Silencio

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Qué animal estruendoso somos. A nuestro lado el perro del vecino parece un circunspecto monje tibetano. Nos despertamos con un ruidoso bostezo y ya la emprendemos a golpes contra el mundo. El día se inaugura con una sinfonía grotesca de caídas de tapas de inodoros, descargas de cisternas, grifos, flatulencias y maquinillas de afeitar, motores que arrancan y persianas que se levantan. Cháchara y maldiciones. No nos basta con nuestra capacidad para el estrépito, millones de medios de reproducción multiplican hasta el delirio la aspereza articulada de nuestra voz. Fábricas, sirenas, los temibles atronamientos de la guerra. Sin duda nos hacemos notar. Y cada juntura por la que pudiera filtrarse el temido silencio la tapamos con música. La música, esa misteriosa forma del tiempo (Borges dixit), degradada a una viscosidad trivial, un engrudo que apacigua nuestra angustia de estar en el mundo. Hace tiempo que dejó de ser lo que Schopenhauer enfáticamente llamaba la voz de la voluntad para quedarse en musiquita, algo jovial y estupidizante, que nos acompaña en nuestros desplazamientos, en los talleres y en los mercados, en las tabernas y en los apareamientos, que nos da marchita, que impregna las persuasiones publicitarias y los discursos institucionales, que nos señala qué hemos de sentir en las películas. Omnipresente, narcótica y superflua. Basura.

El año pasado tuvimos un ensayo general de un mundo más silencioso. Los animales salvajes acudieron confiados a los arrabales de nuestras ciudades. No se nos oía apenas. Duró poco. Por eso, a veces, un inmenso cansancio de nuestros miserables tumultos, las ganas de que nos callemos, el deseo de un silencio radical. Abstenerse del ruido y de la palabra, pero también dejar de opinar, dejar de juzgar, dejar de escribir (en especial acabar con las ficciones, no añadir simulacros de realidad a lo que ya nos es dado), silenciar incluso la voz de los difuntos en los anaqueles de las bibliotecas. Comportarnos como si no existiéramos, como si temiéramos que un poder malvado se percatara de nuestra presencia. Con la muda delicadeza del caracol o la nieve al caer.

Y aun así el silencio nos eludiría. Oiríamos el sonido de nuestros órganos internos, la febril actividad celular, el sonido de las raíces extendiéndose bajo tierra, la corrupción de los muertos, vientos, tormentas y oleajes. El mismo origen del universo, sus primeros instantes, no fueron un salto callado del no ser al ser sino una violencia inimaginable que todavía oímos.

No es algo de este mundo. Solo algunos, muy pocos, han llegado cerca de donde habita el silencio. Un espacio central dentro de nosotros, donde no nos alcanza el estruendo del cosmos y sus vastas ceremonias de aniquilación y desorden, ni siquiera el sonido y la furia de nuestros pensamientos. Un lugar de secreto deleite y de supremo terror, porque allí, en los confines mismos del silencio empiezan a suceder cosas.

Odilon Redon. «Silence» (1911)

Freud en Hollywood

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Muchos años después de que el doctor Max Schur pusiera fin a sus sufrimientos mediante la administración de tres inyecciones de morfina, los astrónomos bautizaron con su nombre un cráter en el Oceanus Procellarum lunar. No se me ocurre una forma más hermosa de gloria, aunque uno situado en la cara oculta hubiera sido lo suyo.

Tras un agresivo desprecio por parte del estamento académico, su pensamiento se hizo dogma hasta que con el tiempo su relevancia científica fue puesta en tela de juicio. Las ideas, incluso las más ambiciosas, tienen sus ciclos. Desacreditado, impresentablemente misógino y ciertamente pasado de moda, es sin embargo difícil empequeñecer la figura de una de las pocas personas que han modificado radicalmente nuestra percepción de nosotros mismos. Copérnico nos desplaza de la centralidad a los arrabales del cosmos, Darwin desautoriza nuestro parentesco con los dioses, Freud acaba con la ilusión del yo, reducido a una frágil isla sobre un magma abismal de pulsiones irracionales. Algo inestable, doliente, problemático. Somos hijos de Freud como somos hijos de Rousseau.

Cuando yo era joven, todavía el follador pedante solía recurrir a Freud para impresionar a sus impresionables presas. La mera mención de su nombre evocaba dos cosas que a todos ―o casi todos― nos seducen: el sexo y las sombras inquietantes del sueño.

Esa doble asociación garantizó el atractivo de sus teorías y en Hollywood, la cantera del imaginario colectivo durante el pasado siglo, se puso de moda el melodrama freudiano, que siempre ha dado películas interesantes pero fallidas; del Marnie de Hitchcock a frutos tardíos como Eyes Wide Shut, el último Kubrick, desafiantemente anticuado.

Revisar recientemente un film de John Huston (Freud, 1961), me hizo comprender cómo una teoría que tanto ofende a nuestro narcisismo pudo capturar la imaginación de las masas. Las formas degradadas y populares de una mitología ―y el psicoanálisis lo es― arrojan una interesante luz sobre sus verdaderas implicaciones.

