Ya el niño que aún eres ha llorado sus lágrimas de hombre. No cabe entregarse a la desesperación o al abatimiento, hay todavía tanto por hacer. Hay que desmontar el decorado, las altas torres de la hermosa ficción que construisteis, arrancar cada clavo y cada tabla del escenario donde se pronunciaron las palabras más dulces, las tiernas, un poco bobas palabras de los amantes. Que no se pierda una sola de ellas. Honrarlas como se merecen. Guardar cada pieza en cajas y clasificarlas en los vastos almacenes del recuerdo, enrollar las nubes y los cielos pintados, los jardines y las lluvias, apagar las luces, todo lo que nos deslumbró. Despedir a los músicos. Cubrir con una lona descolorida cada instante de felicidad, cada perfume, cada caricia dada. Los besos no, que abandonen el lugar en desbandada, porque es su condición ser libres.

Al final, terminada la tarea, no quedará nada en el lugar inhóspito donde se edificó el sueño, apenas un armazón desvencijado, el bastidor melancólico de todo lo que pudo ser, de todos los días que ya no, nada que haga pensar a un caminante en la alegría que se regalaron dos frágiles seres humanos. Quizás a la caída de la tarde un remolino de viento, como la vibración suspendida en el aire de una campana, como palabras susurradas al oído, un estremecimiento de luz. Todo lo demás lo llevas dentro, toda la felicidad que te fue dada, la risa y la zozobra, la cara que veneraste, la voz, aquella voz, todo aquello que te hizo mejor y debes proteger del olvido. Ser digno de lo que ocurrió. Abrigarte, seguir caminando a través de la tierra baldía, solo de nuevo, calentando tu corazón cansado con toda la gratitud que debes, porque el invierno está cerca.

Caspar David Friedrich

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