Un impostor

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La prensa –es su condición- abunda en hechos atroces. A veces la concentración de espanto es tal que pueden pasar desapercibidos tremendos, valiosísimos dramas en sordina.

En este caso la noticia se limitaba a informar acerca de la denuncia contra un poeta de provincias, ganador de varios premios literarios, que se habría entregado al plagio durante años, utilizando liberalmente versos robados de aquí y de allá. Parece que le han pillado y se le va a caer el pelo. Nada conozco del hombre, de su vida o de su obra. Podría ser inocente, igual es de los que plantan cara, igual todo es un episodio de una guerra ruin entre camarillas poéticas. Pero imaginemos por un instante que los hechos son tal y como se nos han relatado.

Tenemos un premiado poeta local, que ha alcanzado una modesta forma de gloria. Alguien que se desenvuelve como pez en el agua en el circuito de presentaciones de libros y recitales poéticos. Viaja con cierta frecuencia, manteniendo el contacto con autores de otras ciudades, en esa conmovedora, ecuménica amistad de resistentes que los poetas practican. Apoya causas con su firma y el don de sus palabras.

Todavía hoy los poetas tienen un aura, una condición vagamente sapiencial, de oráculo. Hasta el menor de ellos ha dado con un verso que le justifica, que puede llegar a ser una epifanía para algún adolescente, revelándole eso que aún no sabe nombrar ni explicar o –para lectores por los que una vida ha pasado- la constatación de una perplejidad o una melancolía.

Nuestro poeta ha conseguido, sí, una voz y un nombre, quién sabe si en los bares no se habrá valido alguna vez de ellos en la búsqueda del amor casual. No juzguemos las pequeñas vanidades, pueden llenar una vida.

De repente el desenmascaramiento y la brusca caída en la insignificancia. No se trata tanto de una reprobación moral como de la evidencia de un ridículo. Sus versos hablarían sobre las claridades solares y la maduración de los frutos, sobre la sangre bajo la piel, las nubes, las olas, el olor caliente de los sembrados, la risa de la carne, las hogueras tristes del deseo, nombrarían lo innombrable, lo que aún no ha podido ocurrir, aquello que falta y no sabemos qué es, rozarían la naturaleza misma del tiempo y del misterio, pero lo habrían hecho con una voz que no le pertenecía. Nada valen y nada queda detrás.

El aviador que ha participado en bombardeos puede agarrarse a la idea de la obediencia debida para no perder la cordura. Él no puede agarrarse a nada, lo hizo por ganar premios y porque se supo sin el talento suficiente. Puede que se engañe pensando que su personal alquimia de versos ajenos era en sí interesante. Cuéntale eso a tus colegas poetas, que se lo pasarán en grande durante años despedazándote a pie de barra. Cuéntale eso a tus hijos cuyos compañeros no habrán perdido semejante oportunidad de humillar a un congénere, calma con palabras su vergüenza, esa fiebre lenta.

Nada volverá a ser igual. Dejarán de llamarlo para lecturas y presentaciones. ¿Qué les dirá a sus amigos, sobre los que ejercía alguna forma de magisterio?, ¿qué les dirá a sus alumnos, sus compañeros de trabajo, a los libreros de las librerías que frecuentaba?, ¿qué sentirá su mujer cuando por las noches la abrace con su cuerpo frío y desacreditado, para siempre desnudo, expuesto, trivial?, ¿con qué palabras podría de nuevo encender su corazón?

Pasará el tiempo y todo se habrá olvidado. Lo imagino en una tarde desapacible, atravesando una plaza pública de su pequeña ciudad, donde el viento menea unos irrisorios arbolillos y la llovizna empieza a empapar sus ropas a la hora en que los escaparates se encienden. Esas viejas, queridas calles donde alguna vez se soñó inmortal. Sobre esas tristezas dominicales de farolas y aceras mojadas tenía algunos versos, ya no recuerda si eran suyos o no. Se detiene un instante, la lluvia fría sobre su frente. No sabe exactamente a dónde quiere ir, un olor a lana mojada sobre los hombros, un sabor indeleble a café con leche en su boca de mentiroso.

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La Reina Mab

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Cada semana repetía el mismo ritual. Pulsaba el portero de un portal común en una barriada residencial de los extrarradios. Subía las seis plantas en un ascensor con un espejo ahumado, en compañía de mi reflejo fantasmal. Llamaba a la puerta y me abría su marido o una chica que atendía la casa. Ya conocía el camino, sorteaba los recovecos de un piso grande, luminoso, ordenadísimo. Muebles, objetos decorativos de diversas partes del mundo, estantes con libros, cuadros de amigos artistas, hablaban quedamente de una burguesía culta, hedonista. Ella me recibía en su dormitorio, sentada en la cama a causa de una lesión de cadera. Un mantón de color rosa sobre los hombros, un pelo crespo, indomable, gafas alarmantemente grandes y una voz de vieja actriz cómica le daban un aire de personaje extravagante de Dickens. O de Disney, iba en días. Yo me sentaba enfrente, en un sillón de orejas con un estampado floral y le contaba mis sueños.