La indagación psicoanalítica ofrece una interesante variación sobre el viejo relato detectivesco. La inteligencia del analista-policía descifra una serie de pistas encriptadas para resolver un misterio. Mecanismo de desvelamiento por el que de la textura oracular del lenguaje onírico acaba surgiendo una explicación coherente. Al viejo atractivo de las artes mánticas se añade un charme científico un poquito snob. Más chocante me resultó que todo apareciera teñido de resonancias religiosas. Una voz en off abre y cierra el film sobre imágenes abstractas que evocan el caos indiferenciado previo al fiat lux. Freud, profeta de una nueva devoción, experimenta epifanías y también caídas; duda, tiene miedo de su propia grandeza, pero los sueños despejan sus vacilaciones y le abren el camino. Su terapia es también una liturgia. La curación de sus pacientes en trance hipnótico evoca la expulsión del mal del cuerpo del endemoniado. Los ciegos recuperan la vista y el bueno de Montgomery Clift puede decir levántate y anda sin asomo de rubor. Expuesta la verdad, sacada a la luz, la magia de la curación sucede. Semejante idealización del poder de la verdad solo podría haber tenido lugar en la cultura alemana.

Freud nos descubre que hasta la vida más anodina esconde catástrofes íntimas y secretos inconfesables. Hay una novela interior, clandestina, misteriosa y perversa en cualquiera de nosotros. El psicoanálisis nos hace interesantes. ¿Cómo no iba a seducir a las asistentes a los clubs de lectura de Utah como sedujo a la élite intelectual de Europa?

Finalmente, la nueva visión del yo que inaugura nuestro fumador compulsivo vienés crea un estatuto de irresponsabilidad personal. La buena nueva del niño como perverso polimorfo nos hace definitivamente inocentes. Nuestras neurosis, debilidades y miserias provienen de un trauma pretérito. Todos somos niños heridos. No se produce la abolición de la culpa, sino su desplazamiento hacia los padres y hacia el principio de realidad, al que pasamos a llamar el sistema.

Se me ocurre que semejante esquema de pensamiento se ha transferido con éxito a minorías y hasta a naciones enteras. España, así, sería un país neurotizado que puede cómodamente eludir sus responsabilidades apelando al trauma del franquismo, fuente de nuestras flaquezas y nuestras rendiciones. Cuarenta años de terapia tras la muerte física del padre no han supuesto su muerte simbólica. Mientras, seguimos regodeándonos en fantasías edípicas con la desdichada Segunda República.

Quizás sería tiempo de levantarnos del diván del analista y marcharnos sin pagar, olvidar de una vez el sórdido relato familiar, abandonar los oscuros salones donde habita el principio de muerte y salir al aire de la calle, llena de luz e incertidumbres, pero por eso también llena de posibilidades y de futuro.

Corcovado

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Jorobado y rejorobado, hay en su cara algo de un Anthony Perkins que saliera mal. Su presencia ha puntuado mi vida desde finales del siglo pasado, no menos que las parejas que he tenido o las casas donde viví. Pasan los años, yo cambio y su desdicha permanece. Lo he conocido casi niño. Durante los fastos del 92, en los que España proclamaba su fervor por el futuro, ya me lo cruzaba por las calles con la truculencia medieval de su chepa y un deambular que era una catástrofe cubista. A veces iba con sus padres, chatarreros de edad indefinida, con una aspereza mineral, terrosa, como recién arrancados de unos surcos, unidos en el mismo rictus de amargura, derrotados para siempre por una maldición. Ya era un adolescente cuando arrastraba él solo la pesada carga de un carro abarrotado de cadáveres de objetos, de todo aquello ya desvencijado, inútil y sin dueño. No importa que por entonces yo viviera en una inestable precariedad, cuando me encontraba con él era incapaz de soportar su mirada, donde ardía una antigua vergüenza de bestia de tiro. Ajeno a la salud de la calle en una mañana de primavera, a la belleza de las muchachas que caminaban, a todo aquello de lo que se sabía para siempre excluido, su humillante camisa sucia, bandera de todas las rendiciones, proclamaba el exilio irrevocable de la esperanza.

Nunca lo he dejado de ver. Cuando creo haberlo olvidado, reaparece en mis pasos por la ciudad. Yo envejezco y él parece no tocado por el tiempo, como si ni siquiera el gran destructor pudiera añadir más agravios a su desventura. Ahora me lo cruzo por mi barrio. Trabaja para la ONCE y lo han pertrechado con un chaleco y un datáfono. Imagino que la posesión de un uniforme lo hace no sentirse el último de los hombres. Lo percibo casi ufano. Ujieres y botones conocieron antaño ese alivio. Qué extraño que las víctimas de un destino adverso sean las encargadas de dispensar las seducciones del azar. Incluso en nuestro mundo desencantado, permanece algo irracional y pagano, algo que no extrañaría a un asirio. No ha llegado el día en que lo haya visto sonreír.

