Armonías Vocales Mesetarias

Etiquetas

,

El fotógrafo los soltaba en el campo, abrigadillos o con ropa de entretiempo, lo veraniego no estaba bien visto. Unos árboles al fondo y unas peñas daban variedad al conjunto y cada uno de los integrantes del grupo miraba a diferentes puntos situados en una indefinida altura ideal, imagen por cierto muy ilustrativa de los problemas de la izquierda. Así se concibieron innumerables portadas de discos del género.

Durante una década abundaron en platós y radiofórmulas, supusieron la segunda alternativa nacional ―junto a la Gran Garganta Levantina― al gusto por lo yeyé y quizás por eso el franquismo se mostró indulgente con sus sospechosísimos adeptos.

Cultivaban una estética inconfundible de estudiantes de letras. La trenca, la chiruca, la chaqueta tricotada, la pana y el jerselillo apretao eran los outfits de elección, evocando un mundo de asadores castellanos, vinazo y tabaco negro, destilados del anís, tabernas y asambleas. En sus apariciones televisivas los atrecistas sembraban los forillos con brocales y aperos de labranza. Ellos oscilaban entre el clon de Alfonso Guerra y el seminarista, sin excluir a tiarracos bien plantados de masculinidad berroqueña. Ellas encarnaban a la moza garrida, con cierta castidad cooperativa de camarada, capaz de doblarte bebiendo magnos con pepsi.

Descendientes de la tuna y de los pioneros del folk como Agapito Marazuela o el profesor García Matos (ese Alan Lomax español) oscilaban entre el compromiso ideológico y la balada romántica de consumo, pero en los nombres de aquellos grupos y en sus letras siempre se exaltaba lo elemental: el agua de la fuente, la leña recién partida, el heno, los trigales y el vino, el pan en el horno, los tedios y melancolías de la tarde dominical. A tal respecto, en una canción de Mocedades la esposa engañada describe el adulterio de su marido con un impagable, robusto «pues tu ropa huele a leña de otro hogar».

Nada de chicas, en sus canciones se hablaba de la mujer mujer y hasta de la Hembra, había en sus referencias amorosas un erotismo sin preliminares, un empotramiento machadiano, perentorio, de levantarse después del suelo sacudiéndose a manotazos las agujas de pino de las bragas.

La aparición de la Movida en los albores de los ochenta asestó el tiro de gracia a aquel universo. Su recio imaginario castellano fue barrido por una colorida horda de divertidos homosexuales, hedonistas, sofisticados tunantes y urbanitas. Fabio McNamara derrotó al ciprés de Silos. España necesitaba diversión. Y la tuvo.

Es irónico que aquel severo sonido solo sobreviva en el mundo de la publicidad, al que tuvieron que reconvertirse muchos de sus intérpretes. Pizzas humeantes, fragantes jabones, bollería tradicional, miel, cuajada y turrones que se zampa el hijo pródigo cuando regresa ―siempre en tren― al hogar en Navidad, aparecen bañados por sus rústicas melodías, asociadas irremediablemente a la idea de lo tradicional, pulsando el nervio nostálgico, crepuscular, de los que conocieron aquella era. La verdad es que da un poquito de pena.

Deprecación

Etiquetas

,

Hay una frase que se suele atribuir a Samuel Beckett y que me parece una atrocidad: «La verdad es que en la vida del hombre no sucede absolutamente nada». Careciendo holgadamente de su áspero genio, puede decirse que cuanto escribo en estas páginas, esas voluntariosas celebraciones de lo frecuente a las que os tengo resignados, es un inconsciente, tenaz intento por refutar semejante afirmación.

