Unidad del Sueño

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En un extremo del hospital, en unos pasillos vacíos ya a una hora de la noche en la que nada rompe el silencio -la clase de laberinto donde se materializan los aparecidos de las leyendas urbanas- abre sus puertas la Unidad del Sueño.

Vestida con una uniforme blanco y un nombre floral, una enfermera nos recibe con un largo discurso informativo, minucioso, sonriente. Lo borda, a uno le entra una confianza ciega en esta capitana rubia, menuda, de nuestra aventura nocturna. La seguimos. A cada uno de nosotros se le asigna un pequeño cubículo crudamente iluminado por fluorescentes. Una cama, una percha, una silla y una ventana que va a dar a un patio ciego. Un no lugar. Hay una cámara mirándonos desde una esquina. Allí nos vestimos con el pijama carcelario de los hospitales y aguardamos que llegue nuestro turno. No se oye nada y el tiempo se dilata, los pensamientos empiezan a deshilacharse y la realidad es sustituida por un tedio denso, impersonal. El infierno no debe ser un lugar muy diferente.

Cuando llega nuestro turno, la enfermera entra y comienza a cubrir nuestro cuerpo con cables, micrófonos y sensores. Unas últimas recomendaciones en voz baja antes de apagar la luz, susurrar un buenas noches y cerrar la puerta. A partir de ese momento y hasta que salga el sol no volveremos a verla y estaremos solos, a merced de nuestros sueños.

A oscuras quedamos, oyendo únicamente las sacudidas del aire acondicionado. La cámara recuerda que en algún lugar  -la cara iluminada por la luz de los monitores-  ella está pendiente de nosotros, de nuestras pulsaciones, del ritmo de nuestro aliento y la absurda agitación de nuestros movimientos de durmiente, como sólo nos han visto nuestros padres y nuestros amantes. Es un curioso trabajo. En el silencio subacuático de esa zona del hospital, cientos de caras con los ojos cerrados desfilando a lo largo de los meses en el baño espectral de los infrarrojos, un escenario de almas perdidas.  Justos y malvados, gordos y desmedrados, mundanos, violentos, distraídos, humoristas, mentirosos, quien cree con fuerza en algo, los que se visten maravillosamente, los que han hecho sacrificios heroicos, personas muy ordenadas, quien baila muy bien, atolondrados, mentirosos, señores de ideas conservadoras, melancólicos… todos iguales ahora, inocentes, vulnerables. Entre las formas inmemoriales de la abominación está matar al que duerme.

A la mañana siguiente ella, los ojos apagados, nos despierta y nos desconecta cuando el hospital se pone en marcha. Todo es distinto ahora, el misterio se disipa y la realidad irrumpe con la antipatía del diagnóstico. La conversación adopta un aire neutro, funcionarial. Nos despedimos apresuradamente de nuestros compañeros de noche, como si hubiéramos hecho algo ligeramente vergonzoso, deseosos de encontrarnos con la luz del día y la locura mañanera de los pájaros.

Ella llegará agotada a su casa, cansada por todos nosotros. Cuando otros empiezan su jornada ella se desvestirá y se meterá en la cama. Bajará las persianas. Dormirá sola y nadie la verá dormir salvo, en este momento, tú y yo, lector.

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Tim Eitel

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Sobre la celebración de cumpleaños

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Cientos de miles de millones de estrellas giran a velocidades vertiginosas alrededor del núcleo de nuestra galaxia. Entre ellas el sol y el planeta donde hemos venido a aparecer, que orbita en torno a aquel en un coqueto pas de deux sideral, saturado de eros, «l’amor che move il sole e l’altre stelle». Durante el tiempo que nos lleva cumplir una vuelta entera -protegidos de radiaciones letales y la congelación instantánea por una delgada capa de gases- las constelaciones que orientan a los navegantes se desplazan en el cielo nocturno, se suceden los ciclos estacionales y agrícolas, la serie inmemorial de los trabajos del hombre. Era inevitable emplear ese plazo como una división arbitraria, para escandir el tiempo de nuestras vidas.