¿Por qué iba a hacerlo?, no le faltan motivos para el odio y la blasfemia ante esa broma pesada en que se ha visto implicado. Su vida ausente de alegría clama al cielo, ofende al mundo y me pone aun un nudo en la garganta. Bien sé que el universo es un lugar indiferente, feroz y cruel; que nuestra misma existencia en medio de eternidades, vastas violencias y espantos es un afortunado azar, que no son posibles los milagros, pues nada puede modificar la sucesión de causas y efectos sin comprometer la misma urdimbre del tiempo. Poco puedo hacer por él salvo escribir estas líneas efímeras ―yo mismo, inmensamente desconocido y abocado a la extinción y al prematuro olvido que aguarda a aquellos sin descendencia― dando testimonio de que vivió. Puedo desear y escribir, aunque sea mentira, que en sus sueños se alza bajo el sol erguido y libre de la dura ley de las causas y los efectos, capaz de amar y ser amado, como si las cosas hubieran sido de otra manera.

Paul Klee. «Error en verde» (1930)

Ovación y réquiem

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Los barrios pintorescos ―y yo vivo en uno que lo es en el mayor grado― atraen a todo tipo de personajes excéntricos. Yo defiendo, en parte por provocar, en parte por convicción, lo que el adolescente desdeña como personas grises, por las que siento una gran simpatía. Del probo funcionario a aquel que llega deslomado a su casa, ve la tele y a dormir; gente que atraviesa indemne los riesgos iniciáticos de la juventud y luego dedica su vida a negociar con el principio de placer, sacar adelante una familia y cumplir lo mejor que puede con lo que la comunidad les exige. Celebran bodas, bautizos y comuniones, visitan a los enfermos y acuden a los funerales, aceptan de buen grado, sin fanatismo y sin desdén, los rituales y convenciones de su cultura. En los mejores casos, suelen ser personalidades complejas, admirables, con sus pasiones secretas, sus íntimas extravagancias y sus peculiares humores. Hay en ellos tesoros de ternura e ironía de los que no hacen alarde y que no pretenden transformar en fama y dinero. La gente que se mueve en los márgenes, convencida de su carácter único, autoproclamados artistas, okupas y quinquis, suelen ser salvo honrosas excepciones unos vivales previsibles, gente obtusa, trivial y coñazo. Las condiciones extremas de supervivencia envilecen. Nada hay más carente de interés que el canallita. Y hablo con un riguroso conocimiento de causa, fruto del trabajo de campo.

Los anodinos barrios burgueses, los feos barrios obreros planificados se me aparecen así como los últimos reductos de la razón y el pensamiento ilustrado. Mi barrio, poético laberinto de calles blancas, como una ciudad medieval derrotada por la primavera, abundante en jardines interiores y altos cipreses, no solo soporta la invasión del turista sino que ha visto cómo se ha abatido sobre él la internacional magufa. Los veo caminar con sus bicicletas y sus rastas, sus perretes, sus ropas holgadas y sus hábitos de vegetarianismo e infusión, de flamenquito y palo de lluvia, sus rostros entre El Greco y Zurbarán, su parla alelada de almas de cántaro. Yo los miro de soslayo, con un ruin malhumor de Mr. Scrooge.

Hace unas semanas, que hacía bueno, en un patio cerca de mi casa se impartía al aire libre algún taller que combinaba neciamente lo actoral y lo bioenergético. Durante horas, a partir de las cinco de la tarde, los alumnos proyectaban su voz desde el diafragma, haciendo brotar de sus entrañas un bordoneo grave y tibetano, capaz de abrir chacras, despertar kundalinis y desatar fantasías de exterminio en un maniático señor de mediana edad como el que os escribe estas líneas. Finalmente, porque hasta Franco se murió en la cama, el taller terminó y hubo una especie de ceremonia de despedida que pude escuchar mientras tendía mi colada al sol, arrebatado proustianamente por el olorcillo a jabón de Marsella. Parece que la profesora iba pasando lista y cada participante recibía un cálido y entusiasta aplauso de sus compañeros. Y he aquí que yo, pobre pecador, con unos calzoncillos en la mano y una pinza de madera en la otra, sentí una tristeza inmensa al oír sus risas y su vitalidad capaz de saltar como un ladrón por encima del muro que confina mi patio, entre el verde de las hojas y ese incomparable azul Quattrocento que se gasta el cielo en abril.