Sé que la interpretación de los sueños es una rama más de la ficción. Definitivamente desacreditada, se la desdeña como una sofisticada versión, fatalmente contaminada de literatura, del examen de las entrañas de animales sacrificados o del vuelo azaroso de los pájaros. ¿Qué buscaba entonces en la consulta de una junguiana confesa? No sabría responder, lo único cierto es que me lo pasaba en grande y que entonces podía permitirme ese libertinaje puramente mental y algo narcisista. Verán, incluso las personas inclinadas al fácil desahogo de nuestras desdichas tenemos nuestros límites. No es una cuestión de pudor, simplemente no puedes estar constantemente dando el coñazo. Sin embargo uno paga al psicoanalista y esa simple transacción significa que te puedes permitir el lujo de contarlo todo. Todo. Y, en este caso, el todo incluía los sueños.

Y así, ante ella, semana a semana, sacaba a la luz los más íntimos repliegues de mi alma vulnerada o –si se prefiere- iba exhibiendo, magnificadas, baratijas de ese inmenso, caótico basurero del inconsciente. En el aire del cuarto se desplegaban los paisajes oníricos que se han ido repitiendo toda una vida y por donde todavía corre y se esconde el niño asombrado y asustado que yo era. La interpretación no se limitaba al sueño concreto, cada uno de ellos era una pieza de un vasto relato, que registraba mis caídas y mis progresos. Una segunda vida paralela que entre ambos había que descifrar.

 -¿Lo ves? Salvador, tienes que matar a tu madre.

-Bueno, tampoco es para ponerse así.

 ¿Había algo verdadero en aquella parranda de imágenes arquetípicas? No me importaba demasiado, me gustaba lo que tenía de juego detectivesco y como tal lo aceptaba. Incapaces de convivir con la falta de sentido unos se entregan al materialismo histórico, otros a los laboriosos textos de Lacan, las teorías de la conspiración, los fervores del animalismo o los esplendores milenarios de las religiones, cada cual según su índole y condición. Al fin y al cabo, ¿es tan importante la verdad? No podía dejar de pensar en las personas que antes y después de mí hacían lo mismo, sentados donde yo estaba. Imaginaba que al finalizar la jornada alguien abriría las ventanas para ventilar de sueños la estancia.

Nos caíamos bien. A pesar de que todo en ella sugería un agitado pasado gauche divine –nada de la experiencia humana la asustaba- había evolucionado hacia una suerte de vehemente conservadurismo que me divertía mucho. De la biblioteca situada al lado de la cama igual podía surgir un tratado de algún psicólogo californiano reivindicando el poder del falo que un ensayo del papa Ratzinger. Una lesión como la suya implica una vida abundante en dolor y todo tipo de incomodidades. Nunca pude detectar en ella rastro alguno de amargura, ni una queja. Reía mucho, creía en lo que hacía y cuanto me dijo fue razonable y me hizo bien.

La sesión terminaba y yo dejaba el dinero en la mesita de noche, lo que fue al principio motivo de muchas bromas. Volvía a atravesar la casa vacía y en silencio y hacía el camino de vuelta dando un largo paseo por una ruta donde abundaban los árboles. Nunca se encarecerá lo suficiente el cultivo de árboles en las ciudades. Tras el desnudamiento tenía el cerebro maravillosamente en blanco, iba pendiente de los cambios de luz, canturreaba.

Ha pasado tiempo. Mi inconsciente ha dejado de parecerme interesante y no creo que tenga un significado discernible. Pero es que tampoco parece que la vida diurna lo tenga. A veces he vuelto a esa zona, siempre de paso hacia otra parte. No hay comercios, no hay bares, no conozco a nadie que viva allí. Nada llama la atención en un espacio urbano entre la placidez y la desolación. Solo yo levanto siempre la mirada hacia esa ventana del piso sexto, esa cámara de los sueños, suspendida en la altura, cuya sola presencia embellece y singulariza el tedio de la calle anónima.

No sé cómo será su vida ahora. Tiendo a pensar que habrá dejado de pasar consulta. Ya habrán cesado para siempre las voces de las almas a las que había que ayudar, la letanía de desgarros y agravios, la eterna queja de los que no pudimos conseguir lo que deseábamos y a veces ni siquiera fuimos capaces de luchar por ello. También el lamento de los que sí lo consiguieron. A veces me acuerdo de ella y de que le prometí un libro. No me atrevo a llamar.

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La caída del salvaje Oeste

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«I wanna live
with a cinnamon girl
I could be happy
the rest of my life
With a cinnamon girl.

