Melancolía y misterio de Almuradiel

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Anoche soñé que volvía a Casa Marcos. Durante años los autobuses de línea que comunicaban Granada con Madrid hacían una pausa de media hora en un establecimiento a las afueras de Almuradiel, pequeña localidad de Ciudad Real. Situado apenas a unos kilómetros del truculento paisaje transilvano de Despeñaperros, límite entre Andalucía y Castilla, la llegada a la explanada que hacía las veces de parking, anunciada por la brusca megafonía del vehículo, era como doblar el Cabo de Hornos del viaje.

No conduzco, así que durante toda una vida me he trasladado a Madrid en autobús. Viajaba a Madrid cuando era muy joven, ávido de explorar sus vastas extensiones capitalinas y sus laberintos, deslumbrado por aquella mezcla de miseria valleinclanesca y esplendor ministerial. Los años del descubrimiento de sus mitologías nocturnas, un festín de museos,  conciertos y películas en versión original a la medida de un insaciable apetito. Luego llegó el tiempo en que Madrid fue para mí un lugar de trabajo y hasta un hogar. En sus calles me enamoré, me emborraché, gané mucho dinero y alimenté vanos sueños de éxito y reconocimiento. Daba igual, el tránsito de los confortables placeres provincianos al fervor de la metrópoli incluía invariablemente—como una descompresión—  una pausa obligatoria en ese no lugar.

Las calles de Almuradiel, incluso de día, aparecían siempre despojadas de toda presencia humana, como en un De Chirico, pero son las paradas nocturnas las que quiero recordar aquí. A esas horas el lugar adquiría una ominosa densidad metafísica. Los viajeros, en un torpor en el que todavía se desprendían de un sueño incómodo, salían por las puertas del autobús, el paso vacilante, con un fatalismo y un estupor inerme de víctimas. Opositores, emigrantes, novios, gente que iba a Madrid a correrse una juerga, a ver a su amante o a hacer sus modestos negocios, arrancados de la trama de afectos y costumbres que conformaban sus días, fumaban cigarrillos sin placer en la oscuridad del exterior, observando con aprensión la silueta de un asilo cercano, donde a esas horas dormían ancianos demenciados con la memoria devastada, en un deplorable último acto. Otros entraban en la cafetería: allí, igualados todos por la luz estéril consumían insípidas colaciones o evacuaban fluidos en unos aseos que olían a orina y a fresa sintética.

He sido testigo generación tras generación de cómo actores, escritores, directores de cine, compañeros míos, venidos de todos los rincones de España a comerse el mundo, han acabado consiguiéndolo, conquistando  esa ciudad que alguna vez fue para ellos una seductora desconocida. No puedo evitar pensar que es como si yo me hubiera quedado para siempre varado en Casa Marcos, en ese lugar sin historia, puro presente, viendo envejecer a sus inexpresivos camareros.

Hace años que los autobuses ya no paran allí y no es improbable que haya cerrado, alguna vez he pensado en la presente existencia fantasmal de ese lugar que nunca volveré a ver. Pero anoche regresé en sueños. Todo seguía igual. Reconocí las caras semiborradas de los camareros que me daban la bienvenida y sentí piedad por ellos. Entendía su cansancio. Sentado en una mesa, sin remordimientos y sin esperanzas, tomé una bebida humeante. En una pantalla de televisión en la esquina se sucedían escenas inarticuladas, rostros y lugares que alguna vez conocí y que había olvidado. Ya no significaban nada. Luego salí fuera, era de noche y las estrellas giraban lentamente sobre todos nosotros. Y hacía frío.

Almuradiel

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Leña

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En el barrio donde vivo no es extraño que a estas alturas del otoño alguna chimenea esparza el olor punzante de los fuegos encendidos, que es como el eco de una felicidad pasada. Muy pocos olores tienen esa virtud de arrancarte de las miserias del mundo y enviarte a un tiempo a medias vivido, a medias inventado. Es oler a leña quemada y uno cree recuperar algo que tuvo, que era una dulzura y una seguridad, algo que era bello y que acaso nunca existió sino en nuestro recuerdo.

Quienes habéis seguido estas páginas sabéis de mi frecuente, sospechosa exaltación de las primeras impresiones de la infancia. La madurez es un aprendizaje de la decepción y últimamente uno de mis pensamientos abismales es si quizás esa niñez que uno creyó santa no será un territorio de leyenda construido con los restos de nuestros naufragios ni los niños otra cosa que unos seres atolondrados de un histérico egoísmo.