Los hombres festejan los cumpleaños, se embriagan, se hacen regalos, reparten grandes abrazos, intentan hacerse reír los unos a los otros y fantasean con propósitos de enmienda. No siempre ha sido así, celebraban aquellos que detentaban el poder y la riqueza; el común de los mortales no tenía verdaderamente muchos motivos para hacerlo, si acaso el alivio de la supervivencia. Nosotros, más afortunados, organizamos grandes fiestas, pero cada nuevo aniversario nos hace sentir angustia.

En un mundo en que conociéramos de antemano la fecha de partida los cumpleaños serían meramente negativos. Los niños nacerían con la cifra de todos los años de su vida y los aniversarios serían una cuenta atrás. Entre los compañeros de clase unos tendrían setenta y cuatro años y otros nueve, las desigualdades resultarían insoportables, ¿cómo se vive con eso?, ¿bajo qué principios se construirían sus sociedades y sus sistemas de pensamiento?

También podemos imaginar un mundo en que el tiempo no sea medido, donde piadosamente se nos ahorre conocer el instante de nuestro nacimiento. Quizás la angustia de la edad es de índole estadística, una vida sin segmentar simplemente fluiría sin balizas ni recordatorios, en una duración elástica, un atravesar el tiempo en que tan sólo ocasionales señales de nuestro cuerpo nos recordarían «el único argumento de la obra».

¿Por qué lo seguimos celebrando? Lo hacemos porque de niños era el gran día, día consagrado a ti, rey por unas horas. Día de excepciones, sorpresas e indulgencia. Una fiesta en tu honor culminaba con el ritual escandalosamente pagano de apagar las velas con tu aliento breve de niño. La edad te mejoraba.  Eras un año mayor, más alto, más fuerte, más hábil, procesando cantidades ingentes de información sobre cómo funciona el mundo, ampliando los límites de tu pensamiento, cada vez más capaz de valerte por ti mismo, más cerca de una independencia sin tutelas, ansiando dejar de ser un niño, hacer las cosas chulas que hacen los adultos. No podías sospechar la magnitud de la pérdida.

Ahora the thrill is gone, seguimos aferrándonos a la vieja costumbre, pero no encontramos aquella alegría. Hay otras cosas, sin duda. Nuevas y viejas amistades se mezclan en una trama compleja de lealtades y afectos, no puede negarse una indudable mejora en la calidad de las bebidas y las conversaciones desde aquellas fiestas adolescentes. Durante unas horas el lugar es un bullir travieso de humor, ideas, agitación, seducciones. Es lo de siempre y a la vez es otra cosa. Llegado un punto -como en el último movimiento de la sinfonía de los adioses de Haydn- los invitados abandonan la fiesta en un lento goteo. El espacio se vacía, baja la presión y finalmente quedan unos pocos golfos que se sientan, apurando en sosiego la noche, hablando en voz baja de banalidades o haciendo tremendas confesiones, intentando que no se acabe. Se hace lo que se puede, pero alguien se da cuenta de que está cansado, se levanta y se disculpa, los demás lo siguen. La reunión se disuelve y todos regresan a sus casas. Cierras la puerta diciendo una última gracia, escuchas los susurros en la escalera, el portal que se cierra, alguna risa en la calle hasta que uno queda a solas entre las ruinas de la fiesta, en un silencio como no hay otro igual. Es un buen momento para consentirse unos minutos de introspección. Luego ya, eso va en caracteres, uno decide si recoger esa noche o dejarlo para mañana.

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Anne-Françoise Couloumy. “Réception” (2010/2011)

Dientes

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«And of Berenice I more seriously believed que touts ses dents etaient des ideés».
E.A.POE

 

Como una representación de los grandes misterios del principio y del fin, el cuerpo de la mayoría de los seres vivos mínimamente evolucionados se construye en torno a un tubo con un orificio de entrada y otro de salida. Siendo uno celebrado por poetas, el otro es confinado a los límites de la medicina y el humor preadulto.

