Extravío

Abrimos los ojos en un lugar del mundo que no hemos elegido. Los primeros años del hombre transcurrían junto a la curva de un río, frente a una cadena de montañas, bañados en el sonido de una lengua familiar, reconociendo el paso de las estaciones en los cambios de un paisaje saturado de afectos. La necesidad, el peligro o la búsqueda de fortuna lo llevaban a alejarse de su limitado mundo. Si sobrevivía a las aventuras que le saldrían al paso, alguna vez emprendía el regreso y debía conocer el camino de vuelta. Las abejas saben volver a sus colmenas desde grandes distancias, los pájaros atraviesan mares y continentes. El hombre hubo de aprender. Los accidentes del terreno marcaban los hitos de la travesía, la posición de las estrellas señalaba el rumbo ―en 1968 el astronauta Lovell utilizó un sextante para pilotar el Apolo 8 cuando perdieron provisionalmente el contacto con la Tierra― y así fue tejiendo a lo largo de la superficie del planeta una red de caminos que ampliaba las posibilidades de la experiencia.

Los niños se pierden con facilidad, todavía los periódicos nos devuelven la alegría antigua de alguna cría humana extraviada en los montes y encontrada por cuadrillas nocturnas e insomnes. Todos hemos conocido la angustia de sentirse perdido, desesperación que nos visita de nuevo en sueños, donde damos vueltas por calles que se vuelven irreconocibles. Incluso los más avezados viajeros se desorientaban en las vastas monotonías del mar, los desiertos o los hielos, en la oscuridad palpitante de bosques y selvas, en los arrabales de ciudades desconocidas. El laberinto, poderosa construcción mítica, representa elegantemente esas perplejidades y terrores. Si la literatura occidental arranca con la aventura de un hombre que tardará años en encontrar el camino de vuelta a su hogar, la tradición judaica se articula en torno a la idea del éxodo, de un pueblo que deambula por el desierto, conducido por una figura legendaria. El caminante perdido es también metáfora de un estado del alma, las grandes construcciones doctrinales pretenden ser una guía de perplejos, un mapa de orientación en el caos esencial del mundo.

Es tan fácil perderse. A veces volvemos a ser ese niño asustado que de repente no reconoce cuanto le rodea. Aquello en lo que creíamos, aquello a lo que fiábamos esperanza o consuelo ya no nos sirve. Sin nada a lo que se puedan aferrar nuestras manos desnudas, las turbulencias de una realidad desencantada, privada de sentido, nos agitan como a una hoja muerta. En el soberbio final de No es país para viejos, de Cormac McCarthy, el protagonista sueña con la figura silenciosa del padre, que le adelanta en plena noche cabalgando por un desfiladero: «Llevaba una manta sobre los hombros y la cabeza gacha y al adelantarme yo veía que llevaba fuego en un cuerno tal y como solía hacer entonces la gente y yo podía ver el cuerno por la luz que había dentro. De un color como de luna. Y en el sueño yo sabía que él tomaba la delantera para preparar una gran fogata en alguna parte de aquella oscuridad y aquél frío y yo sabía que cuando llegara él estaría allí esperando».

En mis sueños mis padres aparecen débiles y desorientados, privados de poder alguno, uno siente que la corriente de las horas le arrastra y espera en vano el parpadeo distante de un faro o el bullicio de las aves, señalando la cercanía de tierra firme. Ser adulto era también esto.

Julee Cruise

Hace mucho tiempo mi hermano y yo abandonamos el domicilio de nuestros padres y nos fuimos a vivir a un piso en la parte baja del Albaicín. Era feo y frío, pero era nuestra primera casa y nos sentíamos en ella como príncipes. Nuestros vecinos eran un legendario clan de delincuentes, mi dormitorio daba pared con pared al altar mayor de una iglesia del siglo XVI y en los bajos la viuda de un banderillero regentaba una espartana tienda de comestibles y bregaba con las adicciones de sus hijos, mientras por las noches su marido se le aparecía en sueños y le regalaba joyas. Un cromo todo. Mi madre lloraba porque le espantaba enfrentarse a nuestras habitaciones vacías y porque defraudamos todos sus sueños aspiracionales de clase media.

