Habitamos la casa del lenguaje, sí, pero una casa ocupada por los recuerdos, un intento de la materia por detener siquiera un instante ese permanente fluir sin descanso al que parecemos abocados. La fantástica máquina de sangre, fluidos y carne donde radica nuestro ser y nuestras emociones está capacitada para almacenar lo acontecido.

Amamos nuestros recuerdos. Incluso el niño, deslumbrado por la luz del presente, por las grandes felicidades de aquello que comienza, ama como un tesoro sus escasos, recientísimos, tiernos recuerdos en la frontera misma de cuando nada era.

A caballo entre lo real y lo imaginado, condición necesaria de posibilidad de todo conocimiento y todo arte, la asombrosa intuición del mito hace a Mnemosyne hija de Gea (la Tierra) y Urano (el Cielo), y madre de las Musas.

Probable evolución de automatismos necesarios para la supervivencia, los animales carecen de recuerdos. Quizás ese vivir en la pureza del instante, no manchado por la idea del devenir y la muerte sea una bendición.

El recuerdo alcanza admirables grados de detalle, aunque comparte con el sueño su frágil volatilidad. Los recuerdos son también una construcción de la voluntad, un relato. Nos engañamos, constantemente, construimos un pasado donde nos absolvemos, santificamos los escenarios triviales donde dejamos pasar el tiempo y las mismas horas de tedio. Los de nuestra generación nos hemos creado una infancia de leyenda, un lugar de poesía y misterio, con un puñado de amarillentas fotos en blanco y negro; me pregunto cómo recordarán su niñez los hijos del milenio, en que cada instante es registrado con la máxima definición.

Se acerca el invierno, estación propicia a encender los fuegos del recuerdo, engolfarse en la nostalgia, vicio de viejos. Es tan fácil entregarse a su fácil seducción. Pero esa tenue estela que nos acompaña ya no nos basta. Cometí errores y locuras, hice daño a quienes quería porque deseaba tener recuerdos y ahora qué pálidos simulacros se me antojan, qué tristeza de fantasmas, cómo arrojaría por la borda todas esas inexistencias por vivir de nuevo un solo instante de aquello que me colmó.

Después de irme de aquí, todavía seré un recuerdo en la memoria de alguien, que también se apagará y entonces desapareceré del todo. Quien será el ser humano en que por última vez llevaré esa existencia vicaria es una pregunta que me hago a veces, llevado por una melancólica vanidad. No descarto que pueda ser un enemigo, al tiempo le complace la ironía.

Yves Tanguy