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Ayer diluvió y me pilló en la calle. La curiosa jovialidad que desata un chaparrón inesperado. Por un instante irrumpe el caos y se suspende el curso ordinario de los asuntos, cualquier forma de solemnidad es arrastrada por las aguas. La carrera repentina, desmañada, en busca de refugio, la sensación elemental de sentirse empapado, el asombro reverencial ante el trueno, forma primera de la divinidad. Hombres y mujeres recuperan por un instante algo de aquella infancia que chapoteaba en los charcos (“los pajarillos cantan, las nubes se levantan”), el recuerdo de besos dados bajo la lluvia. Se intercambian palabras y bromas con desconocidos, los conductores de autobús más endurecidos detienen su vehículo y abren las puertas para dar refugio al rezagado, en una forma inmediata, irreflexiva, de piedad. Definitivamente necesitamos más diluvios.

(1-06-2014)

Adenda. Una lectora y amiga, Beti Mármol, me hace ver sin mala intención que los besos bajo la lluvia sólo se dan en las películas. Espantado ante la posibilidad de haber incurrido en un cliché, intento buscar en el recuerdo momentos que justifiquen esa caída en el lugar común. Y sí, he dado besos bajo la lluvia, pero compruebo avergonzado que los di porque lo había visto en las películas. Y porque llovía, claro.

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