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Cada vez que no tengo más remedio que acudir a la Agencia Tributaria de mi ciudad, no deja de sorprenderme su incongruente apariencia de limpieza. No te imaginas un insecto desplazándose sobre las superficies pulimentadas. Ese aspecto desinfectado, estéril, la misma reverberación de los pasos que evoca un mundo de castigos y tedio, son muy adecuados para uno de los lugares primordiales donde el poder oficia; esos lugares donde ya se entra con un sentimiento de culpa, como ocurre en comisarías, juzgados, cuarteles. Son sitios donde si la cosa se tuerce te pueden joder la vida.

Hacía yo cola una mañana en la ventana de los impresos. La compra de impresos no es una ocupación que ponga de buen humor a nadie y la actitud desabrida del funcionario tras la ventanilla no ayudaba. No lo juzgo, no subestimo los efectos destructores sobre cualquier clase de ilusión de pasar ocho horas al día repartiendo formularios (en blanco) y cobrando menudas sumas a través de una bandeja estrecha que comunica ambos lados de un cristal. El hombre estaba atendiendo al que debía ser un viejo conocido, porque entablaron una breve conversación mientras iba cogiendo con calma cada uno de los impresos de su montoncito respectivo.

En Granada el entusiasmo, así en general, es algo mal visto, de modo que cuando dos granadinos en torno a los sesenta se encuentran por ahí no es que de repente salga el sol. Intercambiaron lánguidas cortesías mientras el funcionario devolvía el cambio con una lentitud de criatura del cretáceo.

-¿Y tu niña?
-Se casó.
-Foh.
-El año pasado se casó.
-Será verdad.
-En Barcelona vive ahora.
-Si yo la he tenido, fíjate, me acuerdo yo, la he tenido en brazos…
-No, si ya…
-Shhh, escucha. De chiquitilla. En brazos la he tenido.
-Foh.

En contra de la opinión general este tipo de conversaciones formulaicas, plagadas de lugares comunes, al igual que las conversaciones sobre el tiempo, me parecen de una gravedad antigua y con no menos profundidades que el Eclesiastés.

Una vez no tuvieron ya nada que decirse (y cada uno entendería en el rostro avejentado del otro lo que el tiempo había hecho con ellos) hubo un momento de indecisión durante la despedida, como un deseo de atravesar el muro de vidrio que los separaba. Creo que se les ocurrió a los dos a la vez, porque metieron a la par sus manos por debajo del cristal y se tocaron las puntas de los dedos antes de despedirse. Yo en ese momento sentí que me reconciliaba con la humanidad. Yo soy muy de reconciliarme habitualmente con la humanidad.

Cuando me tocó el turno, el funcionario me trató con un desdén que rayaba en la crueldad.

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