2016

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Ya toca irse. Uno no se lleva nada, no puede llevarse nada, salvo algunos instantes que quiere creer que perdurarán, embellecidos y absueltos por el recuerdo, ese fantástico mecanismo químico que nos regala la ilusión de un yo. Poco más queda por hacer, bajar las persianas, apagar las luces, recorrer mentalmente y por última vez las estancias y los días, todo aquello que nos hizo y que quedará cubierto por las sábanas del olvido. En mis veinte imaginaba a veces el año inconcebible en que moriría David Bowie. No ha sido diferente a otros, las cosas simplemente ocurren. Siempre esa sensación de haber dejado pasar los días, de lo que pudo haber sido y pude haber hecho, también el amor por los pequeños hábitos que forman el tejido del tiempo, por rostros, por voces, por unas manos delgadas en las que a veces pienso y ese pensamiento es mi alegría, por mis queridos vicios y las humildes epifanías de la luz jugando sobre las cosas del mundo.

Todo cumplido y estuvo bien. Ya toca irse, sí. Cerrar la puerta, echar la llave por debajo, subirse las solapas del abrigo y no mirar hacia atrás, no hacerse esta vez promesas, no albergar esperanzas. Cuanto ocurre me basta. Continuar, perseverar, reír mucho, no hacerme peor.

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Vindicación y elogio de la Navidad

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El grupo de aquellos que abominan de la Navidad no es homogéneo. Está el eterno anarca adolescente, al que le jode profundamente lo que él interpreta como una exigencia de felicidad por decreto, están aquellos a los que por motivos personales estas fiestas les parecen teñidas de tristeza y están, cómo no, los más superficiales de todos, los grandes moralistas que consideran las navidades como una superestructura más del ominoso sistema y nos instan a sentirnos avergonzados de nuestra felicidad dado que muchos lo están pasando mal. Tuve un tío así, alto y francés, vagamente parecido a Umbral, no celebraba nunca estas fiestas e imponía su rígida severidad a sus hijos pequeños. En España, que tal parece que desayunamos todas las mañanas leyendo a Cioran y a Thomas Bernhard, resulta de buen tono odiar estas fiestas (nosotros, por favor, no somos ingenuos, nosotros no nos dejamos engañar). Yo, por el contrario –aunque a veces me cueste lo más grande- soy un gran partidario de la Navidad, o al menos lo intento. Voy a intentar explicar por qué.

Como es sabido, la Navidad es una curiosa mezcla sincrética, donde elementos cristianos coexisten con una constelación de viejos rituales paganos asociados al solsticio de invierno, todo ello magistralmente empaquetado por Charles Dickens, el creador de la moderna sentimentalidad navideña. Desde la primera infancia percibimos la Navidad como una ruptura del fluir habitual de los días. Se deja de trabajar, las calles y las casas se iluminan de un modo inusual, como si todo se transformara en un decorado, las comidas se vuelven suntuosas (esto ahora carece de importancia, pero hasta no hace tanto ya lo creo que la tenía), se escuchan canciones ligeramente arcaicas y ocurre la sencilla alegría del regalo. Es la impresión de un tiempo suspendido y cíclico, un tiempo de prodigios que difícilmente se borra de la mente. Celebrar la Navidad es intentar recuperar ese ingenuo asombro, esa dulzura. Todo esto ya lo dijo T.S.Eliot mucho mejor que yo en un poema titulado “El cultivo de los árboles de Navidad”[1].

Por otro lado -y no solo en su versión cristiana- las navidades celebran un natalicio, la venida al mundo de un niño que es todos los niños. Tienen esa claridad de lo inaugural, de la renovación, precisamente en el mismo corazón del invierno, prefiguración de la muerte. Y por último la Nochebuena conmemora a aquellos que sufren persecución, todo en su folclore apunta a la humildad y precariedad de ese nacimiento imaginado. La navidad de los pobres, la navidad de los marinos en alta mar, la navidad de los soldados en las treguas durante las grandes carnicerías… no me parecen cosas indignas de celebrar, por muy listillos que nos creamos. Y todo eso no nos lo puede quitar ni el puto Corte Inglés, ni ese gran coñazo de la familia, ni las cenas de empresa, ni la matraca de los villancicos, ni las borracheras, ni el discurso real, ni la sidra achampañada, ni la empalagosa cursilería de los anuncios, ni las sillas vacias en nuestra mesa, ni las dentelladas de la miseria y el mal acechando, siempre, tan cerca.