Órgano bestial y sagrado, la boca tiene una curiosa ambivalencia. Terror y belleza. Nos valemos de ella para triturar y devorar otros seres vivos, pero también es el lugar donde ocurre lo que nos hace específicamente humanos. De la boca salen las promesas, las mentiras y las maldiciones, los versos, las historias con la que intentamos entender el mundo, el canto y la risa, el grito, el estornudo, el vómito y el salivazo. También suele ser la vía de entrada de las sustancias que nos embriagan. Nada nos procura mayor alegría que unir nuestra boca con la de aquella persona a la que amamos en un gesto imposible y cuyo carácter esencialmente trágico ya percibió famosamente el melancólico Lucrecio:

«Vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean».

Su entrada está defendida por una doble hilera de piezas de hueso, la única parte del esqueleto que asoma al exterior y cuya exhibición mediante la sonrisa -asombrosa combinación de la carne viva y lo mineral- es desde mediados del siglo pasado de rigor en la representación aceptada del rostro. Actores, modelos, políticos y ejecutivos sonríen desaforados desde las páginas de las revistas y los carteles en muros y marquesinas, decolorándose, deshaciéndose bajo la lluvia.

Los dientes sobreviven siglos más allá de nuestra muerte, pero esa voluntad de permanencia no debe engañarnos, también ellos comparten la fragilidad de nuestra materia mortal. Agresivas reacciones químicas los corroen, no sin dolor, a lo largo de los años. La fresca blancura ordenada de los dientes de la juventud da paso a la catástrofe de la boca del anciano, a la imagen terrible de la bruja desdentada. Su caída era presagio funesto en los sueños de la antigüedad y en los mercados de esclavos se comprobaba y valoraba por encima de todo su buen estado.

Ha venido a formar parte de nuestras costumbres el frotarlos vigorosamente con unos pequeños cepillos dotados de un fino mango. Mediante ellos extendemos hasta las zonas más inaccesibles pastas con flúor de sabores mentolados, apoyados por hilos dentales y colutorios, en un extravagante ritual, parodia laica de la comunión, con el que iniciamos, concluimos y puntuamos nuestra jornada, intentado retrasar esa inevitable ruina. El sabor medicinal, estéril, que queda en nuestra boca nos proporciona una momentánea sensación de pureza, de aplazamiento. Mi gato me suele observar en esos instantes sin entender nada mientras, gigantesco y absurdo ante el espejo, derramo abundante espuma blanca por la boca. Lo cierto es que no se alarma, porque a los gatos les da ya todo igual.

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Arcadia

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Mis padres no eran creyentes. O al menos no lo fueron hasta el final de su vida cuando, próximo el gran escándalo de la extinción y ya sin dos arrogantes jóvenes en casa para juzgarlos y ridiculizarlos, se soltaron el pelo. Supongo que nos matricularon en un colegio de curas por adoptar las costumbres de aquella clase media a la que tanto les costó llegar. Así mi hermano y yo pasamos años en una escuela regida por una comuna de hombres solteros que llevaban una vida frugal y de escasa privacidad en la planta de arriba, la misteriosa planta de arriba a la que los alumnos no tenían acceso. Si uno lo piensa, es algo francamente muy poco burgués.

El padre A. era tartamudo, su reino era el ala de los más pequeños, también separada de nosotros. Unas grandes gafas de pasta negra le hacían parecerse al Capitán Tan, un personaje de la televisión tardofranquista. Lo veíamos al otro lado de la verja con su rebeca gris y un silbato en la boca, bregando con un bullicio de criaturas atolondradas, chillando en torno a él como una bandada de golondrinas en crack. Nuestro inmediato pasado.

El poco sutil pero muy descriptivo mote de “el tartajas” hizo fortuna y fue transmitido de curso en curso. El padre A. se quedó con él para toda la vida. Durante un año nos dio clases de religión, acaso por ser una asignatura que se despachaba con llamativa desgana y sin demasiada exigencia. Carente de esa ironía de los curas más estudiados, no parecía consumido por arrepentimientos o desesperaciones. Un alma de dios de un pueblo del norte de España, que quizás tuvo que elegir entre el tractor y el seminario. Lo sentíamos un poco como uno de los nuestros. Su idea del orden era dar unos reglazos de órdago en la palma de la mano. Imagino que él no conoció otra pedagogía y a nosotros nos parecía algo inevitable, que formaba sin gran escándalo parte de su naturaleza, como los arañazos del gato.

