Irina, o la dulzura de las águilas

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En las películas de Disney no había águilas. Las águilas no resultan simpáticas. Símbolo celeste y solar, poderosa y cruel, cae sobre sus presas desde lo alto, como el rayo y las maldiciones. Patriarcal como ella sola, su figura coronaba los estandartes de las legiones romanas y durante siglos ha encarnado en blasones, banderas y etiquetas de bebidas alcohólicas la idea del imperio.

Un grupo de personas en Estonia, de las que nada conozco y que me gusta imaginar como una benévola organización secreta, ha tenido la ocurrencia de colocar una cámara en lo alto de un árbol, junto a un nido de águilas. La cámara emite en streaming las veinticuatro horas del día. Salvo en la breve noche hiperbórea podemos asomarnos a placer a esa inmóvil actividad de un nido, al vasto tiempo de las águilas.

Una amiga y yo seguimos esa misteriosa emisión desde hace un mes. Hemos bautizado al águila como Irina, nombre que nos pareció adecuado para una madre estonia. Irina se pasa todo el día sentada sobre tres huevos. Eso es todo. No es fácil saber qué siente, el águila es de suyo inexpresiva, a su lado nuestros gatos domésticos son como Louis de Funes.

Irina deja pasar las horas. Siempre el mismo paisaje detrás, lentamente construido y modificado por la luz. El rumor del viento entre los pinos, una gran variedad de pájaros escandalosísimos. Estonia, pueden imaginarse. A veces Irina se picotea bajo el ala o da unas cabezadas encantadoras. Otras soporta estoica la lluvia, se le rizan las plumas de la cabeza con el viento o entreabre el pico y saca la lengüecilla en un gesto sobre cuyo significado (¿cansancio?, ¿sed?) no nos hemos puesto de acuerdo. Le hemos cogido cariño. Nos mandamos información, nos contamos sus monerías con una disparatada ternura heráldica. Irina tiene sus días, en ocasiones nos inquietamos por su aire desmejorado.

Si uno tiene suerte puede sorprender el momento en que Irina se harta y empieza a proferir un chillido penetrante. Desde algún inconcreto punto lejano no tarda en aparecer un águila macho. Da un par de vueltas al nido y aterriza. Puede ocurrir que, aunque ya lo tenga al lado, Irina lo siga llamando. O le cuesta parar o le está diciendo algo, no sé. Este señor águila ocupa entonces, ceremonioso, el puesto de Irina, mientras ella se echa un vuelillo. Lo he visto realizar pequeñas labores de bricolage en el nido.

Hace apenas una semana que por fin los huevos se han abierto, con algún retraso el tercero, y todo ha tomado otro cariz. De película de Kiarostami la escena ha virado a un tono de comedia familiar. El marido de Irina aparece con unos salmones tremendos, que Irina va troceando y repartiendo entre los picos ansiosos, en cantidades que obstruirían las arterias de un hombre adulto. Lo siento niños, los pollos (aguilucho es una palabra horrenda, evoca organizaciones infantiles de pedagogía totalitaria) no son veganos y crecen a una velocidad inquietante. Da cierta grima. Eso nos recuerda que pronto la función se acercará a su fin. No sé cómo acaban estas cosas, imagino que sin énfasis. Llegará un momento no planeado, no meditado, que simplemente ocurre. Uno tras otro, en un solo gesto irrevocable, se irán marchado. La cámara seguirá sobre el nido vacío, pero ya no querremos mirar, será un espectáculo insoportable.

De momento permanece ahí, inconsciente de los ojos que la miran. Me pregunto cuántos nos asomamos a diario a su vida, por qué lo hacemos. Sin duda es un hermoso espectáculo, de una sencilla, rocosa pureza, que nos devuelve la transparencia del tiempo. Pero sospecho que hay algo más. Las cosas no son fáciles, el mundo se nos muestra a veces tan complicado y nosotros los humanos tan débiles, tan equivocados, tan ciegos. La contemplación de Irina nos permite por unos instantes experimentar aquello que fue privilegio de los dioses, la intimidad con el águila y el león, condición de un paraíso que queremos creer que alguna vez tuvimos y que algún día recuperaremos.

