Etiquetas

, , ,

Las cosas nunca acaban siendo tal y como las imaginábamos, el futuro no queda exento de esta regla. Las películas de la infancia nos mostraban un segundo milenio silencioso, minimalista y mondrianesco. Afortunadamente vamos por el 2014 y todavía no hay rastro de aquellos horribles monos ajustados de licra, mientras que perviven de manera desafiante el churro, la morcilla y el traje de fallera. También la truculencia medieval de mendigos exhibiendo muñones y llagas o los chatarreros arrastrando sus carritos en el minucioso y desesperado negocio de lo que nada vale. Esa superposición azarosa de los siglos es algo que siempre me ha gustado.

Recuerdo haber pasado no hace mucho al lado de un taller en una calle de mi ciudad, un taller de bicicletas a juzgar por las cámaras desinfladas y armazones que colgaban de las paredes. Recuerdo así mismo que era primavera y en torno a las cuatro y media de la tarde, las calles estaban vacías en un estado particular de ensoñación, unos niños daban balonazos contra una pared sin demasiado entusiasmo, en algún balcón un canario en su jaula piaba, bañando todo en una atmósfera trascendental y depresiva. Pasé junto a la puerta del taller, que daba paso a la negrura interior como una desdentada boca abierta. La luz de la tarde se desplomaba por un ventanuco sin conseguir alumbrar el recinto, abarrotado de objetos e indeciblemente sucio. Dos hombres, dos ancianos, se habían situado bajo la ruin columna de luz dorada. Ambos llevaban monos que alguna vez fueron de color azul. Uno de ellos estaba sentado en una silla de anea, inclinando su cabeza para recibir mejor los rayos del sol que resaltaban su mano manchada de viejo, en reposo sobre el muslo; el otro, inclinado sobre él, sin hablar, cortaba con lentitud su pelo escaso, de un blanco con reflejos verdosos que iba desapareciendo en la densa oscuridad del suelo. El sonido espaciado de los tijeretazos (uno de tanto fenómenos que carecen de nombre) conseguía la hazaña de ser aún más melancólico que el piar del canario. La decrepitud de ambos hombres bordeaba la catástrofe, uno sospechaba que llevarían trabajando juntos en el taller desde el inicio de los tiempos y que no era infrecuente ese humilde socorro mutuo cuando todo se desmoronaba a su alrededor. Cuántas otras cosas más compartirían, qué mujeres habrían pasado por sus vidas, qué forma conmovedora de amor o de odio abismal crecía en medio de la irremediable ruina de su negocio, eran las preguntas que me hacía mientras me alejaba escuchando los golpes secos de la tijera y que pronto olvidé cuando al rato llegué a la esquina donde ella me estaba esperando.

(18/03/2014)

Anuncios