Del amor a las plantas

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Hace miles de años el animal aterido que éramos, tan distinto de nosotros pero que aún nos mira desde el fondo de los ojos ante el espejo, descubrió que de una semilla caída en la tierra brotaba una planta. Ese conocimiento nos cambiaría para siempre. La siembra y la germinación son una metáfora de larguísimo alcance, el hombre siente la íntima afinidad con el instante de la cópula. La agricultura nos introdujo en el mundo de los ciclos y las medidas; de sus abundancias o sus pérdidas, vinculadas al movimiento de los astros, dependía la vida. Lo sagrado saturaba cada uno de sus procesos.

Modificamos el paisaje roturando tierras, delimitando un orden visible en lo hasta entonces indeterminado. Primero celebramos nuestras nupcias con esa tierra a la que nuestras cenizas retornarán y luego procedimos a someterla.

Las más antiguas palabras las nombran. Poco a poco descubrimos sus usos medicinales, sus prodigiosas capacidades para modificar el ánimo y mitigar el dolor. La gracia musical de sus formas puebla la piedra de las catedrales, las telas de los vestidos, pinturas y novelas. A lo largo de los siglos, en bibliotecas monacales y gabinetes, los sabios las clasifican y las dibujan, grandes expediciones transportan sus promesas de fecundidad en el seno de las bodegas de veleros, a merced de las olas. El poder funda arboledas y jardines públicos donde se lleva a los niños los domingos y las parejas jóvenes sin dinero acuden, porque allí flota un eros benevolente, civil. En los jardines apetece besarse. Orbitando en torno a nuestro planeta, en tubos de ensayo atravesados por los rayos cósmicos, intentamos conocer los límites de su resistencia.

Pero a mí me conmueve en especial esa costumbre inmemorial de bendecir la más modesta de las viviendas con plantas contenidas en pequeñas vasijas de barro. Las macetas, embajadores nobilísimos del reino vegetal, recuerdos de la libre infancia de la especie. Se contentan con tan poco, la luz y el agua les bastan para hermosear nuestras guaridas. En las calles de los pueblos se derraman sobre el blanco de los muros por espíritu de emulación, como una bella forma de vanidad. ¿Habéis visto cómo en el más triste de los edificios, en el más olvidado de los paisajes suburbanos puede encontrarse un espacio donde alguien ha dispuesto sus macetas? Suelen ser mujeres, sencillas mujeres sin nombre que conocen lo que a cada una de sus plantas conviene y les dan cuanto basta. Su pujanza las alegra, su hermosura es su orgullo. Ignoran la secreta importancia de su labor callada. Cuando pases junto a un balcón o una fachada y veas unas humildes macetas, admírate y celebra, porque en cada uno de esos lugares alguien armado de una común regadera renueva una antigua alianza con el mundo.

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Joseph-Marie Vien (1716 – 1809)

El archivero japonés

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Nos ocurre cada vez con más frecuencia. En mitad de la conversación olvidamos un dato, el nombre de una persona o el título de una obra. A la rabia de no poder rematar el argumento se suma la angustia ante la disminución de las facultades. Tras bracear inútilmente en lucha contra nuestro cerebro damos por perdido el caso. Horas más tarde, absortos en otra tarea, pelando una manzana o fregando los platos, el dato emerge ―no se me ocurre imagen más justa― a la superficie de nuestro pensamiento. A esta misteriosa, febril actividad inconsciente, un amigo la bautizó como “el archivero japonés”.

A todos se nos ha adjudicado uno, fiel, riguroso, educadísimo, desde el momento en que nacemos. Al principio el archivero japonés cumple con entusiasmo su labor en las vastas galerías del recuerdo recién pintadas, entre altísimas hileras de estanterías vacías. Con cuánto esmero va clasificando las primeras impresiones: la voz de la madre y del mar, el canto de un pájaro, el sabor de las naranjas y el perfume de las flores nocturnas, el misterio de la luz sobre las cosas, los crudos olores del cuerpo. Pasan los años, el archivero guarda rostros queridos y agravios, el dolor y la desesperación, demostraciones matemáticas, fechas de batallas, aniversarios, chistes memorables, números de teléfono, las faltas que nos avergüenzan. Compasivo, encierra a veces bajo siete llaves los recuerdos más problemáticos, hasta que algún psicoanalista los saca desconsideradamente a la luz. El archivero japonés detesta a los psicoanalistas, ladrones con efracción.