A dreamer of pictures
I run in the night
You see us together,
chasing the moonlight,
My cinnamon girl»

 Neil Young

 En el desierto de Tabernas, allá por los sesenta, empezaron a rodarse westerns italianos o españoles de escaso presupuesto, forzosamente revisionistas, destinados a un público popular sin pretensiones. Frente al casto y enjabonado ethos de los clásicos del género aportaron brutalidad, vileza, sudor y mugre e influyeron no poco en la posterior mirada del mismo Hollywood.

Todo aquello pasó. Hubo, sí, un breve epílogo bufo en forma de comedias de mamporros, pero se acabó por dejar de producir allí, coincidiendo con la misma extinción del western como gran género. Los viejos decorados fueron reconvertidos en parques temáticos donde en la actualidad niños criados en otros imaginarios asisten al despliegue de una mitología que no forma parte de sus sueños. Hace un año y por motivos de trabajo estuve visitando esas instalaciones.

La primera impresión resulta decepcionante. Sucesivos repintados para paliar el abandono acentúan el artificio. Pero, aunque chillón e imperfecto, no deja de ser un espacio simbólico y al rato empieza a hacer su efecto. Uno deambula en un estado de ensoñación –al que la reverberación blanca del sol no es ajena- por La Ciudad Platónica del Oeste, donde cada rincón, cada perspectiva, cada establecimiento están saturados de un catálogo fantasmal de tipos humanos y rituales de violencia. Historias de heroísmo, codicia, orgullos desaforados, conmovedora decencia, caídas, cobardías y redenciones.

Él estaba rodeado de niños que querían ver un caballo de cerca. Mientras acariciaba su montura intentaba despertar el interés de su auditorio. Acababa de participar en uno de esos espectáculos circenses donde cada día se escenifican persecuciones a caballo, duelos, tiroteos, saltos incruentos desde ventanas. Estaba todavía cansado y cubierto de polvo, la melena rizada sobre los hombros de un gabán que caía hasta las espuelas, pañuelo al cuello, sombrero y dos pistolas al cinto. Se sentía cómodo dentro de sus ropas, esa alegría de cuando eres niño y llevas un disfraz chulo, ese goce que tan bien conocen los actores. Se dirigió a nosotros cordial y saludador. No era la untuosa solicitud del pícaro, había en su bonhomía un deje de gratitud tranquila que he visto a veces en hombres que han estado muy perdidos. Al despedirse se ofreció a ayudarnos en lo que hiciera falta. “Yo lo controlo todo aquí”, nos guiñó mientras mostraba su placa de sheriff.

En el porche a la entrada del saloon, unas chicas del pueblo, vestidas de bailarinas, se echaban un cigarrito al sol, comentando los sucesos del pasado fin de semana. En el interior, híbrido entre lugar de perdición y merendero, daba comienzo un pequeño show ante un reducido grupo de chavales. Acompañada por un risueño guitarrista con chaleco y bombín, ella cantaba al banjo viejas canciones del oeste antes de que los especialistas comenzaran a partirse la crisma en una coreográfica pelea de bar. Ataviada con un corpiño y sin que faltara el detalle procaz de un lunar postizo, encarnaba a la mujer pecadora pero con un corazón de oro que en el western tradicional ha de morir para que el protagonista comparta el resto de su vida un lecho sobrio con la maestra del pueblo. La mezcla de una lograda picardía propia del personaje y un inocente encanto dirigido a una audiencia infantil resultaba como mínimo desconcertante. El interés de los niños era moderado, la mayoría esperaba en realidad que llegara el momento de las hostias, los listillos se daban codazos mientras le miraban el escote. Esto lo hacía dos veces al día.

Los volví a ver en el parking, todavía caliente al atardecer. Salían del escenario en el que transcurrían sus días e ingresaban de nuevo en el mundo real, con esa noble, fatigada ligereza de quienes han terminado la jornada. Ella iba cogida de su brazo, el pelo rubio de guiri ahora suelto, menuda pero de huesos fuertes, un vestido estampado con flores flotando sobre sus miembros de un color tostado y unas escuetas sandalias. Una pulsera ceñía uno de sus tobillos.

Él se había despojado de los atributos de su poder, sin el gabán parecía mucho menos corpulento, vulnerable, feliz. Nos despidió de lejos con un gesto. Caminaron contándose algo que los hacía reír hasta una furgoneta con polvo y años encima. En su interior se adivinaba la sillita de un niño. Ella se puso al volante y se lío un cigarro antes de arrancar. Nuestros vehículos salieron juntos de allí. Al rato nuestros caminos se separaron y vi cómo su furgoneta se perdía por la carretera que serpenteaba entre el desierto y un cielo inmenso, desnudo, que pronto se cubriría de estrellas.

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Qué malafollá

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Aviso desde el principio que esta entrada es de un interés puramente local. Aclararé al curioso lector que “malafollá” es la palabra que, aquí en Granada, se utiliza para definir cierta forma de grosería y desabrimiento característica del lugar. Los amantes de las quintaesencias del terruño la consideran algo regocijante, excelente, versión trascendental del wit o del esprit, gracia definitiva del espíritu que ha descendido como un don sobre nuestras frentes meridionales. No hay granadino de pro que no haya incurrido alguna vez en laboriosas, desgastadas, cansadísimas exégesis. Yo mismo no puedo sustraerme a hacerlo aunque, como ya habréis adivinado, no comparto ese entusiasmo generalizado.

