Campanas

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Vivo en un barrio con muchos estratos de historia acumulados. El pasado tiene funciones apaciguadoras, estupefacientes y conviene no dejarse seducir demasiado por sus encantos. De lo contrario uno deja de percibir cuanto crece a su alrededor, aquí y ahora, entregado al calorcillo de la melancolía y sin salir de Fritz Lang, las ardientes exploraciones del rock de la era clásica o la abrumadora autoridad de los viejos hombres de letras. Pero esa admisión de que se trata de un feo vicio no me impide entregarme a los placeres de lo intempestivo.

En las calles donde me muevo abundan los campanarios, puro anacronismo despojado de función y de sentido, recuerdos de un dios ausente, ahora cubiertos de polvo y excrementos de pájaro. La gran voz de las campanas se situaba a medio camino entre la tierra y la bóveda celeste, en las alturas desde donde la mirada humana podía otear por igual las estrellas y la aparición del peligro. Su sonido, resonante, expansivo, hecho de anómalas acumulaciones de armónicos, combina los bajos profundos con acentos estratosféricos.

Su tañido era un encantamiento y un orden. En otros siglos los habitantes de las ciudades daban nombres a sus campanas. Los artesanos fundidores conocían también los secretos de la fabricación de cañones, que compartían similar aleación de metales; no era rara su refundición, de modo que la alternancia de periodos de guerra y de paz iba marcada por el ciclo de las metamorfosis de los instrumentos de muerte en ingenios de luminosa sonoridad ultraterrena.

Sus vuelos y balanceos, con efusión de palomas, pautaban el transcurrir de las horas, declaraban alarmas, grandes júbilos y celebraciones, la caída de los tiranos, bodas, incendios y nacimientos, doblaban a muerto y a galerna. Una lengua que hemos olvidado, un código que seríamos incapaces de entender. Hoy, para algunos, su mismo repicar es una molestia.

Yo no quiero que llegue a apagarse del todo el don de su música extraña que ya no es de este mundo, que a veces nos asalta como un recuerdo de mañanas y atardeceres no heridos por el tiempo, la voz de los que nos precedieron, de aquellos hombres a los que apenas nos unen unas pocas cosas: el pan que se hace de noche y partimos con las manos, las monedas, el fuego y el vino, el asombro ante la nieve, el miedo a la oscuridad de esas pobres criaturas que somos.

Alexander Kosnichev

Alexander Kosnichev

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Dentistas

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Los dentistas son la refutación viviente del aserto de Leibniz según el cual vivimos en el mejor de los mundos posibles. En lo tocante a los dientes y su fácil, dolorosísima corruptibilidad, dios se comportó con la imprevisión y la tacañería de un empresario del ladrillo.

Antes de ser investidos ― ¡odontólogos! ― con la dignidad de la profesión médica, fueron los viejos, locuaces sacamuelas, figuras habituales en la pintura de género, que te atormentaban trasteando el lugar de donde brotan las palabras. Frecuenté de pequeño un dentista prestigioso y truculento. Un rastro de gotas de sangre infamaba las escaleras de acceso a su consulta, cabezas de ciervos y jabalíes disecados decoraban las paredes de la sala de espera. Cicatero con la anestesia, tenía un ayudante joven de cara antigua que a mí hermano y a mí nos contaba chistes verdes.

Su arte combina de un modo meritorio la tortura con la orfebrería. Las antiguas prácticas ―dientes de oro, amalgamas de mercurio y plata― evocaban los manejos del alquimista y cómo no mencionar el hilarante óxido nitroso que permitía a William James, hermano del prolijo novelista, pillarse unos cegatines de órdago en uno los cuales la filosofía de Hegel se le reveló con toda claridad.

Desde entonces el escenario no ha cambiado demasiado. Una butaca móvil con algo de asiento de nave espacial, atracción de feria y altar de sacrificio, una luz de interrogatorio, una palangana para escupir fluidos ensangrentados, tornos, sondas y fresas. Allí te desplomas vencido de antemano, abres la boca y el dentista te abraza e introduce su mano dentro de ti. Le dejas hacer, tu cabeza contra su pecho, donde late un lento corazón de autómata.