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Irina, a su bola.

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Rogamos apaguen sus receptores

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«HURRY UP PLEASE ITS TIME
HURRY UP PLEASE ITS TIME»
T.S. Eliot

 

Entre mis recuerdos más antiguos se cuentan algunas imágenes fugazmente vistas en una pantalla de televisión en blanco y negro y que me espantaron: una figura vestida de blanco avanzando desde el extremo de un pasillo a oscuras, un hombre joven con las cuencas de los ojos vacías y ensangrentadas, un desventurado corriendo en llamas por una selva del Vietnam. También alguna música siniestra que te afectaba de un modo insoportable. No es de extrañar que en las pesadillas la pantalla de televisión fuera una abertura a través de la que podía brotar un horror indecible.

Cuando yo era pequeño la televisión se interrumpía dos veces al día. Un par de horas por la tarde los días laborables, como una siesta tecnológica, y ya al final de la noche hasta el mediodía del día siguiente. Había algo siniestro en estos últimos instantes de emisión nocturna a los que el aflojamiento de las rutinas en el verano te permitía acceder. Una locutora de continuidad con un rostro anormalmente pálido, ceniciento, confinada en un espacio angosto, antinatural, un no lugar, con un fondo musical de una melancolía inaudita, anunciaba el fin de la programación. La idea de un fin es perturbadora para el niño. Después el himno nacional sobre el rostro carcomido de un anciano cubierto de medallas, con cientos de miles de muertos a sus espaldas, y unas banderas moviéndose con lentitud sobre un cielo sin vida. Y entonces hacía su aparición el ruido blanco. Un enjambre de frecuencias estocástico, indiferenciado, similar a la radiación de fondo de esos inimaginables instantes que siguieron al violento origen del universo y que la incluye. Uno no lo sabía entonces, claro, pero intuía que tras el fin empezaba un caos, una nada.  Se abría el imperio de la noche y sus terrores. Un sonido de celesta desgranaba una escala espaciosa de siete notas aisladas y su inversión. La escala se repetía tres veces y a continuación una voz grave de mujer, distinta a todas, de una frialdad intimidante, inhumana, te conminaba: 

La programación ha terminado, rogamos apaguen sus receptores.

Aquello sonaba a advertencia. Era como si te avisaran de que, caído un velo protector, el espanto de una realidad paralela, algo malvado, enloquecedor, ajeno a todo aquello que te resultaba familiar y seguro, algo carente de lógica o piedad podía aparecer en cualquier momento en la pantalla o entrar en el salón de tu casa. Y corrías a apagar la televisión antes de que fuera demasiado tarde.

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La oreja franquista

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La muy analógica orla universitaria constituye un pintoresco anacronismo en la época de Instagram o Snapchat. Decimonónica y pomposa, abundante en volutas, todo en ella tiene algo de decorado teatral, empezando por las fraudulentas mucetas de atrezo. Hemos visto muchas a lo largo de una vida; desde la nuestra, en la que un desconocido que se nos parece nos mira desde un pasado deprimente, hasta las que adornaban consultas de médicos y abogados.

Siempre me llamó la atención el aspecto que los estudiantes tenían en las antiguas orlas del desarrollismo, costaba imaginar que aquellas caras avejentadas correspondieran a jóvenes de apenas veinte años. Un aire decididamente casto, sénior, patriarcal. Los hombres se parecían invariablemente a Arias Navarro y las mujeres a Paloma Gómez Borrero. En especial siempre me llamaron la atención las orejas, poderosas orejas de soplillo cuya rica irrigación debía refrigerar no poco los duros veranos sin aire acondicionado, orejas hechas para escuchar largos discursos, acaso extendidas desde la infancia por tirones pedagógicos. Se diría que una enérgica batida podría hacer levitar al español medio en momentos de exaltación patriótica. Para mí esas orejas eran el franquismo, ya no hay orejas así.