No la encuentro divertida, al contrario, me parece una desgracia de la que algún día espero que nos libremos. La arrogante complacencia en un fracaso, una sed de parálisis, un agujero negro que absorbe las energías y los sueños de una sociedad.

El hecho de que en ocasiones se practique con ingenio no quita para que se trate de un hábito despreciable, mezcla de soberbia, aridez del alma, ignorancia, mala fe y sentimiento de clase. La malafollá es algo que siempre se ejerce desde el sentido de pertenencia a un grupo. Mediante ella se marcan distancias, se pone en su sitio al recién llegado, se alecciona al extraño en un catecismo de nihilismo tosco. Se trata de matar toda señal de entusiasmo antes de que nazca, se trata de recordar siempre que (en palabras de Lorca, el no malafollá por excelencia y una de sus víctimas más célebres) «la vida no es noble, ni buena, ni sagrada». ¿Dónde vas, imbécil?, ¿de qué te ríes, de qué te alegras?, ese es el bordoneo miserable que resuena siempre detrás, ¡qué bien la conozco desde la infancia!, ronca liturgia de la mediocridad, misa negra de la impotencia.

Vicio de mala gente, incapacidad para la ternura y la alegría compartida, para la generosidad y la caricia, esclerosis del corazón aprendida tras siglos de madres duras y padres distantes y tristes, achaque moral de viejos prematuros que sólo halla consuelo en la derrota colectiva. Desalmado matonismo de clase media, siempre ejercido contra el débil, el tímido, el ingenuo. Nada bueno cabe esperar de quienes humillan y ridiculizan al ingenuo.

Sí, la malafollá, esa sal, cuánta gracia me hace. Ja.

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Francisco de Goya. “Los Chinchillas”

¿Sería demasiado pedir?

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Tras acontecimientos de cierta magnitud (elecciones, grandes atentados, epidemias o catástrofes, el inicio de una guerra) las redes sociales se transforman en una gran plaza pública donde se puede deambular, ocioso, acercándose a los diferentes corros de ciudadanos vehementes, cada uno con su verdad y su necesidad de convencer. Uno escucha, se enfada, se mete donde no le llaman, gesticula, discute tontamente con algún amigo y se queda con una sensación de tiempo perdido y la sospecha de ser más arrogante de lo que le gustaría considerarse.

En los dos últimos días no parece haber aflojado el clima de confrontación. Unos bailan alrededor del cadáver del enemigo y entre otros, al no haberse ajustado la realidad a sus expectativas, cunde una atmósfera entre el desánimo y la rabia. Ha habido una brillantísima operación política sin precedentes, que ha manejado con maestría los recursos de seducción de la publicidad, creando una emoción colectiva en torno al advenimiento cierto de un nuevo e inconcreto ciclo histórico. Tras ella, una onda expansiva de desconsuelo. La emoción colectiva es tan volátil e inestable como los activos financieros que se evaporan en cuestión de minutos en los parqués de las grandes bolsas.

Así las cosas, me atrevería a pedirnos algo a nosotros mismos, con todo el candor que supone semejante pretensión. Se trataría de que la política dejara de ser el eje obsesivo de nuestras vidas. No hago un elogio de la indiferencia, no hablo de volvernos idiotas, que es como los griegos denominaban a aquellos que se desentendían de los asuntos públicos. Sólo postulo una política entendida como compromiso ciudadano, no como una pasión destructiva o una ingeniería del enfrentamiento y la división.

Combatir con vigor las ideas sin odiar al adversario. Nuestras concepciones sobre cómo arreglar los problemas del mundo son sólo una parte de esa enorme complejidad que somos. No debería -al menos en aquellos que no se han dejado arrastrar por el fanatismo- encasillarnos. No nos reduzcamos, no renunciemos a nuestras contradicciones y a nuestras dudas.

Sí, tengo malas noticias, ese despertar de las conciencias tras el que todos abrazaremos unánimes las simples, indiscutibles verdades que nos traerán un reino de justicia, no va a ocurrir nunca. Siempre habrá conciudadanos que no pensarán como nosotros y tendrán una idea diferente acerca de la felicidad común y cómo conseguirla. Eso no los hace necesariamente malvados ni irracionales. Es compatible tener una ideología que no compartimos con ser una persona que merece la pena. Parece mentira tener que recordar esto.