(19-12-2013)

[1]   T.S.ELIOT. El cultivo de los árboles de navidad (“El libro de Ariel”, 1927-1954)

Hay varias actitudes hacia la Navidad,
de algunas de las cuales podemos prescindir:
la social, la torpe, la abiertamente comercial,
la juerguista (las tabernas abiertas hasta la medianoche),
y la infantil -que no es la del niño
para quien la vela es una estrella, y el ángel dorado
extendiendo las alas en lo alto del árbol
no es sólo un adorno, sino un ángel.
El niño se asombra del Árbol de Navidad:
dejadle seguir en el espíritu de asombro
ante la Fiesta como un acontecimiento no aceptado como pretexto;
de modo que el arrebato refulgente, la sorpresa
del primer árbol de Navidad recordado,
de modo que las sorpresas, el deleite en nuevas posesiones
(cada cual con su olor peculiar y emocionante),
la espera del pato o el pavo y el esperado respeto ante su aparición,
de modo que la reverencia y la alegría
no se olviden en la experiencia posterior,
en el aburrido acostumbrarse, la fatiga, el tedio,
la conciencia de la muerte, la conciencia del fracaso,
o en la piedad del converso
que puede estar manchada de presunción
desagradable a Dios e irrespetuosa para los niños
(Y aquí me acuerdo también con gratitud
de Santa Lucía, su canción y su corona de fuego);
de modo que antes del fin, la octogésima Navidad
(con “octogésima” quiero decir la que sea la última)
los recuerdos acumulados de emoción anual
queden concentrados en una gran alegría
que también ha de ser un gran temor, como en la ocasión
en que el temor invadió todas las almas:
porque el principio nos hará recordar el fin
y la primera venida, la segunda venida.

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Un muro

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En mis recorridos habituales por el barrio donde tengo la suerte de vivir, suelo remontar un callejón que desemboca en la plaza de San Nicolás y sus celebrados prestigios panorámicos. Hay en él un colegio público y de buena mañana uno puede ver por la suave cuesta a mujeres jóvenes llevando de la mano a sus pequeños, fastidiados por el sueño y el peso de sus mochilas, pasando del fatalismo a la vivacidad. Es difícil no sonreír al verlos y al escuchar esos diálogos deliciosos entre madres e hijos cuando nadie los ve. Cuesta creer que hablen la misma lengua que los hombres –que también fueron niños- profieren a esa misma hora en los bares, metiéndose carajillos entre pecho y espalda para mitigar las violencias del trabajo físico.

Un muro aísla al centro de las calles, sobre él asoman algunos árboles. Me gusta a veces detenerme y escuchar las voces de los críos en el patio.

Las ciudades están llenas de esos lugares fantásticos donde todo da comienzo, veneros de gracia, no menos asombrosos que los vastos criaderos estelares. Cuando uno lee acerca de la potencia formadora del caos no puede olvidar ese sonido, de naturaleza semejante a la del río, las olas o la lluvia. Siempre diferente, siempre idéntico a sí mismo. Toda la luz de la infancia está contenida en él, también sus feroces crueldades. El patio del colegio es una imagen del paraíso, también el lugar de la tragedia. Uno nunca lo abandona del todo. Lo peor de nuestra naturaleza ya está en los niños, no conviene engañarse.

El otro día pasé de nuevo junto a ese muro, de vuelta de una cita con el médico y entregado a esos irónicos pensamientos sobre la propia finitud que el lector de mi edad seguramente conocerá. El sonido estaba ahí de nuevo, espantando toda idea de mortalidad. Sobre el remate del muro, entre el viejo cemento carcomido crecían tenaces islas de líquenes y pequeñas flores. Esas presencias arbitrarias, modestísimas, de lo vivo que forman parte de los primeros recuerdos. Las mismas que rozaban, curiosos, los dedos del pequeño, confiado y ligeramente melancólico Perpiñá en sus primeros años. Por un momento tuve la extravagante sensación de que él estaba al otro lado, que si acercaba mi oído a la pared desconchada podría oír su corazón pequeño latiendo, su aliento leve. Los paseantes me hubieran tomado por un loco lamentando ante el muro alguna pérdida inimaginable, pero yo le habría hablado en voz baja. Me hubiera gustado contarle que aún me acuerdo de aquel despertador en el que un carillón desplegaba la melodía de El Tercer Hombre, de una luna aún no hollada por pasos humanos, de unos cisnes inmóviles escondidos tras otro muro, de aquella laguna verdosa de las pesadillas, de un invierno particularmente frío del 73 y del capitán Hatteras caminando siempre hacia el polo norte. Y le hubiera dicho que lo siento, que siento haberle fallado en tantas cosas y que todavía espero ser digno de él.