Eran felices, eran absurda, conmovedoramente felices esos hijos de puta, porque para ellos ese taller irrisorio era importante, porque pensaban todavía que su vida estaría llena de aventura y descubrimiento, porque sus cuerpos jóvenes podían ser deseados y no había nada que no pudieran hacer con ellos y sentí pena de mí mismo, que también acudí a cursos y talleres inútiles convencido de que me desvelarían los secretos de mi oficio y me abrirían un camino breve y fácil a la gloria, de mí, que en tantas cosas me equivoqué, que gasté dinero público en cortometrajes de mierda, que tanto tardé en aprenderlo todo, que tanto esperaba de la vida y resulta que cuando me quise dar cuenta ya pasó y, sí, allí estaba con unos calzoncillos y una pinza de la ropa en las manos, ya digo, con mi cuerpo falstaffiano que he maltratado hasta lo indecible, habiendo fracasado durante años en cuanto emprendí por más que algo parecido a un modesto éxito pueda llegarme ahora que ya todo me da igual, envidiando su ingenuidad, deseando ser atolondrado, bienaventurado y ligeramente imbécil, como ellos. Al diablo con todo cuanto haya podido aprender, al diablo con la destreza en mi oficio. Yo no quiero sabiduría, no quiero recuerdos, no quiero un pasado, quiero retozar como un animal, ciego hasta las trancas, dichoso y aturdido, con una de esas chicas todavía llenas de luz cuyas ideas detesto y a quien Dios bendiga.

Y tras ese momento de melodrama interior, seguí tendiendo mi ropa y pensando que mira qué bien, ya tenía algo para escribir en el blog. Qué caramba.

Poder y ficción

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Soy una persona de clase media con una experiencia limitada del mundo y sin embargo tengo el atrevimiento de dedicarme a escribir. En literatura eso no tiene por qué suponer un problema ya que el escritor puede ―y debe― encontrar oro en los márgenes estrechos de lo habitual. Cosa diferente es el trabajo del guionista, donde con frecuencia debes sumergirte en mundos muy diferentes a aquellos que conoces de primera mano. El otro día me sentía incómodo al escribir una secuencia que tenía que ver con el mundo de los grandes negocios, esa dimensión paralela que transcurre en lugares refrigerados, enmoquetados y secretos y donde se decide sobre nuestras vidas entre ácaros y flujos de dinero. Los flujos de dinero son no menos importantes que la circulación de las ideas, échenle un vistazo al activismo desaforado de la publicidad actual y entenderán lo que digo. Como tantas otras veces, me enfrentaba a la representación convincente de un medio que desconozco por completo, labor para la que solo dispongo de una serie de imágenes tópicas del cine y los anuncios o, por inducción, el recuerdo de la actitud desenvuelta y descreída de los pocos abogados de éxito que uno ha conocido.

Siempre me ha dado que pensar la torpeza con la que el audiovisual español ―no se me ofendan, hay excepciones― suele retratar el poder, sea económico o político. En los productos de la industria americana, de The West Wing a Margin Call esos ámbitos se muestran de un modo convincente. No digo veraz, porque carezco del criterio para comprobarlo; lo importante no es que realmente sean así, es que uno crea que pueden ser así. Como imagino que sus guionistas no serán todos alumnos de Yale, se impone buscar otra explicación que vaya más allá del peso de lo vivido.

Dos explicaciones surgen a bote pronto. La primera es puro materialismo marxista. El escritor de ficción americano cobra más y se puede permitir más tiempo para documentarse, sus departamentos de arte disponen de un mayor presupuesto para que el lujo y el tronío luzcan en pantalla. La segunda sería que el sustrato cultural sobre el que crecen los guionistas anglosajones (incluso aquellos cuya dieta no va más allá de Star Wars o Marvel) está basado, aun lejanamente, en Shakespeare y el Antiguo Testamento, donde el poder (y la gloria) encontraron una voz elocuente. Pero creo que hay algo más sobre lo que ya habré escrito por aquí. Existe la convicción de que un sobrio realismo sería el género por excelencia de una España poco amiga de la fantasía. Yo niego la mayor. Pueblo de moralistas como somos, la objetividad, ese espejo ante el camino del que hablaba Stendhal, nos resulta ajena y hasta sospechosa. Cuando narramos, juzgamos. Por eso nuestros ricos y poderosos de la ficción ―y esto va dirigido también a los actores― no se parecen a lo que los ricos y poderosos realmente son, sino a la imagen distorsionada y moralizante que tenemos de ellos. ¿Para qué investigar sobre sus costumbres, para qué intentar meterte en su mente si YA sabes que son unos hijos de puta? No son personajes, son emblemas, seres de maldad bidimensional que podamos oponer a la virtud republicana de nuestros héroes en las parábolas, género de predicadores, que tanto nos gustan.

En estos tiempos de revival guerracivilista, de polarización y simplificación extremas, uno no puede dejar de pensar melancólicamente que la superación del conmigo o contra mí ―esa dialéctica amigo/enemigo, esa ética de patio de colegio―, que emprenderla a martillazos con los putos espejos deformantes del callejón del Gato, no solo haría del nuestro un país más habitable, sino que nos traería mejor literatura y elevaría considerablemente el nivel de nuestra ficción. Si no podemos evitar una guerra civil, que al menos nuestras series molen.

