Etiquetas

, , ,

Hay ocasiones en que el espíritu crítico se desborda y deviene desprecio del mundo. Terreno fértil para furores monoteístas y entusiasmos totalitarios.

La onda expansiva de descontento que vino a llamarse 15-M quizás no supuso la llegada de la era de Acuario, como parecían sentir algunos de sus protagonistas, pero desde luego fue mucho más que ese parque temático de la revolución que ridiculizan sus detractores. Más allá de su candor adánico o de haber elegido como talismán la palabra indignados (que evoca a personas de orden congestionadas, a punto de que les dé un patatús) lo cierto es que supuso el despertar de una conciencia política, también una euforia, la apertura de un estimulante horizonte de posibilidades. Años después la irrupción de nuevos partidos resquebraja el viejo bipartidismo y dibuja un mapa político muy diferente a aquel al que nos habíamos habituado.

Y sin embargo ya estamos hartos. Iniciada la campaña electoral, el tono más frecuente en las redes sociales es el de un irónico desdén cuando no un abierto desprecio y hasta un odio visceral hacia la actividad política, odio que es puro franquismo sociológico. No es para menos, nos repugnan los focos y el espectáculo, las maneras de vendedores a puerta fría de los candidatos, su mendacidad, sus trucos bajos. Repugna a nuestra alta virtud su discurso hecho de tópicos y mantras, sus promesas desaforadas, su crasa ignorancia, la desagradable sensación de que dicen lo que queremos oír.

¿Pero qué otra cosa esperábamos? Por estas mismas redes atacamos con ferocidad a cuantos partidos no son de nuestra cuerda. Antes que razonar la eficacia de nuestras propuestas buscamos la aniquilación del adversario. Ningún método nos parece suficientemente infame. Difundimos rumores falsos, fotos fraudulentas, frases sacadas de contexto, cualquier cosa que sirva para demostrar que los otros no sólo no serán unos buenos gobernantes sino que son capaces de toda doblez y perversidad. Denunciamos agendas ocultas, les hacemos simultáneamente capaces del más extremo maquiavelismo y la más insondable estupidez, mostramos imágenes de ellos riendo para acusarlos de regodearse ante nuestra desgracia (¡qué zafia, barata argucia a lo Goebbels!), aplaudimos los “zascas”, los hacemos virales, gustamos de difundir vídeos en que un señor (o hasta un niño de ocho años) diagnostica y soluciona los problemas del mundo en un minuto, señalamos histéricamente la más mínima venalidad de algún remoto concejal de los partidos emergentes (¡también ellos están corrompidos!), juzgamos permanentemente con un doble rasero, analizamos cada discurso a la búsqueda de esa opinión que nos permitirá rasgarnos las vestiduras escandalizados para señalarlos furiosamente con el dedo por estos muros.

Enturbiamos el agua en la que nadamos y luego nos quejamos de que es imposible respirar y empezamos a a echar de menos algo de pureza, de bonhomía para acabar suspirando ante figuras vagamente totémicas, benevolentes y paternales, como Mújica, cachazudo, bondadoso y abuelesco, lento y sentencioso.

Sí, también somos nosotros, queridos.

Anuncios