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Hace un par de semanas hablaba por aquí de los sueños de la infancia. Olvidé mencionar un hecho que creo que no carece de interés. Poco tiempo después de que abandonara el domicilio familiar dispuesto a que la realidad me recibiera con una hostia detrás de otra, mi padre también encajó lo suyo: se arruinó. Era un hombre honrado, simplemente ocurrió que su modesto negocio no se supo adaptar a un tiempo cambiante. El recuerdo de esa lenta exclusión, que yo viví muy de cerca, me entristece ahora de un modo especial. Mi padre quedó anclado sin remedio en lo que yo denomino el mundo Olivetti, un mundo de caligrafía esmerada y copias con papel carbón, de floridas fórmulas de cortesía en cartas comerciales; mundo analógico, probo, de archivadores Roneo, abrecartas toledanos y aquellos libros de contabilidad de tapas duras y colores de una inapelable castidad. Se las apañó a duras penas para salvar lo que pudo y siguió pensando durante muchos años en planes de futuro que nunca llegaron a cuajar. La casa donde viví la infancia y la primera juventud fue vendida por un precio humillante a un tipo que no dudó en apretarle las tuercas, sabiendo que necesitaba vender. Seguro que luego se jactaría ante sus hijos de que papá había sido muy listo y se había ahorrado un dinerillo.

Un amigo vivía en el piso superior. Por él llegué a saber que la casa fue alquilada y que por una buena temporada funcionó en ella un negocio de prostitución semiclandestino. Para mi hermano y para mí aquello supuso durante meses la rechifla. Imaginábamos la habitación de nuestros sueños infantiles coronada por espejos donde se reflejarían las congestionadas desnudeces de viajantes de comercio en busca de esos segundos de contracciones espasmódicas en cuya búsqueda y justificación malgastamos la mayor parte de nuestra vida y el noventa y cinco por cierto de la actividad del inconsciente. Aquello era una metáfora muy graciosa y muy del gusto de nuestro nihilismo juvenil.

En el siglo XVI y lejos de su hogar, el cabalista sefardí Yosef Caro sostuvo alucinatoriamente que toda palabra pronunciada crea un maggid, un ángel respondiente. Sin ir tan lejos, ¿permanece algo de sus antiguos moradores suspendido en el aire de una casa?, ¿continúa resonando de un modo imperceptible todo lo que allí vivimos, los libros que leímos, las profundidades de nuestros sueños?

Si es así, pienso en la singular superposición de imágenes impalpables que heredarían los que ahora ocupan esas estancias: un arlequín siniestro saltando del marco del cuadro para devorar a un niño, un señor de Logroño empalmado sirviéndose una copita de Licor 43, Miguel Strogoff atravesando miles de verstas de oscuridad aferrado a la mano y la voz de una mujer, los juguetes dispuestos sobre el sofá del salón conservando como un rocío el brillo de su origen mágico, el día en que llegó una carta y te perdí, cumpleaños, Navidades, terrores, tedios, risas, asombros, Bambi pastando en la alfombra del salón, el sonido de los tacones de mi madre cuando se disponía a salir a la calle, mi hermano y yo borrachos y jóvenes andando de puntillas por el pasillo sin luz, la cabeza dando vueltas, una puta de Fonelas cepillándose los dientes y acordándose de una tortuga que una buena mañana le apareció muerta sobre el serrín… Estoy tentado de pasarme un día por allí y preguntar.

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