Personas que no lo vivieron y, lo que es peor, personas que sí lo vivieron insisten en que vivimos en una especie de prolongación de aquel régimen que, como pocos, ha combinado lo malvado y lo ridículo. Y no es que el paisaje presente sea seductor. Existen grandes corrupciones y venalidades, reaparecen las viejas formas del miedo y se extiende la convicción de que conviene castigar muchísimo. Al tradicional halcón conservador, partidario de soluciones viriles y mano dura, le han salido por la izquierda curiosos compañeros de viaje prohibicionistas. Pero yo no veo las orejas.

La comparación del presente con el franquismo no deja de ser una hipérbole superficial y una pataleta, pero hablando en serio ¿podemos estar seguros de que no es posible un retorno del fervor totalitario?

A priori parece que no. Cuando se cae en lamentaciones del tipo ¿en qué mundo vivimos?, ¿cómo estamos educando a nuestros hijos?, evocando tiempos más humanos en los que reinaba la sencillez y la bonhomía, se tiende a olvidar que jóvenes educados en viejos valores, sentimentales, noblotes, idealistas, se evisceraron por millones en los campos de batalla de Europa a lo largo de un siglo espeluznante.

La melancolía de derechas deplora nuestro hedonismo, nuestra incapacidad para el sacrificio. La épica no es ya nuestro género, la música militar ya no nos hace latir el corazón. La melancolía de izquierdas nos escupe a la cara la vieja acusación sesentayochista: la apacible burguesía es aburrida, espiritualmente estéril, entregada a los goces del consumo, ignora la belleza convulsa y el riesgo. No creo que de las sociedades de este milenio pueda surgir nada parecido al fascismo, movimiento de malos estetas insomnes.

¿O quizá sí? Apagado el recuerdo de las feroces dictaduras del siglo pasado, nuevas generaciones han desarrollado una intolerancia patológica a la frustración de tener que vérselas con opiniones discrepantes (ese ridículo, sobreprotector concepto del safety room en los campus americanos). En la cultura popular se emplean tecnologías deslumbrantes y presupuestos fabulosos para narrar con mala caligrafía las hazañas de superhéroes, seres dotados de poderes ilimitados. La misma magia, la suspensión de las leyes de lo real por la fuerza del sentimiento está en el corazón de grandes sagas épicas y éxitos editoriales para niños y adolescentes. Creer que el mero deseo puede modificar inmediatamente la historia forma parte del zeitgeist y eso me inquieta un poco.

Porque los desastres no son inevitables pero a veces son imprevisibles. Pueden ocurrir inesperadas perturbaciones, anomalías, fruto del azar o manifestaciones de procesos que se llevan fraguando durante años sin ser percibidos sino por unos pocos aguafiestas. La civilizadísima Cataluña ha elegido a un residuo inexplicable de lo peor del siglo XIX como presidente. La hipertecnificación va a traer una progresiva depauperación del mercado laboral. Estamos aprendiendo a convivir con crueles estallidos de violencia aleatoria. Inseguridad, volatilidad de lo que creíamos permanente. Miedo, humanísimo miedo. En casos como estos es cuando en la historia se producen reacciones en cadena, búsqueda de refugio en ideologías salvíficas, funestos movimientos de acción y respuesta. Quizás no debamos dar por sentado el triunfo de lo justo y lo razonable.

Así que usemos nuestras pequeñas, delicadas, no franquistas orejas de humanos tardíos, sepamos reconocer el sonido inconfundible de la mentira, la mentira que apela a los sentimientos, a los más bajos y también a los más nobles. No toleremos la injusticia, pero huyamos de la rabia y el rencor, no idealicemos lo fallido ni culpemos al pasado de nuestras aflicciones presentes. No prestemos oídos a las voces farsantes de salvadores del mundo y vendedores de amaneceres, porque ellos nos abrirán la puerta de las pesadillas.