Solo recuerdo que fue por la mañana. Mentiría si dijera que la lluvia caía sobre los patios vacíos o que por las ventanas entraban los sonidos y las seducciones de la primavera. Nos hablaba de la vida en el jardín del Edén antes de la caída. Un compañero le preguntó por Adán y Eva: ¿de verdad vivían desnudos? Estallaron las risitas. Para los niños de un tiempo previo a Star Wars y a Berlusconi la desnudez de la pareja mítica estaba saturada de los primeros presentimientos del sexo.

Para nuestra sorpresa entró al trapo y declaró -tartamudeaba un poco, pero es que siempre lo hacía- que entonces eramos inocentes y por tanto vivíamos desnudos sin maldad alguna. Pero añadió algo, algo que estoy convencido que improvisó en un arrebato de elocuencia que jamás le habíamos escuchado. Nos hablaba de un orden fraternal que fue y que volvería a ser, un estado en que hombres y animales vivirían juntos sin temor, en una alianza perdurable.

Nunca había fantaseado con aquella posibilidad, que me deslumbró como había deslumbrado al buen padre A. Ahora sé que él lo creía sinceramente. Lo contó con la suficiente pasión para que no lo haya olvidado. Años después entendería que estaba recreando una de las profecías del libro de Isaías:

«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco».

La enésima revisitación del mito de la Edad de Oro, el sueño de volver a la infancia del mundo, libres de la desgarradura del tiempo, en un azar sin necesidad, juego y luz, abolido el mal y el dolor.

A veces me he acordado de su candor. ¿Se agarraría a ese sueño en los momentos de flaqueza? ¿Lo guardaría aún en su corazón, todo aridez tras una vida hecha de monotonía, calabacín hervido, tabaco negro, pequeñas intrigas y negación de sí? Pobre tartajas, viejo ya, paseando a la caída de la tarde por los pasillos vacantes cubiertos con azulejos de un celeste desvaído, soñándose a sí mismo desnudo en los campos del señor, dando de comer al leopardo, saludando al águila, nadando con los delfines. Contando el tiempo que le falta.

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Edward Hicks (1780-1849). “The Peaceable Kingdom”

El fresquete

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No deja de resultar curioso que la charla informal sobre el tiempo sea algo abiertamente ridiculizado, el no va más del convencionalismo. Ritual inane, propio del filisteo, el burgués o el cuñado, que son los diferentes nombres con los que a lo largo de la historia el eterno adolescente zahiere a su semejante: el ciudadano medio, al que reprocha sus renuncias, su gusto escasamente articulado y no saber lo que le conviene.

Hablar de escalafones y pequeñas intrigas, eso sí es entregarse a insignificancias, no ocurre así en la charla sobre el tiempo, de una hondura nada desdeñable. Lingua franca de la sociabilidad, se hablaba del tiempo a la sombra de los zigurats y en las lonjas de Núremberg, se habla del tiempo en el Vaticano, en Miami y en Puebla de Don Fadrique. A mujeres y hombres, al colérico y al manso, a los codiciosos y a los inocentes, a todos nos llueve encima o nos sofoca el sol, la primavera nos seduce con fantasías de novedad o temblamos ante el rayo y el viento que se lleva nuestro tejado. Por eso se habla con desconocidos de fenómenos que escapan a nuestro control, indiferentes ante nuestros deseos y de los que depende el buen fin de cosechas, batallas, fastos y navegaciones.

