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Los dentistas son la refutación viviente del aserto de Leibniz según el cual vivimos en el mejor de los mundos posibles. En lo tocante a los dientes y su fácil, dolorosísima corruptibilidad, dios se comportó con la imprevisión y la tacañería de un empresario del ladrillo.

Antes de ser investidos ― ¡odontólogos! ― con la dignidad de la profesión médica, fueron los viejos, locuaces sacamuelas, figuras habituales en la pintura de género, que te atormentaban trasteando el lugar de donde brotan las palabras. Frecuenté de pequeño un dentista prestigioso y truculento. Un rastro de gotas de sangre infamaba las escaleras de acceso a su consulta, cabezas de ciervos y jabalíes disecados decoraban las paredes de la sala de espera. Cicatero con la anestesia, tenía un ayudante joven de cara antigua que a mí hermano y a mí nos contaba chistes verdes.

Su arte combina de un modo meritorio la tortura con la orfebrería. Las antiguas prácticas ―dientes de oro, amalgamas de mercurio y plata― evocaban los manejos del alquimista y cómo no mencionar el hilarante óxido nitroso que permitía a William James, hermano del prolijo novelista, pillarse unos cegatines de órdago en uno los cuales la filosofía de Hegel se le reveló con toda claridad.

Desde entonces el escenario no ha cambiado demasiado. Una butaca móvil con algo de asiento de nave espacial, atracción de feria y altar de sacrificio, una luz de interrogatorio, una palangana para escupir fluidos ensangrentados, tornos, sondas y fresas. Allí te desplomas vencido de antemano, abres la boca y el dentista te abraza e introduce su mano dentro de ti. Le dejas hacer, tu cabeza contra su pecho, donde late un lento corazón de autómata.

Los dentistas son gente tranquila, paciente. Tienes que ser de una precisión extraordinaria en un espacio angosto, erizado de dificultades y terminaciones nerviosas, no es oficio para fuguillas. «Tus dientes son blancos como ovejas recién bañadas», exclama el autor del Cantar de los Cantares; el dentista no puede permitirse semejantes efusiones, ha visto las ciudades en ruinas ocultas tras nuestros labios, nos ha visto a todos sufrir, retorcernos mientras emitimos gemidos inarticulados, indefensos, indignos. Sabe demasiado de nosotros. Sería interesante conocer el destino de aquellos que cuidaron la mandíbula de Stalin, pero algo me dice que no acabaron bien.

Qué inacabables se nos han hecho esos momentos de nuestras vidas transcurridos bajo el frío horror de esa luz, atravesados en lo más íntimo por la punzante estridencia de la fresa consumiendo nuestras muelas para después salir a la calle ligeramente aturdidos, con media boca dormida como un principio de muerte.

Por la noche, sobre los sacos de dientes escondidos bajo el colchón, sueñan felices los dentistas y brilla, blanca de plomo, su sonrisa en la oscuridad.

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