Los dentistas son gente tranquila, paciente. Tienes que ser de una precisión extraordinaria en un espacio angosto, erizado de dificultades y terminaciones nerviosas, no es oficio para fuguillas. «Tus dientes son blancos como ovejas recién bañadas», exclama el autor del Cantar de los Cantares; el dentista no puede permitirse semejantes efusiones, ha visto las ciudades en ruinas ocultas tras nuestros labios, nos ha visto a todos sufrir, retorcernos mientras emitimos gemidos inarticulados, indefensos, indignos. Sabe demasiado de nosotros. Sería interesante conocer el destino de aquellos que cuidaron la mandíbula de Stalin, pero algo me dice que no acabaron bien.

Qué inacabables se nos han hecho esos momentos de nuestras vidas transcurridos bajo el frío horror de esa luz, atravesados en lo más íntimo por la punzante estridencia de la fresa consumiendo nuestras muelas para después salir a la calle ligeramente aturdidos, con media boca dormida como un principio de muerte.

Por la noche, sobre los sacos de dientes escondidos bajo el colchón, sueñan felices los dentistas y brilla, blanca de plomo, su sonrisa en la oscuridad.

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Exaltación y misterio del grifo

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Apenas siete años separan la invención del grifo de rosca por Thomas Gyll en 1800 de la publicación de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel. Un año después un triunfal acorde en Do Mayor cierra la Quinta Sinfonía de Beethoven. Tres hazañas del espíritu humano. Con el grifo transcendemos definitivamente nuestra condición animal. Mediante un mecanismo admirable cada mañana se nos brinda para nuestras abluciones el fluido milagroso que hace posible la vida; la más simple de las moléculas, que buscamos bajo las extensiones de Marte y que constituye el 60% de lo que somos.

El agua asciende en silenciosas columnas invisibles desde las cegadoras extensiones del mar y los deltas sofocantes, se condensa en las nubes, delicia del pintor y de los exiliados del mundo, desciende de nuevo en las grandes, lentas lluvias que emocionan a los hombres de letras. Una red de acueductos, pozos y depósitos, una vasta, secreta circulación sanguínea la lleva hasta nuestros cubículos donde los grifos cantan la música inaugural de la jornada, anuncio de los prodigios de la vigilia.

Mi padre vendía grifos. De pequeño he ojeado aquellos severos catálogos ―Buades, Ramón Soler, Tres, Jacob Delafon― donde aparecían sus elegantes, esbeltas superficies, que combinaban la esterilidad del laboratorio con las blancuras y simetrías del altar, presidiendo las enigmáticas oscuridades del desagüe, imagen cierta de la muerte.

El agua donde se cocinan nuestros alimentos, que lava las heridas y los tiernos cuerpos de las muchachas, el agua que ríe al recorrer la nuca, las rodillas y los dedos de los pies de aquella en la que piensas, que baña a los niños y a los cadáveres. Grifos en todas partes, imagen de lo humano, en hospitales y mataderos, dispensando el agua amarga de los hoteles, en cárceles, bares y cuarteles, en las casas de nuestras amantes ―y a veces me han emocionado las humildes, gastadas pastillas de jabón fragante junto a grifos que sabes que no volverás a abrir―, los grifos nunca olvidados de la infancia bajo los que las firmes manos de los adultos se enjuagaban los restos de espuma.

Todos los días el sol sale sobre la línea de horizonte y los grifos nos ofrecen el don del agua, de ahí lo perturbador del corte del suministro, cuando oímos un agónico gemido en las cañerías. Hay algo que va más allá de la mera incomodidad, es la aprensión intelectual que nos producen esos grifos de los decorados que nunca funcionan, es la inminencia de algo malo, primera señal de las guerras y las grandes catástrofes.

En el reino de los muertos, los grifos guardan silencio.

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Exégesis de “Yo también necesito amar”

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Óyeme, ahora vamos a conversar,                                                              yo sé que tú necesitas también amar.

 Hay dos maneras de entender esta balada omnipresente en la radio de 1976, de abrumadora cursilería e intensas resonancias heavy. Interpretada en su sentido recto, como un alegato coyuntural a favor de la liberación sexual, este tema de Ana Sánchez y Juan Enrique Dapena (Ana & Johnny) siempre ha sido una obra maestra del humorismo involuntario. Si, por el contrario, la imaginamos como la transcripción fidedigna de un posible diálogo, en la habitación de un hotel en Lloret de Mar, entre un jipi espabilao de Calasparra yendo a por todas y una señorita de Valladolid, sentimental y de clase media, de dicción perfecta y con cierta tendencia a la sobreactuación, no tiene precio.

