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Mis padres no eran creyentes. O al menos no lo fueron hasta el final de su vida cuando, próximo el gran escándalo de la extinción y ya sin dos arrogantes jóvenes en casa para juzgarlos y ridiculizarlos, se soltaron el pelo. Supongo que nos matricularon en un colegio de curas por adoptar las costumbres de aquella clase media a la que tanto les costó llegar. Así mi hermano y yo pasamos años en una escuela regida por una comuna de hombres solteros que llevaban una vida frugal y de escasa privacidad en la planta de arriba, la misteriosa planta de arriba a la que los alumnos no tenían acceso. Si uno lo piensa, es algo francamente muy poco burgués.

El padre A. era tartamudo, su reino era el ala de los más pequeños, también separada de nosotros. Unas grandes gafas de pasta negra le hacían parecerse al Capitán Tan, un personaje de la televisión tardofranquista. Lo veíamos al otro lado de la verja con su rebeca gris y un silbato en la boca, bregando con un bullicio de criaturas atolondradas, chillando en torno a él como una bandada de golondrinas en crack. Nuestro inmediato pasado.

El poco sutil pero muy descriptivo mote de “el tartajas” hizo fortuna y fue transmitido de curso en curso. El padre A. se quedó con él para toda la vida. Durante un año nos dio clases de religión, acaso por ser una asignatura que se despachaba con llamativa desgana y sin demasiada exigencia. Carente de esa ironía de los curas más estudiados, no parecía consumido por arrepentimientos o desesperaciones. Un alma de dios de un pueblo del norte de España, que quizás tuvo que elegir entre el tractor y el seminario. Lo sentíamos un poco como uno de los nuestros. Su idea del orden era dar unos reglazos de órdago en la palma de la mano. Imagino que él no conoció otra pedagogía y a nosotros nos parecía algo inevitable, que formaba sin gran escándalo parte de su naturaleza, como los arañazos del gato.

Solo recuerdo que fue por la mañana. Mentiría si dijera que la lluvia caía sobre los patios vacíos o que por las ventanas entraban los sonidos y las seducciones de la primavera. Nos hablaba de la vida en el jardín del Edén antes de la caída. Un compañero le preguntó por Adán y Eva: ¿de verdad vivían desnudos? Estallaron las risitas. Para los niños de un tiempo previo a Star Wars y a Berlusconi la desnudez de la pareja mítica estaba saturada de los primeros presentimientos del sexo.

Para nuestra sorpresa entró al trapo y declaró -tartamudeaba un poco, pero es que siempre lo hacía- que entonces eramos inocentes y por tanto vivíamos desnudos sin maldad alguna. Pero añadió algo, algo que estoy convencido que improvisó en un arrebato de elocuencia que jamás le habíamos escuchado. Nos hablaba de un orden fraternal que fue y que volvería a ser, un estado en que hombres y animales vivirían juntos sin temor, en una alianza perdurable.

Nunca había fantaseado con aquella posibilidad, que me deslumbró como había deslumbrado al buen padre A. Ahora sé que él lo creía sinceramente. Lo contó con la suficiente pasión para que no lo haya olvidado. Años después entendería que estaba recreando una de las profecías del libro de Isaías:

«Morará el lobo con el cordero, y el leopardo con el cabrito se acostará; el becerro y el león y la bestia doméstica andarán juntos, y un niño los pastoreará. La vaca y la osa pacerán, sus crías se echarán juntas; y el león como el buey comerá paja. Y el niño de pecho jugará sobre la cueva del áspid, y el recién destetado extenderá su mano sobre la caverna del basilisco».

La enésima revisitación del mito de la Edad de Oro, el sueño de volver a la infancia del mundo, libres de la desgarradura del tiempo, en un azar sin necesidad, juego y luz, abolido el mal y el dolor.

A veces me he acordado de su candor. ¿Se agarraría a ese sueño en los momentos de flaqueza? ¿Lo guardaría aún en su corazón, todo aridez tras una vida hecha de monotonía, calabacín hervido, tabaco negro, pequeñas intrigas y negación de sí? Pobre tartajas, viejo ya, paseando a la caída de la tarde por los pasillos vacantes cubiertos con azulejos de un celeste desvaído, soñándose a sí mismo desnudo en los campos del señor, dando de comer al leopardo, saludando al águila, nadando con los delfines. Contando el tiempo que le falta.

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Edward Hicks (1780-1849). “The Peaceable Kingdom”

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