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Vivo desde hace unos meses en un barrio situado en la parte alta de la ciudad. Todavía sus empinadas cuestas conservan un trazado medieval; un pueblo incrustado en la ciudad moderna. Mientras caminas por ellas, la aparición frecuente como telón de fondo de un masivo y legendario monumento de la España musulmana confiere a todo, además, un aire de ensoñación y extrañeza. Así pues, cuando uno baja al centro de la ciudad, al descenso físico se une una sensación de viaje temporal, del pasado al presente. No es sólo un itinerario, es un tránsito.

La idea del camino está profundamente imbricada en nuestros esquemas de pensamiento. Nuestra visión de la Historia, nuestra idea del progreso, la novela decimonónica participan de él. La misma vida la percibimos como un camino y así se revelaba bellamente en aquel juego de la oca, puro inconsciente popular, festival de imaginería simbólica que es que parece que lo hubiera inventado Carl Gustav Jung.

Mi particular vía crucis ascendiendo y descendiendo la ruta que comunica mi barrio con la ciudad, va punteado por rincones cuya aparición sucesiva cada vez me resulta más familiar, pero también, y sobre todo, por músicos callejeros.

Hay violinistas que tocan a Bach bajo una puerta de acceso en la muralla, impregnando todo de un cómico aire de trascendencia las veces que acudo temprano al centro de salud. Hay jóvenes guitarristas extranjeros que tocan relamidos clásicos del exotismo alhambreño; a partir de la primavera las plazas son más de marchosas pachangas, todo sincretismo, hedonismo de botellines al mediodía y afables perretes. De todos ellos, con quien más suelo cruzarme en todas las estaciones es con un inhábil cantautor que hace tiempo superó los sesenta. Con tres o cuatro acordes mal encajados perpetra canciones de melodía desangelada que resumen todos los clichés temáticos del género a través de una voz rasposa, monótona y un vibrato a lo Serrat. En su cara enflaquecida -suerte de Quijote chungo y rapaz- se leen los estragos de una vida de medro y pillería. Suele entristecerme mucho su perseverancia, su voluntad mineral de superviviente.

Y todo esto para contaros que bajaba yo a la ciudad la mañanita del sábado y un sol espléndido lo endulzaba todo. Al lado del camino una muchacha tocaba una concertina. Sonreía de una manera deslumbrante, no había nada en esa sonrisa de servilismo hacia el respetable, simplemente era una consecuencia natural del sol y de la ondulada melodía que interpretaba con gracia antes de arrancar a cantar en lo que me pareció dialecto napolitano. Al rato proseguí mi camino a punto de entregarme a la levitación cuando me encontré a escasos metros al pertinaz cantautor.

Hace años, en un documental, unos publicitarios guays de París ensayaban un experimento en el que aplicaban ideas de marketing a la mendicidad, sustituyendo las truculencias habituales de llagas y mutilaciones por simpáticos recursos humorísticos que provocaban la empatía instantánea del viandante. Recaudaban un pastizal y demostraban que hay que reinventarse y todo eso.

En este caso era tan palmaria la desventaja de mi viejo bardo coñazo, su fracaso estrepitoso, irremediable, que sentí una pena desgarradora y a la vez un impulso insensato de arrancarle la guitarra de las manos, golpear el suelo con ella y saltar furioso sobre sus astillas.

Afortunadamente todo se quedó en la pura especulación. Llegué finalmente al centro, compré unos libros estupendos y el resto del día fue raro y feliz.

Franz Schubert. “Der Leiermann” (Winterreise, D.911)

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