Hay algo que os quiero contar. Yo tendría ocho años, eran mis primeros días en un nuevo colegio. Cachorros de clases medias de provincias. Delante de mí se sentaba un compañero también recién llegado, uno de esos niños silenciosos, poseedores de una especie de graciosa gravedad. La señorita de nuestro curso, la señorita Mari Carmen, era la más guapa y la más joven de todas, nos gustaba. Nos había propuesto un breve ejercicio, teníamos que escribir qué es lo que queríamos ser cuando fuéramos mayores y explicar por qué. La clases medias españolas de los años setenta eran de un enérgico prosaísmo y ni un solo niño quiso ser marinero, explorador o músico. Todos ―no creo que yo fuera tampoco demasiado original― se decantaron en sus elecciones por la respetabilidad burguesa: médicos, arquitectos, farmacéuticos, jueces y hasta algún militar… Me di cuenta de que el niño de la fila delantera se había ruborizado y no levantaba la mirada de su pupitre. La seño se dirigió a él, ¿qué quería ser de mayor? Mi compañero se negó a contestar, cuanto más insistía la profesora, más agachaba su cabeza. Ella se tomó la negativa como un desafío y en un gesto de extraña, arbitraria crueldad (no la juzguemos, el niño no entiende las tristezas secretas del adulto) lo amenazó: hasta que él no hablara no saldríamos al recreo. Un murmullo de reprobación se extendió por los bancos y una lágrima empezó a deslizarse por la cara del que había pasado a ser el enemigo del pueblo. El malestar se podía palpar, cada segundo que pasaba de ese ilimitado tiempo de los niños hacía crecer, sofocante, el odio. Yo podía ver sus pequeñas orejas enrojecidas y su nuca blanca, toscamente rapada, el perfil crispado de su cara, el aliento tembloroso. Cuando la señorita salió por un instante del aula los niños tardaron muy poco en abuchearle. Los más audaces se levantaban de su asiento, se acercaban corriendo y le golpeaban. Él no se defendía y eso excitaba la agresividad de los otros. Le cayó una buena y ninguno de nosotros lo defendió. Cuando la profesora regresó el niño confesó finalmente, entre sollozos.

De mayor quería ser leñador.

Leñador, quiso ser leñador y qué pronto se avergonzó del sueño pueril de levantarse con los pájaros y adentrarse en el corazón del bosque con el hacha al hombro, cantando a voz en cuello mientras talaba los grandes árboles que manos humanas transformarían en cofres, barcos, mesas y violines. Qué mundo mezquino el que le había hecho sentirse ridículo, el que le movió a arrepentirse de la pureza de su deseo y se lo hizo pagar con humillación y golpes y desprecio. Eran sus iguales, sus camaradas.

No me acuerdo de su nombre, pero a él no lo olvidé. Ojalá la vida no lo haya maltratado, ni haya perdido del todo aquella inocencia, aquella delicadeza; que la derrota no lo haya envilecido, que el amor que haya dado le haya sido devuelto, que de su paso por el mundo quede un recuerdo de bondad y gentileza. Te deseo, pequeño, que hayas sido mejor que todos nosotros.

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Paco Pomet. “El Repetidor” (2005)

Tu rostro, Conesa, envenena mis sueños

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Silbando una difusa tonadilla, Abelardo Conesa repasó la gastada madera oscura del mostrador con un trapo empapado en trementina. A continuación se quitó el guardapolvo azul, que colgó con cuidado en su perchero, apagó las luces y subió la persiana que daba a la calle lo justo para deslizarse hacia el exterior. Una vez en la acera la volvió a bajar, sacó un manojo de llaves del bolsillo de su pantalón y cerró con candado su droguería, cuya fachada adornaba un cartel de detergente Tu-Tú. Era una tarde fresca de primavera, la luz que doraba el arbolado municipal le hizo evocar melancólicamente otras tardes idénticas de su juventud mientras caminaba hacia su domicilio; melancolía compatible con la agradable expectativa de meterse entre pecho y espalda una tortilla de ajetes tiernos. Un clamor se expandía desde unas manzanas más allá, con algo de la resaca de las olas. Hombre cotilla, Conesa siguió a otros viandantes que se dirigían al origen del tumulto, hasta que desembocó en la avenida principal.

La multitud aplaudía al paso de la comitiva y lo pudo ver por un instante sentado en el coche oficial descubierto, entre el sonido de los cascos de los caballos de la escolta y los esplendores que el sol arrancaba a los cromados. Unas gafas ahumadas ocultaban sus ojos, pero era imposible no conocer esa cara. Durante años la vio en los sellos, altiva y desdeñosa, en las monedas y en los NoDos. Su mano enguantada saludaba ahora con un blando gesto mecánico. Siempre pensó que si alguna vez se lo encontraba le intimidaría su aura de majestad, pero lo encontró pálido, pequeño, precario. Se emocionó, sintió una especie de violenta ternura, el deseo de proteger a aquel hombre frágil que empezaba a ser un anciano. Los aplausos ensordecían a su alrededor como un viento azotando las copas de los árboles en un bosque y entonces rompió a gritar sin saber por qué, sorprendido por los tonos agudos de su voz, que vociferaba junto a los demás: «¡Franco!, ¡Franco!, ¡Franco!».

Estaba acostumbrado a ver multitudes con cierta impaciencia indiferente, cosa fácil para alguien que hace años había renunciado a la piedad. Cuando el coche empezó a girar en un recodo del camino, reparó en aquella cara congestionada, común, vagamente ridícula incluso, pero estridente como una herida abierta en medio de la multitud. Diez minutos después volvió a recordarla. Esa misma noche soñó con aquel desconocido, que lo llevaba cogido de la mano bajo un cielo de El Greco murmurando algo en voz baja, algo que no podía oír bien. Se despertó bañado en sudor.