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Cruz de Mayo

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Supe que dejaba de ser joven cuando me desinteresé por completo del Día de la Cruz, jolgorio floral, alcohólico y caballista que cada 3 de mayo tiene lugar en la ciudad donde vivo.

Durante la primera adolescencia era otra cosa. Aquel era un día exaltante, podías volver muy tarde a casa, te iniciabas en las alegrías de la embriaguez (sin sombra de ese sentimiento de congoja de la resaca adulta), te zambullías en la multitud que desbordaba las calles del casco viejo de la ciudad, te perdías y meabas en sus laberintos y acababas con grupos de desconocidos en esa humanísima fraternidad entre extraños que la noche y las catástrofes procuran.

Un Día de la Cruz un grupo de amigos fondeamos en unas viejas, grandes bodegas. Tan viejas eran que un azulejo en la pared recordaba el paso por ellas, de Don Teófilo Gautier, ampuloso y definitivamente simpático yeyé decimonónico. No sé cómo llegamos a eso, pero a grito pelado mis amigos me levantaron en volandas y me pasearon un poco. Si lo recuerdo ahora tras años de olvido es porque sin yo saberlo mis padres, abstemios y educaditos, a los que todo desmelenamiento inspiraba horror, estaban en aquel momento en el local con unos amigos castizos. Reconocieron a su hijo en el chaval muerto de risa que unos gamberros revoleaban sobre sus cabezas, entre el olor a tabaco y a vinazo. A la mañana siguiente no hubo reproches, hubo una insensata felicidad. Deberían haberse entristecido y sin embargo sus ojos brillaban. Les había dado un alegrón.

¿Qué es lo que vieron?, ¿recuperaron un destello de aquel abandono, aquella gracia que tuvieron que perder para sacarnos adelante? O no, quizás me vieron como nunca me habían visto, ajeno a su mirada, librado a mí mismo, alguien que conocían y que era otro. De repente no veían un niño, creían ver un futuro.

Ya no están, frecuentan mis sueños. Tampoco las Bodegas Muñoz, ni un par de amigos que me acompañaban aquella noche. ¿Y yo?, ¿podría decir sin sentimentalismo que tengo algo que ver con ese niñato ebrio y virgen, que ríe e intenta mantener el equilibrio, sostenido por sus camaradas? Cómo te conozco, locuelo, majadero, qué harto estoy de tus dramas. Imagino que te encantará saber que aún bebo con los amigos y que a veces sigo sintiéndome arrastrado y de nuevo me dejo llevar entre el vértigo, la incredulidad, la carcajada.

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Pascua

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A ciertas alturas se puede renunciar sin grandes dramas a casi todo lo que uno consideraba importante. Al éxito, a los queridos vicios, incluso al amor y sus vértigos. No me escandalizo al imaginarme un futuro en el que me importe un bledo escribir. Y hasta leer, añadiría. Sin embargo, creo que jamás me cansaría de escuchar buenas historias que otros me cuenten. Con una razonable capacidad de síntesis, se entiende.

Llegan a nosotros en las barras de los bares, en mesas y camas, en viajes nocturnos, en las calles de ciudades desconocidas, cruzando puentes, en colas de edificios públicos, en bosques y habitaciones de hotel, ante fuegos encendidos o guarecidos de la lluvia bajo un alero. En la voz de desconocidos o de los labios de amigos que no habíamos terminado de conocer bien hasta aquella confidencia. Repetimos aquellas que nos han gustado o que nos han jaleado y vamos añadiendo nuevos detalles a lo largo de los años.

