Escribí sobre ella en estas páginas pero nunca lo leyó, ni siquiera sabría que este blog existe. A principios de septiembre me dijeron que había muerto.

Hace unos diez años la visitaba una vez a la semana. La terapia, como anacrónica junguiana confesa que era, consistía en interpretar mis sueños. No es que creyera en las posibilidades terapéuticas de aquellas sesiones, pero me encantaba llevar un registro de mis sueños y contarlos cada siete días. Es algo que no sueles hacer por no dar la lata. Salvo que seas un fundador de religiones, Goethe o un genocida, tus sueños no interesan a nadie. Yo era un melancólico cuarentañero de clase media, pero pagaba, lo que me daba derecho a abrir las puertas de mi inconsciente. Me caía muy bien, era ya mayor cuando la conocí, tenía como una jovial extravagancia de personaje de Dickens, un pasado de gauche divine de vuelta de todo que derivó en un excéntrico conservadurismo que me divertía. Me escuchaba y me dio algún buen consejo. Reía mucho a pesar de serios problemas óseos que hubieran quebrantado el humor de muchos.

Dejé de verla. A veces me acordaba de ella, tenía un sueño y pensaba: «este sueño le encantaría a Carmen». Como tantas otras cosas, aplacé una posible visita que ya nunca tendrá lugar.

¿Para quién sueño ahora? El descrédito del psicoanálisis es notable, la representación de los sueños en cine o literatura resulta sospechosa, un enfático tic de principiante. La pintura surrealista que tanto nos gustaba de adolescentes es solo una pintoresca nota a pie de página del siglo XX, que da muy bien en portadas de ensayos. El sueño ha pasado de ser fuente de sentido, clave de nuestra identidad secreta a actividad neurológica marginal, caos metabólico, el humo de la quema de residuos psíquicos durante el descanso nocturno. Pura filfa.

Nuestra existencia es precaria. Como el mar, como el sol y las estrellas desapareceremos, pero la materia de los sueños es aún más lábil. Cuando la palme, alguien se encontrará los heterogéneos objetos que se amontonan en mis cajones, la huella de mi cuerpo en la cama deshecha, algún fragmento de escritura autógrafa, mi voz en un mensaje, fotografías, algunos pelos en el lavabo. Durante unos años más, alguien recordará algún momento de humor o ternura pasado en mi compañía o que le debía veinte euros. Pero mis sueños, esos desconcertantes caminos que he recorrido durante la tercera parte de mi vida, se irán conmigo. Nada quedará, no dejarán huella alguna, como un crimen perfecto.

No me jodas que te has muerto, Carmen. Irónicamente, desde que lo supe he tenido sueños enormemente nítidos y significativos. Me hubiera gustado subir hasta aquel sexto piso y contártelos, decirte que he vuelto a escribir, que a veces regresa una pena negra que me asusta, que anteayer –y no fue un sueño― vi suspendida en el cielo, entre el sol y el mar, muy cerca de mí, un águila y que tú lo hubieras entendido. No descarto que alguna vez me encuentre contigo en sueños y ya verás que risa.

Max Ernst. «Une semaine de bonté» (1934)