Una tarde mi hermano y yo andábamos bicheando en una tienda de discos y escuchamos una música nocturna que nos hizo levantar la cabeza. Aquello no se parecía a nada de lo que habíamos oído hasta entonces, mezclaba la ingenuidad de los girl groups de finales de los cincuenta con un presentimiento de pesadilla. Preguntamos y vimos que el álbum estaba producido por David Lynch y que incluía el bellísimo «Mysteries of Love» de la película Blue Velvet. Faltaban meses para que apareciera Twin Peaks, pero nos llevamos en el acto el disco a nuestra guarida y fue la banda sonora de un invierno particularmente inclemente. Julee Cruise y ese Floating into the night acompañó la entrada a la edad adulta y la serie de decisiones que cambiarían nuestras vidas.

Ahora me entero de que ella ha muerto ―ese lento goteo de fantasmas que nos escoltan― y siento que ocurre en otro momento de cambio, a la entrada de una época incierta, donde convicciones y esperanzas se deshacen entre los dedos y uno debe prepararse para el frío que no anda lejos, sin ayuda de nadie y sin un lugar al que volver.

Insumisión

Últimamente, cuando regreso de algún funeral ―y sabe dios que empiezo a frecuentarlos más de lo aconsejable― me gusta bajar andando colina abajo. El camino pasa junto a algunas extensiones de campo aún no devoradas por los cercanos aparcamientos de la Alhambra. En un buen día de primavera uno camina bajo un cielo azul, todavía con pensamientos de muerte, flanqueado por hileras de álamos y olivos que brotan de una tierra roja y rica, entre el zumbar de insectos y la actividad bulliciosa de pequeños pájaros. Por todas partes olores resinosos de fermentación vegetal, flores y plantas aromáticas, como en la égloga de la infancia.

Uno se agarra a estas cosas mientras va pensando. Cuesta aceptar la propia desaparición. Ya no somos capaces de tomarnos en serio la apuesta insensata de la eternidad. No ya por una mera cuestión lógica ―nuestros afectos y recuerdos dependen de un sofisticado dispositivo de carne y sangre y sin embargo seguirían existiendo tras su corrupción― no es solo eso; al fin y al cabo no menos ilógica es la misma textura de lo real, ambigua, fantasmal, intrincada red de vacío y vibración, ausencia organizada, un continuo entrar y salir del ser. Lo terrible es que ya no somos capaces de querer la eternidad. El niño ve natural y deseable una existencia sin límites temporales; instalado en el presente, todo le complace y nada sacia su sed de realidad. Nosotros, expertos en fracasos y finales, necesitados de constante cambio, no podemos concebir una existencia ilimitada, nos aburre y nos espanta. Pero tampoco me complacen los falsos consuelos de Epicuro o de Schopenhauer, no me consuela el final del Das Lied von Erde de Mahler («la amada tierra seguirá floreciendo en primavera… eternamente, eternamente»), pensar que nuestro yo se disolverá en la materia de la que están hechas las estrellas y las flores. Es otra forma de mentirnos, porque sabemos que esa misma gloria desaparecerá, que la entropía impone su ley cruel y hasta la última partícula que forma el inconcebible universo se disgregará en la oscuridad. Los pájaros ignoran eso, yo no puedo hacerlo, pero puedo escucharlos en esta mañana de Mayo.

Sabemos que todo termina, sabemos que todo renace. No quiero cansarme del mundo, quiero seguir engañándome, silbando mientras me alejo del cementerio. Nunca me ha llegado al corazón la triste sabiduría de Oriente, su culto a la impermanencia, su convicción de que el yo es un error. Sé lo que es morir, pasé por ahí y fue como si se apagara un interruptor. Pero no lo acepto, no quiero la desaparición de cuanto he amado, quiero contra toda evidencia y todo sentido común seguir celebrando las fiestas de la luz, la risa y el deseo, la embriaguez azul del instante, esta pura alegría, precaria y frágil, de bailar entre vastos ciclos de aniquilación y renacimiento. Entre razón y locura, voy a todo con la locura y que todo lo demás (ambición, decepciones, nuestra propia mezquindad y miseria de humanos) me importe solo lo estrictamente imprescindible. Todo está aquí y ahora.