Hay una vieja palabra que define esta actitud y no ignoro que hay algo ambiguo y condescendiente en su misma etimología. Hablo de la tolerancia, que últimamente y con demasiada frecuencia es vista como sospechosa, una señal de tibieza, equidistancia, cobardía burguesa o arribismo, pero que me atrevo a defender como un valor no menos necesario que el compromiso. La tolerancia no es una mera postura cosmética, es un coraje diario, una disciplina del corazón y el intelecto en la que cuesta perseverar. En los lugares y las épocas en que deja de percibirse como virtud civil, la vida se vuelve insoportable, insoportable de verdad.

Eso por lo que nos toca. A nuestros representantes –y si usted está convencido de su mendaz mediocridad, deje de quejarse y dé un paso al frente, implíquese- cabría pedirles que no consideren esta etapa que ahora se abre como el inicio de una nueva campaña de cuatro años. Que por una vez dejen de pensar en sus electores, que se olviden de nosotros y de nuestros caprichosos, histéricos clamores en las redes, pero que por nosotros sean a la vez capaces de sacrificar sus posibilidades de victoria. Que no se instalen en la erosión permanente de los rivales, en su desprestigio, en el bloqueo de cuantas iniciativas pudieran tomar. De eso hemos tenido demasiado hasta ahora y es una de las causas del peligroso desengaño actual ante la democracia representativa. Hay un aquí y ahora, hay muchas medidas que tomar, reformas inaplazables, actos de estricta justicia y no queda otro remedio que hacer concesiones, abandonar el cálculo mezquino de futuros réditos y hacer una política generosa, una política de calidad. El buen arte de la paciencia y de lo posible. Ya sacaremos nosotros nuestras conclusiones.

Brecha

Juan Genovés. “Brecha” (2012)

Exabrupto

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 Si je désire une eau d’Europe, c’est la flache
Noire et froide où vers le crépuscule embaumé
Un enfant accroupi plein de tristesses, lâche
Un bateau frêle comme un papillon de mai.

Arthur Rimbaud. “Le Bateu Ivre”

Siempre es aventurado hacer predicciones históricas y no soy yo, desde luego, una persona preparada para hacerlas. Anoche asistí a un concierto admirable del Cuarteto Casals, en uno de los patios del viejo Hospital Real. Haydn, Mozart, Granados y Ravel en una exhibición sobrecogedora de una determinada idea de Europa. La noticia de la victoria en referéndum de los partidarios del Brexit me ha despertado esta mañana con la tranquila evidencia de los malos sueños. No hace falta ser catastrofista, la realidad es de una gran plasticidad y no siempre los procesos de calentamiento colectivo (y no me cabe la menor duda de que vivimos uno de esos procesos) llevan necesariamente a la liberación de energías caóticas, de ese lado oscuro de la historia cuya desaparición definitiva nunca podemos dar por supuesta.

Se trata, sin más, de una mala noticia. No es una victoria del peculiar pragmatismo británico que mantiene el volante a la derecha o no abraza el sistema métrico decimal, al revés, es una victoria de las pulsiones tribales, una victoria del nacionalismo, esa visión política basada en la existencia de identidades colectivas (concepto inquietante, en sí) y su incompatibilidad, cosa que en nuestra disfuncional España es considerada una actitud sanamente progresista.

La idea de Europa podrá ser puro kitsch y un abuso del cuarto movimiento del opus 135 de Beethoven, podrá haber sido gestionada con mezquindad ante conflictos muy recientes (de la última guerra de los Balcanes al drama de los refugiados), podrá suponer el mantenimiento una costosa, banal e ineficiente estructura burocrática, podrá haber impuesto condiciones económicas de singular dureza contra quienes más indefensos estaban (aunque nadie se acuerda de cómo los fondos europeos regaron nuestro sueño de desarrollo, nuestros logros sociales y nuestros absurdos despilfarros), pero suponía una especie de conjuro contra las fuerzas destructivas que durante siglos nos han sacudido. Europa es una vaca pastando sobre un fondo de hermosas reliquias y un cartero en bicicleta silbando a Schubert, pero también un permanente campo de batalla. Nuestros fértiles campos de labor están abonados desde hace siglos con huesos humanos.

A estas alturas suele aflorar el concepto de la “Europa de los mercaderes” y yo creo que no hay nada malo en los mercaderes siempre y cuando la ley defina con claridad los abusos. La lenta salida de la Edad Media profunda fue fruto tanto de hombres de letras encerrados en monasterios como de personajes que reconstruyeron la civilización y restablecieron las comunicaciones entre los pueblos por afán de lucro. Europa –en su grandeza y en sus grandes derramamientos de sangre- fue también un logro de mercaderes.

Estoy de mal humor y me voy a permitir ser gratuito y hasta injusto, pero no puedo dejar de recordar que durante un buen tiempo algunos indignados despistados colgaban con entusiasmo en las redes sociales intervenciones parlamentarias de un personaje como Nigel Farage, como ejemplo de ese “al pan, pan y al vino, vino” tan del gusto de aquellos convencidos de lo fácil que es solucionar los problemas del mundo. Hasta no hace tanto el partido que será el gran triunfador de las próximas elecciones contemplaba la salida de la zona euro como la solución a nuestra debacle económica. Lo que piensa en el momento presente no parece claro del todo. Uno espera que el principio de realidad se acabe imponiendo.