Durante años frecuentó sus pesadillas. No fueron los miles de hombres y mujeres cuyas sentencias de muerte firmó, ni sus huérfanos, ni los que murieron de asco en las cárceles, fue el rostro vulgar del más insignificante de los hombres el que llenaba de espanto y humillación sus noches. Abelardo dejó pasar su vida haciendo con sus dedos gordezuelos paquetitos de papel de estraza con sosa caustica, azulete, arena de fregar, goma arábiga, escribiendo etiquetas con una relamida caligrafía aprendida en los cuadernos Rubio; ignoraba que el hombre dueño de los destinos de un país, aquel que hacía temblar a viejos militares con cualquier matiz imprevisto de su voz aflautada, tenía miedo a que llegara la noche y encontrarse en los rincones del sueño con su cara bonachona que lo amenazaba, lo perseguía, lo avergonzaba. A veces, inmensa como un planeta, lo levantaba en la palma de su mano, mientras el Generalísimo sollozaba y pedía clemencia, para después lanzarlo al suelo y romperlo en mil pedazos gimoteantes.

Descontados los años que le fueron concedidos, el tirano ingresó apenas con vida en el hospital La Paz, donde en otra planta también se estaba cumpliendo el acto final de la biografía de un oscuro tendero, víctima de la rotura de un aneurisma. En mitad de la noche despertó recordando la perdida voz ronca de su padre. Se incorporó y se levantó con placer de la cama, hacía tanto que no podía andar. La unidad estaba a oscuras, como lo estaban las calles tras la ventana. Necesitaba salir de allí, volver a sus graves ocupaciones. En el pasillo colgaba un reloj parado, no había nadie. La luz le molestaba, una luz que se le antojó intolerable.

No sabría decir cuánto tiempo había transcurrido hasta que vio como alguien se acercaba desde el fondo, con la misma bata de enfermo, perdido y asustado como él. Lo reconoció enseguida, pero esta vez no sintió temor porque entendió que era aquella y no otra la última cara que vería y que todo le había sido anunciado aquella tarde de primavera, saludando a la multitud. Lo entendió ahora que todo empezaba a borrarse: el mar verdoso y las arenas de la niñez, los cañones, las banderas flameando, mitras y palios, pantanos y exhibiciones deportivas, la aridez colosal de un monumento en un valle sin alegría, las paredes del lugar donde creían estar. Se miraron a los ojos, hermanados en aquel horror y aquel deleite en el que se sumergían mientras la memoria de ambos, las palabras con las que intentaban nombrar aquello que estaba pasando y que no podía ser nombrado, cada uno de los segundos que ya se habían consumado, eran arrastrados por un viento que era un furor y una clemencia, que iba difuminando sus rasgos, vaciando el mismo tiempo hasta que solo quedó ―sin principio, sin fin― esa luz .

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Elogio del tibio

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No tiene mucho sentido protestar contra el odio, probablemente una emoción necesaria, garantía de supervivencia individual y colectiva. Siempre ha estado con nosotros. A lo largo de los tiempos van variando las figuras que lo concitan. Anticuerpos, atractores de la furia en la vasta homeostasis de los afectos.

El extranjero, desdichados de aspecto monstruoso, brujas, traidores, infieles, tiranos, espías, recaudadores, crueles jefes de policía, razas enteras, religiosos, políticos venales, asesinos de niños, depredadores sexuales, altos ejecutivos, hombres violentos con las mujeres. Se celebran los encarcelamientos, se exigen castigos ejemplares, se aplaude en las ejecuciones. En las redes sociales, madres, médicos, poetas y deportistas piden cabezas e insultan con denuedo.

No ignoro que tras las matanzas de los últimos siglos siempre ha habido documentos redactados en una sedante, impersonal prosa burocrática. Pero eso es siempre la fase final de procesos que se manifiestan con mucha antelación, como una electricidad que vibra en el aire. Al derramamiento de sangre le precede una retórica. Paul Éluard podía decir alegremente en los años veinte «exterminaremos a los amos junto con sus servidores», el viejo anarquismo soñaba con construir un nuevo reino de fraternidad sobre las cenizas de una civilización corrompida, la parte más negra del subconsciente europeo fantaseaba con un Nuevo Orden. La segunda guerra mundial puede anticiparse en las paredes de los museos.

Esa energía magmática, que llegado el momento revienta los quicios de la historia es ahora trazable en el ciberespacio. Desde la gran crisis que inaugura el siglo el odio se ha intensificado y la web ha sido un caldo de cultivo excelente. El odio tiene un lenguaje característico, el odio sobreactúa. Abundante en mayúsculas y consignas en sus variedades más viscerales, formas más elaboradas mezclan con desparpajo medias verdades, paralelismos mendaces y truculentas ampliaciones de significado, en una apelación constante a las emociones. Se le da pelo al amplificador. Los adjetivos se utilizan con alegría dejando poco espacio a la imaginación del lector. Se busca a toda costa la intensidad, no hay comparación suficientemente forzada, no hay calificativo suficientemente feroz. Nada de ambigüedades, se escribe para exaltar a los ya convencidos.