Y ahora estás aquí, mirándome sin hablar.                                                Y ahora estás aquí, entre mis brazos.

 Ana y Johnny ―vendida como “la pareja romántica del pop español”― tenían una relación en la vida real, como Nicole Kidman y Tom Cruise en Eyes Wide Shut, lo que añadía una dimensión morbosa a su performance. El sexo del que se hablaba en la canción era real. Nada de fingimiento. Fuera de los escenarios, Ana follaba con Johnny y Johnny follaba con Ana. Se querían, no había más que verlos. Y eso era bonito.

Lo petaron, hicieron giras por Sudamérica e Italia. Antes de cumplir los treinta años abandonan el espectáculo, sus giras y sus servidumbres. Johnny Dapena se dedica a producir al grupo Coz (para el que compone, sí, aquel “Más sexy”), la pareja tiene dos hijos y abre un negocio de importación de instrumentos musicales de países del Este, no les fue mal. Luego se separaron. Las vidas son así. Imagino el embarazo de sus hijos al escuchar en la adolescencia a sus padres cantando eso y a una Ana Sánchez, pasados los sesenta años, oyendo a su fogoso avatar por la megafonía de un Mercadona, mientras introduce en su carro de la compra doscientos cincuenta gramos de jamón york calidad extra.

Y yo también necesito amar.

Johnny. La masculinidad de los 70 se movía en torno a dos polos. La escuela élfica, encarnada por David Cassidy o Leif Garrett, era la hegemónica en las carpetas de las adolescentes. Sin embargo, las verdaderamente iniciadas apostaban por tupidos machos alfa y Burt Reynolds o Tom Jones colgaban de las paredes de sus dormitorios. Esta variedad da espléndidos ejemplares de varón en la España del momento, con figuras como Sancho Gracia, Máximo Valverde o Juan Luis Galiardo, que exhibían una rocosa virilidad de patilla y pelo en pecho. Mención especial merece la subespecie cantautoral, que se cubría con jerseys abrigados de lana, gustaba de decir “hembra” en sus canciones y cultivaba un erotismo barbudo y machadiano de desván y leña en el hogar.

Johnny reunía lo mejor de ambos mundos. De aspecto angélico, parece Michi Panero pero la sangre de un Patxi Andión corre por sus venas y luce un recio vozarrón con el punto justo de lo que podríamos llamar afonía italiana.

Ana. Tantas mujeres convergían en Ana: hermana mayor, camarada de la célula del partido, vocalista de grupo folk, vecina hippy dentro de un orden que estudia farmacia. Ana, moderna pero formal, ofrecía una alternativa a la señorita de abriguillo, bolso y pelo cardado o la racial coplera jacarandosa. Era como una María Schneider ibérica, de la estirpe de aquellas grandes diosas primordiales de los setenta ―el prototipo de maciza de barrio inmortalizado por Óscar en sus tiras cómicas del Profesor Cojonciano para El Jueves― de recios huesos, que fumaban Rex y gastaban vastos toisones selváticos, como gatos acostados.

Cualquier inspector de la Brigada Político-Social le hubiera pedido la documentación, pero había en ella algo que tranquilizaba a las madres de España. Ana no era una lagarta, igual te liaba un porro que te hacía una tortillica liada. Mucho follar, pero durante todo el playback lo suyo era un padecer, se mordía los labios y agachaba la cabeza pudorosamente, con un santamariagorettismo que hasta un obispo hubiera aprobado.

Es verdad, siento los golpes del corazón.                                                     Estoy feliz, tiemblan mis manos por la emoción.

 Porque, y no sé si se habrán ya percatado, de lo que habla esta canción es de la Primera Vez, de esa mítología de la pérdida de la virginidad (en aquella época todavía llamada desfloración) que arrancaba a los varones conservadores acentos de inefable poesía y rijosidad, plasmada en subproductos como Experiencia prematrimonial de Pedro Masó o más tardíamente Lo mejor de tu vida de Julio Iglesias.

Ella no va a lo loco y por eso un insistente Johnny, empalmado pero pedagógico, debe debilitar sus resistencias con un mansplaining de órdago, que constituye el cuerpo y el sentido de la canción. Pero el ansiado acoplamiento no ocurrirá sin contradicciones internas. De ahí el temblor de manos.

De tenerte así, estar oyendo tu voz.                                                            Y ahora estoy aquí, entre tus brazos.

