Etiquetas

, ,

Una de los aspectos más enojosos de la Red es la frecuencia con la que uno se topa con propagadores de teorías de la conspiración. Está la modalidad abiertamente delirante, usualmente encabezada por “la verdad que los medios no quieren que conozcas”: el ataque contra el World Trade Center fue un autoatentado para justificar la posterior guerra de Iraq, el tsunami que asoló en el 2004 el sureste asiático o el accidente del Airbus A320 de Germanwings fueron el resultado de experimentos militares de ya sabéis quién, Goebbels impuso la afinación de instrumentos musicales a 440Hz en vez de a 443Hz -que es la que mola, ya que “vibra en los principios de la media de oro PHI y unifica las propiedades de la luz, tiempo, espacio, materia, gravedad y el magnetismo con la biología, el código del ADN y la conciencia.” (sic) -, el hombre nunca llegó a la luna, las vacunas son difundidas por la industria farmacéutica con la intención de diezmar la población en África etc… Pura superstición medievalizante que sólo puede difundirse desde la ignorancia, el odio o la maldad. A su manera son pintorescas y casi inspiran ternura.

A un nivel más razonable encontramos una visión según la cual, con mayor o menor grado de concreción, un puñado de personas dirige el mundo. Desde sus fabulosos despachos de leyenda, codiciosos, sonrientes, hipertensos y embalsamados en intensas lociones aftershave, deciden nuestro futuro, planifican procesos históricos, diseñan minuciosamente los contenidos de los mass media para condicionar y programar nuestra mente. Ejemplos de esta manera de pensar los tenemos en la convicción ampliamente compartida de que la presente crisis fue meticulosamente proyectada para acabar con los derechos laborales duramente conquistados o que los gobiernos recortan en educación y cultura a fin de obtener generaciones estupidizadas y sumisas, incapacitadas para el pensamiento crítico.

Los que pensamos que semejante razonamiento sobrevalora hasta niveles mitológicos la inteligencia de las élites somos minoría. No negamos que existan fabulosas, feroces condensaciones de poder sin escrúpulos, ni su papel decisivo en los acontecimientos. No estamos ciegos. Simplemente tendemos a pensar que la realidad es una compleja interrelación de fuerzas en permanente conflicto, donde el error, el desorden, la improvisación a corto plazo y el mero azar juegan un papel nada desdeñable.

Aunque parezca lo contrario, este último no es un pensamiento confortable, ya que no proporciona consuelo. Nos resulta muy difícil encajar la falta de sentido de la historia y la amenaza de lo imprevisible, por eso necesitamos construir una narración donde tras cada desgracia exista un plan perfecto y unos culpables claramente definidos.

Porque a su vez la retórica de la conspiración tiene su correlato en la nostalgia de la revolución. Si el Mal pude moldear la historia a su antojo, el Bien también puede hacerlo. Lucharemos entonces contra esa unión inextricable de infamia y principio de realidad que llamamos sistema, derribaremos estructuras caducas y construiremos resplandecientes puentes hacia el futuro, desterraremos definitivamente viejos hábitos, cambiaremos el nombre de las cosas y si el hombre no ha estado hasta ahora a la altura crearemos un hombre nuevo.

Lírica, generosa, con la irrefutable frescura de lo nuevo, cargada de eros, qué pálida, timorata y gris aparece a su lado la modesta creencia de los escépticos. No ignoramos que muchas de las felicidades de las que gozamos se han conquistado a hostias, pero seguimos defendiendo la silenciosa dignidad de lo posible, el lento, enojoso, ingrato combate de la razón contra la injusticia y la brutalidad, sin milagros ni atajos, donde cada victoria es siempre provisional e imperfecta. No es algo que exalte, es de hecho la antipática admisión de una derrota, pero a aquel que no se hace demasiadas ilusiones es más difícil engañarle. Espero que en las elecciones de este fin de semana una deprimente confirmación en sus puestos de aquellos que se han mostrado incompetentes o indignos no haga que me tenga que tragar mis palabras. Que tampoco sería la primera vez, para qué nos vamos a engañar.

Anuncios