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En la noche de reyes ―y no es la menor de sus bellezas― el amor toma la forma de una mentira, una tierna impostura. Los niños y los adultos necesitamos ser engañados para soportar la aspereza del mundo. Nuestros mismos sentidos mienten, no son ventanas, son filtros; percibimos solo la pequeña parte de la realidad que podemos soportar.

Para mí era una noche larga, agitada, no exenta de terrores. Al fin y al cabo unos desconocidos venidos de un Oriente tórrido, misterioso, con el poder de obrar prodigios, entraban por los balcones y deambulaban por la casa en la oscuridad. Pero finalmente abrías los ojos y era de día y entonces la alegría de los juguetes dispuestos sobre el sofá del salón, conservando como un rocío el brillo de su origen mágico. Nunca eran los que uno había pedido en aquella carta que tus manos depositaban en un buzón mientras unos brazos te alzaban. Siempre eran menos y un poco más modestos, pero qué poco importaba ante la certeza del milagro. Pienso en mis padres, con qué cariño dispondrían las inocentes evidencias ―las zapatillas y los platos con agua y arroz para los camellos, irrefutablemente vacíos al alba― volviendo por una noche a la infancia que habían perdido.

No recuerdo el momento en que dejamos de creernos la fábula legendaria. Sé que hubo un tiempo en que mi hermano y yo fingíamos no saber porque a ellos les hacía felices y a nosotros también. Vivimos un par de años fraudulentos porque lo necesitábamos, hasta que la farsa se hizo ya insostenible y así cuando por última vez nos encontramos con regalos en el sofá, de acuerdo con la vieja escenografía, mis padres se permitieron bromear con la idea de que había sido cosa de los reyes. Nos hicieron el homenaje de la ironía, la lengua de los adultos.

Por aquel entonces empezamos a descubrir a los Beatles. Mis padres lo sabían y nos regalaron el famoso doble azul, que les mostraba en la portada hechos unos melenudos y asomados al hueco de la escalera de la antigua sede de EMI, evocando la icónica fotografía de su primer LP. Mis padres, pobrecitos, no tenían demasiada idea, pero aquel disco recopilaba las canciones del periodo 1967-1970, el que menos habíamos explorado. Conocer el origen terrenal del regalo no nos hizo menos felices que el olor a madera de los viejos fuertes del Oeste y aquella mañana, deslumbrados, a veces desconcertados, escuchamos Strawberry Fields Forever y Penny Lane, Lucy in the sky with diamonds y A Day in the Life, expuestos por vez primera a las seducciones de la psicodelia. En aquellas primeras horas del día nos iniciamos en una sensibilidad nueva, algo excitante y prohibido. Empezábamos a abandonar la infancia. Sin que lo supieran, arrancaba un largo viaje, el mismo que ellos hicieron. Un viaje sin una estrella que nos guíe, que nos aleja de los padres hasta transformarlos en unos extraños para finalmente regresar a ellos cuando ni toda la magia de Oriente nos podrá devolver su voz y su figura que solo en sueños, como melancólicas sombras, nos es dado recuperar.

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