El trabajo del Rey Mago

Como los espectros y los criminales, la noche es su dominio. Tras tantos siglos, tienen las pupilas dilatadas y han forjado una vieja amistad con los gatos.

Tienen vedado el paso a las casas de los solteros o los matrimonios sin hijos, pero conocen las demás como la palma de su mano. Te han visto dormir mientras recorren como un viento suave los pasillos a oscuras, entre susurros, porque la arena del desierto que arrojan a los ojos de los durmientes no siempre cumple su labor.

Siempre el miedo de que el alba, como a los vampiros, les sorprenda en su tarea. Qué agotador desplegar su magia. Se dan del todo y nada reciben a cambio, ni siquiera pueden ser testigos de la felicidad que deparan. Exhaustos, vacíos, duermen durante un año y de nuevo a su labor en esa noche que son innumerables noches, deambulando por las calles vacías, moviéndose como bailarines en las habitaciones sin luz.

A veces la tristeza de no volver a entrar en las casas de los niños que han muerto o aquellos que crecieron. Otras una melancolía pasajera, como cuando Melchor se quedó sentado a los pies de la cama de una joven madre dormida y pensó en dejarlo todo o cuando sorprendieron a Baltasar abrazado entre lágrimas al cuello de su camello, su fiel compañero, que no se tenía en pie de cansancio. Son humanos al fin y al cabo. Qué extraño destino, privados de la luz del día y del contacto con sus semejantes. A veces pelean entre ellos o se gastan bromas sobre los incidentes de la noche bajo las frías constelaciones del desierto, las luces de tantas ciudades en la distancia.

Apenas les quedan recuerdos de antes de aquella noche. Una juventud de placeres indolentes y una madurez consagrada a grimorios y a los graves estudios del misterio. No han olvidado sin embargo aquella vez que fueron convocados y siguieron el rastro de un cometa y se postraron ante aquel niño, un niño como todos los niños, pero que tras una eternidad ocupado en mareas y galaxias, en el vértigo del número en los vastos espacios entre los átomos, reía feliz al sentir la herida del tiempo y sus miserias, la aspereza de la paja, el cagarse encima, el calor del establo, la leche fluyendo del pecho de la madre, los ojos bondadosos del mulo y el buey, los rostros robustos de los pastores. Esa risa, la alegría de un dios. Y al evocar aquella noche saben que no hay otro destino comparable y que seguirán vivos mientras quede un solo niño sobre la superficie de esta tierra que aún crea en ellos.

Rebeldía y aceptación

El adolescente desprecia al niño que fue. Al dar sus primeros pasos libre de tutela se enfrenta por igual a las figuras de autoridad, que le ponen límites, y a la dureza de un mundo en el que debe valerse por sí mismo.

Angustia y entusiasmo. Armado con un insuficiente conocimiento sobre los mecanismos de la realidad y una personalidad en construcción, se arroja a la intemperie más allá del círculo estrecho que le era familiar. Los padres, reyes benévolos, devienen figuras tiránicas y vagamente ridículas, indignas de su confianza y busca refugio y aceptación en sus iguales. El deseo comienza a morder su carne y le revela insólitas perspectivas de alegría y desespero, de afirmación e inseguridad.

Necesita forjarse un gusto y desprecia lo recibido, lo convencional. Le gusta lo nuevo, lo raro, lo oscuro, lo agresivo. En ocasiones la mera fealdad. Afirma su autonomía rechazando la vulgaridad del criterio común: las viejas leyes, los finales felices, la Navidad, las canciones sentimentales. Compartir la felicidad colectiva es una imperdonable debilidad.