 Mientras los intérpretes adoptan una actitud compungida el vozarrón de Johnny susurra sabe dios qué verriondas ternezas al oído de Ana, en plan ven aquí tonta que no te voy a hacer nada, mientras ella esconde, púdica, su rostro en el pecho del galán. Casi resulta incómodo de ver.

Intermedio

Hay una nueva declaración de intenciones y la pareja comenzaría a desvestirse a los acordes de un solo fetén de guitarra a lo Brian May, cortesía de Armando de Castro, futuro guitarrista de Barón Rojo.

Mírame, no sientas vergüenza ya.                                                        Acuéstate, disfruta tu libertad.                                                                      Para descubrir, un cielo de realidad.                                                         Para descubrir, que sigues viviendo

 Seguimos. Ya está todo el pescado vendido. Johnny, sobradísimo, perentorio, le da la orden de encamamiento y tiene un alto concepto sobre sus habilidades amatorias. «Disfruta tu libertad» nos puede parecer oportunista, pero conviene situarnos en el momento histórico. No es que antes de la Transición no se follara en España, pero un espasmo dionisiaco sacudió al país tras la desaparición de la figura anorgásmica del abuelo castrador. Los castos lomos de El Libro de la Vida Sexual de López-Ibor son remplazados por El Informe Hite, si no salías en bolas en Interviú no eras nadie, los burgueses se escandalizaban en las películas porque había ¡unas escenitas!, el español medio se tragaba cine tocho del Este porque podía entrever una teta o se agenciaba ediciones cutres de El Decamerón pensando que aquello iba a ser un no parar. Como decía la publcidad de un best seller del Círculo de Lectores: «este libro contiene descripciones gráficas de relaciones sexuales que ruborizarán al tímido y encolerizarán al intransigente».

 No hay que reírse. Un país entero también necesitaba amar. Por eso, cuando Ana Sánchez berrea por fin, marcando bien las sílabas:

Tómame, li-bé-ra-me  del pudor                                                                  y muéstrame tu cielo confortador

entre una cascada de guitarras, con una voz capaz de romper vidrieras, la canción trasciende y se eleva a alturas incomparables. No es ya una señorita cursi declarando que quiere sentirse una perra, es España toda, con sus piedras venerables, sus mesetas y sus lonjas, sus silos y sus bancos de atunes, la que suplica follar a modo, es un secarral de Castilla recibiendo a gritos la lluvia, es la catedral de Burgos a cuatro patas, es Unamuno mirando para Cuenca, el Caballero de la mano en el pecho haciéndose una gayola. Grandeza, joder, grandeza.

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Tras unos meses malos, los padres están en el salón, disponiendo entre susurros los regalos de reyes. Son entonces asaltados por una alegría y una ternura alarmantes. Se miran a los ojos en ese silencio. Habían estado a punto de perderse, de perder esa dicha que ahora les colma. Sienten necesidad de besarse y acaban haciendo el amor sobre la alfombra, entre los juguetes a medio envolver. Su hijo se ha desvelado y los sorprende.

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Mis últimos reyes magos

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En la noche de reyes ―y no es la menor de sus bellezas― el amor toma la forma de una mentira, una tierna impostura. Los niños y los adultos necesitamos ser engañados para soportar la aspereza del mundo. Nuestros mismos sentidos mienten, no son ventanas, son filtros; percibimos solo la pequeña parte de la realidad que podemos soportar.

Para mí era una noche larga, agitada, no exenta de terrores. Al fin y al cabo unos desconocidos venidos de un Oriente tórrido, misterioso, con el poder de obrar prodigios, entraban por los balcones y deambulaban por la casa en la oscuridad. Pero finalmente abrías los ojos y era de día y entonces la alegría de los juguetes dispuestos sobre el sofá del salón, conservando como un rocío el brillo de su origen mágico. Nunca eran los que uno había pedido en aquella carta que tus manos depositaban en un buzón mientras unos brazos te alzaban. Siempre eran menos y un poco más modestos, pero qué poco importaba ante la certeza del milagro. Pienso en mis padres, con qué cariño dispondrían las inocentes evidencias ―las zapatillas y los platos con agua y arroz para los camellos, irrefutablemente vacíos al alba― volviendo por una noche a la infancia que habían perdido.