Viejos chascarrillos familiares, dichos y hechos de parientes excéntricos, vidas descomunales, calamitosas, grandes humoradas en el lecho de muerte, el vodevil amoroso, lances de viajes, escándalos y barbaridades, dulces ocurrencias de los hijos, malos encuentros, memorables chulerías, frases ingeniosísimas, socarronas o estoicas que justifican toda una vida, miedos de la infancia, decepciones, tiernas intimidades, recuerdos de jornadas felices, el placer arcaico de las coincidencias, las luminosas gamberradas de la juventud, actos de dignidad, coraje o compasión en tiempos atroces y que han perdurado

Descacharrantes, conmovedoras o siniestras, dilatan los límites de nuestra pobre experiencia, nos forman. Cierto que hay historias que se repiten de padres a hijos y, como un virus, perpetúan rencores y agravios, pero con cuánta frecuencia ridiculizan a los que tienen poder sobre nuestras vidas o nos hacen reír a costa de nuestras miserias, nos ilustran sobre lo contradictorio de nuestros deseos. También nos hablan de la posibilidad de ser libres y nos revelan que el bien y la belleza son frecuentes.

Estamos hechos de las miles de historias que nos han contado desde que empezamos a habitar el lenguaje. Las compartimos en una vasta cadena de réplicas y mutaciones, una fabulosa, incesante química colectiva que nos hace específicamente humanos.

Hoy es Domingo de Resurrección y se celebra uno de las más locos anhelos de nuestra especie, la posibilidad descabellada de que no todo se pierda, de que aquello que merecía perdurar no desaparezca. Nos contamos historias porque son nuestras modestas armas contra la muerte y el olvido.

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Españaña

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Anoche tuve un sueño distópico. Una España futura, en el año 2040. Mariano Rajoy seguía siendo presidente del gobierno. Su fidelidad al sosegado paseo mañanero en pantaloncillos cortos y la ausencia de vicios conocidos, unidos a considerables avances en manipulación genética conservaron tal cual su muelle cuerpo compostelano. Sin embargo su mente había alcanzado una fase superior de desarrollo. Sus problemas de siempre con la sintaxis y la lógica se agrandaron y sofisticaron. Si por el 2030 hablaba como si leyera párrafos de “Finnegans Wake”, diez años después sus contadas intervenciones públicas consistían en apenas monosílabos, gorjeos de pajarito tembloroso, chasquidos, susurros que evocaban el viento en los pinos y las grandes resacas marinas. La interpretación de sus discursos oráculo era polémica y ocupaba las mejores energías de columnistas y líderes de opinión.

España definitivamente había reconciliado pasado y futuro reduciendo su economía al sector servicios y a la noble actividad pecuaria. La oveja merina pastaba en polígonos industriales abandonados tras las grandes batallas y asedios cuyos nombres los niños aprendían en los colegios. El furor identitario había vuelto a hacer que la Historia resultara animada, interesante, épica como no lo había sido desde la Alta Edad Media. Bandas de asesinos motorizados asaltaban autobuses de viajeros en Despeñaperros. Casa Marcos en Almuradiel la Real, varias veces reconstruida piedra a piedra, seguía abierta y vendiendo cajas de hojaldres de Guarromán, pero los camareros siempre iban armados. Ni que decir tiene que en esa atmósfera de caos y conflicto las relaciones amorosas cobraron una intensidad excepcional. Al escudo nacional se le añadieron las palabras “Carpe Diem”. La poesía amorosa vivía momentos de esplendor.

Vi por televisión una gala de los Goya. Hartos de las constantes críticas, los organizadores optaron por la desmesura y la ceremonia se prolongaba durante días como en los antiguos festivales sagrados. El cine español abrazaba entusiasmado y sin fisuras causas de extrema derecha. Con frecuencia el ministro de Cultura asistente era eviscerado ritualmente entre aplausos y chascarrillos de Joaquín Reyes. Ese año, bajo el lema “No con nuestro dinero”, los actores y técnicos prorrumpieron en emotivos, inacabables discursos en que se instaba a los extranjeros a marcharse de nuestras tierras y se hacía mofa y befa de la pasividad del gobierno.

Carlos Herrera ya había fallecido, pero seguía siendo un locutor estrella. Al parecer su voz era registrada desde más allá del muro del tiempo mediante una extraña tecnología de origen iraní. Costaba reconocerla, sonaba cansada y el efecto, así en líneas generales, me resultó desagradable.