La arena política y la lucha de facciones son un reflejo especular de este ambiente. Moral cortoplacista, agresividad de vendedor de enciclopedias, que ni busca ni permite la mejora o el bien común. Las elecciones como ritual periódico únicamente sirven para darle al odio una cadencia estacional. La campaña electoral ya no termina nunca. Apenas el poder cambia de manos se escudriña el pasado de los nuevos líderes rivales en busca de faltas de ejemplaridad, se examinan con lupa currículos, se bucea en los rastros digitales con la esperanza de encontrar un comentario ofensivo contra alguna identidad. El acoso no afloja jamás, a los dirigentes se les reprochará simultáneamente estupidez y maquiavelismo, se airearán corruptelas y tratos de favor, ante las catástrofes se les acusará de imprevisión. Se magnifica la caricatura de sus vicios y sus tics. El humor grueso es una forma de deshumanizar.

Así hasta que el tiempo y el cansancio, la enorme distancia entre lo prometido y lo logrado, hacen su labor y al final, cansados de ellos, hasta sus votantes les lanzan piedras. Las grandes figuras del poder pasan por los tribunales. El fin de una era, dicen los periodistas.

Desconfío un poco cuando veo que alguien no tiene ideas, sino que tiene una causa. Sé que no es justo, que le debemos todo a gente que tuvo una causa, un coraje y una fuerza, que los desafectos somos algo así como los músicos tocando durante el hundimiento del barco. Pero a veces, en las redes uno interactúa con desconocidos que van por libre, en espacios donde no hay dedos acusadores y sí una ironía sin crueldad, sin el bronco, hirsuto bordoneo del inflexible. Y uno ve ahí un hogar y una esperanza.

He visto últimamente reproches contra los que cometemos el pecado de tibieza. Se nos acusa de equidistantes, indiferentes, faltos de compromiso, fatalmente conservadores. Nuestro silencio se interpreta como dejación y cobardía. No hacemos nada para salvar el mundo, no nos comprometemos.

Creo que hay una mezcla de optimismo y desengaño que puede ser un compromiso. No tenemos la valentía de limpiar úlceras en los trópicos o lanzarnos al mar en una noche de tormenta para rescatar a otros seres humanos, pero aquí, en este espacio de libertad ilimitada también somos necesarios. No colaboramos con el bien, pero somos pequeños diques contra el mal, siempre convencido de actuar por una causa noble. Contra lo que detestamos, contra lo estúpido y lo injusto, sarcasmo, mofa y befa. Sin dudarlo. Pero libres del légamo del rencor, sabiendo que, privilegiados del mundo como somos, no nos hemos ganado el derecho a odiar.

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George Underwood

 

De la costumbre de hablar con los animales

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Los niños son de suyo animistas. Le dibujan una cara al sol, a la luna o a una flor, las ventanas son ojos. En su mundo recién creado las cosas apenas han empezado a tener un nombre y ellos, aún no escindidos de lo real, hablan con ellas de igual a igual.

En algún momento nuestra especie dio un paso más allá y trascendió la dialéctica del depredador y la víctima que definía nuestra relación con los animales para pasar a un sojuzgamiento que fue también una alianza. El libro del Génesis registra con perspicacia ese salto hacia un yugo y un apego nuevos: «Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra».

El hombre habla con los animales. Pronto las voces del sometimiento y la doma se saturarían de afectos. El jinete susurra al oído de su cabalgadura para calmarla, el cazador felicita a su buen perro, el pastor conoce por sus nombres a los animales del rebaño. Les ponemos un nombre propio que los singulariza. Aún recordamos que se llamaba Argos y que fue fiel a Odiseo hasta el final.

En el mito y la fábula los animales entienden nuestra lengua. Aliados o enemigos, profetizan, aconsejan, nos previenen, nos engañan y confunden. En un mundo desencantado seguimos hablando con ellos. Todavía deseamos recuperar esa antigua alianza. Es también un delicado, fraterno reconocimiento a nuestra animalidad compartida. Todos lo hacemos. Hitler dirigiría palabras tiernas a Blondi, su pastor alemán.

Tengo ahora mismo uno de mis gatos sentado junto al teclado, lamiéndose una pata con esa indiferencia nobiliaria que se gastan. A veces maúlla y sé que quiere algo, otras veces lo oigo mumurar mientras deambula en la oscuridad y prefiero no entenderlo. A él le da igual entenderme, está acostumbrado a mi voz que le grita al ordenador y que se dirige a él con un tono ciertamente ridículo para decirle «¿quién es el gato más bonito de esta casa?» o con la sonoridad cuartelera de un «Rilke, ¿por qué no te arañas los cojones?».

Y está bien así. No necesitamos más. El niño que aún hay en nosotros desearía que nuestras queridas bestezuelas hablaran, sin saber ―con ese egoísmo abismal de los niños― que al hablar ingresarían en el tiempo, que con las palabras les ofreceríamos la conciencia del mal y de la muerte.

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El sur es más de Heráclito

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El paseante experimenta en ocasiones una especie de vértigo por las calles de su ciudad. Esas calles por las que ha pasado cientos de veces y que han cambiado tanto que ocurre como en esos sueños en los que la propia casa es la misma y a la vez otra.

