Sobre el rescate de gatos y un señor de Basora

Muchos gatos han ocupado mi regazo a lo largo de la vida. El hecho de que su compañía me complazca tanto no me impide pensar que se trata de un animal de una inteligencia limitadísima. Si da el pego es por esa actitud de desdén y esa aura de misterio de la que sabe rodearse, para delicia de poetas decadentes, abuelas inofensivas y supervillanos de la ficción. A muchas personas el silencio las hace también interesantes.

Mi gata Lola, alias la enana, criatura adorable y llena de gracia, destaca entre la grey felina por ser particularmente tonta. Es incapaz de aprendizaje alguno y, a diferencia de su hermano Rilke ―il castrato, gatazo flemático de cabeza gorda y temperamento filosófico―, en ella no ha calado la frase de Pascal que tantas veces les he repetido y según la cual la mayoría de sus desgracias le vienen al hombre por no saber estarse tranquilamente sentado y solo en su habitación. Lola, dado que es bobita la pobre, tiende a subirse a sitios de los que luego no sabe bajar. Como cazadora deja bastante que desear, pero llevada por el impulso del momento, la muy botarate se distrae con el vuelo de un mosquito o el paso de un fantasma, corre atolondrada tras él y suele quedar atrapada en lo alto de los tejados o en la copa de los árboles o en el patio del bar de la esquina o esperando la muerte tras la reja de una ventana en la calle, de la que no puede salir. Es su carácter. Lola, por ceporra, por necia, podría haber malgastado sus siete vidas muriendo de hambre, de sed, de frío o de calor, podría haber acabado en manos de una familia que igual hubiera sido más estricta a la hora de cambiarle el arenero, pero que la haría escuchar una música horrenda. Gata con mejor formación musical no la hay. Menos mal que siempre aparece su amo al rescate. La secuencia siempre es la misma: un día desaparece y durante horas no da señales de vida, la llamo poniendo ridículas voces, la soborno con platos de comida y ella permanece en un obstinado silencio. Cuando, tras llenar el barrio de fotocopias con su cara de alelada, acepto que no la volveré a ver, se pronuncia finalmente con esa voz insignificante, esa voz de libélula resfriada que tiene la muy mema y entonces veo aparecer su cabecita tras el alero del tejado y ahí está el tío. Porque Perpiñá ha rescatado a su gata en las más difíciles condiciones. Perpiñá, que ya tiene una edad, se ha jugado el tipo encaramándose a alturas pavorosas a horas extravagantes, a veces en un estado que me llegan a ver las fuerzas del orden y me retiran el carnet de conducir y de paso la custodia de ambos animales. Para los que no conozcáis la psicología de los gatos os diré que, tras maullar obsesivamente durante horas, en cuanto ven las manos salvadoras de su madre humana de puntillas en el último peldaño de una escalera desvencijada y temblona ―aunque yo sea un señor con barba, soy su madre― se retiran unos pasitos, los necesarios para ser inalcanzables, y se te quedan mirando con cara inexpresiva, en un estado de mudez perfecta o lamiéndose los genitales, hasta que uno logra cogerlos enérgicamente del pescuezo y rescatarlos.

Ayer me la volvió a jugar. Tras desaparecer durante una noche, en que tuve pesadillas de feroces choques entre bandas callejeras en las que mi Lola, tan chica, perdía un ojo y se transformaba en la princesa de Éboli de los gatos, me levanté esperando que en las primeras horas del día la vería tan pichi, estirándose con las patas sobre el cristal de la ventana, como en otras ocasiones. Nada de eso. Tras un largo rato la vi caminando neuróticamente sobre un muro donde suele quedarse perdida y donde debió pasar la noche entera, mientras las estrellas giraban sobre ella. Recordé entonces un video en que un bronceado anciano de Basora, con unas barbazas canas, discutía con unos clientes sobre la mejor manera de rescatar a un gatete que no sabía bajar del toldo de su negocio. El hombre decidió sostener en alto una silla para que el animal saltara. Me pareció una adecuada opción y volví a subir a mi vieja escalera ―que me ha mostrado sobradamente su fidelidad y su clemencia― y allí levanté una silla con los brazos, hasta que la señora estimó buena idea subirse. Una vez salvada se comió una lata entera de comida, bebió como un mulo y se consintió una siesta abismal de seis horas, para ignorarme por completo al despertar, mientras yo sentía en el corazón el mismo calorcillo que sin duda experimentó el buen anciano de Basora ―toda mi gratitud para ese varón santo y resuelto―, porque a los hombres nos complace el salvamento de animales y nos conmueven las historias en que los niños perdidos son encontrados, porque sentimos que son inocentes y no pueden valerse y no comprenden la desgracia que se abate sobre ellos. Porque merecen vivir.

Y veo dormir a la majadera de Lola y no me importa su indiferencia porque es perfecta y merece perdurar. La dejo tranquila y, ya a solas, «cuando me paro a contemplar mi estado y a ver los pasos por do me ha traído» echo de menos que un par de manazas aparecieran para rescatarle a uno de esos tranquilos naufragios, esos estados de tedio y desesperanza en que nos perdemos sin saber cómo salir, por mucho que sepamos demasiado bien cómo llegamos.

Lola, la gata escapista

Tres cuartetos

Cuatro hombres aún jóvenes, vestidos de negro, toman asiento en el patio de un antiguo hospital renacentista en una noche de verano. Los miembros del Jerusalem Quartet llevan veinticinco años tocando juntos. A los profanos nos resulta difícil comprender el grado de íntimo entendimiento, casi telepático, entre ellos. Tras un intercambio de miradas, la música que escribieron hombres muertos hace siglos abre sus alas de nuevo ante nosotros.