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Bombo y platillo

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Es frecuente la presencia de batucadas en las manifestaciones. Suponen una versión civil, aceptable, de los viejos tambores de antaño. Si en los fastos religiosos evocaban el señorío de la muerte, el estremecimiento de lo numinoso, el batir del tambor militar aterrorizaba al enemigo y caldeaba los ánimos para lanzarse a morir en el campo de batalla. El paso de marcha y el sonido del cañón estaban siempre presentes. La idea implacable de un poder que avanza.

Despojados de retórica marcial, los tambores de la batucada van asociados a ideas de goce y abandono. Un eros libre e inocente adecuado a la sensibilidad del ciudadano del siglo XXI, que retrocedería espantado ante la imaginería violenta que resuena en las cajas de sus adustos parientes. La batucada por el contrario sugiere una participación orgiástica en lo común, una explosión controlada de lo visceral. Vitalista y afirmativa, el derramamiento de sangre, la negatividad de la muerte se transforman aquí en la fantasía dionisiaca del gran follar.

Pero a poco que se medite, no cuesta percibir que apelan con la misma eficacia que sus versiones castrenses o clericales a la dimensión irracional de nuestro ser. Los tambores son el sonido del entusiasmo, del arrebato, de la posesión por un dios. Lo individual se diluye. Sobrecogen, exaltan, barren argumentos y objeciones inoportunas, cohesionan el grupo y afirman las convicciones. Contra los tambores no se razona.

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Árboles

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“Under the spreading chestnut tree I sold you and you sold me:
There lie they, and here lie we
Under the spreading chestnut tree.”

George Orwell, “1984”

Los árboles lo han visto todo. Durante millones de años nos precedieron en el mundo, haciendo el aire respirable. Sus ramas nos acogían en la infancia profunda de nuestra especie hasta que los abandonamos y nos erguimos, vulnerables bajo el cielo.

No los hemos olvidado. Silenciosos, protectores, perdurables, sus ramas tocan las nubes y sus raíces se adentran en la oscuridad. Fueron divinidades tutelares, nos resguardaban del sol y la tormenta, señalaban hitos al viajero en los grandes rumbos de un mundo despoblado. Bajo sus brazos extendidos se celebraban rituales, se administraba justicia. A su sombra se coronó a reyes y se los enterró. Pactos, juramentos y proclamaciones, en ocasiones la fruta amarga de los muertos colgando de sus ramas.

Aprendimos del rayo y empezamos a usar sus restos. Mordidos por hachas y sierras, su leña nos permitió sobrevivir a los inviernos. Los derribamos para construir nuestras casas y nuestros enseres. Lechos y mesas, patíbulos y laúdes, el madero en el que agonizó un dios compasivo. Sobre sus despojos hemos atravesado todos los mares. Poco a poco acabamos con los bosques donde vivían el ciervo y el fugitivo.

Los domesticamos. Ornato de avenidas y parques públicos, se les enganchan luces y banderitas en fechas solemnes. En los pueblos son una presencia familiar, refugio de pájaros y delicia de niños y gatos. A algunos se les daba un nombre, la gente se citaba junto a ellos. Los amantes los marcan porque saben que sus nombres les sobrevivirán.

Su ramaje nos recuerda el trazado de nuestras venas, la savia sube lenta por sus troncos. Ellos también respiran. Y mueren.

Me gusta cuando el viento acaricia la cabeza de los grandes árboles. Por un momento abandonan su solemne inmovilidad, las ramas más flexibles se cimbrean delicadamente, las hojas susurran, brillan y se estremecen allí arriba, como una risa que agradece la frescura. A veces es todo tan sencillo.