Si, como parece, su rebeldía son las convulsiones de una metamorfosis, cabría preguntarse por qué la imagen de jóvenes en las grandes movilizaciones políticas prestigia cualquier movimiento. ¿Por qué la rebeldía juvenil es significativa, por qué vende? Porque envidiamos su limpia vitalidad, la gracia perdida ya para nosotros, su capacidad de entrega no contaminada por las mezquindades y rendiciones de la vida adulta; esa generosidad que es el desinterés del que nada tiene que perder porque nada tiene aún. Presa fácil de proyectos de ingeniería social, las tiranías han hecho buen uso de su combativa, irreflexiva inocencia. La juventud ha sido siempre carne de cañón.

Muchos prolongan toda su vida la pulsión destructiva adolescente, su pura negatividad. La aceptación del mundo sería para ellos una vergonzosa claudicación. Pero, así como hay una rebeldía que no nace del resentimiento, sino de una orgullosa afirmación de lo humano frente a la injusticia, hay un aceptar que no es conformidad, es celebración.

No conviene dar por descontado lo real. Lo real es extraño, lo material problemático, un caos organizándose sin descanso en busca de nuevas formas Tú y yo somos un enjambre de partículas subatómicas, estamos hechos de furia, vacío y tiempo. En las mismas páginas de un periódico donde te asalta la última mezquindad de quienes se disputan el poder, puedes encontrar ―escondido entre el agotador registro de lo banal― que «el mero espacio, el vacío, es el escenario donde todo ocurre; pero a escalas trillones y trillones de veces más pequeñas que las del átomo, puede tener una rica textura (…) cada “punto” en el espacio corriente podría, visto con ese aumento, revelarse como un origami firmemente plegado en diversas dimensiones extra». ¿Cómo no estremecerse?, ¿cómo no venerar?

Visto así, cada instante de nuestros días es un prodigio. Honrémoslo. Abunda lo bello, lo bueno y lo justo, la luz cunde y puede colmarnos en los lugares más inesperados. Aceptar es no perder esa capacidad de asombrarnos, no rendirse ante la conciencia de nuestra fragilidad y nuestra finitud, ser capaz de la curiosidad y de la risa, amar lo dado, perdonar. Perseverar en ello, frente a la adversidad y la vileza.

Wols

Recuerda

Habitamos la casa del lenguaje, sí, pero una casa ocupada por los recuerdos, un intento de la materia por detener siquiera un instante ese permanente fluir sin descanso al que parecemos abocados. La fantástica máquina de sangre, fluidos y carne donde radica nuestro ser y nuestras emociones está capacitada para almacenar lo acontecido.

Amamos nuestros recuerdos. Incluso el niño, deslumbrado por la luz del presente, por las grandes felicidades de aquello que comienza, ama como un tesoro sus escasos, recientísimos, tiernos recuerdos en la frontera misma de cuando nada era.

A caballo entre lo real y lo imaginado, condición necesaria de posibilidad de todo conocimiento y todo arte, la asombrosa intuición del mito hace a Mnemosyne hija de Gea (la Tierra) y Urano (el Cielo), y madre de las Musas.

Probable evolución de automatismos necesarios para la supervivencia, los animales carecen de recuerdos. Quizás ese vivir en la pureza del instante, no manchado por la idea del devenir y la muerte sea una bendición.

El recuerdo alcanza admirables grados de detalle, aunque comparte con el sueño su frágil volatilidad. Los recuerdos son también una construcción de la voluntad, un relato. Nos engañamos, constantemente, construimos un pasado donde nos absolvemos, santificamos los escenarios triviales donde dejamos pasar el tiempo y las mismas horas de tedio. Los de nuestra generación nos hemos creado una infancia de leyenda, un lugar de poesía y misterio, con un puñado de amarillentas fotos en blanco y negro; me pregunto cómo recordarán su niñez los hijos del milenio, en que cada instante es registrado con la máxima definición.

Se acerca el invierno, estación propicia a encender los fuegos del recuerdo, engolfarse en la nostalgia, vicio de viejos. Es tan fácil entregarse a su fácil seducción. Pero esa tenue estela que nos acompaña ya no nos basta. Cometí errores y locuras, hice daño a quienes quería porque deseaba tener recuerdos y ahora qué pálidos simulacros se me antojan, qué tristeza de fantasmas, cómo arrojaría por la borda todas esas inexistencias por vivir de nuevo un solo instante de aquello que me colmó.

