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En un manuscrito legal del siglo XIII, conservado en la Bodleian Library de Oxford, entre áridas fechas y nombres, aparecen misteriosamente las cinco líneas de Fowles in the Frith, uno de los escasas canciones en inglés medieval que han llegado hasta nosotros. Concisa, de una excepcional intensidad, esa voz lejana todavía es capaz de conmovernos ocho siglos después.

Fowles in the frith,
The fisshes in the flood,
And I mon waxe wood
Much sorwe I walke with
For beste of boon and blood.

 (Fowls in the woodland,
the fishes in the waters,
And I must make woe;
Much sorrow I walk with,
for best of bone and blood)

Los pájaros en el bosque y los peces en la corriente y alguien –tan parecido a nosotros, tan diferente- que camina arrastrando su pesar “for best of bone and blood”. Según si ese “beste” lo leemos como “best” o como “beast”, el poema admite una lectura amorosa convencional o bien alegórica y religiosa.

Qué mala pata no ser feliz en mayo. En este mes la tierra derrama a manos llenas sus seducciones. Acogedora, hermana, amante, nos regala toda la bondad de la que puede ser capaz. El sol es una caricia, una invitación y una alegría, el auténtico sol que sonríe en los dibujos infantiles, no el inclemente horno nuclear de los veranos. Y el esplendor pequeño de la floración, el polen en las patas de los insectos, la belleza y la mordedura de la carne expuesta, brazos, hombros y tobillos desnudos. En mi barrio el olor del azahar salta por encima de los muros de huertos y jardines, los gatos se vuelven locos, las ventanas empiezan a abrirse, los sonidos íntimos del interior de las casas se funden con la agitación de las calles.

Y mientras quien se resiste a entregarse a esos dones que, lejos de proporcionar consuelo, no hacen sino abrir la herida, caminando a tientas, exiliado, tratando desesperadamente de cerrar habitaciones dentro de sí, perdido en ese ilimitado almacén de tiempo, recuerdos y sueños no cumplidos, la eternidad alojada en un pequeño estuche de hueso –bueno, en mi caso no tan pequeño- donde nunca entra la luz, cautivo de esa cadena mal ensamblada de relatos fraudulentos o delirantes, a esa ilusión de un yo, que tan valiosa nos parece y a la que nos aferramos, ciegos al milagro del instante, a la gloria que está ocurriendo. Aquí y ahora.

“Füweles in the frith”. La Reverdie. “Bestiarium” (2001) Cantus Records.

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