Nuestros más lejanos antepasados, que tantas cosas desconocían, ignoraban también su rostro. Reyes, mujeres de la aristocracia y sacerdotes pudieron intuir mediante toscos espejos la impresión que causaban en los demás. Tal era su privilegio. A los que sembraban el grano y recogían las redes, los que derramaban su sangre en los campos de batalla, solo la superficie en calma del agua podía devolverles la mirada; encuentro incierto y que en el mito se revela fatal: Narciso muere ahogado al intentar besarse a sí mismo, el desdichado monstruo al que el doctor Frankenstein dio vida se entrega a un furor homicida al descubrir su aspecto inaceptable.

Esa prerrogativa principesca nos es dada ahora a todos nosotros. Cada mañana, resonando aún en nosotros los desconciertos del sueño, renovamos el pacto con la realidad al enfrentarnos a nuestra propia imagen tras las abluciones.

Las posibilidades de la técnica multiplican hasta el infinito la reproducción de nuestras facciones. Libres de la limitación de la vieja película fotográfica, que nos obligaba a ser selectivos, disparamos cientos de fotos de nosotros mismos en busca del ángulo y la luz más más benignas. Acabamos aprendiendo qué móvil nos trata mejor, qué cámara de ordenador nos revela tal y como nos gusta imaginarnos, cómo debemos mirar. Por eso nos suelen decepcionar las fotografías robadas que nos hacen los demás. En ella parecemos unos desconocidos a medio hacer, una tosca parodia de lo que creíamos ser. También nos asalta la sospecha de que quizás eso es lo que somos.

¿Conocemos a esa figura que nos mira cada mañana desde el espejo, que va cambiando día a día sin que nos demos cuenta, erosionada por todos los fracasos y rendiciones, ennoblecida por cuanto aprendemos, embellecida por el don misterioso de la alegría que recibimos sin esperarla? No se nos escapan nuestras íntimas debilidades y cobardías, nuestras renuncias, pero aun así nos seguimos engañando. Hay partes de nosotros que nos negamos a ver, la aridez del egoísmo, ingratitudes, actos de traición, vicios vergonzosos de carácter que empañan esa idea de abnegación, sabiduría y delicadeza con que nos gusta vestirnos. El espejo no es abominable porque duplique lo existente sino porque en su interior habitamos nosotros.

El yo está tan desprestigiado, no sabemos qué hacer con él. Para la ciencia es tan solo un espejismo, un agregado de presentes sucesivos al que da apariencia de cohesión una trama de recuerdos e improntas, de sensaciones muy simples (sonidos, perfumes y sabores) con la que construimos una historia llena de falsificaciones. Una estafa de los sentidos. No hay alta sabiduría que no postule la renuncia al yo, su adelgazamiento hasta la transparencia, para encontrar la paz.

Pero, ¿qué paz es esa? Como un niño caprichoso, no me consuela que mis átomos pasen a formar parte de las estrellas y los árboles, todavía quiero demasiado a ese viejo conocido al que el agua jabonosa le chorrea por las barbas cada mañana y que fue también un niño que vivía las horas de asombro en asombro, borracho de luz y de amor por las cosas. Yo, Salvador, ese vanidoso atorrante, una de las innumerables formas mediante las que el mundo se percibe a sí mismo.

Grete Stern