Después de irme de aquí, todavía seré un recuerdo en la memoria de alguien, que también se apagará y entonces desapareceré del todo. Quien será el ser humano en que por última vez llevaré esa existencia vicaria es una pregunta que me hago a veces, llevado por una melancólica vanidad. No descarto que pueda ser un enemigo, al tiempo le complace la ironía.

Yves Tanguy

Je est un autre

Nuestros más lejanos antepasados, que tantas cosas desconocían, ignoraban también su rostro. Reyes, mujeres de la aristocracia y sacerdotes pudieron intuir mediante toscos espejos la impresión que causaban en los demás. Tal era su privilegio. A los que sembraban el grano y recogían las redes, los que derramaban su sangre en los campos de batalla, solo la superficie en calma del agua podía devolverles la mirada; encuentro incierto y que en el mito se revela fatal: Narciso muere ahogado al intentar besarse a sí mismo, el desdichado monstruo al que el doctor Frankenstein dio vida se entrega a un furor homicida al descubrir su aspecto inaceptable.

Esa prerrogativa principesca nos es dada ahora a todos nosotros. Cada mañana, resonando aún en nosotros los desconciertos del sueño, renovamos el pacto con la realidad al enfrentarnos a nuestra propia imagen tras las abluciones.

Las posibilidades de la técnica multiplican hasta el infinito la reproducción de nuestras facciones. Libres de la limitación de la vieja película fotográfica, que nos obligaba a ser selectivos, disparamos cientos de fotos de nosotros mismos en busca del ángulo y la luz más más benignas. Acabamos aprendiendo qué móvil nos trata mejor, qué cámara de ordenador nos revela tal y como nos gusta imaginarnos, cómo debemos mirar. Por eso nos suelen decepcionar las fotografías robadas que nos hacen los demás. En ella parecemos unos desconocidos a medio hacer, una tosca parodia de lo que creíamos ser. También nos asalta la sospecha de que quizás eso es lo que somos.

¿Conocemos a esa figura que nos mira cada mañana desde el espejo, que va cambiando día a día sin que nos demos cuenta, erosionada por todos los fracasos y rendiciones, ennoblecida por cuanto aprendemos, embellecida por el don misterioso de la alegría que recibimos sin esperarla? No se nos escapan nuestras íntimas debilidades y cobardías, nuestras renuncias, pero aun así nos seguimos engañando. Hay partes de nosotros que nos negamos a ver, la aridez del egoísmo, ingratitudes, actos de traición, vicios vergonzosos de carácter que empañan esa idea de abnegación, sabiduría y delicadeza con que nos gusta vestirnos. El espejo no es abominable porque duplique lo existente sino porque en su interior habitamos nosotros.

El yo está tan desprestigiado, no sabemos qué hacer con él. Para la ciencia es tan solo un espejismo, un agregado de presentes sucesivos al que da apariencia de cohesión una trama de recuerdos e improntas, de sensaciones muy simples (sonidos, perfumes y sabores) con la que construimos una historia llena de falsificaciones. Una estafa de los sentidos. No hay alta sabiduría que no postule la renuncia al yo, su adelgazamiento hasta la transparencia, para encontrar la paz.

Pero, ¿qué paz es esa? Como un niño caprichoso, no me consuela que mis átomos pasen a formar parte de las estrellas y los árboles, todavía quiero demasiado a ese viejo conocido al que el agua jabonosa le chorrea por las barbas cada mañana y que fue también un niño que vivía las horas de asombro en asombro, borracho de luz y de amor por las cosas. Yo, Salvador, ese vanidoso atorrante, una de las innumerables formas mediante las que el mundo se percibe a sí mismo.

