Pascua

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A ciertas alturas se puede renunciar sin grandes dramas a casi todo lo que uno consideraba importante. Al éxito, a los queridos vicios, incluso al amor y sus vértigos. No me escandalizo al imaginarme un futuro en el que me importe un bledo escribir. Y hasta leer, añadiría. Sin embargo, creo que jamás me cansaría de escuchar buenas historias que otros me cuenten. Con una razonable capacidad de síntesis, se entiende.

Llegan a nosotros en las barras de los bares, en mesas y camas, en viajes nocturnos, en las calles de ciudades desconocidas, cruzando puentes, en colas de edificios públicos, en bosques y habitaciones de hotel, ante fuegos encendidos o guarecidos de la lluvia bajo un alero. En la voz de desconocidos o de los labios de amigos que no habíamos terminado de conocer bien hasta aquella confidencia. Repetimos aquellas que nos han gustado o que nos han jaleado y vamos añadiendo nuevos detalles a lo largo de los años.

Viejos chascarrillos familiares, dichos y hechos de parientes excéntricos, vidas descomunales, calamitosas, grandes humoradas en el lecho de muerte, el vodevil amoroso, lances de viajes, escándalos y barbaridades, dulces ocurrencias de los hijos, malos encuentros, memorables chulerías, frases ingeniosísimas, socarronas o estoicas que justifican toda una vida, miedos de la infancia, decepciones, tiernas intimidades, recuerdos de jornadas felices, el placer arcaico de las coincidencias, las luminosas gamberradas de la juventud, actos de dignidad, coraje o compasión en tiempos atroces y que han perdurado

Descacharrantes, conmovedoras o siniestras, dilatan los límites de nuestra pobre experiencia, nos forman. Cierto que hay historias que se repiten de padres a hijos y, como un virus, perpetúan rencores y agravios, pero con cuánta frecuencia ridiculizan a los que tienen poder sobre nuestras vidas o nos hacen reír a costa de nuestras miserias, nos ilustran sobre lo contradictorio de nuestros deseos. También nos hablan de la posibilidad de ser libres y nos revelan que el bien y la belleza son frecuentes.

Estamos hechos de las miles de historias que nos han contado desde que empezamos a habitar el lenguaje. Las compartimos en una vasta cadena de réplicas y mutaciones, una fabulosa, incesante química colectiva que nos hace específicamente humanos.

Hoy es Domingo de Resurrección y se celebra uno de las más locos anhelos de nuestra especie, la posibilidad descabellada de que no todo se pierda, de que aquello que merecía perdurar no desaparezca. Nos contamos historias porque son nuestras modestas armas contra la muerte y el olvido.

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Españaña

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Anoche tuve un sueño distópico. Una España futura, en el año 2040. Mariano Rajoy seguía siendo presidente del gobierno. Su fidelidad al sosegado paseo mañanero en pantaloncillos cortos y la ausencia de vicios conocidos, unidos a considerables avances en manipulación genética conservaron tal cual su muelle cuerpo compostelano. Sin embargo su mente había alcanzado una fase superior de desarrollo. Sus problemas de siempre con la sintaxis y la lógica se agrandaron y sofisticaron. Si por el 2030 hablaba como si leyera párrafos de “Finnegans Wake”, diez años después sus contadas intervenciones públicas consistían en apenas monosílabos, gorjeos de pajarito tembloroso, chasquidos, susurros que evocaban el viento en los pinos y las grandes resacas marinas. La interpretación de sus discursos oráculo era polémica y ocupaba las mejores energías de columnistas y líderes de opinión.

