lunera

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Cuando pierdo la fe en lo humano no hay para sacarme del nihilismo como considerar la relación de los hombres con sus crías. Tantas cosas buenas hacemos con nuestros hijos. Desde antes que conozcan el lenguaje, a los niños se les habla de la luna. Está presente en canciones y dibujos, en las luces fantasmales que hacemos girar en el techo guardando su dormir primero, en ese momento en que sus padres les descubren el cielo nocturno como también hicieron con ellos.

No es para menos. La luna. Nuestro pequeño parásito sideral, unido por un vínculo invisible a nuestra casa desde el principio. Su caída sobre nosotros marca el fin de los tiempos.

El niño tiene una relación ambivalente con tan problemático vecino. El sol es violento, abrasador, no puedes mirarle a los ojos. La luna es amable, tranquila, silenciosa, pero hay un velo de terror en torno a ella. El dominio de la luna es el de lo que el niño más teme, lo nocturno, ese mundo hostil donde sabemos que nos espera cuanto desconocemos, donde todo es posible y de nada valen las reglas que hemos aprendido.

La luna cambia, es uno de sus atributos. Muda de una redondez amable a una inquietud de símbolo. Un buen cuarto menguante, sangriento y bicornuto, entre la sonrisa y el arma blanca, puede hacer que reviente de sentido el tedio dominical del más común de los barrios.

Los majestuosos nombres de sus mares y sus montes. La inquietante certeza de que hay una cara oculta que nunca vemos. Hay que pensar de vez en cuando en esa vasta extensión de olvido y ceniza.

Horror del hombre práctico y refugio de artistas y fracasados, rocosa concreción de escombro cósmico, privada de los gozos de la fecundidad, eternamente estéril. Navegantes, profetas, policías y funcionarios conocen tu rostro hermoso que se inclina sobre su vasto reino, vigilando el sueño de los hombres que son buenos y se cansan, calmando el ojo abierto del remordimiento, amparando a bandidos, traidores y amantes, talismán del misterio y del secreto, señora de las mareas, amiga íntima del gato y de nuestros libertinajes. Hace cincuenta años hicimos el esfuerzo supremo de alzarnos por encima de lo posible para apenas acariciarte. Luego nos cansaste y qué pronto te olvidamos.

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Fergus Hall

 

Diez serios desacuerdos que no hay que tomar demasiado en serio

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Un amigo de las redes sociales, Samson Van Halen, me propone uno de esos juegos de listas; en este caso la publicación de diez imágenes de películas que considere un atentado contra el séptimo arte. Más interesante me ha parecido hablar sobre películas generalmente apreciadas y que a mí me irritaron en su momento. Son obras de autores respetables ―bueno, casi todas― y que para muchos tienen un gran valor, pero me gusta de vez en cuando consentirme el lujo de ser injusto y caprichoso. Así que allá vamos.

Jules et Jim (François Truffaut, 1962)

La historia de dos pamplinillas y su relación triangular con una loca del coño. Las idas y venidas de esos tres mamarrachos, su absurda vitalidad, sacan lo peor de mí. Y gracias a dios que no aparece Jean-Pierre Léaud, siempre abofeteable. El grado de rechazo que suscite en alguien la imagen icónica de la Moreau, con holgadas prendas masculinas y un ridículo bigote, corriendo desinhibida con sus vivaces compañeros por un puente, lo utilizo como test de afinidad personal. Robándole al cachondo de Buñuel su insulto postal a Juan Ramón Jiménez concluiré que Jules et Jim me repugna «por histérica, por inmoral, por arbitraria».

imagen-articulo-amorLa nouvelle vague y la carrerilla.

Sex, lies and videotape (Steven Soderbergh, 1988)

Insignificante, pedantuela, indeciblemente snob, gozó de un inexplicable predicamento que atribuyo a que en el título aparecían las palabras “sexo” (la gente pensaba que iría de follar) y “cintas de video”, lo que entonces sonaba moderno. Me temo que a estas alturas habrá envejecido tan mal como el VHS. Inaugura la carrera del más impersonal de los directores “autores” americanos y añade el dudoso mérito del descubrimiento de Andie McDowell, que no nos gusta nada en este pueblo, lo tenemos hablado. Una serie de personajes estereotipados (el ama de casa reprimida, el marido machirulo y la hermana un poco zorra) ven cómo cambian sus vidas porque al director le da la real gana, aunque el pretexto sea la llegada de un misterioso personaje masculino, un individuo introvertido y sensible con tendencia al habla entrecortada. El susodicho querubín graba a mujeres hablando de sexo ante una cámara y colecciona, ordenadito, dichas cintas. Una risa todo.

sex-lies-and-videotape-movie-eightSoy tan terriblemente especial.

