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La historia de la música es inseparable de los avances tecnológicos. El clarinete, evolución sofisticada del rústico chalumeau, abre con el pianoforte las puertas de la futura sensibilidad romántica, la duración del LP expande ―lo que no siempre ha sido una suerte― la libertad expresiva del jazz, el moog carga sobre sus circuitos con lo peor del rock progresivo y los avances en microfonía hicieron que cantantes como Bing Crosby sustituyeran la proyección operística de los antiguos intérpretes por el susurro confidencial del crooner, que te cantaba al oído en el mismo salón de tu casa desde el aparato de radio, permitiendo que en un futuro el indie español abundara en vocalistas que hacen que las viejas devotas de voz pálida que aburren a dios en las iglesias parezcan Freddie Mercury.

En los años setenta una serie de cantantes levantinos remontan río arriba la historia a base de varoniles chorros de voz y rotundos nombres artísticos: Nino Bravo, Juan Bau, Juan Camacho, Camilo Sesto, Jaime Morey. No debemos dejarnos engañar por la moda atroz del momento, a pesar de su aspecto de proxenetas estos héroes canoros eran buenos chicos de origen obrero, con algo de esos honrados galanes de zarzuela que curraban en talleres y querían a sus madres. En un país que dejaba atrás los encantos de lo yeyé y que flirteaba con el pullover apretao de barbados cantautores, el gusto popular abraza al vocalista levantino, que introduce un pathos reciamente heteropatriarcal, fálico, tronante.

Un asalto frontal al sistema hormonal de las mujeres de la España de entonces, modernas pero dentro de un orden. Cuando nuestras castas madres exclamaban «¡qué vozarrón!» reconocían implícitamente que algo se removía en su interior, algo inconfesable. Uno imagina al cantante sobradísimo sobre el escenario, intercambiando miradas intensas ―los ojos entrecerrados― con alguna joven en las primeras filas que de día trabaja en una planta envasadora de pimientos morrones, haciendo temblar sus tímpanos, con esa actitud de mira, mira, sin manos, ese pelazo, ese sabio manejo del micrófono con cable ―un arte, ay, perdido―, esos mocasines, esos pantalones de pata de elefante. Letras desproporcionadamente épicas, cercos de sudor en los sobacos y una mortal seriedad sin una puta sonrisa, porque la canción melódica levantina era al entertainment como el ciclismo al deporte, algo más próximo a los graves esfuerzos del currante. Y sin embargo en las erupciones volcánicas de aquellas laringes robustas había un recio erotismo de Agua Brava, coñá en el mueble bar, cigarrillos mentolados, peludas alfombras dacha, laca, esperma y cuadros op-art en el dormitorio.

Cuántas operaciones de especulación inmobiliaria no se firmaron bajo los acordes emocionantes de estas intensas baladas, cuántas cartas de soldados a sus novias no inspiraron, cuántos españoles no serían engendrados bajo su hechizo en apartamentos en Peñíscola, casas relimpias de barriada, paradores de turismo, hoteles de mala muerte y traseras de Renault 4.

Pero todo toca a su fin. Tras algún epígono ochentero como Francisco, se extinguieron como Roma y los dinosaurios. La carretera mato a muchos de ellos ―la maldición del vocalista levantino―, la música disco, la afonía italiana y la movidita acabaron con el resto. Su memoria solo pervive en los karaokes de las áreas metropolitanas.

Nuestro cine no ha hecho aún una película sobre su leyenda, sobre su grandeza achampañada. Una mirada feroz y compasiva que rescate del olvido sus conciertos en discotecas de pueblo, sus sórdidos managers, los ríos de magno con pepsi que bebieron, el vello erizado de los brazos de sus prometidas cuando les cantaban a grito pelao en el coche, apretando el acelerador, su chalet y su piscina ganados con tantos bolos, sus sofás blancos de piel, sus bodas y las primeras comuniones de sus niñas, las paellas de los domingos y la melancolía final entre fotos enmarcadas en que acabaron sus días. Se lo debemos y nos lo debemos, caramba.

nino