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No deja de ser extraño que el pictograma de un ignominioso modo de ejecución, utilizado por los pueblos de la cuenca del Mediterráneo durante un breve periodo histórico, siga siendo objeto de adoración y haya inspirado los arrebatos admirables de San Juan de la Cruz, Bach o Johnny Cash. Una cama, obra salida también de las manos de un carpintero, sería un objeto de culto más noble. Todo lo verdaderamente importante que hacemos en nuestras vidas lo hacemos en la cama. En ella nacemos, en ella nos entregamos al sueño y al amor, entre sus cuatro esquinitas finalmente se muere.

Es cosa sorprendente el sueño, a poco que se piense. Un rito extravagante y lleno de peligros que celebramos a diario. Cuando una parte de nuestro planeta le da la espalda al sol y, protegida apenas por un delgado velo, se enfrenta a la silenciosa, fría desolación de las estrellas, a esa “infinita inmensidad de espacios que ignoro y que me ignoran” que estremecía a Pascal, abandonamos la posición vertical y cerramos los ojos al mundo. Sólo los oídos permanecen alerta por lo que pueda pasar. Haciendo gala de una confianza temeraria, como en un juego, morimos. El sueño ocurre durante un breve instante de esa oscuridad.

Nuestro cerebro agotado improvisa entonces una narración confusa, grotesca, frecuentemente aterradora. En un escenario virtual armado con retazos desfigurados de nuestros más antiguos recuerdos, vive sus aventuras extravagantes o tediosas un yo disminuido, decepcionante, irrisorio; un yo sin edad, incapaz de reflexión, no limitado por la moral ni los reglamentos. Todo transcurre sin matices, en puros excesos de sentimiento. Reímos a carcajadas, huimos a la carrera, lloramos con un desconsuelo de niños, nos escondemos de algo malvado que se acerca, hablamos otras lenguas, descendemos a nado al fondo de los océanos, sentimos vergüenzas bíblicas, vemos la luna caer sobre la tierra, hacemos cosas inaceptables, los objetos y las personas se metamorfosean, la mujer toda una vida deseada que tomamos en nuestros brazos se transforma en un señor de ideas centristas, que tose. A veces esquivamos ciertas profundidades del sueño, en las que sabemos que acecha un triste secreto indecible. Pero también manejamos la duración a placer, recuperamos la frescura de lo que da principio, el sol y los resonantes colores de la infancia, ascendemos a cumbres de pura transparencia, nos consentimos la gran alegría del vuelo.

A la mañana siguiente ingresamos de nuevo en la realidad y aceptamos sin asombro y sin gratitud la luz común del día, que los muebles no hayan cambiado de sitio o el gato, alarmantemente, de tamaño, que de los grifos no salga sangre y que el extraño que te mira al otro lado del espejo siga siendo el mismo.

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