Grete Stern

La poca gana

Hay escritores que no pueden parar de escribir. Como si de una función fisiológica más se tratara, despachan sin descanso ingentes cantidades de literatura. En ocasiones excelente. De ellos, o al menos de los más dotados entre ellos, es el reino de la posteridad. No contentos con su afortunada disposición mental y su carácter robusto, suelen proclamar que esa tenacidad es virtud imprescindible en un autor. Ernesto Sabato aseguraba que si a la pregunta de “¿te morirías si no pudieras escribir?” el joven aspirante respondía que no, él le prescribía que lo abandonara. Según el jovial autor argentino, ello lo incapacitaba para ser miembro de la hermandad.

Y sin embargo existimos los escritores escasos hasta la insignificancia. Enfermedad de la voluntad, exceso de autocrítica, escepticismo, pereza misma de vivir… Años de autoexamen y buenos propósitos, cientos de euros gastados liberalmente en la consulta de psicólogos, no han logrado explicar mi magra contribución al torrente de palabrería que en tiempos consideré un noble destino. Siempre me he agarrado a algunas excusas: un violento rechazo editorial en mi juventud ―una aniquilación, de hecho― o la circunstancia de que me gano la vida holgadamente escribiendo historias como guionista y estas han perdido toda mística para mí, las he visto desnudas sobre la mesa de operaciones. Acato las decisiones tomadas desde los despachos, he cambiado finales y matado a personajes por dinero, ¿se me entiende? El soldado le acaba perdiendo el respeto a la vida, el policía ya no considera limpio el corazón del hombre («Les seuls sentiments que l’homme ait jamais été capable d’inspirer au policier sont l’ambiguïté et la dérision» decía el legendario Vidocq) y ya no encuentro nada noble en la invención de ficciones.

Es inútil, el problema sigue sin respuesta. Y empieza a ser acuciante, no soy joven y me temo que mi corazón no está genéticamente preparado para durar mucho. No tengo todo el tiempo del mundo.

Es casi un lugar común sostener que hay demasiados escritores. La feroz competencia del capitalismo extremo ―que hace décadas que abandonó los ordenaditos, aburridos valores burgueses y ahora proclama con fervor el credo woke y una visión dionisiaca del mundo muy Mayo del 68 (sin descuidar la productividad, ojo)― hacen que todo el mundo desee expresarse y gozar de ese aura de malditismo y prestigio que otorga la condición de artista. ¿Cómo no sentirse desalentado siendo una pequeñísima parte de esos miles de aspirantes a una gloria más efímera que nunca, en un medio en el que las editoriales aplican estrictamente criterios de prospección de mercado y acatan sin fisuras las tendencias del momento hasta el punto de que es legítimo preguntarse si queda en ellas alguien capaz de leer una obra y defender su valor sin preguntarse QUIÉN la ha escrito? Porque no está en juego la celebridad y sus espejismos, es que la misma posibilidad de publicar, de tener un mínimo grupo de lectores se hace difícil. Somos demasiados, estamos saturados de historias y, como alguna vez dije por estas páginas, uno siente una especie de horror sagrado a añadir una sola más a ese torrente caótico.

Carente de talento cortesano para desenvolverme en el mundo literario, refractario al zeitgeist, definitivamente inactual, cada vez que veo uno de esos decálogos sobre cómo debe escribirse con los que tantos escritores pontifican, me entran ganas de quemar mis manuscritos. Intempestivo, hosco y perezoso, escasas armas para sobrevivir a esta criba.  ¿Para qué perseverar entonces? Por qué no guardar un honrado, saludable silencio. Si hay algo que necesitamos desesperadamente no es evasión, es silencio. ¿Por qué seguir haciendo ruido con nuestro ego?, ¿qué vanidad me empuja a seguir tratando de ensamblar unas líneas por aquí con cierta frecuencia, a tejer alguna narración, a inventar desdichados personajes agitándose en historias ya contadas mil veces, multiplicando el absurdo de la misma vida?

