Ventanas

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 Me gustan los cuadros con ventanas, siempre acecha en ellos un principio de vértigo, una insinuación de abismo. Trampantojos metafísicos, acotan un espacio ofrecido. Tras ellas arboledas fabulosas, caminos de leyenda, ciudadelas, jinetes, caminantes y salteadores, jardines, patios, bahías, huertos con naranjos, mercados y mástiles, también la presencia abrumadora de cuanto no se nos muestra.

Ellas forman parte de los primerísimos recuerdos, frontera con un mundo que era entonces ilimitado. Las variaciones de la luz al atravesarlas marcaban el paso de las horas y, al abrirse, los sonidos de la calle asaltaban la casa: pájaros, pasos, un instrumento monótono tras un balcón, los violentos estruendos del trabajo, un hombre que silba tonadillas, la voz humana, riendo, gritando, canturreando, cagándose en dios. También la frescura de la lluvia y los olores químicos de los talleres, la tarde y sus melancolías, una radio donde suena la primera canción que te cautivó. Lo otro, lo que está fuera, aquello que durante una vida uno intentará explorar y descifrar.

Una ventana es un paso, el lugar de un intercambio, el gesto de asomarse evoca el instante del nacimiento. En los sueños nos lanzamos al vuelo desde ellas.

El niño pinta las ventanas como los ojos de la casa. Cesura entre lo íntimo y lo público, entre el yo y las seducciones de lo real. Cómo nos choca esa franqueza luterana sin cortinas de las ventanas en el norte de Europa, de qué manera quedamos encantados por esos interiores revelados de forma fugaz. Tras ellas las vidas ajenas adquieren una intensidad teatral y alegórica, como en un vasto retablo, donde las figuras se mueven ajenas al hecho de que alguien las mira, como solo una divinidad nos vería, cada gesto perecedero cargado de sentido. A veces el misterio de una única ventana encendida en la fachada a oscuras. Ahí hay una conciencia despierta.

Me suelo detener ante los cuadros con ventanas, sí, con el deseo insensato, pueril de que tras ellas, en el fondo del cuadro, como en el fondo del sueño, más allá de las grandes destrucciones del tiempo fluya como un río lento algo que hemos olvidado, algo no gastado por el hábito, por las palabras, por el cansancio.

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Carl Ludwig Kaaz (1773-1810) – Vista desde Villa Grassi, cerca de Dresde.

Firmas

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Nadie nos enseña a firmar. De pequeño, al ver las firmas de los adultos, conjeturas que una combinación de elegancia e ilegibilidad es de rigor. Cómo costaba a las manos del niño, hechas a una tierna caligrafía, imitar esos trazos nerviosos, descuidados. Yo acabé en un diseño algo torpe que pensé que iría mejorando con los años y que, fatalmente, ha acabado siendo mi rúbrica. Como tantas cosas.

La firma introduce en la vida la gravedad y el fin de los juegos, una cierta idea de lo irreparable. Un ideograma del yo, nada menos. Estampamos nuestra firma corroborando todas las sujeciones y sometimientos de la condición adulta: controles de asistencia, contratos laborales, préstamos, compraventas, matrimonios, autorizaciones para el cirujano que herirá nuestra carne, testamentos, los papeles de las grandes bancarrotas… todo aquello que nos muestra que la realidad va en serio.

Y también la firma de los que están al otro lado, la firma del poder, la firma que certifica, sanciona y autoriza, la firma al pie de leyes y sentencias (nuestro tirano de voz aflautada firmaba, metódico, condenas de muerte con un café al lado, recién salido del sueño, abriéndose a la mañana como una flor tersa). Costosas plumas de hombres trajeados dibujando líneas en los márgenes de tratados y declaraciones de guerra, decretos de expulsión y de exterminio.

A veces me topo con la firma de mi padre –anticuada, bella a su manera- en viejos documentos. Lo reconozco más en esas afectadas volutas que en las fotografías. Dejamos un reguero de firmas que cuentan una vida, pero tampoco permanecerán. Y a la hora de irse, cuando cada cual cierra su biografía, no firmamos, quizás porque siempre hay algo de inconcluso en nuestros días. Tan sólo los que se despiden del mundo con una acción violenta o los suicidas («Non parole. Un gesto. Non scriverò più. ») se permiten ese último trazo, rubricando el fin de nuestro contrato usurario con el tiempo.

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Carnaval

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Como tantos otros contemporáneos llegados a la cuarentena, Esteban Artigas sintió que en su interior bullían experiencias y emociones únicas, delicadas, singulares, que tenía necesidad de expresarlas y que en definitiva al mundo le hacía falta desesperadamente otra novela.

Se aplicó a ello durante dos años. Al principio le costó desprenderse de la influencia que la obra de Patricio Seda -tan dada a juegos formales que sus más inteligentes detractores consideraban trivial exhibicionismo- ejercía sobre una prosa aún en formación, pero bien avanzada la labor su propia voz empezó a afirmarse. Profundamente solipsista, como tantas primeras obras, “Los círculos concéntricos”, abundante en adverbios, adolecía de cierta negligencia por parte de Artigas a la hora de construir sus personajes. Meros instrumentos para la exposición de ideas y agravios, fueron concebidos utilizando con desparpajo a conocidos tomados de aquí y de allá.