Death Proof (Quentin Tarantino, 2007)

Tras el desafuero megalómano y referencial de Kill Bill ―jamás se consumió tanto metraje y tanto talento visual para contar fruslería semejante― el problemático Tarantino perpetra su película más reiterativa y agotadoramente gárrula (esdrújula, sí, sus personajes, si es que así pueden llamarse, no callan ni debajo del agua). Homenaje onanista al cine basura que le gustaba en su juventud, acaba fatalmente siendo cine basura, sólo que afectado y autoconsciente. Aburrida e inane como ella sola, se salva Kurt Russell haciendo de supervillano, porque él nunca puede estar mal, y la secuencia del accidente que, aceptémoslo, es impresionante.

screenshot_from_2016-06-23_22-02-07Sororidad es majar a hostias a Kurt Russell.

Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999)

No sé ni qué decir sobre ella. Como en un Douglas Sirk flipao, el argumento es una cadena de despropósitos, referencias cinéfilas, casualidades y coincidencias empaquetadas en un lujoso y chillón envoltorio. Pruebe a contar la trama sin que le entre la risa. Aquí la pasión y la emoción (fruto siempre del examen atento de lo real) son sustituidas por su representación desaforada. Hola, soy Almodóvar, me gustan los boleros y las tendencias guays, mirad mis lágrimas. A muchos les conmovió. La gente es rara. O yo lo soy, no sé.

todo-sobre-mi-madreDoliente, pero cuqui.

C’era una volta il West (Sergio Leone, 1969)

Sergio Leone lleva su estilo y su imaginario a la perfección en El bueno, el feo y el malo, irresistible relectura de la tradición picaresca, juguetona, vital y sin pretensiones. Pero entonces alguien, ay, le revela que es un autor. Hasta que llegó su hora, traducción cañí del título original, es el hipertrofiado resultado. No es que carezca de grandes momentos (no se pierde la inspiración de la noche a la mañana) pero sucumbe bajo el peso de sus pretensiones. Enfática y engolada, la película revienta por sus costuras y no puede evitar que los defectos del director (mal gusto, cursilería, cierto infantilismo y limitaciones como narrador) canten la traviata en una película alargada más allá de lo conveniente y que, a base de amaneramiento, logra hacer confusa una historia que tampoco era para tirar cohetes. Dicen que es operística, tebeística sería un diagnóstico más preciso.

hero_Once-Upon-Time-West-imageC’era una volta il West, haciendo estampas.

Shutter Island (Martin Scorsese, 2010)

Tras demostrar con Gangs of New York que podía ser hortera como el que más, Scorsese, al que tanto hemos querido, se supera a sí mismo, aunque no deberíamos eximir de su responsabilidad y de su colleja a la guionista Laeta Kalogridis. Shutter Island es una película que pudiendo haber sido una obra maestra se queda en una sucesión fallera de efectismos ineficaces. Hacer que una secuencia en que Max von Sydow, Ben Kingsley y Leonardo DiCaprio comparten plano resulte sosa tiene su mérito. Dotado de escasa sensibilidad para el fantástico, Scorsese se lanza al género sin frenos y a tope, ignorando el venerable consejo de «menos es más» que alguien debería haber hecho grabar en un turulo de plata para regalárselo. Cuando al final te lo cascan todo, Scorsese, como si fuera un director veinteañero de videoclips, no encuentra mejor manera para ilustrar un dramón doméstico que endosarnos un plano cenital a cámara lenta de protagonista con niño muerto gritando: ¡Nooo…!  Pa habernos matao.

bcb3FYtLbuPgNYO4M1IY7rfeMalShutter Island, al espectador se le queda la misma cara que a DiCaprio.