En el cuarteto de cuerdas no se puede recurrir a los efectos de color de la orquesta y el pensamiento musical adquiere su máxima desnudez y abstracción. También la máxima capacidad de confidencia, como una arquitectura de la emoción. Mozart, Beethoven y Schubert, el programa podría considerarse una reflexión sobre tradición, autoridad y emulación. Schubert intenta medirse con Beethoven, Beethoven no intenta superar a Mozart ―que aún no era la figura mítica que hoy es para nosotros― pero ambos intentan trascender la figura inmensa de Haydn, el gran maestro y el hombre que dio su forma definitiva al cuarteto. Cada uno a su manera, lleva hasta límites insospechados las posibilidades de un género relativamente nuevo.

Y esa música sigue hablando a nuestro entendimiento y a nuestro corazón. Sigue estando viva. Los músicos hacían surgir borbotones de verdad, bondad y belleza que resonaba en los muros de un viejo edificio que fue albergue de sifilíticos y locos en siglos especialmente feroces. Los capiteles corintios del patio nos dicen que los hombres que lo construyeron a su vez rindieron homenaje a una antigüedad grecolatina que apelaba a sus instintos y a su intelecto. Una antigüedad idealizada, porque el pasado es impuro. Tras cada columna hay una idea del orden, también del Estado y de la violencia. No hay columna que no esté hecha de kitsch y sangre. La más profunda emoción llegó con el adagio del cuarteto “La Muerte y la Doncella”, compuesto por un Schubert que presiente su próxima muerte y una de las cimas del romanticismo alemán. Pero es precisamente ese turbulento pathos el que alimentará las más oscuras pulsiones del siglo XX. Hay una correspondencia entre la belleza y el espanto, entre el mal y una idea de la felicidad posible. Aceptar tal cosa es aceptar nuestra condición humana, es abrazar incondicionalmente nuestra imperfección, es creer en la inocencia de lo real. Vivimos un tiempo extraño en que una minoría de epilépticos morales pretende higienizar las huellas de aquellos que nos precedieron. En nombre del bien y desde una arrogancia infinita, pretenden juzgar y abolir la historia, pretenden dictar qué nos debe hacer reír, qué debemos escribir y cómo debemos hablar. En especial quién debe ser silenciado. No deja de entristecerme como semejante delirio ha logrado seducir a tantos, hasta transformarse en una suerte de pensamiento hegemónico.

Sé que veremos cambios asombrosos en el mundo, sé que quizás muchos de nosotros quedaremos a un lado, incapaces de adaptarnos. Anoche me sentía lejos de esta fiebre de pureza mientras encontraba refugio y consuelo en la voz de un crápula irresponsable, de un enfermo crónico que tras creer en las utopías del siglo se hizo un misántropo y de un desdichado incel destruido por la sífilis. Cuando la nueva religión sea capaz de producir obras que me hablen con una voz semejante, le tendré algún respeto. No creo ya en casi nada, creo que hay ciertas jerarquías estéticas y morales, creo que hay unas pocas cosas que merecen la pena, creo que todo hombre sabe en lo íntimo de su ser lo que está bien y lo que está mal, creo que todos podemos perdernos y por eso solo muy pocos actos no merecen nuestro perdón. Para los que dictan muertes civiles, para los que condenan sin apelación desde un neurótico narcisismo adolescente, para los virtuosos de la queja y la victimización, incapaces de devolver solo una pequeña parte de todo el bien que han recibido, para ellos, aunque acaben haciéndose con el mundo, solo tengo un melancólico desprecio.

Pablo Picasso, 1921, Nous autres musiciens

Vae victis

Nadie se acuerda de los vencidos. Un victoriano conservador y probo padre de familia como Charles Darwin describe una economía cruel del mundo, en la que los más dotados hacen prevalecer su dotación genética y los perdedores en la lucha por sobrevivir son borrados del futuro. Sin embargo, la ciencia descubre también restos humanos con los huesos soldados, lo que implica que alguien se molestó en cuidar y acarrear a un semejante herido, hasta que pudo sanar. Esa piedad, ese hermoso despilfarro de la energía precisa en el corto plazo, esa inversión en el porvenir, marca el inicio de la civilización. La tensión entre ambos impulsos forma parte de las condiciones mismas de existencia de nuestra especie.

Los animales desconocen la idea del tiempo y la idea de la derrota. Persiguen algo y se les escapa, son perseguidos y sucumben. No hay más. Lo que nos hace humanos es la esperanza y, en consecuencia, el fracaso.

Me considero un experto en derrotas, aunque quizá no menos que tú, lector. Al fin y al cabo siempre hay una dimensión de incumplimiento en el tiempo que nos ha sido concedido. Quisimos ser tantas cosas que nunca fuimos, amamos a tantas personas que no nos amaron ―detrás de cada pareja feliz, hay un cortejo fantasmal de desdicha, el de los rechazados―, creímos tener talentos de los que carecíamos, conocimos con dolor nuestros límites. La juventud, el tiempo de la pura posibilidad, es la edad de los sueños. Poco a poco el principio de realidad nos somete y la madurez trae consigo esa melancólica forma de sabiduría que es la gratitud. Uno se conforma con lo dado, con la mera gracia del ser. Anhelábamos una biografía de aventuras y fortuna y al final, hala, pues ya hemos cenao.

Nietzsche tenía razón. Sí, son los momentos de euforia, cuando una resistencia es vencida, aquellos que reclaman eternidad, pero el cristianismo saca su fuerza moral y su seducción del reconocimiento de que la vida es pérdida, de la conciencia de pertenecer a una hermandad trágica de pringados. El bueno de Rabelais hace decir a un campesino al que encuentra plantando coles en los campos del interior de la boca del gigante Pantagruel: «Ah, señor, no todo el mundo puede permitirse tener los cojones de plomo y no todos podemos ser ricos».