Arnold Böcklin. «Día de Verano» (1881)

Cuadros de una exposición

A menudo sueño con museos. Nada más lejos de la naturaleza magmática del sueño que esas grandes galerías civiles, proyecto ilustrado para imponer una apariencia de orden a los desbordamientos de la imaginación. Son sueños sin angustia, peculiarmente acogedores. No es de extrañar, he pasado en ellos horas deliciosas de todas las maneras posibles: sobrio, drogado y enamorado.

Evitando si se puede las aglomeraciones de visitantes, me gusta su silencio solo roto por susurros (a veces pienso en qué es lo que flota en el aire de las salas vacantes durante la noche), el lento deambular de uno a otro asombro.

En las antípodas de la compulsiva acumulación de imágenes en las redes, hay algo grato en esa lenta itinerancia, que crea una disposición benévola de las propias facultades de comprensión y emoción. El placer de encantarse ante algún detalle de una obra ante la que nadie se detiene ―una casa con las ventanas encendidas en una montaña del Paraíso, en la National Gallery― la conmoción casi física al enfrentarse a pinturas cuya reproducción gráfica no da la medida de su grandeza ―el descendimiento de Van der Weyden en El Prado―, el reencuentro amistoso con el cuadro que hace años que no visitábamos, siempre el mismo, siempre otro.

El buen anarca, de Duchamp a Thomas Bernhard, los desprecia roussonianamente como símbolo de lo establecido, de aquello que domestica las virtudes salvajes de la creación. Cada cuadro colgado de la pared, con su placa identificativa, es un milagro asesinado, evoca las mariposas clavadas con un alfiler en la muestra del entomólogo. Esterilidad de catálogo, mero residuo petrificado de lo que fue vivo, ligero, significativo.

No le falta razón, la acumulación de obras de arte tiene algo de heráldica del poder y sus grandes proyectos ideológicos. También las hace víctimas mercantilizadas de hordas de visitantes haciendo fotografías con sus móviles, en un fervor trivial peor que mil olvidos.

Pero cuánto consuelo hemos encontrado en sus salas, cuánto alimento para la imaginación, cuántas reservas de espíritu para las grandes, áridas travesías de la soledad. En tiempos de guerra se despliegan conmovedores esfuerzos para proteger sus tesoros, porque se está salvando la memoria de la especie. Ventanas prodigiosas hechas de pigmentos molidos, aceites, tablas y lienzos, por las que entran los vientos del tiempo, que nos explican qué fuimos y con qué soñamos. Cada museo que arde es como un ictus en nuestro cerebro colectivo.

Se me ocurre pensar que si ahora sueño con ellos es porque a partir de cierta edad nuestro pasado adquiere rasgos museísticos. Los recuerdos aparecen enmarcados, clasificados, interpretados, quizás de forma fraudulenta. El dolor o la vergüenza suavizan sus aristas y así paseamos complacidos a lo largo de nuestra vida, intentando todavía encontrar un sentido. Aceptando.

Hasta que mudos celadores de uniforme nos avisen de que ha caído la noche y van a cerrar.

Perales

La clase media no tenía quién la cantara. Sus goces sencillos, sosegados, su melancolía abrigadita, sin pasarse, su aceptación de lo dado, no encontraban su bardo, porque nadie veía épica ahí. Y entonces apareció José Luis Perales. José Luis Perales es de Cuenca, es un buen tipo y un hombre tranquilo. También es el autor del ¿Por qué te vas? de Jeanette. Ojo cuidado.

Perales tiene el carisma de un funcionario de esos que a las nueve y media de la mañana de un día lluvioso te soluciona un marrón y hasta te hace las fotocopias porque es muy apañado. Esa ausencia total de lo que los críticos americanos gustan de llamar braggadocio es su súper arma secreta. Hay que tener una humildad franciscana y unos cojones berroqueños para que tu nombre artístico contenga el apellido Perales.