España definitivamente había reconciliado pasado y futuro reduciendo su economía al sector servicios y a la noble actividad pecuaria. La oveja merina pastaba en polígonos industriales abandonados tras las grandes batallas y asedios cuyos nombres los niños aprendían en los colegios. El furor identitario había vuelto a hacer que la Historia resultara animada, interesante, épica como no lo había sido desde la Alta Edad Media. Bandas de asesinos motorizados asaltaban autobuses de viajeros en Despeñaperros. Casa Marcos en Almuradiel la Real, varias veces reconstruida piedra a piedra, seguía abierta y vendiendo cajas de hojaldres de Guarromán, pero los camareros siempre iban armados. Ni que decir tiene que en esa atmósfera de caos y conflicto las relaciones amorosas cobraron una intensidad excepcional. Al escudo nacional se le añadieron las palabras “Carpe Diem”. La poesía amorosa vivía momentos de esplendor.

Vi por televisión una gala de los Goya. Hartos de las constantes críticas, los organizadores optaron por la desmesura y la ceremonia se prolongaba durante días como en los antiguos festivales sagrados. El cine español abrazaba entusiasmado y sin fisuras causas de extrema derecha. Con frecuencia el ministro de Cultura asistente era eviscerado ritualmente entre aplausos y chascarrillos de Joaquín Reyes. Ese año, bajo el lema “No con nuestro dinero”, los actores y técnicos prorrumpieron en emotivos, inacabables discursos en que se instaba a los extranjeros a marcharse de nuestras tierras y se hacía mofa y befa de la pasividad del gobierno.

Carlos Herrera ya había fallecido, pero seguía siendo un locutor estrella. Al parecer su voz era registrada desde más allá del muro del tiempo mediante una extraña tecnología de origen iraní. Costaba reconocerla, sonaba cansada y el efecto, así en líneas generales, me resultó desagradable.

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Bombo y platillo

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Es frecuente la presencia de batucadas en las manifestaciones. Suponen una versión civil, aceptable, de los viejos tambores de antaño. Si en los fastos religiosos evocaban el señorío de la muerte, el estremecimiento de lo numinoso, el batir del tambor militar aterrorizaba al enemigo y caldeaba los ánimos para lanzarse a morir en el campo de batalla. El paso de marcha y el sonido del cañón estaban siempre presentes. La idea implacable de un poder que avanza.

Despojados de retórica marcial, los tambores de la batucada van asociados a ideas de goce y abandono. Un eros libre e inocente adecuado a la sensibilidad del ciudadano del siglo XXI, que retrocedería espantado ante la imaginería violenta que resuena en las cajas de sus adustos parientes. La batucada por el contrario sugiere una participación orgiástica en lo común, una explosión controlada de lo visceral. Vitalista y afirmativa, el derramamiento de sangre, la negatividad de la muerte se transforman aquí en la fantasía dionisiaca del gran follar.

Pero a poco que se medite, no cuesta percibir que apelan con la misma eficacia que sus versiones castrenses o clericales a la dimensión irracional de nuestro ser. Los tambores son el sonido del entusiasmo, del arrebato, de la posesión por un dios. Lo individual se diluye. Sobrecogen, exaltan, barren argumentos y objeciones inoportunas, cohesionan el grupo y afirman las convicciones. Contra los tambores no se razona.

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Árboles

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“Under the spreading chestnut tree I sold you and you sold me:
There lie they, and here lie we
Under the spreading chestnut tree.”

George Orwell, “1984”

Los árboles lo han visto todo. Durante millones de años nos precedieron en el mundo, haciendo el aire respirable. Sus ramas nos acogían en la infancia profunda de nuestra especie hasta que los abandonamos y nos erguimos, vulnerables bajo el cielo.

No los hemos olvidado. Silenciosos, protectores, perdurables, sus ramas tocan las nubes y sus raíces se adentran en la oscuridad. Fueron divinidades tutelares, nos resguardaban del sol y la tormenta, señalaban hitos al viajero en los grandes rumbos de un mundo despoblado. Bajo sus brazos extendidos se celebraban rituales, se administraba justicia. A su sombra se coronó a reyes y se los enterró. Pactos, juramentos y proclamaciones, en ocasiones la fruta amarga de los muertos colgando de sus ramas.