Ayer mismo pensaba en los ministros cesantes, su súbito empequeñecimiento. He imaginado incluso la amargura de la ex vicepresidenta, cuya mezcla de ignorancia y soberbia siempre me ha sacado de mis casillas, despojada de los velos deslumbrantes del poder y reducida ahora a una soledad pequeña, esencial, sin entender qué ha pasado. También, horas más tarde, mientras veía los gestos desaforados de alegría de la selección italiana (la exhibición de lo que Cioran llamaba «el fondo bestial del entusiasmo», es una de las señas de identidad del hipercapitalismo del futuro, aliado de Rousseau), no podía quitarme de la cabeza lo que la cámara omite, el sombrío vestuario de la selección inglesa, la congoja sin consuelo posible de quienes fallaron los penaltis. Son acaso desdichas menores, lo sé. La historia, al fin y al cabo, está llena de derrotados con mucha menos fortuna. Ciudades, pueblos enteros, generaciones han sido arrasadas sin piedad.

A mí me intimida fácilmente el aplomo de los ganadores, los afortunados, los que han conseguido lo que querían. Quizás debería acostumbrarme a mirarles a los ojos y a leer entre líneas lo que ellos probablemente hayan perdido, su Rosebud particular, su miedo. Porque todos, incluso los que todo lo tienen, temen ser arrastrados fuera del círculo de los afortunados, conocer la intemperie, caer en la irrelevancia, la soledad y el olvido. Todos temblamos ante las primeras señales de lo que ya no tiene remedio, los anticipos de la derrota final que a todos nos iguala, porque la banca siempre gana.

Masaccio. “Cacciata dei progenitori dall’Eden

La caída

Recuerdo mi melancólica impresión al ver el programa íntegro con la primera aparición de The Beatles en el Ed Sullivan Show, que supuso su salto de atracción coyuntural a superestrellas planetarias. Compartían el tiempo de emisión con una serie de artistas de variedades, el tipo de entertainers (magos, ventrílocuos, imitadores, malabaristas) que durante décadas entretuvieron a las clases populares en teatros, carpas y cafés, y que serían barridos de la faz de la tierra por lo que anunciaban aquellos cuatro talentosos y jovencísimos chavales con los que compartieron programa. Ninguno de ellos lo sospecharía, como nosotros mismos no somos conscientes cuando aparecen señales de irreversibles cambios del gusto, que nos precipitarán a los márgenes y la irrelevancia.

Cuando escribo estas líneas, la carrera profesional y delictiva de José Luis Rodríguez Moreno ha llegado a su fin, a la vez que su figura bigger than life (en expresiva fórmula del inglés) entra definitivamente en la mitología popular como archivillano digno de Berlanga. Todo en él es carne de leyenda y de hipérbole. Moreno, cuya cara dulzona y relamida, peculiarmente lorquiana, constituye en sí un anacronismo, proviene de ese mundo desaparecido. Hijo y sobrino de ventrílocuos, cómo no imaginar una infancia marcada por la fascinación y el terror ante la presencia siempre siniestra de los muñecos y su doble vida: encerrados sin vida en cajas y sacados de su sueño para hacer de proyecciones del id de quienes los manejan. La perversa relación simbiótica entre ventrílocuo y muñeco (donde resuena la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo) ha sido desde siempre un tropo del terror.

Nada en su biografía es fiable, pues Moreno, desaforado mitómano, tras borrar el infamante Rodríguez de sus apellidos, ha sembrado su propia historia de puras invenciones. Uno sospecha una infancia difícil de acosos y desprecios por su notoria diferencia, que él ha sublimado inventando al joven talentosísimo que cantó Rigoletto con 17 años, al neurocirujano que domina once idiomas, pero que decide consagrar su vida a traer un poco de alegría a las familias. Pocos humoristas en general resisten bien el paso del tiempo y sus sketches no resultan demasiado afortunados. Chocarreros y estridentes, humor de pariente pesado con varias copas encima, ni siquiera pueden ser recordados con nostalgia.

Él probablemente se percató de que el arte que le hizo popular tenía los días contados y por eso se pasó a la producción de espectáculos, donde durante los noventa creó un aparente imperio con un revival del género arrevistado. Mientras la España oficial soñaba con la modernidad, Moreno nos devolvía la gracieta vulgar del Teatro Chino de Manolita Chen; mientras los guays fruían con Seinfeld o Friends y saltaban con el Smells like teen spirit, él retomaba con Matrimoniadas el chascarrillo chillao y los chistes de suegras e hizo una fortuna con lo que un psicoanalista definiría como el retorno de una sociedad entera a la fase anal.

Ya por entonces corren rumores sobre su índole caprichosa y tiránica, en contraste con su figura sonriente y jovial. Yo hice un pequeño trabajo para su productora. Para cobrar tuve que presentarme en unas oficinas de aspecto azconiano, faltas de ventanas y abundantes en archivadores Roneo y cartapacios, con la alegría de una comisaría rumana o un consultorio de venéreas. Allí entregué mi facturilla a la hermana del gran jefe, una mujer árida y triste, que desaparecía devorada por un escritorio tan caótico que mi desastrosa mesa de trabajo parece a su lado la de Marie Kondo

Para entonces su figura pública es la de un Citzen Kane de astracanada. Escandalosas fiestas en la piscina de un Xanadú de saldo, relación con un hercúleo ciudadano checo al que impone como actor de nulo talento en sus producciones. Las posibilidades de una relación semejante, que reproduce la relación del ventrílocuo y su muñeco, las secretas vulnerabilidades y humillaciones, sus inimaginables juegos de poder y mutua dependencia, afilan los dientes de cualquier narrador de historias. Cuando fue agredido en su propio domicilio por una banda mafiosa, con una brutalidad feroz, la profesión no se deshizo en fraternidades con él. Imagino que eso le separó aún más del mundo.

