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En la ciudad en la que vivo, equidistante de un convento y una capitanía general, se encuentra la morada de Ubú. En ese pequeño recinto, auténtica cueva del tesoro, se esconde más espíritu que en los templos y más coraje que en cien cuarteles.

Quien tenga tiempo para demorarse en su interior encontrará lechos marinos y torres, adulterios y galaxias, arponeros y monjes flagelantes, los múltiples nombres de dios, mapas, naufragios y tormentas, forajidos, pájaros y rosas, extraños grabados, ojos abiertos en la oscuridad, emboscadas, racimos de uvas, caballos, rinocerontes, asesinos, santos y burgueses, el silencio, la luz, la aventura, números, rebeldía y misterio, la fiebre, los caminos secretos de la sangre.

Dos hermanas defienden ese reino contra el zumbido de la realidad y sus cansancios. Nada trivial hay en sus estanterías, nada que no haya sido escogido con la generosa disciplina de un alto gusto. Raros libros recién salidos de la imprenta, libros que tuvieron dueño, que formaron parte de vidas y que tras alguna catástrofe personal vuelven a circular, iluminando las de otros.

Yo me inclino ante sus manos y su inteligencia, ante el simple milagro de su presencia insensata, obstinada, que irradia bien y belleza. Su labor es solo en apariencia modesta. En su desafiante fragilidad sostienen el mundo, lo justifican, dando sentido cuando la barbarie crece. Su lucha es la nuestra. Lugares así son nuestra cura y nuestra esperanza.

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