No soy una persona ordenada, así que cuando despierto cada mañana mi primer contacto con la realidad es la visión de uno de mis gatos observándome con compostura egipciaca desde la puerta y, no muy lejos, un par de zapatos en un rincón.

La imagen de unos zapatos abandonados en el suelo emana cierto misterio. Inmóviles, privados de su poder ambulante, parecen dormidos. Sin mí parecen inútiles, precarios, ligeramente irrisorios, como su mismo nombre. Tienen algo de amigo fiel y de recordatorio de mi mortalidad y está bien que sean la primera imagen del día.

El pie descalzo del hombre civilizado ya no resiste el frío y la aspereza del suelo. Los artesanos que los hacían aparecen en cuentos y leyendas, a veces el humilde fruto de sus manos está dotado de poderes mágicos. Quizás los niños intuyen ese poder cuando, no sin crueldad, pisotean los zapatos nuevos de sus compañeros. Los pobres y los santos caminan descalzos.

El zapato participa de la simetría de todo cuanto existe, un zapato sin su pareja correspondiente es un fracaso y un escándalo. El robusto zapato de quienes trabajan con sus brazos, las botas del soldado, la señal de distinción del dandy que se ocupa de que resplandezcan como si fueran nuevos, todos llevan kilómetros e historias adheridos a sus suelas. Nos sirven durante años, soportan nuestro peso, nos llevan a la cita amorosa o a la francachela o se pierden como nosotros en las ciudades desconocidas. Durante la pandemia se depositaban a la entrada de la casa, impuros, contaminados de vida, de realidad, suplantados por las pantuflas, sus acomodaticias hermanas que no han visto mundo, emblema de la privacidad y el confort burgués, de las que los poetas hacen mofa y befa.

Qué conmovedora la pequeñez del zapato del niño, que aún no sabe atarse los cordones y el adulto debe inclinarse para hacerlo, como un tributo a la fragilidad de lo recién creado. El niño, que ignora que algún día ese mismo agacharse será una pequeña, jadeante humillación.

La íntima, silenciosa belleza de los objetos que nos acompañan. Ese aura.

Rene Magritte. Le Modèle Rouge