Cuando cae la noche y dormimos, la luna desata unos vendavales tremendos que revolean todos los recuerdos y los mezclan locamente. El archivero japonés corre tras ellos por los laberintos de la memoria ―de ahí los rápidos movimientos de las pupilas en la fase REM― para que al día siguiente todo esté en su sitio. El archivero japonés no descansa y nunca se queja, porque encuentra la felicidad en el cumplimiento exacto de su deber.

No lo tratamos bien. Utilizamos dispositivos externos para no recurrir a él, lo intoxicamos con venenos durante décadas de mala vida. Él querría que todo fuera limpio y ordenado como un jardín zen, pero los datos y las imágenes se amontonan y se embrollan. Su testimonio ya no nos parece fiable, hasta le pillamos en alguna mentira. También él se cansa, a veces no encuentra las cosas, se pierde por los pasillos, fatiga las estanterías y olvida qué venía a buscar. Se siente envejecer, blasfema en haikus.

Y hablo de él porque el alzheimer hace años que arrasó con el último jirón de recuerdo de mi madre, hasta aquel que nunca reveló a nadie y que tanto daría yo ahora por conocer de sus labios. Antes imaginaba la soledad de su archivero, definitivamente inútil, arrastrando los pies por esos corredores ahora silenciosos donde se acumula el polvo, los ventanales cegados. Ahora me gusta creer, quiero creer, que lo que fue mi madre ha descendido a esas galerías como una pequeña niña y que se ha reunido con él, que ambos juegan con todos los recuerdos de su vida, tan vivos, tan luminosos como la primera vez, combinándolos a su antojo de mil formas diferentes, en un juego que no tiene fin, porque en el interior de la mente el tiempo no puede ejercer su tiranía.

(Nota. Lo de “archivero japonés” es un feliz hallazgo del batería de jazz Carlos González, tal y como me refiere mi amigo Arturo Cid).

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Un gilipollas

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Duerme, duerme aún con esa paz y ese temblorcillo de los gilipollas cuando los primeros rayos del sol, que también sale para los gilipollas, entran en su dormitorio de gilipollas. El gilipollas abre los ojos, bosteza y estira los brazos y ve que el mundo es bueno. En el baño hace caquita, se pesa en la báscula y en la ducha se enjabona el orto. Luego se afeita su carita tersa de gilipollas. Al gilipollas le complace ver su expresión de gilipollas en el espejo. Pasan los años y el tiempo le desgasta, pero su mirada clara de gilipollas sigue siendo la misma de cuando era un pequeño gilipollas al que quería mucho su mamá. Su esposa y sus hijos todavía duermen, necesitan descansar de la agotadora convivencia con un gilipollas, aunque a veces el gilipollas se les aparece en sueños. Luego se prepara un café y unas tostaditas y desayuna solo, como un gilipollas. Empieza el día.

El gilipollas coge su coche y alivia la tensión de los atascos escuchando en la radio a una serie de tertulianos gilipollas que le complacen y edifican porque tienen las mismas ideas de gilipollas que él respecto a las desdichas que afligen a este país de gilipollas. En el trabajo se relaciona con otros gilipollas, zanganea, malmete, difunde chismes. El gilipollas no entiende bien lo que le dicen o lo que lee, pero no lo sabe porque para eso es gilipollas. El gilipollas entra a escondidas en las redes sociales donde pontifica como un gilipollas y sus lugares comunes de gilipollas argumentados falazmente con el aplomo y la mala fe que solo un gilipollas puede permitirse son calurosamente aplaudidos por otros usuarios no menos gilipollas. El gilipollas hace chistes de gilipollas en el office mientras se toma un café para impresionar a una compañera de trabajo. Al gilipollas el café le provoca acidez.