Este año el verano llegó antes de tiempo y con violencia de spaghetti western, haciendo del mundo un lugar hostil, un enemigo. Caminábamos por las calles aturdidos como turistas nórdicos, en un sordo torpor veteado de aprensiones de apocalipsis. Algunas personas buenas colocaban cacharros para que bebieran los pájaros. Y he aquí que sin esperarlo las temperaturas bajaron por unos días y nos vino el regalo del vientecillo, una brisa frecuente y fresca. En esos días otra cosa no fue más comentada ni agradecida y pasadas las semanas aún se recordará aquella alegría

Producto de complejos procesos de mecánica de fluidos, viene del interior del mar o de las cumbres, lo conocen los que tienen que madrugar y los viejos lo esperan a la caída de la tarde. Imprevisto a veces en mitad de la noche, atraviesa bosques, jardines y huertas recién regadas y entra por nuestra ventana abierta -los visillos se mueven-  como una módica gracia que nada cuesta y se nos da. Entornamos los ojos, sonreímos ante el vientecillo bueno, caricia sin bulto, el que te alborotaba el pelo a ti y a tus amigos en aquella cubierta cruzando el estrecho o en otros veranos despertaba los olores del campo que cruzabas en moto o el que te acompañaba, volviendo a casa de amanecida, tras la primera noche que pasaste con alguien que te encantaba.

Y es así, no falla, es darte el fresco en la cara y lo que fue bueno asiste y todo merece la pena y todo está bien.917ccf52089066cd0c66ecfc74b0ccde--sandro-venus

¡Escándalo!

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«Aunque tenía ya varias décadas de existencia en Roma, fue en el año 186 a.C. cuando los cónsules Espurio Postumio y Quinto Marcio descubrieron que se celebraban en la ciudad bacanales o «Misterios orgiásticos» nocturnos. Su reacción fue fulminante, y tiene para nosotros el interés de contener los parámetros que acompañan a una declaración de plaga moral. Por su magnitud, tanto como por sus específicas circunstancias — acusaciones estereotipadas, sin garantías de procedimiento, completamente inusuales en el trámite jurídico romano- esta iniciativa constituye el principal precedente de las persecuciones religiosas que se harán crónicas en el Bajo Imperio, y de todos los procesos ulteriores por hechicería». Así nos explica Antonio Escohotado en su “Historia de las Drogas” la aparición del ceñudo senadoconsulto De Bacchanalibus, mediante el que la República pretendía atajar con medidas de extrema dureza los excesos en los cultos báquicos.

El viejo puritanismo adopta formas insospechadas. En la España del 2017 le ha tocado esta semana a los Sanfermines ser el centro de una de esas enérgicas ofensivas que forman parte del metabolismo de las redes. Tras la infame violación colectiva del año pasado, muchos medios pugnan por ofrecer la imagen más dantesca posible del festejo y parece como si el progresista sin fisuras tuviera la obligación de rechazar energicamente unas celebraciones bárbaras y anacrónicas, que nada pintan en pleno siglo XXI. Olvidan que es precisamente esa naturaleza caótica y elemental lo que las hace irresistibles y demuestran no entender en absoluto, como no lo entendió el legislador romano, el componente dionisiaco de nuestra naturaleza. Otra cosa, por supuesto, es que incluso en ese estado de excepción que toda fiesta pública supone, siga vigente eso que llamamos civilización y la ley persiga cuanto atente contra la dignidad humana.

Veo en los muros el enlace a un artículo del portal “Kaos en la Red” con el titular “Sanfermines: Fiesta de Vergüenza Nacional”, que incluye párrafos de furor decimonónico y sacristanesco como este: «Revolvamos entre sí todos esos ingredientes repugnantes durante siete días y el resultado en España no se llamará vergüenza y delito sino Fiesta declarada de Interés Turístico Internacional, vendiéndose al mundo como orgullo, tradición y señas de identidad, lo que da una idea de la catadura del vendedor. Si ya producía arcadas que fuesen legales, verlos elevados a la categoría de intocables es ser testigos de a qué límite puede llegar bajeza humana». Pienso melancólicamente que la izquierda no era esto. O no debiera serlo.