Il divo. Paolo Sorrentino (2008)

Una voz

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Aunque algunos se comportan como si todavía no hubiera terminado, lo cierto es que la guerra civil española llegó a su fin el 1 de abril de 1939. Con motivo del reciente aniversario me topé con un audio que recogía el parte final, leído por el actor Fernando Fernández de Córdoba. En 37 segundos una voz con un timbre estudiadamente heroico ―cierta cualidad metálica de tenor era considerada en aquellos años el colmo de la virilidad y desde joven y con dos copas imito ese timbre con soltura, para solaz y entretenimiento de amigos― hace caer el telón sobre un drama de años. Al escucharla detecto nuevos matices: arrogancia, un principio de afonía y de cazalla, chulería bronca y cuartelera, muy adecuados para todo aquello a lo que aquel fin daba un comienzo. Si para media España esas palabras suponían la llegada de una paz largamente deseada, para otra mitad no fueron sino los acordes iniciales de una serie ininterrumpida de desgracias y terrores, ya que el general Franco fue ajeno a la virtud cristiana de la piedad. No hubo clemencia con los vencidos. Ese mensaje, que abre un paréntesis anómalo en nuestra historia, está así cargado de resonancias siniestras.

Fernando Fernández de Córdoba, que apellido de anarquista no tenía, la verdad, fue un militar por tradición familiar que descubrió de joven las seducciones del teatro y cuya doble condición castrense y farandulera facilitó su elección para leer en la recién fundada Radio Nacional de España los partes de guerra, entre ellos el que famosamente terminaba con ella, rechazando la idea inicial de que la atiplada voz del Caudillo se encargara de hacerlo. Es chocante que un militar vocacional decidiera en un momento de su vida encarnar otros personajes. El joven sargento conoció el placer del desdoblamiento y sin duda soñó con una fama que le llegaría de una manera muy diferente a la que imaginaba. A pesar de que el sonido institucional de su voz fue conocido en todos los hogares de España ―o quizás precisamente por eso― su carrera no llegó a despegar. Su rostro algo genérico de galán senior puede rastrearse en una serie de papeles sin brillo, pero no gozó de un reconocimiento masivo. En los años sesenta, tras su retirada profesional, ocupó algunos puestos relacionados con la docencia y que intuimos una recompensa por los servicios prestados; entre otros la dirección de la Real Escuela de Arte Dramático. Los métodos y las enseñanzas de este Lee Strasberg de derechas me inspiran cierta curiosidad y algo me dice que aquellos jóvenes actores a los que dio clases igual no fueron muy naturales, pero seguro que vocalizaban como dios.

Lo llegué a conocer o al menos eso creo. Se trata de recuerdos imprecisos, pues todos los recuerdos de la infancia son reelaboraciones donde lo fantaseado y lo apócrifo conviven con pequeños rastros de lo que acaso ocurrió. Fue cierto que aquel verano lo pasé en Ribadesella, el pueblo de mi madre. Fue cierto que las noticias las copaba el escándalo Watergate, que aprendí a utilizar lombrices vivas como cebo de pesca, que vi mi primera película violenta en un pequeño cine y que era de Sergio Leone y que mi padre me consideró lo suficientemente adulto como para que supiera que el anciano tembloroso que abría los telediarios se había hartado de firmar sentencias de muerte. Del resto no estoy tan seguro. Era una tarde de lluvia y bajaba las escaleras de madera desgastada de la casa de un pariente. En la oscuridad de un portal que olía a humedad marina y a carbón nos cruzamos con un pulcro anciano que venía de la calle con gabardina y que nos saludó con una digna cortesía antigua. Mis padres me dijeron que aquel hombre atildado era el que había leído aquello de «cautivo y desarmado el Ejército Rojo…».  Eso es todo, no sé si ese encuentro en el portal es una licencia de mi imaginación, ni siquiera si mis padres fantaseaban también y el Fernández de Córdoba real jamás veraneó en aquella villa de mi infancia. Lo que me interesa es que aquel actor mediocre que fue un símbolo odiado, que fue la Historia que te pasa por encima, también fue un viejo afable del que quizás algún nieto recuerde el tacto de su mano y una fragancia anticuada, una letra relamida en un puñado de cartas. Muy pronto su nombre no dirá nada sino a unos pocos especialistas. Me hubiera gustado saber si durante la guerra se comportó como un hombre justo y no incurrió en vileza porque me siguen conmoviendo los rasgos de decencia individual en las grandes matanzas. Solo puedo imaginar que, como todos, vivió, se equivocó, se enamoró, hizo el mal sin saberlo y el bien sin buscarlo, conoció la felicidad y la alegría de la amistad, también el sabor sucio de la humillación y la decadencia de su cuerpo y ―mientras yo siga vivo, que tampoco van a ser tantos años― aún seguirá subiendo esas escaleras con algo de lluvia sobre sus hombros, agarrándose al pasamanos, ligeramente encorvado, desde la oscuridad del portal hasta una claridad que inunda los pisos superiores.

Formas del bostezo

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El hombre es un ser que bosteza. El bostezo, que compartimos con otros vertebrados y cuya función fisiológica dista de estar clara, contagioso residuo evolutivo, recordatorio de nuestra condición animal. Su duración y esa creciente intensidad que se resuelve en laxitud lo emparentan con el orgasmo.