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Por una izquierda serena

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Debo de formar parte de los cerca de cien españoles que nunca han viajado a Cuba, no pretendo que mi opinión sea especialmente autorizada. Aún así no puedo dejar de comentar algunas de las reacciones a la muerte largamente anunciada de Fidel Castro.

No quiero entrar en el juego de comparar estadísticas sobre represión con las de otros regímenes totalitarios y sé que las cosas hay que ponerlas en perspectiva histórica y sé que sí, que en aquel momento aquello fue deslumbrante y que David y Goliath y que una sanidad ejemplar y que un sistema educativo fetén y que si Sierra Maestra y que si a caballo vamos pal monte. De acuerdo. No obstante no deja de asombrarme la actitud de cierta izquierda. Personas que odian de manera pauloviana a los militares han honrado a alguien que se ha pasado la vida de uniforme y se han emocionado escribiendo consignas de recio sabor castrense como “hasta siempre, Comandante”, “hasta la Victoria, siempre” o “Patria o muerte”. Personas a las que le rechinan los dientes ante la figura anacrónica de la monarquía no encuentran escandaloso que un dirigente haya permanecido casi sesenta años en el poder sin conceder a los cubanos en ningún momento la posibilidad de sustituirlo y haya acabado transmitiendo el cetro ¡a su hermano! Personas, finalmente, que sobreactúan su dolor y su insomnio frente al espanto de los dramas migratorias del Estrecho (me avergüenzo de ser occidental, claman) dan rienda suelta a su ternura con un régimen que llama “gusanos” a los disidentes que han huido del país en condiciones no siempre fáciles.

Pero son contradicciones propias de los seres humanos, desde luego, no sólo de la izquierda. Más me ha alarmado el artículo literalmente asombroso que Alberto Garzón, secretario general de IU, ha publicado en la sección Tribuna Abierta de la web eldiario.es. Verán, buena parte de mis amigos y conocidos consideran que votar a IU (o a Podemos) es garantía de normalidad, es lo único que cabe esperar de una persona decente y formada. Votar al PP sería cosa de criminales o de descerebrados, votar al PSOE cosa de untuosos traidores y votar a C’s cosa de cuñados criptofascistas infinitamente ridiculizables. Hay un consenso entre ellos acerca de la notable inteligencia de Alberto Garzón.

El artículo empieza por todo lo alto:

 “Se ha ido un grande, Fidel Castro. Un trozo de nuestra historia, de la historia de nuestro mundo, se ha apagado. Pero como sucede con los clásicos, Fidel Castro continúa con nosotros en su pensamiento y en su obra.”

 No sé si pillan el tono. El resto del artículo no defrauda, encadenando clichés, entusiasmos desaforados y medias verdades con soltura. Pero lo que realmente le hace a uno levantar una ceja es que ya al final, agotados los argumentos, tenga los santos cojones de escribir esto:

 “Hay quien osa celebrar su muerte. Pobres de ellos, que ven a un hombre donde en realidad hay un pueblo.”

 Yo, lo siento, creo que con una izquierda teologal, capaz de sostener –aunque sea retóricamente- esa unión hipostática entre un hombre y SU pueblo, no vamos a ninguna parte o a ninguna parte a donde merezca la pena ir.

Lo alarmante es que muchos de sus votantes se habrán dado cuenta de la enormidad que supone jalear de esa manera a un dictador, pero no se lo van a tener muy en cuenta. Orwell llamaba a esto doblepensar. Se rasgan las vestiduras en las redes sociales con la última majadería que haya proferido un concejal reaccionario de un pequeño ayuntamiento, pero conviene pasar por alto que la cabeza visible de su partido favorito muestre tan a las claras sus filias. ¿Por qué?, porque señalar ciertas cosas, coincidiendo en algo con la derechona, es de mal gusto, porque es inconveniente enturbiar ese bonito imaginario hecho de canciones de Silvio Rodríguez y fotos del Che y botellas de ron y el encantador Compay (decididamente el son es más simpático que el Horst Wessel Lied); ¡qué falta de tacto!, es como recordar en una reunión familiar navideña que el abuelo era alcohólico, violento y putero.