Creo de un modo arbitrario, seguramente que ese hábito de impermanencia es muy del Sur. Norte arriba abundan pueblecitos de un coqueto, cargante encanto medieval. En l’Europe aux anciens parapets se preservan barrios enteros de ciudades, como islas no tocadas por el curso del tiempo, o se reconstruyen piedra a piedra tras haber sido arrasados por lluvias de fuego. Siguen abiertos cafés y pubs de fabulosa antigüedad en cuyos bancos pulidos los grandes hombres plantaron sus nalgas de prócer. Se venera lo antiguo como una forma de lo pintoresco. Aquí lo derribamos todo alegremente, sin remordimiento. Se conservan, sí, iglesias, castillos y palacios, pero nos deshacemos de los vestigios de lo cotidiano. Vicio de pobres, deseosos de huir de un pasado que no nos enorgullece.

El movimiento pendular de los gustos. Vuelve en los nuevos establecimientos aquella afición de los ochenta por los espacios exentos, sobreiluminados, por el blanco 2001. En los ochenta nos enamoramos del futuro, pero pronto nos cansó su perfección estéril. Acabamos abandonando el brillo de la percusión digital y los bares que parecían un laboratorio o una sala de máquinas y abrazamos de nuevo la idea de taberna, volvimos a los encantos tibios del claroscuro, lo abigarrado y umbrío, el desorden de lo orgánico. Lo analógico, abierto al error y a la imperfección. Como si olvidáramos que ese pasado romantizado que compramos era también el de la muerte prematura y los grandes tedios, con toda la mugre, el hedor y la ferocidad de los viejos buenos tiempos.

El deseo quiere que todo cambie, pero necesitamos la idea de repetición, esa periodicidad que nos espanta y a la vez nos consuela. Hasta hace poco pensaba que las diferencias entre izquierda y derecha eran una mera cuestión de dónde fijar los límites de la intervención del Estado. Ahora me doy cuenta de mi error, la tensión entre el pensamiento progresista y el pensamiento conservador va mucho más allá. Es aquel “prefiero la injusticia al desorden” atribuido a Goethe[1]. El conservador opta por esa reiteración de lo familiar que llamamos tradición, celebra las costumbres del pasado porque siente que los hombres, como el niño, necesitan del efecto sedante, tranquilizador de lo pautado. La izquierda con frecuencia subestima esa necesidad psicológica. Somos conscientes de la iniquidad y de lo injusto, pero nos da miedo perder pie, borrar la plantilla y quedar ante el papel en blanco.

Y así divago mientras sigo caminando por estas calles, decorado de mis días, donde faltan las tiendas de juguetes y de discos, los cines y las librerías y los bares que me hicieron; donde me cuesta reconocer aquel portal, ahora desposeído, sin voz y sin misterio porque ella ya no vive allí. Quizás la temida vejez futura no sea más que eso, deambular en soledad, definitivamente irrelevante, por una ciudad que se ha desprendido de la sustancia de tu vida como de una piel muerta. Exiliado de las horas, empujado forzosamente a la dulzura del recuerdo, replegado a un tiempo interior, ilimitado, íntimo, precioso; donde los amigos siempre levantarán sus copas en las barras y aquel portal se abrirá y subirás las escaleras y llamarás a la puerta.

[1] No con toda ecuanimidad, como ha argumentado recientemente Bernard-Henri Lévy en “Enemigos públicos”, un interesante intercambio epistolar con Michel Houellebecq.

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Contra Perpiñá

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Con trece años el niño Salvador Perpiñá quedó clasificado en el tercer puesto provincial del concurso de redacción que patrocinaba Coca-Cola. La organización lo recompensó con una comida ruin (todavía conserva restos estropajosos de aquel filete entre los dientes) y una cámara de fotos de ínfima calidad, además de un dinerillo con el que se compró el “White Album” de los Beatles, que le hizo muy feliz. A partir de ahí todo ha sido caída.

Porque en el caso de que aún no se hayan dado cuenta yo se lo voy a decir: Perpiña es una estafa. Artística y moral.

Perpiñá escribe bonito, es un hecho, pero eso no es algo necesariamente bueno. Fiado a su facilidad, ha desarrollado una especie de automatismo que no le falla. Perpiñá tiene truco. ¿No es triste que alguien sin apenas obra ya se imite a sí mismo?

Abusa, contumaz, del adverbio, cree deslumbrar con adjetivos. Una lectura atenta revela un empleo reiterado de ciertas palabras; las usó alguna vez, le gustaron y confía en la capacidad de olvido del lector. Ni siquiera es original, a poco que se rasque se le ven los modelos. Un poco de la distancia olímpica de Ernst Jünger, el gusto por la enumeración de Saint-John Perse, la sintaxis afrancesada de Cioran y la sospecha de que todavía no ha conseguido desprenderse de una juvenil influencia de Borges. Siempre procede igual: un arranque vago, cauteloso, un repaso a todos los ángulos del tema elegido para al final despeñarse en una efusión hiperbólica destinada a desatar, al precio que sea, las emociones del lector. Hay quien tiene un estilo, Perpiñá tiene tics.

