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Carente de imaginación, fue siempre incapaz de inventar una historia interesante. A cambio puede presumir de una mirada sutil, compasiva, poética. Como escritor sabe extraer oro de la realidad. Su vida, inventario de ridículos y decepciones, desfile de personajes fallidos y seductores, se le ofrece como un material de primer orden, pero un viejo escrúpulo, un pudor de tradición católica le impide recurrir a él. Le horroriza que amigos, conocidos y familiares se reconozcan bajo una luz poco favorecedora, mostrar a las claras sus manías, sus pequeños vicios, sus renuncias.

Había olvidado a aquel hombre, pero cuando se lo encuentra en una cola de la administración todos los recuerdos afloran.  Envejecido y sin afeitar, es la viva imagen del naufragio. Cuando lo conoció trabajaba como auxiliar judicial. Entre sus funciones la de comparecer en los lanzamientos que siguen a un desahucio. Aquella condición de colaboracionista iba corroyendo su vida. Testigo avergonzado de dramas inapelables, se sentía vil, fumaba mucho y bebía coñac. Una voz muy hermosa, timbrada, con cuerpo, le permitió alguna vez trabajar en la radio. Por entonces se sacaba un dinerillo extra grabando ocasionales locuciones para modestos trabajos en video. Se dicen que tienen que verse y se despide de él deseando no volver a encontrárselo. No es que desconozca la compasión, al contrario, una empatía extrema le hace padecer horriblemente ante esas vidas desarboladas.

Ya en casa se da cuenta de que tiene ante sí algo valioso. De manera natural le sale del tirón un cuento melancólico sobre un pecador arrepentido, un despreciable publicano con una voz bellísima. Por primera vez se admira a sí mismo. Sabe el valor de lo que acaba de concluir, pero también que si lo publica el hombre lo acabará leyendo, ¿qué pensará al reconocerse? Los intentos de cambiar su profesión o alguno de sus rasgos para camuflarlo le parecen una vana mojigatería. Lo quiere puro, tal y como es, sin mentiras, con la belleza amarga de lo verdadero. Quiere construir algo perdurable sobre las ruinas. No soporta imaginar cuánto daño puede hacerle, pero no puede dejar escondido en un archivo lo mejor que ha escrito hasta que su personaje, desapareciendo del mundo, alcance la paz, se libere y le libere a él mismo.

Puede que nadie comprenda su comportamiento, pero nadie podrá negarle un insobornable compromiso estético y moral. Tras mucho pensarlo queda con él en un lugar apartado y, en consecuencia, hace lo que tiene que hacer. Así empezó todo.

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