Y por eso muchas veces no soporto leerme, ¡menudo embaucador!, ¿de verdad me creo mis esforzadas, eufóricas letanías?, a quién pretendo engañar, considerando la imperfección del desventurado animal que somos, nuestra obcecación en el error, nuestra ciega obediencia a los credos a despecho de mil evidencias, el que no haya idea lo suficientemente estúpida para no ser seguida por multitudes dispuestas a matar y a dejarse matar por ella, que arrancarnos la vida de la manera más cruel sea una costumbre que precede al mismo lenguaje, que hogueras y mutilaciones, torturas inimaginables pueblan de espanto nuestros libros de historia, que la dura, arrogante violencia de los malvados somete a los mansos, que los farsantes logran engañar a todo el mundo todo el tiempo, considerando que envenenamos los mares y los pastos, que un pequeño ovillo de ADN puede poner de rodillas a la humanidad, que los años irán destrozando uno a uno los sueños de la juventud hasta la ruina de todas las ilusiones, que los pocos afortunados que los hicieron realidad viven con el miedo a perder lo que obtuvieron, que amigos y amantes nos decepcionan, que la misma gloria de la infancia es una ficción consoladora en la que acabaremos por no encontrar consuelo, que nosotros mismos somo alguien mucho peor de lo que pensábamos, que no hay segundas oportunidades, que asistimos sin enloquecer a la decadencia de nuestra carne, que perdemos el don de admirar como perdemos la memoria de las cosas, que la salvación no llegará, considerando que podemos sentirnos afortunados si un infarto nos fulmina antes de que el cáncer o la demencia nos esperen al final del camino para poner punto final a nuestros días entre dolor, goteros y mierda, sin grandeza, sin grandes frases, de un modo miserable y banal que ni siquiera toda la música de Bach podría redimir, que en resumidas cuentas todo nos ha sido dado para que lo perdamos irrevocablemente, que nuestro planeta será devorado por el sol y el mismo sol se apagará en una cadena inimaginable de naufragios hasta la muerte térmica del universo entero. No, no puedo engañar a nadie porque todos lo sabemos.

Y sin embargo… Sin embargo, ¿por qué todavía me conmueve la bondad de los desconocidos, el abandono bullicioso, destartalado y puro de los adolescentes, la ternura de los hombres crecidos con los niños, las grandes fiestas de la luz sobre los viejos edificios del pasado, el arrobamiento pequeño del pájaro, el cansancio de las camareras, los misterios del alumbrado nocturno, las palabras de los que ya no están, preservadas en los libros, la risa de los vivos, la voz de los amigos, el paso cauteloso del gato, la vida secreta, fragante de las plantas, por qué yo, que tantas cosas he perdido, lucho aún contra el desencantamiento del mundo?

No ceder en esto. Perseverar, intentar arrebatarle al tiempo lo que merece perdurar, contar lo que fuimos, nuestra sed un poco tonta de belleza y aventura, los labios que besamos, la nobleza de nuestras caídas, todo el amor que fuimos capaces de dar, la posibilidad de la alegría y hacerlo de la mejor manera posible porque esa esperanza es lo único que tengo. Sin rendirse, sin concesiones, mientras el cuerpo aguante.

Georges_de_La_Tour_-_Magdalen_of_Night_Light_-_WGA12337

Georges de La Tour (1593-1652). “María Magdalena”

Azzurro

Etiquetas

La noche pasa por ser el lugar de lo imaginado, lo mágico, lo irracional. Sólo la llegada del día restauraría la realidad. El hecho de que la falta de luz deje inservible nuestro más valioso sentido y que durante ella nos entreguemos a las aventuras del sueño no es ajeno a esta percepción. Lo cierto es lo contrario, la noche retira el velo y solo entonces vemos la verdad, la descarnada verdad, «la turbulenta forma del tiempo y del vacío en la que vibramos, vivos de milagro entre aterradoras desolaciones y vastas catástrofes», como enfáticamente escribí por aquí alguna vez. El cielo azul es solo un efecto óptico, una ficción consoladora, un cuento contado a los pies de la cama.

Pero esa ficción es nuestra patria. Los pájaros saludan con un vuelo jubiloso de borrachos el cielo niño de las primeras horas del día. Los terrores de la noche se olvidan, se nos ha concedido la gracia de seguir vivos un día más, el mundo ha sido de nuevo creado para nosotros. Las velas se despliegan y las caravanas se ponen en marcha, al viajero le asaltan presagios de buena fortuna. Los trigos, los racimos y las naranjas maduran bajo su manto protector, el cielo heráldico de las leyendas y las pinturas flamencas que se cierne benévolo sobre los caminos de los hombres, las torres y los tejados, la nieve de las cumbres y el azul hermano del mar. Para que nada nos falte, las grandes lentitudes de las nubes que navegan en silencio sobre él, lo significan, lo someten al tiempo, el cambio, la historia.

Los viajeros espaciales lo ven deshacerse conforme abandonan nuestra casa común, al final del día se desgarra entre grandes visiones de fuego y sangre y los pájaros, que tantas cosas saben, lo despiden volando de nuevo en círculos antes de entregarse al sueño.