Ha caído definitivamente en desgracia. Lo tuvo todo y está arruinado. Tras su detención se ha destapado una colosal cadena de actividades delictivas, abundante en episodios chuscos y picarescos que revelan una inagotable creatividad a la hora de estafar. También la amarga constatación de que semejantes tropelías no las comete alguien solo y que la tupida red de abogados, directores de banco y otros sinvergüenzas en la que se apoyó, la falta general de decencia y dignidad entre quienes permitieron su ascenso y su poder despótico, hablan de la miseria moral de una población empobrecida y asustada, menos libre de lo que nos gusta creer. Si el éxito de Moreno como artista y entertainer nos mostró la desdentada vulgaridad de nuestra sociedad, su mera posibilidad como delincuente nos habla de un fracaso como ciudadanos. Moreno es nuestro espejo oscuro, ética y estéticamente.

Puede que se libre de la cárcel, pero ya no saldrá indemne. Una vez un político en desgracia me hablaba de ese momento en que el teléfono deja de sonar, seguido por aquel en que ya no te lo cogen. Imagino su vida futura en ese sombrío caserón trumpiano, con las piscinas invadidas por hojas y verdín. Definitivamente solo y desprestigiado, arrastrando un cuerpo ya achacoso envuelto en un chándal de tactel. Viviendo en un pasado a medias fabulado a medias real, echando de menos el temor reverencial y los cuerpos que se le sometieron, aquellos grandes placeres; intentado creer que aquella gloria de bingo y lentejuelas fue relevante, que será recordado. Quizás sus vecinos oigan de noche la voz chillona y remota de sus muñecos, porque nos encanta el melodrama y fantasear con que son los únicos que no lo habrán abandonado y que, mientras todos duermen, los sacará de sus cajas para ahuyentar el miedo a la muerte y, donde no puedan ser vistos, decirse con ellos ―Moreno niño, de nuevo― las palabras amargas, sabias, secretas, que nadie escuchará, nadie puede siquiera imaginar.

El pan nuestro de cada día

En 1922, James Joyce nos abrió con su Ulysses las puertas del flujo de conciencia humano, lugar donde descubrimos reservas inagotables de banalidad y estupidez. El basurero cósmico de Twitter conecta la actividad cerebral de millones de individuos sin el filtro de una mínima elaboración y articula así una red insensata de ocurrencias que multiplica el efecto deletéreo de la melonada. La necedad inconsciente linda peligrosamente con la maldad.

Hace unos días, un tweet de una conocida sección de una importante cabecera se interrogaba: «¿tiene futuro la mesa del comedor o es solo un vestigio de un pasado en que las familias (y las casas) eran grandes, no había televisión ni móvil y teníamos que comer todos juntos manteniendo una conversación?». Cabría hacer una lectura en clave irónica o rastrear un deje de melancolía, pero sería ignorar el valor ofensivo que hoy tienen expresiones como “vestigio de un pasado” y ese aire de fastidio del «teníamos que», que es un «jo, qué rollo» en toda regla.

Afrontemos la cuestión y hagámoslo en la medida de lo posible sin nostalgia, vicio que delata nuestra edad e interfiere nuestro criterio. Hay una buena observación en ese tweet y es que las casas eran grandes. En efecto, hubo una etapa entre el fin de la segunda guerra mundial y el nuevo milenio en el que las clases medias occidentales conocieron el lujo del espacio. Y esa disponibilidad hizo posible que una habitación de la casa, diferente a la cocina, se transformara en un decorado donde cada día se oficiaba el mismo ritual. Las familias muy devotas intensificaban ese aspecto ceremonial al bendecir los alimentos, gesto que me parece de una inmensa delicadeza. La gratitud, ese «vestigio de un pasado», es un sentimiento ajeno al ethos de ese consumidor en que todos hemos devenido.

La comida familiar era el sacramento de lo que podríamos denominar el orden patriarcal (cifra actual de toda injusticia y toda vileza) y no se sostenía sin damnificados. En una ciudad de provincias y en los viejos horarios, la madre trabajaba en las calderas humeantes de la cocina para que a la hora en que los hijos volvían del colegio de bregar con la autoridad y padecer la crueldad de sus semejantes y el pater familias regresaba de hacer lo mismo en su trabajo, solo que cobrando por ello, la mesa estuviera bien abastecida. El mito evangélico revela una extraordinaria astucia literaria cuando hace carpintero a San José, pues tres cosas fundamentales hacían los carpinteros: la mesa donde comemos, la cama donde dormimos y somos engendrados y los cofres donde guardamos nuestras pertenencias. La mesa común, redonda o rectangular, orientada a los cuatro puntos de la brújula y dominada, como en un escenario, por una luz cenital, era metamorfoseada al ser cubierta litúrgicamente por una tela sobre la que se disponían cubiertos y vajilla. En las fabulosas dimensiones del tiempo de la infancia ―pues en la infancia conocimos también el lujo del tiempo― los estampados de la mantelería y la presencia familiar de los mismos platos y vasos significaban “para siempre”. Una hora duraba el drama en tres actos: primer plato, segundo plato y postre, tras el cual todo el atrezzo se hacía desaparecer y la unidad familiar encendía el televisor para amodorrarse contemplando los horrores de la historia en los informativos.