Aprendimos del rayo y empezamos a usar sus restos. Mordidos por hachas y sierras, su leña nos permitió sobrevivir a los inviernos. Los derribamos para construir nuestras casas y nuestros enseres. Lechos y mesas, patíbulos y laúdes, el madero en el que agonizó un dios compasivo. Sobre sus despojos hemos atravesado todos los mares. Poco a poco acabamos con los bosques donde vivían el ciervo y el fugitivo.

Los domesticamos. Ornato de avenidas y parques públicos, se les enganchan luces y banderitas en fechas solemnes. En los pueblos son una presencia familiar, refugio de pájaros y delicia de niños y gatos. A algunos se les daba un nombre, la gente se citaba junto a ellos. Los amantes los marcan porque saben que sus nombres les sobrevivirán.

Su ramaje nos recuerda el trazado de nuestras venas, la savia sube lenta por sus troncos. Ellos también respiran. Y mueren.

Me gusta cuando el viento acaricia la cabeza de los grandes árboles. Por un momento abandonan su solemne inmovilidad, las ramas más flexibles se cimbrean delicadamente, las hojas susurran, brillan y se estremecen allí arriba, como una risa que agradece la frescura. A veces es todo tan sencillo.

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Naipes

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Allá por los años 80, el cachondo de Luis Alberto de Cuenca tuvo la genial ocurrencia de deslizar una estimable pieza de su propia mano como un coliambo de Persio en una antología de la poesía latina que confeccionó para Alianza. Entre otros versos sospechosísimos («Soy el viento sin colegiar, la muerte de las aves. Atardecí. La magia de los números, el profético naipe o la tristeza de las viejas plegarias a los dioses») la mención a esos trocitos de cartulina, que introdujeron en Europa los cruzados, no solo grita ¡Borges! sino que viene estupendamente para empezar a hablar de ese escandaloso, bello anacronismo que es la baraja de naipes.

Su pervivencia a lo largo de los siglos se podría explicar por su versatilidad. Sistema de signos de amplísimas posibilidades combinatorias, la baraja es una lengua con una amplia literatura. Cientos de juegos y variedades locales, desde formas de gran refinamiento como el mus o el bridge hasta sencillas variedades domésticas como la brisca, el siete y medio o el hijoputa.

Pero sospecho que también tiene algo que ver su inmensa potencia simbólica.

Permanentemente asociadas a la figura del adivino. Su origen oriental, la capacidad de sugestión de sus figuras, su puesta en escena del azar lo hacían ideal para operaciones mánticas. En las ferias de los pueblos, en salones y cortes, dudosos personajes no carentes de talento han improvisado fábulas sobre su futuro a indolentes, desesperados y amantes. Todavía nosotros hemos conocido a esa amiga adolescente que te echaba las cartas, adoptando una tierna expresión de gravedad que uno ahora recuerda con una sonrisa.

El naipe también va asociado a grandes dramas. En puertos, caravanas, posadas, patios y guarniciones, generalmente de noche, se jugaban haciendas y destinos fiados a los favores de la fortuna y a la propia sangre fría durante los graves lances del juego. La hoja desnuda siempre dispuesta. Sótanos y casinos han ampliado el imaginario con edificantes historias sobre el albur y el infortunio. Incalculables cantidades de capital han circulado a lo largo del planeta, como una deep web.

También ha conocido la respetabilidad. La baraja llena eternidades de tedio burgués y lluvia tras la ventana. ¡Hasta los curas se entregaron a sus letárgicos encantos! A los niños, así tenían uso de razón, se les iniciaba en el conocimiento de sus reglas.

Todo eso viene empaquetado en ese aspecto sedoso, neto, en esa frescura irresistible de la baraja nueva, antes de que el hábito y el roce la desgasten. En la baraja francesa queda reducido a una serie de elegantes ideogramas a los que las aventuras de Alicia y su uso frecuente por los magos siguen dotando de una cualidad irracional, hipnótica.

