Etiquetas

Desde que tengo gatos raras veces se aventuran por mi patio y los echo de menos. Me gustaba ver cómo se guarecían de la lluvia bajo las gruesas hojas de un níspero o detenían su vuelo para demorarse en la terraza, curioseando sin saberse observados.

Delicia de los poetas, las antiguas, tiernas palabras con que los hemos nombrado atraviesan con un rumor de alas la historia de la literatura. El gorrión en las manos de Lesbia, la avecilla que alegraba las horas del prisionero y que un mal ballestero mató, el ruiseñor platónico de Keats, la buena golondrina muerta a los pies de la estatua ciega de un príncipe compasivo. Objeto de apasionado estudio por mentes sutiles, Saint-John Perse no desdeña la mirada del ornitólogo en su último poema, Olivier Messiaen compone para el piano un monumental e intimidante Catalogue d’oiseaux.

Su voz proclama el principio y el fin del día, el cese de las tormentas. Su presencia en el cielo y sus gritos anunciaban al navegante la proximidad de la tierra y de la salvación, sus migraciones escandían el paso de las estaciones, eran aliados de los hombres en los cuentos infantiles.

Frecuentan las fuentes, los árboles, los cables, los tejados y los campanarios, sobrevuelan ciudades, bosques y ruinas. Nuestra especie violenta y cruel los ha amado porque su reino son los espacios sin caminos del aire que nos han sido prohibidos, en esa insensata felicidad del vuelo que solo nos consentimos en sueños. Aullidos, rugidos, ladridos, relinchos, la mecánica inhumana del grillo; entre el clamor de lo inarticulado el canto del pájaro resplandece como una celebración, nos recuerda la palabra y en él quizá halló su origen la música.

Me gustan sobre todo los más pequeños, los pajaricos, su humilde, ligera tibieza de animal niño, una bola de plumas envolviendo un corazón nervioso. Qué bien nos caen cuando los muy tunantes, dando saltitos, les disputan las migajas a las torpes palomas neuróticas.

Leo que en Bristol han colocado púas en los árboles para evitar que pongan perdidos los coches. La imagen de esas ramas erizadas parece una siniestra obra conceptual, de una ferocidad apocalíptica, desalmada, aún más cruel que el espantapájaros de las pesadillas, porque nos sugiere la inquietante posibilidad de un mundo sin pájaros.

Royal 3 D VI f. 104v