Unos publicistas de los sesenta crearon la frase «¿Dejaría que su hija saliera con uno de los Stones?», que quitó el sueño a muchos padres de orden y que unos años más adelante mutó en «¿Dejaría que su hijo saliera con David Bowie?» que algún que otro ictus debió causar. A un hipotético «¿Dejaría que su hija saliera con José Luis Perales?» los padres de toda una generación ―¡y las madres!― hubieran respondido con un sí más satisfactorio que un buen seguro de automóvil, porque Perales es el yerno de platino iridiado que se conserva en la Oficina Internacional de Pesos y Medidas de París.

Nos hemos cachondeado mucho de Perales cuando éramos jóvenes y malos. Era tan fácil. Encarnaba sin embarazo lo conservador, lo seguro, hasta las guitarras eléctricas en sus arreglos sonaban a concesión fraudulenta. A sus letras les perdía una tendencia a la obviedad y al ripio. Llamar a un LP Tiempo de otoño es como llamarlo Qué bonito es el amor, es algo así como nostalgia embotellada, spleen de marca blanca. Olvidábamos que Perales es, hablando con propiedad, un cantautor y no solo por su imaginario de leños ardiendo en el hogar, sino porque ante todo es compositor de considerable talento melódico. Su paso a la interpretación fue azaroso, una serendipia del brillantísimo productor Rafael Trabucchelli. A estas alturas, muchas de sus canciones son standards del cancionero español.

Lo volcánico, las grandes desesperaciones, lo turbio, están ausentes de su imaginario. Hay adulterios, sí, pero adulterios castos. Tal parece que esos amantes clandestinos se limitaran a comer en Paradores de Turismo o pasear cogidos de la mano por alamedas, en vez de follar, que es algo un poco montaraz.

Recuerdo allá por los ochenta ver a una pareja de chavales caminando por Magdalen St. en Oxford. Reconocí que eran españoles por su aspecto de cayetanos y porque iban cantando a grito pelao Un velero llamado libertad. A mí me dio mucha risa porque pensaba que la libertad de ese jit de Perales era una libertad desnatada, por la que nadie empuñaría las armas, pero para esas dos almas de cántaro, en una extraña ebriedad matinal, significaba mucho.

Las canciones de este Bruce Springsteen de las clases medias son ya piezas de museo. En un tiempo en que los niños se complacen en la estética del cártel de Cali ―no nos rasguemos las vestiduras, los niños adoran el lumpen, los piratas de nuestra infancia eran en realidad la gentuza más infame que haya navegado los mares― sus voluntariosas expresiones de una felicidad supernumeraria y dominical, sus melancolías de buen alumno que ha aprobado los exámenes, su eros y su poética de opositor, su esencial bonhomía, parecen condenadas al olvido. Lo que inevitablemente me lo hace simpático.

Y así lo escucho ahora, con cierta distancia, imaginando un pasado que no es el mío, una vida ordenada y cumplida, sintiéndome un poco aquel narrador del Perfect Day de Lou Reed: «I thought I was someone else, someone good».

Lo cual pudiera ser una forma sofisticada de perversión. No te digo yo que no.

Que me gusta a mí un otoño.

¿Y ahora qué?

Por lo que a mí respecta, «abril es el mes más cruel» porque bajo la pureza de su cielo lo nuevo surge de las cenizas de lo viejo, que debe perecer porque ya cumplió su función. La renovación no se produce sin grandes destrucciones. La primavera es una salvajada y está más cerca de «Le Sacre du Printemps» que del espíritu de la égloga.

Abril nos recuerda que aquellos a los que la juventud nos cae ya lejos estamos excluidos de sus celebraciones bárbaras. La aparición de fracturas soldadas en los enterramientos, señal de que se intenta preservar vidas ya inservibles, marca la aparición de lo humano. Podría interpretarse la civilización como el intento por aferrarse a la vida de lo que superó su fecha de caducidad. Se reivindica el valor de la experiencia y el conocimiento, se hace uso de un poder acumulado en forma de costumbre. Un poder tan excepcional que en las guerras son los jóvenes los sacrificados para su preservación.

