Naipes

Etiquetas

, ,

Allá por los años 80, el cachondo de Luis Alberto de Cuenca tuvo la genial ocurrencia de deslizar una estimable pieza de su propia mano como un coliambo de Persio en una antología de la poesía latina que confeccionó para Alianza. Entre otros versos sospechosísimos («Soy el viento sin colegiar, la muerte de las aves. Atardecí. La magia de los números, el profético naipe o la tristeza de las viejas plegarias a los dioses») la mención a esos trocitos de cartulina, que introdujeron en Europa los cruzados, no solo grita ¡Borges! sino que viene estupendamente para empezar a hablar de ese escandaloso, bello anacronismo que es la baraja de naipes.

Su pervivencia a lo largo de los siglos se podría explicar por su versatilidad. Sistema de signos de amplísimas posibilidades combinatorias, la baraja es una lengua con una amplia literatura. Cientos de juegos y variedades locales, desde formas de gran refinamiento como el mus o el bridge hasta sencillas variedades domésticas como la brisca, el siete y medio o el hijoputa.

Pero sospecho que también tiene algo que ver su inmensa potencia simbólica.

Permanentemente asociadas a la figura del adivino. Su origen oriental, la capacidad de sugestión de sus figuras, su puesta en escena del azar lo hacían ideal para operaciones mánticas. En las ferias de los pueblos, en salones y cortes, dudosos personajes no carentes de talento han improvisado fábulas sobre su futuro a indolentes, desesperados y amantes. Todavía nosotros hemos conocido a esa amiga adolescente que te echaba las cartas, adoptando una tierna expresión de gravedad que uno ahora recuerda con una sonrisa.

El naipe también va asociado a grandes dramas. En puertos, caravanas, posadas, patios y guarniciones, generalmente de noche, se jugaban haciendas y destinos fiados a los favores de la fortuna y a la propia sangre fría durante los graves lances del juego. La hoja desnuda siempre dispuesta. Sótanos y casinos han ampliado el imaginario con edificantes historias sobre el albur y el infortunio. Incalculables cantidades de capital han circulado a lo largo del planeta, como una deep web.

También ha conocido la respetabilidad. La baraja llena eternidades de tedio burgués y lluvia tras la ventana. ¡Hasta los curas se entregaron a sus letárgicos encantos! A los niños, así tenían uso de razón, se les iniciaba en el conocimiento de sus reglas.

Todo eso viene empaquetado en ese aspecto sedoso, neto, en esa frescura irresistible de la baraja nueva, antes de que el hábito y el roce la desgasten. En la baraja francesa queda reducido a una serie de elegantes ideogramas a los que las aventuras de Alicia y su uso frecuente por los magos siguen dotando de una cualidad irracional, hipnótica.

Aquí vamos más a lo vivo. Las panoplias y alegorías de don Heraclio Fournier evocan los antiguos tarots. Severos monarcas, gallardos caballeros y jacarandosos pajes manejan con desenvoltura espadones, cálices, monedas como soles y unas mazas de espanto. Saturadas de una vetusta ideología carolingia han permanecido impermeables a Hobbes, a Rousseau y a Marx. No sé yo si a Freud.

Leo en la servicial Wikipedia que el negocio de fabricación de naipes se mantiene próspero. He lamentado en estas páginas el desuso de zambombas, monedas y carteros, por eso el que los dedos de nuestra especie sigan acariciando naipes, esa bomba de azar desafiantemente analógica, cuya simbología entendería un sumerio, me hace sentir una pequeña, reaccionaria, satisfacción.

BARRY

«Barry Lyndon» (Stanley Kubrick, 1975)

Anuncios

Confesiones de un pequeño ludópata

Etiquetas

,

Flipper, pinball, petaco, máquinas de las bolas. Yo conocí con vosotras la felicidad. Allá por los setenta no se concebía un bar sin ellas, hasta el más modesto cedía buena parte de sus estrechuras a aquellos mamotretos analógicos, amasijo de cables, bobinas y relés, cuya forma parecía fruto de la unión contra natura del piano de cola y el mueble bar.