Lucía y el sexo (Julio Medem, 2001)

Todo artista tiene defectos. Esos defectos son en cierta manera su personalidad, su fuerza, pero hay que mantenerlos a raya, refinarlos. Y eso lleva su tiempo hasta que se logra ese delicado equilibrio entre oficio y singularidad que llamamos obra maestra. Medem pertenece a esa clase de artistas encumbrado desde su primera obra que no hacen sino profundizar en sus defectos hasta hacerlos intragables. Su afición por lo alegórico, las simetrías y los palíndromos, dieron al principio el pego. Hasta a Kubrick le gustó La ardilla roja. En Lucia y el sexo título tan sutil como En esta película se folla, Medem lleva su poética febril al paroxismo. Sus personajes femeninos (a Medem no le interesan los personajes masculinos) son invariablemente mágicos, se comportan de manera imprevisible, aleatoria, gratuita… Rococó chungo del alma, en su universo onírico no sopla el gran viento del misterio sino un coqueto vientecillo soñador que brota del suplemento dominical de El País con el perfume inequívoco de Malasaña. A mitad de la película sale una polla enorme que dio mucho que hablar.

CaSJjIEWEAIi57r.jpg largeLucía y los símbolos.

Bram Stoker’s Dracula (Francis Ford Coppola, 1992)

A diferencia de Martin Scorsese, del director de Apocalypse Now cabía esperar una afinidad con el fantástico. Pero lo que en su momento fue considerado como la resurrección de un Coppola que volvía por sus fueros no supera la condición ―el chiste es fácil― de muerto viviente. Admito un problema personal con el género vampírico ortodoxo: la figura del lechuguino que tras las siniestras advertencias de posaderos, parroquianos y cocheros transilvanos se dirige tan pichi hacía un castillo siniestrísimo y ni se inmuta cuando un tipo con aspecto de pederasta disfrazado le invita a cenar, agota muy pronto mis reservas de buena voluntad y acojo con hostilidad la posterior y confusa comedia de enredo victoriana, con barcos cargados de tierra, baile de ataúdes y puertas que se abren y se cierran. Coppola echa el resto en el diseño de producción, recuerdo pocas películas tan intoxicantes visualmente, pero olvida miserablemente algo que tanto Max Ophüls como Michael Powell (sus obvios referentes) siempre tuvieron en cuenta: dotar de un mínimo de consistencia a sus personajes. Dejadez que en esta película llega a la falta de respeto. Inventor del videoclip con aquel One from the Heart que lesionó para siempre su carrera, Coppola deja aparcado al magnífico narrador que fue y se entrega a un anfetamínico delirio visual en el que unos personajes abiertamente ridículos (el Van Helsing de Anthony Hopkins pasará a la historia como caso de estudio) se mueven en un escenario irreal sin aparente sentido ni propósito. La acumulación de imágenes de impacto acaba por resultar tediosa y cuando al final una Wynona Rider se transforma en Nuria Espert no sabemos ya si hace tiempo que Coppola dejó de tomarse en serio el relato, lo cual es grave, o por el contrario está siendo sincero. Lo que sería muchísimo peor.

bram_stokers_dracula_1Drácula de Coppola, siempre ciego, siempre a tope.

La lengua de las mariposas (José Luis Cuerda, 1999)

Creo que el cine comprometido español adolece de un defecto importante. En la película tipo el protagonista, bueno y justo, es siempre derrotado por la mano militar del poder. Se le mata como a un perro (una buena sesión previa de torturas tampoco viene mal), su casa arde, sus tierras son sembradas con sal y su mujer y sus hijas son violadas por un rijoso empresario y luego vendidas como esclavas con las bendiciones de un cura. Semejante pesimismo radical es anafrodisiaco desde un punto de vista revolucionario. ¡Que haga la revolución Rita la cantaora! No se puede cambiar la historia, la guerra civil se perdió y la represión posterior fue inmisericorde, pero hay maneras de mantener alguna forma de esperanza.

La lengua de las mariposas supone la apoteosis de esa actitud. Un maestro rural, un santo republicano, se pasa toda la película haciendo el bien y enseñando al niño protagonista los secretos y los asombros del mundo. Al final al hombre no solo le dan paseíllo (un amigo gallego me contaba que allí, donde el bando nacional apenas encontró oposición, el gremio fue metódicamente masacrado) sino que sus vecinos y conciudadanos le insultan y le vejan y hasta el niño protagonista, llevado por el miedo o la imitación, le tira piedras. Ni una mirada de gratitud, ni una señal secreta que diga: maestro, la semilla está plantada en mí, lucharé por ser un hombre libre en estos tiempos oscuros. Nada, una cermeña y cejijunta ferocidad. Si verdaderamente fuimos así nos merecimos a un tipo como Franco. Todo esto tendría un pase si la puesta en escena no fuera de un academicismo televisivo que evocaba veinte años después la estética de la etapa Pilar Miró. Cine oficial, casto y sin cafeína, tan excitante como una partida de dominó a la hora de la canícula o un panfleto higienista vegetariano de los años treinta.

