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Debo de formar parte de los cerca de cien españoles que nunca han viajado a Cuba, no pretendo que mi opinión sea especialmente autorizada. Aún así no puedo dejar de comentar algunas de las reacciones a la muerte largamente anunciada de Fidel Castro.

No quiero entrar en el juego de comparar estadísticas sobre represión con las de otros regímenes totalitarios y sé que las cosas hay que ponerlas en perspectiva histórica y sé que sí, que en aquel momento aquello fue deslumbrante y que David y Goliath y que una sanidad ejemplar y que un sistema educativo fetén y que si Sierra Maestra y que si a caballo vamos pal monte. De acuerdo. No obstante no deja de asombrarme la actitud de cierta izquierda. Personas que odian de manera pauloviana a los militares han honrado a alguien que se ha pasado la vida de uniforme y se han emocionado escribiendo consignas de recio sabor castrense como “hasta siempre, Comandante”, “hasta la Victoria, siempre” o “Patria o muerte”. Personas a las que le rechinan los dientes ante la figura anacrónica de la monarquía no encuentran escandaloso que un dirigente haya permanecido casi sesenta años en el poder sin conceder a los cubanos en ningún momento la posibilidad de sustituirlo y haya acabado transmitiendo el cetro ¡a su hermano! Personas, finalmente, que sobreactúan su dolor y su insomnio frente al espanto de los dramas migratorias del Estrecho (me avergüenzo de ser occidental, claman) dan rienda suelta a su ternura con un régimen que llama “gusanos” a los disidentes que han huido del país en condiciones no siempre fáciles.

Pero son contradicciones propias de los seres humanos, desde luego, no sólo de la izquierda. Más me ha alarmado el artículo literalmente asombroso que Alberto Garzón, secretario general de IU, ha publicado en la sección Tribuna Abierta de la web eldiario.es. Verán, buena parte de mis amigos y conocidos consideran que votar a IU (o a Podemos) es garantía de normalidad, es lo único que cabe esperar de una persona decente y formada. Votar al PP sería cosa de criminales o de descerebrados, votar al PSOE cosa de untuosos traidores y votar a C’s cosa de cuñados criptofascistas infinitamente ridiculizables. Hay un consenso entre ellos acerca de la notable inteligencia de Alberto Garzón.

El artículo empieza por todo lo alto:

 “Se ha ido un grande, Fidel Castro. Un trozo de nuestra historia, de la historia de nuestro mundo, se ha apagado. Pero como sucede con los clásicos, Fidel Castro continúa con nosotros en su pensamiento y en su obra.”

 No sé si pillan el tono. El resto del artículo no defrauda, encadenando clichés, entusiasmos desaforados y medias verdades con soltura. Pero lo que realmente le hace a uno levantar una ceja es que ya al final, agotados los argumentos, tenga los santos cojones de escribir esto:

 “Hay quien osa celebrar su muerte. Pobres de ellos, que ven a un hombre donde en realidad hay un pueblo.”

 Yo, lo siento, creo que con una izquierda teologal, capaz de sostener –aunque sea retóricamente- esa unión hipostática entre un hombre y SU pueblo, no vamos a ninguna parte o a ninguna parte a donde merezca la pena ir.

Lo alarmante es que muchos de sus votantes se habrán dado cuenta de la enormidad que supone jalear de esa manera a un dictador, pero no se lo van a tener muy en cuenta. Orwell llamaba a esto doblepensar. Se rasgan las vestiduras en las redes sociales con la última majadería que haya proferido un concejal reaccionario de un pequeño ayuntamiento, pero conviene pasar por alto que la cabeza visible de su partido favorito muestre tan a las claras sus filias. ¿Por qué?, porque señalar ciertas cosas, coincidiendo en algo con la derechona, es de mal gusto, porque es inconveniente enturbiar ese bonito imaginario hecho de canciones de Silvio Rodríguez y fotos del Che y botellas de ron y el encantador Compay (decididamente el son es más simpático que el Horst Wessel Lied); ¡qué falta de tacto!, es como recordar en una reunión familiar navideña que el abuelo era alcohólico, violento y putero.

Creo que es hora de reflexionar un poco. El siglo XXI se presenta complicado. Nos enfrentamos a cambios formidables en el paradigma científico, económico y productivo, feroces formas de codicia y rapiña que no pueden analizarse ni combatirse con marcos de pensamiento herederos por igual del mecanicismo newtoniano y determinismos decimonónicos, un futuro de turbulencias y singularidades contra las que no sirven fantasías paternalistas de planificación y mucho menos mesianismos de corte religioso. Necesitamos una izquierda alerta, racional, intuitiva y con la flexibilidad necesaria para seguir defendiendo eficazmente esas coordenadas irrenunciables de libertad, igualdad y fraternidad. No vendría mal un baño de madurez y de luz, abandonar los cultos mortuorios, dejar de definir el mundo en torno a un eje que lo escinde entre unos supuestos fascistas y nosotros, la sal de la tierra. Renunciar de una puta vez a los queridos símbolos del pasado, a hoces y martillos y banderas rojas, no sólo iconos de dictaduras infames sino calamitosos emblemas de fracasos históricos. Hay que tener el coraje de tirar por la ventana si hace falta los años de juventud, lo mucho que follasteis, a Dolores Ibárruri, al espectro edulcorado de esa Segunda República que no pudo ser y -¡por encima de todo, aunque duela y precisamente por eso, porque duele!- la devoción melancólica por el entrañable viejecito comunista que tanto luchó. La izquierda se vacía en una juerga inane de sentimentalismo. Sí, a la mierda con todo eso, menos símbolos, menos lágrimas y más proyectos de ley, menos cursilería y mala literatura, menos Rousseau y más Jefferson, menos victimismo, menos Galeano y un poquito de Escohotado, menos playas debajo de los adoquines, superar de una vez esa adolescencia del pensamiento que supone pedir lo imposible. Sí, madurez y luz. Aceptar lo real y transformarlo, ejercer la política como un arte de lo posible, enterrar para siempre la nostalgia y el evangelio de la queja, que hay mucho trabajo por hacer.

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