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La muchacha tiene unos tobillos de una llamativa delicadeza, la letra alfa tatuada en uno ellos. Lleva de paseo dos galgos y atraviesa, heráldica, el espacio entre las dos altas columnas coronadas por leones rampantes. Otras chicas surcan la explanada en bicicletas, como fanfarrias silenciosas. Mi copa de vino brilla al sol sobre la mesa de la terraza y cerca de mí una pareja de viejos crápulas alternan las carcajadas con momentos de concentrada tristeza. Ella hace un gesto encantador, el gesto que haría una niña, la niña que todavía es. Un músico callejero interpreta en otra terraza -¡con una flauta de pico!- el dúo de La Traviata: “Libiamo, libiamo ne’lieti calici che la bellezza infiera”, siempre tan popular, siempre tan aristocrático. Una mendiga que parece haber brotado hace cientos de años de unos surcos en Transilvania se pasea entre las mesas, obesa y anacrónica, envuelta en harapos de un luto terroso, con un cartel que nos explica las razones de su desdicha, recogiendo las sobras de los platos. Echo la cabeza hacia atrás, exponiendo la cara al sol frío. La belleza bronquial de las ramas desnudas de un árbol se recorta sobre un cielo de ese azul esmaltado de la niñez, pequeños gorriones orondos y nerviosos lanzan al aire unos gritos agudos. Robustas, densas nubes se desplazan lentamente en las alturas sombreando la escena. Cierro los ojos y me limito a escuchar la agitación de los pájaros, el susurro de unas hojas secas arrastradas por el vientecillo, las risas de chavales que pasan, el zumbido de las ruedas de las bicicletas, la sonoridad ligeramente narcótica del habla de la ciudad.

A veces es una bendición el olvido de uno mismo, sentirse sin pasado y sin futuro, suspendido en un lugar extraño, que te atrae pero al que no perteneces.

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