Todo ráfagas de luz, colores chillones, brillos y tintineos, trepidaciones y estridencias. Simulacros de lujo para niños y pobres de espíritu, tenían un abigarramiento de retablo o de códice azteca. Parientes horteras, charros, de la Capilla Sixtina o de la exhibición de exvotos, su diseño, como el de la cartelería del XIX, funcionaba por acumulación, lejos de la fluida, exenta elegancia de lo digital. Sus resplandecientes superficies miniadas evocaban un imaginario juvenil, hedonista y vagamente cosmopolita. Chicas yeyés en la Costa Azul, surf, carreras de coches, boleras, camaradería y romance en estaciones de esquí. Le Man, Saint-Tropez, Chamonix, Black Jack, Grand Prix, nombres así.

Como los pájaros sobre los árboles, alrededor de ellas se arracimaban los niños. Unos jugaban y otros miraban y había un placer vicario, disminuido, en mirar el juego ajeno. Los machos alfa adolescentes espantaban las bandadas de críos para sus competiciones, pero sobre todo temíamos a aquellos adultos que pedían cambio en la barra y monopolizaban la maquina durante una eternidad, con un juego reconcentrado, preciso, el cubalibre apoyado en el cristal.

Yo a veces jugaba solo, me lo pasaba en grande, el tiempo se suspendía. Lo hacía incluso en bares horrendos y en billares.  Los billares, rotulados con el burocrático eufemismo de «Recreativos», eran en las fantasías de padres severos o timoratos lugares muy poco recomendables, cuyos sótanos oscurecidos por el humo del tabaco e inconcretos peligros, eran frecuentados por adolescentes, macarras y pederastas.  Entre mis ingenuos sueños estaba el poseer una de esas máquinas para jugar a mi antojo, anhelo pueril que solo cumplen en la edad adulta estrellas del AOR adictas a las drogas de farmacia o gentes como Donald Trump.

¿Qué es lo que nos encandilaba de tal manera? La postura del jugador evocaba la actitud del timonel. Los mandos obedecían dócilmente, se tenía una sensación ilusoria de dominio. No por otra cosa accionabas los mandos, haciendo batir las aletas aun antes de que llegara la bola.

Menudo drama se representaba. Una esfera metálica, mercurial, era lanzada mediante un resorte y atravesaba un largo pasillo, como el canal del parto, hasta ser arrojada a un escenario cegador. A partir de ese momento todo iba de retrasar la inevitable caída final. La bola hacía su entrada a lo grande, veloz, nerviosa, pujante. Se demoraba en la zona superior, un empíreo refulgente, abundante en laberintos, perplejidades y violencias. Rebotaba frenética, zarandeada de aquí para allá, hasta que tarde o temprano iba perdiendo el impulso y descendía rampa abajo hacia la zona de peligro, más despojada, donde solo algunos obstáculos podían de nuevo imprimir momento a la bola y todo dependía de la precisión de tus movimientos y tu sangre fría para rescatarla del abismo y lanzarla de nuevo al rompeolas del norte y allí aturdirla y hacerla perderse en agujeros y misteriosos recorridos subterráneos, de los que emergía de un salto triunfal.

El azar y la pericia podían prolongar el juego en el tiempo. Aplazamientos del destino como la bola extra o la partida eran anunciados con un latigazo seco, un sonido inmensamente gratificante, que te hacía segregar no menos serotonina que el like de las redes sociales.

No importa cuánto duraran tus momentos de gloria ni la magra reserva de monedas en tus bolsillos, fatalmente llegaba el momento en que la última bola,  descendía majestuosa y, mientras las aletas se agitaban impotentes en el aire, desaparecía en las fauces de un oscuro averno mecánico hasta que otras manos infantiles, con monedas sustraídas de modestos encargos domésticos, la harían renacer.