A lo largo del día el gilipollas ha negado ayuda a gente que lo necesitaba y lo merecía, ha obstaculizado ideas excelentes y ha promovido a perfectos gilipollas. Muchas personas a las que desconoce se verán desalentadas o directamente jodidas por las decisiones que ha tomado como un gilipollas. El gilipollas arruina vidas y siembra las semillas de futuras catástrofes. Lo hace en parte por dejadez, en parte por aparentar que tiene ideas propias y en parte porque no puede dejar de ser un gilipollas pues tal es la condición del gilipollas. El gilipollas no descansa, forma parte de su ser de gilipollas una hiperactividad constante, porque el gilipollas no puede estarse quieto, al gilipollas el silencio le hace sentir un vértigo inmenso. Un vértigo de gilipollas.

Regresa a su casa calentita de gilipollas con la satisfacción de haber hecho el gilipollas todo cuanto es posible. Besa a sus hijos y les dice cuatro gilipolleces para que sepan de qué va la vida. Después de cenar ve con su mujer una serie gilipollas en la televisión y cuando les entra el sueñecillo se van a la cama. El olor de la crema de noche de su mujer le hace recordar con melancolía su juventud. La acaricia y tienen sexo con penetración. El gilipollas se duerme tan tranquilo, pensando en la poesía de las pequeñas cosas. Su mujer no duerme preguntándose por qué eligió de entre todos los hombres a aquel gilipollas y dios, pegado al techo con velcro ―el interior de su noble cabeza rebosante de estrellas― vela por el gilipollas como vela por ti y por este gilipollas que os escribe y por todos los gilipollas de este mundo fatigado.

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Sana, sana, culito de rana

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Estamos hechos con los residuos de catástrofes cósmicas y lanzados al tiempo, que es mudanza, que es pérdida y es dolor. Condición necesaria de la existencia, nos visita en el mismo momento en que nos abrimos al ser. El instante del nacimiento es un acto violentísimo, hecho de luz y angustia.

Los niños conocen pronto el dolor y por lo mismo conocen el sencillo asombro de la curación, esa inversión del orden fatal de las cosas. Nos desollamos las rodillas cayendo al suelo en un momento de libre y feliz abandono, la realidad nos recuerda su dominio, el límite de nuestros deseos. Tras el llanto y el consuelo de la voz de la madre se nos administran sustancias que escuecen y queman, pasan los días, la herida ya no duele y donde antes palpitaba la carne vulnerada aparece la costra, emblema de la infancia, que al fin termina por caer (si no es antes neuróticamente arrancada) y la rodilla recupera su aspecto original. Acaso el rosa pálido de una cicatriz. Asumimos el tranquilo prodigio como una ley benévola que regirá en lo sucesivo el mundo, restaurando siempre el orden.

Y así, aunque todo conspira para aniquilarnos, el tiempo y fantásticas drogas hacen que la fiebre desaparezca, los huesos se suelden, los órganos vuelvan a funcionar, el recuerdo del desgarro amoroso ya no nos aflija. La confianza en esas sucesivas victorias contra lo irreversible nos permite seguir viviendo.

Pero el tiempo que nos hizo nos disgrega y ya esa magia empieza a perder su virtud, las dolencias se hacen crónicas, las heridas del alma ya no se restañan, la virtud de las drogas disminuye.

El viejo, cansado y enfermo Beethoven escribió una de sus páginas más conmovedoras con el tercer movimiento de su Cuarteto en La menor Op.132, un adagio que bautizó como «Canción de agradecimiento de un convaleciente a la Divinidad». Sabía de lo que hablaba. Llega un momento en nuestro camino en que la sanación ya no es desembarazarse de una molestia, es una gracia concedida, un aplazamiento del instante de abandonar el escenario. Los modestos incordios de la enfermedad nos recuerdan todas las posibilidades de alegría que atesora nuestra pequeña, fragilísima vida, nos interpelan, nos hablan del deber de no malgastarnos en la fácil queja, en la ambición mezquina, en la insensata comedia de la lucha política. No ensuciemos nuestras horas ya escasas con vileza y necedad, hay veneros de luz escondidos en el tráfago común de los días, solo tenemos que abrir bien los ojos, en el insolente atrevimiento de intentar vivir como si fuéramos dioses sin recuerdos, como si fuéramos niños.