No siempre que la gente decide subirse a las tablas, en frase de un lírico spot electoral, se produce el advenimiento de un mundo mejor. La emoción y la sonrisa no son una garantía contra el error. En este caso la gente ha hablado y, la verdad, disculpadme, no me entran muchas ganas de sonreír.

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Carteros

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“There must be some word today

From my boyfriend so far away

Please Mister Postman, look and see

Is there a letter, a letter for me?”

Please Mr.Postman

(Dobbins-Garrett-Holland)

Un dios con alas en los pies no desdeñó practicar su oficio. Nacidos con la palabra escrita, recorrieron durante miles de años las venas del mundo. Caminantes o jinetes, por veredas, calzadas y caminos reales, vadeando ríos, enfrentándose a las cóleras del mar y los desiertos y al presentimiento del lobo en el silencio nevado de los bosques, picando espuelas bajo el gran sol de las siegas.

Construyeron un vasto sistema nervioso, una circulación incesante de ideas y conocimiento. Filósofos, matemáticos y astrónomos, geógrafos, artistas, gramáticos y pedantes intercambiaban hallazgos y refutaciones, el naturalista en su gabinete recibía especímenes de los lugares más apartados del planeta.

También tejieron una vertiginosa red de afectos, la secreta historia de lo privado. Es difícil imaginar la novela decimonónica sin la presencia del correo. Delaciones, cartas infamantes, cartas nunca enviadas, las noticias del hijo ausente, anuncios de naufragios y batallas perdidas, confesiones, asombrosas revelaciones de paternidad, constituyeron la sustancia literaria por excelencia. Y las cartas de amor, sin duda, conmovedoras, sencillas, desesperadas, francas, la ansiosa expectativa de su llegada hoy comprimida en la neurótica espera del like. La figura benévola, familiar, del cartero como mano del destino, cuya llegada infundía esperanza o temor, perduró hasta hace muy poco en las mitologías populares de la canción.

El XIX construye grandes palacios postales, basílicas a mayor gloria de la administración pública. Mármoles, columnas y escalinatas, suscitan el asombro entre el eco resonante de susurros y estampillas. Una inescrutable maquinaria que recibía a diario decenas de miles de cartas de todos los rincones de la nación y las procesaba y clasificaba en sus laberínticas entrañas para ser repartidas a los cuatro vientos. Recuerdo en la niñez los solemnes peldaños de piedra gris que conducían al misterio nocturno de tres grandes bocas de latón.

Les han quitado casi todo. Despojados de las reminiscencias militares de su uniforme, aquella pequeña vanidad, vestidos de un común amarillo y azul, se limitan ahora a repartir facturas, citaciones judiciales, certificados, apremios del poder. No perdurarán, acabaremos viendo como un dron se encargará de su labor.

Ya no confiamos al papel las frases con las que nos contamos nuestras pobres, bellas, únicas vidas. Definitivamente inmateriales, nuestras quejas, nuestros deseos, galanteos y divertidas maldades atraviesan el espacio desde los teclados de nuestros dispositivos inalámbricos. Vivimos rodeados de una reverberación invisible de palabras, saturando el aire donde las ropas se secan al sol, el aire de las plazas donde brillan los surtidores de las fuentes, el aire triste de los callejones siempre en sombra donde se esconden los gatos y caminan cansados, incesantes -conservando todavía, como un halo, la bondad de su antigua leyenda- los últimos carteros.

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Casas abandonadas

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Imágenes de gran fuerza alojadas en las profundidades de la memoria, siguen frecuentando nuestros sueños.

Siempre ha habido chiquillos jugando entre las ruinas. Una interdicción pesaba sobre ellas. Las casa abandonada, el lugar donde no debes entrar y donde todo lo malo te puede pasar. Los adultos sabían que estaban llenas de recuerdos aciagos y que también las frecuentaban fugitivos, locos y monstruos.

Derrelictos que nadie reclama, los niños pueden tomar libre posesión de ellas con el goce de conquistar un espacio propio. Conocen la entrada secreta, una simple cuerda que amarra una puerta desvencijada basta como señal del apropiamiento. A veces se acondiciona una parte con un remedo muy pobre y muy tierno de decoración.

En su interior hay que andarse con cuidado, abundan los peligros. Clavos, cristales rotos, astillas, el reino del tétanos, las temidas heces en el umbral de una puerta, arañas grandes y rápidas como no volverás a ver, la catástrofe definitiva del colchón abandonado. También descubrimientos irrisorios. Una pequeña jaula de madera, una palangana rota, un almanaque detenido en un verano remoto, un trozo de espejo todavía adherido al papel pintado de un muro vencido. La maleza invade los interiores, borrando los límites entre el orden humano y la tenaz turbulencia de todo aquello que nos sobrevivirá.

