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Óyeme, ahora vamos a conversar,
yo sé que tú necesitas también amar.

Hay dos maneras de entender esta balada omnipresente en la radio de 1976, de abrumadora cursilería e intensas resonancias heavy. Interpretada en su sentido recto, como un alegato coyuntural a favor de la liberación sexual, este tema de Ana Sánchez y Juan Enrique Dapena (Ana & Johnny) siempre ha sido una obra maestra del humorismo involuntario. Si, por el contrario, la imaginamos como la transcripción fidedigna de un posible diálogo, en la habitación de un hotel en Lloret de Mar, entre un hippy espabilao de Calasparra yendo a por todas y una señorita de Valladolid, sentimental y de clase media, de dicción perfecta y con cierta tendencia a la sobreactuación, no tiene precio.

Y ahora estás aquí, mirándome sin hablar.
Y ahora estás aquí, entre mis brazos.

Ana y Johnny —vendida como «la pareja romántica del pop español»— tenían una relación en la vida real, como Nicole Kidman y Tom Cruise en Eyes Wide Shut, lo que añadía una dimensión morbosa a su performance. El sexo del que se hablaba en la canción era real. Nada de fingimiento. Fuera de los escenarios, Ana follaba con Johnny y Johnny follaba con Ana. Se querían, no había más que verlos. Y eso era bonito.

Lo petaron, hicieron giras por Sudamérica e Italia. Antes de cumplir los treinta años abandonan el espectáculo, sus giras y sus servidumbres. Johnny Dapena se dedica a producir al grupo Coz (para el que compone, sí, aquel «Más sexy»), la pareja tiene dos hijos y abre un negocio de importación de instrumentos musicales de países del Este, no les fue mal. Luego se separaron. Las vidas son así. Imagino el embarazo de sus hijos al escuchar en la adolescencia a sus padres cantando eso y a una Ana Sánchez, pasados los sesenta años, oyendo a su fogoso avatar por la megafonía de un Mercadona, mientras introduce en su carro de la compra doscientos cincuenta gramos de jamón york calidad extra.

Y yo también necesito amar.

Johnny. La masculinidad de los 70 se movía en torno a dos polos. La escuela élfica, encarnada por David Cassidy o Leif Garrett, era la hegemónica en las carpetas de las adolescentes. Sin embargo, las verdaderamente iniciadas apostaban por tupidos machos alfa y Burt Reynolds o Tom Jones colgaban de las paredes de sus dormitorios. Esta variedad da espléndidos ejemplares de varón en la España del momento, con figuras como Sancho Gracia, Máximo Valverde o Juan Luis Galiardo, que exhibían una rocosa virilidad de patilla y pelo en pecho. Mención especial merece la subespecie cantautoral, que se cubría con jerséis abrigados de lana, gustaba de decir «hembra» en sus canciones y cultivaba un erotismo barbudo y machadiano de desván y leña en el hogar.

Johnny reunía lo mejor de ambos mundos. De aspecto angélico, parece Michi Panero pero la sangre de un Patxi Andión corre por sus venas y luce un recio vozarrón con el punto justo de lo que podríamos llamar afonía italiana.

Ana. Tantas mujeres convergían en Ana: hermana mayor, camarada de la célula del partido, vocalista de grupo folk, vecina hippy dentro de un orden que estudia farmacia. Ana, moderna pero formal, ofrecía una alternativa a la señorita de abriguillo, bolso y pelo cardado o la racial coplera jacarandosa. Era como una María Schneider ibérica, de la estirpe de aquellas grandes diosas primordiales de los setenta —el prototipo de maciza de barrio inmortalizado por Óscar en sus tiras cómicas del profesor Cojonciano para El Jueves— de recios huesos, que fumaban Rex y gastaban vastos toisones selváticos, como gatos acostados.

Cualquier inspector de la Brigada Político-Social le hubiera pedido la documentación, pero había en ella algo que tranquilizaba a las madres de España. Ana no era una lagarta, igual te liaba un porro que te hacía una tortillica liada. Mucho follar, pero durante todo el playback lo suyo era un padecer, se mordía los labios y agachaba la cabeza pudorosamente, con un santamariagorettismo que hasta un obispo hubiera aprobado.

Es verdad, siento los golpes del corazón.
Estoy feliz, tiemblan mis manos por la emoción.

Porque, y no sé si se habrán ya percatado, de lo que habla esta canción es de la Primera Vez, de esa mitología de la pérdida de la virginidad (en aquella época todavía llamada desfloración) que arrancaba a los varones conservadores acentos de inefable poesía y rijosidad, plasmada en subproductos como «Experiencia prematrimonial» de Pedro Masó o más tardíamente «Lo mejor de tu vida» de Julio Iglesias.

Ella no va a lo loco y por eso un insistente Johnny, empalmado pero pedagógico, debe debilitar sus resistencias con un mansplaining de órdago, que constituye el cuerpo y el sentido de la canción. Pero el ansiado acoplamiento no ocurrirá sin contradicciones internas. De ahí el temblor de manos.

De tenerte así, estar oyendo tu voz.
Y ahora estoy aquí, entre tus brazos.

Mientras los intérpretes adoptan una actitud compungida el vozarrón de Johnny susurra sabe Dios qué verriondas ternezas al oído de Ana, en plan ven aquí tonta que no te voy a hacer nada, mientras ella esconde, púdica, su rostro en el pecho del galán. Casi resulta incómodo de ver.

Intermedio.

Hay una nueva declaración de intenciones y la pareja comenzaría a desvestirse a los acordes de un solo fetén de guitarra a lo Brian May, cortesía de Armando de Castro, futuro guitarrista de Barón Rojo.

Mírame, no sientas vergüenza ya.
Acuéstate, disfruta tu libertad.
Para descubrir, un cielo de realidad.
Para descubrir, que sigues viviendo.

Seguimos. Ya está todo el pescado vendido. Johnny, sobradísimo, perentorio, le da la orden de encamamiento y tiene un alto concepto sobre sus habilidades amatorias. «Disfruta tu libertad» nos puede parecer oportunista, pero conviene situarnos en el momento histórico. No es que antes de la Transición no se follara en España, pero un espasmo dionisiaco sacudió al país tras la desaparición de la figura anorgásmica del abuelo castrador. Los castos lomos de El libro de la vida sexual de López-Ibor son remplazados por El informe Hite, si no salías en bolas en Interviú no eras nadie, los burgueses se escandalizaban en las películas porque había ¡unas escenitas!, el español medio se tragaba cine tocho del Este porque podía entrever una teta o se agenciaba ediciones cutres de El Decamerón pensando que aquello iba a ser un no parar. Como decía la publicidad de un best seller del Círculo de Lectores: «este libro contiene descripciones gráficas de relaciones sexuales que ruborizarán al tímido y encolerizarán al intransigente».

No hay que reírse. Un país entero también necesitaba amar. Por eso, cuando Ana Sánchez berrea por fin, marcando bien las sílabas

Tómame, li-bé-ra-me del pudor
y muéstrame tu cielo confortador

entre una cascada de guitarras, con una voz capaz de romper vidrieras, la canción trasciende y se eleva a alturas incomparables. No es ya una señorita cursi declarando que quiere sentirse una perra, es España toda, con sus piedras venerables, sus mesetas y sus lonjas, sus silos y sus bancos de atunes, la que suplica follar a modo, es un secarral de Castilla recibiendo a gritos la lluvia, es la catedral de Burgos a cuatro patas, es Unamuno mirando para Cuenca, el Caballero de la mano en el pecho haciéndose una gayola. Grandeza, joder, grandeza.

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