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Naipes

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Allá por los años 80, el cachondo de Luis Alberto de Cuenca tuvo la genial ocurrencia de deslizar una estimable pieza de su propia mano como un coliambo de Persio en una antología de la poesía latina que confeccionó para Alianza. Entre otros versos sospechosísimos («Soy el viento sin colegiar, la muerte de las aves. Atardecí. La magia de los números, el profético naipe o la tristeza de las viejas plegarias a los dioses») la mención a esos trocitos de cartulina, que introdujeron en Europa los cruzados, no solo grita ¡Borges! sino que viene estupendamente para empezar a hablar de ese escandaloso, bello anacronismo que es la baraja de naipes.

Su pervivencia a lo largo de los siglos se podría explicar por su versatilidad. Sistema de signos de amplísimas posibilidades combinatorias, la baraja es una lengua con una amplia literatura. Cientos de juegos y variedades locales, desde formas de gran refinamiento como el mus o el bridge hasta sencillas variedades domésticas como la brisca, el siete y medio o el hijoputa.

Pero sospecho que también tiene algo que ver su inmensa potencia simbólica.

Permanentemente asociadas a la figura del adivino. Su origen oriental, la capacidad de sugestión de sus figuras, su puesta en escena del azar lo hacían ideal para operaciones mánticas. En las ferias de los pueblos, en salones y cortes, dudosos personajes no carentes de talento han improvisado fábulas sobre su futuro a indolentes, desesperados y amantes. Todavía nosotros hemos conocido a esa amiga adolescente que te echaba las cartas, adoptando una tierna expresión de gravedad que uno ahora recuerda con una sonrisa.

El naipe también va asociado a grandes dramas. En puertos, caravanas, posadas, patios y guarniciones, generalmente de noche, se jugaban haciendas y destinos fiados a los favores de la fortuna y a la propia sangre fría durante los graves lances del juego. La hoja desnuda siempre dispuesta. Sótanos y casinos han ampliado el imaginario con edificantes historias sobre el albur y el infortunio. Incalculables cantidades de capital han circulado a lo largo del planeta, como una deep web.

También ha conocido la respetabilidad. La baraja llena eternidades de tedio burgués y lluvia tras la ventana. ¡Hasta los curas se entregaron a sus letárgicos encantos! A los niños, así tenían uso de razón, se les iniciaba en el conocimiento de sus reglas.

Todo eso viene empaquetado en ese aspecto sedoso, neto, en esa frescura irresistible de la baraja nueva, antes de que el hábito y el roce la desgasten. En la baraja francesa queda reducido a una serie de elegantes ideogramas a los que las aventuras de Alicia y su uso frecuente por los magos siguen dotando de una cualidad irracional, hipnótica.

Aquí vamos más a lo vivo. Las panoplias y alegorías de don Heraclio Fournier evocan los antiguos tarots. Severos monarcas, gallardos caballeros y jacarandosos pajes manejan con desenvoltura espadones, cálices, monedas como soles y unas mazas de espanto. Saturadas de una vetusta ideología carolingia han permanecido impermeables a Hobbes, a Rousseau y a Marx. No sé yo si a Freud.

Leo en la servicial Wikipedia que el negocio de fabricación de naipes se mantiene próspero. He lamentado en estas páginas el desuso de zambombas, monedas y carteros, por eso el que los dedos de nuestra especie sigan acariciando naipes, esa bomba de azar desafiantemente analógica, cuya simbología entendería un sumerio, me hace sentir una pequeña, reaccionaria, satisfacción.

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«Barry Lyndon» (Stanley Kubrick, 1975)

Confesiones de un pequeño ludópata

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Flipper, pinball, petaco, máquinas de las bolas. Yo conocí con vosotras la felicidad. Allá por los setenta no se concebía un bar sin ellas, hasta el más modesto cedía buena parte de sus estrechuras a aquellos mamotretos analógicos, amasijo de cables, bobinas y relés, cuya forma parecía fruto de la unión contra natura del piano de cola y el mueble bar.

