Nadie se acuerda de los vencidos. Un victoriano conservador y probo padre de familia como Charles Darwin describe una economía cruel del mundo, en la que los más dotados hacen prevalecer su dotación genética y los perdedores en la lucha por sobrevivir son borrados del futuro. Sin embargo, la ciencia descubre también restos humanos con los huesos soldados, lo que implica que alguien se molestó en cuidar y acarrear a un semejante herido, hasta que pudo sanar. Esa piedad, ese hermoso despilfarro de la energía precisa en el corto plazo, esa inversión en el porvenir, marca el inicio de la civilización. La tensión entre ambos impulsos forma parte de las condiciones mismas de existencia de nuestra especie.

Los animales desconocen la idea del tiempo y la idea de la derrota. Persiguen algo y se les escapa, son perseguidos y sucumben. No hay más. Lo que nos hace humanos es la esperanza y, en consecuencia, el fracaso.

Me considero un experto en derrotas, aunque quizá no menos que tú, lector. Al fin y al cabo siempre hay una dimensión de incumplimiento en el tiempo que nos ha sido concedido. Quisimos ser tantas cosas que nunca fuimos, amamos a tantas personas que no nos amaron ―detrás de cada pareja feliz, hay un cortejo fantasmal de desdicha, el de los rechazados―, creímos tener talentos de los que carecíamos, conocimos con dolor nuestros límites. La juventud, el tiempo de la pura posibilidad, es la edad de los sueños. Poco a poco el principio de realidad nos somete y la madurez trae consigo esa melancólica forma de sabiduría que es la gratitud. Uno se conforma con lo dado, con la mera gracia del ser. Anhelábamos una biografía de aventuras y fortuna y al final, hala, pues ya hemos cenao.

Nietzsche tenía razón. Sí, son los momentos de euforia, cuando una resistencia es vencida, aquellos que reclaman eternidad, pero el cristianismo saca su fuerza moral y su seducción del reconocimiento de que la vida es pérdida, de la conciencia de pertenecer a una hermandad trágica de pringados. El bueno de Rabelais hace decir a un campesino al que encuentra plantando coles en los campos del interior de la boca del gigante Pantagruel: «Ah, señor, no todo el mundo puede permitirse tener los cojones de plomo y no todos podemos ser ricos».

Ayer mismo pensaba en los ministros cesantes, su súbito empequeñecimiento. He imaginado incluso la amargura de la ex vicepresidenta, cuya mezcla de ignorancia y soberbia siempre me ha sacado de mis casillas, despojada de los velos deslumbrantes del poder y reducida ahora a una soledad pequeña, esencial, sin entender qué ha pasado. También, horas más tarde, mientras veía los gestos desaforados de alegría de la selección italiana (la exhibición de lo que Cioran llamaba «el fondo bestial del entusiasmo», es una de las señas de identidad del hipercapitalismo del futuro, aliado de Rousseau), no podía quitarme de la cabeza lo que la cámara omite, el sombrío vestuario de la selección inglesa, la congoja sin consuelo posible de quienes fallaron los penaltis. Son acaso desdichas menores, lo sé. La historia, al fin y al cabo, está llena de derrotados con mucha menos fortuna. Ciudades, pueblos enteros, generaciones han sido arrasadas sin piedad.

A mí me intimida fácilmente el aplomo de los ganadores, los afortunados, los que han conseguido lo que querían. Quizás debería acostumbrarme a mirarles a los ojos y a leer entre líneas lo que ellos probablemente hayan perdido, su Rosebud particular, su miedo. Porque todos, incluso los que todo lo tienen, temen ser arrastrados fuera del círculo de los afortunados, conocer la intemperie, caer en la irrelevancia, la soledad y el olvido. Todos temblamos ante las primeras señales de lo que ya no tiene remedio, los anticipos de la derrota final que a todos nos iguala, porque la banca siempre gana.

Masaccio. «Cacciata dei progenitori dall’Eden«