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El planeta sobre el que transcurren nuestros bulliciosos afanes recorre a velocidades de espanto vastas, silenciosas soledades. Un delicado manto gaseoso nos protege de radiaciones que harían hervir nuestra sangre y crea la ilusión santa de los cielos azules de la niñez, la promesa de una posible felicidad que no tendría fin. Mañana, indiferente a nosotros, habrá cumplido una vuelta más en esa mecánica celeste de una belleza inhumana, que fielmente rige estaciones y cosechas, escande nuestro tiempo. Y es bueno estar aquí y saberlo.

Pienso en mi año ya vivido. En él, escondidas, secretas, las semillas de mi buena fortuna o de mi desdicha. Con qué rapidez ardió, cuántas acciones impremeditadas a lo largo de sus días, cuántas palabras dichas, cuántos posibles caminos no tomados, ¡qué de misterios! Ya en sus primeros minutos la muerte sobrevoló la habitación donde nos habíamos reunido y habló su lengua sórdida. No ha sido bueno ni justo con tantos a quien quiero. Pero hubo también bodas y alumbramientos, siempre el lento aprendizaje, la desesperación y la risa, claro, estrepitosos ridículos, resbalones, golpes y batacazos, cóleras y estornudos, la leche y la espuma de la amistad, la embriaguez y el cálculo, pájaros y lluvias, melancolía por lo que tanto deseabas y no ocurrió, finalmente el deslumbramiento ante un azar bondadoso. Comenzó al alba, con negros presagios ante mi ropa tendida al viento y acaba con los tiernos, imprevistos dones de la alegría.

Mañana todo empezará de nuevo y yo intentaré algunas variaciones sobre aquello que fatalmente soy. Todo es posible, seductora, aterradoramente posible. Quiero adentrarme sin miedo en esas frías aguas blancas, en lo aún no escrito y quiero hacerlo –así debe ser- con una sonrisa de inmensa gratitud en los labios.

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