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Sé que para muchos resultará difícil de entender, pero ayer por la mañana y tras días de mucho darle vueltas seguía sin saber a quién votar. Como había quedado a mediodía con unos amigos, decidí ejercer mi derecho a primera hora de la tarde. La amable euforia de unas cervezas al sol neutralizaría los excesos de reflexión y me ayudaría a resolver espontáneamente mi disyuntiva, neutralizando algunas repugnancias.

Habíamos quedado en un local asturiano y se nos fue la mano con la sidra, de manera que me dirigí hacia la gran fiesta de la democracia con un ánimo jaranero, fraterno, civil y navideño. A la llegada al colegio electoral me metí en la cabina pensando que iba a votar a X y se me cayeron algunas papeletas al suelo. A continuación decidí votar a Y. Agarré mis sobres y entré en la sala donde estaban ubicadas las urnas. La sala, desnuda, bañada en una cruda luz fluorescente, era bastante alargada y no había un solo votante, con lo que la mesa situada al fondo cobró el aspecto ligeramente ominoso de un tribunal. No es que esperara la presencia de muchachas sonrientes repartiendo rosas, pero se me encogió el ánimo

Mientras me acercaba a la mesa creía oír el eco de mis pasos. Como soy un bocazas no pude evitar proferir un: “¿qué?, llenazo, ¿no?”, que fue acogido con un silencio hostil. Un hombre desabrido me miró por encima de las gafas extendiendo su mano. Yo me quedé algo desconcertado, en ese mismo momento había olvidado el significado de ese gesto. Le miré sonriente e intenté que mi cara reflejara mi desconcierto, pero pídele ayuda a un granadino de mediana edad, jodido porque le han fastidiado el domingo. Ni una palabra salió de sus labios, siguió con la mano extendida en el aire. Yo miré a sus compañeros de mesa, esperando una sugerencia, una orientación, algo… Nada. Fatalmente me traicionaron los nervios y extendiendo mi mano estreché la suya. Cuando ya era demasiado tarde, una buena mujer en el extremo izquierdo de la mesa musitó “muestre su DNI” mirando al frente, ya que nadie era capaz de mirarme a la cara. El rubor de mis orejas se extendió por todo mi cuerpo elevando varios grados la temperatura. Por un instante consideré fingir un desmayo o despojarme a gritos de mi ropa y bailar desnudo con los calzoncillos sobre la cabeza. Finalmente opté por enmudecer y acabar con aquello lo antes posible. Luché en un estado de aturdimiento por introducir los sobres en la hendidura de las urnas y me dirigí hacia la salida con toda la dignidad de la que fui capaz, tropezando en un escalón y sintiendo que aquella vergüenza me acompañaría el resto de mi vida y hasta más allá.

Vistos hoy los resultados electorales, no excluyo que buena parte de mis conciudadanos también hayan tenido la misma idea que yo.

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