1169342Repare el lector en el tamaño del piedro.

Canino (Yorgos Lanthimos, 2009)

¡Vuelven los setenta! Yorgos Lanthimos retoma el formato parábola, que nunca se distinguió por su sutileza y que nos brindó desde La Grand Bouffe hasta Themroc, pasando por un lastimoso film que codirigí y cuyas copias piadosamente han desaparecido de la faz de la tierra.

Algunos amigos, cuando he manifestado mi escaso aprecio por esta película, me explican que se trata de una crítica contra la burguesía. Caramba, como para no darse cuenta. No negaré sus virtudes: ese hallazgo de la pulverización del sentido de las palabras («ya verás cuando papá se entere de que me has lamido el teclado»), la creación de un malsano clima de paranoia junto a estimables fogonazos de humor negro, pero no puedo evitar la sensación de encontrarme ante un chiste estirado.

Hay algo peor. En general me gustan los artistas que aman las posibilidades de lo humano o los misántropos capaces de combinar el odio a sus semejantes con una profunda piedad (así Michel Houellebecq). Hace tiempo que no soy joven y por tanto nada me provoca tanto rechazo como ese nihilismo zoológico que trata al hombre, esa figura trágica, con un cinismo barato y finalmente trivial. En Canino solo veo la risa condescendiente del listillo.

FamiliaCanino, un “je” muy flojín, de media comisura.

Miradores

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El artista adolescente suele hacer mofa y befa de los gustos del burgués, no así de los de las clases populares, que considera de una robusta santidad. Al burgués le reprocha su codicia, su estrechez de miras, su cobardía vital; cuanto al burgués complace será considerado irrisorio. El mirador y sus amplias vistas aparece como uno de los sospechosos habituales. Poner los ojos en blanco ante esos marcos incomparables sería señal de una sensibilidad domesticada, que rehúsa lo convulso para solo hallar placer en lo pintoresco. Como siempre suele ocurrir, el artista adolescente, fascinado por su propia singularidad, subestima el alcance o la hondura de los gustos de sus mayores.

Rara es la población que no tenga su mirador. Si no se han transformado en objetivo turístico, son lugares donde acude el jubilado, fumadores de porros muy jóvenes o parejas de inclinación melancólica. Un lugar en alto, generalmente con alguna leyenda histórica asociada. Tu ciudad, tu pueblo, se extiende a tus pies. Allí se lleva a los niños, parajes así forman parte de la educación sentimental de cualquiera.

Mircea Eliade describe el paso de nuestros antepasados a la posición erguida como un «sentirse proyectado en medio de una extensión aparentemente ilimitada, desconocida, amenazante». La visión desde lo alto calma esa angustia. Como si unas manos amables nos hubieran alzado, nos consentimos una visión solo al alcance del pájaro. El mundo, suspendidos un instante por encima de su brutal prolijidad, parece tranquilizador, inteligible. Hemos prevalecido y lo hemos ocupado como un liquen o una modalidad fantástica de la termita. La fuerza enorme de las construcciones del pasado levantándose hacia el cielo, la trama de los campos de labor, los bosques y los jardines, terrazas y paramentos, las brumas tóxicas del polígono industrial, la curva del río, el trazado de las calles, que es una escritura.

Los sonidos de la ciudad ascienden hasta nosotros. El tráfico, las grúas y las campanas, los patios de los colegios, los muelles de carga, los muecines llamando a la misma hora a la oración, las sirenas, señal de desgracia. De noche todas las ciudades son interesantes, todo parece posible. La naturaleza desaparece por completo y solo es visible nuestra presencia, un delicado tejido de luces y colores nuevos, que nunca deja de extenderse.

Hay días de notable transparencia donde el mundo se dilata hasta grandes lejanías y el ojo cansado de la edad recupera el esplendor de la niñez. Y entiendes que el mundo, el amado mundo no nos necesita para que el sol siga saliendo cada mañana. Inagotable, inocente, un poco monstruoso. No de otra manera lo vería un dios que lo acabara de crear.

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Alabanza y encomio del jabón

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Cuando hay tantas cosas que han desaparecido de nuestras vidas y lo que nos queda por ver, hoy me ha dado por pensar en la modesta persistencia de esta divinidad doméstica y menor a la que habría que hacer justicia.