Un aire hecho de tiempo coagulado. Cerca de las ventanas bailan partículas en suspensión que el sol hace brillar mientras suena una chicharra desde algún lugar dentro de la casa.

Allí los primeros actos de rebeldía. Al abrigo de la mirada y la censura adulta, los niños se comportan a sus anchas, celebran rituales atolondrados, fuman, se disfrazan, en ocasiones hay accesos de agresividad. También en su momento la masturbación en cuadrilla, extravagante celebración de la pujanza nueva del sexo, el esperma primero derramado sobre ceniza y cascotes como en un culto arcano. Son lugares donde abundan pintadas obscenas hechas con un tizón.

Me gusta pensar que a esas casas les agrada la presencia estridente de niños, como al árbol le agradan los pájaros entre sus ramas. Su risa, sus juegos y sus bulliciosas violencias rompen el silencio e instauran de nuevo el tiempo. Como si todo pudiera volver. Su mirada transfigura esos mundos sórdidos, aboliendo el recuerdo del mal, embelleciéndolos de novedad y aventura. Como un último, delicado, misterioso tributo que la infancia rinde a la decrepitud.

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Proactividad

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El otro día intentaba explicarle a un amigo mi escaso aprecio por la película “The Martian”, de Ridley Scott, director que combina con desparpajo pericia técnica, competencia profesional y una desesperante ausencia de personalidad. La ciencia ficción de los 60 y los 70, con la que me crié, solía ser sombría y malrollera, sus distopías abundaban en personajes taciturnos, complejos y con frecuencia atormentados. Incluso en el caso de los apenas definidos Dave Bowman y Frank Poole, de “2001: A Space Oddisey”, su inexpresividad nos transmitía de una manera eficacísima la inimaginable experiencia de alienación y soledad del viajero interplanetario.

El guión de Drew Goddard, basado en un best seller de Andy Weir, arroja por la borda, como al final hace su protagonista con el lastre de su nave, todo asomo de angustia existencial, dentro de ese espíritu dinámico y positivo encarnado en las charlas TED y esa plaga universal de los pulgares levantados. “The Martian” se erige de este modo en algo así como “El Acorazado Potemkin” de la eficiencia.

Su héroe, Mark Watney, abandonado por error en las vastas soledades de Marte, se enfrenta resueltamente a la adversidad sin permitirse apenas un instante de desaliento pero, no contento con ello, demuestra a cada instante que es un tipo enrollado y el yerno ideal, prodigando un sentido del humor de monologuista para todos los públicos. Robinson Crusoe era otro homo faber, laborioso y determinado, pero al menos de vez en cuando le daban unas bajonas de órdago.

Todo el equipo de la NASA y sus mismos compañeros de tripulación, que regresarán como un solo hombre a rescatarle, son así mismo sanos, divertidos, desenvueltos, solidamente estructurados pero emocionales (¡al diablo con las órdenes, tenemos que salvar a Mark!). Cada uno no solo es resolutivo y solvente en lo suyo, sino que encuentra siempre un instante para soltar un wisecrack que alivie un poco la insoportable tensión acumulada durante los segundos de película en que no se oye una gracieta. Ni una sola concesión a la melancolía, la llegada al cráter Schiaparelli tras un viaje de semanas por la superficie marciana se acompaña con el “Waterloo” de Abba para dar buen rollito. Al final todo se resume en una frase: “Cuando las cosas se pone feas es cuando hay que trabajar duro”.

Resulta fácil tomárselo a risa, ¿no? El sempiterno just do it, esas cosas de los americanos, esa filosofía de manual de autoayuda. Pero haríamos mal despachándola con condescendencia, al fin y al cabo es ese el espíritu del tiempo. Las redes, en tanto que podamos considerarlas su reflejo, combinan sin problemas una visión catastrofista del mundo (la política es el recinto admitido de la rabia) con una desaforada actitud positiva en lo personal. La queja, la angustia, la desesperación, son vistas como una indelicadeza y hasta como una temeridad, nuestro paso por la web puede ser rastreado por aquellos de los que quizás dependa nuestro puesto de trabajo y que esperan de nosotros proactividad y resiliencia. Se concede exhibir las propias debilidades a condición de hacerlo de manera desenfadada. Hay ciertas cosas de las que no se habla y su ocasional aparición es tan inconveniente como la de un trozo de material radiactivo. ¿Qué necesidad tenemos de regodearnos en las zonas nocturnas de nuestra mente, quién quiere escuchar al adolescente narcisista instalado en la queja, al neurótico inadaptado, al severo aguafiestas?