La familia era eso, era compartir con ellos la comida, era el dramón de tener que comerte un plato de coliflor, era tu padre que se ponía camiseta en verano para estar más cómodo, era escuchar las malediciencias del trabajo o los agrios conflictos de la amistad de los mayores que te introducían en las rendiciones de la vida adulta. Era contar tus pequeños descubrimientos del mundo mientras pelabas una naranja y, con el tiempo, aprender el arte del disimulo y la mentira, pues pronto sabes que no puedes contarlo todo, ni siquiera a tus padres. Era el momento en que se daban las noticias felices y las funestas, era el lugar donde notabas si las cosas iban mal entre tu padre y tu madre, también donde el arrogante adolescente empezaba a cuestionar a la figura paterna, súbitamente empequeñecida. Los sufridos, feos, honradísimos productos duralex (¡qué magnífico nombre!) como testigos a lo largo de los años de la lenta pérdida de la inocencia, del desgaste de aquel asombro primero ante las cosas.

No he tenido hijos y no he perpetuado esa estampa. Contemplo con una mueca de escepticismo esa última mutación que aparece en la publicidad, la familia “díver”, ligeramente gilipollas, devorando eufórica la pizza que les ha traído, atravesando la ciudad, un chaval infrapagado, mientras ven Disney+. Tampoco es que sea mejor que ellos. Yo como solo, como un personaje de un cuadro de Hopper, en una casa grande, yo mismo cada vez más vestigio de un pasado, e incurro fatalmente en esa nostalgia que me había prohibido y recuerdo los viejos sabores rutinarios y sonrío con indulgencia ante aquel beato tedio que nunca nos será devuelto y en cuya sencilla inocencia uno querría encontrar refugio en los tiempos de aflicción, pues el recuerdo todo lo absuelve.

Cannabis

No tiene demasiado sentido, ya que las noches de mi infancia estuvieron marcadas por las pesadillas. Debería haber buscado esa luz del día que ponía fin a los terrores nocturnos, pero lo irracional y lo inquietante, lo anómalo, siempre me atrajo, el delirio era mi patria. En la biblioteca familiar mis ojos de niño buscaban los cuadros de Chirico, Redon y los surrealistas, ¡qué hallazgo, qué sensación de encontrar a alguien que hablaba mi lengua!, qué poco me interesan ahora. La Isla del Tesoro y sus claridades, su salud fundamental y su apetencia de vida, no me llamaban entonces la atención; me interesaba el Julio Verne más malsano, el del trágico capitán Nemo navegando un turbio reino subacuático, que en realidad era ese inconsciente que el siglo XIX empezaba a descubrir. Mis primeras pasiones literarias fueron Poe, Lovecraft y Borges, mientras que “Strawberry fields forever” de los Beatles me abrió las puertas de lo alucinatorio. La música de mi primera adolescencia fue el rock progresivo porque en sus mejores momentos consistía básicamente en un sucedáneo sonoro del viaje para consumo de adolescentes, aislados por sus auriculares con las luces apagadas. Tangerine Dream o el Ligeti de “2001” eran mi música celestial y el fantástico mi género más querido.

La primera noticia que tuve acerca de las drogas fue en un libro de aquella misma estantería. Un libro de geografía económica donde se contaba la historia del comercio del algodón, las especias, el té y el opio. Allí se decía que los chinos al consentirse la embriaguez con opio entraban en un letargo en que creían percibir la armonía de las esferas. Yo, como niño que era, desconocía qué podía ser la armonía de las esferas, pero anhelaba experimentarla. La prensa del momento ―coincidiendo con el primer gran esfuerzo de la administración Nixon contra la cultura psicodélica ― abundaba en noticias truculentas sobre las consecuencias de las drogas y, sin embargo, yo deseaba más que nada en el mundo probar aquellos filtros mágicos que me harían romper con lo acostumbrado, explorar territorios desconocidos que había dentro de mí.

Llegado el tiempo de la adolescencia empezó mi iniciación. Nunca me interesó demasiado el mero brío de la cocaína o las anfetaminas, el malditismo de la heroína era demasiado para un pequeño burgués como yo, así que el cannabis ―barato, razonablemente seguro y algo pasado de moda en aquellos energéticos ochenta― fue siempre mi sustancia favorita.

Aparte de unos pocos, modestos escarceos con alucinógenos mayores, el hachís o la marihuana me han acompañado toda una vida. Fumador epicúreo e intermitente, el THC me dio muchísimo. Para mí funcionaba como una suerte de estimulante cerebral que aumentaba la capacidad de asociación de ideas y ofrecía un aspecto desacostumbrado de las cosas. Lo ya conocido, lo habitual, se percibía como nuevo, ¿cabe imaginar mayor regalo? Ideal para escuchar música, suprimía la emoción de la melodía y el ritmo (el THC, al estirar el tiempo, los desnaturaliza) pero a cambio te hacía escuchar la canción con nuevos oídos y te proporcionaba deslumbrantes revelaciones sobre estructura, color y armonía. Escuchar los viejos temas de la radio de la infancia bajo esa nueva luz me proporcionó inolvidables momentos de asombro y descubrimiento. El cine o la visita a museos bajo sus efectos multiplicaban las posibilidades sensoriales e intelectuales de la experiencia, la inmersión en el mar o la física del amor alcanzaban plenitudes que bordeaban el éxtasis. Incitador de la risa y el humor, un buen porro acompañado de un par de cervezas, hacía de la conversación con amigos un alto placer.