Creo que es hora de reflexionar un poco. El siglo XXI se presenta complicado. Nos enfrentamos a cambios formidables en el paradigma científico, económico y productivo, feroces formas de codicia y rapiña que no pueden analizarse ni combatirse con marcos de pensamiento herederos por igual del mecanicismo newtoniano y determinismos decimonónicos, un futuro de turbulencias y singularidades contra las que no sirven fantasías paternalistas de planificación y mucho menos mesianismos de corte religioso. Necesitamos una izquierda alerta, racional, intuitiva y con la flexibilidad necesaria para seguir defendiendo eficazmente esas coordenadas irrenunciables de libertad, igualdad y fraternidad. No vendría mal un baño de madurez y de luz, abandonar los cultos mortuorios, dejar de definir el mundo en torno a un eje que lo escinde entre unos supuestos fascistas y nosotros, la sal de la tierra. Renunciar de una puta vez a los queridos símbolos del pasado, a hoces y martillos y banderas rojas, no sólo iconos de dictaduras infames sino calamitosos emblemas de fracasos históricos. Hay que tener el coraje de tirar por la ventana si hace falta los años de juventud, lo mucho que follasteis, a Dolores Ibárruri, al espectro edulcorado de esa Segunda República que no pudo ser y -¡por encima de todo, aunque duela y precisamente por eso, porque duele!- la devoción melancólica por el entrañable viejecito comunista que tanto luchó. La izquierda se vacía en una juerga inane de sentimentalismo. Sí, a la mierda con todo eso, menos símbolos, menos lágrimas y más proyectos de ley, menos cursilería y mala literatura, menos Rousseau y más Jefferson, menos victimismo, menos Galeano y un poquito de Escohotado, menos playas debajo de los adoquines, superar de una vez esa adolescencia del pensamiento que supone pedir lo imposible. Sí, madurez y luz. Aceptar lo real y transformarlo, ejercer la política como un arte de lo posible, enterrar para siempre la nostalgia y el evangelio de la queja, que hay mucho trabajo por hacer.

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Exégesis de “El Jardín Prohibido”

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Durante los veranos de finales de los setenta y primeros ochenta impusieron una suerte de hegemonía sexual. Invadían las playas como una maldición bíblica de los que nosotros, desangelados adolescentes, fuimos víctimas y testigos. Se llevaban a las chicas de calle. Eran más guapos, vestían mejor, tenían todos fantásticos nombres: Guido, Paolo, Giancarlo, Francesco, que evocaban un imaginario imbatible de masculinidad, elegancia y desenvoltura.

Las radios y las listas de éxitos estaban saturadas de intensas baladas heteropatriarcales cantadas en castellano por intérpretes italianos. Las detestábamos, eran la voz del enemigo. Un principio de afonía los unía a todos, desde una ronquera encanallada de ragazzo pasoliniano al terciopelo marrullero de quien te susurra mentiras al oído. ¿Es que en Italia desconocían la socorrida Juanola, el balsámico Pictolín?

Me gustaría hablar hoy de una de estas baladas, una cima de la desfachatez sentimental que en su momento sacudió como pocas el sistema hormonal de cientos de miles de muchachas y que ha sido varias veces versioneada a lo largo de los años. Compuesta a seis manos por Sandro Giacobbe, Daniele Pace y Oscar Avogadro (con la colaboración inapreciable del anónimo traductor que la volcó a la lengua de Garcilaso), la interpretaba el mismo Sandro Giacobbe. ¡Menudo nombre! Déjense llevar por las asociaciones de ideas que esas sílabas desatan. A continuación pronuncien con lento énfasis: José Luis Perales. ¿Entienden lo que quiero decir?

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 Sandro. Viril, pastoral, cercano.

 El mismo título ya tenía lo suyo. “El Jardín Prohibido”. La idea de la sexualidad como un jardín de acceso reservado era una vieja y cursi metáfora que los sacerdotes católicos utilizaban para ilustrar las excelencias de la castidad. En un jardín sin muros todo el mundo acaba entrando, pisotea las flores y aquello se vuelve un sindiós y una tristeza. La canción documenta el instante en que un hombre notifica a su amada el coito que tuvo lugar entre él y la mejor amiga de esta. La canción no explica qué mueve a nuestro infiel y canoro protagonista a esa insensata confesión.