Aquí vamos más a lo vivo. Las panoplias y alegorías de don Heraclio Fournier evocan los antiguos tarots. Severos monarcas, gallardos caballeros y jacarandosos pajes manejan con desenvoltura espadones, cálices, monedas como soles y unas mazas de espanto. Saturadas de una vetusta ideología carolingia han permanecido impermeables a Hobbes, a Rousseau y a Marx. No sé yo si a Freud.

Leo en la servicial Wikipedia que el negocio de fabricación de naipes se mantiene próspero. He lamentado en estas páginas el desuso de zambombas, monedas y carteros, por eso el que los dedos de nuestra especie sigan acariciando naipes, esa bomba de azar desafiantemente analógica, cuya simbología entendería un sumerio, me hace sentir una pequeña, reaccionaria, satisfacción.

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«Barry Lyndon» (Stanley Kubrick, 1975)

Confesiones de un pequeño ludópata

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Flipper, pinball, petaco, máquinas de las bolas. Yo conocí con vosotras la felicidad. Allá por los setenta no se concebía un bar sin ellas, hasta el más modesto cedía buena parte de sus estrechuras a aquellos mamotretos analógicos, amasijo de cables, bobinas y relés, cuya forma parecía fruto de la unión contra natura del piano de cola y el mueble bar.

Todo ráfagas de luz, colores chillones, brillos y tintineos, trepidaciones y estridencias. Simulacros de lujo para niños y pobres de espíritu, tenían un abigarramiento de retablo o de códice azteca. Parientes horteras, charros, de la Capilla Sixtina o de la exhibición de exvotos, su diseño, como el de la cartelería del XIX, funcionaba por acumulación, lejos de la fluida, exenta elegancia de lo digital. Sus resplandecientes superficies miniadas evocaban un imaginario juvenil, hedonista y vagamente cosmopolita. Chicas yeyés en la Costa Azul, surf, carreras de coches, boleras, camaradería y romance en estaciones de esquí. Le Man, Saint-Tropez, Chamonix, Black Jack, Grand Prix, nombres así.

Como los pájaros sobre los árboles, alrededor de ellas se arracimaban los niños. Unos jugaban y otros miraban y había un placer vicario, disminuido, en mirar el juego ajeno. Los machos alfa adolescentes espantaban las bandadas de críos para sus competiciones, pero sobre todo temíamos a aquellos adultos que pedían cambio en la barra y monopolizaban la maquina durante una eternidad, con un juego reconcentrado, preciso, el cubalibre apoyado en el cristal.

Yo a veces jugaba solo, me lo pasaba en grande, el tiempo se suspendía. Lo hacía incluso en bares horrendos y en billares.  Los billares, rotulados con el burocrático eufemismo de «Recreativos», eran en las fantasías de padres severos o timoratos lugares muy poco recomendables, cuyos sótanos oscurecidos por el humo del tabaco e inconcretos peligros, eran frecuentados por adolescentes, macarras y pederastas.  Entre mis ingenuos sueños estaba el poseer una de esas máquinas para jugar a mi antojo, anhelo pueril que solo cumplen en la edad adulta estrellas del AOR adictas a las drogas de farmacia o gentes como Donald Trump.

¿Qué es lo que nos encandilaba de tal manera? La postura del jugador evocaba la actitud del timonel. Los mandos obedecían dócilmente, se tenía una sensación ilusoria de dominio. No por otra cosa accionabas los mandos, haciendo batir las aletas aun antes de que llegara la bola.