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El vocalista levantino

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La historia de la música es inseparable de los avances tecnológicos. El clarinete, evolución sofisticada del rústico chalumeau, abre con el pianoforte las puertas de la futura sensibilidad romántica, la duración del LP expande ―lo que no siempre ha sido una suerte― la libertad expresiva del jazz, el moog carga sobre sus circuitos con lo peor del rock progresivo y los avances en microfonía hicieron que cantantes como Bing Crosby sustituyeran la proyección operística de los antiguos intérpretes por el susurro confidencial del crooner, que te cantaba al oído en el mismo salón de tu casa desde el aparato de radio, permitiendo que en un futuro el indie español abundara en vocalistas que hacen que las viejas devotas de voz pálida que aburren a dios en las iglesias parezcan Freddie Mercury.

En los años setenta una serie de cantantes levantinos remontan río arriba la historia a base de varoniles chorros de voz y rotundos nombres artísticos: Nino Bravo, Juan Bau, Juan Camacho, Camilo Sesto, Jaime Morey. No debemos dejarnos engañar por la moda atroz del momento, a pesar de su aspecto de proxenetas estos héroes canoros eran buenos chicos de origen obrero, con algo de esos honrados galanes de zarzuela que curraban en talleres y querían a sus madres. En un país que dejaba atrás los encantos de lo yeyé y que flirteaba con el pullover apretao de barbados cantautores, el gusto popular abraza al vocalista levantino, que introduce un pathos reciamente heteropatriarcal, fálico, tronante.

Un asalto frontal al sistema hormonal de las mujeres de la España de entonces, modernas pero dentro de un orden. Cuando nuestras castas madres exclamaban «¡qué vozarrón!» reconocían implícitamente que algo se removía en su interior, algo inconfesable. Uno imagina al cantante sobradísimo sobre el escenario, intercambiando miradas intensas ―los ojos entrecerrados― con alguna joven en las primeras filas que de día trabaja en una planta envasadora de pimientos morrones, haciendo temblar sus tímpanos, con esa actitud de mira, mira, sin manos, ese pelazo, ese sabio manejo del micrófono con cable ―un arte, ay, perdido―, esos mocasines, esos pantalones de pata de elefante. Letras desproporcionadamente épicas, cercos de sudor en los sobacos y una mortal seriedad sin una puta sonrisa, porque la canción melódica levantina era al entertainment como el ciclismo al deporte, algo más próximo a los graves esfuerzos del currante. Y sin embargo en las erupciones volcánicas de aquellas laringes robustas había un recio erotismo de Agua Brava, coñá en el mueble bar, cigarrillos mentolados, peludas alfombras dacha, laca, esperma y cuadros op-art en el dormitorio.

Cuántas operaciones de especulación inmobiliaria no se firmaron bajo los acordes emocionantes de estas intensas baladas, cuántas cartas de soldados a sus novias no inspiraron, cuántos españoles no serían engendrados bajo su hechizo en apartamentos en Peñíscola, casas relimpias de barriada, paradores de turismo, hoteles de mala muerte y traseras de Renault 4.

Pero todo toca a su fin. Tras algún epígono ochentero como Francisco, se extinguieron como Roma y los dinosaurios. La carretera mato a muchos de ellos ―la maldición del vocalista levantino―, la música disco, la afonía italiana y la movidita acabaron con el resto. Su memoria solo pervive en los karaokes de las áreas metropolitanas.

