Como los espectros y los criminales, la noche es su dominio. Tras tantos siglos, tienen las pupilas dilatadas y han forjado una vieja amistad con los gatos.

Tienen vedado el paso a las casas de los solteros o los matrimonios sin hijos, pero conocen las demás como la palma de su mano. Te han visto dormir mientras recorren como un viento suave los pasillos a oscuras, entre susurros, porque la arena del desierto que arrojan a los ojos de los durmientes no siempre cumple su labor.

Siempre el miedo de que el alba, como a los vampiros, les sorprenda en su tarea. Qué agotador desplegar su magia. Se dan del todo y nada reciben a cambio, ni siquiera pueden ser testigos de la felicidad que deparan. Exhaustos, vacíos, duermen durante un año y de nuevo a su labor en esa noche que son innumerables noches, deambulando por las calles vacías, moviéndose como bailarines en las habitaciones sin luz.

A veces la tristeza de no volver a entrar en las casas de los niños que han muerto o aquellos que crecieron. Otras una melancolía pasajera, como cuando Melchor se quedó sentado a los pies de la cama de una joven madre dormida y pensó en dejarlo todo o cuando sorprendieron a Baltasar abrazado entre lágrimas al cuello de su camello, su fiel compañero, que no se tenía en pie de cansancio. Son humanos al fin y al cabo. Qué extraño destino, privados de la luz del día y del contacto con sus semejantes. A veces pelean entre ellos o se gastan bromas sobre los incidentes de la noche bajo las frías constelaciones del desierto, las luces de tantas ciudades en la distancia.

Apenas les quedan recuerdos de antes de aquella noche. Una juventud de placeres indolentes y una madurez consagrada a grimorios y a los graves estudios del misterio. No han olvidado sin embargo aquella vez que fueron convocados y siguieron el rastro de un cometa y se postraron ante aquel niño, un niño como todos los niños, pero que tras una eternidad ocupado en mareas y galaxias, en el vértigo del número en los vastos espacios entre los átomos, reía feliz al sentir la herida del tiempo y sus miserias, la aspereza de la paja, el cagarse encima, el calor del establo, la leche fluyendo del pecho de la madre, los ojos bondadosos del mulo y el buey, los rostros robustos de los pastores. Esa risa, la alegría de un dios. Y al evocar aquella noche saben que no hay otro destino comparable y que seguirán vivos mientras quede un solo niño sobre la superficie de esta tierra que aún crea en ellos.