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Un desbordamiento

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Sucedió que una amiga mía, que vive en un pueblo de las afueras, volvía a casa finalizada la jornada y de buen humor, circunstancia esta que conviene subrayar. Pasó al lado de una iglesia donde un cartel anunciaba el concierto de un “coro danés de voces blancas”. Tengo que decir que mi amiga es músico y que en Huétor Vega, aun siendo un pueblo encantador, la presencia de un coro danés de voces blancas es algo bastante excepcional. Así que mi amiga se adentra sin pensarlo en la penumbra del templo. Hay en las iglesias de los pueblos una especie de acogedora, limpia, humanísima sencillez. La de Huétor, una muestra de arquitectura mudéjar del siglo XVI, no es ajena a ese encanto. No había mucho público y en medio de ese silencio resonante de bancos de madera y toses sofocadas hizo finalmente su aparición el coro: un grupo de muchachas unánimemente rubias -el rumor ligero de sus pies sobre el suelo de piedra- que vestían de negro con una estola roja sobre los hombros. Empezaron a cantar.

Lentamente, aquellas voces con algo todavía infantil, voces sin historia y sin remordimientos, desplegaron ante los oídos de mi amiga una bóveda de una belleza transparente, como si el tiempo suspendiera su disciplina, como una luz que era un acuerdo con una existencia repentinamente investida de sentido. Habréis alguna vez oído hablar del síndrome de Stendhal. En determinado sujetos expuestos a una experiencia estética muy intensa se produce una reacción en forma de vértigo, confusión, temblor y palpitaciones. En el caso de mi amiga la respuesta consistió en un llanto difícil de dominar.

Aun en semejante estado de disociación, no podía dejar de darse cuenta de que sus lágrimas empezaban a llamar la atención de parte del público y, especialmente, reparó en que las encantadoras muchachas del coro, tan rubias, tan blancas, tan boreales, la miraban apenadas, conmovidas por la aflicción que desgarraba a aquella desconocida. Percibió entonces, de manera casi física, que cantaban para ella, para sacarla de su espantosa crisis de mujer anónima, que a su manera danesa le decían: ¡estamos contigo!, «you’re not alone, gimme your hands!».

Un estremecimiento de gratitud, de amor oceánico comenzó a arrancar hipidos de su cuerpo. Hubiera querido decirles que no había de qué preocuparse, que era feliz como un pajarico, pero a esas alturas ya todo el recinto estaba pendiente de sus sollozos convulsos.

Por un momento pudo parecer que la absurda situación se resolvería cuando, a modo de intermedio, un pianista se dispuso a interpretar arreglos de cantos populares. Mi amiga conocía al pianista, sabía que no era un virtuoso y podía ver que el teclado eléctrico del que se disponía no auguraba una experiencia estética de primer orden. Quizás podría así cortarse ese flujo embarazoso de lágrimas y mocos, de manera que bajó la guardia. El hombre, que tenía ya sus años, coloca sus manos sobre el teclado y empiezan a sonar reconocibles, inevitables, fatales, los primeros acordes de “El noi de la mare”.

«Què li darem en el Noi de la Mare?
Què li darem que li sàpiga bo?
Panses i figues i nous i olives,
panses i figues i mel i mató».

¿Os he contado que mi amiga es catalana? Esa y no otra era la canción que desde su más tierna infancia le cantaba su madre para inducirla al sueño. Y entonces se le vinieron encima todas las noches lunares de la primerísima niñez y la luz encendida de la mesita de noche y la suavidad de aquel pijama con la cara de Bambi y aquel sentimiento inefable de estar a cubierto, arropada por las mantas y por aquella voz que alejaba todo temor y que le hacía sentir que el mundo era bueno y seguro y amable.

A estas alturas a mi amiga ya le daba todo igual y, sin freno alguno, lloraba a lágrima viva. La compasión del público empezó a transformarse en una cierta incomodidad, ¡algunos niños la miraban impresionados! El mismo pianista dirigió unas palabras al público, explicando que las canciones populares apelan a emociones muy arraigadas en el inconsciente y pueden tener un efecto catártico sobre personas deprimidas. En ese momento sintió todos los ojos presentes clavados en su nuca y empezó a pensar en cómo huir de allí, cómo levantarse y salir de la iglesia secándose las lágrimas con la mayor dignidad posible dadas las circunstancias, mientras el pianista lo daba todo atacando “El paño moruno”; no fuera a ser que se presentara un médico compasivo y, mientras la sujetaban firmemente de los brazos, le inyectara en vena una dosis masiva de alprazolam.