Descomunal trampantojo, simulacro de sentido, decorado verdaderamente digno de los viejos dioses que nos abandonaron, sigue sonriendo sobre las ruinas, los camposantos, los estragos de la batalla. El lugar donde van los niños buenos, condición de la alegría, fuente de los recuerdos, cifra de todo bien y esperanza nuestra.

cieloazul1-k1zG-U100155473657HzH-984x608@RC

Elogio de las gafas

Etiquetas

Duermen a nuestro lado, plegadas con la compostura de un gato. En sueños no las necesitamos. Tampoco en la intimidad incondicional del amor, donde sin ellas el desnudo se difumina piadosamente y adquiere un carácter abstracto. Tras la indecisión de las primeras abluciones del día ocupan su puesto en nuestra cara ―que tras tantos años parece sin gafas incompleta, provisional, menoscabada― y todo vuelve a estar en orden.

Los niños con gafas siempre tenían un no sé qué calamitoso. Las perdían, las rompían y quedaban desvalidos. Los niños con gafas tenían madres guapísimas que los protegían contra la crueldad del mundo, porque los otros niños se reían de ellos y su inclinación al despiste y al porrazo, ¡gafitas cuatro ojos, capitán de los piojos!

Mis primeras gafas me llegaron a los dieciséis años. Era tan ingenuo que me alegré de llevarlas, ignoraba que las gafas eran la señal de una limitación y lanzaban un mensaje poco recomendable al cerebro reptiliano de las adolescentes. Elegí unas gafas metálicas redondas, lennonianas que, pensé, me daban un aire interesante. Lamentable error que inauguraría una larga serie.

Muchas gafas han pasado por mis ojos a lo largo de los años, sujetas a mis orejas y mi nariz, a las modas cambiantes y a mis propios caprichos. Nos vemos en viejas fotos con otras gafas y nos resultan insípidas o extravagantes, como nos lo parece esa versión de nosotros de entonces. Siendo fatalmente yo, he gastado monturas de diseñador catalán, de profesor de instituto, de químico soviético o de senador republicano por Arkansas. Al igual que las casas y las parejas que hemos tenido, la gafas marcan periodos de nuestra vida. No me parece justo que en las prolijas y abrumadoras biografías, tan del gusto del momento, conste que por ejemplo Joyce vivió en Trieste, Via Giovanni Boccaccio 1, segundo piso, de febrero a julio de 1906, pero se omita que acaso en aquella primavera llevó unas gafas horrendas que no le gustaron a nadie.

Me da pena tirarlas, mis cajones son un cementerio de gafas. A todas les debo gratitud, me sirvieron lealmente. Mediadoras entre el mundo y la percepción, traductoras de lo extenso, muletas del ojo. Cuántas cosas excelentes vistas con ellas, olas, nubes, pájaros y árboles, páginas, películas y pinturas, otros ojos que quise, para siempre perdidos.

En alguna ocasión saldré silbando de una óptica con unas gafas nuevas sin saber que ya no habrá otras. Algún día funesto alguien, acaso un desconocido, me las quitará por última vez y las plegará con cuidado, definitivamente inútiles, en esa soledad geométrica, humildísima, de las gafas de los muertos. Y no importa y está bien así, donde quiera que esté ya no las necesitaré.

safe_image (2)

 

Hosanna in excelsis

Etiquetas

, ,

Mi primer domicilio independiente fue una casa que alquilé con mi hermano en una calle del Bajo Albaicín cuyo nombre he olvidado. Estaba situada cerca de un cuartel y detrás de una iglesia del siglo XVI, la viuda de un banderillero con unos zánganos de hijos regentaba una tenebrosa tienda de comestibles en el bajo y el difunto se le aparecía en sueños. Teníamos por vecinos a uno de los clanes de delincuentes más peligrosos de la ciudad, con caballos y aves de corral en su patio y coches caros a la puerta, que cambiaban con frecuencia. Limpiarlos a manguerazos en la calle, entre rumbitas a todo volumen y explosiones de violencia verbal, era su ocupación favorita. Cuando mi madre vio dónde nos habíamos ido a vivir se pasó tres días llorando, lo que a nosotros, con la dureza inconsciente de los veinte años, nos pareció una exageración de melodrama y una prueba de filisteísmo burgués. Pobrecita. Todo era deprimente, sí, pero era nuestra guarida, que decoramos con un gusto menesteroso, aún sin refinar.