Las princesas de los cuentos bostezan delicadamente en esas mañanas esplendidas de la leyenda, contempladas por pájaros, ciervos y ardillas a los pies de la cama. Uno recuerda cuánto ha amado a sus novias bostezando al empezar el día, un bostezo luminoso que las inauguraba. Otros bostezan a la puesta del sol, cuando llegan a un lecho que se han ganado con su sudor y sus huesos molidos. Y mientras fuera se desatan los terrores de la noche, se sumergen en las perplejidades del sueño, agotados tras haber modificado el mundo con sus manos o ampliado los dominios del espíritu. El bostezo de los justos.

Y está el bostezo puramente negativo del aburrimiento, el bostezo de las malas películas y las novelas flojas, de esa sinfonía de Bruckner que nunca se acaba, tu bostezo, lector, al leerme; la barricada de bostezos con los que la humanidad se defiende a diario de los enemigos de la alegría, de las palabras innecesarias del político y el pedante, del bobo solemne y el coñazo imperdonable, de todo aquello que nos quita las ganas de vivir. Siempre me ha impresionado la foto de la carpeta interior de aquel Sticky Fingers de los Stones que abría la década de los 70. En ella, ligeramente separado del resto de la banda, Mick Jagger, las manos en los bolsillos de su chaqueta, bosteza ostentoso, desafiante. ¡Qué carga de provocación! A su lado otra imagen icónica del momento, el joven que arroja un adoquín o un cóctel molotov, se nos antoja la de un dócil servidor de las ideologías. El poder siempre ha aprovechado los excedentes de energía de la juventud, su deseo de romper con las tutelas de la infancia y derribar la figura del padre, para regar con su sangre los campos de batalla del mundo. El Street fighting man que ellos cantaron en otro disco, no deja de ser un soldado, que es una variación letal de la figura del esclavo. El bostezo, como otras funciones del cuerpo, es una bestial e inconveniente falta de respeto, nada más corrosivo contra toda solemnidad; por eso te enseñan a llevarte la mano a la boca y disimularlo. El niñato de la foto―no el Mick Jagger real, ese aburrido petulante― no se oculta, te bosteza en toda la cara, bosteza porque tiene resaca, porque ha pasado la noche follando, porque no le interesas, porque no cree en nada, porque me aburre usted, señora, bosteza con una insolencia que aniquila leyes y principios. El bostezo de Sticky Fingers certifica el fin de un milenio y sus certezas.

Hemos bostezado mucho en este año, sin poder salir de un apocalipsis que empezó como tragedia y ha derivado en un costumbrismo tedioso y sin esperanzas. Qué mala sensación de final, qué pocas ganas, qué lata todo. En las tardes de desventura me entretengo con teologías de la aniquilación, a la violenta exuberancia de un big bang opongo la pura pasividad del horizonte de sucesos que todo lo engulle. El mundo arrancó con una violenta expansión cargada de futuro y acabará en un silencioso bostezo final.

Y mientras escribo estas lúgubres divagaciones, mi gato se despereza a mi lado, arquea el lomo y estira las patas, bosteza para salirse del tiempo, se lame aristocráticamente las pelotas y tras decirme algo que nunca acabo de entender se dirige resuelto al patio donde el sol empieza a manchar las hojas. ¿A qué?, a olfatear el aire, a sentir el fresco de la mañana en sus bigotes y corretear tras algún pájaro. A lo que verdaderamente importa.

¿Qué hacer?

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Había pensado seriamente en abandonar este blog y, para poner punto final a mis cavilaciones, decidí acceder a un universo paralelo y visitar a la única persona cuyo consejo podría serme de utilidad: el Perpiñá que hubiera querido llegar a ser.

El Perpiñá que hubiera querido llegar a ser era un hombre encantador ―como no podía ser menos tratándose de mí― aunque no carente de arrogancia, cosa disculpable en alguien que había cumplido sus sueños de juventud. Vivía en una casa que en líneas generales me resultó familiar, ya que buena parte de sus muebles, objetos, recuerdos y libros eran los míos, aunque percibí la intromisión de algo civilizado, agradabilísimo, que entendí como la influencia de su esposa, que me presentó y que se parecía mucho al tipo de mujer que siempre me ha gustado.

―Mira, Verónica, este señor soy yo si hubiera sido un vago.

―Ay, qué cosa más simpática de hombre.

Y se retiró a otra habitación a practicar al piano piezas de Couperin.

En un arranque de sinceridad le conté mis escrúpulos, que eran de orden estético, pero también moral. Sentía que ya le había pillado el truco al formato, detectaba ciertos automatismos, cierta maniera. Fatalmente me repetía. Me veía recurrir una y otra vez ―mendigo de la eternidad, toxicómano de la infancia― a los mismos motivos, a las mismas imágenes. Sentía que me quedaba sin temas. Ya me resultaba demasiado cómodo, dedicaba unas horas a escribir una entrada, la colgaba y acto seguido la gratificación inmediata de la aprobación en las redes. Como una paloma de Skinner accionando con el pico una palanquita, me había vuelto un farsante que desplegaba los recursos que sabía que funcionaban para desatar la emoción y el halago. Tocaba cambiar de voz, pasar a los grandes formatos, sustituir la satisfacción a corto plazo por la exigente labor subterránea de lo extenso, iniciar un aprendizaje de los tiempos muertos, una modulación de los entusiasmos, una economía del éxtasis.

