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Hoy no tengo nada que contar. Nada nuevo y ni siquiera nada bueno. Hoy es de esos días en que intentar convencer a alguien parece arrogante, fatuo, absurdo, ¿para qué? Me da miedo ser malinterpretado y, sobre todo, me da miedo ser entendido correctamente. Nada me gustaría más que encontrar algo sobre lo que escribir, no sé, algo jamás dicho sobre la nuca luminosa de las mujeres rubias o sobre la eternidad y los gatos, pero en estos tiempos sería quizás de una frivolidad imperdonable. Ahora mismo la luz empieza a lavar la superficie del patio y a recortar las hojas húmedas del níspero, ya cuajado de frutos. Mis mirlos, mis locuelos, empiezan a dar saltitos y a afanarse en la tarea de procurarse el sustento, pero también vuelan porque sí, porque les agrada. Si yo supiera volar no haría otra cosa en todo el día. Volar sí que me parece una ocupación seria. Al lado de ese modesto milagro, el hacer literatura me parece de una vanidad risible. Qué inútil añadir más ideas, más palabras, más ruido de fondo al mundo. Volar silenciosamente, ascender trazando círculos sin prisa en el azul de la mañana, entre el sol y el frescor de las tejas y las flores y la ropa tendida, sin desear otra cosa, sin esperar nada, sin pasado y sin futuro, pura ligereza del instante. De vez en cuando un grito de entusiasmo que se mezcla con el de tus camaradas, rebotando en los muros de los callejones, donde tras las ventanas los hombres abren los ojos en sus lechos y, aún dormidos, se disponen a empezar su agotadora jornada.

(29-05-2014)

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