(Le he robado esta historia a Isabel Maynes, tal y como la contó el día de su cumpleaños, con los inevitables añadidos de mi cosecha. Espero haberle hecho justicia.)

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Extraños

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La ciudad multiplica el acaso de los encuentros. En la vida del campesino medieval el contacto con personas de las que se ignoraba el nombre era excepcional e iba generalmente asociado a malos lances: hombres de armas al servicio de levas y recaudaciones, bandidos en los caminos, desalmados y violadores, el viajero funesto que traía la enfermedad. A veces el cómico y el buhonero, los desarraigados por excelencia.

En el discurso del moralista reaparece periódicamente la ciudad como encarnación del mal. Lugar del dinero y del trato frecuente con desconocidos, le asquea sobre todo esa febril pululación de hormiguero e ignora las fuentes de abundancia en lo casual y lo aleatorio. La nostalgia de la aldea es el primer síntoma de la mentalidad reaccionaria. Ninguno de nosotros está libre de incurrir en esas inútiles melancolías.

Da vértigo pensar en los cientos de personas con las que establecemos lazos fugaces para no volverlas a ver. Taxistas, mendigos, funcionarios, camareros y policías; en mercados, hospitales, puertos, estaciones, edificios donde se administra el poder y abiertos espacios públicos. Cruces a veces con algo de excepcional y memorable que, transformados en relato, salpicarán durante años nuestra conversación para deleite o desesperación de los amigos.

Ernst Jünger hablaba del sentimiento de privilegio de aquellos amantes cuyo primer conocimiento fue azaroso, una primera audacia fuera de las redes de lo familiar, de los trabajos y los hábitos, como si algún destino operara. Esas parejas recuerdan siempre aquel albur fundacional y se lo cuentan a sus hijos. Es la mística de aquel “Strangers in the night” que popularizó Frank Sinatra.

Los desconcertantes, torpes, engañosos, sórdidos o radiantes tropiezos en las horas altas de la noche, en los bares donde huimos de la angustia y nos envenenamos cortejando lo imprevisto.

Otros parecen investidos de una condición de epifanía. El anónimo macarra que me ayudó en una vomitona de adolescente, la chica que me impuso con toda convicción las manos en un vagón de metro para aliviar el golpe que me había dado al entrar corriendo, la anciana a punto de llorar de miedo y desamparo a la que tienes que socorrer bajo un sol violento, el amenazador diálogo con un loco en las calles vacías.

Y, por encima de todos, aquellos instantes que justifican nuestra mera existencia como especie, los que no conviene olvidar cuando llega a nuestros oídos el monótono lamento de los difamadores del mundo. El soldado que decide no matar a un enemigo a su merced, quien dice palabras de consuelo al desconocido que muere en sus brazos, la voz de aquel extraño que te salva la vida. El encuentro con los justos.

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Cave canem

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Desde muy pequeños, desde que el lenguaje nos crece dentro, empezamos a formar categorías, a ordenar lo indiferenciado. Para los niños de mi generación la idea de perro se manifestaba de dos maneras. Estaba el animalillo encantador de los juegos y los dibujos animados, tan parecido a nosotros, afable, fiel, sentimental. Pero también estaba el otro, el animal bronco que corría suelto por las calles, el que no movía el rabo en señal de reconocimiento, el inquietante hijo del lobo y de la lluvia.

¿Cómo podría olvidarlos?, dirigiéndose a sus asuntos por las cuestas sin asfaltar de aquel pueblo, entre el humo santo de las chimeneas, sus ladridos como el trueno al otro lado de cancelas pintadas con minio contra las que estrellaban su corpachón. O encadenados cruelmente a una estaca, entre huesos que amarilleaban, siglos de miedo y vergüenza en los ojos de bestia apaleada. Las partidas de perros que descendían del monte, frutos desmañados de azarosos cruces y acoplamientos insolentes a pleno sol. Los grandes machos renqueantes, asmáticos, con los flancos heridos, la espuma blanca en el belfo. Sus secuaces hirsutos, descarnados, arrastrando a veces mutilaciones –aquel desgraciado con un ojo inútil, cristalizado y amarillento como un ámbar decrépito–, las pobres perras preñadas, con las tetas hinchadas, escarbando en la basura, la legua colgando, la sed incesante. Esa sensación de piedad y terror cuando tenías un mal encuentro con ellos en un cruce y el corazón te brincaba mientras –no moverse, no mirar­– contenías el aliento esperando a que dejaran de gruñir y de prestarte atención.