El sencillo placer de abrir una pastilla nueva y antes de sumergirla bajo el chorro del agua demorarse por un instante en la suavidad bienoliente de su forma neta, destinada como nosotros al desgaste y la disminución, hasta quedar reducida a una escasez mucilaginosa. Pececillo tutelar de nuestras abluciones, nos espera en la oscuridad cuando dormimos para deshacerse cada mañana en nuestras manos y lamer lealmente nuestra cara, arrancando los últimos rastros del sueño.

A lo largo de los años cientos de pastillas de jabón se sacrifican por nosotros, arrancan de todos los rincones de nuestro cuerpo, hasta los más impuros, las adherencias del mundo, los avances del desorden y la fermentación, dejándonos una tibieza tersa en la piel, regalándonos la ilusión de haber renacido.

Logro asequible, silencioso, de la civilización, orgullo higiénico del burgués. Su extensión planetaria derrota epidemias y acaba con el antiguo régimen.

Los jabones de la infancia. Al niño le complacen sus colores puros, su perfume ―reminiscencia y consuelo en años venideros―, la levedad irisada de sus pompas. Todo niño lo ha chupado y ha retrocedido ante su sabor acre y dulzón, de ahí la amenaza de lavar nuestra lengua con agua y jabón cuando nos oyen pronunciar las magníficas palabras prohibidas

Los jabones del pasado. El jabón de olor en los cajones de la ropa de la madre, el áspero jabón de las coladas en la ribera del río, el jaboncillo con que el sastre marcaba las telas, el jabón de afeitar, promesa de futura virilidad, el lujo humilde y fragante de las muchachas obreras que enjabonaban sus senos en los días señalados, el jabón santo del pobre, del soldado y el prisionero, el jabón turbio y bravo de los talleres, aquel que un hombre mira triste porque sabe que con él su padre se lavó por última vez las manos. Todos dejaremos una pastilla de jabón sin terminar.

Escurridizo jabón, amigo de los rostros hermosos y los placeres venéreos, sobrio y fidelísimo servidor, jabón nuestro de cada día, acepta esta oración extravagante que hoy te hago, en la esperanza de seguir por muchas mañanas recibiendo tus tímidos dones.

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Un encuentro

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No fue ni hace cuatro meses, una mañana de domingo con uno de esos soles violentos que a veces se consiente el invierno. Pasaba unos días en una ciudad vieja y civilizadísima del norte de España, una ciudad de grandes arboledas que olía a dinero y a respetabilidad. Y allí estaba con una amiga y sus tres hijos en una plaza con soportales próxima al ayuntamiento, bebiendo una cerveza que brillaba incandescente al sol, contemplando la agitación de palomas y gorriones en torno a las mesas de las terrazas y a los niños entregados a sus rituales de sociabilidad con desconocidos, en una atmósfera de tedio amable y gloria dominical. Los hijos menores se perdieron con otros entre unos puestos de cómics y se quedó con nosotros la mayor. No tendría más de catorce años. Es china, la adoptaron allí. Se considera lesbiana, es curiosa y de inteligencia inquieta, me preguntó enseguida por las elecciones andaluzas, sabía del inesperado éxito de Vox y quería saber qué opinaba. La vi fijarse en una pareja que estaba a nuestras espaldas y pronto entabló contacto con ellos.

Eran dos hombres en torno a los setenta años. Uno era un inglés con un acento cockney tan marcado que parecía un imitador. Ya jubilado, durante una temporada trabajó como monitor de teatro con niños. Me resultó simpático imaginarlo rodeado de críos con coronas de papel y espadas de plástico, declamando con seriedad y pasión pentámetros yámbicos, pero fue su acompañante el que capturó el interés de ella. Era un negro belga, sus gafas de sol acentuaban su parecido con Ray Charles y vestía con una suerte de dandismo que hacía que una especie de chaqueta de chándal del color del cielo y una gorra de beisbol resultaran espléndidos. Una camisa notable y una gruesa cadena dorada al cuello, las manos nudosas y ensortijadas como las de un Dux. Aparatosos anillos y pulseras que aseguraba diseñar y fabricar él mismo. Yo escuchaba, cortés, a su acompañante, pero estaba pendiente de la intensa conversación del belga y la chica, entre los cuales parecía haber surgido una corriente de simpatía. Hablaban en un inglés esencial, práctico, lo justo para entenderse. El belga se estaba muriendo, los doctores anunciaron el diagnóstico inapelable y él decidió pasar los últimos meses de su vida viajando. No había rastro de amargura alguna en su actitud. Sonreía mucho y su voz era de una suavidad que contrastaba con su estudiado aspecto de hombre duro. Nos tuvimos que marchar. Ya salíamos de la plaza cuando ella se dio la vuelta y corrió de nuevo hacia él para pedirle sus señas, con esa confianza ilimitada de los jóvenes en la elasticidad del tiempo y la variedad posible de los afectos, no contaminada aún por el cálculo, la estrechez de los días o el aborrecimiento de los semejantes.