Resulta desalentador recorrer el escuálido catálogo de sus obsesiones. Echa de menos su infancia, con la que construye una leyenda fraudulenta; sublima la vulgaridad y el aburrimiento de aquellos días derramando sobre ellos las bendiciones narcóticas de la nostalgia. Se aferra al pasado. No tiene el valor de abrazar la desesperación, la pura negatividad, y así prorrumpe en enfáticas declaraciones de fe en la vida y en los hombres que no se cree ni él y que no desentonarían en un libro de autoayuda.

Ha llegado tarde a todo, ha ido aplazando las grandes decisiones, no ha tenido hijos a los que abrazar, no ha madurado. Perpiñá tiene miedo a morirse y miedo a la infinitud, anhela la novedad y como pequeño burgués siente la inefable poesía de lo que nunca cambia. Nos miente con sus entusiasmos, nos cansa con sus rendiciones.

Inmune al pudor y a la lógica, bienquedas equidistante hasta la vergüenza ajena, ni siquiera tiene el coraje de declararse reaccionario. A veces tiene un ataque de furor y dice lo que piensa, pero se arrepiente y teme el severo ceño fruncido de los demás, pues necesita la aprobación ajena. Piensa que aún es de izquierdas porque defiende la libertad de costumbres -mera autoindulgencia de un hombre sin voluntad, de débil fibra moral- y profesa una inconcreta fe socialdemócrata, pero le tranquiliza que todo siga igual.

Ya no nos engaña, Perpiñá, con su mercancía averiada y la purpurina de su prosa. Puede que lo haya conseguido durante algunos años en las páginas de un blog irrelevante, pero pronto empezará a cansar a los pocos lectores que aún consumen sus camelos. ¿Hasta cuándo seguiremos tolerando su exhibicionismo sentimental, su pereza, su inmensa vanidad?

Nosotros ya le hemos avisado, haga ahora lo que tenga que hacer.

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Metafísica del camino

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El juego de la oca refleja los lances y peligros que acechan al viajero o al peregrino. Puentes, posadas, pozos y laberintos donde podía ocurrir el mal encuentro y la desgracia. La muerte acecha en una de las últimas casillas, el antiguo pasatiempo nos muestra la vida como itinerario.

Desde que el adolescente Jean Jacques Rousseau recorriera a pie los campos de Europa, la idea del sendero como imagen de la existencia atraviesa todo el Romanticismo. La respiración de los tiempos lentos de Schubert es la de alguien que anda. Hasta Stendhal, enemigo de las efusiones románticas, define la novela como un espejo a lo largo del camino.

Socorrida imagen del destino, los finales de las películas de Chaplin y las fotos de los manuales de religión postconciliares nos mostraban la imagen ambulante de alguien enfrentado a las sorpresas e incertidumbres del porvenir.

En mis primeros recuerdos, imprecisos, suntuosos, mi hermano y yo caminamos cogidos de la mano de mi madre por los senderos de la vega de Granada. Para unos niños tan pequeños aquel era un vasto y misterioso mundo de surcos y acequias, que olía a estiércol, a nueces y a fruta caída entre las hojas fermentadas. Aromas resinosos y mugidos de vacas en los establos, todo sumergido en la luz dorada de la tarde. A veces el espanto de una carroña de perro en la cuneta. Para los tres era el camino del Eco: en algún punto que solo mi madre conocía gritábamos y disfrutábamos del asombro sencillo de que el viento nos devolviera la voz. Ella era joven entonces, qué alegría la suya en aquella íntima soledad no compartida con nadie, por los caminos de una tierra tan distinta a la suya, con aquellos hijos venidos cuando ya parecía imposible. Nuestra niñez ignoraba qué había más allá, todo era entonces ilimitado. Ya lo sabemos demasiado bien. El paso del tiempo -que arruinaría la razón de mi madre- operó el desencantamiento de aquel territorio mítico, abundante ahora en rotondas, marisquerías y burdeles. Los caminos han sido despojados de su enigma y el mismo futuro de su novedad y su extensión. La tiranía sin esperanza de lo acostumbrado.

¿Dónde iban los viejos caminos de la niñez a los que a veces regresamos en sueños? Y que no podamos volver a recorrerlos, que no nos conduzcan a un lugar humilde, secreto y santo; aliados del sol y los pájaros, entre norias y moreras, muros de piedra y líquenes, en compañía de aquellos a los que quisimos, en una mañana que no conocería final.

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El dulce amor de las muchachas

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Hay personas cuyos años de adolescencia serían los mejores de su vida, su momento de gloria. Todo lo que vino después, caída y pérdida. Pero en general la adolescencia es una época dantesca donde nos hacen mucho daño y nosotros mismos hacemos daño a quienes nos quieren, con una sorda, inconsciente ferocidad. También la época de los grandes, inolvidables ridículos que te hacen un carácter. Hoy me apetece contar un episodio vergonzoso de aquel tiempo. ¿Por qué no?, al fin y al cabo ya nos vamos conociendo.