Una vez vimos a unos cazadores matar a tiros a un braco rabioso. Saltaba ensangrentado en el aire, parecía como si nunca fuera a morir. Durante semanas visitamos el secarral donde lo enterraron, erizado de cardos espinosos, contemplando fascinados el lento avance de la podredumbre. Cosas de críos.

Y ahora, cuando empiezo a percibirme como uno de esos perrazos vulnerados, cuando ya no oigo por la noche aquellos destemplados ladridos elementales, me acuerdo de ellos, de su hambre y su aterido orgullo. Viejos fantoches, expertos en mil derrotas, mis semejantes, mis hermanos. ¿Dónde fueron a parar aquellas manadas famélicas del invierno y las grandes intemperies?, ¿bajo qué luna bondadosa seguirán perseverando en sus libres correrías?

After Hours

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Mientras todos duermen dentro y el fuego se va apagando en la chimenea es delicioso tomarse una última copa de vino en el porche a oscuras. Las pupilas se dilatan y, bajo una luna casi llena, el insólito paisaje de un valle subtropical se dibuja de nuevo con fantasmales grados de detalle. Si a esas horas una figura se acercara por el camino, cosa que afortunadamente no ocurre, podría verse perfectamente.

Las cabezas andan algo nubladas por los efectos de un largo día festivo. Se habla en voz baja, en parte por no despertar a los que duermen, en parte porque rodeados de la bulliciosa actividad nocturna de pájaros, ranas y grillos ambos nos sentimos intrusos. También pudiera ser que ante el raro regalo del silencio no sea necesario alzar la voz

El tono susurrado se presta a la confidencia y a cierta seriedad. Hablamos de los tristes mecanismos del fin del amor, de la presencia constante de la muerte, que a partir de cierta edad siempre te acompaña, de los trabajos hechos, de planes y proyectos. Los muy heteropatriarcales ladridos de los perros resuenan por todo el valle y mi amigo me cuenta hechos de una violencia inaudita ocurridos en esa tierra cuando la rebelión de los moriscos. Iglesias en llamas con almas encerradas en su interior, la huida al monte de todo un pueblo, emboscadas con piedras y aceite hirviendo, desbandadas, degüellos y violaciones a campo abierto a cargo de las tropas reales. Los viejos buenos tiempos. Me hace notar que el paraje que nos rodea no debe haber cambiado mucho desde entonces. Cuando me vuelvo a mirarlo, mis ojos afinados por la marihuana encuadran tres montañas, la luna, dos estrellas, un planeta y un algarrobo en una enfática simetría. Todo se vuelve tan heráldico, tan trascendente y tan Kubrick que a uno casi le entra la risa.

Le comento que es muy afortunado de disponer de ese rincón del mundo para esconderse cuando es preciso. Mi amigo asiente, pero añade que para él ese paisaje no deja de estar impregnado de cierta tristeza. Sus primeros recuerdos pertenecen a esa tierra fragante de frutales, los descubrimientos y aventuras de una infancia libre. No hay cerro, me dijo, que no haya coronado, no hay trocha que no haya fatigado, poza en la que no haya flotado en un día de verano. También la iniciación en los misterios de la embriaguez y del amor que instauran la adolescencia. Y todo sigue igual salvo él, salvo nosotros, en ese decorado, encuentro melancólico entre el fin y el principio. Creí percibir como su voz se estremeció ligeramente:

-No se me olvida como olía el pelo de aquellas chicas.

Y nos quedamos un rato más escuchando el insistente escándalo de los grillos, haciendo tiempo.

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