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Son tan viejos como la civilización pero existen al margen de la historia. Escindidos irremediablemente de la vida común de los hombres, aislados en un mundo sin privacidad, sin fruto y sin futuro, han seducido a artistas y a fundadores de religiones.

La lentitud mineral de su tiempo aparece como un viento de catástrofe en las páginas fosilizadas de Beckett, una arena de parálisis que disuelve todo a su paso en una última derrota. Los de Jean Genet, violentos, bronceados tunantes, tienen la vitalidad de personajes mitológicos, Cioran se rinde a su condición indescifrable de seres que parecen haber brotado bajo los surcos. En M de Fritz Lang un tribunal subterráneo de mendigos condena a muerte al monstruo. Buñuel les tiene el respeto suficiente para no usarlos como símbolo. No se hace ilusiones con la santa pobreza, sus mendigos son malvados –que esa y no Lola Gaos levantándose las faldas es la gran blasfemia de Viridiana-.

No hablo del profesional de la mendicidad y su truculenta exhibición de llagas y mutilaciones. Hay una voluntad de supervivencia en ellos. No hablo de los hombres y mujeres que arrastran carros llenos de hierros viejos, recolectores de objetos ínfimos que han pasado por diez muertes y que aún circulan por canales que ignoramos en una conmovedora, secreta economía de lo humilde. Tampoco de los tocados por la desgracia, del desamparo de los que todo lo han perdido, arrojados a la intemperie de un mundo inclemente.

Hablo del mendigo que bebe su vinazo al sol, a puerta gayola, dando voces. A veces furioso, a veces riendo, asombrado de respirar y escuchar su propia voz cuando sabe que hace tiempo que camina por el reino de la muerte, en ese éxtasis que conocen los que conducen en dirección contraria.

Su presencia terrosa, la tosca astucia en sus ojos pequeños, su olor a fogata y a basura, irrumpían a veces en mis sueños de nene burgués. Nunca nos abandonan a lo largo de nuestra vida, avisos, epifanías de un mundo arcaico hace tiempo olvidado, versión grotesca de la infancia o anticipo apocalíptico de una posible humanidad claudicante.

Me topé una vez con un mendigo fabuloso, el archipobre, el arcángel de los mendigos. Como en una parábola se había desplomado en una esquina situada frente a un kiosko de mi ciudad, conocido como el drugstore, regentado veinticuatro horas al día por una mujer desabrida a la que la leyenda urbana atribuía una inmensa riqueza. Tumbado cuan largo era (y era un hombre alto) con los brazos abiertos, el grueso abrigo extendido, le rodeaban perros, una cornucopia de perrazos en cuyo centro, como una Venus piojosa en su concha, él tenía los ojos fijos en el cielo, una sonrisa de beatitud asomando por sus negras barbas. Entre sus piernas abiertas colgaba una polla enorme, miguelangelesca.

Una pareja no paró de hablar durante un viaje nocturno en autobús. El viaje y el alcohol les mantenían en un estado de jovial excitación. Se animaban entre sí, se hacían chistes con una voz desdentada. Iban a cambiar de aires, en Granada ella tenía enterrado un hijo. Decían que no se moverían ya de allí hasta que murieran. Para cuando llegara el autobús probablemente habrían cerrado los albergues y tendrían que pasar la noche en la calle. A veces canturreaban algo.

Una mañana, una mañana magnífica, volvía de pasar la noche en una casa del Albaicín. Tras una tapia apareció de un salto, comiéndose una pera recién cobrada. Los pantalones sujetos por una cuerda. Yo había estado con él en el colegio, muy de pequeños. Me reconoció, me llamó por mi nombre y me pidió dinero. Se lo di.

Hoy al despertarme los he recordado y ruego por ellos y por todos nosotros al buen dios de los mendigos, precario y borracho, grasiento, menoscabado. Que nos libre siempre del frío, de la lluvia y el rayo.

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