Etiquetas

Cuando era más niñato que ahora y con la desenvoltura que dan el prejuicio y la ignorancia, consideraba a Josep Pla un gañán reticente y sentencioso, dado a fumar tabaco de hebra y a perorar sobre la frescura del salmonete. Gran error, porque esa figura de payés socarrón, epicúreo y antirretórico fue una de las máscaras ―como la del pequeño burgués sensual, prosaico― tras la que se escondió un espíritu tan pudoroso como refinado, un gigante. Su deliberada ironía de aldeano, su regodeo en una aurea mediocritas hecha de trivialidades de casino comarcal son en él una provocación y un refugio y uno de los rasgos que pueden echar para atrás al lector del siglo XXI. Del mismo modo que rechazó una vida de acción o las turbulencias de la pasión, del mismo modo que tras una juventud viajera decide esconderse en los abismos de la provincia interior, Pla opta por negarse a toda forma de sentimentalismo o énfasis, empezando por borrase a sí mismo hasta devenir observador puro, el memorialista por excelencia.

Pla es lo que los anglosajones denominan un acquired taste, no es autor para todas las sensibilidades y, si me apuran, diría que el gusto por sus textos es una alarmante señal de que se dejó atrás la juventud. Que nadie espere encontrar en sus páginas historias “que enganchen”, ni las seducciones de lo excepcional, ni malditismo alguno. Él es un escéptico, un conservador en la tradición de los grandes autores reaccionarios. Su mundo es la tranquila, irónica disección de lo humilde y lo pasajero, el dulce hábito del desencanto, que es una forma de felicidad. Su obra extensa, inagotable, no es otra cosa que un prodigioso dispositivo verbal destinado a reconstruir los misterios del instante, a la redención del tiempo.

Pla ve, oye, percibe como nadie. Poseedor de una vasta cultura de la que muy raras veces alardea, lector de The New Yorker o Le Monde, Pla sabe además de todo lo esencial: conoce todos los vientos, todos los pájaros, todos los frutos terrestres, las fiestas del país, los hábitos del campesino, del pescador, del artesano y del sol, las tiernas minucias de un viejo mundo que desaparece ante sus ojos tras los espantos bélicos del siglo. No se cansa jamás ―ni nos cansa― de levantar ante nuestros ojos asombrados, con una delicadeza, una intensidad sensorial y un grado de detalle alucinatorios, vastos paisajes y tramas de olores, de grandes lentitudes, de ilimitados matices de la luz. La eternidad en los misterios del alumbrado nocturno, el silencio de las habitaciones y el apacible tedio rural. Una mitología que necesariamente resultará atroz a los entusiastas del postureo.

Josep Pla es uno de los secretos mejor guardados de nuestra literatura (no veo por qué no habría de considerar nuestra la literatura catalana), es nuestro Montaigne, nuestro gran escritor taoísta. Al lado de su escritura todos los que lo intentamos somos unos bárbaros balbucientes, unos cursis, unos mediocres. Tal es su virtud.

pla