Durante la Transición, en los tiempos previos a la popularización del video doméstico, determinados cines ofrecían las llamadas películas “S”, etiqueta que abarcaba desde flagrante softcore hasta películas con más o menos pretensiones, desde Tinto Brass hasta Nagisa Oshima o Alain Robbe-Grillet, daba igual. El culo, la teta, eran el elemento unificador. Bien, yo tenía dieciséis años, era de una ingenuidad conmovedora y tenía una ridícula idea prerrafaelita del amor, moldeada por sensibleras baladas de rock progresivo escuchadas con auriculares. Era una tarde vasta y desapacible de sábado, de calles vacías y nubes bajoneras; una tarde donde la alegría parecía haber abdicado y yo estaba solo en casa y no tenía planes, compadeciéndome por no tener ni novia ni planes. Harto de escuchar por enésima vez “Thick as a Brick”, las paredes se me caían encima. Eché un vistazo a la cartelera y mis ojos se posaron en un sugestivo “película clasificada S” bajo un título: “Blue Movie”. Yo podría ser un ingenuo, pero también era un enteradillo y en alguna parte había leído que una película de Andy Warhol del mismo nombre incluía escenas de sexo explícito. Caramba, tenía dieciséis años y me pareció un buen plan. Triste, sí, pero gratificante. ¡Y con coartada cultural!

Me arreglé y eché a andar hasta el cine en cuestión. Procuré llegar tarde para ahorrarme la sordidez de una espera compartida en el hall. Eché un vistazo al cartel, disimulando porque temía que alguien pudiera reconocerme. En efecto, se llamaba “Blue Movie”, pero no la había dirigido Andy Warhol sino un tal Alberto Cavallone. Jamás olvidaré ese nombre. No ardiera. Dudé un instante, pero yo había atravesado media ciudad caminando bajo la lluvia para ver mujeres desnudas y me daba igual si me las ofrecía Andy Warhol o -casi mejor, si a eso vamos- un desvergonzado hedonista italiano.

Creí detectar en la mirada de la mujer que me vendió la entrada algo entre el desprecio y la piedad. Entré en la sala a oscuras. La película era corta y para completar el programa proyectaban un documental de interés antropológico sobre la matanza del cerdo. Las imágenes no ahorraban truculencia alguna y me revolvieron el estómago, pero aguanté. Al final llegó el ansiado momento y me acomodé con un suspiro. Los primeros minutos ya me pusieron sobre aviso. Una lúgubre música atonal de órgano, como un coral siniestro de Bach, anunciaba que lo que iba a ver no sería liviano. No recuerdo apenas el argumento. Un joven de pocas palabras, con estética de miembro pijo de las Brigate Rosse, seducía a chicas en galerías de arte y las llevaba a una casa en mitad de un bosque, donde se entregaba en un sótano a absurdas practicas BDSM con pretensiones de performance. Y venga coche bosque arriba y coche bosque abajo y venga órgano. Nada más. Tinieblas, maldad y aburrimiento. Maldecía ya al buen dios cuando ocurrió algo insólito. La imagen se detuvo y quedó congelada. El efecto era desagradable, como si uno se hubiera salido del fluir del tiempo. En el silencio sobrevenido sentía mi pulso acelerado. El centro de la pantalla empezó a deformarse, lisérgico. Luego se trasformó en una burbujeante ameba luminosa que devoraba todo a su alrededor. El fotograma se estaba quemando. Y entonces las luces de la sala se encendieron de golpe. Como comadrejas deslumbradas por los faros de un coche, encogidos en nuestros asientos con aprensiones de redada, cuatro almas perdidas: un chaval de dieciséis años y tres pervertidos, fumadores de negro con el cabello grasiento. No queríamos mirarnos bajo aquella luz cruda, no queríamos reconocer nuestra común miseria que nos había llevado aquel sábado de otoño a malgastar unas monedas y dos horas de nuestra vida en la basura perpetrada por un individuo con el ridículo nombre de Alberto Cavallone. Finalmente volvió una oscuridad que acogimos con alivio y la película prosiguió. Cinco minutos después el ragazzo jugaba a asfixiar a la ragazza con una bolsa de plástico transparente. Diez minutos más tarde hizo su aparición la coprofagia. Me levanté y abandoné la sala despavorido.

La noche había caído, ya no llovía. No me podía quitar de la cabeza la melodía averiada del órgano, que era un asco y un remordimiento, ni el miedo de haber contraído en aquella sala alguna infección del alma que me alejaba sin remedio de la bonachona coreografía de semáforos y autobuses públicos, del módico éxtasis de las parejas maduras merendando en las cafeterías, de los grupos de muchachas que a esa hora navegaban por las aceras, riendo y fumando, oliendo a lluvia y a lavanda. Sentía que algo dentro de mí se deformaba y se expandía y burbujeaba como el celuloide derretido de un fotograma para siempre detenido, porque era sábado y yo quería amor y se me daba una escena ruin de tragicomedia.

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Mi vida con 2001

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 “2001: A Space Odissey” nos cumple cincuenta años. Son muchos, los mismos que me separaban del “Nosferatu” de Murnau cuando se apagaron las luces de la sala y oí por primera vez la fanfarria de “Also sprach Zarathustra”. Da un poco de vértigo pensarlo.

Es una película que me ha acompañado toda una vida, hemos cambiado juntos.

