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«And of Berenice I more seriously believed que touts ses dents etaient des ideés».
E.A.POE

 

Como una representación de los grandes misterios del principio y del fin, el cuerpo de la mayoría de los seres vivos mínimamente evolucionados se construye en torno a un tubo con un orificio de entrada y otro de salida. Siendo uno celebrado por poetas, el otro es confinado a los límites de la medicina y el humor preadulto.

Órgano bestial y sagrado, la boca tiene una curiosa ambivalencia. Terror y belleza. Nos valemos de ella para triturar y devorar otros seres vivos, pero también es el lugar donde ocurre lo que nos hace específicamente humanos. De la boca salen las promesas, las mentiras y las maldiciones, los versos, las historias con la que intentamos entender el mundo, el canto y la risa, el grito, el estornudo, el vómito y el salivazo. También suele ser la vía de entrada de las sustancias que nos embriagan. Nada nos procura mayor alegría que unir nuestra boca con la de aquella persona a la que amamos en un gesto imposible y cuyo carácter esencialmente trágico ya percibió famosamente el melancólico Lucrecio:

«Vano esfuerzo,
porque no pueden robar nada de ese cuerpo
que abrazan, ni penetrarse y confundirse
enteramente cuerpo con cuerpo,
que es lo único que verdaderamente desean».

Su entrada está defendida por una doble hilera de piezas de hueso, la única parte del esqueleto que asoma al exterior y cuya exhibición mediante la sonrisa -asombrosa combinación de la carne viva y lo mineral- es desde mediados del siglo pasado de rigor en la representación aceptada del rostro. Actores, modelos, políticos y ejecutivos sonríen desaforados desde las páginas de las revistas y los carteles en muros y marquesinas, decolorándose, deshaciéndose bajo la lluvia.

Los dientes sobreviven siglos más allá de nuestra muerte, pero esa voluntad de permanencia no debe engañarnos, también ellos comparten la fragilidad de nuestra materia mortal. Agresivas reacciones químicas los corroen, no sin dolor, a lo largo de los años. La fresca blancura ordenada de los dientes de la juventud da paso a la catástrofe de la boca del anciano, a la imagen terrible de la bruja desdentada. Su caída era presagio funesto en los sueños de la antigüedad y en los mercados de esclavos se comprobaba y valoraba por encima de todo su buen estado.

Ha venido a formar parte de nuestras costumbres el frotarlos vigorosamente con unos pequeños cepillos dotados de un fino mango. Mediante ellos extendemos hasta las zonas más inaccesibles pastas con flúor de sabores mentolados, apoyados por hilos dentales y colutorios, en un extravagante ritual, parodia laica de la comunión, con el que iniciamos, concluimos y puntuamos nuestra jornada, intentado retrasar esa inevitable ruina. El sabor medicinal, estéril, que queda en nuestra boca nos proporciona una momentánea sensación de pureza, de aplazamiento. Mi gato me suele observar en esos instantes sin entender nada mientras, gigantesco y absurdo ante el espejo, derramo abundante espuma blanca por la boca. Lo cierto es que no se alarma, porque a los gatos les da ya todo igual.

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