Siempre me gustó el “Dune” de David Lynch a pesar de. Nunca pude con el pastiche épico-cósmico de Frank Herbert, que mezcla psicodelia y mesianismo criptofascista con retazos de esa mezcla inequívocamente californiana del zen y el manual de autoayuda. La meritoria creación de una mitología sincrética abarrotada de topónimos y sobrenombres ampulosos (Bene Gesserit, Kwisatz Haderach, Gom Jabbar) me resulta puro kitsch ―no puedo evitar imaginarme al bueno de Herbert sentado en pantalones cortos junto a su máquina de escribir― que me aparta de la emoción de lo humano. Sin embargo, me atraía la estética decimonónica de aquella space opera, la perversidad mórbida que aportó Lynch y la poética de la Especia y el príncipe destronado, abandonado en el desierto.

Denis Villenueve, como en su secuela de “Blade Runner”, se embarca en hacer la versión de un film de culto ―aunque fallido en el caso de Lynch― de notable personalidad. Podemos decir que sale airoso. Ninguna de las dos versiones empequeñece a la otra. El «Dune» del director canadiense es una obra mayor de la ciencia ficción siempre y cuando la aceptes en sus propios términos. Quiero decir que si no soportas “Dune”, abstente. No te hará cambiar de idea.

El film de Villeneuve es de una belleza abrumadora y combina con elegancia un fluir contemplativo y referencias visuales que van de Robert Wilson a Caspar Friedrich o Piero della Francesca. En ese sentido es decididamente inolvidable. Villeneuve siempre ha destacado más por la creación de atmósferas que por el nervio narrativo y aquí se nota, con un prólogo acaso demasiado extenso que no acierta, pese a que lo intenta, a acercarnos a unos personajes más emblemas que individuos. No se escapa tampoco de uno de los problemas de la versión de Lynch: la confusión y el cansancio que provoca la sobreabundancia de referencias a casa reinantes y lugares imaginarios. Villeneuve y su guionista, probablemente presionados por productores temerosos de que el público se pierda, se ven obligados a introducir un exceso de diálogos inútilmente explicativos. Acaso la historia de “Dune”sea más simple de lo que parece y si prescindiéramos de toda esa chatarra verbal la historia podría volar más alto, pero me temo que la base de admiradores de la novela quiere precisamente eso. Hay también una empalagosa reiteración de sueños premonitorios, para que luzca la exótica belleza de Zendaya, joven estrella emergente que no jugará un papel más sustancial hasta la segunda entrega. Añado que detesto cordialmente la música de Hans Zimmer. La tamborrada étnica y los melismas arabizantes sonaban novedosos cuando Peter Gabriel los usó en la banda sonora de “The last temptation of Christ”, hace casi treinta y cinco años. Hoy resultan un cliché irritante que banaliza la intensidad de los clímax y degrada la grandeza y el misterio a estética publicitaria.

A pesar de sus servidumbres al gusto hegemónico, este Dune logra mantener personalidad y capacidad de asombro, que no es poco. Sobre esas servidumbres y sobre la ética de «Dune» como síntoma de del zeitgeist habría mucho que hablar, pero eso excede sin duda mis posibilidades y vuestra paciencia.