El pipiolo que yo era vivía entonces el principio de la que sería una larga relación, con un arranque tormentoso en medio de la onda expansiva de un divorcio. Las pintadas desaforadas y poéticas de un marido enamorado cubrían las paredes del barrio como una marea que llegaba hasta mi portal.

El primer y último invierno fue muy duro. En aquella vivienda de ventanas viejas hacía un frío que pelaba, un frío Dostoyevski. El dormitorio donde empezó nuestro amor era de un despojamiento extremo, con una cama de hierro que nos hacía a los dos personajes de una película española sobre la posguerra.

Subía una noche la cuesta que conducía a la casa, oyendo los gritos de mis vecinos y deseando no cruzarme con ellos. Mientras miraba las pintadas acusadoras me sentía culpable por una familia destruida, por las lágrimas de mi madre, por mis estudios sin terminar, porque no teníamos ni dinero ni futuro y por las lentillas de ella que sin querer arrojé la noche anterior sobre la resistencia de una estufa. Me detuve en mitad de la cuesta y me fijé en el campanario que se recortaba sobre las estrellas en una noche clara, detalle circunstancial el de las estrellas que añadí a lo largo de los años contando la historia con orgullo sacrílego. Me di cuenta entonces de que mi casa daba pared con pared a la nave principal de la iglesia y que, en concreto, mi dormitorio lindaba con la parte superior del altar mayor. Imaginé entonces los desvergonzados golpes del cabecero de la cama justo detrás de la cimera del retablo, inaudibles para las cuatro viejecitas que frecuentaban las tristes misas, pero quizás no para los ratones que allí habitaban, el gato del sacristán y desde luego no para Dios, al que no se le escapa una. Con una sonrisa pensé que por aquel escándalo sería siempre castigado y que jamás levantaría cabeza.

He vivido muchas vidas después de esa y Dios me ha tratado probablemente mejor de lo que merezco. Ahora lo veo de otra manera, ahora no hay templo en el que al levantar la mirada no imagine a unos jóvenes amantes muy pobres, follando con toda su alma suspendidos en las alturas, en las nubes empíreas donde se arraciman angelotes de caras campesinas. Mansos y limpios de corazón, haciéndose un destino, un poco desdichados porque ignoran todo lo bueno que vendrá, bienaventurados porque aún no sospechan todo lo que llegarán a perder.

0611 213 (3)

Ni un español sin su orfidal

Etiquetas

,

Soy un ingenuo, de verdad que llegué a pensar que ante una crisis como la que estamos viviendo podría cesar siquiera por un instante la permanente campaña electoral con tintes guerracivilistas en la que hemos convertido desde hace años nuestra política. Digo hemos porque dejar caer toda la culpa sobre los hombros de la clase dirigente sería un ejercicio de autoindulgencia. Tenemos lo que nos merecemos. Basta recorrer las redes sociales cada mañana para darse cuenta de que hemos ido a peor, de que razonamos como perros rabiosos y nos expresamos como oradores decimonónicos en crack. Ninguna exageración nos parece suficientemente enérgica, los paralelismos más delirantes ya no nos satisfacen; palabras como miserable, vomitivo, criminal, asesino, se prodigan con desenvoltura. Con tal de aplastar al discrepante no hay falacia argumental a la que no recurramos sin sentir vergüenza de nosotros mismos. Si hay que mentir se miente, hasta que lleguemos a creernos nuestras propias mentiras. Se desconfía de aquel que no levanta la voz, reconocer aciertos del otro es de traidores, el matiz cosa de maricas. La ideología, más que nunca, se ha transformado en una cuestión tribal, una simplificación y un desahogo. Una praxis de la intransigencia.

Quiero pensar que una minoría hiperactiva ―entre el tribuno y el macarra― nos muestra un cuadro distorsionado de la realidad y que muchos más de lo que parece intentan embridar sus pasiones y sus sesgos. Lo dudo, pero lo deseo, ya he dicho que soy un ingenuo. Lo que nos espera va a ser durísimo así que, por favor, ¿podríais callaros de una puta vez?, ¿seréis capaces de dejar pasar un día sin acusar al gobierno de genocidio o jalearlo ciegamente defendiendo lo indefendible o difundir alguna indignidad real o inventada del adversario? La química moderna nos ofrece una amplísima gama de ansiolíticos y tranquilizantes, a cada ciudadano su narcótico. Haced uso de ellos y dejad de envenenar el aire. El problema no es el fascismo que viene ni la república bolivariana, el problema, queridos, somos nosotros.

b73f33221151c86166bd113078965be2

James Ensor

Elogio de las fuentes

Etiquetas

,

Hace años desperté desorientado en una casa que no era la mía. Salía de una pesadilla tumultuaria, abundante en atolondradas catástrofes. Una mujer dormía a mi lado, perdida en sus sueños. Nuestro futuro era incierto. Al rato la confusión cesó y sentí que me colmaba un sentimiento inesperado, como la lenta expansión de una íntima serenidad.