Nuestro cine no ha hecho aún una película sobre su leyenda, sobre su grandeza achampañada. Una mirada feroz y compasiva que rescate del olvido sus conciertos en discotecas de pueblo, sus sórdidos managers, los ríos de magno con pepsi que bebieron, el vello erizado de los brazos de sus prometidas cuando les cantaban a grito pelao en el coche, apretando el acelerador, su chalet y su piscina ganados con tantos bolos, sus sofás blancos de piel, sus bodas y las primeras comuniones de sus niñas, las paellas de los domingos y la melancolía final entre fotos enmarcadas en que acabaron sus días. Se lo debemos y nos lo debemos, caramba.

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Últimas tardes con 2019

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Qué levedad la de estos días finales del año. Las horas se escurren como los últimos granos en el cuello del reloj de arena o el agua en el vértigo final del sumidero. Tiempo de descuento, tiempo regalado, soltado al aire como una bandada de pájaros asustados. Llevo un par de años quemando esos instantes huidizos ante el mar, luminoso, elocuente, viejo y niño, siempre igual a sí mismo, que te habla de eternidad y cambio, de su permanencia y tu transitoriedad. Siempre me hace bien. En esta ocasión un perro muy joven corre cerca de mí, dando saltos como un locuelo por la gran extensión de la playa, feliz y empequeñecido, mientras las olas borran mis pisadas. En otro tiempo hubiera hecho en la arena un dibujo obsceno, para que luego digan que no se madura.

Luego retener el tiempo o ponerlo en fuga, no lo sé aún, dándose al vino y a alimentos magníficos, al humor negro y a la amistad por las calles de una muy vieja ciudad del sur, blanca y azul, azotada por el viento del Atlántico, olvidando los turbios, disparatados acontecimientos políticos que hemos merecido. Hacer densa la sustancia de esas horas, rescatarlas, darles sentido. Como ahora mismo, con la primera luz del último día asomando entre pinsapos y palmeras, escribiendo esta enésima reflexión de 31 de diciembre para decir lo mismo de siempre. Gratitud por lo recibido, constatar una pérdida.  Pronto los primeros días inciertos de otro año, esa escansión, esa baliza ilusoria en el continuo del devenir. Días que uno quiere como se quiere a los animales pequeños, inexpertos aún, con esa tierna torpeza de algo que comienza. El deseo paradójico de que rebose de tantas cosas buenas que duela más decirle adiós, confiando en que uno no sea indigno del don de seguir aquí,  que la desgracia mire hacia otro lado y que no deje un solo instante de asombrarme, de amar todo aquello que se nos da de suyo.

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Ambrogio Lorenzetti

La Navidad será silenciosa o no será

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Todo lo gastamos, especialmente lo que más queremos. Abogados, canciones del verano, revistas, malos poetas, hiperrealidad televisiva y nuevas formas del viejo puritanismo se encargan sin descanso de trivializar y despojar de sentido los misterios del amor. Del mismo modo hemos transformado la navidad en un delirio colectivo, grotescamente amplificado, agotador. Juegos de azar, felices golpes de fortuna, crustáceas fraternidades laborales, historias edificantes, luminotecnia y alcohol, kitsch y grandes oportunidades de negocio. Un fenómeno de tales características, donde una desaforada sentimentalidad y cantidades abrumadoras de dinero son puestas en circulación en un éxtasis unánime, preceptivo, necesariamente ha de suscitar el rechazo del moralista.

Cómo poder recuperar lo esencial, lo que nos hablaban las palabras de la vieja fábula. La potencia inmensa del mito. La Navidad se construye sobre antiquísimas festividades solares, presentes en tantas culturas ―el solsticio, el instante que abre las puertas del invierno, pero en el que ya los días empiezan a ser más largos que las noches, la promesa de la vida en el mismo corazón de la muerte― pero añade varias capas de significado. A un hombre y una mujer que no son nada, unos de tantos cuyos nombres son olvidados, les sorprende la noche y el trance del parto en mitad de un áspero, forzoso viaje para cumplir las exigencias arbitrarias de unas fuerzas de ocupación. El niño que nace al calor animal de las bestias domésticas resulta ser una divinidad que decide experimentar la dulzura, el goce y la angustia de nuestra condición mortal, el dolor y la certeza de la extinción. Un niño dios que mea, caga y llora desconsolado bajo las frías estrellas de una tierra inclemente. El complejo legendario incluye cómo un ángel anuncia el prodigio a unos pastores, el más antiguo de los oficios, que acudirán a rendir un tranquilo, asombrado homenaje, incluye tres reyes sabios que vienen desde tierras incógnitas de Oriente siguiendo un cometa y una posterior huida a Egipto para salvar al niño de los delirios de un tirano.