Durante décadas y en medio de ocasionales carestías, uno se las arreglaba para conseguir la sustancia. Recuerdo los camellos que han puntuado mi vida, desde el hosco individuo que te timaba en las esquinas, hasta los que te recibían en sus casas: familiares, locuaces, maniáticos, de todo había. Recuerdo en especial una muchacha en Madrid, era de Ceuta. Encantadora y pija, quería ser modelo y pasaba hachís para sacarse algún dinero. Era tan guapa y vestía de un modo tan adorable que casi te entraba la risa, utilizaba una balanza de lo más cuqui para pesar la mercancía y uno se permitía fantasear sobre en qué parte de su cuerpo habrían viajado aquellos pasaportes visionarios que ella pesaba con una expresión de absoluta seriedad.

Estaba la cara oscura, claro. El THC activaba en mí el músculo del miedo. La sospecha inconcreta de algo funesto. A veces venían crisis de pánico, el miedo a morir (siempre presente desde que con treinta y pico años me diagnosticaron una arritmia hereditaria), el severo juicio moral sobre tus acciones de los días anteriores, la angustia ante las cargas y responsabilidades de la vida adulta. Fue dejando de gustarme, ya no me daba tanto, siempre había esa oscura zozobra antes del goce. Dejó de serme de utilidad alguna para tener ideas, se transformó en una rutina un poco tonta. Un imprudente porro de la explosiva variedad White Widow (la güido, en palabras de los dealers de mi barrio) casi acabó con mi vida. Fue el último. Ya no he vuelto a frecuentar su compañía.

Esta confesión un poco impúdica tiene que ver con algo más importante. Si el cannabis empezó a decepcionarme fue porque mi mundo interior, lo de dentro, acabó por resultarme poco interesante. La madurez ha consistido en cierto desapego y el reencuentro emocionado con lo real. Hace tiempo que estoy de acuerdo con Joseph Conrad en que cultivar el fantástico sería negar que la realidad misma lo sea. O algo así.

Durante décadas he abierto las puertas de la percepción, he educado y afinado mi mirada. Y estuvo bien. Ahora, ya sin el veneno corriendo por mis venas, reconozco de nuevo lo que siempre estuvo ahí, los ríos de belleza y sentido que atraviesan cuanto alienta, la gracia luminosa de algunas personas cuya mera existencia justifica la vida. El mundo es inagotable y no tengo demasiado tiempo para perderlo en esas baratijas cubiertas con telarañas, pura filfa, que se acumulan en las góticas galerías de mi cerebro. Y ese aprendizaje se lo debo paradójicamente a esa airosa planta índica y a las oscuras almas perdidas que me la facilitaron, esa panda de fulleros celestes, pinkfloyds desertores de la normalidad, funcionarios del caos viviendo en casas desvencijadas. Ojalá la vida haya sido clemente con ellos.

Elogio del amanecer

Para escribir estas entradas que nadie me pide, nadie me paga y nadie me publica, suelo levantarme temprano. Si la cosa no se tuerce les dedico un par de horas, de manera que os las podáis encontrar de buena mañana. Luego me puedo pasar todo el día haciendo correcciones furtivas, pero esa limitación del tiempo me complace como desafío y por un prurito de espontaneidad. Lo más difícil es encontrar a estas alturas sobre qué escribir. Lo demás es oficio y seguir la inspiración del momento. A veces con resultados desastrosos, porque el instinto te lleva con frecuencia al cliché y al efecto fácil. En contra de la creencia popular, pocas cosas requieren más tiempo que la frescura.

Un amigo de juventud defendía el estado mental del hombre recién despierto, cuya mente conserva la virginidad de un disco duro que acabaran de formatear. De noche habríamos acumulado cantidades poco recomendables de información superflua, basura mental y remordimientos, perdiendo el claro asombro con que cada mañana nos enfrentaríamos al mundo. Como ya he dicho, me he aficionado a esa mezcla de transparencia y estupor que inaugura la jornada.

No siempre fue así, tuve mis años de nocturnidad vocacional. Abrasivas veladas intoxicado por cafeína y THC en las que forzaba los límites del agotamiento. Ya no puedo permitirme semejantes pruebas de resistencia, claro, pero no solo se trata de una decisión dictada por el pragmatismo, hay en ello también una elección estética. Lleva una vida librarse de los prestigios de la noche. La noche es tan interesante. Media superficie del planeta da la espalda al sol y se enfrenta al espanto de esas turbulentas eternidades en las que vivimos de milagro, protegidos por una tenue capa de gases. Ya lo habré dicho alguna vez, el cielo azul es un engaño y por eso alegra al niño que aún somos. El cielo nocturno es la verdad sin contemplaciones, la evidencia de un universo indiferente y hostil. La constatación de nuestra insignificancia. Los hombres han adaptado sus ritmos a esos ciclos de luz y oscuridad, los buenos y los malvados duermen de noche los cansancios del día y en los caminos del sueño son hostigados por sus miedos, recuperan cuanto perdieron, olvidan por unas horas sus cargas. Nos alejamos de la luz del sol y nos alejamos de la consciencia, nos replegamos hacia las capas más profundas e ingobernables de nuestro psiquismo. Más allá de la lámpara encendida sobre la mesa del escritor ―el siglo XIX es una acumulación de descomunales monumentos intelectuales rescatados pacientemente a las horas del sueño, en habitaciones insalubres, por auténticos gigantes―, más allá de esa ventana iluminada que en la fachada de su edificio habla de una conciencia en vela, se extiende el reino del temor y lo clandestino, de cuanto no se somete a la claridad y al orden diurno. Territorio poblado por espectros y bandidos, conspiradores y libertinos, amantes y asesinos. El artista adolescente aprecia mucho estas cosas, pero acaba abandonando semejantes devociones.