No recuerdo el momento en que dejamos de creernos la fábula legendaria. Sé que hubo un tiempo en que mi hermano y yo fingíamos no saber porque a ellos les hacía felices y a nosotros también. Vivimos un par de años fraudulentos porque lo necesitábamos, hasta que la farsa se hizo ya insostenible y así cuando por última vez nos encontramos con regalos en el sofá, de acuerdo con la vieja escenografía, mis padres se permitieron bromear con la idea de que había sido cosa de los reyes. Nos hicieron el homenaje de la ironía, la lengua de los adultos.

Por aquel entonces empezamos a descubrir a los Beatles. Mis padres lo sabían y nos regalaron el famoso doble azul, que les mostraba en la portada hechos unos melenudos y asomados al hueco de la escalera de la antigua sede de EMI, evocando la icónica fotografía de su primer LP. Mis padres, pobrecitos, no tenían demasiada idea, pero aquel disco recopilaba las canciones del periodo 1967-1970, el que menos habíamos explorado. Conocer el origen terrenal del regalo no nos hizo menos felices que el olor a madera de los viejos fuertes del Oeste y aquella mañana, deslumbrados, a veces desconcertados, escuchamos Strawberry Fields Forever y Penny Lane, Lucy in the sky with diamonds y A Day in the Life, expuestos por vez primera a las seducciones de la psicodelia. En aquellas primeras horas del día nos iniciamos en una sensibilidad nueva, algo excitante y prohibido. Empezábamos a abandonar la infancia. Sin que lo supieran, arrancaba un largo viaje, el mismo que ellos hicieron. Un viaje sin una estrella que nos guíe, que nos aleja de los padres hasta transformarlos en unos extraños para finalmente regresar a ellos cuando ni toda la magia de Oriente nos podrá devolver su voz y su figura que solo en sueños, como melancólicas sombras, nos es dado recuperar.

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Sobre la conquista de pequeñas ciudades en invierno

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Madrugar muchísimo en los solsticios con un deseo perentorio de luz y abandonar aún de noche las calles vacías de tu ciudad atravesadas por grupos de borrachos que esperan la dádiva del amor. Qué gran cosa es despedir el año haciendo kilómetros de carretera a través de paisajes benévolos hasta llegar a esa ciudad en la que uno nunca ha estado.

Todavía con los andrajos del sueño en los ojos romper los círculos de polígonos industriales, líneas de ferrocarril, estaciones, fábricas y bloques de viviendas que protegen el viejo corazón de la ciudad y arrebatarle sus secretos, acechar la sustancia del tiempo en los juegos de la luz sobre callejas, muros y tejados, el tono tan particular de otra posible vida, de otras posibles dulzuras y tediosas tardes en sus aceras y tras ventanas y visillos, pues no hay dos ciudades iguales. Ver estuarios, puertos y puentes, ríos y arenales donde se pudren las algas, policías a caballo por las playas, gaviotas y gabarras, puertos y mercados, comer bajo un sol cordial los alimentos que esa tierra da, de la manera en que allí es costumbre, escuchar a tu alrededor las amables inflexiones que adopta la lengua familiar, esa música del alma.

Recorrer luego, saciado y ebrio, la trama de sus misterios, templos, palacetes, plazas y parques públicos —los hombres llenan las ciudades de réplicas civiles del paraíso, los jardineros, ejército admirable de hombres justos, dan forma a sus setos, podan sus viejos árboles y siembran la tierra de rosas, palmeras y limones—  mientras las campanas convocan la tarde que opera su magia en una placidez ensimismada de gorriones, niños y lavanda. Tras los heroísmos panorámicos del atardecer las muchachas y los gatos desaparecen en los viejos portales que guardan patios ajedrezados en sombra y cuando las estrellas se despliegan uno siente que en definitiva todo eso estaba a ti destinado y que de un modo especial ya te pertenece y que, con todo, el mundo es bueno y merece perdurar.

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Stille Nacht

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Frank Borman, James Lovell y William Anders, los tripulantes de la expedición Apolo 8, pasaron la Nochebuena de 1968 dando vueltas alrededor de la luna, el astro de amistosos silencios de Virgilio, Diana cazadora y los lobos, el primer misterio de la niñez, que aparece en nuestros sueños y también en los versos de malos poetas y que Borman describiría bellamente como «a vast, lonely, forbidding expanse of nothing».