Tardé en entender qué desató aquello. Allá fuera era de noche, nadie caminaba por las calles y en algún lugar de una plaza cercana una fuente manaba en calma. El silencio permitía que reparara por primera vez en su modesta, constante presencia. Era una fuente municipal, prosaica, sin historia, pero aquel rumor manso era cifra de todas las demás fuentes.

Una fuente es una imagen y una idea. Cambio y permanencia. Forma parte de esos primerísimos recuerdos de la época fabulosa en que nuestra mente se encuentra con el mundo. Los niños, como los pájaros, aman las fuentes. ¿De qué profundidades surge el agua incesante?, ¿cómo opera esa magia?  Los hombres erigieron asentamientos junto a manantiales y les imaginaron divinidades tutelares. En una leyenda sueca del siglo XIII ―que Bergman lleva al cine― el agua brota del lugar donde reposaba la cabeza de una doncella asesinada, su padre construirá allí un templo con sus manos. Su presencia es frecuente en las representaciones del paraíso, en las grandes urbes del pasado el agua brotaba de cientos de caños, donde el sonido del agua se mezclaba con la voz de las mujeres que llenaban los cántaros.

A veces el poder las erige como conmemoración en una escenografía algo estruendosa de altos surtidores, éxtasis brandenburgueses y versallescos que brotan de las cabezas de náyades, tritones y quiméricas criaturas marinas. En mi ciudad, una nación de hombres del desierto supo entender la fuente como un tranquilo prodigio, un murmullo, una discreta efusión de frescura que pule y suaviza la humildad de la piedra.

Es la imagen de la creación, el surgir de la consciencia, el salto de la nada al ser, que el mecanicista siglo XX degradó con la metáfora pirotécnica de una explosión inaugural. San Juan de la Cruz lo expresa bellamente en enigmas:

Que bien sé yo la fonte que mana y corre,       

      aunque es de noche.                  

Aquella eterna fonte está escondida,               

que bien sé yo do tiene su manida,                 

      aunque es de noche.                 

Su origen no lo sé, pues no le tiene,                 

mas sé que todo origen de ella viene,                

      aunque es de noche,                  

Sé que no puede ser cosa tan bella,                 

y que cielos y tierra beben della,         

       aunque es de noche.

He pensado mucho en ellas estos días en que siguieron manando sin nosotros. Las fuentes, música matinal de lo que siempre renace, victoria callada contra el avance de la nada y sus estragos, júbilo del espacio y el tiempo, latido del mundo.

21600732719_486042313c_b (3)

El reino

Etiquetas

,

Sucede que la condición natural del hombre es el desamparo. Desgarbado y vertical, a merced del viento helado y la lluvia, la fiera y el rayo, debe refugiarse en las entrañas de la tierra hasta que dos descubrimientos, la fertilidad de la semilla y la idea de la casa ―reflejos del instante de la fecundación y la seguridad uterina― le otorgan el dominio del mundo.

Una casa es un trozo acotado de lo existente. Debe poseer un techo para protegernos del sol y la inclemencia, unos muros que nos guarden del frío y las miradas ajenas, unas ventanas que permitan el paso de la luz y la visión del exterior. Para la intuición genial de los niños las ventanas son los ojos de la casa. Nuestra psique, nuestra idea de lo privado no se entendería sin ese círculo inviolable, frontera de nuestra intimidad. Llamamos a los templos la casa de dios y al lenguaje la casa del ser. El granjero la defiende con un arma en las manos, las tiranías profanan el domicilio de noche, cuando todos duermen, como los ladrones y los asesinos. Los pintores holandeses descubren la santidad de lo real en la descripción franca, cordial, de los humanos entregados a sus rutinas entre los muros de sus viviendas.