De este modo, en la figura de un compañero de claustro de Ulises, el protagonista -profesor de instituto, como el mismo Esteban -, afloraban una serie de rasgos (ausencia de empatía, percepción distorsionada de la realidad, vehemencia, infantilismo ideológico) que le irritaban en César, un viejo amigo de juventud. Aunque habían perdido bastante el contacto, temió que este pudiera verse reconocido. Ponerle gafas y cambiarle el nombre le pareció insuficiente, así que decidió bautizarlo como Marina. Los rasgos extrañamente viriles del nuevo personaje femenino le resultaron un valor añadido por el que se felicitó. Lo que antes hacía de su avatar varón un mal bicho aparecía ahora como una tenaz, insobornable independencia. Así mismo su propia esposa, Lorena, cuyo descarnado pragmatismo y un progresivo embotamiento la hubieran hecho demasiado reconocible, pasó a convertirse en el irrisorio padre de Ulises, hombre mezquino que con facilidad renuncia a sus sueños de juventud. Tan sólo un personaje femenino, Marta, fue creado ex novo y acabó siendo una sonrojante proyección de las contradictorias fantasías de Esteban. Materna pero intensamente sexual, delicada pero turgente, libre y con una mansedumbre de geisha.

No sin candor, Esteban presentó su novela al Nadal bajo el seudónimo de Valentina Bloom, en la confianza de que un alias femenino le garantizaría la complicidad del jurado. Uno de los mandarines que lo componían levantó una ceja al leer los primeros párrafos de la novela y detectar el tono inconfundible de Patricio Seda. Como crítico había tratado con dureza sus últimas obras, pero tras casi veinte años de ausencia se dio cuenta de hasta que punto todos habían echado de menos aquella voz. ¿Sería posible que el anciano autor hubiera decidido regresar presentándose a un premio como el Nadal y escondido tras un nombre de mujer? No salía de su asombro ante la audaz jugada del viejo zorro.  Tras el guiño de reconocimiento de las primeras páginas la prosa perdía color y se transformaba en algo entre pedantesco y plañidero, exactamente la prosa que se esperaría de un profesor de instituto en sus cuarenta influido por Seda e incapaz de asimilarlo, como el protagonista. Así que Patricio Seda había vuelto y había logrado ser otro. Lo había hecho en silencio, sin avisar a nadie, ¡qué confianza debía tener en sí mismo! Entendió que esa novela debía ser algo grande, aunque le desconcertara. Llamó exaltado a los otros miembros del jurado y todos pasaron a prestar atención a aquel extraño artefacto, convencidos de que el autor de “Entropía” había vuelto a escribir y se había presentado enmascarado al Nadal. No se equivocaban, salvo que lo había hecho bajo el seudónimo de Max Vogler con una novela concisa, modesta, “El azar y la necesidad”, que fue clamorosamente olvidada por un jurado que por unanimidad se lo concedió a las casi ochocientas gravosas páginas de “Los Círculos Concéntricos”. Patricio Seda jamás olvidó semejante afrenta.

Por uno de esos movimientos pendulares, el público y la crítica recibieron el discreto experimentalismo de la obra como un soplo de aire fresco en un mercado saturado de novelas centradas en lo argumental, llenas de diálogos ágiles y puntos de giro. En las entrevistas Esteban proclamaba desafiante que quiso hacer una novela que fuera imposible de adaptar al cine o a la televisión, actitud esta que a Lorena, su esposa, le pareció propia de un necio. Dada a fijarse únicamente en lo anecdótico, cuando finalmente accedió a leerla cometió el error de adivinar tras la idealizada figura de Marta a una de sus más íntimas amigas, quizás porque también se llamaba Marta y también estaba muy buena. Devorada por unos celos monstruosos cortó toda relación con ella sin darle explicación alguna. Del mismo modo, y a pesar de que se trataba de una versión de César, interpretó al personaje de Marina como un retrato de sí misma ya que el autor, por eso de marcar paquete autoral, decidió describir durante tres inacabables páginas del capítulo VIII el vestido con el que esta se presentó a su primera cita con Ulises y que no era otro que el que Lorena llevaba cuando tuvo su primera cita con el joven y algo petulante Esteban. Lógicamente Lorena no se encontraba en Marina y así acabó preguntándose cómo era posible que tras quince años de vida en común el muy majadero todavía no supiera como era ella en realidad. Esteban creyó que la fría hostilidad de los meses sucesivos no era sino una sorda envidia.

Asunto diferente fue la reacción de César que, como adolecía de una perspectiva distorsionada de la realidad y un acusado autodesprecio (rasgo éste último que al poco perspicaz Esteban siempre le pasó desapercibido), se reconoció absurdamente en el cruel retrato del padre del protagonista, es decir en Lorena. Se sintió maltratado. No podía entender cómo era posible que su amigo tuviera esa visión de él. No obstante, como fue toda su vida muy sensible a los argumentos de autoridad, cuando el libro alcanzó una quinta edición empezó a sospechar que quizás su amigo de juventud tenía razón y él siempre habría sido ese personaje pequeño, de una melancolía filistea y vulgar. Cayó en una profunda crisis, volvió a beber más de la cuenta y a comer en exceso, engordó alarmantemente y sólo un viaje a la India le evitó sucumbir a una espiral de autodestrucción. A la vuelta había atesorado experiencias y emociones únicas, delicadas, singulares, tuvo necesidad de expresarlas y sintió que en definitiva al mundo le hacía falta desesperadamente otra novela.