Arrancamos con un poco de captatio benevolentiae. Sandro Giacobbe, -al que, para abreviar, nos referiremos en adelante como Sandro- pone carita y se presenta con voz exangüe y probablemente un simpático mechoncillo cayendo coqueto sobre su frente.

 Esta tarde vengo triste y tengo que decirte, que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos…

Y no nos parece mal el eufemismo, caramba, hay circunstancias donde cierto tacto es de rigor. Pero la empatía que nos podía causar ese prometedor arranque se dilapida en la segunda estrofa, cuando Sandro, ese vivillo, se exculpa cobardemente. Al parecer todo fue debido a la extraordinaria expresividad de la mejor amiga de su novia.

Sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias, su cuerpo me rogaba que le diera vida.

 “Que le diera vida”. Sandro desde luego tenía un concepto altísimo de sí mismo y su solvencia como amante. Pero sigamos.

 Comí del fruto prohibido, dejando el vestido colgado de nuestra inconsciencia.

 Lo de comer del fruto prohibido oscila entre el cliché ñoño de estampita y la cerdada. De nuevo tenemos un poco de moralina autojustificatoria y una imagen –el vestido colgado- que supone un entrar en detalles que a mí me parece cruel, la verdad. Prosigue, contrito.

 Mi cuerpo fue gozo durante un minuto, mi mente lloraba tu ausencia.

 Bueno, bueno, bueno… hombre, un minuto. Los tres versos constituyen una notoria exageración. Tan sólo imagino al hiperactivo Don Manuel Fraga culminando el acto en un minuto por ahorrar tiempo. Sandro abraza con entusiasmo cierto dualismo. Su cuerpo responde a las exigencias fisiológicas de la situación, pero su alma se desgarra. No lo rebatiremos filosóficamente, pero no nos podemos callar ante un hecho: miente, miente como un bellaco. Y entonces nos preguntamos, ¿será capaz de llegar aún más lejos? Decididamente sí.

 No lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más.

 Y lo repite dos veces. Lee mis labios, amor: no-lo-vol-ve-ré-a-ha-cer-más. Y no contento con ello:

 Pues mi alma volaba a tu lado y mis ojos decían cansados que eras tú, que eras tú, que siempre serás tú.

 Esto es ya decididamente escandaloso. Ahora resulta que era necesario pasar por esto para llegar a descubrir cuánto te amo. “Oh, Jeanne, pour aller jusqu’à toi, quel drôle de chemin il m’a fallu prendre”… Anda y tira palante, Sandro. Y encima tiene la indelicadeza de hablar de ojos cansados.

Si a estas alturas no te han arreado una buena hostia es cuando ya te creces y sueltas la antológica frase que ha garantizado la inmortalidad de esta insignificante cancioncilla:

 Lo siento mucho, la vida es así. No la he inventado yo.

 Aquí uno se levanta y aplaude exaltado, ¡qué cuajo!, ¡qué tablas! Lo suelta impávido, sin que le entre la risa. Qué no daríamos por observar la expresión facial de su interlocutora en ese momento.

 El placer me ha mirado a los ojos y cogido por mano,

 (“Cogido por mano”. Ay, señor. Sin duda, la subida de testosterona le hace incurrir en solecismos.)

 y yo me he dejado llevar por mi cuerpo y me he comportado como un ser humano.

Un arbitrario Sandro, antes dualista cual campesino medieval, se muestra ahora partidario del conductismo, negando el libre albedrío y anticipando los entusiasmos de la neurociencia del siglo XXI. Y vuelve a insistir, colocando bien el mensaje.

 Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo.

 Tras un bonito pasaje instrumental para que ella medite, la canción empieza a perder fuelle. Admitamos que era difícil superarse.

 Sus besos no me permitieron repetir tu nombre y el suyo sí. Por eso cuando la abrazaba me acorde de ti.