Todo ráfagas de luz, colores chillones, brillos y tintineos, trepidaciones y estridencias. Simulacros de lujo para niños y pobres de espíritu, tenían un abigarramiento de retablo o de códice azteca. Parientes horteras, charros, de la Capilla Sixtina o de la exhibición de exvotos, su diseño, como el de la cartelería del XIX, funcionaba por acumulación, lejos de la fluida, exenta elegancia de lo digital. Sus resplandecientes superficies miniadas evocaban un imaginario juvenil, hedonista y vagamente cosmopolita. Chicas yeyés en la Costa Azul, surf, carreras de coches, boleras, camaradería y romance en estaciones de esquí. Le Man, Saint-Tropez, Chamonix, Black Jack, Grand Prix, nombres así.

Como los pájaros sobre los árboles, alrededor de ellas se arracimaban los niños. Unos jugaban y otros miraban y había un placer vicario, disminuido, en mirar el juego ajeno. Los machos alfa adolescentes espantaban las bandadas de críos para sus competiciones, pero sobre todo temíamos a aquellos adultos que pedían cambio en la barra y monopolizaban la maquina durante una eternidad, con un juego reconcentrado, preciso, el cubalibre apoyado en el cristal.

Yo a veces jugaba solo, me lo pasaba en grande, el tiempo se suspendía. Lo hacía incluso en bares horrendos y en billares.  Los billares, rotulados con el burocrático eufemismo de «Recreativos», eran en las fantasías de padres severos o timoratos lugares muy poco recomendables, cuyos sótanos oscurecidos por el humo del tabaco e inconcretos peligros, eran frecuentados por adolescentes, macarras y pederastas.  Entre mis ingenuos sueños estaba el poseer una de esas máquinas para jugar a mi antojo, anhelo pueril que solo cumplen en la edad adulta estrellas del AOR adictas a las drogas de farmacia o gentes como Donald Trump.

¿Qué es lo que nos encandilaba de tal manera? La postura del jugador evocaba la actitud del timonel. Los mandos obedecían dócilmente, se tenía una sensación ilusoria de dominio. No por otra cosa accionabas los mandos, haciendo batir las aletas aun antes de que llegara la bola.

Menudo drama se representaba. Una esfera metálica, mercurial, era lanzada mediante un resorte y atravesaba un largo pasillo, como el canal del parto, hasta ser arrojada a un escenario cegador. A partir de ese momento todo iba de retrasar la inevitable caída final. La bola hacía su entrada a lo grande, veloz, nerviosa, pujante. Se demoraba en la zona superior, un empíreo refulgente, abundante en laberintos, perplejidades y violencias. Rebotaba frenética, zarandeada de aquí para allá, hasta que tarde o temprano iba perdiendo el impulso y descendía rampa abajo hacia la zona de peligro, más despojada, donde solo algunos obstáculos podían de nuevo imprimir momento a la bola y todo dependía de la precisión de tus movimientos y tu sangre fría para rescatarla del abismo y lanzarla de nuevo al rompeolas del norte y allí aturdirla y hacerla perderse en agujeros y misteriosos recorridos subterráneos, de los que emergía de un salto triunfal.

El azar y la pericia podían prolongar el juego en el tiempo. Aplazamientos del destino como la bola extra o la partida eran anunciados con un latigazo seco, un sonido inmensamente gratificante, que te hacía segregar no menos serotonina que el like de las redes sociales.

No importa cuánto duraran tus momentos de gloria ni la magra reserva de monedas en tus bolsillos, fatalmente llegaba el momento en que la última bola,  descendía majestuosa y, mientras las aletas se agitaban impotentes en el aire, desaparecía en las fauces de un oscuro averno mecánico hasta que otras manos infantiles, con monedas sustraídas de modestos encargos domésticos, la harían renacer.

Game over. Las luces se apagaban. Los mandos ya no respondían. Uno recogía la cartera y el abrigo y volvía a casa arruinado, con una melancólica sensación de derrota no muy diferente de las inminentes primeras decepciones del amor. Ahora veo aquellos instantes como una excelente iniciación en los duros misterios de lo irreversible y de la pérdida que conforman la vida adulta.

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