Game over. Las luces se apagaban. Los mandos ya no respondían. Uno recogía la cartera y el abrigo y volvía a casa arruinado, con una melancólica sensación de derrota no muy diferente de las inminentes primeras decepciones del amor. Ahora veo aquellos instantes como una excelente iniciación en los duros misterios de lo irreversible y de la pérdida que conforman la vida adulta.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Todo por el arte

Etiquetas

,

Carente de imaginación, fue siempre incapaz de inventar una historia interesante. A cambio puede presumir de una mirada sutil, compasiva, poética. Como escritor sabe extraer oro de la realidad. Su vida, inventario de ridículos y decepciones, desfile de personajes fallidos y seductores, se le ofrece como un material de primer orden, pero un viejo escrúpulo, un pudor de tradición católica le impide recurrir a él. Le horroriza que amigos, conocidos y familiares se reconozcan bajo una luz poco favorecedora, mostrar a las claras sus manías, sus pequeños vicios, sus renuncias.

Había olvidado a aquel hombre, pero cuando se lo encuentra en una cola de la administración todos los recuerdos afloran.  Envejecido y sin afeitar, es la viva imagen del naufragio. Cuando lo conoció trabajaba como auxiliar judicial. Entre sus funciones la de comparecer en los lanzamientos que siguen a un desahucio. Aquella condición de colaboracionista iba corroyendo su vida. Testigo avergonzado de dramas inapelables, se sentía vil, fumaba mucho y bebía coñac. Una voz muy hermosa, timbrada, con cuerpo, le permitió alguna vez trabajar en la radio. Por entonces se sacaba un dinerillo extra grabando ocasionales locuciones para modestos trabajos en video. Se dicen que tienen que verse y se despide de él deseando no volver a encontrárselo. No es que desconozca la compasión, al contrario, una empatía extrema le hace padecer horriblemente ante esas vidas desarboladas.

Ya en casa se da cuenta de que tiene ante sí algo valioso. De manera natural le sale del tirón un cuento melancólico sobre un pecador arrepentido, un despreciable publicano con una voz bellísima. Por primera vez se admira a sí mismo. Sabe el valor de lo que acaba de concluir, pero también que si lo publica el hombre lo acabará leyendo, ¿qué pensará al reconocerse? Los intentos de cambiar su profesión o alguno de sus rasgos para camuflarlo le parecen una vana mojigatería. Lo quiere puro, tal y como es, sin mentiras, con la belleza amarga de lo verdadero. Quiere construir algo perdurable sobre las ruinas. No soporta imaginar cuánto daño puede hacerle, pero no puede dejar escondido en un archivo lo mejor que ha escrito hasta que su personaje, desapareciendo del mundo, alcance la paz, se libere y le libere a él mismo.

Puede que nadie comprenda su comportamiento, pero nadie podrá negarle un insobornable compromiso estético y moral. Tras mucho pensarlo queda con él en un lugar apartado y, en consecuencia, hace lo que tiene que hacer. Así empezó todo.

11qqq

 

Pajaricos

Etiquetas

Desde que tengo gatos raras veces se aventuran por mi patio y los echo de menos. Me gustaba ver cómo se guarecían de la lluvia bajo las gruesas hojas de un níspero o detenían su vuelo para demorarse en la terraza, curioseando sin saberse observados.

Delicia de los poetas, las antiguas, tiernas palabras con que los hemos nombrado atraviesan con un rumor de alas la historia de la literatura. El gorrión en las manos de Lesbia, la avecilla que alegraba las horas del prisionero y que un mal ballestero mató, el ruiseñor platónico de Keats, la buena golondrina muerta a los pies de la estatua ciega de un príncipe compasivo. Objeto de apasionado estudio por mentes sutiles, Saint-John Perse no desdeña la mirada del ornitólogo en su último poema, Olivier Messiaen compone para el piano un monumental e intimidante Catalogue d’oiseaux.

Su voz proclama el principio y el fin del día, el cese de las tormentas. Su presencia en el cielo y sus gritos anunciaban al navegante la proximidad de la tierra y de la salvación, sus migraciones escandían el paso de las estaciones, eran aliados de los hombres en los cuentos infantiles.

Frecuentan las fuentes, los árboles, los cables, los tejados y los campanarios, sobrevuelan ciudades, bosques y ruinas. Nuestra especie violenta y cruel los ha amado porque su reino son los espacios sin caminos del aire que nos han sido prohibidos, en esa insensata felicidad del vuelo que solo nos consentimos en sueños. Aullidos, rugidos, ladridos, relinchos, la mecánica inhumana del grillo; entre el clamor de lo inarticulado el canto del pájaro resplandece como una celebración, nos recuerda la palabra y en él quizá halló su origen la música.