El nivel baja. Insiste sobre una idea ya desarrollada antes y lo hace con una explicación ligeramente confusa. Realmente no sabemos qué es lo que pretende con esto. Ni nos interesa, a estas alturas. Sandro se da cuenta y por eso opta por reciclar los versos anteriores hasta el final de la canción y nosotros, ligeramente asqueados, nos alejamos lentamente de la escena, mientras se repite una y otra vez el pasaje instrumental ya mencionado,

Sería un error ceder a la nostalgia y dejarnos arrullar por la eficacia melódica de esta abominación, evocando las dulzuras del amor. No, amigos, este tema es la bandera pirata de todos aquellos que nos levantaron a las mujeres que amamos, es la banda sonora de nuestras derrotas y su recordatorio permanente. Jamás te lo perdonaremos, Sandro.

El mueble bar

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Aquellos que vivimos parte de nuestra infancia durante los primeros setenta conocimos diversas formas de abominación estética en los hogares de clase media. Papeles pintados sacados de una pesadilla de malaria, porcelanas de jacarandosos pescadores orientales, depauperados como opiómanos, una triste y abigarrada pretensión de opulencia. Incrustado en bibliotecas, compartiendo espacio con enciclopedias y el Libro de la Vida Sexual del doctor López-Ibor, reinaba el mueble bar.

El mueble bar se cerraba con llave (las casas burguesas abundaban en cerraduras) y eso lo nimbaba de misterio. Cuando, aún niño, en aquellas impersonales iglesias postconciliares el sacerdote abría el sagrario para guardar los sacramentos, yo veía allí una variedad trascendente del familiar tabernáculo doméstico.

Escondían algo prohibido, inconveniente, capaz de trastornar el ánimo e intoxicarte, algo que se guardaba de la inconsciencia de los niños y la avidez de los muchachos. Se bajaba una puerta abatible, como un puente levadizo, y  entonces, por un instante, un escenario fragante de cristal y líquidos coloreados despertaba de su sueño en la oscuridad. En ocasiones un juego de espejos multiplicaba alarmantemente aquellos esplendores de cuyo poder se era consciente desde la primera vez que uno robaba algunas guindas que flotaban en un licor fuerte.

Los padres intentaban esconder la llave, pero era en vano. Raro es el mueble bar que no ha sido alegremente saqueado por los hijos y los amigos de los hijos. En las casas de los padres algo golfos la selección siempre renovada de botellas revelaba un criterio, no así en la de las familias no bebedoras, donde languidecían durante décadas botellas de horrendos licores que ni siquiera la inmensa sed adolescente osaba tocar, junto a alguna botella de Chivas Regal que alguien regaló y que se reservaba para las visitas. Mis padres y su círculo más íntimo de amigos eran abstemios, por lo que el mueble sólo se abría para algunos conocidos ocasionales de los que recuerdo sus gafas de pasta a lo Henry Kissinger, sus manazas sosteniendo los vasos de güisqui y sus opiniones vigorosas.

Hace unos años tuve que desmantelar la casa de mis padres. Es una labor triste. Entre tantos testigos del pasado que fueron a parar a rastrillos o a contenedores estaba el interior paupérrimo del mueble bar: algunas botellas de Licor 43, Cointreau, Cynar o Calisay, de antigüedad bíblica. Cuando bajaba a tirarlas a la basura era consciente que aquellas botellas que nadie quiso jamás beber suponían el fin, no por trivial menos amargo, de una época.

A veces vuelvo a la casa de mi infancia en sueños. Sus habitaciones, donde siempre es de noche, tienen algo de almacén abandonado donde se acumulan libros entre los que rebusco sin fruto, intentando encontrar algo de interés. Los muebles de la cocina amarillean y están abarrotados de comida a un paso de la caducidad que no oso tocar. La comida de los muertos. Mis padres aparecen ocasionalmente, en una semiexistencia melancólica, pálida, precaria, como gatos de Schrödinger. Ahora pienso que el mueble bar debe seguir allí, cerrado con llave. En la próxima visita nocturna voy a intentar abrirlo. A ver qué me encuentro.

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Y comieron perdices

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El artista adolescente desprecia los finales felices. Ya no quiere que le sigan hablando como a un niño y los considera ridículos, fraudulentos. Las obras de juventud abundan en finales desinhibidamente trágicos. Nihilismo que no deja de sorprender teniendo en cuenta que el artista adolescente no tiene idea alguna de lo que le espera, de cuánto tendrá que luchar y cuánto tendrá que perder.

