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¿Dónde van los vulanicos? Sofisticadas máquinas para dispersar el material genético, tienen, como los cristales de nieve, una de esas formas perfectas que podrían fijarse en una elegante fórmula matemática. Pasan a nuestro lado mientras caminamos por la calle hacia nuestros insignificantes asuntos, tan familiares que ni reparamos en ellos, siempre a merced de la más suave ráfaga de viento, pura ligereza. A veces los persigue un perro pequeño que salta y juega sin poder darles alcance. Remontan el vuelo y pasan sobre tejados, plazas, fuentes y campanarios, sobre estatuas de generales hace tiempo muertos. Uno de ellos se demora y queda un instante suspendido en el aire, sobre el carro de un bebé que lo ve resplandeciendo al sol y volverá a recordar esa imagen muchos años después en el momento de decir adiós a todo esto. Cuando parece que su viaje toca su fin sobre el asfalto o en los bordillos de una acera, entre tickets arrugados de autobús, manchas irisadas de combustible y el palo de madera de un polo, el humo de un tubo de escape los pone en movimiento de nuevo. La mayoría no llega a su destino, pueden colarse por una ventana abierta y caer sobre la cama deshecha de una muchacha, que no es mal sitio para acabar.

Sé de otro que entró en el vagón de un tren y compartió un viaje sin retorno con unas vacas que viajaban hacinadas, mugiendo de miedo, hacia una gran ciudad llena de hombres crueles e insomnes. Algunos tendrán más suerte y un viento amable los depositará en el corazón sombreado de un bosque, donde caerán sobre una tierra esponjosa.

Me gusta pensar que en un mundo alternativo, el más afortunado, de una especie probablemente inexistente, será arrebatado por un poderoso mistral, sobrevolará las olas, los bancos de peces y los barcos perdidos en la tormenta, verá bandadas de pájaros migrando y por encima de las nubes se cruzará con los grandes aviones. Otros vientos favorables lo empujarán hacia las playas de una isla lejana y allí, entre hombres y mujeres que hablan una lengua de una sonoridad magnífica que yo desconozco y donde no me importaría tampoco acabar mis días, echará raíces y desplegará hojas, frutos y un perfume que alegrará los pensamientos de un hombre que cada mañana se encamina temprano a su barca de pesca.

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