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Esta mañana de Reyes me doy al vagabundeo mental mientras escucho “Parlez-moi d’amour”, interpretada por Lucienne Boyer en 1930. Como ya sé que los reyes eran los padres, no puedo dejar de acordarme de ellos en un día como hoy, especialmente si hace frío y en una casa en silencio. Mi padre era aficionado a la música clásica, sus gustos no eran especialmente sofisticados, se limitaban a lo que ha venido a llamarse clásicos populares. Un mediodía de agosto, siendo yo un adolescente, regresó del trabajo asombrado, en mangas de camisa, todavía bajo el encantamiento de una pieza de un compositor japonés que había escuchado en RNE2 mientras conducía bajo un sol inclemente. Titulada algo así como “Una bandada de pájaros desciende sobre el jardín pentagonal” (los japoneses son personas muy delicadas, opinaba mi madre), le había impresionado lo suficiente como para hacerle olvidar el calor, el atasco, el cansancio y tantos problemas como por entonces le abrumaban.

Cuando años después llegué a conocer aquella composición de pegadizo título me quedé perplejo. Enigmática, opiácea, difícil, su mundo de sonidos no tenía nada que ver con el que a mi padre le resultaba familiar. ¿Qué habría en ella que tan profundamente le había sacudido? La pieza era obra de Toru Takemitsu, compositor de vanguardia y autor de bandas sonoras, como la de Ran, de Kurosawa, sin ir más lejos. En 1944, Toru Takemitsu era un chaval de catorce años reclutado a la fuerza por el ejercito imperial para construir bases militares subterráneas en las montañas. Por aquel entonces la música occidental estaba severamente prohibida y la radio sólo emitía música tradicional japonesa o de carácter marcial. Un oficial reunió en su despacho a un pequeño grupo de soldados para escuchar clandestinamente en un viejo gramófono, una afilada caña de bambú haciendo las veces de aguja, viejos discos europeos. Entre ellos “Parlez-moi d’amour” interpretado por Lucienne Boyer en 1930. La canción conmovió profundamente al joven Takemitsu, decidiendo su futuro destino como músico.

Hace poco me enteré de sus últimas palabras, escritas en cartas y tarjetas a sus amigos desde su lecho de hospital: «Recobraré fuerzas como una ballena, ¡Y nadaré en el océano que no tiene Oeste ni Este!» Genial, todo es genial. (6-1-14)

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