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No deja de resultar curioso que la charla informal sobre el tiempo sea algo abiertamente ridiculizado, el no va más del convencionalismo. Ritual inane, propio del filisteo, el burgués o el cuñado, que son los diferentes nombres con los que a lo largo de la historia el eterno adolescente zahiere a su semejante: el ciudadano medio, al que reprocha sus renuncias, su gusto escasamente articulado y no saber lo que le conviene.

Hablar de escalafones y pequeñas intrigas, eso sí es entregarse a insignificancias, no ocurre así en la charla sobre el tiempo, de una hondura nada desdeñable. Lingua franca de la sociabilidad, se hablaba del tiempo a la sombra de los zigurats y en las lonjas de Núremberg, se habla del tiempo en el Vaticano, en Miami y en Puebla de Don Fadrique. A mujeres y hombres, al colérico y al manso, a los codiciosos y a los inocentes, a todos nos llueve encima o nos sofoca el sol, la primavera nos seduce con fantasías de novedad o temblamos ante el rayo y el viento que se lleva nuestro tejado. Por eso se habla con desconocidos de fenómenos que escapan a nuestro control, indiferentes ante nuestros deseos y de los que depende el buen fin de cosechas, batallas, fastos y navegaciones.

Este año el verano llegó antes de tiempo y con violencia de spaghetti western, haciendo del mundo un lugar hostil, un enemigo. Caminábamos por las calles aturdidos como turistas nórdicos, en un sordo torpor veteado de aprensiones de apocalipsis. Algunas personas buenas colocaban cacharros para que bebieran los pájaros. Y he aquí que sin esperarlo las temperaturas bajaron por unos días y nos vino el regalo del vientecillo, una brisa frecuente y fresca. En esos días otra cosa no fue más comentada ni agradecida y pasadas las semanas aún se recordará aquella alegría

Producto de complejos procesos de mecánica de fluidos, viene del interior del mar o de las cumbres, lo conocen los que tienen que madrugar y los viejos lo esperan a la caída de la tarde. Imprevisto a veces en mitad de la noche, atraviesa bosques, jardines y huertas recién regadas y entra por nuestra ventana abierta -los visillos se mueven-  como una módica gracia que nada cuesta y se nos da. Entornamos los ojos, sonreímos ante el vientecillo bueno, caricia sin bulto, el que te alborotaba el pelo a ti y a tus amigos en aquella cubierta cruzando el estrecho o en otros veranos despertaba los olores del campo que cruzabas en moto o el que te acompañaba, volviendo a casa de amanecida, tras la primera noche que pasaste con alguien que te encantaba.

Y es así, no falla, es darte el fresco en la cara y lo que fue bueno asiste y todo merece la pena y todo está bien.917ccf52089066cd0c66ecfc74b0ccde--sandro-venus

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