Quizás es que en los buenos momentos encuentro el pequeño placer del antiguo artesano que ha rematado su obra, figura casi extinta. Tampoco la literatura es lo que antes entendíamos por ella. Asistiremos a cambios en las formas conocidas del arte que nos dejarán fuera de circulación a casi todos. Es inevitable, también banal, pensar que quizás haya inmensas pérdidas en el proceso, pues el arte no es otra cosa que la creación de sentido.

La otra noche regresaba a casa a la hora en que cierran los bares. Una joven camarera, agotada, barría las primeras hojas del otoño de una de las terrazas que se extienden bajo el castillo fabuloso que preside mi ciudad. Esas torres y murallas llevan muertas siglos, son solo un decorado y, sin embargo, aunque la muchacha a esas alturas ni siquiera las mirara, sentía que de algún modo velaban por ella, por lo único que tenía futuro en la escena (yo mismo incluido).

Mientras tanto, mientras llegue la escoba, puedo como el buen carpintero saber que he urdido una historia con arreglo a las leyes de mi arte, sin trampas, con belleza y con precisión. Algo no del todo efímero, algo que no durará pero que acaso pueda entretener o emocionar a un lector desconocido. Esas pocas palabras afortunadas justifican quizás mi empeño, uno aprende a moderar sus esperanzas. No eran esos, desde luego, los sueños de mi juventud, pero como todo el mundo sabe, de joven se es perfectamente imbécil.

Elogio del zapato

No soy una persona ordenada, así que cuando despierto cada mañana mi primer contacto con la realidad es la visión de uno de mis gatos observándome con compostura egipciaca desde la puerta y, no muy lejos, un par de zapatos en un rincón.

La imagen de unos zapatos abandonados en el suelo emana cierto misterio. Inmóviles, privados de su poder ambulante, parecen dormidos. Sin mí parecen inútiles, precarios, ligeramente irrisorios, como su mismo nombre. Tienen algo de amigo fiel y de recordatorio de mi mortalidad y está bien que sean la primera imagen del día.

El pie descalzo del hombre civilizado ya no resiste el frío y la aspereza del suelo. Los artesanos que los hacían aparecen en cuentos y leyendas, a veces el humilde fruto de sus manos está dotado de poderes mágicos. Quizás los niños intuyen ese poder cuando, no sin crueldad, pisotean los zapatos nuevos de sus compañeros. Los pobres y los santos caminan descalzos.

El zapato participa de la simetría de todo cuanto existe, un zapato sin su pareja correspondiente es un fracaso y un escándalo. El robusto zapato de quienes trabajan con sus brazos, las botas del soldado, la señal de distinción del dandy que se ocupa de que resplandezcan como si fueran nuevos, todos llevan kilómetros e historias adheridos a sus suelas. Nos sirven durante años, soportan nuestro peso, nos llevan a la cita amorosa o a la francachela o se pierden como nosotros en las ciudades desconocidas. Durante la pandemia se depositaban a la entrada de la casa, impuros, contaminados de vida, de realidad, suplantados por las pantuflas, sus acomodaticias hermanas que no han visto mundo, emblema de la privacidad y el confort burgués, de las que los poetas hacen mofa y befa.

Qué conmovedora la pequeñez del zapato del niño, que aún no sabe atarse los cordones y el adulto debe inclinarse para hacerlo, como un tributo a la fragilidad de lo recién creado. El niño, que ignora que algún día ese mismo agacharse será una pequeña, jadeante humillación.

La íntima, silenciosa belleza de los objetos que nos acompañan. Ese aura.

Rene Magritte. Le Modèle Rouge

Magma

Según la venerable distinción kantiana, un volcán en erupción sería un ejemplo de lo sublime. Sobre lo sublime solo pueden decirse unas pocas, balbuceantes trivialidades. Lo terrible agota el poder de las palabras, borra la misma posibilidad del lenguaje.