Es normal que los viejos no entendamos el nuevo mundo del que empezamos a ser expulsados, aunque es necesario llevarlo con cierta elegancia. El viejo que clama contra las jóvenes generaciones es ridículo, desde el tiempo de los egipcios hasta aquel Sinatra para el que el rock era «la forma de expresión más brutal, nauseabunda, desesperada y viciosa». Pero también nos repugna la figura del abuelo yeyé, para el que si lo dicen los jóvenes será bueno, porque sospechamos un fondo fraudulento de adulación. De nada le servirá.

Uno, escritor tardío, dubitativo y de cierta edad, se da cuenta de su incómoda posición. No es una época fácil. La opción por la vanguardia ―que fue una de las formas adoptadas por la fe burguesa en el progreso― ya no se da por descontada, ya no estamos tan seguros de que el arte sea una constante evolución que pasa por la ruptura con los límites formales. El acorde inicial del Tristán wagneriano o el urinario de Duchamp en cierto modo anuncian Auschwitz y el Holodomor, que también podrían ser leídos como una superación de los límites de la vieja moral. Nos debatimos así entre la comodidad del epígono y el imperativo adentrarse en lo desconocido para encontrar lo nuevo, que nos recomendaba Baudelaire.

Pero, sobre todo, nos preguntamos ¿para qué? Antes de este siglo, figurar en las doctas páginas del Riquer y Valverde podría ser la imagen de la gloria. El desprestigio y la inminente desaparición de la idea del canon, sustituidas por los fervores vagamente mercantiles del suplemento cultural, hacen que toda idea de perduración resulte ilusoria. Jamás ha habido tantos artistas, nuestro brillo, de alcanzarse, es necesariamente fugaz.

Nuestra fragilidad es extrema, es comprensible que los escritores se agrupen, gusten de formar generaciones y banderías. Humanamente lo entiendo, pero no puedo con esos rituales de mutua adulación (compatibles con la puñalada trapera) y ese creerse la sal de la tierra tan propios del ambiente literario. De joven pensaba ingenuamente que los artistas eran gente interesante y ahora me doy cuenta de que algunas de las personas más aburridas con las que me he topado en la vida eran escritores.

¿Qué hacer?, sí. Desde luego, olvidar eso de la necesidad de expresarnos. No nos expresemos tanto, que te den, Jean-Jacques. Y, ni mucho menos, pensar que la escritura es una manera de contribuir a nuestro equilibrio interior, para eso está la duloxetina, mano de santo. Centrarnos en lo importante, quisimos ser escritores para ganar la admiración de las mujeres, no siempre su amor. También forma parte de nuestra labor maravillar al joven, conmover al adulto, hacer brotar la compasión, crear de nuevo el mundo, dar testimonio de lo que fuimos.

Para eso, paradójicamente, hace falta humildad, ¿somos humildes, Perpiñá?

Leonid Pasternak (1862-1945) «La pasión de la creación»

Jajaja…

Hay un insignificante lugar en los arrabales de una galaxia, cerca de un monstruo de plasma y furia. Una singularidad de color azul, fruto de una cadena de felices azares, que gira a velocidades de vértigo a través de un vacío helado, traspasado por huracanes de radiación letal. Es el único punto en el silencio del cosmos donde se oye reír.

Mentes más cumplidas que la mía han intentado definir la risa, acotarla. Sus interpretaciones suelen decir más sobre su visión del mundo que sobre fenómeno tan evasivo. En lo que casi todos podríamos estar de acuerdo es en su carácter superfluo. Estrechamente emparentada con el lenguaje, reacción fisiológica ante una sobreabundancia de placer, ese rasgo de desbordamiento lo hermana con el orgasmo, pero, a diferencia de este, es generosamente ilimitada. Y contagiosa.

Si hay algo que me han enseñado las redes sociales es que la risa, como la belleza, es frecuente. Decimos maravillosas tonterías, nos premiamos con iconos carcajeantes, compartimos y recompartimos memes como mocosos excitados, tejiendo una red inabarcable de pitorreo. Esa risa compartida con desconocidos crea un simulacro de intimidad. La parida es fraterna. Creo haber dicho por aquí que el humor de cada cual es una herencia, somos una cadena de chistes.

