Pocas pinturas tan emocionantes como aquella de Pieter Brueghel el Viejo que vive en el Kunsthistorisches Museum de Viena y en la que una multitud de niños lleva quinientos años jugando por las calles y plazas de un pueblo de leyenda. Emociona porque uno ha jugado a los mismos juegos que esa patulea de mocosos. Ningún profesor nos los enseñó con nostálgica pedantería rousseauniana, como una delicatessen folclórica y vegana. Conocimos sus normas no escritas y sus íntimas crueldades entre iguales, en la secreta hermandad de los niños, a espaldas de los adultos y sus sórdidos, tristes afanes. Hay una delicada cadena hecha de aire y de luz entre nosotros y esos toscos ceporrillos campesinos de Flandes.

Uno de los juegos más inolvidables de la niñez es el escondite, hide and seek, cache-cache, nascondino… Hay en él, como en los viejos cuentos, una poética y un perturbador sustrato mítico. El escondite es un auto sacramental para niños, una performance que habla de la experiencia atávica de un espanto: el temor a ser capturado y devorado que compartimos con la gacela que huye y el pájaro sobre el que se cierne la sombra del halcón. El hombre es un ser que se esconde en las grietas propicias de la tierra, en los troncos de los árboles, en sótanos y arcones, mientras el enemigo incendia y pasa a cuchillo o el padre violento grita y le busca para aplicar su Ley. También nos podemos esconder de nosotros mismos mediante el engaño o el placer, intentando huir del destino y sus acechanzas. Detrás del juego del escondite y su despreocupada ligereza está la idea numinosa de un universo caótico, de una belleza enloquecedora, del que brota sin motivo el ser y que conspira cada instante para procurar nuestra aniquilación.

Nada mejor que jugar de noche, en lugares abandonados o en una casa grande, abundante en escaleras y pasillos, armarios y desvanes. El ritual no es complicado. A uno de los niños le toca cerrar los ojos y colocarse de cara a la pared. Cuenta entonces hasta una cifra convenida o recita rimas pueriles, mientras todos corren a esconderse. El tiempo se suspende y por un momento la muerte está ciega y deja de ejercer su señorío sobre el mundo. Termina la cuenta y el niño se da la vuelta. Llega el momento de la amenaza. También para el que busca. Todo ha cambiado, los amigos han desaparecido, sus corazones latiendo en la oscuridad. Hay un silencio que sobrecoge. Los escondidos contienen la respiración cuando el que los busca pasa cerca “que no me encuentre, que no me encuentre” y, si hay suerte, el peligro pasa de largo y entonces un gesto de arrojo: sales de tu escondite y corres jugándote el alma. Tienes que acogerte a sagrado antes que él, tienes que tocar el muro, pronunciar las palabras mágicas que redimen: “¡por mí!“. Por mí. Ríes feliz, liberado, te has salvado por esta vez, no has caído en sus garras, aún no. La muerte ha pasado de largo. Luego los adultos se retiran y los niños los acompañan a sus hogares, donde caen rendidos y acaso sean perseguidos por figuras demoníacas en las galerías del sueño.

Un buen día, sin saber cómo, dejamos de jugar. Llega una nueva seriedad, llegan el deseo y la angustia. Nadie recuerda cuándo fue la última vez que jugó al escondite. Nadie se da cuenta de que, de una manera especial, nunca ha dejado de hacerlo.