A esas alturas Lorena había culminado un proceso de evolución personal. Si el personaje de Marina le inspiró al principio rechazo por no verse reflejada en ella, le atrajo más tarde por su carácter independiente y quiso ser otra mujer, salir del torpor indiferente en el que había caído. Empezó a leer en la confianza de que nada como la literatura para hacerte un carácter. Devino letraherida tardía, leyó mucho, leyó indiscriminadamente, frecuentó clubs de lectura para educar su criterio y también con la esperanza de vivir alguna aventura extraconyugal como esas mujeres fuertes y decididas de las novelas que empezaba a devorar. Se identificó en especial con la heroína femenina que intentaba encontrar su camino en las inspiradoras páginas de “La incertidumbre del naufrago”, la mediocre novela con la que César acababa de iniciar sin mucho brillo su carrera literaria. Lorena decidió que tenía que encontrarse con aquel desconocido que había radiografiado su alma y no cejó en su empeñó hasta conseguirlo. Ambos descubrieron que tenían muchas cosas en común y compartían una visión espiritual del mundo. Iniciaron una intensa relación amorosa.  Lorena acabó solicitando el divorcio a Esteban y se fue a vivir con César. Fue su musa. Inspirándose en ella y gracias a la serenidad y a la paz doméstica fruto de una armoniosa vida en común creó su segunda obra, una novela histórica con un nombre de nuevo náutico y desafortunado: “La princesa del Índico”, pero en la que siguió el vehemente consejo de Lorena de, por el amor de dios, hacer una novela que fuera posible transformar en película. La novela conoció el éxito. Digámoslo claramente, vendió más ejemplares que “Los círculos concéntricos”.

Aunque nunca tuvo la honradez de admitirlo, Esteban escribió su novela en la creencia de que el prestigio literario era la única manera a través de la que un hombre de su edad y condición podía acostarse con mujeres más jóvenes. El divorcio le facilitaba considerablemente ese proyecto vital, así que lo vivió con una sensación de alivio, aunque pensar en la mejilla de su esposa reposando sobre el velludo tórax de su viejo amigo, el imbécil, le ponía invariablemente de malhumor.  Su nueva vida sentimental fue decepcionante. Una breve relación con una lectora salmantina aquejada de trastorno límite de personalidad le dejó exhausto. No hubo más hasta que se reencontró con Marta, la vieja amiga de su mujer. Le caía mal, nunca soportó sus histrionismos de actriz, la manera en que siempre lo ignoró. Era tan hermosa que le hacía sentirse miserable. Pero ahora el tiempo había hecho menos desafiante aquella belleza y verla le recordaba, le devolvía una época de su vida.

Para Marta siempre fue invisible, pero ahora lo veía a la favorecedora luz de su Nadal y sus cinco ediciones vendidas. No duro mucho. Para Esteban su aventura con Marta fue una venganza contra una juventud de humillaciones y una recuperación de primer orden del entusiasmo venéreo. También es cierto que con Marta accedías a una inteligencia juguetona y un cuerpo estatuario, pero también a un fondo inagotable de resentimiento tras años de esperanzas profesionales frustradas pateando teatros de provincias. Esteban sentía lástima por ella, temía el momento en que no tuviera más remedio que reconocer la derrota final de sus sueños. Sufrió sinceramente ante sus nervios el día en que se presentó a aquel casting, apretó enamorado sus secas manos frías y le deseó suerte, sintiéndose un mentiroso. El casting que contra todo pronóstico le sirvió para conseguir el papel de la madura heroína en la adaptación cinematográfica de “La princesa del Índico”. César, como autor de la novela, bendijo la elección aunque Lorena nunca se cortó en calumniar a su ex amiga atribuyéndole todo tipo de sucios manejos de arribista. A las pocas semanas del inicio del rodaje en un entorno tropical de ensueño, las redes ardían con la crónica del romance entre ella y el protagonista Javier Bardem. Se despidió para siempre de Esteban con una emotiva llamada acribillada por interferencias en la que entre lágrimas, tras un fondo de truenos y tifones, le agradecía su amor y le daba las gracias.

Esteban no superó aquello. Mientras Marta viajaba a toda velocidad hacia una fama tardía, su segunda novela se hacía esperar. A veces salía por los bares intentando ligar, pero su nombre y su rostro impersonal ya empezaban a olvidarse. Una de estas noches se encontró en un local a Patricio Seda, al que el orgullo le vedó en su momento hacer comentarios públicos sobre aquel desconocido ganador del Nadal. Esteban se acercó a agradecerle sinceramente cómo su obra había cambiado su vida. Estaba extendiendo la mano cuando por un instante se preguntó si realmente había motivo alguno para la gratitud.

Patricio, hombre de gran elocuencia y proverbial mala baba, disfrutó de la ocasión. Sin perder la sonrisa, desmontó al Esteban autor, puso de relieve su falta de ideas, el carácter mimético de su escritura y ridiculizó en especial su abuso del azar y las coincidencias a la hora de hacer avanzar las tramas: en la vida no existen las coincidencias, amigo mío, todo está trazado. Lo hizo con gran sutileza, como una espada tan afilada que te partiera en dos sin que te dieras cuenta. Sólo cuando se despidió de Esteban palmeando sus mejillas este empezó a sentir un frío interior que ya no le abandonaría nunca. No volvió a escribir y con los años a algunos íntimos les confesaba su convicción de que una divinidad vengativa manejaba a su antojo papeles y destinos y que el acto de contar historias no era sino una blasfema redundancia.

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Un hombre malo o Alguien tenía que hacerlo

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Al entrar en la mediana edad y harto de una seca vida de humillantes renuncias al servicio de la administración pública, Buenaventura Medrano decidió consentirse un viejo anhelo. No escatimó en gastos. Medrano era hombre frugal y previsor, de modo que empleó un dinerillo que había ahorrado para colocarse unas fundas dentales en un gesto que, a su entender, bien valía resignarse unos años más a sus dientes de fumador corroídos por el sarro y la escasez de besos columbinos. Planificó la acción durante meses y en ese cálculo hallaba un gran placer.