Me gustan sobre todo los más pequeños, los pajaricos, su humilde, ligera tibieza de animal niño, una bola de plumas envolviendo un corazón nervioso. Qué bien nos caen cuando los muy tunantes, dando saltitos, les disputan las migajas a las torpes palomas neuróticas.

Leo que en Bristol han colocado púas en los árboles para evitar que pongan perdidos los coches. La imagen de esas ramas erizadas parece una siniestra obra conceptual, de una ferocidad apocalíptica, desalmada, aún más cruel que el espantapájaros de las pesadillas, porque nos sugiere la inquietante posibilidad de un mundo sin pájaros.

Royal 3 D VI f. 104v

1 de Enero

Etiquetas

, ,

Día incierto, tentativo, discretamente aburrido. El año empieza con las calles vacías y un bostezo. Aquejado de inexistencia, es un día sin planes, sin dirección, un día que no cuenta.

Sus mañanas vienen marcadas por una extraña liturgia. Desde que tengo uso de razón las televisiones públicas emiten en directo dos espectáculos europeísimos y heterogéneos: el concierto de Año Nuevo desde Viena y el Torneo de los Cuatro Trampolines.

Hay algo sorprendente en esto. Han pasado décadas de cambios desmesurados en sensibilidad, gusto, percepción, moral privada. La web, esa extensión planetaria de nuestro sistema nervioso, crea constantemente formas nuevas de ficción, de espectáculo, de discurso. Sin embargo, cada año esos dos iconos centroeuropeos permanecen como dos robustos menhires en la selva digital. Si creyera en conspiraciones, vería detrás la mano del Grupo Bilderberg.

El Concierto de Año Nuevo, un portentoso anacronismo que cada año celebra con cierto encanto de bombonera un baile de origen campesino puesto de moda, entre acusaciones de indecencia, durante los oscuros años reaccionarios que siguieron al Congreso de Viena. Por primera vez en un baile de salón no hay una coreografía comunal, las parejas bailan ajenas a lo que no sea sus miradas, girando sobre sí mismas en un principio de éxtasis. El Hollywood del siglo pasado lo elevó a un símbolo de fastos de cuento de hadas, sueños de opulencia para las clases desposeídas. Si nos ponemos puñeteros, puro kitsch vienés, decadente, hipócrita y dulzón. Especialmente si lo comparamos con los saltos de trampolín. Hay ahí como un ascetismo, una mística de guerreros concentrados, una estética Leni Riefenstahl que evoca mundos totalitarios.

También son dos formas de imaginar lo que nos deparará el año. El Concierto de Año Nuevo, nos habla del cumplimiento de todo deseo, del sueño de una vida sin aristas protegidos por un inmenso invernadero donde viviremos entregados al amor y la embriaguez. Es lo que nos deseamos los unos a los otros al chocar nuestras copas.

En el mundo real de los saltos de trampolín hace un frío que pela, un frío objetivo. De pequeño me encantaba ver al esquiador deslizarse por el tobogán más grande del mundo hasta que el suelo desaparecía bajo sus pies y era arrojado a la intemperie. Como todos nosotros.

Me gusta esa imagen. Un hombre reducido a una pequeña figura inclinada en un ángulo imposible, lanzada hacia lo desconocido, un vacío de nieve y abetos emborronados a una velocidad de flecha. Los ojos bien abiertos, absorto en el vértigo, la incertidumbre, la alegría del vuelo.

3469285031667ffd117c8e1d6b69aabc--ski-jumping-devils-lake-north-dakota (2)

Memoria y reprobación de la zambomba

Etiquetas

, ,

La zambomba fue una de las primeras decepciones de mi vida. Recuerdo cómo me atraían de pequeño, su condición de maceta musical me las hacía de lo más simpático. Anhelaba una y finalmente la tuve, una zambomba pequeña. Los fabricantes de zambombas son muy buenas personas y hacen también zambombas pequeñas, adecuadas a las manos del niño. Todas mis expectativas sobre el instrumento se vinieron abajo ante su sosería y sus abrumadoras limitaciones. Acabé perdiendo el interés. Aquella desafortunada experiencia me ha empujado a una vida ajena a la zambomba y su práctica. Me siento ahora capacitado para razonar aquel rechazo.

