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Lo tengo aquí, al lado del ordenador, con esa compostura egipciaca que tan bien les sale. Nos miramos. Hace más de un año pagué a un veterinario para que le extirpara los testículos y pienso en lo fácil que le resultaría matarme si tuviera el tamaño de un perro grande. Es una criatura desconcertante.

Nos hablamos, pero no nos entendemos. Sé muy poco de él. Es acentuadamente bipolar, alterna largas horas de sueño con estallidos de actividad maniaca, me sigue a todas partes como los pequeños gansos de Konrad Lorenz o me ignora con desdén de archiduquesa.

Le gustan las cavidades, inspeccionar las bolsas de la compra, los hilillos de agua -que mana de un tubo plateado tras un gesto taumatúrgico de mi mano-,  hacer girar los rollos de papel higiénico hasta formar una montaña de celulosa, perseguir de manera absurda su propio rabo y, por encima de todo, arañar y rasgar tapicerías. Él sabe que detesto esa manía y yo sé que no dejará de hacerlo hasta que el sofá parezca el de un vendedor de metanfetamina al menudeo. Odia las puertas, a Wagner, ser cogido en brazos y cualquier intento de ponerle límites.

Serpentea sin miedo entre mis piernas de tyrannosaurus rex y muerde mis tobillos mientras bajo las escaleras, pero cuando lo sacas de su zona de seguridad se comporta con una cobardía lamentable, víctima de un pánico como el que sentiríamos al despertar una mañana dentro del traje de un astronauta, en pleno paseo espacial.

Cauteloso, desconfiado, para él el universo tiene las dimensiones de mi casa y mi patio, donde a veces lo suelto para que desfogue, como el prisionero de Spandau. Allí crece un níspero que en esta época se llena de pájaros. Poco a poco aprendió a trepar y ahora es una delicia ver su cabecilla entre las hojas más altas espejeando al sol, mientras los pájaros se dan a la fuga en un rumoroso revuelo despavorido.

No puedo evitar percibirle a veces algo como una melancolía de niño, un desvalimiento, puede que sólo sea un efecto similar al de la sonrisa permanente del delfín. No creo que para él existan la alegría o la tristeza, me estremece su júbilo feroz cuando retoza, simulando una depredación violenta. Tuve antes una gata muy mansa, pero a Rilke, ese delincuente juvenil, le encanta pelear conmigo. Mis brazos y piernas muestran señales de esos juegos rudos. No tiene sentido intentar aprehenderlo con categorías humanas.

A veces condesciende a mi mano afectuosa, depone su ferocidad y me busca, se echa sobre mi regazo o mi pecho, encima del corazón, me hace el regalo de una inmensa dulzura. Al rato se cansa, me muerde y se lanza a sus inimaginables, alucinatorias correrías nocturnas donde ve y oye cosas que yo no percibo, pero que están ahí, como en un cuadro de Miró. No vivimos en el mismo mundo.

Testigo silencioso de mis amoríos y mis abatimientos, mis grandes planes y mis fracasos, mis buenos propósitos y mis flaquezas, no sabe que va a morir. Mi locuelo de voz pequeña, mi botarate, a la vez mi gato y todos los gatos que han sido. Con una perfección de música encarnada, qué precarios, provisionales, parecemos a su lado, puro goce del ahora, mientras juega y baila en los dominios de la eternidad, como hacían los dioses.

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Rilke en una resultona foto cortesía de Manuel M. Mateo.

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