Con frecuencia acompaña a la ebriedad, estableciendo conexiones imprevistas entre las cosas, descubriendo contradicciones y revelando nuestras propias miserias. Contra un sentimiento trágico de la existencia cabría hablar de un conocimiento cómico, que no se engaña sobre lo que nos es dado, pero lo transforma en aceptación incondicional.

¿Cuándo te dedicarás por fin a algo serio?, nos reprochan por malgastar el tiempo sin construir nada que permanezca. La risa, en oposición a la seriedad, sería entonces algo carente de valor. El moralista nos señala su carácter de lujo inútil, su volatilidad. Nos recuerda también que está la risa cruel que ridiculiza, la risa del público en las ejecuciones, la risa de la soldadesca incendiaria, la risa impía del envidioso. ¡El mundo perece y nosotros nos reímos! ¿Qué podemos aducir en nuestra defensa? Le mostraremos un niño que ríe en su cuna ante la sorpresa de lo nuevo, la risa de pura excitación del rapaz que corre deslumbrado por las posibilidades del ser, la risa secreta de los adolescentes que crea vínculos de por vida sobre afinidades del humor, la risa franca, obscena y luminosa de los amantes, la risa que desnuda al tirano, la risa del humor negro, que refuta toda moral forzosa, la risa que es descanso de los desamparados … El universo es serio, la historia es seria, los árboles, los gatos son serios, demonios, solo la risa es humana. Me hago viejo, el tiempo se acorta, uno no se siente cómodo en un mundo que se hace hostil y sin embargo cada vez río más. Dejadme eso, no me lo quitéis, permitidme que en el tercer acto me baje los pantalones y le haga un calvo a la maldad, la estupidez y la desgracia.

Moralidades

No pude evitar la risa floja cuando ayer me topé con un anuncio de Cola Cao en contra del matonismo escolar. Me resisto a escribir bullying, lo que sería una forma de banalizar con el prestigio transitorio de las tendencias una crueldad vieja como el mundo. No se vaya a pensar que estoy a favor del hostigamiento al diferente, faltaría más. En los días malos, esa muestra temprana de crueldad y cobardía que todos hemos conocido en los patios de los colegios, me parece una seria objeción contra nuestra especie. Pero su reprobación no es competencia de la marca Cola Cao. La obligación de Cola Cao es comercializar un buen producto con la menor cantidad posible de venenos, a precios asequibles para las familias. Cola Cao no debe hablarme de ética, como el frutero no me recuerda que está feo pegarle a un padre. Los espabilados publicitarios saben perfectamente que la toma de posición de la marca no va a evitar un solo lapo en la cara del chaval gordito. No lo hacen por él, claro está, lo hacen por ellos, como un alarde público de virtud, es decir, un ejercicio de hipocresía. Y una hipocresía particularmente asquerosa, porque mezcla la decencia con la avidez de dinero.

Parafraseando a la antipática Ayn Rand en ese acorazado Potemkin del liberalismo que fue El Manantial, el mundo perece en una orgía de buenos sentimientos. La competición por la virtud es agotadora y, sobre todo, conveniente. Al igual que el ruin sombrerero franquista con su slogan de «los rojos no usaban sombrero», los capillitas de la hegemonía ―en brillante ocurrencia de Anónimo García, condestable de Homo Velamine― reman a favor de la corriente.

Las compañías eléctricas nos exhortan a salvar el planeta, las aseguradoras celebran el activismo, los fabricantes de coches defienden el empoderamiento femenino, empresas alimentarias anuncian mortadela exaltando la diversidad racial y sexual, la banca lanza mensajes fraternos, los columnistas se golpean el pecho cada mañana borrachos de compasión, los cantantes populares lanzan mensajes comprometidos, la industria entera del entretenimiento se autoerige en conciencia moral del mundo, los niños en los colegios son cada día bombardeados por una sucesión de bienintencionados eslóganes, pancartas y performances creados por charos hiperactivas, con un celo sin desmayo que hasta a los curas que yo conocí les daría pudor. Cada causa, cada desdicha tiene su día internacional en un remedo de los antiguos santorales.

