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En mis recorridos habituales por el barrio donde tengo la suerte de vivir, suelo remontar un callejón que desemboca en la plaza de San Nicolás y sus celebrados prestigios panorámicos. Hay en él un colegio público y de buena mañana uno puede ver por la suave cuesta a mujeres jóvenes llevando de la mano a sus pequeños, fastidiados por el sueño y el peso de sus mochilas, pasando del fatalismo a la vivacidad. Es difícil no sonreír al verlos y al escuchar esos diálogos deliciosos entre madres e hijos cuando nadie los ve. Cuesta creer que hablen la misma lengua que los hombres –que también fueron niños- profieren a esa misma hora en los bares, metiéndose carajillos entre pecho y espalda para mitigar las violencias del trabajo físico.

Un muro aísla al centro de las calles, sobre él asoman algunos árboles. Me gusta a veces detenerme y escuchar las voces de los críos en el patio.

Las ciudades están llenas de esos lugares fantásticos donde todo da comienzo, veneros de gracia, no menos asombrosos que los vastos criaderos estelares. Cuando uno lee acerca de la potencia formadora del caos no puede olvidar ese sonido, de naturaleza semejante a la del río, las olas o la lluvia. Siempre diferente, siempre idéntico a sí mismo. Toda la luz de la infancia está contenida en él, también sus feroces crueldades. El patio del colegio es una imagen del paraíso, también el lugar de la tragedia. Uno nunca lo abandona del todo. Lo peor de nuestra naturaleza ya está en los niños, no conviene engañarse.

El otro día pasé de nuevo junto a ese muro, de vuelta de una cita con el médico y entregado a esos irónicos pensamientos sobre la propia finitud que el lector de mi edad seguramente conocerá. El sonido estaba ahí de nuevo, espantando toda idea de mortalidad. Sobre el remate del muro, entre el viejo cemento carcomido crecían tenaces islas de líquenes y pequeñas flores. Esas presencias arbitrarias, modestísimas, de lo vivo que forman parte de los primeros recuerdos. Las mismas que rozaban, curiosos, los dedos del pequeño, confiado y ligeramente melancólico Perpiñá en sus primeros años. Por un momento tuve la extravagante sensación de que él estaba al otro lado, que si acercaba mi oído a la pared desconchada podría oír su corazón pequeño latiendo, su aliento leve. Los paseantes me hubieran tomado por un loco lamentando ante el muro alguna pérdida inimaginable, pero yo le habría hablado en voz baja. Me hubiera gustado contarle que aún me acuerdo de aquel despertador en el que un carillón desplegaba la melodía de El Tercer Hombre, de una luna aún no hollada por pasos humanos, de unos cisnes inmóviles escondidos tras otro muro, de aquella laguna verdosa de las pesadillas, de un invierno particularmente frío del 73 y del capitán Hatteras caminando siempre hacia el polo norte. Y le hubiera dicho que lo siento, que siento haberle fallado en tantas cosas y que todavía espero ser digno de él.

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