Hay un hombre sencillo, decente como la mayoría de los hombres, que hace con sus manos mesas y bancos y arcones, que nos conmueve porque siempre queda un poco excluido de ese núcleo incandescente de la mirada absorta entre madre e hijo. Hay la exaltación de los últimos, la esperanza de que los pobres heredarán la tierra, el fervor que alimentó la lucha de esa izquierda que ahora desprecia estos días y con un esnobismo insufrible prefiere decir solsticio antes que mencionar la palabra Navidad, que grandes rebeldes como Rimbaud o François Villon pronunciaron con el respeto debido.

La Navidad es, también y ante todo, la fiesta de los niños. Celebramos un nacimiento, no es de extrañar que todo cuanto la rodea esté tocado de la delicada ternura de los seres vivos con sus crías. Algo de una luminosa sencillez se esconde en las cadencias de la música que el barroco empleaba para conmemorarla y que evoca la melancolía hipnótica de la nana, algo que está en los dulces y los regalos, en el uso de adornos de luz y color para asombro de los ojos infantiles, que se encuentran con que todo lo habitual ofrece un aspecto desacostumbrado. No nos rendimos, esperamos recuperar aquella Navidad transfigurada del niño que fuimos, buscamos el reencantamiento del mundo y aguantamos decepción tras decepción.

A veces sucede el temblor. En una comida de Navidad lejos de casa con desconocidos (y esa mesa es una patria), en las grandes treguas de la guerra, ante las tristes guirnaldas de los pasillos de guardia en los hospitales donde esa noche algunos morirán, en alguien que camina solo por las calles vacías esa noche y la visión de una ventana encendida le sosiega, en el marino que en alta mar come y bebe con sus compañeros.

No podemos permitir que el ruido se lo lleve. Lejos de toda cursilería, de todo énfasis inútil, necesitamos un instante de silencio, quedarnos a solas con esas pocas, simples verdades esenciales: que el mismo invierno alguna vez tocará a su fin, que los niños nos salvan, que a pesar de la injusticia y el espanto todavía hay fabulosas reservas de bondad en el corazón de los hombres, que los olvidados perdurarán.

Adoración de los pastores

Full Fathom Five

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«Full fathom five thy father lies;
Of his bones are coral made;
Those are pearls that were his eyes;
Nothing of him that doth fade,
But doth suffer a sea-change
Into something rich and strange.
Sea-nymphs hourly ring his knell:
Ding-dong.
Hark! now I hear them — Ding-dong, bell».

WILLIAM SHAKESPEARE. The Tempest. Acto I. Escena II.

Según una bienintencionada frase hecha, no carente de perspicacia poética, estamos hechos de la materia de las estrellas. Cuando toca marcharse del mundo al que hemos sido arrojados, algo de nosotros permanece en forma de residuo. Polvo al polvo. Formaremos parte de la tierra densa y fragante de los campos, de las partículas que bailan suspendidas en un éxtasis de luz ante la ventana del aula donde un niño, de buena mañana, se aburre y fantasea con su futuro. Fruto de su inquietud tiene nuestra especie una característica singular, nuestros restos también pueblan los fondos marinos, entre estrellas de mar, caracolas y osamentas de ballenas.