Alquiló un helicóptero pilotado y a las siete ya estaban sobrevolando la cabalgata de Reyes. La noche era fría, ¡qué conveniente! A una señal de Medrano, el aparato descendió sobre la multitud y este, sintiendo una exaltación incomparable, barrió el escenario con un foco cegador. A través de un equipo de megafonía su voz monótona retumbaba por plazas y calles a un volumen insoportable, reventando los cristales de las ventanas. Un principio de éxtasis le recorrió la columna mientras se escuchaba a sí mismo pronunciar, eufórico, cariñoso, enfático:

“Niños, los reyes son los padres.

Son los padres. Escuchad.

Los reyes son los padres”.

Y era como haber derramado agua hirviendo sobre un hormiguero, un pánico de mulo ciego ascendiendo en espirales, las figurillas en desbandada ofuscadas por la luz, como espigas bajo el vendaval, los gritos de los niños ya un clamor de alfileres, los adultos mirando al cielo y amenazando con el puño cerrado, protegiendo las cabezas de sus críos con los brazos. Todo se deshacía en una inminencia de colapso, como resquebrajaduras extendiéndose sobre la superficie de un lago helado. El miedo cristalizaba en el aire, el cielo ahora era un espacio denso y escaso, sin distancias, las estrellas como cigarros apagados. La multitud se dispersó corriendo, pisándose las bufandas, atropellándose. Las coronas de los reyes rodaban por el suelo junto a las heces de los camellos. Qué tristes y qué ridículos los últimos gritos aislados buscando refugio en los portales.

El helicóptero lo depositó con suavidad en el silencio de la plaza abandonada. Todos se habían escondido en sus casas. La pequeña ciudad se había despoblado. ¿Se atreverían a salir a la mañana siguiente cuando el sol, como una vergüenza,  revelara el aspecto miserable de las calles? Las redes sociales ardían con frases como “¿y ahora qué?” o “rabia e impotencia”.

Medrano pudo caminar toda la noche tranquilamente, con sus plácidos ojos claros entrecerrados, tarareando con descuido cancioncillas de los payasos de la tele y equivocándose con las letras. Las calzadas estaban perdidas de serpentinas y caramelos que Medrano cogía y se metía en la boca a dos manos, rompiéndolos con los dientes hasta sentir un asco azucarado. Miraba complacido las fachadas. Tras las ventanas los niños temblaban en sus camas y los padres se miraban desvelados.

Pensaba en el valor pedagógico de su acción, en las consecuencias a muy largo plazo. Preveía futuros nihilismos, convulsiones, grandes carnicerías, ¡cualquier cosa era posible!

Más adelante se encontró con una puta que lloraba por los niños, sentada en las escaleras de la oficina central de correos. Mentalmente le puso por nombre Ajenjo y la invitó a un chocolate con churros. Aquella noche Medrano, dichoso, justificado, durmió el sueño abismal de los topos.

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2016

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Ya toca irse. Uno no se lleva nada, no puede llevarse nada, salvo algunos instantes que quiere creer que perdurarán, embellecidos y absueltos por el recuerdo, ese fantástico mecanismo químico que nos regala la ilusión de un yo. Poco más queda por hacer, bajar las persianas, apagar las luces, recorrer mentalmente y por última vez las estancias y los días, todo aquello que nos hizo y que quedará cubierto por las sábanas del olvido. En mis veinte imaginaba a veces el año inconcebible en que moriría David Bowie. No ha sido diferente a otros, las cosas simplemente ocurren. Siempre esa sensación de haber dejado pasar los días, de lo que pudo haber sido y pude haber hecho, también el amor por los pequeños hábitos que forman el tejido del tiempo, por rostros, por voces, por unas manos delgadas en las que a veces pienso y ese pensamiento es mi alegría, por mis queridos vicios y las humildes epifanías de la luz jugando sobre las cosas del mundo.

Todo cumplido y estuvo bien. Ya toca irse, sí. Cerrar la puerta, echar la llave por debajo, subirse las solapas del abrigo y no mirar hacia atrás, no hacerse esta vez promesas, no albergar esperanzas. Cuanto ocurre me basta. Continuar, perseverar, reír mucho, no hacerme peor.

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Vindicación y elogio de la Navidad

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El grupo de aquellos que abominan de la Navidad no es homogéneo. Está el eterno anarca adolescente, al que le jode profundamente lo que él interpreta como una exigencia de felicidad por decreto, están aquellos a los que por motivos personales estas fiestas les parecen teñidas de tristeza y están, cómo no, los más superficiales de todos, los grandes moralistas que consideran las navidades como una superestructura más del ominoso sistema y nos instan a sentirnos avergonzados de nuestra felicidad dado que muchos lo están pasando mal. Tuve un tío así, alto y francés, vagamente parecido a Umbral, no celebraba nunca estas fiestas e imponía su rígida severidad a sus hijos pequeños. En España, que tal parece que desayunamos todas las mañanas leyendo a Cioran y a Thomas Bernhard, resulta de buen tono odiar estas fiestas (nosotros, por favor, no somos ingenuos, nosotros no nos dejamos engañar). Yo, por el contrario –aunque a veces me cueste lo más grande- soy un gran partidario de la Navidad, o al menos lo intento. Voy a intentar explicar por qué.

Como es sabido, la Navidad es una curiosa mezcla sincrética, donde elementos cristianos coexisten con una constelación de viejos rituales paganos asociados al solsticio de invierno, todo ello magistralmente empaquetado por Charles Dickens, el creador de la moderna sentimentalidad navideña. Desde la primera infancia percibimos la Navidad como una ruptura del fluir habitual de los días. Se deja de trabajar, las calles y las casas se iluminan de un modo inusual, como si todo se transformara en un decorado, las comidas se vuelven suntuosas (esto ahora carece de importancia, pero hasta no hace tanto ya lo creo que la tenía), se escuchan canciones ligeramente arcaicas y ocurre la sencilla alegría del regalo. Es la impresión de un tiempo suspendido y cíclico, un tiempo de prodigios que difícilmente se borra de la mente. Celebrar la Navidad es intentar recuperar ese ingenuo asombro, esa dulzura. Todo esto ya lo dijo T.S.Eliot mucho mejor que yo en un poema titulado “El cultivo de los árboles de Navidad”[1].