Ellos rompieron amarras por primera vez con nuestra casa natal, con ese pequeño planeta ―separado apenas por un tenue manto gaseoso de los espantos del helado vacío y de radiaciones que harían hervir nuestra sangre― donde un azar benévolo y acaso único propició el nacimiento de la vida, el momento inaugural del proceso por el que la materia llega a conocerse a sí misma.

La víspera de la Navidad, cuando se disponían a cumplir la novena órbita lunar, antes de desaparecer detrás del satélite y perder la comunicación con la Tierra, los tripulantes se dirigieron a la humanidad (por una vez esa palabra excesiva no resultaba enfática) en una transmisión televisiva donde leyeron los primeros versículos del Libro del Génesis. Un par de años después Madalyn Murray O’Hair, atea y activista, demandó a la NASA por el uso de simbología religiosa.

Los imagino tras el apagón radiofónico, enfrentados durante una hora escasa a la cara oculta de ese astro muerto que los ojos humanos veían por primera vez. Protegidos de la destrucción por un leve, fragilísimo caparazón, conscientes de que cualquier pequeño error al navegar ―sabemos que Lovell hizo en ocasiones uso de un sextante― podría hacer que sus cuerpos orbitaran alrededor de la luna o se perdieran en las inimaginables profundidades del espacio hasta el fin de los tiempos.

¡Qué desamparo! Tras leer las viejas palabras del mito, ¿sintieron la presencia abrumadora de ese dios que sintiéndose solo creó un mundo para su recreo o acaso comprendieron que su presencia heroica en un lugar prohibido para el hombre asestaba el golpe de gracia definitivo al relojero de los planetas?

Con cuánto alivio recibirían la aparición sobre los mares lunares de la superficie azul de nuestro hogar, donde muchos insomnes pensaban en ellos y tres esposas escrutarían el cielo en esa noche buena (qué simple y bella etimología) en que la guerra por unas horas deja de ejercer su ley porque se celebra un nacimiento que es todos los nacimientos, la entrada en el ser, el mayor de los misterios. Esa patria fragante de bosques, olas y pájaros, de volcanes y grandes vientos, el lugar de Treblinka, Bach y el Dante, donde toda infamia y todo espanto, toda bondad y toda belleza tienen su asiento.

Los tres siguen vivos. Son ya muy ancianos.

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Loving Pla

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Cuando era más niñato que ahora y con la desenvoltura que dan el prejuicio y la ignorancia, consideraba a Josep Pla un gañán reticente y sentencioso, dado a fumar tabaco de hebra y a perorar sobre la frescura del salmonete. Gran error, porque esa figura de payés socarrón, epicúreo y antirretórico fue una de las máscaras ―como la del pequeño burgués sensual, prosaico― tras la que se escondió un espíritu tan pudoroso como refinado, un gigante. Su deliberada ironía de aldeano, su regodeo en una aurea mediocritas hecha de trivialidades de casino comarcal son en él una provocación y un refugio y uno de los rasgos que pueden echar para atrás al lector del siglo XXI. Del mismo modo que rechazó una vida de acción o las turbulencias de la pasión, del mismo modo que tras una juventud viajera decide esconderse en los abismos de la provincia interior, Pla opta por negarse a toda forma de sentimentalismo o énfasis, empezando por borrase a sí mismo hasta devenir observador puro, el memorialista por excelencia.

Pla es lo que los anglosajones denominan un acquired taste, no es autor para todas las sensibilidades y, si me apuran, diría que el gusto por sus textos es una alarmante señal de que se dejó atrás la juventud. Que nadie espere encontrar en sus páginas historias “que enganchen”, ni las seducciones de lo excepcional, ni malditismo alguno. Él es un escéptico, un conservador en la tradición de los grandes autores reaccionarios. Su mundo es la tranquila, irónica disección de lo humilde y lo pasajero, el dulce hábito del desencanto, que es una forma de felicidad. Su obra extensa, inagotable, no es otra cosa que un prodigioso dispositivo verbal destinado a reconstruir los misterios del instante, a la redención del tiempo.