A los niños les encantan los volcanes, porque el hombre puede llegar a amar aquello que le aterra. Una cumbre que echa humo, la roca transformada en un fluido incandescente, la evidencia atronadora de un poder desmesurado dormido bajo nuestros pies. Yo no me cansaba de mirar las imágenes de aquellas presencias reales del infierno: densas columnas de humo que evocaban la explosión nuclear, regueros al rojo vivo descendiendo por las laderas, como una montaña que sangra, cráteres burbujeantes alrededor de los cuales los vulcanólogos, envueltos en monos plateados, saltaban mitológicamente entre las fumarolas… aprendía los nombres siniestros del estrago y sus liturgias (Krakatoa, Monte Peleé, piroclastos), me compadecía de los cuerpos vaciados de Pompeya, tan similares a los dibujos que marcan la posición del cadáver en el lugar del crimen, letras de un alfabeto del espanto.

Junto con el rayo, el viento o la ola, los volcanes fueron las primeras manifestaciones de lo numinoso. Las divinidades plutónicas fueron forjadoras del metal. Más allá de la metáfora del fuego, hay ahí una intuición poderosa, en que las fuerzas de la aniquilación y de la creación aparecen unidas en una misma imagen. El volcán de Cumbre Vieja ha acabado con hogares, huertos e iglesias, pero una nueva tierra se está formando sobre el mar. Nada se crea, nada cambia sin violencias.

Las imágenes de la erupción nos fascinan porque nos devuelven a la turbulenta juventud del mundo, nos sugieren que somos un fragmento solar aún sin enfriar, que la creación no ha terminado y nos recuerdan todo aquello que no podemos dominar. El magma se utiliza a veces como metáfora del poder oculto de lo inconsciente.

La erupción de un volcán es el escándalo, lo anómalo por excelencia. Su ciega, indiferente brutalidad nos empequeñece. Como el cáncer, como las grandes epidemias, nos habla de la naturaleza esencialmente despiadada de lo real, caos impersonal en el que somos solo un frágil, afortunado (o trágico, va en escuelas y en días) accidente, un órgano mediante el que el mundo se contempla, se conoce y se ama sí mismo y que puede ser borrado con un solo gesto.

Bajo los escombros humeantes de las coladas yacen para siempre sepultados ajuares y fotografías, instrumentos de música y «papeles que fueron vidas», naipes, camas y bicicletas, cuchillos, libros y muñecas. Un mundo silencioso y áspero, sin pájaros, sin niños, sin la risa de las mujeres, sin los sonidos de los trabajos del hombre, sin recuerdos, sin esperanzas y sin pecados. Esperando un nuevo comienzo.

Dune

Siempre me gustó el “Dune” de David Lynch a pesar de. Nunca pude con el pastiche épico-cósmico de Frank Herbert, que mezcla psicodelia y mesianismo criptofascista con retazos de esa mezcla inequívocamente californiana del zen y el manual de autoayuda. La meritoria creación de una mitología sincrética abarrotada de topónimos y sobrenombres ampulosos (Bene Gesserit, Kwisatz Haderach, Gom Jabbar) me resulta puro kitsch ―no puedo evitar imaginarme al bueno de Herbert sentado en pantalones cortos junto a su máquina de escribir― que me aparta de la emoción de lo humano. Sin embargo, me atraía la estética decimonónica de aquella space opera, la perversidad mórbida que aportó Lynch y la poética de la Especia y el príncipe destronado, abandonado en el desierto.

Denis Villenueve, como en su secuela de “Blade Runner”, se embarca en hacer la versión de un film de culto ―aunque fallido en el caso de Lynch― de notable personalidad. Podemos decir que sale airoso. Ninguna de las dos versiones empequeñece a la otra. El «Dune» del director canadiense es una obra mayor de la ciencia ficción siempre y cuando la aceptes en sus propios términos. Quiero decir que si no soportas “Dune”, abstente. No te hará cambiar de idea.

