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Hoy tengo una mala noticia para las almas bellas. Los niños adoran las armas. Pequeños y vulnerables, súbditos de obediencia permanente, no es de extrañar que pistolas, fusiles, ametralladoras y espadas inocuas les otorguen por unos instantes una rara ilusión de poder.

Buena parte de la diversión en la infancia consiste en la representación ritualizada de las guerras adultas. Aún cerca del principio, la muerte como juego.

Están las armas que matan a distancia y las del cuerpo a cuerpo. Desde 1977, con la irrupción en el imaginario de la cargante mitología de George Lucas, a las nacidas del fuego y la forja se añade la abstracta espada láser. Pero sin duda preferíamos las armas de fuego. La espada estaba confinada a juegos a dos. Las luchas multitudinarias, esas coreografías de los Tres Mosqueteros o las películas de piratas, tenían algo ligeramente torpe y confuso, como de orgía de armas blancas.

El chas chas de las espadas, el zumbido de las armas láser, el bang bang de las armas de fuego (que ha ido mutando por décadas, conforme cambian las inclinaciones de los técnicos de sonido en las películas), el tatatatá de la metralleta… esos sonidos que, como pájaros enloquecidos, emiten la crías humanas donde quiera que el espacio permite sus encuentros tumultuosos.

Toda la guerra está en esos juegos. La emboscada, la tensión del ataque, saltar obstáculos, correr expuesto bajo el fuego enemigo, el corazón golpeando en la garganta. Todo menos el miedo. Nada es irreversible aún, nada puede hacerte daño, caes rodando a la tierra dura sin romperte los huesos. A veces ese diálogo que sería tan hermoso oír en las guerras de verdad, las de la sangre y la carne quemada:

-No vale, te he dado.

-No, no me has dado.

-Anda que no.

-Bueno, venga.

Y tocaba entonces morir. Morir es algo que a los niños les encanta simular. Uno se llevaba la mano al corazón y emitía un gemido teatral, daba unos pasos vacilantes hasta caer al suelo. Allí te arrastrabas todavía un poco más, un bel morire, fingiendo una cara crispada por un dolor imaginario, extendiendo el brazo hacia delante mientras tus compañeros disparaban las veces que hicieran falta hasta que tu sobreactuación llegaba necesariamente a su fin y quedabas tumbado sobre la hierba o sobre el polvo amargo, los ojos cerrados de muertecito. También morir mirando las nubes moverse lentamente sobre el cielo.

Y entonces el milagro tantas veces repetido en mañanas de primavera como esta de hoy, entre el zumbido de los insectos y el escándalo de las flores abiertas, cuando como en los sueños nos levantábamos sin asombro de entre los muertos y volvíamos a correr, gritando de excitación, los ojos brillantes de deseo, amos del tiempo.

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