Menudo drama se representaba. Una esfera metálica, mercurial, era lanzada mediante un resorte y atravesaba un largo pasillo, como el canal del parto, hasta ser arrojada a un escenario cegador. A partir de ese momento todo iba de retrasar la inevitable caída final. La bola hacía su entrada a lo grande, veloz, nerviosa, pujante. Se demoraba en la zona superior, un empíreo refulgente, abundante en laberintos, perplejidades y violencias. Rebotaba frenética, zarandeada de aquí para allá, hasta que tarde o temprano iba perdiendo el impulso y descendía rampa abajo hacia la zona de peligro, más despojada, donde solo algunos obstáculos podían de nuevo imprimir momento a la bola y todo dependía de la precisión de tus movimientos y tu sangre fría para rescatarla del abismo y lanzarla de nuevo al rompeolas del norte y allí aturdirla y hacerla perderse en agujeros y misteriosos recorridos subterráneos, de los que emergía de un salto triunfal.

El azar y la pericia podían prolongar el juego en el tiempo. Aplazamientos del destino como la bola extra o la partida eran anunciados con un latigazo seco, un sonido inmensamente gratificante, que te hacía segregar no menos serotonina que el like de las redes sociales.

No importa cuánto duraran tus momentos de gloria ni la magra reserva de monedas en tus bolsillos, fatalmente llegaba el momento en que la última bola,  descendía majestuosa y, mientras las aletas se agitaban impotentes en el aire, desaparecía en las fauces de un oscuro averno mecánico hasta que otras manos infantiles, con monedas sustraídas de modestos encargos domésticos, la harían renacer.

Game over. Las luces se apagaban. Los mandos ya no respondían. Uno recogía la cartera y el abrigo y volvía a casa arruinado, con una melancólica sensación de derrota no muy diferente de las inminentes primeras decepciones del amor. Ahora veo aquellos instantes como una excelente iniciación en los duros misterios de lo irreversible y de la pérdida que conforman la vida adulta.

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Todo por el arte

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Carente de imaginación, fue siempre incapaz de inventar una historia interesante. A cambio puede presumir de una mirada sutil, compasiva, poética. Como escritor sabe extraer oro de la realidad. Su vida, inventario de ridículos y decepciones, desfile de personajes fallidos y seductores, se le ofrece como un material de primer orden, pero un viejo escrúpulo, un pudor de tradición católica le impide recurrir a él. Le horroriza que amigos, conocidos y familiares se reconozcan bajo una luz poco favorecedora, mostrar a las claras sus manías, sus pequeños vicios, sus renuncias.

Había olvidado a aquel hombre, pero cuando se lo encuentra en una cola de la administración todos los recuerdos afloran.  Envejecido y sin afeitar, es la viva imagen del naufragio. Cuando lo conoció trabajaba como auxiliar judicial. Entre sus funciones la de comparecer en los lanzamientos que siguen a un desahucio. Aquella condición de colaboracionista iba corroyendo su vida. Testigo avergonzado de dramas inapelables, se sentía vil, fumaba mucho y bebía coñac. Una voz muy hermosa, timbrada, con cuerpo, le permitió alguna vez trabajar en la radio. Por entonces se sacaba un dinerillo extra grabando ocasionales locuciones para modestos trabajos en video. Se dicen que tienen que verse y se despide de él deseando no volver a encontrárselo. No es que desconozca la compasión, al contrario, una empatía extrema le hace padecer horriblemente ante esas vidas desarboladas.

Ya en casa se da cuenta de que tiene ante sí algo valioso. De manera natural le sale del tirón un cuento melancólico sobre un pecador arrepentido, un despreciable publicano con una voz bellísima. Por primera vez se admira a sí mismo. Sabe el valor de lo que acaba de concluir, pero también que si lo publica el hombre lo acabará leyendo, ¿qué pensará al reconocerse? Los intentos de cambiar su profesión o alguno de sus rasgos para camuflarlo le parecen una vana mojigatería. Lo quiere puro, tal y como es, sin mentiras, con la belleza amarga de lo verdadero. Quiere construir algo perdurable sobre las ruinas. No soporta imaginar cuánto daño puede hacerle, pero no puede dejar escondido en un archivo lo mejor que ha escrito hasta que su personaje, desapareciendo del mundo, alcance la paz, se libere y le libere a él mismo.