Siempre me han impresionado los testimonios de los testigos del gran terremoto de Lisboa en 1755, cuya impersonal violencia y sus cien mil muertos abren las puertas del ateísmo moderno. Las aguas del mar se retiraron y por unos instantes, antes del golpe definitivo, los ciudadanos pudieron ver los restos de viejos naufragios en el lecho del estuario. Pero hoy me gustaría hablar del destructor USS Johnston (DD-557), que se fue a pique el 25 de octubre de 1944 tras combatir con bravura en la Batalla de Samar. Le corresponde el triste privilegio de ser el pecio que duerme a mayor profundidad. 6.246 metros bajo el nivel del mar, la zona hadal, la zona del Hades, una tiniebla impenetrable donde no osan descender el calamar gigante ni los monstruosos peces abisales, una helada desolación donde apenas deambulan unos seres sacados de las pinturas de El Bosco, invariables desde hace millones de años, como rudimentarios atisbos del ser en la oscuridad de lo indiferenciado, donde nacen los peores miedos.

Pienso en los marineros que se quedaron dentro. Eran como aquellos joviales, un poco cargantes muchachos que veíamos en las películas de la época, vigorosos, saludables, con unas robustas nalgas marcadas por impolutos pantalones blancos. Ignorantes de su destino, también se aburrieron escuchando al profesor mientras miraban la danza del polvo sobre los rayos de luz, abrazaron a su perro, conocieron la dulzura de los campos de trigo, conocieron el torpe temblor de las primeras experiencias sexuales, se bañaron en los ríos a la sombra de los grandes, benévolos árboles, escucharon las palabras con que los arengó el teniente comandante Ernest Evans: «Este es un barco de guerra y voy a ir al peligro, el que no quiera ir, que se baje ahora mismo». Pienso en ellos, en su inmenso desamparo, en su inimaginable soledad, separados de todas las cosas excelentes del mundo hasta que la tierra deje de girar alrededor del sol. Pienso en sus viudas y sus novias, sus nuevos maridos y amantes, sus hijos, todos ellos turbados en las largas noches de insomnio o visitados en sueños por sus ciegos fantasmas submarinos.

Acordaos vosotros también de los buenos, valientes marineros que jamás volvieron a puerto, sus ojos vacantes vueltos hacia arriba, hacia la hermosa luz que los ignora y bajo la que ellos también se erguirán, unidos al resto de nosotros en esa conmovedora ficción de la resurrección de la carne al final de los tiempos.

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Vírgenes

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Me los he vuelto a cruzar. Aún quedan algunos. De vuelta a casa tras una noche malgastada —ellos y yo— en las calles. Muy jóvenes, aún estudiantes, en grupos de dos o tres, se retiran solos tras haber seguramente dilapidado su asignación semanal. A la distancia a la que estoy puedo oír sus ingenuas, últimas bromas. Intentan mantener el ánimo, fingir que todo ha ido bien, que se lo han pasado en grande, pero una vez más han salido en busca de amor y una vez más han regresado con las manos vacías.

Hay una diferencia, una exclusión no menos terminal que las de la cuna o el dinero. Es cuestión de un poco de suerte con la genética, haber entrado con buen pie en la adolescencia, desarrollar pronto determinadas estrategias y habilidades… O bien Venus te dispensará sus favores o formarás parte del proletariado sexual. Te toca a un lado o al otro. Michel Houellebecq, con su habitual perspicacia, intuyó muy pronto esa nueva división entre los seres humanos.

Pobres de vosotros, con vuestro aire desafortunado de seminarista, ese aspecto de haber sido vestidos por vuestras madres, un friquismo irremediable de estudiantes de ciencias a los que les gusta el rock progresivo o José Luis Perales. Hay en vuestras maneras una vacilante, ruda ineptitud, una ingenuidad bonachona. Huesos anchos y franqueza. Un presentimiento de piel cenicienta y blandura muscular y hasta un cruel principio  de calvicie. Vuestras abstinencias se miden por años. No moláis y no molaréis por toda la eternidad, definitivamente inactuales, sin gustos sofisticados, incapaces siquiera de entender esa exigente disciplina del matiz que te hace encajar en un mundo sexualmente competitivo.

