Recuerdo mi melancólica impresión al ver el programa íntegro con la primera aparición de The Beatles en el Ed Sullivan Show, que supuso su salto de atracción coyuntural a superestrellas planetarias. Compartían el tiempo de emisión con una serie de artistas de variedades, el tipo de entertainers (magos, ventrílocuos, imitadores, malabaristas) que durante décadas entretuvieron a las clases populares en teatros, carpas y cafés, y que serían barridos de la faz de la tierra por lo que anunciaban aquellos cuatro talentosos y jovencísimos chavales con los que compartieron programa. Ninguno de ellos lo sospecharía, como nosotros mismos no somos conscientes cuando aparecen señales de irreversibles cambios del gusto, que nos precipitarán a los márgenes y la irrelevancia.

Cuando escribo estas líneas, la carrera profesional y delictiva de José Luis Rodríguez Moreno ha llegado a su fin, a la vez que su figura bigger than life (en expresiva fórmula del inglés) entra definitivamente en la mitología popular como archivillano digno de Berlanga. Todo en él es carne de leyenda y de hipérbole. Moreno, cuya cara dulzona y relamida, peculiarmente lorquiana, constituye en sí un anacronismo, proviene de ese mundo desaparecido. Hijo y sobrino de ventrílocuos, cómo no imaginar una infancia marcada por la fascinación y el terror ante la presencia siempre siniestra de los muñecos y su doble vida: encerrados sin vida en cajas y sacados de su sueño para hacer de proyecciones del id de quienes los manejan. La perversa relación simbiótica entre ventrílocuo y muñeco (donde resuena la dialéctica hegeliana del amo y el esclavo) ha sido desde siempre un tropo del terror.

Nada en su biografía es fiable, pues Moreno, desaforado mitómano, tras borrar el infamante Rodríguez de sus apellidos, ha sembrado su propia historia de puras invenciones. Uno sospecha una infancia difícil de acosos y desprecios por su notoria diferencia, que él ha sublimado inventando al joven talentosísimo que cantó Rigoletto con 17 años, al neurocirujano que domina once idiomas, pero que decide consagrar su vida a traer un poco de alegría a las familias. Pocos humoristas en general resisten bien el paso del tiempo y sus sketches no resultan demasiado afortunados. Chocarreros y estridentes, humor de pariente pesado con varias copas encima, ni siquiera pueden ser recordados con nostalgia.

Él probablemente se percató de que el arte que le hizo popular tenía los días contados y por eso se pasó a la producción de espectáculos, donde durante los noventa creó un aparente imperio con un revival del género arrevistado. Mientras la España oficial soñaba con la modernidad, Moreno nos devolvía la gracieta vulgar del Teatro Chino de Manolita Chen; mientras los guays fruían con Seinfeld o Friends y saltaban con el Smells like teen spirit, él retomaba con Matrimoniadas el chascarrillo chillao y los chistes de suegras e hizo una fortuna con lo que un psicoanalista definiría como el retorno de una sociedad entera a la fase anal.

Ya por entonces corren rumores sobre su índole caprichosa y tiránica, en contraste con su figura sonriente y jovial. Yo hice un pequeño trabajo para su productora. Para cobrar tuve que presentarme en unas oficinas de aspecto azconiano, faltas de ventanas y abundantes en archivadores Roneo y cartapacios, con la alegría de una comisaría rumana o un consultorio de venéreas. Allí entregué mi facturilla a la hermana del gran jefe, una mujer árida y triste, que desaparecía devorada por un escritorio tan caótico que mi desastrosa mesa de trabajo parece a su lado la de Marie Kondo

Para entonces su figura pública es la de un Citzen Kane de astracanada. Escandalosas fiestas en la piscina de un Xanadú de saldo, relación con un hercúleo ciudadano checo al que impone como actor de nulo talento en sus producciones. Las posibilidades de una relación semejante, que reproduce la relación del ventrílocuo y su muñeco, las secretas vulnerabilidades y humillaciones, sus inimaginables juegos de poder y mutua dependencia, afilan los dientes de cualquier narrador de historias. Cuando fue agredido en su propio domicilio por una banda mafiosa, con una brutalidad feroz, la profesión no se deshizo en fraternidades con él. Imagino que eso le separó aún más del mundo.

Ha caído definitivamente en desgracia. Lo tuvo todo y está arruinado. Tras su detención se ha destapado una colosal cadena de actividades delictivas, abundante en episodios chuscos y picarescos que revelan una inagotable creatividad a la hora de estafar. También la amarga constatación de que semejantes tropelías no las comete alguien solo y que la tupida red de abogados, directores de banco y otros sinvergüenzas en la que se apoyó, la falta general de decencia y dignidad entre quienes permitieron su ascenso y su poder despótico, hablan de la miseria moral de una población empobrecida y asustada, menos libre de lo que nos gusta creer. Si el éxito de Moreno como artista y entertainer nos mostró la desdentada vulgaridad de nuestra sociedad, su mera posibilidad como delincuente nos habla de un fracaso como ciudadanos. Moreno es nuestro espejo oscuro, ética y estéticamente.

Puede que se libre de la cárcel, pero ya no saldrá indemne. Una vez un político en desgracia me hablaba de ese momento en que el teléfono deja de sonar, seguido por aquel en que ya no te lo cogen. Imagino su vida futura en ese sombrío caserón trumpiano, con las piscinas invadidas por hojas y verdín. Definitivamente solo y desprestigiado, arrastrando un cuerpo ya achacoso envuelto en un chándal de tactel. Viviendo en un pasado a medias fabulado a medias real, echando de menos el temor reverencial y los cuerpos que se le sometieron, aquellos grandes placeres; intentado creer que aquella gloria de bingo y lentejuelas fue relevante, que será recordado. Quizás sus vecinos oigan de noche la voz chillona y remota de sus muñecos, porque nos encanta el melodrama y fantasear con que son los únicos que no lo habrán abandonado y que, mientras todos duermen, los sacará de sus cajas para ahuyentar el miedo a la muerte y, donde no puedan ser vistos, decirse con ellos ―Moreno niño, de nuevo― las palabras amargas, sabias, secretas, que nadie escuchará, nadie puede siquiera imaginar.