Mi padre, que la admiraba, nos arrastró a toda la familia a un reestreno. Recuerdo la sensación de prodigio de aquella noche inaugural. Lo digo sin jactancia, no era tan raro, los niños de aquel entonces estábamos familiarizados con la lentitud a través de una televisión de ritmos letárgicos, capaz de programar “El Séptimo Sello” de Bergman un Viernes Santo en prime time. En los tiempos previos a “Star Wars” la película de Kubrick tenía algo de atracción de barraca de feria. Desplegaba desafiante, minuciosa, su poderío técnico y con precisión documental nos ofrecía lo nunca visto, nos sumergía en la vivencia real de lo extraplanetario. No entendí el final, por supuesto, pero no me importaba; el segmento psicodélico era una delicia de ver y evocaba momentos vividos en sueños y, respecto al monolito, un niño educado en un colegio de curas pensaba con naturalidad que se trataba de dios.

Años después, como adolescente particularmente ingenuo al que “Star Wars” le había parecido excitante pero pueril, volví a encontrarme con ella en la pantalla catedralicia de un cine ya desaparecido. Aquello fue una epifanía en toda regla, mi caída del caballo. Antes juzgaba las películas por sus historias, simplemente me emocionaban o me aburrían. Descubrí entonces la capacidad pregnante de las imágenes, descubrí de lo que era capaz el cine. No volví a ver películas de la misma manera, 2001 me hizo, estéticamente, un hombre. También experimenté lo numinoso con una evidencia abrumadora, hasta el punto de que fue ella y no el escepticismo la que me hizo abandonar la religión heredada. Lo que me ofrecía el cristianismo era demasiado poco comparado con aquel desbordamiento del misterio envuelto en las notas de Ligeti. A la salida, los amigos a los que mi hermano y yo habíamos arrastrado (siguiendo sin ser conscientes la tradición familiar) nos querían matar, pero a la vuelta a casa los dos no paramos de hablar entre el entusiasmo y la turbación. Habíamos entendido.

En los tiempos previos al auge de los videoclubs perseguí esa película-enigma con denuedo allá donde me la podía encontrar, desde salas del extrarradio hasta una fantasmal sesión de super-8 en un local de la CNT, donde un trosko cinéfilo salido de un cuadro de Ribera, antes de pasar el platillo para que sufragáramos a escote el alquiler, hizo una lectura anarquista según la cual el film nos hablaba del fin de un orden y el nacimiento de un hombre nuevo. Mi adoración se hizo extensiva a todo cuanto había hecho Kubrick, necesitaba admirarlo y si alguna de sus obras no me entusiasmaba la veía una y otra vez con la esperanza de que llegara el éxtasis. Pasé por supuesto por la novela de Arthur C. Clarke, que me dio una explicación racional despojando al film de su sugestión esotérica. En mi entusiasmo misionero maltraté con ella a amigos y novias, que se aburrieron mortalmente y a los que, avergonzado, pido ahora perdón.

Pero incluso los más grandes fervores se consumen. “2001” había sido mi religión y un buen día, en una revisión en video, ciego de porros, se me desplomó. Por pura saturación la odié, me pareció pretenciosa e ingenua, puro kitsch, una mala misa, como decía Rodin del Parsifal wagneriano.

El proceso de desencantamiento había culminado y no he vuelto a verla entera, la caída fue muy dura y me falta valor. El mismo Kubrick con el tiempo perdió sus atributos semidivinos y se fue transformando en un director que no siempre fue tan genial como yo pensaba, aunque quizás más interesante de lo que suponía. Desde entonces me he asomado a ella fragmentariamente, la he deconstruido, he apreciado otras películas encriptadas en su interior. Hay un goce frívolo en verla como una pieza de época, con ese encanto retro de las azafatas de la lanzadera espacial y los rituales de sociabilidad en la estación orbital, pueden rastrearse ecos de Lovecraft en los sucesos del el cráter Clavius y últimamente tiendo a valorar por encima de todo el sofisticado thriller claustrofóbico del segmento central, donde una ordenador enloquece y es desconectado por un hombre que se introduce en sus entrañas, en una roja penumbra ingrávida, geométrica, solo como nadie jamás lo ha estado.

No ha sido sino hasta hace muy poco que descubrí que, a pesar de haber matado al padre, la película -y esa es la grandeza de los clásicos- forma ya, inevitablemente, parte de lo que soy. Los vacíos corredores de la nave Discovery están entre mis recuerdos como si yo mismo los hubiera recorrido respirando asmáticamente. Y de nuevo ha vuelto su metafísica, aunque de un modo muy diferente al que cabría esperar. Ahora, en las malas noches, pienso si acaso el verdadero protagonista de la película no será en realidad el desventurado Frank Poole al que ningún monolito redentor hará renacer, su cadáver intacto recorriendo por los siglos de los siglos el helado vacío interestelar, para siempre perdido en la inimaginable inmensidad, todo olvido y desamparo, su cuerpo como un muñeco desvencijado, girando lentamente sobre su eje con los ojos muy abiertos, en un vasto silencio en el que estrellas y galaxias nacen y estallan, donde el mismo tiempo morirá. Así nosotros.

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