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No seré yo quien niegue las confusiones y melancolías de la adolescencia, afligida por los límites aún difusos de nuestro carácter. Me recuerdo absurdamente trágico, nacido y criado en una ciudad a la que, por origen familiar, no pertenecía del todo; niño medio pijo desclasado que no terminaba de encajar en ninguna parte, de una timidez invencible, dando bandazos, estudiando carreras que no me interesaban lo más mínimo. Híbrido, inexperto, inconcluso.

Uno va sin embargo construyéndose como puede una personalidad. Tras toda una vida de pruebas y errores acaba con suerte –y algo de sentido del espectáculo- descubriendo qué es lo que funciona y qué es lo que no. Entre la improvisación y el método, a base de martillazos, pero también de sutiles modulaciones, se acaba por definir un tipo, un perfil estable que mantiene al abrigo de la mirada pública las zonas abismales de ti mismo, manías y ruindades, todo lo inevitablemente feo que también somos. Yo mismo he cristalizado de manera más o menos consciente en una figura entre paternal e irresponsable, jovial, navideña, ligeramente excéntrica, sentimental y dada a la facundia y al chascarrillo.

Me veo a veces desde fuera y me descubro repitiendo las mismas historias, utilizando los mismos recursos, fatalmente reducido a ser una especie de actor secundario, lo que se llamaba un característico. Me asusta la posibilidad de que ese personaje de una mala comedia de costumbres en que me he transformado acabe cansando a los demás del mismo modo en que a veces me cansa a mí. No soportaría una vida mal escrita que se jodiera en el tercer acto.

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