El film de Villeneuve es de una belleza abrumadora y combina con elegancia un fluir contemplativo y referencias visuales que van de Robert Wilson a Caspar Friedrich o Piero della Francesca. En ese sentido es decididamente inolvidable. Villeneuve siempre ha destacado más por la creación de atmósferas que por el nervio narrativo y aquí se nota, con un prólogo acaso demasiado extenso que no acierta, pese a que lo intenta, a acercarnos a unos personajes más emblemas que individuos. No se escapa tampoco de uno de los problemas de la versión de Lynch: la confusión y el cansancio que provoca la sobreabundancia de referencias a casa reinantes y lugares imaginarios. Villeneuve y su guionista, probablemente presionados por productores temerosos de que el público se pierda, se ven obligados a introducir un exceso de diálogos inútilmente explicativos. Acaso la historia de “Dune”sea más simple de lo que parece y si prescindiéramos de toda esa chatarra verbal la historia podría volar más alto, pero me temo que la base de admiradores de la novela quiere precisamente eso. Hay también una empalagosa reiteración de sueños premonitorios, para que luzca la exótica belleza de Zendaya, joven estrella emergente que no jugará un papel más sustancial hasta la segunda entrega. Añado que detesto cordialmente la música de Hans Zimmer. La tamborrada étnica y los melismas arabizantes sonaban novedosos cuando Peter Gabriel los usó en la banda sonora de “The last temptation of Christ”, hace casi treinta y cinco años. Hoy resultan un cliché irritante que banaliza la intensidad de los clímax y degrada la grandeza y el misterio a estética publicitaria.

A pesar de sus servidumbres al gusto hegemónico, este Dune logra mantener personalidad y capacidad de asombro, que no es poco. Sobre esas servidumbres y sobre la ética de «Dune» como síntoma de del zeitgeist habría mucho que hablar, pero eso excede sin duda mis posibilidades y vuestra paciencia.

La decadencia del sueño

Escribí sobre ella en estas páginas pero nunca lo leyó, ni siquiera sabría que este blog existe. A principios de septiembre me dijeron que había muerto.

Hace unos diez años la visitaba una vez a la semana. La terapia, como anacrónica junguiana confesa que era, consistía en interpretar mis sueños. No es que creyera en las posibilidades terapéuticas de aquellas sesiones, pero me encantaba llevar un registro de mis sueños y contarlos cada siete días. Es algo que no sueles hacer por no dar la lata. Salvo que seas un fundador de religiones, Goethe o un genocida, tus sueños no interesan a nadie. Yo era un melancólico cuarentañero de clase media, pero pagaba, lo que me daba derecho a abrir las puertas de mi inconsciente. Me caía muy bien, era ya mayor cuando la conocí, tenía como una jovial extravagancia de personaje de Dickens, un pasado de gauche divine de vuelta de todo que derivó en un excéntrico conservadurismo que me divertía. Me escuchaba y me dio algún buen consejo. Reía mucho a pesar de serios problemas óseos que hubieran quebrantado el humor de muchos.

Dejé de verla. A veces me acordaba de ella, tenía un sueño y pensaba: «este sueño le encantaría a Carmen». Como tantas otras cosas, aplacé una posible visita que ya nunca tendrá lugar.

¿Para quién sueño ahora? El descrédito del psicoanálisis es notable, la representación de los sueños en cine o literatura resulta sospechosa, un enfático tic de principiante. La pintura surrealista que tanto nos gustaba de adolescentes es solo una pintoresca nota a pie de página del siglo XX, que da muy bien en portadas de ensayos. El sueño ha pasado de ser fuente de sentido, clave de nuestra identidad secreta a actividad neurológica marginal, caos metabólico, el humo de la quema de residuos psíquicos durante el descanso nocturno. Pura filfa.