La madurez es una aceptación de lo real y amor a lo que nos es dado y un buen día descubres el alba, la hora del buen agüero en que caravanas, expediciones y ejércitos se ponen en marcha, el momento en que zarpan los barcos y todo es posible. Me gusta mientras escribo asistir a esa modesta gloria del amanecer, que reproduce cada mañana la creación del mundo. Es muy diferente a los esplendores enrojecidos del ocaso. El amanecer no se ve, el amanecer ocurre. Y todo con una sencillez admirable, que se concentra en lo que se me muestra a través de un gran ventanal sobre mi patio, dominado por un gran muro blanco de un edificio anexo. Hay como una condensación del silencio que marca el fin de los sonidos habituales de la noche, apenas dura unos segundos, pero es la frontera entre los dos mundos, como los instantes previos al big bang.  De repente todo empieza de nuevo. Los pájaros son los primeros en anunciar el día. Poco a poco van despertando y van sumando sus cantos, según su condición, mientras la luz se apodera de cada rincón del patio y rescata cada flor, cada grieta de la pared, cada objeto, de su condición indiferenciada. Lo sugerido, lo difuso, adquiere sus límites, saturado de ser. Los pájaros vuelan ahora en círculos con una exaltación sin objeto y desde la calle los primeros acordes del día: voces de niños camino del colegio, mangueras, maletas con ruedas, radios, sonidos de platos en las cocinas, los trabajos del hombre. Y esa idea de repetición no me espanta, no me aprisiona, me hace libre y me da el coraje que preciso. Y así, con una considerable sensación de alivio, pongo punto final a esta entrada.

Roy Lichtenstein. “Sunrise” (1965)

Inmunidad

La primera dosis la recibí en una nave industrial, de manos de una enfermera joven, a la que imaginé hermosa tras su mascarilla. De la segunda se encargó en el centro de salud de mi barrio un enfermero maduro con años de mala baba acumulada, que se aseguró de neutralizar todo posible entusiasmo al enfatizar que aquello funcionaba no del todo y no para siempre. Pero el caso es que cuando salí a la calle hacía una tarde esplendida y solo un sentido mínimo del decoro me impidió caminar dando saltitos, como esos pequeños gorriones que tan bien nos caen. Ya han pasado unos días y soy, hasta donde pueda afirmarse, invulnerable como los héroes de la leyenda tras tomar una poción, un escudo invisible me protege de las flechas y las piedras de la áspera fortuna. En cosas como esta cristalizan siglos de pensamiento científico, pero uno no puede desprenderse de un sencillo asombro campesino ante el prodigio, una reverencia supersticiosa de sostener la gorra entre las manos.

Al caminar por la ciudad sigues teniendo que cubrir tu rostro con la mascarilla, aparentemente nada ha cambiado, pero te sientes audaz y ligero, un poco insolente y un poco puta. Tienes un hambre inmensa de realidad, de otros; el mundo ha dejado de ser una amenaza y se transforma en una cueva del tesoro, una huerto cuajado de frutos. ¡Solo tienes que extender tu mano y llevarte lo que es tuyo! Vivimos meses en que se consagró la distancia y el límite, ahora queremos traspasar barreras, ceñir los cuerpos con el brazo, besar y entregarnos a joviales indecencias.

Hora de los buenos propósitos y las locas fantasías, hora de imaginar tantos futuros aún posibles, necesidad de creer que aún nos esperan buenas cosas. Ante el recuerdo de la muerte y sus miserias decimos todavía no, nos calamos el sombrero y seguimos silbando con las manos en los bolsillos.

Recuperación de viejos hábitos queridos, también confirmación de cambios irreversibles: cierta misantropía sin rencor, el redescubrimiento de lo íntimo, la necesidad de la soledad, el deseo de librarse de tantas cosas sin importancia y que nos sobraban, ganas de no perder el tiempo, de ir a lo esencial. El peligro sigue estando ahí, claro, hemos conjurado solo una de las innumerables formas con que la realidad constantemente se afana en destruirnos, pero ahora sabemos que la vida es peligro y que, maldita sea, qué difícil se lo pienso poner, qué ganas de arder y consumirme y dar luz.

Pablo Picasso, “La alegría de vivir” (1945)

El barrio

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Cada mudanza es una catástrofe articulada, un proceso de cambio y un desprenderse de lo superfluo, una baliza que escande el tiempo de nuestras vidas. Muerte de una parte de nosotros y resurrección en una nueva escenografía de lo íntimo, un nuevo paisaje para la melancolía. También supone ser adoptado por un nuevo barrio.

Cambiamos de casa y un mundo por explorar se nos ofrece. Calles, tiendas y tabernas de los que a partir de ese instante estará hecho el tejido mismo de nuestros días, hasta que llegamos a olvidar cómo hemos podido vivir en un sitio diferente. Pronto desaparece la novedad y otra belleza, la de lo acostumbrado, hace su aparición. Mucho antes de que el nuevo decorado de nuestra historia empiece a aparecer en los sueños, ya hemos desarrollado una trama de afectos con sus negocios, un vínculo con sus esquinas y los personajes que lo pueblan, con su aspecto cambiante a lo largo de las estaciones. Sin darnos cuenta, nosotros mismos pasamos a formar parte de esa comedia costumbrista que abre el telón a primeras horas del día. Imagino que mi figura barbuda y distraída, de secundario de zarzuela, mi andar un poco excéntrico, ya es algo a lo que se han acostumbrado mis vecinos o ese niño que cada mañana va al colegio.