Puede que nadie comprenda su comportamiento, pero nadie podrá negarle un insobornable compromiso estético y moral. Tras mucho pensarlo queda con él en un lugar apartado y, en consecuencia, hace lo que tiene que hacer. Así empezó todo.

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Pajaricos

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Desde que tengo gatos raras veces se aventuran por mi patio y los echo de menos. Me gustaba ver cómo se guarecían de la lluvia bajo las gruesas hojas de un níspero o detenían su vuelo para demorarse en la terraza, curioseando sin saberse observados.

Delicia de los poetas, las antiguas, tiernas palabras con que los hemos nombrado atraviesan con un rumor de alas la historia de la literatura. El gorrión en las manos de Lesbia, la avecilla que alegraba las horas del prisionero y que un mal ballestero mató, el ruiseñor platónico de Keats, la buena golondrina muerta a los pies de la estatua ciega de un príncipe compasivo. Objeto de apasionado estudio por mentes sutiles, Saint-John Perse no desdeña la mirada del ornitólogo en su último poema, Olivier Messiaen compone para el piano un monumental e intimidante Catalogue d’oiseaux.

Su voz proclama el principio y el fin del día, el cese de las tormentas. Su presencia en el cielo y sus gritos anunciaban al navegante la proximidad de la tierra y de la salvación, sus migraciones escandían el paso de las estaciones, eran aliados de los hombres en los cuentos infantiles.

Frecuentan las fuentes, los árboles, los cables, los tejados y los campanarios, sobrevuelan ciudades, bosques y ruinas. Nuestra especie violenta y cruel los ha amado porque su reino son los espacios sin caminos del aire que nos han sido prohibidos, en esa insensata felicidad del vuelo que solo nos consentimos en sueños. Aullidos, rugidos, ladridos, relinchos, la mecánica inhumana del grillo; entre el clamor de lo inarticulado el canto del pájaro resplandece como una celebración, nos recuerda la palabra y en él quizá halló su origen la música.

Me gustan sobre todo los más pequeños, los pajaricos, su humilde, ligera tibieza de animal niño, una bola de plumas envolviendo un corazón nervioso. Qué bien nos caen cuando los muy tunantes, dando saltitos, les disputan las migajas a las torpes palomas neuróticas.

Leo que en Bristol han colocado púas en los árboles para evitar que pongan perdidos los coches. La imagen de esas ramas erizadas parece una siniestra obra conceptual, de una ferocidad apocalíptica, desalmada, aún más cruel que el espantapájaros de las pesadillas, porque nos sugiere la inquietante posibilidad de un mundo sin pájaros.

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1 de Enero

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Día incierto, tentativo, discretamente aburrido. El año empieza con las calles vacías y un bostezo. Aquejado de inexistencia, es un día sin planes, sin dirección, un día que no cuenta.

Sus mañanas vienen marcadas por una extraña liturgia. Desde que tengo uso de razón las televisiones públicas emiten en directo dos espectáculos europeísimos y heterogéneos: el concierto de Año Nuevo desde Viena y el Torneo de los Cuatro Trampolines.

Hay algo sorprendente en esto. Han pasado décadas de cambios desmesurados en sensibilidad, gusto, percepción, moral privada. La web, esa extensión planetaria de nuestro sistema nervioso, crea constantemente formas nuevas de ficción, de espectáculo, de discurso. Sin embargo, cada año esos dos iconos centroeuropeos permanecen como dos robustos menhires en la selva digital. Si creyera en conspiraciones, vería detrás la mano del Grupo Bilderberg.