El Perpiñá que yo hubiera querido ser empezó mirándome con curiosidad y acabó escuchándome con impaciencia. Cuando terminé, con la sensación de haber como siempre revelado demasiado de mí mismo, se puso a hablarme de sus novelas, esas novelas que yo no había escrito, una de las cuales ―me informó con orgullo― fue incluida en el año 2005 por Babelia entre lo mejor del año. Algunas de ellas tenían títulos inaceptables como Lejanía del nadador o Légamo. ¡Qué decepción! Como no se privó de leerme algunos fragmentos, encontré su prosa pulcra pero sin mordiente y sus ideas mansas, siempre adecuadas, convenientes, lo que atribuí a la frecuentación del ambiente literario, a esa servidumbre cortesana de tener que leer las obras de tus colegas. Me di cuenta de que me trataba con condescendencia:

―No te preocupes si te repites. La gente tiene muy mala memoria. Una hora después de leer tu entrada la habrán olvidado. Es un puto blog, dios santo, no escribes para la posteridad, la posteridad ya no existe. Échale cara, hay que tener el valor de la propia mediocridad.

Seguramente creía que no me daba cuenta, pero estaba claro que si me animaba a malgastar mi tiempo y a arruinar mi estilo en un blog era porque ni siquiera en un universo paralelo quería competidores. ¿Hace falta que lo diga?, empezó a caerme mal. Me repugnaron sus hábitos de orden y esa voluntad que le hacía escribir día a día laboriosas ficciones, me fastidiaba que estuviera más delgado que yo y que tuviera una mujer adorable. Su dedicación obsesiva a su tarea le vedaba la dispersión, su conocimiento era especializado. Toda esa montaña de datos y fruslerías que el diletante ha acumulado durante décadas de procrastinación le eran ajenas, lo que lo hacía ligeramente aburrido. El pañuelo de seda que llevaba al cuello me pareció en especial una refutación de toda su obra. Cuando al acompañarme a la puerta me preguntó si necesitaba dinero me permití una pequeña mezquindad:

― No, gracias, soy guionista. Seguramente gano más pasta que tú.

Al despedirnos me dio un abrazo y el único consejo que mereció la pena.

― ¿Quieres que parezca que todo ha cambiado?, pon otra foto en el blog.

Y salí a la calle sintiéndome liberado de un peso, intentando asimilar lo que había hablado con ese fatuo. Mire hacia atrás por última vez. Tras la ventana, Verónica había apartado la cortina y me miraba partir. Al verse sorprendida la dejó caer y se apresuró a desaparecer en el interior, con su piano, su Couperin y su maridito.

Me alejé pensando en qué nueva imagen podría utilizar en la página, según su consejo, mientras caminaba por una avenida fabulosa. ¿Cómo os podría describir el paisaje que se extendía ante mí? Una perspectiva monumental, donde esa luz fuera del tiempo que baña los universos paralelos lo hacía todo reconocible y familiar, pero saturado de sentido. A un lado una severa arquitectura, como un decorado donde habría vivido muchas otras vidas en un pasado que había olvidado pero que ahora se desperezaba entre los sonidos de la ciudad y las palabras de sus habitantes; al otro lado se extiende el mar como una promesa siempre renovada de cambio y aventura. Calma y entusiasmo. Un mundo donde la felicidad no excluye el misterio, donde nada se pierde y todo puede ocurrir de nuevo y donde sería hermoso vivir.

Y aquí estamos, de vuelta a casa.

Ande yo caliente, y ríase la gente

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La experiencia de las estaciones va más allá de la aprehensión intelectual, es un conocimiento del cuerpo. La sustancia cambiante, el carácter cíclico de lo real quedan fijados en nuestra psique muy tempranamente y de un modo indeleble. El invierno es particularmente desusado ya que se opone a los instintos de la cría del humano, animalillo de exteriores. Unas manos tiernas cubren al niño de capas de ropa, aparecen nuevos hábitos: el roce sofocante de la lana, la noche temprana, las comidas sólidas, humeantes, un soplo diáfano y helado en las mejillas que es casi un dolor, el aliento visible en el aire, el peso de las mantas, el olor antiguo de las chimeneas que siempre es una promesa de felicidad, los dedos ateridos, el milagro silencioso de la nieve, la magia inagotable de los fuegos encendidos.

Poetas, músicos y pintores se han ocupado del invierno, de sus aspectos anecdóticos, de sus misterios tremendos. Los artistas virtuosos trabajan las gradaciones del blanco y la desnudez del árbol, la ventana encendida en la oscuridad donde la piedad de otros hombres salvará la vida del viajero perdido; los músicos evocan la euforia del patinador y la cólera de la ventisca; los poetas lo saben emblema de la vejez y el acabamiento.