Las pequeñas tiendas de los barrios suponen uno de los más admirables logros de la civilización, mediaciones entre la naturaleza y lo doméstico. Por un puñado de monedas, lo que maduró al sol o nadó bajo las aguas del Atlántico, termina en la privacidad de tu mesa. Hay en la variedad de las tiendas un bello principio enciclopédico de clasificación del mundo: los frutos de la tierra, las criaturas del mar, los animales de sangre caliente (semejantes a nosotros y que sacrificamos violentamente), la ropa que cubre nuestra desnudez, las herramientas con las que trabajamos, los perfumes y cosméticos que nos hacen deseables, las drogas que nos alivian de la carga del ser y las que nos libran del dolor y la muerte, el pan, antiguo como el mundo, las flores, los recuerdos de la dulzura de la infancia que nos asaltan en las papelerías… Cada tienda ofrece instancias de realidad, cada uno de los tenderos ―cómo me gustan en especial las parejas de tenderos, sus tiernas complicidades y resignaciones― da a su local un carácter especial, el genio de su oficio. La manera de seleccionar y disponer lo que le es propio, su carácter, la frecuente aparición del humor ―que magnífica, tranquila, elegante ironía la de un hombre al que hace poco le compré un hermoso sombrero― hace de cada uno de esos lugares algo único y valioso. Nos vemos envejecer, tenemos con ellos pequeñas conversaciones triviales que sería insensato evitar o despreciar porque nos enseñan tanto sobre nuestra común humanidad. Para muchos ancianos es su única vida social y nunca se encarecerá lo suficiente el cariño y la comprensión ―indicador de virtud civil, orgullo de nuestra especie― con que a diario fruteros y cajeras de los supermercados los tratan.

En la imparable tendencia a concentrar tanta diversidad en vastos centros comerciales hay no solo una sosa eficiencia desalmada sino un principio de indiferenciación, semejante a la muerte.

Hace un par de días, una de las dos muchachas que trabajan en la farmacia que frecuento ―a partir de cierta edad se frecuentan las farmacias más de lo que uno quisiera― me notificaba con los ojos enrojecidos que pronto cerrarían porque los dueños del local habían decidido vender. Uno daba por sentado que su gracia enfundada en batas blancas, la delicada belleza de ambas, su juventud, formarían parte de mi vida para siempre. Apenas conocía nada de sus vidas, pero formaban parte de la mía. Sus voces me serán arrebatadas. Es lugar común de la filosofía oriental que el principio de toda perfección pasa por aceptar la impermanencia y es uno de los motivos por los que siempre me ha resultado cordialmente antipática. Niño mal criado, no acepto el principio de realidad, no me resigno a la ley del cambio, no quiero que aquello que amo desaparezca, ¡ni siquiera quiero que cambie! Uno desearía para cada pequeña alegría de esta vida esa amable, sencilla y bulliciosa eternidad de los olores, las imágenes y los sonidos del barrio, esa modesta gloria de cada mañana.

Silencio

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Qué animal estruendoso somos. A nuestro lado el perro del vecino parece un circunspecto monje tibetano. Nos despertamos con un ruidoso bostezo y ya la emprendemos a golpes contra el mundo. El día se inaugura con una sinfonía grotesca de caídas de tapas de inodoros, descargas de cisternas, grifos, flatulencias y maquinillas de afeitar, motores que arrancan y persianas que se levantan. Cháchara y maldiciones. No nos basta con nuestra capacidad para el estrépito, millones de medios de reproducción multiplican hasta el delirio la aspereza articulada de nuestra voz. Fábricas, sirenas, los temibles atronamientos de la guerra. Sin duda nos hacemos notar. Y cada juntura por la que pudiera filtrarse el temido silencio la tapamos con música. La música, esa misteriosa forma del tiempo (Borges dixit), degradada a una viscosidad trivial, un engrudo que apacigua nuestra angustia de estar en el mundo. Hace tiempo que dejó de ser lo que Schopenhauer enfáticamente llamaba la voz de la voluntad para quedarse en musiquita, algo jovial y estupidizante, que nos acompaña en nuestros desplazamientos, en los talleres y en los mercados, en las tabernas y en los apareamientos, que nos da marchita, que impregna las persuasiones publicitarias y los discursos institucionales, que nos señala qué hemos de sentir en las películas. Omnipresente, narcótica y superflua. Basura.

El año pasado tuvimos un ensayo general de un mundo más silencioso. Los animales salvajes acudieron confiados a los arrabales de nuestras ciudades. No se nos oía apenas. Duró poco. Por eso, a veces, un inmenso cansancio de nuestros miserables tumultos, las ganas de que nos callemos, el deseo de un silencio radical. Abstenerse del ruido y de la palabra, pero también dejar de opinar, dejar de juzgar, dejar de escribir (en especial acabar con las ficciones, no añadir simulacros de realidad a lo que ya nos es dado), silenciar incluso la voz de los difuntos en los anaqueles de las bibliotecas. Comportarnos como si no existiéramos, como si temiéramos que un poder malvado se percatara de nuestra presencia. Con la muda delicadeza del caracol o la nieve al caer.

Y aun así el silencio nos eludiría. Oiríamos el sonido de nuestros órganos internos, la febril actividad celular, el sonido de las raíces extendiéndose bajo tierra, la corrupción de los muertos, vientos, tormentas y oleajes. El mismo origen del universo, sus primeros instantes, no fueron un salto callado del no ser al ser sino una violencia inimaginable que todavía oímos.

No es algo de este mundo. Solo algunos, muy pocos, han llegado cerca de donde habita el silencio. Un espacio central dentro de nosotros, donde no nos alcanza el estruendo del cosmos y sus vastas ceremonias de aniquilación y desorden, ni siquiera el sonido y la furia de nuestros pensamientos. Un lugar de secreto deleite y de supremo terror, porque allí, en los confines mismos del silencio empiezan a suceder cosas.

Odilon Redon. “Silence” (1911)