El Concierto de Año Nuevo, un portentoso anacronismo que cada año celebra con cierto encanto de bombonera un baile de origen campesino puesto de moda, entre acusaciones de indecencia, durante los oscuros años reaccionarios que siguieron al Congreso de Viena. Por primera vez en un baile de salón no hay una coreografía comunal, las parejas bailan ajenas a lo que no sea sus miradas, girando sobre sí mismas en un principio de éxtasis. El Hollywood del siglo pasado lo elevó a un símbolo de fastos de cuento de hadas, sueños de opulencia para las clases desposeídas. Si nos ponemos puñeteros, puro kitsch vienés, decadente, hipócrita y dulzón. Especialmente si lo comparamos con los saltos de trampolín. Hay ahí como un ascetismo, una mística de guerreros concentrados, una estética Leni Riefenstahl que evoca mundos totalitarios.

También son dos formas de imaginar lo que nos deparará el año. El Concierto de Año Nuevo, nos habla del cumplimiento de todo deseo, del sueño de una vida sin aristas protegidos por un inmenso invernadero donde viviremos entregados al amor y la embriaguez. Es lo que nos deseamos los unos a los otros al chocar nuestras copas.

En el mundo real de los saltos de trampolín hace un frío que pela, un frío objetivo. De pequeño me encantaba ver al esquiador deslizarse por el tobogán más grande del mundo hasta que el suelo desaparecía bajo sus pies y era arrojado a la intemperie. Como todos nosotros.

Me gusta esa imagen. Un hombre reducido a una pequeña figura inclinada en un ángulo imposible, lanzada hacia lo desconocido, un vacío de nieve y abetos emborronados a una velocidad de flecha. Los ojos bien abiertos, absorto en el vértigo, la incertidumbre, la alegría del vuelo.

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Memoria y reprobación de la zambomba

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La zambomba fue una de las primeras decepciones de mi vida. Recuerdo cómo me atraían de pequeño, su condición de maceta musical me las hacía de lo más simpático. Anhelaba una y finalmente la tuve, una zambomba pequeña. Los fabricantes de zambombas son muy buenas personas y hacen también zambombas pequeñas, adecuadas a las manos del niño. Todas mis expectativas sobre el instrumento se vinieron abajo ante su sosería y sus abrumadoras limitaciones. Acabé perdiendo el interés. Aquella desafortunada experiencia me ha empujado a una vida ajena a la zambomba y su práctica. Me siento ahora capacitado para razonar aquel rechazo.

Instrumento neolítico e insuficiente, una piel de animal muerto se tensa sobre una vasija de barro y de ella brota, umbilical, una varilla. Uno debe escupirse en la mano y frotar la varilla con un movimiento que evoca por igual la mecánica masturbatoria y el encendido de fuego por fricción. Arcaica como una flauta de hueso, su origen debe ser inmemorial y no se aprecian trazas significativas de evolución o mejora. Hay pocas cosas que no cambien, la zambomba es una de ellas.

El virtuosismo le es por completo ajeno. No hay manera de lucirse con una zambomba. No admite diferentes ataques ni dinámicas, no admite expresión. Incapaz de melodía alguna, ni de otro ritmo que no sea un ronco bombeo incesante, un bordoneo grave de oso agitado.

Idiotizante como instrumento solista y problemático en combinación con otros, su presencia abusiva lo baña todo con un irremediable aire bufo. Sólo funciona sepultada en el muro de sonido de una murga de voces regionales, cantando a grito pelado y golpeando la pandereta sin inhibiciones.

La tenaz, misteriosa pervivencia de ese instrumento tosco y modesto, de una conmovedora inutilidad, no deja de producirme cierta ternura y las pocas veces que a estas alturas me topo con ellas en algún puesto navideño me ronda el deseo de adoptar alguna.

He visto caer la prensa impresa, el negocio discográfico, el estado del bienestar. Creo que asistiré a la desaparición de las monedas y al desuso del petróleo, pero no estoy seguro de llegar a ser contemporáneo de su final y su olvido. Esa Navidad cierta en que alguien comprará, probablemente para otro niño que como yo terminará decepcionado, la última zambomba.

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