Como el lector ya sabe, la vida es esencialmente conflicto. Y va en serio. Una mala decisión tiene consecuencias incalculables, lo que nos causa placer nos puede matar a la larga, a veces perdemos lo que amamos o –aún peor- hacemos daño a quien amamos. Ante las abrumadoras cargas,  responsabilidades y decepciones cada uno hace lo que puede. La mayoría planta cara, aguanta el tipo y sigue adelante, en un valeroso silencio. Algunos pataleamos y lo sobrellevamos torpemente, entre el agotamiento y la insensibilidad. Hay quien en un permanente enfrentamiento encuentra su fuerza y su alegría. Otros están tocados por una secreta vocación de desastre.

En el mundo hay procesos que crean sentido y orden y procesos de disgregación. El segundo principio de la termodinámica, el origen de toda tragedia, decreta quien vencerá en ese combate. Nada dura para siempre y la maldición de lo irreversible ejerce su señorío. A partir de cierta edad, tras asistir a los tremendos crepúsculos de los padres, nos vamos enterando.

Pero a veces hay victorias contra esa dura ley, por mucho que sean necesariamente provisionales. La curación es una de ellas, cambio de estado que supone una inversión del orden fatal de las cosas. El tiempo, el olvido o la química obran el prodigio. Un día la herida se cierra, los huesos se sueldan, órganos y miembros recuperan su función, el dolor desaparece, el recuerdo ya no es una aflicción.

Otras formas de esa felicidad son los nacimientos, el fin de una guerra, las buenas cosechas, la caída del tirano, los actos de justicia o de temerario sacrificio, la victoria de lo humano ante la hostilidad todopoderosa de lo real. El corazón en esos momentos recupera la frescura de los comienzos, la vida merece de nuevo ser vivida. A veces quiero pensar que en esos instantes luminosos está el mismo origen del canto, puede que el arte fuera en sus primeras manifestaciones una celebración, un acuerdo.

Vistos desde esa luz, los finales felices -los ejecutados de buena ley- no son o no sólo son una cobardía fruto del cálculo mercantil. También pueden entenderse como una exigencia moral, una voluntad de reparación ante la iniquidad, el azar adverso y la decadencia. Hace mucho que ya no me río de los finales felices.

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Esperando

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Tengo ganas de que llueva, pero no está en mi mano hacer nada. Demasiado sé que las palabras no pueden convocar la tormenta, que la realidad es tenazmente ajena a nuestros deseos.

Y bien que me gustaría, porque echo de menos un buen cielo encapotado, adecuadamente lúgubre. Empiezo a necesitar que caiga una lluvia mansa, obsesiva, que despierte los olores de las cosas, que se lleve el polvo y las horas malas. La primera lluvia del otoño, un sentimiento de retorno tras los grandes realismos del verano. El mundo vuelve a ser misterioso, vuelve a ser interesante.

La lluvia niña que cae de lo alto, como los dones y las maldiciones, que corre por los tejados, refresca la frente y lava las hojas, la piedra y el cielo, la lluvia que empapa el corazón sediento y deshace negros pensamientos, arrastrándolos acera abajo, buscando el mar por bajantes, imbornales y escorrentías. Un albañil viejo, bronquial, me dijo una vez que el agua no tiene huesos.

La lluvia de los malos poemas y las pequeñas, cómicas incomodidades. Las gafas empañadas, la antipática gota que se desliza por la nuca, los hombres que aprietan el paso, resbalan, abandonan las mesas del festín de amigos al aire libre o cubren a toda prisa sus bienes con una lona, el tierno fatalismo de los viandantes encorvados bajo sus paraguas. También el deseo del fuego y de los vinos, su sonido, la voz dulce del tiempo. Hasta los instantes de soledad se transforman en un reencuentro.

Y con la misma sencillez con la que todo empezó, deja de llover. La luz desgarra el celaje y abre un silencio claro en el que todo empieza de nuevo. Los pájaros se sacuden las gotas de las plumas y se hacen oír y entonces algo que sentía el cazador emboscado, el letrado chino en su retiro y el niño que aún somos, algo que es una gratitud y una frágil, posible esperanza.

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En voz baja

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No hay condición semejante a la de los amantes entre las sábanas. No me refiero al “vertiginoso acto del coito” en el que, en palabras de Borges, “todos los hombres son el mismo hombre”, tan misterioso, tan trivial, ni a la post coitum tristitia tras ese breve estremecimiento que tanto apreciamos (qué extraña delicadeza la del termino coloquial “correrse”) y en cuya naturaleza afín a la ola y al relámpago está el mismo origen de todos nosotros, nuestro big bang. No, hoy quiero recordar precisamente lo que ocurre cuando la fiesta ha terminado, algo que es específicamente humano.