Por otro lado -y no solo en su versión cristiana- las navidades celebran un natalicio, la venida al mundo de un niño que es todos los niños. Tienen esa claridad de lo inaugural, de la renovación, precisamente en el mismo corazón del invierno, prefiguración de la muerte. Y por último la Nochebuena conmemora a aquellos que sufren persecución, todo en su folclore apunta a la humildad y precariedad de ese nacimiento imaginado. La navidad de los pobres, la navidad de los marinos en alta mar, la navidad de los soldados en las treguas durante las grandes carnicerías… no me parecen cosas indignas de celebrar, por muy listillos que nos creamos. Y todo eso no nos lo puede quitar ni el puto Corte Inglés, ni ese gran coñazo de la familia, ni las cenas de empresa, ni la matraca de los villancicos, ni las borracheras, ni el discurso real, ni la sidra achampañada, ni la empalagosa cursilería de los anuncios, ni las sillas vacias en nuestra mesa, ni las dentelladas de la miseria y el mal acechando, siempre, tan cerca.

(19-12-2013)

[1]   T.S.ELIOT. El cultivo de los árboles de navidad (“El libro de Ariel”, 1927-1954)

Hay varias actitudes hacia la Navidad,
de algunas de las cuales podemos prescindir:
la social, la torpe, la abiertamente comercial,
la juerguista (las tabernas abiertas hasta la medianoche),
y la infantil -que no es la del niño
para quien la vela es una estrella, y el ángel dorado
extendiendo las alas en lo alto del árbol
no es sólo un adorno, sino un ángel.
El niño se asombra del Árbol de Navidad:
dejadle seguir en el espíritu de asombro
ante la Fiesta como un acontecimiento no aceptado como pretexto;
de modo que el arrebato refulgente, la sorpresa
del primer árbol de Navidad recordado,
de modo que las sorpresas, el deleite en nuevas posesiones
(cada cual con su olor peculiar y emocionante),
la espera del pato o el pavo y el esperado respeto ante su aparición,
de modo que la reverencia y la alegría
no se olviden en la experiencia posterior,
en el aburrido acostumbrarse, la fatiga, el tedio,
la conciencia de la muerte, la conciencia del fracaso,
o en la piedad del converso
que puede estar manchada de presunción
desagradable a Dios e irrespetuosa para los niños
(Y aquí me acuerdo también con gratitud
de Santa Lucía, su canción y su corona de fuego);
de modo que antes del fin, la octogésima Navidad
(con “octogésima” quiero decir la que sea la última)
los recuerdos acumulados de emoción anual
queden concentrados en una gran alegría
que también ha de ser un gran temor, como en la ocasión
en que el temor invadió todas las almas:
porque el principio nos hará recordar el fin
y la primera venida, la segunda venida.

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Un muro

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En mis recorridos habituales por el barrio donde tengo la suerte de vivir, suelo remontar un callejón que desemboca en la plaza de San Nicolás y sus celebrados prestigios panorámicos. Hay en él un colegio público y de buena mañana uno puede ver por la suave cuesta a mujeres jóvenes llevando de la mano a sus pequeños, fastidiados por el sueño y el peso de sus mochilas, pasando del fatalismo a la vivacidad. Es difícil no sonreír al verlos y al escuchar esos diálogos deliciosos entre madres e hijos cuando nadie los ve. Cuesta creer que hablen la misma lengua que los hombres –que también fueron niños- profieren a esa misma hora en los bares, metiéndose carajillos entre pecho y espalda para mitigar las violencias del trabajo físico.

Un muro aísla al centro de las calles, sobre él asoman algunos árboles. Me gusta a veces detenerme y escuchar las voces de los críos en el patio.

Las ciudades están llenas de esos lugares fantásticos donde todo da comienzo, veneros de gracia, no menos asombrosos que los vastos criaderos estelares. Cuando uno lee acerca de la potencia formadora del caos no puede olvidar ese sonido, de naturaleza semejante a la del río, las olas o la lluvia. Siempre diferente, siempre idéntico a sí mismo. Toda la luz de la infancia está contenida en él, también sus feroces crueldades. El patio del colegio es una imagen del paraíso, también el lugar de la tragedia. Uno nunca lo abandona del todo. Lo peor de nuestra naturaleza ya está en los niños, no conviene engañarse.

El otro día pasé de nuevo junto a ese muro, de vuelta de una cita con el médico y entregado a esos irónicos pensamientos sobre la propia finitud que el lector de mi edad seguramente conocerá. El sonido estaba ahí de nuevo, espantando toda idea de mortalidad. Sobre el remate del muro, entre el viejo cemento carcomido crecían tenaces islas de líquenes y pequeñas flores. Esas presencias arbitrarias, modestísimas, de lo vivo que forman parte de los primeros recuerdos. Las mismas que rozaban, curiosos, los dedos del pequeño, confiado y ligeramente melancólico Perpiñá en sus primeros años. Por un momento tuve la extravagante sensación de que él estaba al otro lado, que si acercaba mi oído a la pared desconchada podría oír su corazón pequeño latiendo, su aliento leve. Los paseantes me hubieran tomado por un loco lamentando ante el muro alguna pérdida inimaginable, pero yo le habría hablado en voz baja. Me hubiera gustado contarle que aún me acuerdo de aquel despertador en el que un carillón desplegaba la melodía de El Tercer Hombre, de una luna aún no hollada por pasos humanos, de unos cisnes inmóviles escondidos tras otro muro, de aquella laguna verdosa de las pesadillas, de un invierno particularmente frío del 73 y del capitán Hatteras caminando siempre hacia el polo norte. Y le hubiera dicho que lo siento, que siento haberle fallado en tantas cosas y que todavía espero ser digno de él.