El pasado mismo se desparasita y se empaqueta, convenientemente higienizado, las estatuas de los próceres son retiradas de sus pedestales, los cuentos infantiles son deconstruidos, los clásicos de la literatura se vuelven sospechosos, los héroes del cómic abrazan los valores del momento, se reclama que los museos den explicaciones sobre los contenidos inconvenientes de las obras de arte, ¡pretenden que los cuadros se disculpen! Se nos prescribe un ideal de salud, un ideal de dieta, un ideal de vida sexual. Solidaridad, higiene dental y orgasmos.

Rompimos las amarras con la vieja moral, desencantamos el mundo para acabar cayendo en un fervor prescriptivo casi sin precedentes. La ética como epilepsia.

La convicción de que todo es un constructo social tiene como contrapartida la fe en que el mundo moral puede ser modificado mediante vastos proyectos de ingeniería social. Porque no basta con establecer unos mínimos aceptables de comportamiento, se nos exige una revisión integral de nuestros valores, una deconstrucción. Se nos insta a “abandonar nuestros miedos” y transformarnos, renacer. El cambio será radical o no será.

A finales del siglo XIX el desdichado y simpático Villiers de L’Isle-Adam proponía en un cuento utilizar la bóveda estrellada como soporte publicitario. De este modo, y en palabras de un burgués entusiasmado, «el Cielo acabará sirviendo para algo y adquirirá, al fin, un valor intrínseco». Se quedó corto. Yo, modestamente, propongo ir más allá. Reconstruyamos el cielo nocturno. Cambiemos el nombre de los planetas, feminicemos el Sistema Solar, Hipatia mejor que el belicoso Marte. Dibujemos nuevas constelaciones y borremos del espacio a los viejos, terribles patriarcas violentos. No pongamos el acento en las grandes ceremonias cósmicas del caos y la destrucción, huyamos con espanto de las cifras abismales de espacio y tiempo, volvamos a un universo coqueto y cariñoso, un universo de cuidados que podamos llamar nuestro hogar. Retomemos la amable danza ptolemaica y sus esferas y sus armonías y sus cosas. Frida, Greta y John Lennon velarán nuestros sueños y cada noche ingeniosos logos serán proyectados sobre la superficie lunar.

Miraremos a las estrellas, aprenderemos juntos y seremos mejores. Todo es ponerse.

El trabajo del Rey Mago

Como los espectros y los criminales, la noche es su dominio. Tras tantos siglos, tienen las pupilas dilatadas y han forjado una vieja amistad con los gatos.

Tienen vedado el paso a las casas de los solteros o los matrimonios sin hijos, pero conocen las demás como la palma de su mano. Te han visto dormir mientras recorren como un viento suave los pasillos a oscuras, entre susurros, porque la arena del desierto que arrojan a los ojos de los durmientes no siempre cumple su labor.

Siempre el miedo de que el alba, como a los vampiros, les sorprenda en su tarea. Qué agotador desplegar su magia. Se dan del todo y nada reciben a cambio, ni siquiera pueden ser testigos de la felicidad que deparan. Exhaustos, vacíos, duermen durante un año y de nuevo a su labor en esa noche que son innumerables noches, deambulando por las calles vacías, moviéndose como bailarines en las habitaciones sin luz.

A veces la tristeza de no volver a entrar en las casas de los niños que han muerto o aquellos que crecieron. Otras una melancolía pasajera, como cuando Melchor se quedó sentado a los pies de la cama de una joven madre dormida y pensó en dejarlo todo o cuando sorprendieron a Baltasar abrazado entre lágrimas al cuello de su camello, su fiel compañero, que no se tenía en pie de cansancio. Son humanos al fin y al cabo. Qué extraño destino, privados de la luz del día y del contacto con sus semejantes. A veces pelean entre ellos o se gastan bromas sobre los incidentes de la noche bajo las frías constelaciones del desierto, las luces de tantas ciudades en la distancia.