Los pájaros huyen a fabulosos países lejanos y cálidos, los días se hacen más cortos, los animales hibernan, la vida se reduce al mínimo. El enigma admirable de la encarnación de un dios en un niño se celebra justo en el momento en que la muerte se enseñorea de campos y bosques.

Una amiga virtual me comentaba ayer que los prestigios del invierno son un mito de los prósperos países del Norte y no le falta parte de razón. Para los desdichados, para los que carecen de un techo sobre sus cabezas, el invierno siempre ha sido el tiempo penitencial del miedo, el hambre y el sabañón, la estación en que la escarcha devasta las magras cosechas, el cuerpo se consume y los hijos mueren. En el cielo de los pobres siempre es verano, el verano es público y común. Para los afortunados, el invierno significa los placeres de la seguridad, del hogar, de lo privado. No te lanzas a grandes empresas en invierno, el invierno es conservador. Los campesinos prósperos, reducidas provisionalmente sus labores, disfrutaban de sus despensas llenas, de la matanza del cerdo y los leños crepitantes. Los caballeros se encerraban en el castillo y se dedicaban a la bebida, a soportar las intrigas domésticas y a escuchar las hazañas de sus antepasados, suspirando por la llegada de la primavera y el nuevo inicio de sus pillajes.

He amado los inviernos. Siempre me gustó aquel pasaje en que De Quincey evoca las dulzuras del opio en las largas noches del tiempo inclemente, rodeado de sus libros, haciendo uso de un buen té y una botellita de láudano siempre a mano, al abrigo de la chimenea mientras el clima ejercía su tiranía tras las cortinas. En estos días de reclusión he tenido la oportunidad de experimentar muchas veladas así, diría incluso que he llegado a saciarme. Mi entusiasmo invernal se ha limitado, el cuerpo ya no responde y el frío te hace sentir miserable. La soledad ya no me es tan grata, la compañía de los muertos no me resulta suficiente. Desengañado como nunca de los hombres, necesito de su presencia. Bach puede confortar tu corazón, pero no puede calentar tu lecho. Hay un temor de que el invierno no sea un paréntesis en la plenitud de la vida sino una estación final.

Der Abschied el último movimiento de Das Lied von der Erde, de Gustav Mahler, termina con uno de esos momentos de una belleza que justifica nuestro paso por el planeta. La contralto, ingrávida, canta:

Die liebe Erde allüberall
Blüht auf im Lenz und grünt aufs neu!
Allüberall und ewig blauen licht die Fernen!
Ewig… ewig..

¡La amada tierra florece en primavera,
por todas partes de nuevo reverdece!
¡Por todas partes y eternamente, resplandece de azul el horizonte!
Eternamente… eternamente…

Hay quienes en las grandes profundidades blancas de Brueghel o de Goya ven el rostro de la muerte. Uno, que a estas alturas es capaz de aceptar la dignidad del engaño, prefiere, con Mahler, mantener la insensata esperanza de los grandes deshielos, del cielo niño de la primavera ―camino de regreso de las golondrinas―, del retorno de cuanto perdimos y nos será devuelto. Ewig, ewig…

Gregory Credwson

Tenet. Una esfinge sin secreto.

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Soy de esos espectadores que no necesitan enterarse del “significado” de una película. Me gustan los enigmas, aunque no sin condiciones. El enunciado de un enigma debe ser simple y bello. El problema de Tenet no es la paradoja temporal en la que se basa, algo relativamente simple de entender, sino su farragosa exposición. Por poner un ejemplo, 2001 es un enigma, pero Tenet es un galimatías. Como ya le ocurrió en Inception, Christopher Nolan crea un mundo con unas leyes tan complicadas que tiene que adjuntar al mamotreto unas agotadoras instrucciones de uso y, sin embargo, jamás se habrá visto una película con unos diálogos tan explicativos y que expliquen tan poco. Mezclar las películas de James Bond, los asombros de la mecánica cuántica, el melodrama de madre no hay más que una y su poquito de Borges, haciendo uso de personajes apenas esbozados y bañado todo en una sensibilidad nerd de gorra con visera, documental de viajes y una poética de Silicon Valley, sin que falten Grandes Frases Enfáticas, requiere un pulso firme para no estrellarse con todo el equipo. Reconozcamos que Nolan tiene ese pulso, porque la película, adecuadamente aparatosa, se deja ver aunque todo ocurra ante nuestros ojos de manera arbitraria, sin que llegado cierto punto nos molestemos siquiera en entender ni cómo ni por qué, entre el estupor y la risa floja. Me temo que resultar ininteligible o no someterse con humildad a la verosimilitud (que es el juramento hipocrático del guionista) no es una apuesta de estilo, es una limitación.

Solo añadir que cada vez me cansa más el culto obsesivo a la eficiencia en el audiovisual americano de las últimas décadas. Del mismo modo que en la antigüedad el arte hacía suyos los valores aristocráticos y ensalzaba lo heroico, en este siglo el geek triunfante exalta una asertiva, grosera, insoportablemente locuaz profesionalidad. Pero de eso hablaremos en otra ocasión.