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Por una izquierda serena

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Debo de formar parte de los cerca de cien españoles que nunca han viajado a Cuba, no pretendo que mi opinión sea especialmente autorizada. Aún así no puedo dejar de comentar algunas de las reacciones a la muerte largamente anunciada de Fidel Castro.

No quiero entrar en el juego de comparar estadísticas sobre represión con las de otros regímenes totalitarios y sé que las cosas hay que ponerlas en perspectiva histórica y sé que sí, que en aquel momento aquello fue deslumbrante y que David y Goliath y que una sanidad ejemplar y que un sistema educativo fetén y que si Sierra Maestra y que si a caballo vamos pal monte. De acuerdo. No obstante no deja de asombrarme la actitud de cierta izquierda. Personas que odian de manera pauloviana a los militares han honrado a alguien que se ha pasado la vida de uniforme y se han emocionado escribiendo consignas de recio sabor castrense como “hasta siempre, Comandante”, “hasta la Victoria, siempre” o “Patria o muerte”. Personas a las que le rechinan los dientes ante la figura anacrónica de la monarquía no encuentran escandaloso que un dirigente haya permanecido casi sesenta años en el poder sin conceder a los cubanos en ningún momento la posibilidad de sustituirlo y haya acabado transmitiendo el cetro ¡a su hermano! Personas, finalmente, que sobreactúan su dolor y su insomnio frente al espanto de los dramas migratorias del Estrecho (me avergüenzo de ser occidental, claman) dan rienda suelta a su ternura con un régimen que llama “gusanos” a los disidentes que han huido del país en condiciones no siempre fáciles.

Pero son contradicciones propias de los seres humanos, desde luego, no sólo de la izquierda. Más me ha alarmado el artículo literalmente asombroso que Alberto Garzón, secretario general de IU, ha publicado en la sección Tribuna Abierta de la web eldiario.es. Verán, buena parte de mis amigos y conocidos consideran que votar a IU (o a Podemos) es garantía de normalidad, es lo único que cabe esperar de una persona decente y formada. Votar al PP sería cosa de criminales o de descerebrados, votar al PSOE cosa de untuosos traidores y votar a C’s cosa de cuñados criptofascistas infinitamente ridiculizables. Hay un consenso entre ellos acerca de la notable inteligencia de Alberto Garzón.

El artículo empieza por todo lo alto:

 “Se ha ido un grande, Fidel Castro. Un trozo de nuestra historia, de la historia de nuestro mundo, se ha apagado. Pero como sucede con los clásicos, Fidel Castro continúa con nosotros en su pensamiento y en su obra.”

 No sé si pillan el tono. El resto del artículo no defrauda, encadenando clichés, entusiasmos desaforados y medias verdades con soltura. Pero lo que realmente le hace a uno levantar una ceja es que ya al final, agotados los argumentos, tenga los santos cojones de escribir esto:

 “Hay quien osa celebrar su muerte. Pobres de ellos, que ven a un hombre donde en realidad hay un pueblo.”

 Yo, lo siento, creo que con una izquierda teologal, capaz de sostener –aunque sea retóricamente- esa unión hipostática entre un hombre y SU pueblo, no vamos a ninguna parte o a ninguna parte a donde merezca la pena ir.

Lo alarmante es que muchos de sus votantes se habrán dado cuenta de la enormidad que supone jalear de esa manera a un dictador, pero no se lo van a tener muy en cuenta. Orwell llamaba a esto doblepensar. Se rasgan las vestiduras en las redes sociales con la última majadería que haya proferido un concejal reaccionario de un pequeño ayuntamiento, pero conviene pasar por alto que la cabeza visible de su partido favorito muestre tan a las claras sus filias. ¿Por qué?, porque señalar ciertas cosas, coincidiendo en algo con la derechona, es de mal gusto, porque es inconveniente enturbiar ese bonito imaginario hecho de canciones de Silvio Rodríguez y fotos del Che y botellas de ron y el encantador Compay (decididamente el son es más simpático que el Horst Wessel Lied); ¡qué falta de tacto!, es como recordar en una reunión familiar navideña que el abuelo era alcohólico, violento y putero.