Pla ve, oye, percibe como nadie. Poseedor de una vasta cultura de la que muy raras veces alardea, lector de The New Yorker o Le Monde, Pla sabe además de todo lo esencial: conoce todos los vientos, todos los pájaros, todos los frutos terrestres, las fiestas del país, los hábitos del campesino, del pescador, del artesano y del sol, las tiernas minucias de un viejo mundo que desaparece ante sus ojos tras los espantos bélicos del siglo. No se cansa jamás ―ni nos cansa― de levantar ante nuestros ojos asombrados, con una delicadeza, una intensidad sensorial y un grado de detalle alucinatorios, vastos paisajes y tramas de olores, de grandes lentitudes, de ilimitados matices de la luz. La eternidad en los misterios del alumbrado nocturno, el silencio de las habitaciones y el apacible tedio rural. Una mitología que necesariamente resultará atroz a los entusiastas del postureo.

Josep Pla es uno de los secretos mejor guardados de nuestra literatura (no veo por qué no habría de considerar nuestra la literatura catalana), es nuestro Montaigne, nuestro gran escritor taoísta. Al lado de su escritura todos los que lo intentamos somos unos bárbaros balbucientes, unos cursis, unos mediocres. Tal es su virtud.

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Melancolía y misterio de Almuradiel

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Anoche soñé que volvía a Casa Marcos. Durante años los autobuses de línea que comunicaban Granada con Madrid hacían una pausa de media hora en un establecimiento a las afueras de Almuradiel, pequeña localidad de Ciudad Real. Situado apenas a unos kilómetros del truculento paisaje transilvano de Despeñaperros, límite entre Andalucía y Castilla, la llegada a la explanada que hacía las veces de parking, anunciada por la brusca megafonía del vehículo, era como doblar el Cabo de Hornos del viaje.

No conduzco, así que durante toda una vida me he trasladado a Madrid en autobús. Viajaba a Madrid cuando era muy joven, ávido de explorar sus vastas extensiones capitalinas y sus laberintos, deslumbrado por aquella mezcla de miseria valleinclanesca y esplendor ministerial. Los años del descubrimiento de sus mitologías nocturnas, un festín de museos,  conciertos y películas en versión original a la medida de un insaciable apetito. Luego llegó el tiempo en que Madrid fue para mí un lugar de trabajo y hasta un hogar. En sus calles me enamoré, me emborraché, gané mucho dinero y alimenté vanos sueños de éxito y reconocimiento. Daba igual, el tránsito de los confortables placeres provincianos al fervor de la metrópoli incluía invariablemente—como una descompresión—  una pausa obligatoria en ese no lugar.

Las calles de Almuradiel, incluso de día, aparecían siempre despojadas de toda presencia humana, como en un De Chirico, pero son las paradas nocturnas las que quiero recordar aquí. A esas horas el lugar adquiría una ominosa densidad metafísica. Los viajeros, en un torpor en el que todavía se desprendían de un sueño incómodo, salían por las puertas del autobús, el paso vacilante, con un fatalismo y un estupor inerme de víctimas. Opositores, emigrantes, novios, gente que iba a Madrid a correrse una juerga, a ver a su amante o a hacer sus modestos negocios, arrancados de la trama de afectos y costumbres que conformaban sus días, fumaban cigarrillos sin placer en la oscuridad del exterior, observando con aprensión la silueta de un asilo cercano, donde a esas horas dormían ancianos demenciados con la memoria devastada, en un deplorable último acto. Otros entraban en la cafetería: allí, igualados todos por la luz estéril consumían insípidas colaciones o evacuaban fluidos en unos aseos que olían a orina y a fresa sintética.

He sido testigo generación tras generación de cómo actores, escritores, directores de cine, compañeros míos, venidos de todos los rincones de España a comerse el mundo, han acabado consiguiéndolo, conquistando  esa ciudad que alguna vez fue para ellos una seductora desconocida. No puedo evitar pensar que es como si yo me hubiera quedado para siempre varado en Casa Marcos, en ese lugar sin historia, puro presente, viendo envejecer a sus inexpresivos camareros.

Hace años que los autobuses ya no paran allí y no es improbable que haya cerrado, alguna vez he pensado en la presente existencia fantasmal de ese lugar que nunca volveré a ver. Pero anoche regresé en sueños. Todo seguía igual. Reconocí las caras semiborradas de los camareros que me daban la bienvenida y sentí piedad por ellos. Entendía su cansancio. Sentado en una mesa, sin remordimientos y sin esperanzas, tomé una bebida humeante. En una pantalla de televisión en la esquina se sucedían escenas inarticuladas, rostros y lugares que alguna vez conocí y que había olvidado. Ya no significaban nada. Luego salí fuera, era de noche y las estrellas giraban lentamente sobre todos nosotros. Y hacía frío.

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