Sí, de acuerdo, es verdad, todos estamos heridos, todos somos vulnerables. Cualquier hecho trivial de la infancia nos crea una cicatriz primera que no hará sino agravarse con los años tras el paso por la adolescencia, sus desconciertos y sus traumas humillantes, las cargas de la responsabilidad en la edad adulta (sustituida en los últimos años por la incertidumbre respecto al propio futuro), sucesivos desengaños y pérdidas y la consciencia de lo irreparable y de la labor del tiempo. No conozco a nadie de más de treinta y cinco años que no esté como una puta cabra. Pero entiendo que optar por el encierro doméstico, atiborrándose de sustancias ilegales y comida basura, encogido en posición fetal en el sofá, no es una opción recomendable, ni para la comunidad ni para el propio sujeto.

Entiendo que las estrategias presentes del entusiasmo son algo de una enorme sensatez: dominar tu cuerpo y tratarlo bien, concentrarte, disciplinar tu pensamiento, perseguir tenazmente los sueños, apartar los pensamientos negativos, querer cambiar el mundo, constituyen un proyecto racional, irrefutable, de plenitud. Desde esa extensión planetaria de nuestro sistema nervioso que os permite leer esto hasta la acumulación de conocimientos que nos han salvado la vida en tantas ocasiones, desde esa novela de novecientas páginas sobre la falta de sentido hasta el sistema de garantías que permite a ciertos intensos bramar en las redes que vivimos en una dictadura, son sin excepción fruto de un acto de optimismo, siquiera circunstancial.

No faltan motivos, al fin y al cabo la belleza, la alegría y la generosidad son frecuentes. No escasea aquello que nos redime, el amor (bueno, no siempre), la amistad, la satisfacción del trabajo bien hecho, las dulzuras de la crianza de los hijos, la solidaridad, el sentido de pertenencia, la fe ciega en una causa… hasta la vanidad puede iluminar una vida. Debemos buscar lo que nos cura y lo que nos mejora, aunque haya que engañarse, ¿qué nos importa la verdad?

Pero no siempre podemos mantener a raya el caos y la turbulencia, hay estremecimientos, íntimas soledades que no podemos esconder constantemente bajo la alfombra, porque todo acaba aflorando. Hay un oscuro y viejo conocido al que hay que tener el valor de mirar cara a cara de vez en cuando. Saber que la búsqueda de la felicidad nos hermana a todos, pero también la común consciencia de nuestra flaqueza, de nuestra desnudez ante la intemperie. Alguien tiene que explorar, registrar ese lado oscuro. Y, demonios, esto ya lo dijo hace mucho tiempo Aristóteles, creo que voy a tomarme un café.

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Cada cosa en su sitio

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«Kippel son los objetos inútiles, las cartas de propaganda, las cajas de cerillas después de que se ha gastado la última, el envoltorio del periódico del día anterior. Cuando no hay gente el Kippel se reproduce […] cada vez hay más».

Philip K. Dick. “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”

Soy una persona desordenada. No es algo de lo que esté orgulloso, entiendo que se trata de una limitación y una fuente de angustia.

En sucesivas mudanzas nos desprendemos de lo superfluo, pero en realidad no contribuyen a reducir la entropía. Al contrario, algunas precarias tentativas de orden, buenas intenciones de archivero, se malogran. Es como barajar de nuevo las cartas. Poco a poco, de casa en casa, se forma un oscuro inconsciente de papeles sin clasificar mezclados durante años, atestando carpetas y cajones en furiosa promiscuidad. El material reprimido de la realidad.

Un día llega un certificado, los carteros nunca sonríen cuando te entregan un certificado oficial, por si acaso. Una carta, en una prosa no menos densa que la de Foucault, te requiere la inmediata presentación de algún documento de hace años. El hombre desordenado reza para que aparezca en los lugares previstos, de lo contrario deberá buscar en ese cementerio de papeles, esa cara oculta de la luna.

Nos gusta creer que en el inimaginable momento en que nos despedimos del mundo, nuestra vida transcurre ante nuestros ojos en un elegante, misterioso resumen. Una búsqueda como esta supone una experiencia parecida. Excavas como un arqueólogo en los estratos de tu propia historia, topando con testimonios por descifrar de un pasado. Ascendencias y caídas: contratos de alquiler, ventas de casas, nóminas, facturas de restaurantes, de hoteles, billetes de conciertos, proyectos que no cuajaron, números de teléfono de personas que no recuerdas, documentos judiciales, billetes de avión, informes de alta de hospital. De vez en cuando algo vivo, alguna lista fantasmal de cosas que entonces era imprescindible hacer, una nota encantadora que todavía te hace sonreír, cartas tristes de despedida, el aire forense de las polaroids, un dibujo obsceno de la adolescencia del que no quisiste desprenderte.

Son excepciones. Inquietado por la sensación de que en algún momento olvidaste hacer algo, algo que era tremendamente importante, tu vida se despliega codificada ante ti, no embellecida por la melancolía o la literatura. Una sucesión de hechos, de prolija información, de transacciones registradas y selladas, puro karma burocrático y olvido. Una historia narrada por una divinidad oficinesca y farragosa.

A estas alturas el documento aún no ha aparecido, pero estoy ya pensando en una hoguera de San Juan por todo lo alto.

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