He pensado en ellos, en su conversación. He recordado sus gestos al hablar con una necesidad urgente de darse a conocer, de entenderse el uno al otro, gestos con que los maestros del pasado representaban en sus lienzos los diálogos entre santos varones o soldados y mercaderes en plena francachela. Esa muchacha fue abandonada recién nacida al borde de un camino rural en un lugar perdido de un continente de extensión aterradora. Su destino era haber sido devorada por alimañas, pero el azar fue benigno y alguien la recogió y alguien venido de un país muy lejano vio algo en ella, sus ojos, su timidez o su manera de reír. Algo que cambió su vida. Ese hombre sabía que no le quedaba demasiado tiempo, cada hora era valiosa, cada encuentro lleno de significado. Ninguno de los dos tenía un pasado fácil, fuera ambos de la zona de seguridad aceptable en aquel plácido entorno burgués que nos rodeaba.

El azar colaboró también para que yo hubiera ido a esa ciudad a dar una conferencia petulante sobre la naturaleza del tiempo y que él hubiera elegido un destino turístico poco habitual y así pudiera producirse ese contacto fugaz, ese instante luminoso en que una adolescente conoce la serenidad de alguien que se despide de las cosas y que a cambio recibe, agradecido, la gracia perfecta de la juventud.

Pienso en ellos, en los comienzos y en los finales y deseo a esa muchacha que la vida sea generosa con ella, que sus labios besen muchos labios de otras chicas, que la mezquindad del mundo no la dañe, que sea lo que sea aquello para lo que ha sido destinada lo haga de la mejor manera posible. Deseo que él se despida en paz y sin dolor, en los brazos amantísimos de una droga poderosa, absuelto ante sí mismo de cuanto en su vida fuera inicuo, aceptando la suma de sus días en una confiada entrega a lo irremediable. Benditos sean.

800px-Caspar_David_Friedrich_-_Two_Men_by_the_Sea_-_WGA8249Caspar David Friedrich’

Elogio del viento

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Su suave soplo en la cara fue probablemente una de nuestras primeras, imborrables impresiones, junto al gran silencio de la luna o la frescura del agua. Cualquier niño sabe imitar con los labios su voz silbante. Capaz de acariciar la piel, volar los sombreros o arrancar los tejados, carece de forma; presencia invisible a nuestros ojos, dominio del vuelo, todo ligereza o poder. No es de extrañar que desde el principio los humanos lo asociaran con lo numinoso («y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas»). Aprendimos a distinguirlos según su procedencia y su carácter, les pusimos nombres bellos y francos: cierzo, tramontana, siroco, ábrego, lebeche, mistral… El marino conocía como nadie a esas caprichosas divinidades que hinchaban sus velas, de sus cambios de humor dependía el buen fin de la travesía y su misma vida.

El viento inmemorial de los cuentos y las leyendas, el que arrastra en pequeños remolinos las hojas muertas y los papeles olvidados, el que menea suavemente las ramas de los árboles ―delicia de los pájaros―, esculpe las rocas, levanta la cresta de las olas o hace tremolar las sábanas tendidas, humilde bandera de los días. El que visita la soledad de las ruinas o las vastas desolaciones de Marte

A veces, en sus grandes cóleras se hace visible en esa sinuosidad de pesadilla del tornado. Vientos de catástrofe, que arrancan de cuajo troncos y campanarios, la galerna de los naufragios, el viento caliente que propaga incendios, plagas y pestilencias, el hogar sin reposo de los espíritus desventurados.

Cómo nos complace escucharlo detrás de las ventanas, a salvo, en sus momentos de malhumor, cuando brama y aúlla como el lobo, asaltando grietas, corredores y chimeneas, el mismo viento que desvelaba a nuestros desamparados antecesores en sus cuevas. Nos agrada porque reconocemos en su gran voz algo eterno y libre, aliado del tiempo. Juego, cambio y permanencia.

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