Creo que es hora de reflexionar un poco. El siglo XXI se presenta complicado. Nos enfrentamos a cambios formidables en el paradigma científico, económico y productivo, feroces formas de codicia y rapiña que no pueden analizarse ni combatirse con marcos de pensamiento herederos por igual del mecanicismo newtoniano y determinismos decimonónicos, un futuro de turbulencias y singularidades contra las que no sirven fantasías paternalistas de planificación y mucho menos mesianismos de corte religioso. Necesitamos una izquierda alerta, racional, intuitiva y con la flexibilidad necesaria para seguir defendiendo eficazmente esas coordenadas irrenunciables de libertad, igualdad y fraternidad. No vendría mal un baño de madurez y de luz, abandonar los cultos mortuorios, dejar de definir el mundo en torno a un eje que lo escinde entre unos supuestos fascistas y nosotros, la sal de la tierra. Renunciar de una puta vez a los queridos símbolos del pasado, a hoces y martillos y banderas rojas, no sólo iconos de dictaduras infames sino calamitosos emblemas de fracasos históricos. Hay que tener el coraje de tirar por la ventana si hace falta los años de juventud, lo mucho que follasteis, a Dolores Ibárruri, al espectro edulcorado de esa Segunda República que no pudo ser y -¡por encima de todo, aunque duela y precisamente por eso, porque duele!- la devoción melancólica por el entrañable viejecito comunista que tanto luchó. La izquierda se vacía en una juerga inane de sentimentalismo. Sí, a la mierda con todo eso, menos símbolos, menos lágrimas y más proyectos de ley, menos cursilería y mala literatura, menos Rousseau y más Jefferson, menos victimismo, menos Galeano y un poquito de Escohotado, menos playas debajo de los adoquines, superar de una vez esa adolescencia del pensamiento que supone pedir lo imposible. Sí, madurez y luz. Aceptar lo real y transformarlo, ejercer la política como un arte de lo posible, enterrar para siempre la nostalgia y el evangelio de la queja, que hay mucho trabajo por hacer.

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Exégesis de “El Jardín Prohibido”

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Durante los veranos de finales de los setenta y primeros ochenta impusieron una suerte de hegemonía sexual. Invadían las playas como una maldición bíblica de los que nosotros, desangelados adolescentes, fuimos víctimas y testigos. Se llevaban a las chicas de calle. Eran más guapos, vestían mejor, tenían todos fantásticos nombres: Guido, Paolo, Giancarlo, Francesco, que evocaban un imaginario imbatible de masculinidad, elegancia y desenvoltura.

Las radios y las listas de éxitos estaban saturadas de intensas baladas heteropatriarcales cantadas en castellano por intérpretes italianos. Las detestábamos, eran la voz del enemigo. Un principio de afonía los unía a todos, desde una ronquera encanallada de ragazzo pasoliniano al terciopelo marrullero de quien te susurra mentiras al oído. ¿Es que en Italia desconocían la socorrida Juanola, el balsámico Pictolín?

Me gustaría hablar hoy de una de estas baladas, una cima de la desfachatez sentimental que en su momento sacudió como pocas el sistema hormonal de cientos de miles de muchachas y que ha sido varias veces versioneada a lo largo de los años. Compuesta a seis manos por Sandro Giacobbe, Daniele Pace y Oscar Avogadro (con la colaboración inapreciable del anónimo traductor que la volcó a la lengua de Garcilaso), la interpretaba el mismo Sandro Giacobbe. ¡Menudo nombre! Déjense llevar por las asociaciones de ideas que esas sílabas desatan. A continuación pronuncien con lento énfasis: José Luis Perales. ¿Entienden lo que quiero decir?

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 Sandro. Viril, pastoral, cercano.

 El mismo título ya tenía lo suyo. “El Jardín Prohibido”. La idea de la sexualidad como un jardín de acceso reservado era una vieja y cursi metáfora que los sacerdotes católicos utilizaban para ilustrar las excelencias de la castidad. En un jardín sin muros todo el mundo acaba entrando, pisotea las flores y aquello se vuelve un sindiós y una tristeza. La canción documenta el instante en que un hombre notifica a su amada el coito que tuvo lugar entre él y la mejor amiga de esta. La canción no explica qué mueve a nuestro infiel y canoro protagonista a esa insensata confesión.

Arrancamos con un poco de captatio benevolentiae. Sandro Giacobbe, -al que, para abreviar, nos referiremos en adelante como Sandro- pone carita y se presenta con voz exangüe y probablemente un simpático mechoncillo cayendo coqueto sobre su frente.

 Esta tarde vengo triste y tengo que decirte, que tu mejor amiga ha estado entre mis brazos…

Y no nos parece mal el eufemismo, caramba, hay circunstancias donde cierto tacto es de rigor. Pero la empatía que nos podía causar ese prometedor arranque se dilapida en la segunda estrofa, cuando Sandro, ese vivillo, se exculpa cobardemente. Al parecer todo fue debido a la extraordinaria expresividad de la mejor amiga de su novia.

Sus ojos me llamaban pidiendo mis caricias, su cuerpo me rogaba que le diera vida.

 “Que le diera vida”. Sandro desde luego tenía un concepto altísimo de sí mismo y su solvencia como amante. Pero sigamos.

 Comí del fruto prohibido, dejando el vestido colgado de nuestra inconsciencia.

 Lo de comer del fruto prohibido oscila entre el cliché ñoño de estampita y la cerdada. De nuevo tenemos un poco de moralina autojustificatoria y una imagen –el vestido colgado- que supone un entrar en detalles que a mí me parece cruel, la verdad. Prosigue, contrito.

 Mi cuerpo fue gozo durante un minuto, mi mente lloraba tu ausencia.

 Bueno, bueno, bueno… hombre, un minuto. Los tres versos constituyen una notoria exageración. Tan sólo imagino al hiperactivo Don Manuel Fraga culminando el acto en un minuto por ahorrar tiempo. Sandro abraza con entusiasmo cierto dualismo. Su cuerpo responde a las exigencias fisiológicas de la situación, pero su alma se desgarra. No lo rebatiremos filosóficamente, pero no nos podemos callar ante un hecho: miente, miente como un bellaco. Y entonces nos preguntamos, ¿será capaz de llegar aún más lejos? Decididamente sí.

 No lo volveré a hacer más, no lo volveré a hacer más.

 Y lo repite dos veces. Lee mis labios, amor: no-lo-vol-ve-ré-a-ha-cer-más. Y no contento con ello:

 Pues mi alma volaba a tu lado y mis ojos decían cansados que eras tú, que eras tú, que siempre serás tú.