Tipos que no valen ni la décima parte de lo que vosotros valéis, mediocres sinvergüenzas sin entrañas, romperán los corazones de las muchachas con su sobreactuada dureza, su barata pillería, su fraudulento aire adulto. Vosotros dormiréis esta y tantas noches borrachos y solos, soñando con todas las delicadas, bestiales dulzuras de un amor correspondido que se os niega.

No sabéis como os entiendo y como os quiero esta noche, mis semejantes, mis hermanos. Asistido por mis más bellos recuerdos, embriagado de piedad, brindo por el hambre de vuestra carne, por la quemadura del deseo en vuestros fofos corpachones, por vuestra almas que braman con la desesperación de ciervos inexpertos, por vuestro cansancio y vuestra árida soledad, por toda la ternura desperdiciada de vuestros corazones de hombres buenos, por vuestra mala suerte, porque el mundo es triste y merecíais otra cosa.

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Kenne Gregoire

 

 

The Irishman, reseña de urgencia

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Hasta cierto punto entiendo una saludable reacción a la contra en las redes sociales ante la unanimidad despertada por The Irishman, la última película de Martin Scorsese. Es difícil desprenderse de la desagradable sensación de que, tras invertir una cantidad desmesurada de dinero en el film, Netflix necesita convencernos de su grandeza, hacer de él un acontecimiento, rentabilizarlo. Algunos artículos sugieren que se trata de una película que hay que ver varias veces, joder, como si el mismo Rusell Bufalino hubiera deslizado un sobre con billetes en el cajón del articulista.

Las críticas, no obstante, suelen adolecer de una autocomplacencia de cliente puñetero, de niño mimado: es que yo a los diez minutos me quedé dormido (hace falta tenerlos de titanio, queridos), es que Al Pacino está pasado, es que no salen mujeres, es que la manipulación digital está muy mal hecha, es que es otra vez lo mismo que en Goodfellas, es que no se parece a Goodfellas, es que, es que… ignorando que Scorsese ha hecho la película que ha querido y ha sabido hacer no la que TÚ esperabas ver.

Tras meditar un par de días y revisarla de nuevo puedo asegurar que sí, que The Irishman es tan buena como aseguran. Admito que en mi juicio influye cuánto deseaba topar con un gran Scorsese tras años de obras, perdón, de productos (con excepciones que no corresponde tratar aquí) de una vistosa, exhibicionista oquedad. Scorsese parecía haberse quedado en realizador de videoclips.

The Irishman es una gran película porque habla de cosas importantes (la lealtad, el remordimiento, lo irreversible, la historia reciente de un país) y porque lo hace con autoridad. Decía Nietzsche que de ciertas cosas solo puede hablarse con grandeza, es decir, con inocencia y cinismo. Sabedor de la solidez del material suministrado por el guionista Steven Zaillian, Scorsese no tiene que recurrir a la pirotecnia y se puede permitir un trazo simple, despojado, (ya saben, el del Velázquez tardío, las sonatas de despedida de Beethoven o la poesía última de Rimbaud) que algún despistado cabronazo ha descrito como estética de telefilm. Nuestro locuaz director ya no tiene que demostrar nada a nadie, puede renunciar a muchos de sus estilemas y recuperar gozosamente otros. Es una gran película porque pasa desenvuelta de la gravedad al humor con un control impecable, porque está llena de elocuentes miradas y silencios, porque tiene un tramo final de esos en que el vacío parece hacerse a su alrededor, porque en cada escena no dejan de pasar cosas, cosas interesantísimas, porque no puedes apartar la mirada de unos actores que sin excepción (imposible no citar los cinco minutos de Marin Ireland como una de las hijas adultas del protagonista, que desmontan de un plumazo la acusación de que las mujeres carecen de peso alguno en ese universo) hacen una labor simplemente descomunal. Es una gran película porque es una despedida consciente de una mitología que el mismo director ha contribuido a crear, de todo el cine que el Scorsese espectador ha amado. Así que, querido hater, descúbrete y lávate la boca con jabón.

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