No tiene demasiado sentido, ya que las noches de mi infancia estuvieron marcadas por las pesadillas. Debería haber buscado esa luz del día que ponía fin a los terrores nocturnos, pero lo irracional y lo inquietante, lo anómalo, siempre me atrajo, el delirio era mi patria. En la biblioteca familiar mis ojos de niño buscaban los cuadros de Chirico, Redon y los surrealistas, ¡qué hallazgo, qué sensación de encontrar a alguien que hablaba mi lengua!, qué poco me interesan ahora. La Isla del Tesoro y sus claridades, su salud fundamental y su apetencia de vida, no me llamaban entonces la atención; me interesaba el Julio Verne más malsano, el del trágico capitán Nemo navegando un turbio reino subacuático, que en realidad era ese inconsciente que el siglo XIX empezaba a descubrir. Mis primeras pasiones literarias fueron Poe, Lovecraft y Borges, mientras que “Strawberry fields forever” de los Beatles me abrió las puertas de lo alucinatorio. La música de mi primera adolescencia fue el rock progresivo porque en sus mejores momentos consistía básicamente en un sucedáneo sonoro del viaje para consumo de adolescentes, aislados por sus auriculares con las luces apagadas. Tangerine Dream o el Ligeti de “2001” eran mi música celestial y el fantástico mi género más querido.

La primera noticia que tuve acerca de las drogas fue en un libro de aquella misma estantería. Un libro de geografía económica donde se contaba la historia del comercio del algodón, las especias, el té y el opio. Allí se decía que los chinos al consentirse la embriaguez con opio entraban en un letargo en que creían percibir la armonía de las esferas. Yo, como niño que era, desconocía qué podía ser la armonía de las esferas, pero anhelaba experimentarla. La prensa del momento ―coincidiendo con el primer gran esfuerzo de la administración Nixon contra la cultura psicodélica ― abundaba en noticias truculentas sobre las consecuencias de las drogas y, sin embargo, yo deseaba más que nada en el mundo probar aquellos filtros mágicos que me harían romper con lo acostumbrado, explorar territorios desconocidos que había dentro de mí.

Llegado el tiempo de la adolescencia empezó mi iniciación. Nunca me interesó demasiado el mero brío de la cocaína o las anfetaminas, el malditismo de la heroína era demasiado para un pequeño burgués como yo, así que el cannabis ―barato, razonablemente seguro y algo pasado de moda en aquellos energéticos ochenta― fue siempre mi sustancia favorita.

Aparte de unos pocos, modestos escarceos con alucinógenos mayores, el hachís o la marihuana me han acompañado toda una vida. Fumador epicúreo e intermitente, el THC me dio muchísimo. Para mí funcionaba como una suerte de estimulante cerebral que aumentaba la capacidad de asociación de ideas y ofrecía un aspecto desacostumbrado de las cosas. Lo ya conocido, lo habitual, se percibía como nuevo, ¿cabe imaginar mayor regalo? Ideal para escuchar música, suprimía la emoción de la melodía y el ritmo (el THC, al estirar el tiempo, los desnaturaliza) pero a cambio te hacía escuchar la canción con nuevos oídos y te proporcionaba deslumbrantes revelaciones sobre estructura, color y armonía. Escuchar los viejos temas de la radio de la infancia bajo esa nueva luz me proporcionó inolvidables momentos de asombro y descubrimiento. El cine o la visita a museos bajo sus efectos multiplicaban las posibilidades sensoriales e intelectuales de la experiencia, la inmersión en el mar o la física del amor alcanzaban plenitudes que bordeaban el éxtasis. Incitador de la risa y el humor, un buen porro acompañado de un par de cervezas, hacía de la conversación con amigos un alto placer.

Durante décadas y en medio de ocasionales carestías, uno se las arreglaba para conseguir la sustancia. Recuerdo los camellos que han puntuado mi vida, desde el hosco individuo que te timaba en las esquinas, hasta los que te recibían en sus casas: familiares, locuaces, maniáticos, de todo había. Recuerdo en especial una muchacha en Madrid, era de Ceuta. Encantadora y pija, quería ser modelo y pasaba hachís para sacarse algún dinero. Era tan guapa y vestía de un modo tan adorable que casi te entraba la risa, utilizaba una balanza de lo más cuqui para pesar la mercancía y uno se permitía fantasear sobre en qué parte de su cuerpo habrían viajado aquellos pasaportes visionarios que ella pesaba con una expresión de absoluta seriedad.

Estaba la cara oscura, claro. El THC activaba en mí el músculo del miedo. La sospecha inconcreta de algo funesto. A veces venían crisis de pánico, el miedo a morir (siempre presente desde que con treinta y pico años me diagnosticaron una arritmia hereditaria), el severo juicio moral sobre tus acciones de los días anteriores, la angustia ante las cargas y responsabilidades de la vida adulta. Fue dejando de gustarme, ya no me daba tanto, siempre había esa oscura zozobra antes del goce. Dejó de serme de utilidad alguna para tener ideas, se transformó en una rutina un poco tonta. Un imprudente porro de la explosiva variedad White Widow (la güido, en palabras de los dealers de mi barrio) casi acabó con mi vida. Fue el último. Ya no he vuelto a frecuentar su compañía.

Esta confesión un poco impúdica tiene que ver con algo más importante. Si el cannabis empezó a decepcionarme fue porque mi mundo interior, lo de dentro, acabó por resultarme poco interesante. La madurez ha consistido en cierto desapego y el reencuentro emocionado con lo real. Hace tiempo que estoy de acuerdo con Joseph Conrad en que cultivar el fantástico sería negar que la realidad misma lo sea. O algo así.

Durante décadas he abierto las puertas de la percepción, he educado y afinado mi mirada. Y estuvo bien. Ahora, ya sin el veneno corriendo por mis venas, reconozco de nuevo lo que siempre estuvo ahí, los ríos de belleza y sentido que atraviesan cuanto alienta, la gracia luminosa de algunas personas cuya mera existencia justifica la vida. El mundo es inagotable y no tengo demasiado tiempo para perderlo en esas baratijas cubiertas con telarañas, pura filfa, que se acumulan en las góticas galerías de mi cerebro. Y ese aprendizaje se lo debo paradójicamente a esa airosa planta índica y a las oscuras almas perdidas que me la facilitaron, esa panda de fulleros celestes, pinkfloyds desertores de la normalidad, funcionarios del caos viviendo en casas desvencijadas. Ojalá la vida haya sido clemente con ellos.