Instrumento neolítico e insuficiente, una piel de animal muerto se tensa sobre una vasija de barro y de ella brota, umbilical, una varilla. Uno debe escupirse en la mano y frotar la varilla con un movimiento que evoca por igual la mecánica masturbatoria y el encendido de fuego por fricción. Arcaica como una flauta de hueso, su origen debe ser inmemorial y no se aprecian trazas significativas de evolución o mejora. Hay pocas cosas que no cambien, la zambomba es una de ellas.

El virtuosismo le es por completo ajeno. No hay manera de lucirse con una zambomba. No admite diferentes ataques ni dinámicas, no admite expresión. Incapaz de melodía alguna, ni de otro ritmo que no sea un ronco bombeo incesante, un bordoneo grave de oso agitado.

Idiotizante como instrumento solista y problemático en combinación con otros, su presencia abusiva lo baña todo con un irremediable aire bufo. Sólo funciona sepultada en el muro de sonido de una murga de voces regionales, cantando a grito pelado y golpeando la pandereta sin inhibiciones.

La tenaz, misteriosa pervivencia de ese instrumento tosco y modesto, de una conmovedora inutilidad, no deja de producirme cierta ternura y las pocas veces que a estas alturas me topo con ellas en algún puesto navideño me ronda el deseo de adoptar alguna.

He visto caer la prensa impresa, el negocio discográfico, el estado del bienestar. Creo que asistiré a la desaparición de las monedas y al desuso del petróleo, pero no estoy seguro de llegar a ser contemporáneo de su final y su olvido. Esa Navidad cierta en que alguien comprará, probablemente para otro niño que como yo terminará decepcionado, la última zambomba.

zambomba-grabado (3)

Simplificando (una jeremiada)

Etiquetas

,

Uno no puede evitar ver cierta conexión entre la hiperactividad en las redes de los “ofendiditos” -feliz neologismo de Miguel Ángel Quintana- y la absurda judicialización de todos los aspectos de la actividad humana. A mí me irrita como al que más el tweet insultante del señor Jordi Borrell contra Miquel Iceta, pero me parece disparatado que intervenga la fiscalía. Del mismo modo me espeluzna el odio balbuciente, la fanática, cenutria agresividad, de los temas del colectivo rapero La Insurgencia, pero me parece un despropósito condenarlos a dos años de cárcel. Creo que existe el derecho a ser gilipollas y que la melonada debería quedar excluida del ámbito de lo penal.

Aunque me pregunto de qué nos extrañamos. Por estas redes nos gastamos una gazmoñería convulsa. Siempre, por supuesto, contra el “otro”, aquel al que hemos situado en el campo de los adversarios ideológicos, según sensibilidades y prejuicios con frecuencia adquiridos en la adolescencia y que en la mayoría de los casos se van sedimentado hasta adquirir una firmeza granítica.

Con cuánta facilidad declaramos nuestras ganas de vomitar, con qué beata suficiencia despachamos cualquier opinión con un lacónico “asco”. No importa que el texto esté razonablemente argumentado, basta que nos sintamos ofendidos para que con un desdén inaudito no sólo descalifiquemos las ideas expuestas en el artículo concreto, sino que las hagamos extensivas a todo cuanto proceda de la misma fuente hasta el extremo de negarle al autor la inteligencia, los sentimientos, la decencia y la mera humanidad, apresurándonos a firmar solicitudes en las que poco más o menos se reclama la muerte civil del personaje. Proclives al insulto fácil, desplegamos en nuestras pataletas todo un abanico de malas metáforas, recurrimos a silogismos averiados y chuleamos la semántica. Como niños malcriados, ninguna palabra nos parece lo suficientemente fuerte para expresar nuestra rabia y violentamos su sentido hasta que términos como fascista, genocidio o violación se evaporan, utilizados con una frivolidad tan pija como inquietante.

