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No sé si todos los niños padecen de terrores nocturnos, yo desde luego no me privé de ninguno. Hasta el canto de un gallo al amanecer me helaba la sangre en las venas, puro emblema del espanto. Hubo una época en que iba a dormir con el ánimo de un condenado, temiendo la inexorable inmersión en la pesadilla (qué nombre ligeramente cómico tiene en español, especialmente si lo comparamos con ese nightmare inglés).

La casa donde habitaba se transformaba entonces en un mundo erizado de peligros, esos inconcretos peligros de los sueños de la niñez, que nada tienen que ver con la integridad física sino más bien con una intuición primordial de lo maligno, lo demoniaco; rincones de lo inconsciente que siguen en nosotros, pendientes de explorar y cartografiar. Años después descubrí que compartía con mi hermano Alberto la misma geografía onírica; la distribución de zonas seguras, inestables y de riesgo era idéntica. Aún hoy apenas sueño con otra casa que no sea ésa, en cierta modo no me he marchado nunca.

Pero yo de lo que quería hablar es de los cuadros. Los cuadros eran la fuente de la que manaba el miedo. Ni la decrepitud opiácea de aquellas porcelanas de campesinos y pescadores chinos (depauperados y felices) a los que tan aficionadas eran las clases medias durante mi infancia, ni las frías, relamidas y malévolas delgadeces de las figuritas de Lladró llegaron jamás a inquietarme. No, eran los cuadros. Los cuadros y su condición de ventana, de frontera con otro mundo. Un mundo al que era mejor no acceder. Había en el salón una copia de la Primavera de Botticelli que perpetró un amigo de juventud de mi padre. En su torpeza, el cielo entre los árboles tenía el color de una charca, mientras velos, gasas y guirnaldas de flores adquirían la textura del tentáculo. Aquellas mujeres de mi tamaño, fabulosos híbridos de arpía y molusco salían del cuadro entre gritos y carcajadas para arrastrarme dentro, a un indecible horror con algo de colmena. Durante años el cuadro fue perdiendo agresividad, las furias ya no salían del marco, yo simplemente era arrastrado al interior por una fuerza que dejó de ser irresistible. Empecé a poder evitarla y ya en la adolescencia su poder había menguado tanto que podía ser osado e introducir el brazo en el interior del lienzo, sintiendo un enjambre que picoteaba débilmente mis dedos. Hoy a veces vuelvo en sueños a ese salón y pongo mi mano sobre el cuadro, sintiendo apenas una vibración, un calor de volcán apagado.

Estaba por encima de todos el Arlequín, que se ganó sin duda la mayúscula. Una figura ambigua y joven, pálida y ojerosa, vestida con un traje a rombos, que te miraba sentada al pie de una cama deshecha de enfermo, en una habitación angosta. No he podido identificar jamás al autor y casi lo prefiero porque fue la más funesta de las criaturas que amenazaron mi infancia. Aún recuerdo su voz aguda, triunfalmente histérica al saltar del marco, aún recuerdo su largo dedo frío atravesando mi columna vertebral. Mi madre, cuando supo años más tarde de su feroz tiranía sobre mis noches, rompió en el acto el grabado en un impulso teatral y a esas alturas ya inútil pero que siempre le agradecí. Hasta el final de mi estancia en la antigua casa de mis padres, cuando pasaba en la oscuridad cerca de la habitación en cuya pared había colgado la bestia, apresuraba inconscientemente el paso.

No todas las imágenes suponían un peligro. En aquella casa abundaban representaciones de lo que yo creía un pueblo y que no era sino el Albaicín, el barrio donde ahora vivo. Cuando deambulo por sus calles a la caída de la tarde (ahora cuando quiero ir a la ciudad tengo que descender, en un viaje con algo de ritual) o cuando bien entrada la noche llego a mi casa (esas farolas teatrales, esas calles que parecen una escenografía, donde en cualquier momento va a suceder algo), siempre acabo por reconocer alguno de aquellos rincones familiares, todavía intacto. Con una sonrisa y un pequeño escalofrío, entiendo que he acabado por vivir en el interior de los cuadros de mi infancia y que sin darme cuenta, sin haber sido consciente del momento exacto en que se produjo el tránsito, ya estoy al otro lado.

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