Nuestra existencia es precaria. Como el mar, como el sol y las estrellas desapareceremos, pero la materia de los sueños es aún más lábil. Cuando la palme, alguien se encontrará los heterogéneos objetos que se amontonan en mis cajones, la huella de mi cuerpo en la cama deshecha, algún fragmento de escritura autógrafa, mi voz en un mensaje, fotografías, algunos pelos en el lavabo. Durante unos años más, alguien recordará algún momento de humor o ternura pasado en mi compañía o que le debía veinte euros. Pero mis sueños, esos desconcertantes caminos que he recorrido durante la tercera parte de mi vida, se irán conmigo. Nada quedará, no dejarán huella alguna, como un crimen perfecto.

No me jodas que te has muerto, Carmen. Irónicamente, desde que lo supe he tenido sueños enormemente nítidos y significativos. Me hubiera gustado subir hasta aquel sexto piso y contártelos, decirte que he vuelto a escribir, que a veces regresa una pena negra que me asusta, que anteayer –y no fue un sueño― vi suspendida en el cielo, entre el sol y el mar, muy cerca de mí, un águila y que tú lo hubieras entendido. No descarto que alguna vez me encuentre contigo en sueños y ya verás que risa.

Max Ernst. «Une semaine de bonté» (1934)

Ferias

Me gustan las ferias de los pueblos. Últimos vestigios de un mundo más inocente en que la feria era el cielo de los pobres. La noche es el momento del simulacro y las luces de colores ofrecían un módico remedo de los esplendores del paraíso. Nada que ver con la mecánica planificada, eficiente, de los parques de atracciones. En los descampados y en fechas señaladas, santificadas en lejanías medievales, una casta especial de nómadas erigía arquitecturas tan efímeras como la floración de las plantas. Ciudades transitorias hechas de bombillas y vulgaridad, abundantes en baratijas, velocidad y vértigo, risas y gritos, competiciones de fuerza y destreza, laberintos de espejos, la delicadeza azucarada de las nubes de algodón, globos de helio, megafonía y fritanga.

Los niños paseaban de asombro en asombro y las parejas de novios, en el límite de la vida adulta, recuperaban por un instante esa gratitud que aún no ve la tristeza y la melancolía tras el brillo de las fachadas.

Es fácil engañar al niño. El mundo aparece ante él en todo su esplendor y novedad, un mundo de pura embriaguez y descubrimiento, donde todo es posible, entre la seducción y el miedo. A los niños les contamos historias donde los malos nunca ganan, donde los animales nos hablan y donde el poder de la magia trasciende nuestra miseria terrenal, donde la palabra “para siempre” es una promesa y no una condena. Y es bueno que así sea antes de que hagan su trabajo la costumbre, la conciencia del fracaso, el conocimiento de la maldad de los otros y de la propia vileza y debilidad.

Recuerdo la primera vez que el amanecer me sorprendió en una feria. Tras una noche de francachela la luz empezó a filtrarse entre las cañas del techo de la caseta. Las luces se apagaron y la música cesó. Todo había terminado y nos echaron a la calle. Recuerdo filas de rezagados deambulando por la fealdad de las avenidas vacantes que, sin la retórica de los vatios, se revelaban en toda su deleznable fealdad. Nos movíamos como un ejército derrotado de fantasmas borrachos, mientras el viento levantaba torbellinos de polvo, como si estuviera a punto de arrancar del suelo aquellas estructuras calamitosas.

Hay ahí una escisión. Uno puede situarse del lado de esa realidad descolorida, implacable. Uno puede apostar por la verdad del engaño y el simulacro. Yo he elegido y, mientras se acerca el momento de cerrar, antes de que nos echen a la calle, con la obstinación del borracho, sigo intentando tender guirnaldas de luces que unan los puntos inconexos de mi vida, trampantojos de sentido, imitaciones baratas del viejo encantamiento, para defenderme de la luz despiadada que nos muestra en nuestra indefensa desnudez, antes de ser arrastrados por los torbellinos de polvo.

Harry Leith-Ross.»The Fair», (1958)