Medios de comunicación y políticos rinden vasallaje a estas turbulencias ideológicas, a estas formas histéricas y rudimentarias del pensamiento, hijas bastardas del prejuicio y la sentimentalidad. El ridículo, despavorido concepto “indignación en las redes sociales”, como una efímera versión de la vieja excomunión.

Todo vale en nombre de las nobles causas. Los ingenuos que creímos que alguna vez fenómenos como la cruzada contra las drogas nos parecerían una transitoria extravagancia, vemos ahora que por motivos no muy diferentes -justos, compasivos, aparentemente razonables- se pretende prohibir la prostitución. La pornografía y el juego aguardan su turno. Un día nos acabaremos preguntando cuándo empezó todo a ir mal.

La libertad y la belleza requieren azar y el azar nunca está exento de riesgos. Un exceso de sensibilidad nos podría acabar embruteciendo.

Royal 19 D.III, f.402

 

 

Blue Sunday

Etiquetas

, ,

Según uno de los mitos fundacionales ya declinantes de la psique occidental una divinidad crea el mundo en seis días y al séptimo descansa, puede que complacido ante pájaros, estrellas, olas y naranjas o en un estado de arrepentimiento, de quieta desesperación ante la magnitud del error.

En el año 321, el emperador Constantino promulga un decreto mediante el que el domingo queda obligatoriamente consagrado al reposo civil y desde entonces los humanos, a semejanza de los dioses, interrumpimos cada siete días la serie de nuestros trabajos.

Día del Señor, día del Sol. Si antes, vestidos de domingo, atestábamos los templos, hoy unos dedican la mañana a reponerse de los libertinajes de la noche anterior y otros se entregan a enérgicas proezas físicas, a módicos éxtasis filarmónicos o a fatigar las silenciosas salas de los museos. Tal es la variedad de nuestras costumbres. Sí que se mantiene el hábito de dirigirse a las afueras de las ciudades con las crías y consentirse pequeñas francachelas con los amigos, intentando recuperar parte de nuestra antigua alianza con los misterios de la naturaleza. La infancia está hecha de domingos donde aprendimos la sustancia insidiosa de la melancolía. Mientras los adultos olvidaban la dura disciplina del mundo en el torpor del alcohol, el humor o la maledicencia, los niños corríamos libres por un mundo recién creado para nosotros, entre un azul que no hemos vuelto a encontrar y los olores salvajes de la tierra. Pero aunque el tiempo de la niñez tiene las dimensiones de la eternidad, el domingo llegaba a su fin y con la caída de la tarde volvíamos a casa, todavía en el recuerdo las aventuras y descubrimientos del día. Allí nos esperaba el baño y otras suavidades del hogar, pero también los preparativos para el lunes, la certeza de que tras el sueño los mecanismos de las horas se pondrían de nuevo en marcha. No conozco afecto más compartido que esa tristeza dominical, tan similar a la post coitum tristitia que, con los años, va contaminando del sentimiento de lo irreversible incluso los mismos placeres del día.

Y uno no puede evitar pensar en el último acto de nuestra vida como un domingo definitivo, suma y cifra de todos los demás. Habríamos de celebrarlo como corresponde, con buen ánimo, sin que la evidencia de la próxima caída del telón arruine nuestra alegría soberana. En la leal compañía de nuestros recuerdos, apurando hasta el final las dulzuras de la luz, olvidando cuidados triviales y achaques en un festín de amigos, riendo y jugando, como hacen los niños.

xlarge_31.426_hopper

Edward Hopper. “Early Sunday Morning” (1930)

I read the news today, oh boy

Etiquetas

,

Se llama Enma y tiene dos años. Ayer se perdió en el monte y fue encontrada dormida, abrazada a su perro, un podenco joven.

Hemos pasado los días entre llamas, mentiras y presagios funestos. Grandes violencias en rincones del mundo donde el sufrimiento ejerce su señorío. Y de repente uno se encuentra con una noticia como esta, una noticia de una modestia luminosa. Como en una antigua fábula, una niña perdida ha sido encontrada.