El hogar de la infancia nunca nos abandona, vuelve una y otra vez en los sueños, en una melancólica cartografía de corredores y zonas de luz y de espanto. Nos hacemos adultos y acabamos ocupando una casa para nosotros solos, una proyección de lo que somos, nuestro dominio. Lo que nos muestran los planos del constructor o las habitaciones vacías que recorremos esperanzados con el agente de la inmobiliaria es el decorado de una biografía posible. Esos espacios se llenarán de placeres, tedios y tragedias. Algunos serán habilitados como dormitorios, donde nos entregaremos a la aventura del sueño y al goce venéreo. Una estancia se consagra al procesado de los alimentos otra, dotada de un ingenioso dispositivo de cañerías, cuyas superficies evocan el laboratorio y su escenografía el altar, queda dedicada a la evacuación de orina y heces y al cuidado de nuestro cuerpo y apariencia personal. Un espejo ahí nos recuerda cada mañana los estragos del tiempo. En un extremo, una habitación de colores tiernos albergará los primeros años de las crías y se transformará en la trinchera del adolescente, las paredes saturadas con los emblemas baratos de sus fantasías, su rabia y su ruptura con lo heredado. La más grande, el lugar de reunión, el lugar donde se recibe a los amigos, contiene libros, bebidas y dispositivos destinados a dotar de amenidad los momentos de reposo.

Tal es el lugar al que pertenecemos. Ahora, en una insólita broma del destino, el hogar vuelve a retomar su condición de cueva, es la angostura donde permanecemos escondidos y asustados, mientras algo de una malignidad incomprensible se ha señoreado del mundo. Fue un pequeño reino al que queríamos volver, ahora es una cárcel de la que queremos huir. Aborrecimiento de los límites, envidia del vuelo, nostalgia de nuevos cielos sobre nuestras cabezas.

leyenda-dios-bendiga-antiguo-1

De puertas adentro

Etiquetas

, ,

La metáfora bélica respecto a las descomunales consecuencias de la pandemia puede parecer trivial, pero es inevitable. Movilización general y un abrumador crecimiento de la nación de los muertos. A algunos les ha tocado combatir en primera línea cumpliendo cada día con su deber civil, otros permanecemos sin gloria en la retaguardia. Los primeros arriesgan el cuerpo, pero pueden atrapar un reflejo de lo que era hasta hace tan poco el tranquilo fervor de nuestras vidas; pisan las calles, establecen formas siquiera limitadas de sociabilidad. Los confinados viven sin la angustia del contagio, pero sufren los rigores de la soledad y el aislamiento. Todos, sin excepción, el temor a lo que tendrá que venir después.

En los sueños es frecuente la aparición de aquellos que perdimos, ahora en nuestra otra vida nocturna ―las puertas, de repente, francas― salimos a ese exterior que tenemos prohibido. Montes, caminos entre tierras de labor y acequias, playas, trenes, callejones y plazas de ciudades en las que nunca hemos estado. Pero hay una incómoda agitación en esas aventuras prolijas y sin sentido, un aire general de fraude.

De día devoramos historias, nos sumergimos en ficciones y relatos, pero también acaban por cansarnos y entonces volvemos una y otra vez a convocar el pasado. Qué valor adquieren las rutinas comunes que a veces nos hastiaban, ansiosos de novedad, y que ahora sabemos que eran la sustancia misma de la que estamos hechos. Como un virus, somos una capa de hábitos que custodia los recuerdos. Es primavera y los campos están en flor, de la misma manera el planeta conoce una proliferación jamás vista de recuerdos en millones de horas de íntima soledad. Hasta los que perdieron la vida se habrán agarrado en el último momento a las imágenes de la niñez. Memorias de lo vivido saturan la atmósfera, como un polen, como una promesa de que nada se perdería. El hombre es la vía del mundo para verse a sí mismo.

El mundo. Qué deseo de volver al trato áspero, a veces amargo, hecho de mil ternuras y traiciones, con nuestros semejantes. Qué deseo de tocar con las manos, qué sed de las presencias reales de nuestros cuerpos imperfectos, tan frágiles. Qué dulce pensar en ello. ¿Se nos olvidarán estas cosas?, ¿reconoceremos después al mirarnos unos a otros nuestro miedo, nuestra común indefensión, el amor desesperado por lo que una vez tuvimos? ¿Seguiremos postergando lo importante?, ¿malgastaremos la dádiva del tiempo concedido?

Georges le Brun. L'Homme qui Passe

Georges Le Brun. “L’Homme qui passe”