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Apenas siete años separan la invención del grifo de rosca por Thomas Gyll en 1800 de la publicación de la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel. Un año después un triunfal acorde en Do Mayor cierra la Quinta Sinfonía de Beethoven. Tres hazañas del espíritu humano. Con el grifo transcendemos definitivamente nuestra condición animal. Mediante un mecanismo admirable cada mañana se nos brinda para nuestras abluciones el fluido milagroso que hace posible la vida; la más simple de las moléculas, que buscamos bajo las extensiones de Marte y que constituye el 60% de lo que somos.

El agua asciende en silenciosas columnas invisibles desde las cegadoras extensiones del mar y los deltas sofocantes, se condensa en las nubes, delicia del pintor y de los exiliados del mundo, desciende de nuevo en las grandes, lentas lluvias que emocionan a los hombres de letras. Una red de acueductos, pozos y depósitos, una vasta, secreta circulación sanguínea la lleva hasta nuestros cubículos donde los grifos cantan la música inaugural de la jornada, anuncio de los prodigios de la vigilia.

Mi padre vendía grifos. De pequeño he ojeado aquellos severos catálogos ―Buades, Ramón Soler, Tres, Jacob Delafon― donde aparecían sus elegantes, esbeltas superficies, que combinaban la esterilidad del laboratorio con las blancuras y simetrías del altar, presidiendo las enigmáticas oscuridades del desagüe, imagen cierta de la muerte.

El agua donde se cocinan nuestros alimentos, que lava las heridas y los tiernos cuerpos de las muchachas, el agua que ríe al recorrer la nuca, las rodillas y los dedos de los pies de aquella en la que piensas, que baña a los niños y a los cadáveres. Grifos en todas partes, imagen de lo humano, en hospitales y mataderos, dispensando el agua amarga de los hoteles, en cárceles, bares y cuarteles, en las casas de nuestras amantes ―y a veces me han emocionado las humildes, gastadas pastillas de jabón fragante junto a grifos que sabes que no volverás a abrir―, los grifos nunca olvidados de la infancia bajo los que las firmes manos de los adultos se enjuagaban los restos de espuma.

Todos los días el sol sale sobre la línea de horizonte y los grifos nos ofrecen el don del agua, de ahí lo perturbador del corte del suministro, cuando oímos un agónico gemido en las cañerías. Hay algo que va más allá de la mera incomodidad, es la aprensión intelectual que nos producen esos grifos de los decorados que nunca funcionan, es la inminencia de algo malo, primera señal de las guerras y las grandes catástrofes.

En el reino de los muertos, los grifos guardan silencio.

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