Ha ocurrido cerca de un pequeño pueblo de Ávila. Gil-García, apenas cuarenta y un habitantes. Pudo haber ocurrido en los tiempos en que se construyó la iglesia románica que todavía se tiene en pie. Como entonces, los hombres han entrado al bosque en cuadrillas para encontrarla, porque los niños están indefensos y deben vivir. El bosque no es buen sitio para ellos, es el lugar de la libertad y el peligro, de las alimañas, el frío y el mal encuentro. Y es de noche. Emma, que apenas ha empezado a poner nombre a las cosas, camina cuatro kilómetros acompañada por su perro hasta que la vence el sueño y debajo de una zarza se aovilla junto a él. Mi amigo Arturo Cid me cuenta que ese darnos calor formaba parte del pacto perdurable que nuestros antepasados establecieron con los perros. Sus ladridos atrajeron a uno de los grupos que batían el monte. Emma devoró las barritas de regaliz que le ofrecieron y todo acabó y bien está. El mundo será algo mejor con el peso tan ligero de Enma saltando en los charcos.

Perdida y encontrada. Enma escuchará muchas veces esa historia mientras ve envejecer al buen perro que le salvó la vida. Ella misma se la contará a amantes y a hijos. Acabará creando sus propios recuerdos sobre esas siete horas legendarias, cruciales. Vivirá siempre con esa gratitud o ese peso.

Hay una foto tomada poco después del feliz encuentro. Los miembros de la cuadrilla sonríen junto a los padres y a la niña recobrada, a los que se les ha borrado digitalmente la cara. A ellos no. Los miro y me imagino cómo han debido sentirse de vuelta a casa. Mañana, la maldad y la desgracia seguirán estando ahí, nada va a cambiar, pero esa noche una niña está a salvo y para todos ellos, los ojos muy abiertos en la cama, será una noche hospitalaria, amable más que la alborada. Como si el mundo, de nuevo, comenzara.

2c17d89f66d7a3a23ba61f3ccdcbc7fd--birmingham-lost

Arthur Hughes – “The Lost Child”

Breve vituperio de los sentimientos

Etiquetas

, ,

El manejo desatado de la exageración o, directamente, de la mentira; el odio y la mala baba que se respiran por las redes estos días sugieren inquietantemente una atmósfera prebélica. Hay en el aire algo ya irrespirable, varios grados más allá de ese blanco y negro habitual y, encima, segregado por personas formadas y leídas, a las que se les debería suponer un uso más o menos racional de sus facultades mentales.

A día de hoy la situación es crítica y de una complejidad desalentadora. Se ha llegado demasiado lejos (no es el momento de señalar responsabilidades) y cualquier decisión que se tome supondrá injusticia y consecuencias imprevistas a largo plazo. Baste decir que no puede dialogarse con aquellos que han dejado bien claro que no están en absoluto interesados en dialogar, que no puede dejarse sin amparo a aquellos que no participan en el delirio colectivo y que, paradójicamente, no puede utilizarse la fuerza contra millones de personas fascinadas por una ideología esencialmente inmoral, tan tóxica como atractiva, que embellece sus vidas con el brillo legendario, auroral, de aquello que comienza, que les hace sentir protagonistas de la historia. El kitsch de la Gran Marcha del que sagazmente habló Kundera.

Es tanto el daño hecho que nunca estaremos lo suficientemente agradecidos a aquellos justos que argumentan sin alzar la voz o los que templan ánimos mediante la ironía elegante. Veo por aquí a mucho Marat de sofá y tablet lanzando soflamas y utilizando retóricas de amenaza (desde el “¡muera el rey!” hasta “¡los tanques, los tanques!”). Siempre me pareció desacertado el discurso de Chaplin en “The Great Dictator” : «We think too much and feel too little». En política la explosión sentimental preludia el derramamiento de la sangre. La sangre, a diferencia de las ficciones colectivas, es real, concreta, irremediable.

Vamos a calmarnos todos un poco.

fe0c8eab870e6f19512bf2c79025b6c3

Juan Genovés. “Brecha” (2012)