Muchas horas de nuestra vida han transcurrido en esa tierra de nadie, pequeña embarcación a salvo del tiempo y sus terrores. Horas de deliciosa pereza y abandono, depuesta toda distancia en esa desnudez que somos. Los rostros desprenden una hermosura desusada, nada esperamos ya, nada pedimos que no sea ese instante suspendido.

Hay una recuperada franqueza en los gestos del cuerpo. Acostarte con alguien amplia desde luego el umbral de lo convencionalmente aceptable entre dos personas. Se habla sin prisa, se hace reír, a veces se traen provisiones, una figura desnuda y aterida salta con gracia de regreso a la cama tras una excursión al baño. Se besa distraídamente un hombro o se apoya la cabeza sobre el pecho o el vientre. Los dedos rozan la curva de una cadera o un tobillo, sentimos el pulso tibio de la sangre del otro bajo la palma de nuestra mano que se demora mientras escuchamos algún recuerdo infantil. La voz adquiere una delicadeza, una cualidad de ronroneo. Cuántos secretos contados, cuántas obscenas, encantadoras ternuras, cuántas promesas que no cumplimos. Fuera, tan lejos, los sonidos de la calle, el chirriar de tendederos, lavadoras y televisiones, balonazos en una pared, la lluvia golpeando en el alfeizar, ajenos a nosotros mientras la luz del día traza su curso en el techo y las paredes.

Y es incluso tan bello ese momento un poco triste del volver a vestirse para ingresar de nuevo en los exigentes mecanismos del tiempo.

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Es lo que hay

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Uno a veces piensa que no tiene nada interesante que contar. Algunos escritores tuvieron infancias legendarias en países lejanos, creciendo entre el sonido de diferentes lenguas, arenas blancas y pájaros extravagantes sobre el ramaje oscuro. Otros trabajaron en embajadas, hospitales o comisarías o fueron testigos privilegiados de grandes acontecimientos. Yo no he vivido los horrores ni las grandes exaltaciones de la guerra, no conozco de primera mano los lugares donde crece el poder, ni los hábitos privados de las élites, no me he codeado con las grandes mentes del siglo. En su momento viví algo despegado de los rituales de diversión o compromiso que crean la ilusión de formar parte de una generación, nunca me he sentido vinculado a nada. No soy un viajero infatigable, no he leído ni mucho menos todos los libros, mis lagunas son abrumadoras. Demonios, ni siquiera fui precozmente iniciado en el amor por una prima tenista durante un plácido verano en la Costa Brava.

El éxito me ha ignorado tenazmente y me he cerciorado de que así sea regresando por un impulso inexplicable a una modesta bohemia sin hijos en una ciudad de provincias a la que sé que nunca perteneceré del todo. Narcisista y enmadrado, demasiado pendiente de mí mismo, jamás me he volcado en causa alguna. He llevado la vida de un pequeño burgués desordenado e indolente, cuyo fuerte no han sido ni el coraje ni la perseverancia ni la sobriedad. Un no escritor que se arrepiente tardíamente y mantiene a duras penas una producción raquítica que conoce usted, queridísimo lector, y cuatro gatos. ¿A dónde voy yo con eso?

Para no profesar de nuevo el silencio necesito agarrarme ingenuamente a unas pocas certezas, incluso si se trata de falsas certezas. Quiero creer que tú y yo somos muy parecidos, que por muy únicos que nos pensemos nuestros deseos, nuestras mezquindades y nuestros fracasos, nuestras glorias privadas y nuestros estrepitosos ridículos son de algún modo compartibles. Quiero creer que por estrafalario, parcial y hasta fallido que sea mi punto de vista, puede arrojar cierta luz sobre la experiencia de lo humano.

Creer en definitiva que hay perplejidades, melancolías y asombros que pueden rescatarse del olvido, que no hay nada que no pueda ser expresado y que es digna ocupación afinar constantemente tus recursos para conseguirlo. Porque cada imagen afortunada, cada combinación de palabras que resuena en la experiencia común de los lectores es un triunfo del sentido contra el caos y la muerte.

bartonfink