 Esto es ya decididamente escandaloso. Ahora resulta que era necesario pasar por esto para llegar a descubrir cuánto te amo. “Oh, Jeanne, pour aller jusqu’à toi, quel drôle de chemin il m’a fallu prendre”… Anda y tira palante, Sandro. Y encima tiene la indelicadeza de hablar de ojos cansados.

Si a estas alturas no te han arreado una buena hostia es cuando ya te creces y sueltas la antológica frase que ha garantizado la inmortalidad de esta insignificante cancioncilla:

 Lo siento mucho, la vida es así. No la he inventado yo.

 Aquí uno se levanta y aplaude exaltado, ¡qué cuajo!, ¡qué tablas! Lo suelta impávido, sin que le entre la risa. Qué no daríamos por observar la expresión facial de su interlocutora en ese momento.

 El placer me ha mirado a los ojos y cogido por mano,

 (“Cogido por mano”. Ay, señor. Sin duda, la subida de testosterona le hace incurrir en solecismos.)

 y yo me he dejado llevar por mi cuerpo y me he comportado como un ser humano.

Un arbitrario Sandro, antes dualista cual campesino medieval, se muestra ahora partidario del conductismo, negando el libre albedrío y anticipando los entusiasmos de la neurociencia del siglo XXI. Y vuelve a insistir, colocando bien el mensaje.

 Lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo.

 Tras un bonito pasaje instrumental para que ella medite, la canción empieza a perder fuelle. Admitamos que era difícil superarse.

 Sus besos no me permitieron repetir tu nombre y el suyo sí. Por eso cuando la abrazaba me acorde de ti.

El nivel baja. Insiste sobre una idea ya desarrollada antes y lo hace con una explicación ligeramente confusa. Realmente no sabemos qué es lo que pretende con esto. Ni nos interesa, a estas alturas. Sandro se da cuenta y por eso opta por reciclar los versos anteriores hasta el final de la canción y nosotros, ligeramente asqueados, nos alejamos lentamente de la escena, mientras se repite una y otra vez el pasaje instrumental ya mencionado,

Sería un error ceder a la nostalgia y dejarnos arrullar por la eficacia melódica de esta abominación, evocando las dulzuras del amor. No, amigos, este tema es la bandera pirata de todos aquellos que nos levantaron a las mujeres que amamos, es la banda sonora de nuestras derrotas y su recordatorio permanente. Jamás te lo perdonaremos, Sandro.

El mueble bar

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Aquellos que vivimos parte de nuestra infancia durante los primeros setenta conocimos diversas formas de abominación estética en los hogares de clase media. Papeles pintados sacados de una pesadilla de malaria, porcelanas de jacarandosos pescadores orientales, depauperados como opiómanos, una triste y abigarrada pretensión de opulencia. Incrustado en bibliotecas, compartiendo espacio con enciclopedias y el Libro de la Vida Sexual del doctor López-Ibor, reinaba el mueble bar.

El mueble bar se cerraba con llave (las casas burguesas abundaban en cerraduras) y eso lo nimbaba de misterio. Cuando, aún niño, en aquellas impersonales iglesias postconciliares el sacerdote abría el sagrario para guardar los sacramentos, yo veía allí una variedad trascendente del familiar tabernáculo doméstico.

Escondían algo prohibido, inconveniente, capaz de trastornar el ánimo e intoxicarte, algo que se guardaba de la inconsciencia de los niños y la avidez de los muchachos. Se bajaba una puerta abatible, como un puente levadizo, y  entonces, por un instante, un escenario fragante de cristal y líquidos coloreados despertaba de su sueño en la oscuridad. En ocasiones un juego de espejos multiplicaba alarmantemente aquellos esplendores de cuyo poder se era consciente desde la primera vez que uno robaba algunas guindas que flotaban en un licor fuerte.

Los padres intentaban esconder la llave, pero era en vano. Raro es el mueble bar que no ha sido alegremente saqueado por los hijos y los amigos de los hijos. En las casas de los padres algo golfos la selección siempre renovada de botellas revelaba un criterio, no así en la de las familias no bebedoras, donde languidecían durante décadas botellas de horrendos licores que ni siquiera la inmensa sed adolescente osaba tocar, junto a alguna botella de Chivas Regal que alguien regaló y que se reservaba para las visitas. Mis padres y su círculo más íntimo de amigos eran abstemios, por lo que el mueble sólo se abría para algunos conocidos ocasionales de los que recuerdo sus gafas de pasta a lo Henry Kissinger, sus manazas sosteniendo los vasos de güisqui y sus opiniones vigorosas.

Hace unos años tuve que desmantelar la casa de mis padres. Es una labor triste. Entre tantos testigos del pasado que fueron a parar a rastrillos o a contenedores estaba el interior paupérrimo del mueble bar: algunas botellas de Licor 43, Cointreau, Cynar o Calisay, de antigüedad bíblica. Cuando bajaba a tirarlas a la basura era consciente que aquellas botellas que nadie quiso jamás beber suponían el fin, no por trivial menos amargo, de una época.

A veces vuelvo a la casa de mi infancia en sueños. Sus habitaciones, donde siempre es de noche, tienen algo de almacén abandonado donde se acumulan libros entre los que rebusco sin fruto, intentando encontrar algo de interés. Los muebles de la cocina amarillean y están abarrotados de comida a un paso de la caducidad que no oso tocar. La comida de los muertos. Mis padres aparecen ocasionalmente, en una semiexistencia melancólica, pálida, precaria, como gatos de Schrödinger. Ahora pienso que el mueble bar debe seguir allí, cerrado con llave. En la próxima visita nocturna voy a intentar abrirlo. A ver qué me encuentro.

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