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Frank Borman, James Lovell y William Anders, los tripulantes de la expedición Apolo 8, pasaron la Nochebuena de 1968 dando vueltas alrededor de la luna, el astro de amistosos silencios de Virgilio, Diana cazadora y los lobos, el primer misterio de la niñez, que aparece en nuestros sueños y también en los versos de malos poetas y que Borman describiría bellamente como «a vast, lonely, forbidding expanse of nothing».

Ellos rompieron amarras por primera vez con nuestra casa natal, con ese pequeño planeta ―separado apenas por un tenue manto gaseoso de los espantos del helado vacío y de radiaciones que harían hervir nuestra sangre― donde un azar benévolo y acaso único propició el nacimiento de la vida, el momento inaugural del proceso por el que la materia llega a conocerse a sí misma.

La víspera de la Navidad, cuando se disponían a cumplir la novena órbita lunar, antes de desaparecer detrás del satélite y perder la comunicación con la Tierra, los tripulantes se dirigieron a la humanidad (por una vez esa palabra excesiva no resultaba enfática) en una transmisión televisiva donde leyeron los primeros versículos del Libro del Génesis. Un par de años después Madalyn Murray O’Hair, atea y activista, demandó a la NASA por el uso de simbología religiosa.

Los imagino tras el apagón radiofónico, enfrentados durante una hora escasa a la cara oculta de ese astro muerto que los ojos humanos veían por primera vez. Protegidos de la destrucción por un leve, fragilísimo caparazón, conscientes de que cualquier pequeño error al navegar ―sabemos que Lovell hizo en ocasiones uso de un sextante― podría hacer que sus cuerpos orbitaran alrededor de la luna o se perdieran en las inimaginables profundidades del espacio hasta el fin de los tiempos.

¡Qué desamparo! Tras leer las viejas palabras del mito, ¿sintieron la presencia abrumadora de ese dios que sintiéndose solo creó un mundo para su recreo o acaso comprendieron que su presencia heroica en un lugar prohibido para el hombre asestaba el golpe de gracia definitivo al relojero de los planetas?

Con cuánto alivio recibirían la aparición sobre los mares lunares de la superficie azul de nuestro hogar, donde muchos insomnes pensaban en ellos y tres esposas escrutarían el cielo en esa noche buena (qué simple y bella etimología) en que la guerra por unas horas deja de ejercer su ley porque se celebra un nacimiento que es todos los nacimientos, la entrada en el ser, el mayor de los misterios. Esa patria fragante de bosques, olas y pájaros, de volcanes y grandes vientos, el lugar de Treblinka, Bach y el Dante, donde toda infamia y todo espanto, toda bondad y toda belleza tienen su asiento.

Los tres siguen vivos. Son ya muy ancianos.

Earth-Rise-1968 (2)