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Este año nos reunimos un grupo muy pequeño para celebrar la Nochevieja. A las doce menos cuarto, mientras disponíamos las uvas del ritual, una amiga llamaba a su compañero, que había preferido pasar el año tranquilamente en el domicilio común, en otra ciudad. Le extrañó que no cogiera el teléfono. A las doce y cuarto lo que todos empezamos a temer se confirmó. El hombre con el que había compartido su vida en los últimos años, de cuyos planes y proyectos que empezaban a cuajar hablábamos durante la cena, había muerto de manera inesperada, fulminante. Se suele insistir en el carácter arbitrario, puramente convencional, de esa cesura entre un año y otro. En este caso el límite adquirió un grado de realidad insoportable, gozne sobre el que pasamos de la normalidad a la catástrofe, a lo irreversible.

Mientras en la pantalla de televisión se sucedían anuncios, humoristas sin gracia y cantantes sin talento, asistíamos con una sensación de irrealidad al hundimiento indescriptible de alguien que lo ha perdido todo (“dime que no es verdad”, rogaba a su interlocutor al otro lado del teléfono), ligeramente avergonzados de salir indemnes de esa noche, las copas de cava medio vacías. Abrazamos a nuestra amiga, la consolamos, la aconsejamos. Un vaso de whisky y un valium llegaron hasta donde las palabras y la buena voluntad no pueden llegar. La química es una bendición, la fórmula del diazepam es un logro humano no inferior a la música de Mozart. Ella se quedó a dormir en la casa de nuestros anfitriones y ojalá el sueño le fuera misericordioso. Yo me marché con un amigo a la calle, queríamos beber. Los locales estaban abarrotados, la música alta, había mujeres muy guapas y temperaturas de invernadero. Pero en realidad no estábamos allí y creo que se nos notaba, cada uno de los dos pensaba en su propia muerte y en la del otro, pero no nos lo decíamos. Nos despedimos con un abrazo en una madrugada helada. Al llegar a mi casa mi ropa colgaba todavía del tendedero agitada por el viento desde el año pasado. Si esa noche me hubiera tocado a mí, esas mangas flotando en el aire hubieran adquirido un incómodo carácter metafórico.

He pensado mucho sobre esa noche. No es malo pensar en la muerte, ayuda a poner las cosas en perspectiva. Uno decide entonces no malgastar un solo minuto del tiempo que le haya sido fijado. Se propone ingenuamente abandonar hábitos malsanos, pero sobre todo se propone reír más, acariciar más, besar más, no seguir postergando nada. Uno desea dejar hechos sus deberes, desea cumplir. He vuelto a tener presente que camina a mi lado y lo hace desde el día en que nací. No tengo ninguna prisa por que me muestre su rostro, pero no quiero tenerle miedo. La acepto tanto como la desprecio. Vieja puta, alimaña sin ojos, ceniza sin voz.

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