Apenas les quedan recuerdos de antes de aquella noche. Una juventud de placeres indolentes y una madurez consagrada a grimorios y a los graves estudios del misterio. No han olvidado sin embargo aquella vez que fueron convocados y siguieron el rastro de un cometa y se postraron ante aquel niño, un niño como todos los niños, pero que tras una eternidad ocupado en mareas y galaxias, en el vértigo del número en los vastos espacios entre los átomos, reía feliz al sentir la herida del tiempo y sus miserias, la aspereza de la paja, el cagarse encima, el calor del establo, la leche fluyendo del pecho de la madre, los ojos bondadosos del mulo y el buey, los rostros robustos de los pastores. Esa risa, la alegría de un dios. Y al evocar aquella noche saben que no hay otro destino comparable y que seguirán vivos mientras quede un solo niño sobre la superficie de esta tierra que aún crea en ellos.

Rebeldía y aceptación

El adolescente desprecia al niño que fue. Al dar sus primeros pasos libre de tutela se enfrenta por igual a las figuras de autoridad, que le ponen límites, y a la dureza de un mundo en el que debe valerse por sí mismo.

Angustia y entusiasmo. Armado con un insuficiente conocimiento sobre los mecanismos de la realidad y una personalidad en construcción, se arroja a la intemperie más allá del círculo estrecho que le era familiar. Los padres, reyes benévolos, devienen figuras tiránicas y vagamente ridículas, indignas de su confianza y busca refugio y aceptación en sus iguales. El deseo comienza a morder su carne y le revela insólitas perspectivas de alegría y desespero, de afirmación e inseguridad.

Necesita forjarse un gusto y desprecia lo recibido, lo convencional. Le gusta lo nuevo, lo raro, lo oscuro, lo agresivo. En ocasiones la mera fealdad. Afirma su autonomía rechazando la vulgaridad del criterio común: las viejas leyes, los finales felices, la Navidad, las canciones sentimentales. Compartir la felicidad colectiva es una imperdonable debilidad.

Si, como parece, su rebeldía son las convulsiones de una metamorfosis, cabría preguntarse por qué la imagen de jóvenes en las grandes movilizaciones políticas prestigia cualquier movimiento. ¿Por qué la rebeldía juvenil es significativa, por qué vende? Porque envidiamos su limpia vitalidad, la gracia perdida ya para nosotros, su capacidad de entrega no contaminada por las mezquindades y rendiciones de la vida adulta; esa generosidad que es el desinterés del que nada tiene que perder porque nada tiene aún. Presa fácil de proyectos de ingeniería social, las tiranías han hecho buen uso de su combativa, irreflexiva inocencia. La juventud ha sido siempre carne de cañón.

Muchos prolongan toda su vida la pulsión destructiva adolescente, su pura negatividad. La aceptación del mundo sería para ellos una vergonzosa claudicación. Pero, así como hay una rebeldía que no nace del resentimiento, sino de una orgullosa afirmación de lo humano frente a la injusticia, hay un aceptar que no es conformidad, es celebración.

No conviene dar por descontado lo real. Lo real es extraño, lo material problemático, un caos organizándose sin descanso en busca de nuevas formas Tú y yo somos un enjambre de partículas subatómicas, estamos hechos de furia, vacío y tiempo. En las mismas páginas de un periódico donde te asalta la última mezquindad de quienes se disputan el poder, puedes encontrar ―escondido entre el agotador registro de lo banal― que «el mero espacio, el vacío, es el escenario donde todo ocurre; pero a escalas trillones y trillones de veces más pequeñas que las del átomo, puede tener una rica textura (…) cada “punto” en el espacio corriente podría, visto con ese aumento, revelarse como un origami firmemente plegado en diversas dimensiones extra». ¿Cómo no estremecerse?, ¿cómo no venerar?

Visto así, cada instante de nuestros días es un prodigio. Honrémoslo. Abunda lo bello, lo bueno y lo justo, la luz cunde y puede colmarnos en los lugares más inesperados. Aceptar es no perder esa capacidad de asombrarnos, no rendirse ante la conciencia de nuestra fragilidad y nuestra finitud, ser capaz de la curiosidad y de la risa, amar lo dado, perdonar. Perseverar en ello, frente a la adversidad y la vileza.

Wols